domingo, 30 de octubre de 2016

"El invierno de la corona".- José Luis Corral (1957)


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Zaragoza, febrero de 1386

 “El príncipe heredero y el Justicia de Aragón debatían la situación en el palacio que el Justicia se había construido en Zaragoza. Domingo Cerdán estaba orgulloso del cargo que ocupaba; desde que fuera promovido al oficio de defensor de los fueros aragoneses, Cerdán había dado al justiciazgo la notoriedad de la que había carecido en los últimos tiempos. Su cargo no tenía parangón en ningún otro de los reinos de la cristiandad; el Justicia era un oficio peculiar del reino de Aragón y los celosos aragoneses sabían que sus fueros se cumplirían siempre que hubiera un Justicia dispuesto a hacer prevalecer sus derechos por encima incluso de la voluntad del rey.
 -Mi puesto en la Corte no está siendo respetado por mi padre. Los aragoneses deben procurar que se cumplan sus leyes –dijo don Juan.
 -Don Pedro nunca ha tenido especial consideración hacia sus súbditos aragoneses. Pese a ser la cabeza de su Corona, Aragón ha sido muy mal tratado por su majestad, tal vez porque nunca olvidó la revuelta de la Unión y la humillación a la que estuvo a punto de ser sometido si hubiera sido derrotado en la batalla de Épila en el año anterior a la mortandad de la gran pestilencia.
 -Si el Rey sigue atropellando mis derechos de primogenitura no me quedará otro remedio que acogerme al derecho aragonés de manifestación ante vuestra Corte.
 -En ese caso yo, como Justicia de Aragón, estaré obligado a hacer salvaguardar todos vuestros derechos legítimos, incluida la herencia al reino de Aragón. No debéis preocuparos, si vuestro padre el rey se atreve a desposeeros de vuestra herencia, los aragoneses, amparados en nuestros fueros, os restituiremos cuanto el rey os quite. No os quepa duda: vos, don Juan, seréis el próximo rey de Aragón.
 -Así lo espero, pero mi padre el rey podría alterar su testamento. Ya sabéis que está encaprichado de tal modo de su esposa que le concede todos y cada uno de sus deseos y Sibila pretende sentar en el trono a un descendiente suyo.
 -En verdad que su majestad os acosa. Ayer mismo los jurados de Zaragoza recibieron una carta en la que don Pedro les ordena que persigan a todos sus enemigos. Les recuerda que él es el rey y señor y les conmina a obedecer so pena de duras represalias, pero por el momento no puede distraerse de sofocar la rebelión de vuestro cuñado el conde de Ampurias.
 -Sí, creyó que bastaría una semana para acabar con la revuelta y ya son varios los meses que está en campaña. Ahora es Bernardo, el hermano de la “Forciana”, quien dirige las operaciones militares. Mis agentes me han asegurado que nuevos señores provenzales y franceses ayudan al conde. El rey me ha conminado para que acuda en su ayuda, como hice cuando desbaraté a aquel ejército francés que quiso invadir Cataluña, pero he decidido no participar en esa guerra y mantenerme neutral. Esto me enemista todavía más con mi padre y le da argumentos a su esposa para que siga persiguiéndome, pero no puedo hacer otra cosa; el conde de Ampurias, además de mi cuñado, es mi amigo y mi aliado y en los momentos más difíciles siempre ha estado a mi lado. Yo no debo luchar contra mi padre, pero tampoco puedo hacerlo contra el conde. Además, como heredero de Aragón, no acepto que me dé órdenes el hermano de la reina.
 
Barcelona, marzo de 1386
 El rey don Pedro acababa de regresar de Gerona, donde había acudido en un rápido viaje de apenas una semana para decidir con los jurados de la ciudad y el cabildo cómo terminar la catedral. El proyecto original diseñaba una iglesia de triple cabecera y tres naves, pero un atrevido arquitecto había propuesto modificar esta traza y continuar desde el crucero con una sola nave, tan ancha como la suma de las tres originales y mucho más alta. Don Pedro había apostado por la iglesia de una sola nave y su decisión había sido aprobada pese a las dudas que planteaba la construcción de un edificio tan alto y tan ancho.
 La semana en Gerona fue para el rey un relajo extraordinario, pues sólo había hecho lo que más le gustaba: diseñar edificios, trazar nuevos proyectos urbanísticos, imaginar cómo serían los nuevos barrios, las nuevas iglesias, las fortificaciones y murallas. Discutir sobre arquitectura, debatir sobre historia y arte, conversar sobre astronomía y ciencias, eso era lo que don Pedro estimaba, más incluso que la propia política. Pero él había nacido para ser rey, rey contra el mismo destino,  un rey orgulloso de su condición, consciente de que debía salvaguardar su corona ante cualquier circunstancia.
 Aquellos últimos días de invierno la ciudad de Barcelona hervía en revueltas. Los tejedores de lana y los pelaires habían logrado que el rey los autorizara a reunirse y recaudar dinero por su cuenta, lo que iba en contra de la jurisdicción de los consellers. Con Asia Menor y Tierra Santa en manos de los turcos, los talleres textiles barceloneses tenían dificultades para encontrar tintes, lo que había supuesto una alteración de los precios y salarios. Sin la calidad de los tintes orientales, los mercaderes occidentales se habían visto obligados a buscar el tanino de Chíos para el color negro, el quermes y la orsella mediterráneos para el grana y el rojo y el pastel de Lombardía para el azul. Los cambios y las alteraciones económicas habían provocado un cataclismo en la relación entre el oro y la plata; así, mientras en Europa una libra de oro se cambiaba por diez y media de plata, en Cataluña hacían falta algo más de trece libras de plata para comprar una de oro. Todo ello había provocado serios desajustes en los que los más perjudicados eran los mercaderes y los artesanos que, ante su desesperada situación, estaban comenzando a organizarse para lograr alcanzar algunos puestos en la administración de la ciudad.
 Santa Pau había acompañado al rey en su viaje a Gerona y al regreso a Barcelona el Canciller lo esperaba ansioso.
 -Muchos problemas, Jerónimo, muchos problemas. La corona está al borde de la bancarrota y la ciudad de Barcelona todavía está peor”.

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