miércoles, 25 de mayo de 2016

"Temblor de cielo".- Vicente Huidobro (1893-1948)


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"Ante todo hay que saber cuántas veces debemos abandonar nuestra novia y huir de sexo en sexo hasta el fin de la tierra.
 Allí en donde el vacío pasa su arco de violín sobre el horizonte y el hombre se transforma en pájaro y el ángel en piedra preciosa.
 El Padre Eterno está fabricando tinieblas en su laboratorio y trabaja para volver sordos a los ciegos. Tiene un ojo en la mano y no sabe a quién ponérselo. Y en un bocal tiene una oreja en cópula con otro ojo.
 Estamos lejos, en el fin de los fines, en donde un hombre colgado por los pies de una estrella se balancea en el espacio con la cabeza hacia abajo. El viento que dobla los árboles, agita sus cabellos dulcemente.
 Los arroyos voladores se posan en las selvas nuevas donde los pájaros maldicen el amanecer de tanta flor inútil.
 Con cuánta razón ellos insultan las palpitaciones de esas cosas oscuras.
 Si se tratara solamente de degollar al capitán de las flores y hacerle sangrar el corazón del sentimiento superfluo, el corazón lleno de secretos y trozos de universo.
 La boca de un hombre amado sobre un tambor.
 Los senos de la niña inolvidable clavados en el mismo árbol donde los picotean los ruiseñores.
 Y la estatua del héroe en el polo.
 Destruirlo todo, todo, a bala y a cuchillo.
 Los ídolos se baten bajo el agua.
 -Isolda, Isolda, cuántos kilómetros nos separan, cuántos sexos entre tú y yo.
 Tú sabes bien que Dios arranca los ojos a las flores pues su manía es la ceguera.
 Y transforma el espíritu en un paquete de plumas y transforma las novias sentadas sobre rosas en serpientes de pianola, en serpientes hermanas de la flauta, de la misma flauta que se besa en las noches de nieve y que las llama desde lejos.
 Pero tú no sabes por qué razón el mirlo despedaza el árbol entre sus dedos sangrientos.
 Y este es el misterio.
 Cuarenta días y cuarenta noches trepando de rama en rama como en el Diluvio. Cuarenta días y cuarenta noches de misterio entre rocas y picachos.
 Yo podría caerme de destino en destino pero siempre guardaré el recuerdo del cielo.
 ¿Conoces las visiones de la altura? ¿Has visto el corazón de la luz? Yo me convierto a veces en una selva inmensa y recorro los mundos como un ejército.
 Mira la entrada de los ríos.
 El mar puede apenas ser mi teatro en ciertas tardes.
 La calle de los sueños no tiene árboles, ni una mujer crucificada en una flor, ni un barco pasando las páginas del mar.
 La calle de los sueños tiene un ombligo inmenso de donde asoma una botella. Adentro de la botella hay un obispo muerto. El obispo cambia de colores cada vez que se mueve la botella.
 Hay cuatro velas que se encienden y se apagan siguiendo un turno sucesivo. A veces un relámpago nos hace ver en el cielo una mujer despedazada que viene cayendo desde hace ciento cuarenta años.
 El cielo esconde su misterio.
 En todas las escalas se supone un asesino escondido. Los cantores cardíacos mueren sólo de pensar en ello.
 Así las mariposas enfermizas volverán a su estado de gusanos del cual no debían haber salido nunca. El oído recaerá en infancia y se llenará de ecos marinos y de esas algas que flotan en los ojos de ciertos pájaros.
 Solamente Isolda conoce el misterio. Pero ella recorre el arco iris con sus dedos temblorosos en busca de un sonido especial".    

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