jueves, 5 de mayo de 2016

"Los novios búlgaros".- Eduardo Mendicutti (1948)


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X.- Donde el hombre es explotado por el hombre

 "Por aquellos días, poco después de la llegada de Kalina y de mi consolador inciso con Emil, comenzó a aparecer por la Puerta del Sol, a la hora estratégica del atardecer, un búlgaro cuarentón, rollizo, de una seriedad inquietante, de rostro inexpresivo, mirada fría y cauta y movimientos lentos como los de un capataz rencoroso e implacable. Pese a que ya estaba muy crecida la primavera, aquel búlgaro de manual llevaba siempre una gabardina azul de corte estrictamente socialista y que dotaba a su figura achaparrada de una contundencia brumosa, emboscada, turbia. También llevaba siempre un bolso de mano demasiado pequeño para todo lo que, al parecer, tenía que guardar, ese tipo de bolso desgastado y prieto por el que cualquiera identificaría sin titubear al cobrador de una banda de extorsionistas. Kyril me dijo que, en realidad, era camionero, trabajaba en Arganda en una pequeña empresa de transportes de mercancías y ofrecía a sus compatriotas, por cincuenta mil pesetas y previo acuerdo sobre porcentajes con el dueño de la empresa, precontratos falsos de trabajo y toda la documentación complementaria e imprescindible para obtener el permiso de residencia. Si algún búlgaro, agobiado por el plazo para la presentación de documentos según la orden ministerial para la regulación de la residencia de extranjeros, no disponía de la cantidad exigida, podía conseguir que el de la gabardina le concediese un préstamo -desde luego, nunca por todo el importe del precontrato- al brutal interés de un diez por ciento semanal. Vasil, Dani, Ivo, Yordan e incluso Bambi -a pesar de que Bambi llevaba unos meses deslomándose como repartidor de bombonas de butano, casi a cambio sólo de las propinas y sin ninguna garantía laboral- tenían ya uno de esos precontratos, de modo que la pequeña empresa de transportes de Arganda experimentaba un desarrollo admirable y cualquier inspector de perspicacia pervertida podía acabar por proponerla como candidata a empresa modelo.
 -La policía de aquí es tonta -me dijo Kyril-. Pero hasta el más tonto se da cuenta de que tantos búlgaros a la vez en una sola empresa es una cosa un poco rara.
 Kyril, en cambio, tenía una empresa para él solo: yo.
 Y no me refiero a mi despacho de consultor, en el que seguía confesando todas sus debilidades como una solterona de pueblo, la petroquímica búlgara. Me refiero a mí como individuo, sin otra marca comercial que su nombre y su apellido, a Daniel Vergara como ciudadano de patrimonio moderado pero gustos tan sibaritas como para permitirse el contratar a otro ciudadano, aunque fuera búlgaro, y ponerlo a su servicio. Había tenido que improvisar un puñado de excusas burocráticas para no mezclar mis intereses profesionales con mis servidumbres sentimentales, atendiendo a un enraizado y asquerosamente burgués instinto de autodefensa, aunque no me importaba poner en juego mi tranquilidad personal y la imagen de sobriedad e independencia -uno no sólo no es independiente cuando no está subordinado a nadie, sino cuando carece de subordinados- que tenía de mí mismo en mi vida privada. Jamás se me había pasado por la cabeza tener criados -no creo que pueda considerase como tal, sino como colaboradora doméstica, a la asistenta por horas que venía dos veces a la semana a limpiarme el piso-, ni siquiera esos criados comodones y demasiado cómplices que llamamos chóferes. A pesar de todo Kyril se convirtió en mi chófer con todas las bendiciones legales, con un contrato en regla y las obligadas cotizaciones por mi parte a la Seguridad Social, no dentro del régimen del servicio doméstico -lo que para Kyril habría sido denigrante-, sino del de servicios profesionales, lo que para mí y, sobre todo, para la lógica capitalista, resultaba todo un desafío. Porque Kyril había pasado a ser, en efecto, mi chófer, pero yo no he tenido coche en mi vida.
 No sé si es propio de un caballero español no tener coche y contratar a un chófer pero algo me decía en aquel momento que Kyril y yo estábamos plantando el germen de alguna revolución en el marco inmisericorde de las relaciones laborales, en la repugnante rutina capitalista de la explotación del hombre por el hombre".

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