martes, 22 de diciembre de 2015

"La tregua".- Mario Benedetti (1920-2009)

 
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 Sábado, 14 de septiembre

 "Sin embargo, la fecha de ayer no pasó en vano. Hoy, en varios momentos del día, pensé: "Cincuenta años", y se me fue el alma a los pies. Estuve frente al espejo y no pude evitar un poco de piedad, un poco de conmiseración hacia ese tipo arrugado, de ojos con fatiga, que nunca llegó ni llegará a ser nada. Lo más trágico no es ser mediocre pero inconsciente de esa mediocridad; lo más trágico es ser mediocre y saber que se es así y no conformarse con ese destino que, por otra parte (eso es lo peor), es de estricta justicia. Entonces, cuando estaba mirándome al espejo, apareció sobre mi hombro la cabeza de Avellaneda. Al tipo arrugado, que nunca llegó ni llegará a ser nada, se le encendieron los ojos y por dos horas y media se olvidó de que había cumplido cincuenta años.

 Domingo, 15 de septiembre

 Ella se ríe. Yo le pregunto: "¿Te das cuenta de lo que significan cincuenta años?", y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y nunca me dice nada. No menciona que llegará un instante inevitable en que yo la miraré sin sexo, en que su mano en mi mano no será un choque eléctrico, en que yo conservaré por ella el suave cariño que se tiene por las sobrinas, por las hijas de los amigos, por las más remotas actrices de cine, un cariño que es una suerte de decoración mental pero que no puede herir ni ser herido, no puede provocar cicatrices ni apurar el corazón, un cariño manso, apacible, inocuo, que parece un adelanto del monótono amor de Dios. Entonces la miraré y no podré sentir celos, porque habrá pasado la época de las tormentas. Cuando en el cielo despejado de la setentena aparece una nube, ya se sabe que es la nube de la muerte. Esta debe ser la frase más cursi, más ridícula, que he dejado caer en la libreta. La más verdadera, quizá. ¿Por qué será que lo verdadero es siempre un poco cursi?  Los pensamientos sirven para edificar lo digno sin excusa, lo estoico sin claudicación, el equilibrio sin reservas, pero las excusas, las claudicaciones, las reservas están agazapadas en la realidad, y cuando allí llegamos, nos desarman, nos aflojan. Cuanto más dignos sean los propósitos a cumplir, más ridículos parecen los propósitos incumplidos. La miraré y no podré sentir celos de nadie; sólo celos de mí mismo, celos de este individuo de hoy que siente celos de todos. Salí con Avellaneda y mis cincuenta años, la paseé y los paseé a lo largo de Dieciocho. Quise que me vieran con ella. Creo que no me crucé con nadie de la oficina. Pero en cambio me vieron la mujer de Vignale, un amigo de Jaime, dos parientes de ella. Además (¡qué horrible además!) en Dieciocho y Yaguarón me crucé con la madre de Isabel. Es increíble: han pasado años y años por mi rostro y por el suyo, y sin embargo, cuando la veo, el corazón me sigue dando un vuelco; en realidad, algo más que un vuelco, un brinco de rabia e impotencia. Una mujer invencible, tan admirablemente invencible que uno no puede menos que sacarse el sombrero. Saludó, con la misma agresiva reticencia de veinte años atrás, y después envolvió literalmente a Avellaneda de una larga ojeada, que era a la vez diagnóstico y desahucio. Avellaneda percibió la sacudida, me apretó el brazo y preguntó quién era. "Mi suegra", dije. Y es cierto: mi primera y única suegra. Porque aun en el caso de que yo me casara con Avellaneda, aun en el caso de que yo nunca hubiera sido el marido de Isabel, esta altísima, potente, decisiva matrona de setenta años, habría sido siempre y hasta siempre mi Suegra Universal, inevitable, destinada, mi Suegra que procede directamente de ese Dios de terror que ojalá no exista, aunque más no sea para recordarme que el mundo es eso, que el mundo también se detiene a veces a contemplarnos, con una mirada que también puede llegar a ser diagnóstico y desahucio".  

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