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viernes, 24 de enero de 2020

El Pentateuco de Isaac.- Angel Wagenstein (1922)

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Palabras preliminares de Isaac. Carta al rabí Samuel Bendavid
«Por favor, no busques lógica en mi destino, porque no es que yo empujara los acontecimientos sino que éstos me empujaron a mí. No he sido la piedra del molino ni el agua que la hace girar: he sido la harina. Y desconocidos han sido para mí los propósitos del Molinero, santificado sea su nombre por los siglos de los siglos y después del último de los siglos también.
 Tampoco busques lógica en los acontecimientos históricos que determinaron mi destino, pues no la tienen, pero quizá tengan algún sentido secreto. Sin embargo, ¿acaso le es dado al ser humano conocer el secreto de las mareas, de las protuberancias solares, del temprano florecer de la nevadilla, del amor o de los mugidos de las vacas?
  No me hagas, hermano, empezar la explicación de los acontecimientos políticos por aquel archiconocido disparo en Sarajevo, del que estoy hasta la coronilla, cuando un alumno de secundario con el curioso apellido de Principio mató a nuestro inolvidable, querido, adorado archiduque Francisco Fernando, porque la primera guerra mundial ya había madurado como un absceso en el vientre de Europa, sin principios, es decir, sin el estúpido disparo del Principio este. Si algún diplomático alemán, pongamos por caso, hubiera resbalado con la cáscara de un plátano tirado en Estocolmo por el representante de la empresa francesa Michelin, hubiera sido lo mismo. No busques, por favor, lógica en mi querida patria austrohúngara, cuyo ejército invencible, dirigido sabiamente por el general Konrad von Hötzendorf se metió de cabeza en el conflicto justo cuando hasta el más tonto entre los tontos se daba cuenta de que ya habíamos perdido la guerra. ¿Acaso puede haber lógica alguna en que todos los fieles ciudadanos austrohúngaros desearan con fervor que el Imperio de los Habsburgo se disgregara en varios Estados diminutos, en uniones étnicas dudosas y en federaciones tectónicas y alzaran las banderas nacionales, limpiándose los mocos y las lágrimas al son de la cancioncilla “¡Eh, eslavos!”, mientras que ahora gimotean viendo los platos rotos y recuerdan el Imperio Austrohúngaro como “los buenos tiempos de antaño”?
  Dime, hermano, si hay lógica en todo esto. Fíjate en la broma macabra de cuando Serbia y Grecia, cual un par de hermanitas, se cogieron de la mano al lado de la Triple Entente, mientras que Turquía, el eterno agente británico, sabe Dios por qué se alineó contra Inglaterra. Bulgaria se hermanó con sus opresores seculares, los turcos, y se arrojó a la guerra contra sus libertadores, los rusos, quienes por su parte…, etcétera.
  La primera guerra mundial es una de las ballenas en que –como diría algún pueblo antiguo- se va a apoyar mi relato. La otra ballena, claro está, será la segunda guerra mundial. Y si así, con los pies en sendas ballenas, decido explayarme sobre las razones y sinrazones de esta última, la más cruel entre las guerras, fácil será que me esparranque, ya que, como regla general, las ballenas históricas no suelen nadar en paralelo. Baste con recordarte al respecto de los sacros y eternos ideales nacionales, que en la primera guerra, Alemania se enfrentó a muerte con Italia y Japón, para llegar a declararlos luego, en la segunda de las guerras mundiales, sus hermanos carnales, sus aliados entrañables y no menos sagrados y sempiternos.
  Un día se borrará el dolor de esta guerra, la más terrorífica de todas; llegará el momento en que su recuerdo acabará pareciéndose a la molestia obtusa de los viejos reumas, porque la gente tiende a olvidar lo malo, porque si pensáramos todo el tiempo en la muerte y en los seres desaparecidos, los labradores dejarían de labrar, los jóvenes de enamorarse, los niños dejarían de deletrear las palabras, este precioso rosario de la inteligencia. Se olvidará el dolor y entonces el sentido de las guerras se reducirá a aquella anécdota antiquísima que seguro que has oído mil veces contada de mil maneras, pero que aun así te la explicaré, porque ¿acaso puedes detener a un judío cuando se le ha metido entre ceja y ceja contarte un chiste? Esto es un polaco y un judío que andan juntos por algún lugar de Galitzia*. El judío, que se cree más listo que nadie y que se siente con derecho a dar lecciones o reírse de los demás, señala en el camino el todavía humeante excremento de un caballo y le dice al polaco: “Te doy diez zlotis si te comes esto”. El polaco, hombre calculador como todo campesino, no tiene nada en contra de ganarse unos cuartos. “Vale”, dice. Entonces frunce el ceño, resuella, pero se traga la mierda. El judío le da los diez zlotis pero poco después recapacita. Cae en la cuenta de que acaba de cometer la tontería de gastarse el dinero en nada y decide recuperarlo. A la vista del siguiente excremento de caballo, fresco y humeante, le dice al polaco: “¿Si me como esta mierda me devuelves los diez zlotis?”. “Vale”, contesta el otro. El judío resuella, frunce el entrecejo, pero se come la mierda y recibe de vuelta su dinero. Los dos siguen su camino, pero el polaco al pensárselo, pregunta legítimamente: “Oye, si los judíos sois tan listos, ¿puedes explicarme por qué diablos nos hemos comido cada uno una mierda?”. En este caso el judío se quedó callado, cosa que sucede muy pocas veces.
  Digo, pues, que si me preguntas por el sentido de todo lo que pasó durante las dos guerras y en el tiempo transcurrido entre éstas, yo te contestaré a la pregunta con otra, que tampoco tiene respuesta: ¿y por qué nos comimos la mierda?
  No sé, querido hermano, si vas a recibir estas líneas, porque tú también estás como una hoja a merced del aire y te llevan y te traen los torbellinos de la casualidad y el destino, vistas a la manera vuestra –la materialista- como leyes naturales del todo ordinarias. Es que vosotros, los marxistas, tenéis el don de prever las cosas y aún mejor sabéis explicar las razones por las que vuestras previsiones no llegaron a verse cumplidas. Sin embargo, ¡quién hubiera podido prever (si no fuera Jehová o Yahvé al que tú renunciaste –no es que te culpe, cada cual tiene sus motivos-) que tú, el buen rabí del pueblo de Kolodetz cerca de Drogobich, te volverías ateo y te harías líder sindicalista! […]

Cuarto libro de Isaac: “A cada cual, lo que le corresponde” o desde los campos de concentración con amor

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  Perdona que me desvíe por un momento de nuestro viaje al corazón del Reich, pero deja que te cuente cómo el viejo Shmoile se pasó la vida golpeteando tranquila y abnegadamente las ruedas de los vagones tanto en los tiempos austrohúngaros como en los polacos y, finalmente, en los soviéticos. Cuando llegó el momento de jubilarlo le entregaron la medalla “Bandera Roja de los Trabajadores”. Emocionado a más no poder, Shmoile pronunció el siguiente discurso:
  “Estimados compañeros y colegas ferroviarios: os agradezco todo lo bueno que acabáis de decir de mi humilde persona. Os agradezco también la medalla que me concedéis por haber servido fielmente a lo largo de cincuenta años en la estación de Drogobich con este martillo de mango largo. Sin embargo, queridos colegas y compañeros, ahora que me toca retirarme, os pido que me expliquéis, ¿por qué he tenido que hacerlo y cuál es la utilidad?”»

  *Región en Europa Central, situada al norte de los Cárpatos. En la actualidad, en Ucrania. (N. del T.)   

     [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2008, en traducción de Liliana Tabákova. ISBN: 978-84-935914-6-5.]

miércoles, 19 de junio de 2019

El libro de la madera. Una vida en los bosques.- Lars Mytting (1968)

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Capítulo 4: El tajo 

«"A la gente le encanta partir leña. Es una actividad en la que los resultados se ven de inmediato." Frase atribuida a Albert Einstein.
 El ruido de la motosierra ha cesado y tu espalda comienza a recuperarse poco a poco del esfuerzo de cargar troncos pesados hasta el remolque. Por ahora el trabajo ha sido más que nada una cuestión de árboles grandes y pequeños; motores de dos tiempos, desrame, correas de carga y herramientas pesadas. Pero ahora empieza otra fase interesante. Es ahora, hendiendo y rajando, cuando los troncos se convertirán en leña. El corte y el secado son una pequeña ciencia aparte, y cuando llegue el invierno marcará la diferencia entre la leña buena y mala.
 Mucha gente tiene sus momentos más contemplativos cuando está delante del tajo, cortando leña. Es una buena mezcla entre repetición y variación y a menudo es el primer trabajo que se hace al aire libre después de un largo invierno. Se desempolvan el hacha o la astilladora y empieza a oírse el gruñir de las sierras de los jubilados, que vuelven a sentirse útiles. El olor a savia y a resina fresca inunda el aire y por fin llega el momento de citar las palabras de Hans Borli en su libro Hacha y lira, sobre el aroma de una pila de leña: es "como si la vida misma pasara, descalza / y con rocío en el pelo", "El aroma de la leña fresca / pervivirá entre tus recuerdos últimos cuando caiga el velo".
 Hender la leña con el hacha es, para muchos, la mejor parte del trabajo con la madera. En una fracción de segundo ésta se transforma en leña. De un golpe seco, la leña se abre y nos muestra su resplandeciente y aromática superficie cortada.
 Además, partir leña a hachazos es uno de los trabajos más primitivos que quedan al alcance del hombre moderno -primitivo en tanto que realizamos el trabajo exactamente de la misma manera que los primeros hombres-. No tenemos muchas ocasiones de empuñar una herramienta pesada con todas nuestras fuerzas. La concentración que requiere el golpe, con constancia y precisión, con un objeto de acero forjado despeja las preocupaciones de la vida moderna. El leñador no puede pensar en  mucho más en aquel momento, si no quiere acabar con el hacha clavada en un tobillo.
 El trabajo permite aprovechar fuerzas -la fuerza bruta- para luchar contra algo. Cuántos leñadores habrán perjurado contra un leño de pino terco y nudoso que les obligaba a sacar lo mejor de sí mismos. Meses más tarde, con una mezcla de autocomplacencia y admiración por la resistencia del árbol, admiran satisfechos cómo se va reduciendo a cenizas en la estufa.
 Requiere mucho esfuerzo, sí, pero ¿acaso tuvimos nuestras mejores experiencias en momentos en los que todo resultaba sencillo? De hecho, ¿no es particularmente gratificante para el hombre moderno practicar un trabajo ascético que se ha realizado de la misma manera desde el inicio de los tiempos? Un trabajo manual y medio pesado procura una serenidad que raramente se encuentra en las profesiones de hoy día. En la vida, ya sea en el trabajo o en casa, uno siempre puede ir un poco más allá. Quizá te dé la impresión de que las cosas mejorarán si ese día trabajas hasta las ocho, o si contestas los mails después de que se acuesten los niños. Casi todo luciría mejor si te las ingeniaras para sacar un rato de trabajo durante el fin de semana. Y en la vida privada siempre se puede ser más considerado, pasar más rato con los niños, hablar más de los temas que por alguna razón se evitan...
 El trabajo físico da otro tipo de serenidad. Cuando la leña está partida, está partida. No hay que cambiarla o mejorarla. Las frustraciones diarias entran en la leña y más tarde en la estufa. Una de las cualidades más maravillosas de la madera es que se acabará quemando. Nunca la estudiará un comité, nadie la comparará con un leño de la competencia. En algún momento del invierno, los leños que quedaron mal cortados o que partiste con mano torpe arderán en la hoguera y darán idéntico calor que los perfectos, y además, ¿no resulta pero que muy gratificante quemar esa raíz de pino particularmente odiosa?
 Anne-Berit Tuft, una curtida líder sindicalista de Oslo, cuenta que, durante una época en que su empresa se vio involucrada en negociaciones de recortes de personal, en un arranque de disgusto y tristeza se marchó a su cabaña con un único objetivo en mente: cortar leña. Incluso los leños más torcidos y reticentes tuvieron que rendirse ante el fastidio que llevaba acumulado en aquel momento. Pocos días después, todo estaba partido y apilado, y Tuft volvió a la capital con las pilas renovadas y dispuesta a ponerse manos a la obra.

 La "edad de la leña"
 
 En los países nórdicos, no es raro que a los aficionados a la leña alguna vez se les diga que han llegado a la "edad de la leña", o han contraído la "enfermedad de la leña". Son calificativos para personas que con frecuencia han dejado atrás los sesenta y pasan todo su tiempo libre cortando leña. Por lo visto no se detienen hasta que mueren, o bien hasta que la propiedad y el garaje están llenos a rebosar. En Noruega existen pocos estudios antropológicos sobre el corte de leña entre particulares, pero una investigación que llevó a cabo la Universidad de Ciencias Agrícolas de Suecia en 2007 confirma que la "edad de la leña" es un estado perfectamente mensurable. Tras recolectar datos de 900 familias en el campo -el criterio era que tuviesen una estufa de leña-, los resultados no dejaban lugar a dudas: los que más tiempo le dedican a la leña son los hombres mayores de sesenta años; sólo el 29% de las mujeres se interesa por ella, y en tales casos la edad media es algo inferior a la de los hombres. La mayor parte del esfuerzo de las mujeres se invierte en el apilado.
 Los métodos de trabajo resultaron idénticos al margen de la edad -el aficionado medio cortaba con motosierra y partía con una astilladora hidráulica, aunque el 10% seguía usando la sierra manual y el 21% cortaba con hacha-. Las herramientas empleadas tenían, de media, trece años y las hachas más de quince. Otra respuesta que dejó estupefactos a los investigadores: más de un tercio de las 900 personas que participaron en el estudio no cambiaría sus herramientas aunque les ofreciesen piezas nuevas y mejores sin costes.
 Una de las principales conclusiones de este estudio afirmaba que el trabajo con leña manifiesta la voluntad de sustento de la gente. Los hombres jóvenes que aún no tenían familia apenas mostraban interés por la leña, pero al llegar a los treinta o cuarenta años empezaban a cortar cada vez más leña, y una vez que empezaban no se rendían hasta pasados los setenta. La culminación llegaba alrededor de la edad de jubilación. A esa edad los hombres dedicaban, de media, casi cien horas anuales a actividades relacionadas con la leña. La conclusión parece evidente: los pensionistas no sólo tienen más tiempo libre, sino que también necesitan un contexto en el que puedan realizar un trabajo útil.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2016, en traducción de Kristina Solum y Antón Lado. ISBN: 978-84-204-2414-9.]
 

viernes, 26 de enero de 2018

El nadador.- John Cheever (1912-1982)


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El océano

«Ah, mundo, mundo, mundo maravilloso y desconcertante, ¿cuándo empezaron mis problemas? Escribo esto en mi casa de Bullet Park. Son las diez de la mañana. Estamos a martes. Se me podría preguntar con toda razón qué estoy haciendo en Bullet Park un día de trabajo. Los únicos varones que quedamos por aquí son tres clérigos, dos enfermos crónicos y un viejo excéntrico de Turner Street que está completamente loco. Todo el barrio disfruta de la serenidad, de la quietud de un lugar donde las tensiones entre los sexos han quedado suspendidas: excepto las mías con mi mujer, por supuesto, y las de los tres clérigos. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Qué es lo que estoy haciendo? ¿Por qué no tomo el tren para ir a Nueva York? Tengo cuarenta y seis años, disfruto de buena salud, me visto bien y sé más acerca de la fabricación y venta de Dynaflex que ninguna otra de las personas que trabajan en el ramo. Una de mis dificultades es que parezco más joven de lo que soy. Mi cintura no pasa de los setenta y cinco centímetros y tengo el pelo completamente negro; de manera que cuando le digo a la gente que era vicepresidente encargado de ventas y ayudante ejecutivo del presidente de Dynaflex -cuando le digo esto a un extraño en un bar o en el tren-, nunca me creen porque parezco demasiado joven.
 Míster Estabrook, el presidente de Dynaflex y en cierto sentido mi protector, era un entusiasta de la jardinería. Una tarde, mientras contemplaba sus flores, le picó un abejorro y murió antes de que pudieran llevarlo al hospital. Yo podría haber sido el nuevo presidente, pero prefería seguir ocupándome de las ventas y de la producción. Poco después, los miembros del consejo de administración -entre los que me encontraba- votamos en favor de una fusión con Milltonium Ltd., colocando a Eric Penumbra, el jefe de Milltonium, al timón. Yo voté por la fusión con ciertos recelos, pero los oculté y me ocupé de llevar a cabo la porción más importante del trabajo previo. Tenía que conseguir la aprobación de una serie de accionistas conservadores y desconfiados y, uno a uno, los fui convenciendo a todos. El hecho de que yo hubiese trabajado únicamente para Dynaflex desde que salí de la Universidad les inspiraba confianza. Pocos días después de que la fusión fuese una realidad, Penumbra me llamó a su despacho.
 -Bien -dijo-, lo ha conseguido.
 -Así es, efectivamente -respondí.
 Pensé que me estaba felicitando por el resultado de mi gestión. Había viajado por todos los estados de la Unión y hecho dos visitas a Europa. Ningún otro podría haberlo conseguido.
 -Lo ha logrado -dijo Penumbra con aspereza-. ¿Cuánto tiempo necesitará para marcharse?
 -No le entiendo -respondí.
 -¡Demonios! ¡Que cuánto tiempo le hará falta para irse! -gritó-. Está usted anticuado. No podemos permitirnos el lujo de tener gente como usted en este negocio. Le estoy preguntando cuánto tiempo necesita para marcharse.
 -Creo que una hora será suficiente -dije.
 -Bien, voy a darle hasta el final de la semana -dijo él-. Si quiere mandarme a su secretaria, yo me encargaré de despedirla. Realmente es usted un hombre afortunado. Con el retiro, la gratificación por el despido y el paquete de acciones de la compañía que posee seguirá cobrando casi el mismo dinero que yo y no tendrá que mover un dedo. -Después se levantó de la mesa y vino adonde yo estaba. Me pasó el brazo por encima del hombro y me dio un abrazo-. No se preocupe -dijo-. Estar anticuado es algo con lo que todos tenemos que enfrentarnos. Confío en que sabré conservar la calma tan bien como usted cuando me llegue la hora.
 -Así lo espero, desde luego -dije, y salí del despacho.
 Me fui a los lavabos, me encerré en uno de los retretes y lloré. Lloré por la deshonestidad de Penumbra, por el futuro de Dynaflex y por el porvenir de mi secretaria, una soltera de mediana edad, muy inteligente, que escribe narraciones breves en sus ratos libres; lloré amargamente por mi propia ingenuidad y por mi falta de doblez; lloré por dejarme abrumar por los hechos más básicos de la existencia. Al cabo de media hora me sequé las lágrimas y me lavé la cara. Recogí todas las cosas personales que tenía en el despacho, tomé el tren para volver a casa, y le conté a Cora lo que había sucedido. Yo estaba enfadado, por supuesto, y ella pareció asustarse. Empezó a llorar y se fue al tocador, que es el lugar que ha venido utilizando como muro de las lamentaciones desde que nos casamos.
 -En realidad no hay ningún motivo para llorar -dije-. Quiero decir que tenemos mucho dinero. Grandes cantidades de dinero. Nos podemos ir al Japón. O a la India. Podemos visitar las catedrales inglesas.
 Cora siguió llorando y llorando, y después de cenar llamé a nuestra hija Flora, que vive en Nueva York.
 -Lo siento, papá -dijo cuando le conté las noticias-. Lo siento muchísimo e imagino lo mal que lo estás pasando; me gustaría verte dentro de algún tiempo, pero no ahora mismo. Recuerda tu promesa..., prometiste dejarme en paz.
 El próximo personaje que entra en escena es mi suegra, que se llama Minnie. Minnie es una rubia de unos setenta años, con voz ronca y cuatro cicatrices en la cara, consecuencia de una operación de cirugía estética. Se la puede ver zascandileando alrededor de Neiman-Marcus, o en el vestíbulo de todos los grandes hoteles. Minnie usa la expresión "estar de moda" con gran flexibilidad. Cuando habla del suicidio de su marido en 1932 suele decir que "tirarse por la ventana estaba muy de moda". Cuando expulsaron del instituto a su hijo único por conducta inmoral y se fue a vivir a París con un hombre de más edad, Minnie dijo: "Me doy cuenta de que es repugnante, pero parece que está terriblemente de moda." Acerca de su atroz forma de arreglarse, suele decir: "No puedes figurarte lo incómodo que es, pero ¡está tan de moda!" Minnie es cruel y perezosa y Cora, su única hija, la odia. Mi esposa ha orientado su manera de ser por caminos que son diametralmente opuestos a los de Minnie. Cora es afectuosa, responsable, sobria y amable. Tengo la impresión de que para salvaguardar sus virtudes -para no perder la esperanza, en realidad-, se ha visto obligada a inventar una historia fantástica según la cual Minnie no es en realidad su madre; su madre es una señora prudente y muy simpática que se entretiene haciendo bordados.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de la Editorial Bruguera, en traducción de José Luis López Muñoz. ISBN: 84-02-09013-3.]

jueves, 15 de junio de 2017

"Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano".- Nicolas de Condorcet (1743-1794)


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Décima época
De los futuros progresos del espíritu humano

«Al recorrer la historia de las sociedades, habremos tenido ocasión de señalar que, muchas veces, existe una gran diferencia entre los derechos que la ley reconoce a los ciudadanos y los derechos de que éstos realmente gozan; entre la igualdad establecida por las instituciones políticas y la que existe entre los individuos; habremos subrayado que esta diferencia ha sido una de las principales causas de la destrucción de la libertad en las repúblicas antiguas, de las tormentas que las han sacudido, de la debilidad que las ha entregado a tiranos extranjeros.
 Estas diferencias tienen tres causas principales: la desigualdad de riqueza, la desigualdad de estado entre aquel cuyos medios de subsistencia se transmiten a su familia y aquel para quien esos medios dependen de la duración de su vida, o, mejor, de la parte de su vida en que es capaz de rendir un trabajo y, por último, la desigualdad de instrucción.
 Habrá, pues, que demostrar que esas tres causas de desigualdad real deben disminuir, no desaparecer, porque son causas naturales y necesarias, que sería absurdo y peligroso querer destruir; y ni siquiera se podría intentar hacer desaparecer totalmente sus efectos, sin abrir fuentes de desigualdad más fecundas, sin asestar golpes más directos y más funestos a los derechos de los hombres.
 Es fácil probar que las fortunas tienden naturalmente a la igualdad, y que su excesiva desproporción o no puede existir, o debe cesar en seguida, si las leyes civiles no establecen unos medios artificiales de perpetuarlas y de reunirlas; si la libertad del comercio y de la industria hace desaparecer la ventaja que toda ley prohibitiva y todo derecho fiscal dan a la riqueza adquirida; si unos impuestos sobre las convenciones, las restricciones a que se somete su libertad, su sometimiento a unas formalidades enojosas, o, en fin, la incertidumbre y los gastos necesarios para obtener su ejecución no detienen la actividad del pobre y no devoran sus escasos capitales; si la administración pública no abre a unos pocos hombres unas abundantes fuentes de opulencia, cerradas al resto de los ciudadanos; si los prejuicios y el espíritu de avaricia, propios de la edad avanzada, no presiden el matrimonio; si, en fin, gracias a la sencillez de las costumbres y a la sabiduría de las instituciones, las riquezas ya no son medios de satisfacer la vanidad o la ambición, sin que de todos modos, una austeridad mal sostenida, que ya no permite hacer de ellas un medio de goces rebuscados, fuerce a conservar las que en otro tiempo se han acumulado.
 Comparemos en las naciones ilustradas de Europa su población actual con la extensión de su territorio. Observemos, en el espectáculo que presentan su agricultura y su industria, la distribución de los trabajos y de los medios de subsistencia, y veremos que sería imposible conservar esos medios en el mismo grado y, por una consecuencia necesaria, mantener la misma masa de población si un gran número de individuos dejasen de contar sólo con su industria y con lo que sacan de los capitales empleados en adquirirla o en aumentar su producción, para subvenir casi enteramente a sus necesidades o a las de su familia. Ahora bien: la conservación de uno y otro de esos recursos depende de la vida, de la salud misma del jefe de cada familia. Es, en cierto modo, una fortuna vitalicia o, más aún, dependiente del azar, y de ello resulta una diferencia muy real entre esa clase de hombres y aquella cuyos recursos no están sometidos a los mismos riesgos porque la renta de una tierra o el interés de un capital casi independiente de su industria subvienen a sus necesidades.
 Existe, pues, una causa necesaria de desigualdad, de dependencia e incluso de miseria, que amenaza sin cesar a la clase más numerosa y más activa de nuestras sociedades.
 Mostraremos que es posible destruirla en gran parte, oponiendo el azar al propio azar; asegurando al que alcanza la vejez una pensión producida por sus ahorros, pero aumentada con las de los individuos que, tras hacer el mismo sacrificio, mueren antes del momento de tener necesidad de recoger sus frutos; procurando, mediante una compensación similar, a las mujeres, a los niños, para el momento en que pierden a sus maridos o a sus padres, un recurso igual y adquirido al mismo precio, ya sea para las familias a las que aflige una muerte prematura, ya sea para las que conservan a su jefe durante más largo tiempo; en fin, preparando para los hijos que alcanzan la edad de trabajar para sí mismos y de fundar una nueva familia, la ventaja de un capital necesario para el desarrollo de su industria, y aumentándolo a expensas de aquellos a quienes una muerte demasiado temprana impide llegar a ese término. Es a la aplicación del cálculo a las probabilidades de la vida y a las colocaciones del dinero a lo que se debe la idea de estos medios, ya empleados con éxito, pero nunca con esa extensión, con esa variedad de formas que los haría verdaderamente útiles, no solamente a algunos individuos, sino a toda la masa de la sociedad, a la que librarían de esa ruina periódica de un gran número de familias, fuente siempre renaciente de corrupción y de miseria.
 Haremos ver que este medio, que puede emplearse en nombre del poder social y convertirse en uno de sus mayores beneficios, puede ser también el resultado de asociaciones particulares, que se formarán sin peligro alguno, cuando los principios según los cuales deban organizarse los establecimientos se hayan hecho más populares, y cuando los errores que han destruido a un gran número de esas asociaciones dejen de ser temidos por ellas.»
 

martes, 22 de diciembre de 2015

"La tregua".- Mario Benedetti (1920-2009)

 
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 Sábado, 14 de septiembre

 "Sin embargo, la fecha de ayer no pasó en vano. Hoy, en varios momentos del día, pensé: "Cincuenta años", y se me fue el alma a los pies. Estuve frente al espejo y no pude evitar un poco de piedad, un poco de conmiseración hacia ese tipo arrugado, de ojos con fatiga, que nunca llegó ni llegará a ser nada. Lo más trágico no es ser mediocre pero inconsciente de esa mediocridad; lo más trágico es ser mediocre y saber que se es así y no conformarse con ese destino que, por otra parte (eso es lo peor), es de estricta justicia. Entonces, cuando estaba mirándome al espejo, apareció sobre mi hombro la cabeza de Avellaneda. Al tipo arrugado, que nunca llegó ni llegará a ser nada, se le encendieron los ojos y por dos horas y media se olvidó de que había cumplido cincuenta años.

 Domingo, 15 de septiembre

 Ella se ríe. Yo le pregunto: "¿Te das cuenta de lo que significan cincuenta años?", y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y nunca me dice nada. No menciona que llegará un instante inevitable en que yo la miraré sin sexo, en que su mano en mi mano no será un choque eléctrico, en que yo conservaré por ella el suave cariño que se tiene por las sobrinas, por las hijas de los amigos, por las más remotas actrices de cine, un cariño que es una suerte de decoración mental pero que no puede herir ni ser herido, no puede provocar cicatrices ni apurar el corazón, un cariño manso, apacible, inocuo, que parece un adelanto del monótono amor de Dios. Entonces la miraré y no podré sentir celos, porque habrá pasado la época de las tormentas. Cuando en el cielo despejado de la setentena aparece una nube, ya se sabe que es la nube de la muerte. Esta debe ser la frase más cursi, más ridícula, que he dejado caer en la libreta. La más verdadera, quizá. ¿Por qué será que lo verdadero es siempre un poco cursi?  Los pensamientos sirven para edificar lo digno sin excusa, lo estoico sin claudicación, el equilibrio sin reservas, pero las excusas, las claudicaciones, las reservas están agazapadas en la realidad, y cuando allí llegamos, nos desarman, nos aflojan. Cuanto más dignos sean los propósitos a cumplir, más ridículos parecen los propósitos incumplidos. La miraré y no podré sentir celos de nadie; sólo celos de mí mismo, celos de este individuo de hoy que siente celos de todos. Salí con Avellaneda y mis cincuenta años, la paseé y los paseé a lo largo de Dieciocho. Quise que me vieran con ella. Creo que no me crucé con nadie de la oficina. Pero en cambio me vieron la mujer de Vignale, un amigo de Jaime, dos parientes de ella. Además (¡qué horrible además!) en Dieciocho y Yaguarón me crucé con la madre de Isabel. Es increíble: han pasado años y años por mi rostro y por el suyo, y sin embargo, cuando la veo, el corazón me sigue dando un vuelco; en realidad, algo más que un vuelco, un brinco de rabia e impotencia. Una mujer invencible, tan admirablemente invencible que uno no puede menos que sacarse el sombrero. Saludó, con la misma agresiva reticencia de veinte años atrás, y después envolvió literalmente a Avellaneda de una larga ojeada, que era a la vez diagnóstico y desahucio. Avellaneda percibió la sacudida, me apretó el brazo y preguntó quién era. "Mi suegra", dije. Y es cierto: mi primera y única suegra. Porque aun en el caso de que yo me casara con Avellaneda, aun en el caso de que yo nunca hubiera sido el marido de Isabel, esta altísima, potente, decisiva matrona de setenta años, habría sido siempre y hasta siempre mi Suegra Universal, inevitable, destinada, mi Suegra que procede directamente de ese Dios de terror que ojalá no exista, aunque más no sea para recordarme que el mundo es eso, que el mundo también se detiene a veces a contemplarnos, con una mirada que también puede llegar a ser diagnóstico y desahucio".