viernes, 25 de diciembre de 2015

"Momo".- Michael Ende (1929-1995)


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11.- Cuando los malos tratan de hacer de lo malo lo mejor...

 "A la luz cenicienta de interminables pasillos, los agentes de la caja de ahorros de tiempo corrían y se susurraban unos a otros, excitados, la última noticia: todos los señores del consejo de administración se habían reunido en una sesión extraordinaria.
 Eso sólo podía significar que se avecinaba un gran peligro, deducían unos. Eso sólo podía querer decir que se habían planteado posibilidades nuevas, desconocidas, de ganar tiempo, concluían otros.
 En la gran sala de sesiones estaban reunidos los señores grises del consejo de administración. Estaban sentados, uno al lado de otro, alrededor de una mesa casi interminable. Cada uno de ellos llevaba, como siempre, su cartera gris plomo y cada uno fumaba su pequeño cigarro gris. Sólo se habían quitado los bombines, por lo que se veía que todos eran totalmente calvos.
 El ambiente, en la medida en que entre esos hombres se pueda hablar de ambiente, era bastante pesado.
 El presidente, en la cabecera de la larga mesa, se levantó. Se acabaron los murmullos y dos filas interminables de caras grises se volvieron hacia él.
 -Señores -comenzó-, la situación es seria. Me veo obligado a ponerlos a todos en conocimiento de los hechos amargos, pero irremediables.  Durante la caza de Momo hemos empleado a casi todos nuestros agentes disponibles. En total, la persecución duró seis horas, trece minutos y ocho segundos. Mientras tanto, todos los agentes participantes tuvieron que abandonar, necesariamente, su razón de ser, es decir, aportar tiempo. A esa pérdida hay que añadir el tiempo consumido por nuestros agentes durante la búsqueda. De esos dos puntos negativos resulta una pérdida de tiempo calculada muy exactamente en tres mil setecientos treinta y ocho millones doscientos cincuenta y nueve mil ciento catorce segundos.  Señores, eso es más que toda una vida humana. Creo que no hace falta que explique lo que ello significa para nosotros.
 Se interrumpió y señaló con gesto majestuoso hacia una gran puerta de acero con numerosos cerrojos y combinaciones en la pared frontal de la sala.
 -Nuestros almacenes de tiempo, señores -dijo, alzando la voz-, no son inagotables. ¡Si la persecución, por lo menos, hubiera sido fructuosa! Pero se trata de tiempo perdido con total inutilidad. La niña Momo se nos ha escapado.  Señores, no puede volver a pasar por segunda vez un asunto de esta índole. Me opondré con todas mis fuerzas a cualquier otra empresa de proporciones tan costosas. Tenemos que ahorrar, señores, no malversar. Por eso les ruego que hagan todos los planes futuros en este sentido. No tengo más que decir. Muchas gracias.
 Se sentó y expelió densas nubes de humo. Recorrieron la sala unos excitados murmullos.
 Al otro extremo de la mesa se levantó un segundo orador, y todas las caras se volvieron a él.
 -Señores -dijo-, a todos nos importa por igual el buen funcionamiento de nuestra caja de ahorros de tiempo. Pero me parece totalmente innecesario que nos intranquilicemos por este asunto o tratemos de convertirlo en una especie de catástrofe. Nada es menos cierto. Todos sabemos que nuestros almacenes de tiempo albergan ya tal cantidad de reservas, que incluso un múltiplo de la pérdida de la que se trata no nos pondría en un peligro serio. ¿Qué es una vida humana? ¡Una pequeñez! No obstante, estoy de acuerdo con nuestro presidente en que no debería repetirse un asunto así. Pero un suceso como el ocurrido con la niña Momo es totalmente irrepetible. Nunca antes ha ocurrido nada parecido y es altamente improbable que vuelva a ocurrir. El señor presidente ha censurado, con razón, que la niña Momo se nos haya escapado. Pero, ¿qué otra cosa queríamos, sino deshacernos de la niña? Y eso lo hemos conseguido. La niña ha desaparecido, ha huido del alcance del tiempo. Nos hemos librado de ella, creo que podemos estar satisfechos con este resultado.
 El orador se sentó, sonriendo con autosuficiencia. Desde algunos lados se oyeron débiles aplausos.
 Entonces se levantó un tercer orador de en medio de la larga mesa.
 -Seré breve -comenzó-. Considero irresponsables las palabras tranquilizadoras que acabamos de oír. Esa niña no es una niña corriente. Todos sabemos que dispone de facultades que pueden llegar a ser muy peligrosas para nosotros. El que el suceso no haya ocurrido antes de ahora no significa que no pueda repetirse. Debemos estar vigilantes. No podemos darnos por satisfechos antes de tener a esa niña realmente en nuestro poder. Sólo así podremos estar seguros de que no nos volverá a dañar. Porque si ha abandonado el alcance del tiempo, puede volver a él en cualquier momento. ¡Y volverá!".  

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