viernes, 23 de junio de 2017

"La magia del Grial".- Heike (1954) y Wolgang Hohlbein (1953)


Resultado de imagen de wolfgang y heike hohlbein   

«Dagda le había dejado el resto del día libre, pero Dulac estaba tan abrumado por todo lo que había experimentado y, sobre todo, descubierto, que no pudo alegrarse por ello. Mientras regresaba a la posada a paso tranquilo, comprendió dolorosamente que apenas sabía nada de Camelot, del rey Arturo, de los caballeros de la Tabla Redonda, de la historia del castillo, de Dagda y... sí, incluso de sí mismo. No sabía siquiera qué edad tenía. No conocía de dónde provenía, quiénes eran sus verdaderos padres y tampoco cómo se llamaba realmente. Desde que tenía uso de razón vivía con Tander, el dueño de la única posada de Camelot.
 Dagda le había contado que, hacía cosa de diez años, el propio rey Arturo y algunos de sus caballeros pasaron junto a un pequeño lago, en cuya orilla descansaron un rato para que los caballos bebieran. De pronto oyeron el llanto de un niño y, cuando comenzaron a buscar, encontraron una extraña barca muy deteriorada y, entre los restos, un chiquillo de tres o cuatro años, medio hambriento y parloteando en una lengua incomprensible. La búsqueda de los padres del niño resultó infructuosa, al igual que la de los otros ocupantes de la barca o la de algún rastro de su proveniencia, así que Arturo finalmente llevó al niño a Camelot. Dagda, que se ocupó del huérfano en los primeros momentos, le puso el nombre de Dulac, asegurando que tenía algo que ver con el lugar donde le habían encontrado, pero nunca se había molestado en aclarar esa afirmación, y fijó arbitrariamente su edad en cuatro años. Lo que tenía por resultado que, ahora, ante la consabida pregunta sobre su edad, Dulac respondiera que catorce años... pero que también podrían ser quince e incluso trece. ¿Qué más daba? También muchos de los caballeros de Arturo ignoraban su edad y muy pocos eran capaces de escribir su nombre... Al contrario que Dulac, a quien Dagda le había enseñado a leer y escribir años antes.
 Los primeros cuatro años  Dulac vivió y trabajó con la familia de Tander, pues allí lo llevó Arturo. Tres de esos cuatro años supusieron una buena vida para Dulac. Como los demás miembros de aquella gran familia, tenía que arrimar el hombro y participar de acuerdo con su edad en las faenas propias de una posada. Pero la mujer de Tander murió y desde entonces el posadero se tornó gruñón y tacaño. Dulac tuvo que abandonar su pequeña habitación de la buhardilla y trasladarse al granero, en donde hacía frío en invierno y calor en verano, y el pequeño sueldo que Dagda le pagaba debía entregarlo enteramente. Si volvía del trabajo a casa y todavía había clientes en la taberna, se le exigía ayudar tras el mostrador e, incluso los domingos, cuando todos estaban en la iglesia, tenía que quedarse para limpiar la posada. A pesar de eso, Tander siempre le increpaba que se veía obligado a alimentarle y que haber acogido a aquel niño bajo su tejado iba a ser causa de su ruina. Dulac estaba convencido de que ya lo hubiera echado o vendido como un esclavo si no hubiera tenido que vérselas con la ira de Arturo.
 Sin embargo, Dulac no quería quejarse. Era una vida dura, pero mejor que el destino de muchos otros que conocía, incluso en la ciudad, y además no iba a durar siempre. Un día -y algo le decía que ese día no estaba muy lejos- se quitaría esa vida de encima como si fuera un vestido viejo y se le revelaría su verdadero destino.
 Tal vez descubriría incluso quiénes habían sido sus verdaderos padres, aunque no estaba muy seguro de querer conocerlos. Tenía tan pocos recuerdos de ellos como de su vida antes del día en que Arturo y sus caballeros lo habían encontrado. Pero sospechaba que su comportamiento no había sido el que se espera de unos padres. Dejar a su pequeño al arbitrio del destino, o de cualquier desconocido que pasase por ahí... En realidad, tenían que haber sido realmente crueles porque, aparte de los harapos que llevaba aquel día, lo único que le habían legado eran dos finas y profundas cicatrices en las orejas, como si le hubieran cortado la punta o se la hubieran quemado con un hierro candente. ¿Qué padres harían eso con su hijo?
 Dulac estaba tan ensimismado en sus pensamientos que se dio cuenta demasiado tarde de que había cometido un error. Había elegido el camino más corto para regresar a casa, en lugar de alejarse en otra dirección y emplear la tarde libre en el bosque cercano o con alguno de sus pocos amigos, y ya era inútil dar la vuelta, porque en ese mismo momento se abrió la puerta de la posada y apareció Tander.
 Dulac se quedó quieto y Tander parpadeó realmente asombrado de verlo a esa hora tan temprana. Pero enseguida se recobró de la sorpresa. Antes de que Dulac pudiera idear una buena excusa para salir corriendo, adoptó la acostumbrada expresión avinagrada de su rostro y le hizo señas con la mano.
 -Ya era hora de que vinieras -refunfuñó-. ¿Qué haces ahí parado papando moscas? ¿Te crees que el trabajo se hace solo? -inclinó la cabeza y sus ojos se estrecharon-. ¿Qué haces aquí? ¿No será que te han despedido por ser un gandul?
 -Dagda me ha dado la tarde libre -respondió Dulac haciendo hincapié en el "me", pero Tander pareció ignorarlo.
 -Seguramente no puede soportar tu vagancia -gruñó-. No me vengas un día diciendo que has perdido tu trabajo. No puedo tener aquí a alguien que no aporte su parte. Si pierdes tu puesto, te echo de aquí, tenga o no el rey su mano protectora sobre ti. Y ahora, ¡a la cocina! Tenemos huéspedes que pagan por su alojamiento y su comida. No como otros...
 Dulac no respondió, por si acaso. ¿Qué podría decir? Fuera lo que fuera, Tander lo utilizaría para una nueva andanada de insultos.»
 

jueves, 22 de junio de 2017

"¿Qué es esa cosa llamada ciencia?".- Alan F. Chalmers (1939)


Resultado de imagen de alan f chalmers 
11.-Instrumentalismo radical o realismo pluralista

«Tanto el lenguaje observacional como el teórico, en la medida en que se pueden distinguir, se consideran como intentos de describir cómo es en realidad el mundo. El partidario de la postura que deseo proponer y defender en esta sección, postura a la que he denominado instrumentalismo radical o realismo pluralista, reconoce, al igual que el realista popperiano, que la frontera entre el lenguaje observacional y el teórico es una ficción. Pero su respuesta a esta cuestión es diametralmente opuesta a la respuesta popperiana. El instrumentalista radical extiende la interpretación instrumentalista del lado "teórico" de la frontera desvanecida al lado "observacional". Ni el lenguaje "observacional" ni el "teórico" pueden ser correctamente entendidos como una descripción de cómo es el mundo en realidad.
 El instrumentalista radical o realista pluralista desea subrayar la diferencia entre nuestros sistemas conceptuales, ya sean teorías científicas o los presupuestos en el lenguaje cotidiano, que son productos humanos sujetos a cambio, y el mundo real con el que esos sistemas conceptuales reales mantienen alguna relación. Tanto las teorías científicas como el mundo externo son reales, pero no hay que identificarlos. Sin embargo, no deseo seguir a Platón y a Popper y sugerir algún "tercer mundo" o "mundo de las ideas" en el que habiten las teorías. Las teorías científicas son los productos reales de una práctica científica real del tipo analizado en la sección III del capítulo 9. Las teorías científicas se producen y modifican constantemente como resultado de la práctica científica. La razón de mi deseo de denominar "pluralista" a esta versión del realismo debería ser ahora evidente. El mundo exterior y el mundo de las teorías son reales, pero distintos. Están unidos por un tercer mundo real, la práctica científica.
 Las teorías científicas están unidas al mundo real, al que pretenden enfrentarse o acomodarse en cierto sentido en la práctica científica. Mientras la distinción entre el mundo exterior, real, por un lado, y las teorías científicas reales ideadas para enfrentarse a él, por otro, pretende ser una distinción tajante, la distinción entre teorías reales y práctica científica real no lo es. La práctica científica conlleva, además de la experimentación, diversos tipos de argumentos y críticas ideados para articular una teoría, compararla con otras teorías, establecer su coherencia, sus propiedades de simetría, su capacidad de predicción, etc. Estos argumentos y críticas utilizarán sistemas conceptuales o teorías. En consecuencia, la práctica científica real y las teorías científicas reales están inextricablemente unidas y evolucionan a la par.
 La postura que estoy defendiendo es instrumentalista en el sentido de que niega una directa vinculación entre las teorías y el mundo real y niega que las teorías sean intentos de explicar cómo es en realidad el mundo. Conceptos como el de "electrón", "fuerza", etc. son conceptos teóricos reales, pero describir los electrones y las fuerzas como si existieran en el mundo real es caer en un equívoco del sentido común que intenta evitar el instrumentalismo radical. Desde el punto de vista del instrumentalismo radical, incluso la identificación de conceptos cotidianos tales como "silla" y "cisne" con objetos del mundo real constituye un error. El instrumentalista radical o realista pluralista insistirá en que existe una cosa como el sentido común o la práctica cotidiana que conlleva conceptos cotidianos tales como el de silla. Los conceptos cotidianos reales están vinculados al mundo real a través de la práctica cotidiana, de tal manera que un sujeto o un grupo de sujetos puede llevar a cabo su actividad cotidiana de manera eficaz si se comporta como si los objetos que corresponden a sus conceptos del sentido común existieran en el mundo real. Esto explica el atractivo primario del realismo ingenuo.
 Un punto a favor del instrumentalismo radical es que, dado un cambio suficientemente drástico en la práctica y en la teoría de sentido común, la noción de sentido común de lo que existe en el mundo varía. En la Europa medieval, las brujas habitaban realmente el mundo de sentido común, mientras que no lo habitan en la época moderna, aunque sí ciertos tipos de enfermos psiquiátricos. Conceptos como "silla" y "cisne" no se han visto amenazados todavía de manera similar por cambios radicales en el conocimiento y en la práctica cotidiana de sentido común, y quizás no se vean amenazados nunca.
 El instrumentalista radical no tiene nada que ver con la precavida y preventiva acción de los instrumentalistas ingenuos que insisten en limitar el alcance de la ciencia para protegerla de diversos tipos de críticas. La práctica científica debe conllevar diversos tipos de comprobaciones inexorables para que su capacidad de enfrentarse al mundo real sea valorada y aumentada. El carácter preciso de una determinada práctica científica será discernido mediante una detallada investigación de una ciencia, su práctica y su historia, y un análisis de la función de los diversos aspectos de esa práctica. El instrumentalista radical podrá emplear gran parte del análisis que se encuentra, por ejemplo, en los escritos de Popper, Lakatos, Feyerabend y Ravetz, e incluso en algunos de los escritos de Kuhn, como ayuda para ese fin. Lo que no aceptará es que haya una sola práctica científica aplicable a todas las ciencias en todas las épocas.»
 

miércoles, 21 de junio de 2017

"Marco Polo".- Viktor B. Shklovski (1893-1984)


Resultado de imagen de shklovski  
La casa comercial de los Polo pasa el invierno junto al Pamir

«Los investigadores aún no han logrado trazar en el mapa la ruta seguida por los mercaderes Polo.
 Posiblemente, ello se deba a que los Polo no eran simples viajeros, sino comerciantes. Viajaban comprando mercancías en un lugar y vendiéndolas en otro. Es probable que uno de los hermanos se desviara de la ruta en busca de mercancías, mientras el otro lo esperaba.
 Por el relato es evidente que el camino tuvo ramificaciones.
 En aquellos tiempos había distintos tipos de mercaderes. Los genoveses y venecianos iban de una factoría a otra.
 Para hacernos una idea de la vida del mundo en aquella época, habría que hablar de las rutas de las caravanas. Los lugares poblados se extendían a lo largo de las rutas de las caravanas y en las proximidades de los fondeaderos de naves. En consecuencia, los hombres vivían en focos reducidos. Ya hemos visto cómo los poblados genoveses se extendían por toda la ruta hasta Tabriz.
 Por lo general, Marco Polo no llama a los pueblos con el nombre de su nación, sino con el de su religión y, a veces, designa una religión con el nombre del pueblo que la profesaba.
 Para él, los musulmanes son todos ellos sarracenos. Bajo el término de sarracenos se incluye por igual a uigures (que en el siglo XII tenían sus dominios en el Turquestán Oriental, y posteriormente en todas las posesiones mongolas, conservando su posición privilegiada como funcionarios de la administración mongol), persas y, finalmente, árabes.
 Exactamente igual -como si de un pueblo se tratara- se refiere Marco Polo a los nestorianos.
 Los nestorianos constituían una de las sectas cristianas sirias que, a consecuencia de persecuciones religiosas y merced al comercio, se desperdigaron por todo el Oriente. En China, e incluso en Siberia, se han encontrado sepulcros nestorianos. Los sirios nestorianos, al no poseer cultura propia, han desempeñado toda su existencia histórica el papel de transmisores de culturas ajenas. Ellos llevaron la cultura griega a los árabes y a los persas. Se convirtieron en un pueblo de traductores; traducían del griego y del árabe y también traducían los sirios jacobitas. A través de ellos llegaron a Europa las fábulas indias y los cuentos árabes. Expulsados de Bizancio, los nestorianos se trasladaron al Irán y de allí se extendieron más allá, hacia Oriente. Trajeron consigo su forma de escritura, el alfabeto, el cual constituyó la base de la escritura mongol y de la coreana.
 Pero entre los nestorianos había, además de los sirios, los uigures antes citados, y en general podían serlo gentes de cualquier nación.
 Todavía en la actualidad, en el Kurdistán, cerca de Urmia, y en Mesopotamia, en la China Occidental y en la India, e incluso en la costa de Malabar, siguen existiendo poblados nestorianos.
 A menudo, una nacionalidad se identificaba con una profesión. Determinados artes y oficios se concentraban en ciertas localidades, como no hace mucho sucedía en la Rusia zarista. Es éste un fenómeno residual, al igual que, por ejemplo, hoy es una reminiscencia del pasado el hecho de que en Francia, entre los limpiabotas, haya muchos naturales de Saboya, y en nuestro país "aisores" (nestorianos).
 Las gentes no vivían en masas compactas, sino en pequeñas colonias de comerciantes y artesanos.
 En las ciudades de Asia central vivían persas y en las aldeas, en tierras de regadío, agricultores turcos. En las tierras de secano vivían pastores mongoles y a lo largo de las rutas de las caravanas se encontraban factorías de diversas nacionalidades. Las factorías se agrupaban en empresas comerciales y a veces se constituían como agrupaciones religiosas. Así se organizaron factorías de los nestorianos o de las órdenes de caballería cristianas. Por lo general, las factorías no se mezclaban con la población local, porque los lugareños proveían de materia prima a los mercaderes; las factorías se interesaban por las mercancías y no por los hombres. Este comercio intermediario, separado de la producción, alteraba y determinaba la distribución de la población en aquellos tiempos.
 [...] En Las mil y una noches vemos que en la ciudades de Oriente existían barrios comerciales de diversa nacionalidad. En Constantinopla, a los rusos se les destinaban determinados barrios en los cuales tenían derecho a vivir. En las afueras de Moscú se encontraba el barrio alemán. Se trata de fenómenos distantes en el tiempo, pero relacionados entre sí.
 Los mercaderes Polo viajaban de factoría en factoría, como si fueran de visita a casa de sus parientes.
 Las caravanas de los hermanos Polo seguían su camino adelante. La ciudad de Balk, en la que se hubiera podido comerciar bien, se hallaba en ruinas. Las paredes de mármol de las casas, ennegrecidas por el humo; las puertas azules, destrozadas.
Sobre ellas se leía la siguiente inscripción: "Esta ciudad se ha construido en nombre de Dios y por voluntad del sultán, a imagen y semejanza del paraíso."
 La ciudad se hallaba en completo silencio y  el sol caía de lleno sobre ella. La hierba crecía por entre las losas del empedrado. La ciudad callaba como el cementerio cercano a la puerta principal. Cabras salvajes pacían entre los viñedos y comían uvas. Las varas que sujetaban los viñedos ya se habían podrido, pero las pesadas y oscuras cepas, fuertes como el hierro forjado, remedaban el dibujo del anterior apoyo.
 Desde la ciudad muerta, los mercaderes marcharon doce días hacia el nordeste. Abundaban los pastos, la caza y el agua, pero era una región deshabitada.
 Al cabo de doce días llegaron a un castillo de sal.
 La sal era dura, la arrancaban con picos de hierro.»
 

martes, 20 de junio de 2017

"Mi amor en vano".- Soledad Puértolas (1947)


Resultado de imagen de soledad puertolas  

11

«Cansa muchísimo no ser sincera, no decir la verdad, dijo Dayana en tono de fatiga, como si lo que me acababa de contar le hubiera producido un cansancio y una melancolía excesivos.
 Me retraje en cuanto caí en la cuenta de que muchas de las cosas que decía se acababan volviendo contra mí, siguió. Tuve que guardar en mi interior la sinceridad y la inocencia, pero todo se enrarece dentro de uno mismo y ya no sé si son verdadera sinceridad o verdadera inocencia. En cuanto te retraes para protegerte, dejas de lado tu primera espontaneidad y queda grabada sobre la piel la señal, el sello del miedo. A partir de ahí es difícil que los otros lleguen a conocerte, porque nunca te muestras por entero, ni siquiera a las personas que más aprecias y en las que más confías. No te muestras, el disimulo de ese miedo se convierte en parte de tu identidad.
 Con quienes más practicas el disimulo es precisamente con las personas a quienes tienes más cerca, siguió, y así sucede que aquellas personas que podrían conocerte mejor son quienes menos datos han recibido directamente de ti. La mayor parte de tu vida se ha desarrollado entre ellas, pero no te has permitido dar rienda suelta a lo que eres, y un día comprendes que es demasiado tarde, que ni siquiera sabrías hacerlo, porque con ellas ya eres de otra manera, ya eres una persona que disimula. Incluso llegas a intuir que esas personas te habrían aceptado y acogido si te hubieras mostrado y que quizás aún estés a tiempo, pero ya no puedes, has pasado demasiado miedo. Te has ido mostrando a trozos, a fragmentos, has enseñado a unos una cosa y a otros otra, la totalidad te asusta, no puedes abarcarla, no sabes qué forma, qué aspecto tiene. Te gustaría que alguien se encargara de recoger de aquí y de allá todos los pedazos desperdigados y los uniera, casi sin tu ayuda, estando tú absolutamente quieta, porque ya no puedes más, no quieres hacer más. Que juntara los fragmentos como le viniera en gana, eso ya te da casi igual, que lo hiciera a su criterio, puesto que tú ya no quieres esforzarte, lo dejarías todo en sus manos, ése es el ideal, la profunda aspiración.
 Queda la esperanza de que ellas, las personas cercanas, intuyan todo eso y, a pesar de tu miedo, que te ha alejado tanto de ellas, te acepten y te den cobijo. Pero estos sentimientos no se expresan, no pueden formularse, permanecen ocultos por debajo de las miradas que se cruzan, pero son la razón que nos empuja a mirarnos unos a otros con curiosidad, con interés o simpatía, a veces con amor, son la razón de que las miradas y los gestos resulten insuficientes y echemos mano de las palabras siempre confusas, traidoras y también insuficientes. Todo esto que está por debajo y que a veces se intuye es lo que nos mantiene cerca a unos de otros, ¿qué otra cosa podría ser? Lo que vemos, lo que ven, lo que mostramos y nos muestran, está impregnado de temores, esa apariencia no nos expresa.
 Entre Eugenio y yo ha habido mucho silencio, dijo, y comprendí que Dayana llevaba un rato hablando de él, sin mencionarlo. Eso me produce mucho dolor, mucha culpabilidad, dijo. Si se lo dijera, se sentiría ofendido. Es él quien debe resolver su vida día a día, minuto a minuto. Éstos son sus principios. Ser libre, no depender de nadie, no culpar tampoco a nadie. La culpa es algo que está fuera del individuo. Nace dentro de la comunidad, se desarrolla junto a la idea de autoridad. Y el poder autoritario es el principio de la corrupción, de todos los abusos. Eugenio es fiel a esta doctrina. Nunca me ha hecho una pregunta a la que yo hubiera podido responder con una mentira. O simplemente con el silencio. Pero éste habría sido ya un silencio distinto, indiscutiblemente culpable. El silencio que Eugenio ha instalado entre nosotros es anterior a las preguntas, es un silencio que quiere significar respeto, libertad. Quizá, también, pesimismo, soledad.»
 

lunes, 19 de junio de 2017

"Crónica de atolondrados navegantes".- Baltasar Porcel (1937-2009)


Resultado de imagen de baltasar porcel
Noticias morales de 1917

«Su carta es del 29 de agosto y la encontré ayer en el secreter de caoba de la oscura salita que da al patio de granados. El papel es rayado y la tinta violeta. La letra, muy picuda. Se explica así:
"Mi amado hijo,
 Lamento de verdad que Dios no dispusiera que nos encontráramos en Cádiz. La ciudad te gustará porque es muy alegre, menos en las horas de sol. Espero que ya estés bien de las anginas, que no son una enfermedad  grave, pero que dejan alicaído, por el no comer. Yo de ti ahora comería una cosa andaluza que llaman el gazpacho, que es bien alimenticia porque tiene abundantes hortalizas, y además es bueno el pescado, en ésa, que lo fríen con aceite de Andalucía, fino y con muchas calorías. Debes alimentarte porque la salud es lo principal. Sin salud no hay nada.
 Yo hubiera disfrutado viéndote, porque harán ya ahora seis años que no hemos estado juntos. Te dejé que eras un niño y estrás hecho un hombre. Hoy he ido a nuestra finca de San Telm y he pensado en ti al darme cuenta de que la higuera donde hacían aquel nido los búhos está seca y muerta [...]. Tú ya no debes ir a buscar nidos y la higuera está derruida. Ya te darás cuenta, con los años, que sólo la salud importa: tú casi nunca te sentirás viejo, te verás siempre como cuando tenías quince años, pero la gente mayor comenzará a morirse a tu alrededor y tú un día no podrás levantar ya un saco de nitrato de Chile de ochenta kilos. En los otros, en su muerte, verás primero tu vejez. [...]
 En Cuba he dejado encargos para que te sean arreglados los asuntos. Al llegar a La Habana vete a la calle del Profesor Horcajo, que es una calle con muchas moscas y que a la mitad tiene una vuelta muy cerrada: allí mismo está el café de Biel Lleuger, que es de nuestro pueblo, [...] Él te encaminará bien. Es individuo de fiar aunque a veces dice mentiras. Que no tienen mala intención, pero te embrollan la cabeza. A mí me gusta charlar con un mentiroso porque nunca es aburrido. Pero si lo escuchas demasiado llegas a mentir tú también, porque te divierte tanto que lo imitas.
 Ve con cuidado con el aburrimiento. Eres joven y supongo que tendrás que descubrir muchas cosas, por necesidad y por ganas. De esto me hubiera gustado hablar personalmente contigo, porque es tema delicado para un padre. Cuando te apetezca hacer, digamos jarana, tú hazla, que es malo sofocar los deseos que nacen del cuerpo. Pero no abuses. Nunca se debe abusar de nada, que deja el cuerpo muy apalizado y hace desaparecer la ilusión. Hay que saber manejar más la ilusión que el dinero, que al dinero puedes volver a ganarlo y a la ilusión no. Un hombre desbravado, sea de amores, del juego o de la bebida, vale poco y con frecuencia resulta traidor y esto por una razón: porque no espera ya nada. Tú ya sabes que quiero mucho a tu madre, pero en parte es porque sólo la veo tres o cuatro meses cada media docena de años, al venir al pueblo. Todo se gasta, hijo mío, y hay que combinar las cosas a fin de que funcionen bien administradas.
 Te decía lo del aburrimiento: esto puede  desbravarte mucho. [...] tomando una copa aquí y guiñándole el ojo allí a una mulata, tienes un gran peligro de convertirte en mujeriego, en borracho. A las cosas hay que hacerlas porque se tienen ganas, no para sustituir bostezos. [...] no te preocupes demasiado por el dinero. Tener dinero guardado sólo es bueno para la vejez, que faltan fuerzas para ganarlo. De joven, es mejor vivir la vida. El dinero, querido hijo, te hace ladrón o explotador. Yo lo he visto muchas veces y no siempre me he salvado de ello. Como patrón que soy, he presentado al armador cuentas que no son verdad y que me metían unos pesos en el bolsillo. Y he visto que los armadores, por avaricia, nos roban a nosotros, las tripulaciones de los barcos. Tu abuelo tenía un libro que quemamos cuando hicieron rey a Alfonso XII y los que eran federales cogieron miedo, que contaba como unos catalanes, entre los que estaba Monturiol, que inventó el submarino, habían hecho o pensado hacer una especie de pueblo sin dinero, de todo para todos, y que no salió bien. Yo espero que algún día se haga porque así como van las cosas, van muy mal. Mira la guerra, que destruye al mundo, y esta gripe que mata incluso a los que no están en la guerra. Yo nunca he podido comprender qué razones se crean los hombres para pelearse. Una cosa es una pelea de jóvenes, ya que el cuerpo a veces tiene deseos de dar bofetadas y, aunque te parezca raro, de recibirlas. Pero sólo la falta de ilusión que se apodera de casi todos los mayores hace que se miren traidoramente y luchen. Porque es verdad, y nunca lo olvides, que hablando y creyendo que el otro puede tener tanta razón como tú, pues los hombres se entienden. He leído muchos diarios y no he comprendido por qué las naciones se hacen la guerra. Una vez hablé largo de esto con el tío Joan Poncet, que era carlista, y me decía que lo era para que viniera otro rey distinto de Alfonso XII. ¿Y qué más da, si hay un rey u otro, si lo que hace falta es que cada uno pueda caminar tranquilo y libre y comer un buen plato de sopas al mediodía? No te metas en política, que sólo acaba con ganas de dominar a los demás. [...] La honradez, muchacho, no es estar seguro de que hay que hacer o pensar así o asá. Yo opino que es no estar con ideas fijas, de estas que no cambian en toda la vida, y estar atento a la realidad que pisas y luego procurar no hacer daño a nadie.
 Esto va con la religión. Verás protestantes y negros que les llaman ñáñigos, que adoran gallos y bailan por las noches, en los manglares apartados. Nunca te rías de nadie porque ellos te ven tan raro como tú a ellos. Supongo que habrás ido a misa. [...] No es malo ir a misa, aunque yo no desearía que un hijo mío se hiciera capellán. Hay que respetar a Dios, eso sí. Pero la vida es diferente a como te la explican los capellanes, en la doctrina y en los sermones. Por esto hay que respetar a Dios, pero también la vida, que sólo tienes ésta y ninguna otra.
 Estás en edad de aprender. [...] Te meterá en la cocina, de pinche, que es lo que hemos convenido. [...] Hay que aprender, hijo mío, y por eso tienes que frecuentar ahora la compañía de los viejos más sabedores que tú. No escuches demasiado sus consejos, que son los de gente gastada. Pero presta oído a las cosas que cuentan, de si aquello lo hicieron así o asá o si fulano o mengano: es como si en un teatro te representaran trozos de la vida para que aprendieras o la vieras. Y ver siempre es bueno. Como aprender lenguas: en los ratos libres, estudia lenguas de otros países y habla con gente de allí, que a cada lengua que sabes descubres un mundo. [...] Aprende lenguas y también es bueno aprender mecánica [...]
 La gente se hace amo, domina a los otros, por la fuerza. Delante de un fuerte, que puede ser un hombre con músculos fuertes o la bolsa bien llena de dinero, ve con cuidado y jamás le digas del todo que ni sí ni que no: es tan malo que te tenga en contra como que te hagas criado suyo. [...]
 Y ya nada más por hoy. Tu madre te envía muchos besos y llora siempre que piensa en ti. Pero tú haz tu vida, que nosotros ya empezamos a ser viejos y hay más de egoísmo de viejo que de amor en el llorar de ella. Pero no nos olvides nunca, como nosotros no te olvidamos a ti. Tu padre, que te quiere, Bartomeu".
 [...] "...La vida, que sólo tienes ésta y ninguna otra": es triste, es cruel, pensar que los muertos tienen razón.»
 

domingo, 18 de junio de 2017

"Dios y el Estado".- Mijail Bakunin (1814-1876)


Resultado de imagen de mijail bakunin 
El principio del Estado

«En el fondo, la conquista no sólo es el origen, es también el fin supremo de todos los Estados grandes o pequeños, poderosos o débiles, despóticos o liberales, monárquicos o aristocráticos, democráticos y socialistas también, suponiendo que el ideal de los socialistas alemanes, el de un gran Estado comunista, se realice alguna vez.
 Que ella fue el punto de partida de todos los Estados, antiguos y modernos, no podrá ser puesto en duda por nadie, puesto que cada página de la historia universal lo prueba suficientemente. Nadie negará tampoco que los grandes Estados actuales tienen por objeto, más o menos confesado, la conquista. Pero los Estados medianos y sobre todo los pequeños, se dirá, no piensan más que en defenderse y sería ridículo por su parte soñar en la conquista.
 Todo lo ridículo que se quiera, pero sin embargo es su sueño, como el sueño del más pequeño campesino propietario es redondear sus tierras en detrimento del vecino; redondearse, crecer, conquistar a todo precio y siempre, es una tendencia fatalmente inherente a todo Estado, cualquiera que sea su extensión, su debilidad o su fuerza, porque es una necesidad de su naturaleza. ¿Qué es el Estado si no es la organización del poder? Pero está en la naturaleza de todo poder la imposibilidad de soportar un superior o un igual, pues el poder no tiene otro objeto que la dominación y la dominación no es real más que cuando le está sometido todo lo que la obstaculiza; ningún poder tolera otro más que cuando está obligado a ello, es decir, cuando se siente impotente para destruirlo o derribarlo. El solo hecho de un poder igual es una negación de su principio y una amenaza perpetua contra su existencia; porque es una manifestación y una prueba de su impotencia. por consiguiente, entre todos los Estados que existen uno junto al otro, la guerra es permanente y su paz no es más que una tregua.
 Está en la naturaleza del Estado el presentarse, tanto en relación a sí mismo como frente a sus súbditos, como el objeto absoluto. Servir a su prosperidad, a su grandeza, a su poder, ésa es la virtud suprema del patriotismo. El Estado no reconoce otra, todo lo que le sirve es bueno, todo lo que es contrario a sus intereses es declarado criminal; tal es la moral de los Estados.
 Es por eso que la moral política ha sido en todo tiempo, no sólo extraña, sino absolutamente contraria a la moral humana. Esa contradicción es una consecuencia inevitable de su principio: no siendo el Estado más que una parte, se coloca y se impone  como el todo; ignora el derecho de todo lo que, no siendo él mismo, se encuentra fuera de él y, cuando puede, sin peligro, lo viola. El Estado es la negación de la humanidad.
 ¿Hay un derecho humano y una moral humana absolutos? En el tiempo que corre y viendo todo lo que pasa y se hace en Europa hoy, está uno forzado a plantearse esta cuestión.
 Primeramente: ¿existe lo absoluto, y no es todo relativo en este mundo? Respecto de la moral y del derecho: lo que se llamaba ayer derecho ya no lo es hoy, y lo que parece moral en China puede no ser considerado tal en Europa. Desde este punto de vista cada país, cada época, no deberían ser juzgados más que de acuerdo con las opiniones contemporáneas y locales, y entonces no habría ni derecho humano universal ni moral humana absoluta.
 De este modo, después de haber soñado lo uno y lo otro, después de haber sido metafísicos o cristianos, vueltos hoy positivistas, deberíamos renunciar a ese sueño magnífico para volver a caer en las estrecheces morales de la antigüedad, que ignoran el nombre mismo de la humanidad, hasta el punto de que todos los dioses no fueron más que dioses exclusivamente nacionales y accesibles sólo a los cultos privilegiados.
 Pero hoy que el cielo se ha vuelto un desierto y que todos los dioses, incluso naturalmente el Jehová de los judíos, se hallan destronados, hoy sería eso poco todavía: volveríamos a caer en el materialismo craso y brutal de Bismarck, de Thiers y de Federico II, de acuerdo con los cuales Dios está siempre de parte de los grandes batallones, como dijo excelentemente este último; el único objeto digno de culto, el principio de toda moral, de todo derecho, sería la fuerza; ésa es la verdadera religión del Estado.
 ¡Y bien, no! Por ateos que seamos y precisamente porque somos ateos, reconocemos una moral humana y un derecho humano absolutos. Sólo que se trata de entenderse sobre la significación de esa palabra: absoluto. Lo absoluto universal, que abarca la totalidad infinita de los mundos y de los seres, no lo concebimos, porque no sólo somos incapaces de percibirlo con nuestros sentidos, sino que no podemos siquiera imaginarlo. Toda tentativa de este género nos volvería a llevar al vacío, tan amado de los metafísicos, de la abstracción absoluta.
 Lo absoluto de que nosotros hablamos es un absoluto muy relativo y en particular relativo exclusivamente para la especie humana. Esta última está lejos de ser eterna: nacida sobre la tierra, morirá con ella, quizás antes que ella, dejando el puesto, según el sistema de Darwin, a una especie más poderosa, más completa, más perfecta. Pero en tanto que existe, tiene un principio que le es inherente y que hace que sea precisamente lo que es: es ese principio el que constituye, en relación con ella, lo absoluto. Veamos cuál es ese principio.
 De todos los seres vivos sobre esta tierra, el hombre es a la vez el más social y el más individualista. Es sin contradicción también el más inteligente
 

sábado, 17 de junio de 2017

"El paquete parlante".- Gerald Durrell (1925-1995)


Resultado de imagen de gerald durrell  
Capítulo 2: Viaje en tren a Mitología

«-Bueno, pues he aquí que, un buen día, Hircio Horacio encuentra Mitología de manera totalmente casual. Iba andando por el monte y llegó a una cueva. Entró en ella por curiosidad y se encontró con que conducía a una caverna subterránea gigantesca, con un mar interior enorme, salpicado de muchas islas. Al instante se dio cuenta de que aquello era exactamente lo que hacía falta. Lo cierto era que el mundo estaba dejando de creer y superpoblándose tan de prisa que ya casi no quedaba sitio para los animales reales, conque mucho menos para los mitológicos. Así que Hircio Horacio ocupó aquello y con ayuda de unos cuantos hechizos muy potentes lo hizo muy habitable, verdaderamente muy habitable. Entonces trasladó allí a todos los animales mitológicos que quedaban y a cada uno se le dio una isla o un trozo de mar y todos se instalaron muy a gusto. La cosa es que mientras todos creímos los unos en los otros, estuvimos seguros.
 Loro hizo una pausa para enjugarse una lágrima y sonarse el pico con violencia.
 -Te dije que te ibas a enfriar -gritó Dulcimila-. Pero, ¿tú me haces caso? ¡Quiá, no señor!
 -Nuestro gobierno, si se quiere llamarlo así -prosiguió Loro-, estaba formado por los tres Libros Parlantes y el propio Hircio Horacio Salsiflán, y muy buen gobierno que era, justo y bondadoso. Como ya os he dicho, a mí me nombraron Guardián de las Palabras y entre mis obligaciones estaba la de salir al mundo real una vez cada cien años, más o menos, y hacer un informe de lo que pasaba por ahí. Pues bien, Dulcimila y yo acabábamos de pasar una temporada con mi primo, el de la India. Mi primo es el loro del maharajá de Jaipur: como ya os podéis figurar, es un esnob terrible, con pasaporte internacional, Rolls-Royce y toda la pesca, pero me tiene informado sobre la situación en el Lejano oriente. En fin, que volvimos de ese viaje y, ¿qué diríais que nos encontramos?
 Los niños esperaron, conteniendo la respiración.
 -Nos encontramos -dijo Loro con voz profunda, afligida y solemne- con que los basiliscos se habían sublevado. Y no sólo eso, sino que habían robado los tres Libros Parlantes del Gobierno. ¿Os podéis imaginar algo más horrible, horrendo u horripilante?
 -No -dijeron los niños, y lo dijeron sinceramente, porque tal como Loro lo contaba parecía de verdad el fin del mundo.
 -Naturalmente que no -dijo Loro con gesto de aprobación.
 -Pero, por favor -dijo Penélope-, antes de seguir adelante, ¿nos podrías explicar qué es un basilisco?
 -Sí, Loro, por favor -dijeron Simón y Pedro.
 -Bueno -dijo Loro-; bueno, debo confesar, aunque los habitantes de Mitología creemos en el respeto mutuo, debo confesar que a mí nunca me gustaron los basiliscos. Son unos animales ruidosos, ordinarios y presuntuosos: con eso más o menos quedan retratados. Y descuidados, además, siempre echando fuego por las narices e incendiándolo todo..., peligrosos. En cuanto a su aspecto, yo diría que es poco atractivo. Vienen a tener el mismo tamaño que vosotros, con cuerpo de gallo, cola de dragón y escamas en vez de plumas. Claro que el colorido de las escamas, que son rojas, doradas y verdes, les presta cierta vistosidad, para el que aprecie ese tipo de cosas. A mí, personalmente, me resulta horriblemente chillón y chabacano.
 -Pero, ¿para qué echan fuego por las narices? -preguntó Pedro.
 -La verdad es que no lo sé -contestó Loro-. Sencillamente los inventaron así, pero resulta la mar de peligroso, os lo aseguro. Hircio Horacio les iba a construir un castillo especial, incombustible, para que vivieran en él. El primero que tuvieron lo quemaron totalmente a las veinticuatro horas de ocuparlo. Ahora viven en el castillo que H.H. ocupaba hasta que se mudó a las Cuevas de Cristal y supongo que acabarán quemándolo también.
 -¿Y no es demasiado arriesgado tenerlos por ahí sueltos? -preguntó Penélope.
 -Si se controla su número, no -respondió Loro-. Nunca permitíamos que hubiera más de diez docenas.
 -¿Y cómo lo hacíais? -preguntó Simón.
 -Era una de las leyes -dijo Loro-. Tantos unicornios, tantas mandrágoras, tantos basiliscos y así sucesivamente. No había otro remedio: de no ser así, nos habrían desbordado. Tened en cuenta que en Mitología sólo cabe cierto número de animales. Eso sí, los basiliscos siempre pretendían ser más, siempre estaban yendo a H.H. con alguna historia de que no tenían quien les lavara la ropa. Bueno, en realidad es un poquito complicado. Es que los basiliscos sólo nacen de los huevos que ponen los dos gallitos de oro. Son unas aves muy bobas, sin ninguna conversación: lo único que hacen es pasarse la vida diciendo kikirikí de una manera muy fatua. En fin, que cada cien años ponían un huevo.
 -Pero yo creía que las únicas que ponían huevos eran las gallinas -dijo Penélope, hecha un mar de confusiones.
 -Las gallinas ponen huevos de donde salen otras gallinas -puntualizó Loro-. Los gallitos de oro ponen huevos de donde salen basiliscos.
 Aquella respuesta dejó tan confusa a Penélope que decidió no volver a hacer preguntas.
 -Una vez que los gallitos de oro han puesto un huevo de basilisco, ya no tienen nada más que hacer -explicó Loro-. Sueltan un par de kikirikís jactanciosos y les pasan todo el asunto a los sapos.
 -¿Los sapos? -dijo Penélope, ya completamente aturdida.
 -¿Qué tienen que ver los sapos? -preguntó Simón.
 -Pues sencillamente, que ellos son los que incuban los huevos -dijo Loro-. No sirven para otra cosa, los tales sapos: son unas criaturas insensatas y chapuceras. Lo único que saben hacer bien es incubar huevos de basilisco. Bueno, si seguís interrumpiéndome todo el rato, no acabaremos nunca.
 -Perdón -dijeron los niños muy contritos, y se callaron.
 -Bien -dijo Loro-. Pues los basiliscos pensaron que, si lograban apoderarse del Gran Libro de los Hechizos, él les diría la fórmula para que los gallitos de oro pusieran un huevo de basilisco cada día. Así que se aliaron con los sapos, que son unos animales atolondrados y que en seguida se dejan mangonear, y entre todos no sólo secuestraron a los gallitos de oro, sino que robaron los tres Grandes Libros del Gobierno. Cuando volvimos Dulcimila y yo, se habían encerrado en su castillo y estaban fabricando huevos de basilisco como si aquello fuera una...
 -Una granja avícola -sugirió Simón.»