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martes, 20 de octubre de 2020

Tierra de chacales.- Amos Oz (1939-2018)

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El monasterio trapense
7

  «Itche salió del coche, con esfuerzo, cansado y abrió el capó. Nahum sacó de su bolsillo la linterna que estaba destinada a iluminar la operación de urgencia y alumbró las entrañas del motor. Vio cómo Itche giraba bujías, tiraba de esto y apretaba aquello como a ciegas, daba puñetazos acalorados a las superficies metálicas. Con sus fuertes uñas enroscó un tornillo. Tiró de unos cables sin piedad y puede que también sin pensar. Eso no hizo más que acrecentar la malicia del motor: de pronto, sin previo aviso, se apagó también el otro faro. El coche quedó a oscuras. Entonces Itche le quitó a Nahum la linterna y la arrojó contra las rocas del borde del camino.
 -Al infierno todo -dijo.
 Nahum asintió como diciendo: Sí. Así es. Por supuesto. Pero Itche no pudo ver ese gesto, porque una completa oscuridad los envolvía. Nahum gastó una tras otra las temblorosas cerillas. Con la última, encendieron un par de cigarros de los que Itche le había cogido al estudiante que se encontraron por el camino.
 Itche maldijo primero al coche, a Nahum, a Bruria, a las mujeres en general, al cielo y a la tierra. Casi todos esos insultos eran rusos y despiadados, aunque algunos eran árabes. También maldijo a los árabes. Al final se maldijo a sí mismo. Y se calló. Ya estaba ronco de tanto que había gritado antes de la incursión, durante la batalla y al regresar al cuartel. Ahora había perdido la voz y sólo le quedaba un gorjeo entrecortado, ridículo y desesperado. Se instaló en el capó del jeep muerto. Y, como un monte peludo, se quedó tumbado en silencio e inmóvil.
 Después, cuando los ojos de ambos empezaron a habituarse un poco a la densa oscuridad, Itche descubrió un bloque oscuro y lúgubre que destacaba al otro lado de la frontera de Latrún: la silueta borrosa y desorbitada del monasterio trapense tras las línea de alto el fuego, en territorio enemigo.
 -Menudo edificio -dijo Itche con un hilo de voz.
 -Es un monasterio -añadió Nahum animadamente. Un fervor pedagógico le embargó de pronto. No se sentía nada cansado, estaba bien despierto, emocionado-: Es el monasterio trapense. Sus monjes se han comprometido a guardar silencio para siempre. Hasta el día de su muerte.
 -¿Y por qué? -preguntó Itche en voz baja.
 -Porque las palabras son una fuente de pecado. Si no hay palabras, no hay mentiras. Es muy simple. Llevan años y años viviendo allí si intercambiar ni una palabra entre ellos. Imagínate qué silencio tan divino habrá allí. El que quiere unirse a ellos debe hacer un juramento. Como en el ejército. Hacer voto de silencio.
 -No puedo comprenderlo -gorjeó Itche.
 -Claro que tú no puedes comprenderlo. Tú eres capaz hasta de arrasar un pueblo sin saber nada de sus habitantes ni de su historia, y sin querer saberlo. Así, sin más. Como un toro desbocado. Claro que tú no lo comprendes. ¿Qué es lo que tú sí comprendes? Golpear y matar, eso es lo que tú comprendes. Y el fútbol. Y acciones de Eged. Eres una mala bestia, no una persona. Una mala bestia idiota. Te están engañando todo el rato, Rosenthal se tira a Bruria, y los oficiales, y los de la policía militar, e incluso alguien como yo. ¿Crees que ahora ella está en el jeep de Rosenthal de camino a Jerusalén? ¿Eso crees? Porque eres una bestia y no una persona, por eso crees que todo el mundo es como tú. No todo el mundo es como tú. No todo el mundo arrasa y mata todo lo que se mueve. Al contrario. Todo el mundo se ríe de ti. Rosenthal se folla a Bruria y te jode también a ti. Yo me la he follado y ahora también te he jodido a ti. Dime, ¿por qué has salido corriendo como un loco? ¿Por qué has cogido un jeep, una ametralladora y a mí y has echado a correr como un toro desbocado, eh? Yo te diré por qué. Porque no eres una persona, por eso. Porque eres una mala bestia idiota. Por eso.
 -Cuéntame algo más sobre el monasterio -dijo Itche con la poca voz que le quedaba.
 Nahum Hirsch, un sanitario de retaguardia delgado y con gafas, dobló la rodilla y apoyó la suela de la bota sobre una rueda del jeep. Fumó y sintió cómo la energía y la virilidad latían en sus venas como si fuesen vino.
Resultado de imagen de tierra de chacales -El polvo de las palabras muertas se ha pegado a ti. Purifica tu alma con el silencio. Eso escribió Rabindranath Tagore, poeta y filósofo indio. Ahora habrá que empezar a explicarte qué es un poeta, qué es un filósofo y qué es un indio. Pero, ¿quién tiene tiempo y fuerzas para hacer de ti una persona? Para qué malgastar palabras. Además, no te serviría de nada. Está bien. Latrún debe su nombre a una fortaleza que había aquí a mediados de la Edad media. Los cruzados levantaron en este lugar una fortaleza para cerrar el acceso más cómodo desde la llanura costera a Jerusalén, es decir, el camino de Bet Horon. El nombre Latrún es una distorsión del nombre de aquella fortaleza: "Le Toron des Chavaliers, es decir, 'la torre de los caballeros'. Toron significa torre. Como tour. La Tour Eiffel. La torre, en el ajedrez. ¿Ya te has dormido? ¿Es demasiada información de una vez? ¿No? Hay investigadores que apuntan a otro origen, más antiguo aún, del nombre Latrún: Castellum Boni Latronis, es decir, el castillo del buen ladrón que fue crucificado junto a Jesús de Nazaret. ¿Has oído hablar alguna vez de la Crucifixión, de Jesús, del buen ladrón? ¿Has leído algún libro en tu vida? Responde. ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien? ¡Respóndeme!
 Itche guardó silencio.
 Las luces de los pueblos lejanos centelleaban a lo lejos en la oscuridad de la noche. Las posiciones enemigas de Latrún, a las que sin duda ya habría llegado la noticia de la destrucción de Deir al-Nashaf, apuntaban de cuando en cuando, con el brusco destello de un foco, hacia los espesos bosques que crecían en las laderas de los montes de Judea. Un disparo solitario, casi irrisorio, rodó por las montañas y resonó largamente hasta que se desvaneció.
 -Dime una cosa, ¿no es un poco peligroso permanecer aquí toda la noche? -preguntó Nahum con repentino temor.
 Itche guardó silencio.
 -Dime, ¿no es demasiado peligroso? ¿No deberíamos avanzar a pie? A lo mejor hay por los alrededores alguna granja o algún kibutz.
 Itche giró un instante la cabeza, miró con su cara peluda a Nahum Hirsch y apartó la vista. No dijo nada. Nahum se fue a orinar detrás del jeep. De pronto se asustó y le dio miedo alejarse de Itche en la oscuridad.
 -Soy un mierda. Un miserable -dijo con voz clara y apretando los dientes.
 Itche guardó silencio.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2017, en traducción de Raquel García Lozano, pp. 119-122. ISBN: 978-84-17151-21-8.]
 

martes, 3 de marzo de 2020

El arte de desgranar alubias.- Wieslaw Mysliwski (1932)

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Ocho

«Se lo aseguro, me cambió la vida. Pues el almacenero aquel. Antes le hablé de él. Almacenero, y resultó ser un saxofonista. No sé por qué se extraña usted. Sepa que en aquellos tiempos pocos ejercían de lo que eran. El Cura, un soldador. Y muchos como él trabajaban en la construcción, ocultos tras oficios muy diversos. Con frecuencia uno se enteraba de esas cosas compartiendo una botella de vodka. Y no en la primera ocasión. El que no bebía o bebía solo de vez en cuando, no era digno de confianza. Por eso me habitué a la bebida. Sí, te investigaban, pero sólo por encima. Fue más tarde cuando empezaron a indagar con mayor profundidad en el pasado de la gente. Y hasta a meterle mano a las conciencias. Más aún porque la conciencia resultó ser algo distinto a lo que era. ¿Usted piensa que la conciencia es algo estable? Pues lástima que no trabajó usted en alguna obra durante aquella época. Seguro que en otros sitios era igual, pero yo trabajé en la construcción y sólo puedo hablar de la construcción. Mire, todo cambio en el mundo es un golpe a las conciencias. Y ya no digamos si se trata de cambiar el mundo por uno nuevo, mejor, que entonces es sobre todo a las conciencias.
 En cualquier caso, en ningún otro lugar encontraría usted tantas personas diferentes. Albañiles, estucadores, soldadores, electricistas, fontaneros, gruistas, conductores, abastecedores y demás, y lo mismo en las oficinas, y luego resultaba que éste era esto, aquél aquello, éste venía de tal sitio, aquél de tal otro, o habían estado en campos de concentración, o en prisión, o en tal ejército, o en tal otro, o en la insurrección, o en los bosques, con los riñones machacados, o sin dientes, o sin uñas, menores de edad o aún muy jóvenes, pero ya canosos. Cada una de esas obras era una auténtica torre de Babel, pero no de idioma sino de destinos humanos. Aunque también había algunos, y no precisamente pocos, que por sí mismos cambiaron de oficio para unirse a la edificación de ese mundo nuevo y mejor, porque habían dejado de creer en el viejo.
 Ya no me acuerdo en qué obra trabajaba uno que se encargaba de la planificación. Uno decía, el de la planificación, y ya todos sabían de quién se trataba. Pues una vez, bebiendo, confesó que era profesor de Historia. No tenía mucho aguante bebiendo, se emborrachó y empezó a contar que la historia le había engañado. ¿Se lo imagina usted? Que la historia le había engañado. Como si la historia pudiera engañar a alguien. Nosotros somos los que engañamos continuamente a la historia, dependiendo de lo que queramos de ella.
 De todas formas, en mi opinión cada cual vive por sí mismo y cada vida es una historia diferente. Puede que intentemos verter todo eso en un solo recipiente, en una sola inmensidad, pero de ahí no se desprende la verdad sobre el hombre. Después de todo, puede uno imaginarse una historia de personas individuales que hayan vivido en cualquier época. ¿Imposible, dice usted? Ya sé que es imposible. Pero imaginarla se puede. Nada existe como un conjunto generalizado y mucho menos el hombre. No sé desde qué perspectiva mira usted el mundo. Yo, ya le digo, miro desde tal o cual obra. Siempre eran personas individuales, no se parecían entre sí. Se decía equipo, igual que se dice historia, pero solo en las reuniones.
Resultado de imagen de Mysliwski el arte de desgranar alubias Por ejemplo, en una de las obras trabajaba un estudiante de Filosofía. En realidad, había terminado los estudios, sólo le quedaba un examen cuando estalló la guerra. Y tras la guerra aprendió a pavimentar. Era incluso jefe de equipo, me hice amigo suyo. ¡Buf, cómo le daba! Su cabeza no sólo tenía aguante para la filosofía. Y una vez, mientras bebíamos, empezó a hablar de sus estudios sin terminar, y otro le preguntó:
 -¿Y por qué no los terminaste? Después de la guerra pudiste hacerlo. Por un examen...
 Pareció que los ojos le iban a explotar, y eso que no habíamos bebido tanto.
 -¿Y para qué coño? ¿De qué me vale la filosofía después de todo eso? ¡Ninguna mente habría comprendido eso! ¡Ningún Platón, ningún Sócrates, ningún Descartes, Spinoza, Kant! ¡Que se vayan al cuerno! -Y dio un porrazo en la mesa con el vaso.
 Nos miramos unos a otros, porque ninguno sabíamos quiénes eran ésos que tanto le contrariaban. Tampoco se atrevía nadie a preguntar, porque lo mismo ya deberíamos saberlo. Lo único que dijo uno fue:
 -Está visto que en todas partes te encuentras con los mismos hijos de puta. Y no sólo en la construcción. -Y le llenó el vaso hasta arriba-. Toma, bebe.
 Créame, si no hubiera trabajado en la construcción... Bueno, y si no hubiera bebido. En fin, de cualquier forma, aprendí a vivir en la construcción. Y todo gracias a tanta gente diferente como uno se encontraba y que no habría encontrado en ningún otro lugar. Sí señor, les debo mucho. Incluso le diré que lo mismo a ninguno de ellos le apetecía vivir. Cada uno por una razón. Y sin embargo vivían. Lo que les debo sobre todo es eso, aunque a menudo parezca que uno no está en condiciones de pagar un precio tan alto y no tiene a quién pedir prestado, se debe vivir. Y lo más importante, me convencí de que yo no era una excepción. Si lo soy, entonces el mundo está habitado por excepciones. Pero todo eso salía compartiendo el vodka. Así que, ¿cómo no iba a beber?
 Por ejemplo, el que trabajaba en el departamento social, repartía las pastillas de jabón, las toallas, las botas de goma, los guantes. Eso lo podía hacer cualquiera, pero luego bebiendo resultaba que era esto o lo otro. O el de la excavadora, parecía que aparte de manejar la excavadora sólo estaba capacitado para beber vodka, y después de medio litro o de un litro se ponía a recitar poesías de memoria, otro a Cicerón en latín. Y gracias al vodka incluso les escuchábamos con atención.
 En otra obra trabajaba uno que había sido policía antes de la guerra. No sé si estará de acuerdo conmigo en que todo cambio de mundo empieza por la policía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2011, en traducción de Francisco Javier Villaverde. ISBN: 978-84-92891-15-3.]

miércoles, 9 de octubre de 2019

Idearium español.- Ángel Ganivet (1865-1898)

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«Voy a referir un suceso vulgarísimo en que intervine "por razón de mi cargo", cuando residía en Amberes, y por la muestra se verá cómo los cargos oficiales no están reñidos con las escenas de la vida sentimental y cómo estas ideas que yo expongo y que acaso suenen a palabrería huera tienen un sentido muy justo y muy práctico, si se las acepta como línea de conducta y llegan a constituir, sin necesidad de que se las escriba en ningún código ni en ningún tratado, un criterio uniforme y constante en la vida de la gran familia hispánica. Me avisaron que en el Hospital Stuyvenberg se hallaba en gravísimo estado un español, que deseaba hablar con la autoridad de su país; fui allá y uno de los empleados del establecimiento me condujo a donde se hallaba el moribundo, diciéndome de paso que éste acababa de llegar del Estado del Congo, y que no había esperanzas de salvarle, pues se hallaba en el período final de un violento ataque de fiebre amarilla o africana. Ahora mismo estoy viendo a aquel hombre infelicísimo, que más que un ser humano parecía un esqueleto pintado de ocre, incorporado trabajosamente en su pobre lecho y librando su último combate contra la muerte. Y recuerdo que sus primeras palabras fueron para disculparse por la molestia que me proporcionaba, sin título suficiente para ello. "Yo no soy español -me dijo-, pero aquí no me entienden y al oírme hablar en español han creído que era a usted a quien yo deseaba hablar." "Pues si usted no es español -le contesté-, lo parece y no tiene por qué apurarse." "Yo soy de Centroamérica, señor: de Managua, y mi familia era portuguesa, me llamo Agatón Tinoco." "Entonces -interrumpí yo-, es usted español por tres veces. Voy a sentarme con usted un rato y vamos a fumarnos un cigarro como buenos amigos. Y, mientras tanto, usted me dirá qué es lo que desea." "Yo, nada, señor: no me falta nada para lo poco que me queda que vivir; sólo quería hablar con quien me entendiera, porque hace ya tiempo, que no tengo ni con quién hablar. Yo soy muy desgraciado, señor, como no hay otro hombre en el mundo. Si yo le contara a usted mi vida, vería usted que no le engaño." "Me basta verle a usted, amigo Tinoco, para quedar convencido de que no dice nada más que la verdad; pero cuénteme usted con entera confianza todos sus infortunios, como si me conociera de toda su vida." Y aquí el pobre Agatón Tinoco me refirió largamente sus aventuras y sus desventuras; su infortunio conyugal, que le obligó a huir de su casa, porque "aunque pobre, era hombre de honor"; sus trabajos en el canal de Panamá hasta que sobrevino la paranza de las obras y, por último, su venida en calidad de colono al estado libre congolés, donde había rematado su azarosa existencia con el desenlace vulgar y trágico que se aproximaba y que llegó aquella misma noche. "Amigo Tinoco -le dije yo después de escuchar su relación-, es usted el hombre más grande que he conocido hasta el día; posee usted un mérito que sólo está al alcance de los hombres verdaderamente grandes: el de haber trabajado en silencio; el de poder abandonar la vida con la satisfacción de no haber recibido el premio que merecían sus trabajos. Si usted se examina ahora por dentro y compara toda la obra de su vida con la recompensa que le ha granjeado, fíjese usted en que su única recompensa ha sido una escasa nutrición, y a lo último el lecho de un hospital, donde ni siquiera hablar puede; mientras que su obra ha sido nobilísima, puesto que no sólo ha trabajado para vivir, sino que ha acudido como soldado de fila a prestar su concurso a empresas gigantescas, en las que otro había de recoger el provecho y la gloria. Y eso que usted ha hecho revela que el temple de su alma es fortísimo, que lleva usted en sus venas sangre de una raza de luchadores y de triunfadores, postrada hoy y humillada por propias culpas, entre las cuales no es la menor la falta de espíritu fraternal, la desunión, que nos lleva a ser juguete de poderes extraños y a que muchos como usted anden rodando por el mundo, trabajando como oscuros peones cuando pudieran ser amos con holgura. Piense usted en todo eso, y sentirá una llamarada de orgullo, de íntimo y santo orgullo, que le alumbrará con luz muy hermosa los últimos momentos de su vida, porque le hará ver cuán indigno es el mundo de que hombres como usted, tan honrados, tan buenos, tan infelices, ayuden a fertilizarlo con el sudor de sus frentes y a sostenerlo con el esfuerzo de sus brazos."
 Cuando abandoné el hospital pensaba: si alguna persona de "buen sentido" hubiera presenciado esta escena, es seguro que me tomaría por hombre desequilibrado e iluso y me censuraría por haber expuesto semejantes razones ante un pobre agonizante, que acaso no se hallaba en disposición de comprenderlas. Yo creo que Agatón Tinoco me comprendió, y que recibió un placer que quizá no había gustado en su vida: el de ser tratado como hombre y juzgado con entera y absoluta rectitud. Las inteligencias más humildes comprenden las ideas más elevadas; y los que economizan la verdad y la publican sólo cuando están seguros de ser comprendidos viven en grandísimo error, porque la verdad, aunque no sea comprendida, ejerce misteriosas influencias y conduce por caminos ocultos a las sublimidades más puras, a las que brotan incomprensibles y espontáneas de las almas vulgares. Días atrás expliqué yo a mi criada, una buena mujer, más ignorante que buena, el origen del mundo y la mecánica celeste. No seguí el sistema de Copérnico, ni el de Ticho Brahe, ni el de Tolomeo, sino otro sistema que yo he inventado para entretenerme y que para mi criada, que no sabe de estas cosas, es tan científico como si hubiera sido sancionado por todos los grandes astrónomos del orbe. Al día siguiente vi entrar a mi criada con un ramo de rosas buscadas no sé dónde, pues en estas latitudes no abundan, y entregarme, sin decir palabra, el inesperado e inexplicable obsequio, y cuando tuve en la mano el ramillete, me vino al pensamiento la explicación deseada y dijo: las ideas de ayer han echado estas flores.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Idea y Creación editorial, 2004. Depósito legal: B-41294-2004.]

martes, 20 de junio de 2017

"Mi amor en vano".- Soledad Puértolas (1947)


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11

«Cansa muchísimo no ser sincera, no decir la verdad, dijo Dayana en tono de fatiga, como si lo que me acababa de contar le hubiera producido un cansancio y una melancolía excesivos.
 Me retraje en cuanto caí en la cuenta de que muchas de las cosas que decía se acababan volviendo contra mí, siguió. Tuve que guardar en mi interior la sinceridad y la inocencia, pero todo se enrarece dentro de uno mismo y ya no sé si son verdadera sinceridad o verdadera inocencia. En cuanto te retraes para protegerte, dejas de lado tu primera espontaneidad y queda grabada sobre la piel la señal, el sello del miedo. A partir de ahí es difícil que los otros lleguen a conocerte, porque nunca te muestras por entero, ni siquiera a las personas que más aprecias y en las que más confías. No te muestras, el disimulo de ese miedo se convierte en parte de tu identidad.
 Con quienes más practicas el disimulo es precisamente con las personas a quienes tienes más cerca, siguió, y así sucede que aquellas personas que podrían conocerte mejor son quienes menos datos han recibido directamente de ti. La mayor parte de tu vida se ha desarrollado entre ellas, pero no te has permitido dar rienda suelta a lo que eres, y un día comprendes que es demasiado tarde, que ni siquiera sabrías hacerlo, porque con ellas ya eres de otra manera, ya eres una persona que disimula. Incluso llegas a intuir que esas personas te habrían aceptado y acogido si te hubieras mostrado y que quizás aún estés a tiempo, pero ya no puedes, has pasado demasiado miedo. Te has ido mostrando a trozos, a fragmentos, has enseñado a unos una cosa y a otros otra, la totalidad te asusta, no puedes abarcarla, no sabes qué forma, qué aspecto tiene. Te gustaría que alguien se encargara de recoger de aquí y de allá todos los pedazos desperdigados y los uniera, casi sin tu ayuda, estando tú absolutamente quieta, porque ya no puedes más, no quieres hacer más. Que juntara los fragmentos como le viniera en gana, eso ya te da casi igual, que lo hiciera a su criterio, puesto que tú ya no quieres esforzarte, lo dejarías todo en sus manos, ése es el ideal, la profunda aspiración.
 Queda la esperanza de que ellas, las personas cercanas, intuyan todo eso y, a pesar de tu miedo, que te ha alejado tanto de ellas, te acepten y te den cobijo. Pero estos sentimientos no se expresan, no pueden formularse, permanecen ocultos por debajo de las miradas que se cruzan, pero son la razón que nos empuja a mirarnos unos a otros con curiosidad, con interés o simpatía, a veces con amor, son la razón de que las miradas y los gestos resulten insuficientes y echemos mano de las palabras siempre confusas, traidoras y también insuficientes. Todo esto que está por debajo y que a veces se intuye es lo que nos mantiene cerca a unos de otros, ¿qué otra cosa podría ser? Lo que vemos, lo que ven, lo que mostramos y nos muestran, está impregnado de temores, esa apariencia no nos expresa.
 Entre Eugenio y yo ha habido mucho silencio, dijo, y comprendí que Dayana llevaba un rato hablando de él, sin mencionarlo. Eso me produce mucho dolor, mucha culpabilidad, dijo. Si se lo dijera, se sentiría ofendido. Es él quien debe resolver su vida día a día, minuto a minuto. Éstos son sus principios. Ser libre, no depender de nadie, no culpar tampoco a nadie. La culpa es algo que está fuera del individuo. Nace dentro de la comunidad, se desarrolla junto a la idea de autoridad. Y el poder autoritario es el principio de la corrupción, de todos los abusos. Eugenio es fiel a esta doctrina. Nunca me ha hecho una pregunta a la que yo hubiera podido responder con una mentira. O simplemente con el silencio. Pero éste habría sido ya un silencio distinto, indiscutiblemente culpable. El silencio que Eugenio ha instalado entre nosotros es anterior a las preguntas, es un silencio que quiere significar respeto, libertad. Quizá, también, pesimismo, soledad.»
 

viernes, 27 de febrero de 2015

"El lobo estepario".- Herman Hesse (1877-1962)


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"No ha de asombrarnos que un hombre tan instruido y tan inteligente como Harry se tenga por un lobo estepario, crea poder encerrar la rica y complicada trama de su vida en una fórmula tan llana, tan primitiva y brutal. El hombre no posee muy desarrollada la capacidad de pensar, y hasta el más espiritual y cultivado mira al mundo y a sí propio siempre a través del lente de fórmulas muy ingenuas, simplificadoras y engañosas -¡especialmente a sí propio!-. Pues, a lo que parece, es una necesidad innata y enteramente fatal en todos los hombres representarse cada uno su yo como una unidad. Y aunque esta quimera sufra con frecuencia algún grave contratiempo y alguna sacudida, vuelve siempre a curar y surgir lozana. El juez, sentado frente al asesino y mirándolo a los ojos, que oye hablar todo un rato al criminal con su propia voz (la del juez) y encuentra además en su interior todos los matices y capacidades y posibilidades del otro, vuelve ya al momento siguiente a su propia identidad, a ser juez, se cobija de nuevo rápidamente en la funda de su yo imaginario, cumple con su deber y condena a muerte al asesino. Y si alguna vez en las almas humanas organizadas delicadamente y de especiales condiciones de talento surge el presentimiento de su diversidad, si ellas, como todos los genios, rompen el mito de la unidad de la persona y se consideran como polipartitas, como un haz de muchos yos, entonces, con sólo que lleguen a expresar esto, las encierra inmediatamente la mayoría, llama en auxilio a la ciencia, comprueba esquizofrenia y protege al mundo de que de la boca de estos desgraciados tenga que oír un eco de la verdad. Pero, ¿a qué perder aquí palabras, a qué expresar cosas cuyo conocimiento se sobreentiende para todo el que piense, pero que no es costumbre expresarlas? Cuando, por consiguiente, un hombre se adelanta a extender a una duplicidad la unidad imaginada del yo, resulta ya casi un genio, al menos en todo caso una excepción rara e interesante. Pero en realidad ningún yo, ni siquiera el más ingenuo, es una unidad, sino un mundo altamente multiforme, un pequeño cielo de estrellas, un caos de formas, de gradaciones y de estados, de herencias y de posibilidades. Que cada uno individualmente se afane por tomar a este caos por una unidad y hable de su yo como si fuera un fenómeno simple, sólidamente conformado y delimitado claramente: esta ilusión natural a todo hombre (aun al más elevado) parece ser una necesidad, una exigencia de la vida, lo mismo que el respirar y el comer.
 La ilusión descansa en una sencilla traslación. Como cuerpo, cada hombre es uno; como alma, jamás. También en poesía, hasta en la más refinada, se viene operando siempre desde tiempo inmemorial con personajes aparentemente completos, aparentemente de unidad. En la poesía que hasta ahora se conoce, los especialistas, los competentes, prefieren el drama, y con razón, pues ofrece (u ofrecería) la posibilidad máxima de representar al yo como una multiplicidad -si a esto no lo contradijera la grosera apariencia de que cada personaje aislado del drama ha de antojársenos una unidad, ya que está metido dentro de un cuerpo solo, unitario y cerrado-. Y es el caso también que la estética ingenua considera lo más elevado al llamado drama de caracterización, en el cual cada figura aparece como unidad perfectamente destacada y distinta. Sólo poco a poco, y visto desde lejos, va surgiendo en algunos la sospecha de que quizá todo esto es una barata estética superficial, de que nos engañamos al aplicar a nuestros grandes dramáticos los conceptos, magníficos, pero no innatos a nosotros, sino sencillamente imbuidos, de belleza de la Antigüedad, la cual, partiendo siempre del cuerpo visible, inventó muy propiamente la ficción del yo, de la persona. En los poemas de la vieja India, este concepto es totalmente desconocido; los héroes de las epopeyas indias no son personas, sino nudos de personas, series de encarnaciones. Y en nuestro mundo moderno hay obras poéticas en las cuales, tras el velo del personaje o del carácter, del que el autor apenas si tiene plena conciencia, se intenta representar una multiplicidad anímica".