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viernes, 11 de junio de 2021

Elogio del caminar.- David Le Breton (1953)


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Espiritualidades del caminar
Caminar como renacimiento

 «Caminar implica reducir la utilización del mundo a lo esencial. La carga que se puede llevar se restringe a lo elemental: un puñado de ropa y de utensilios, algo para hacer un fuego y no morirse de frío, instrumentos para no perderse, un poco de comida, a veces armas, siempre algún libro. Lo superfluo se cuenta en penas, sudor, dolores futuros. Caminar es pues un desnudarse, que revela al hombre en su cara a cara con el mundo. Su arte, dice Thoreau, que se refiere aquí a una de las etimologías de sauntering (pasear, deambular en inglés), consiste en llegar simbólicamente a una tierra santa,  a entregar sus pasos al magnetismo de la ruta, pues “el saunterer, en el recto sentido, no lo es más que el río serpenteante que busca con diligencia y sin descanso el camino más directo al mar” (Thoreau, 1998). Caminar es un camino para el desacondicionamiento de la mirada, trazando una ruta no solamente en el espacio, sino en el yo, y lleva a recorrer las sinuosidades –las del mundo y las propias- en un estado de receptividad, de alianza. Geografía del afuera que se une a la de la interioridad, liberándola de las obligaciones sociales ordinarias. “El hermoso camino color lavanda palidece un poco más a cada segundo que pasa. Nadie lo ha recorrido, ha nacido con el día. Y eres TÚ a quien ese pueblo espera al final del camino, para despertar a la existencia” (Roud, 1984, 84). E. Abbey lo confirma a su manera: “Cada vez que miro dentro de uno de esos pequeños cañones secretos, espero secretamente encontrar no sólo el álamo de Fremont alimentándose de su minúscula fuente –el dios frondoso, el ojo líquido del desierto-, sino también una corona de luz flameante, color arcoiris, espíritu puro, puro ser, pura inteligencia, desencarnada, lista para pronunciar mi nombre” (Abbey, 1995, 253). Si los obstáculos en el curso del camino (frío, nieve, heladas, lluvias, montañas imponentes) son para los tibetanos la obra de los demonios que quieren poner a prueba la serenidad de los peregrinos, quizá nosotros debamos también pensar que las dificultades del camino son para el viajero como las piedras miliares de su ruta interior hacia el corazón palpitante de cosas que todavía ignora.
 El camino lleva a momentos en los que el mundo se abre sin reticencia, revelándosenos plenamente bajo una luz radiante –primer paso, quizá, de una metamorfosis personal-. Descubriendo el mundo a la altura del hombre, el caminante se pone a la vez en situación de descubrirse a sí mismo en la quemazón de unos acontecimientos cuyo resultado desconoce –pues, al igual que la vida, el camino está hecho de lo improbable, más que de lo previsible-. “Durante dos horas más avanzo penosamente y jadeo y trepo y resbalo y vuelvo a trepar y me quedo sin aliento, obtuso como cualquier irracional, mientras mucho más arriba, los estandartes de plegarias ondean sobre el sol occidental, que vuelve ígneas las rocas frías, y llena el duro cielo de luz blanca. Sombras de estandartes bailan sobre las paredes de los ventisqueros mientras entro en la sombra del pico, en un túnel de hielo, moviéndome con dificultad y jadeando, los ojos estúpidamente fijos en la nieve. Luego estoy otra vez al sol, en el último de los pasos de alta montaña, quitándome el gorro de lana para que el aire me aclare la cabeza; caigo de rodillas, jubiloso, deshecho, sobre una estrecha cresta que separa dos mundos”. (Matthiessen, 1995, 304).
 En el agotamiento propio de las largas caminatas hay a veces tanta fuerza y tanta belleza que el sufrimiento del caminante prácticamente se disuelve. Desgastado por el contacto con el camino, erosionado por la necesidad de avanzar, el caminar se hace menos incisivo, más llevadero. A medida que pasa el tiempo, el miedo al dolor deja de ser la principal motivación del caminante para dar paso a la metamorfosis de sí mismo, al despojamiento a una renovada entrega al mundo, entrega que requiere de la alquimia de la ruta y de un cuerpo que se funda en ella –una alianza afortunada y exigente del hombre con el camino-. “Si bien ese puerto de montaña representa para mí una feliz coronación, un lugar abierto y al fin propicio a la contemplación, era también una invitación a mi superación, portal de hierba, de aire y de piedra hacia otro paisaje y hacia otro yo –dice Thierry Guinhut sobre los montes del Cantal-. El temblor de mis piernas, la palpitación en el corazón de mis miradas, el aliento inhalado, saboreado, al pasar por el alto, parecían cargarme de la tensión y la fuerza de un hombre distinto” (Guinhut, 1991, 20).
 Caminar es a veces una memoria reencontrada, no sólo debido a la invitación que hace a que meditemos sobre nosotros mismos en el curso de nuestro vagabundeo, sino también porque a veces llega a trazar un cambio que remonta el curso del tiempo y nos libra a un sinfín de recuerdos. Es entonces cuando caminar ronda la muerte, la nostalgia, la tristeza; despierta el tiempo por la gracia de un árbol, de una casa, de un río o un torrente, a veces de un rostro avejentado, que nos cruzamos una vez en un sendero o una calle. “El trazado del camino –dice Pierre Sansot- no es solamente de orden material, también requiere de unas señales invisibles sin las cuales desaparecería; y si nosotros continuamos, nuestro caminar  no sería ya por un camino propiamente dicho, sino por una abundancia de recuerdos personales o de amistades tipológicas, sentimentales, de las que carece el hombre sin corazón” (Sansot, 1983, 78).
 Caminar es un remedio contra la ansiedad o la melancolía. Mi primer libro (Le Breton, 1982) reconstruía la larga marcha de un hombre absolutamente desamparado en las rutas del noreste brasileño. Entre la narración y la historia personal, el vínculo a veces era casi imperceptible; se trataba al fin y  al cabo de una novela, pero la experiencia del acoso, de la desaparición de sí mismo en medio de una larga caminata por las carreteras o las calles del país me resultaba muy familiar. Primer aprendizaje de la amargura y la dulzura del mundo. Había que llevar a cabo la travesía física de la noche para dar a luz al yo. Caminar fabrica lentamente el sentido que permitirá reencontrar la evidencia del mundo; a menudo se camina para reencontrar un centro de gravedad, perdido al haber sido alejado de uno mismo. El camino recorrido es un laberinto que provoca el descorazonamiento y el cansancio; pero su salida, radicalmente interior, es a veces un reencuentro con el sentido y con el gozo de saber que hemos invertido, a nuestro favor, todas las dificultades con las que nos hemos cruzado. Muchas rutas son travesías del sufrimiento, que nos acercan lentamente a la reconciliación con el mundo. La suerte del caminante, dentro de su angustia, es la oportunidad que se le ofrece de un cuerpo a cuerpo con su existencia, de conservar un contacto físico con las cosas. Embriagándose de fatiga, planteándose objetivos minúsculos pero eficaces, como ir allí en lugar de allá, controla todavía su relación con el mundo. Esta desorientado, cierto, pero busca una solución, si bien aún no lo sabe. El camino deviene entonces camino iniciático, transformando la dificultad en oportunidad; la alquimia de la ruta lleva a cabo su eterna tarea de transformar al hombre, de volver a encauzarlo en el camino de su vida.
Resultado de imagen de david le breton elogio del caminar La travesía por el desafío moral encuentra en el desafío físico que es el caminar su antídoto por excelencia, el que modifica el centro de gravedad del hombre. Sumergiéndose en otro ritmo, en una relación nueva con el tiempo, el espacio, los otros, gracias a su encuentro con el cuerpo, el sujeto restablece su lugar en el mundo, relativiza sus valores y recupera la confianza en sus recursos propios. Caminar le hace revelarse a sí mismo, no de manera narcisista, sino congraciándolo con el placer de vivir y con el vínculo social. Su duración, su dureza ocasional, la vuelta a lo elemental que provoca, hacen que el caminar pueda romper una historia personal dolorosa, abriendo los caminos secundarios del interior del yo, lejos de los caminos trillados sonde la pena se va rumiando poco a poco. Hoy se organizan marchas especialmente pensadas para enfermos, de cáncer o de esclerosis múltiple, por ejemplo, para que recuperen la confianza en sí mismos y activen todos sus recursos, tanto físicos como morales, en su guerra contra la enfermedad. En la trama del camino, hay que intentar reencontrar el hilo de la vida.

Fin del viaje

 Al final del camino, después de horas o de días, a veces incluso más, tras una larga marcha por las rutas, los pasos se precipitan o se hacen más pesados, según el deseo que se tenga de reencontrarse con los demás, con la vida cotidiana, momentáneamente puesta entre paréntesis hasta entonces. John Dundas Cochrane, que recorrió a pie varios miles de kilómetros, desde Rusia hasta la península de Kamchatka, no sueña con otra cosa que no sea volver al camino: “Se podría pensar que después de un periplo como éste me haya curado del espíritu viajero, al menos de su forma más excéntrica; pero esa suposición está muy alejada de  la realidad, pues así como soy plenamente consciente de que jamás he sido tan feliz como en las llanuras tártaras, del igual forma nunca como ahora he deseado tanto volver a aventurarme en aquel lugar” (Dundas Cochrane, T1, 1829, prefacio XXI). Matthiessen está terminando su largo viaje a pie por el Dolpo. Aunque el leopardo de las nieves ha permanecido escondido y él ha tenido que volver con las manos vacías, Matthiessen acaba satisfecho con este largo viaje que le ha llevado tan lejos en la reapropiación de sí mismo: “Bajo mi anorak, brilla el estandarte de plegarias doblado. El té con manteca y los dibujos del viento, la Montaña de Cristal y corderos azules bailando sobre la nieve… ¡son más que suficiente! ¿Has visto el leopardo de las nieves? ¡No! ¿No es maravilloso?” (Matthiessen, 1995, 266).
 ¿Qué importa el resultado? Lo que cuenta es el camino recorrido. No se hace un viaje; el viaje nos hace y nos deshace, nos inventa. Y si bien llegamos aquí al final de este libro, en realidad la última palabra no es más que una etapa en el camino: la página en blanco es siempre un umbral, una antesala. Por suerte, volveremos a partir, a pasear por las ciudades del mundo, por los bosques, las montañas, los desiertos, para proveernos nuevamente de imágenes y sensaciones, de nuevos lugares y nuevos rostros, buscar un pretexto para escribir y renovar nuestra mirada, sin olvidar nunca que la tierra está hecha para los pies más que para los neumáticos, y que ya que tenemos un cuerpo, lo mejor será que lo utilicemos. La Tierra es redonda, y si damos la vuelta al mundo, al final acabaremos llegando al punto de partida, listos de nuevo para un nuevo viaje. Tantas rutas, tantos caminos, tantos pueblos, ciudades, colinas, bosques, montañas, mares, desiertos, tantos itinerarios por recorrer, sentir, observar, extender nuestra memoria en el gozo de estar allí. Los senderos, la tierra, la arena, las orillas del mar, incluso el lodo o las rocas, están todos hechos a la medida del cuerpo, y de la conmoción de existir.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Siruela, en traducción de Hugo Castignani, pp. 231-241.]

martes, 18 de mayo de 2021

La ruta de la seda.- Thomas O. Höllmann (1952)


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4.-Estados y confederaciones

El gobernante de los creyentes

 «En el mundo islámico la pretensión de dominio se dirigía originariamente sobre todo a la comunidad de los creyentes. Según la tradición suní, el califa (“sucesor”) asumía la función de jefe religioso de todos los musulmanes y basaba su posición en una línea de descendencia en cuyo origen estaba el Profeta. Más tarde, esa pretensión de universalidad se abandonó. Muchas competencias que sostenían su autoridad civil se transfirieron de hecho al sultán (“señor”). Al menos en principio, éste dependía de la investidura y únicamente gobernaba en un determinado terreno.
 Sin embargo, se trató una y otra vez de mezclar el poder político y el religioso de tal modo que la autoridad y el poder no pudieran ser minados de inmediato por intrigas y amenazas de armas. Una inscripción del siglo XI aconseja nombrar a un imán (“caudillo”), que uniría ambas posiciones y resume sus tareas en diez puntos: (1) preservar los principios del Islam y evitar innovaciones inadmisibles; (2) arbitrar en litigios y conflictos; (3) garantizar la seguridad pública; (4) controlar la administración de justicia en caso de alta traición y delitos económicos; (5) asegurar las fronteras con los países no musulmanes; (6) llevar la guerra santa contra los infieles; (7) recaudar los impuestos preceptivos; (8) distribución de los ingresos del Estado según criterios razonables; (9) delegar las tareas de gobierno en colaboradores dignos de confianza y competentes; (10) examinar todas las decisiones políticas importantes y rectificar posibles errores. Evidentemente, todo esto no podía realizarse.
 Como los líderes de otras dinastías musulmanas, los sultanes del Imperio Otomano llevaban también el título de “califas”. Sin embargo, hasta el siglo XVIII no volvieron a asociar al título la pretensión de universalidad. El propósito era en primer lugar la creación de una base ideológica para llevar a la realidad ideas de amplio panislamismo. Hasta entonces habían preferido que se les llamara “guardianes de los santos lugares”. El dominio de La Meca y la protección de la peregrinación eran los mejores garantes de una legitimación general amplia, como ya sucedió en tiempos de los Omeyas (661-750 en Damasco), Abasidas (750-1258 en Bagdad) y Mamelucos (1250-1517 en El Cairo).
 El hadj es uno de los cinco pilares del Islam. Cada musulmán libre mayor de edad, que esté psíquica y económicamente capacitado, está obligado por el Corán a emprender una peregrinación a La Meca al menos una vez en su vida, incluso si vive en un país lejano y el viaje es largo y arriesgado. La protección de los caminos de peregrinación, incluidos en gran medida en la red de los de la Ruta de la Seda, era una de las prioridades de un soberano universalmente respetado. Igualmente importante era el mantenimiento de extensas zonas de influencia, pues sólo cuando la seguridad, el abastecimiento y el transporte estaban garantizados por un complicado juego de acuerdos, signos de favor y actitudes amenazantes, el hadj podía llegar a término con éxito. Éxito no sólo para cada peregrino, sino para el correspondiente “gobernante de los creyentes”.
 Por otra parte, La Meca no era únicamente un lugar de contemplación piadosa, era también un importante mercado. Y no sólo los mercaderes aprovechaban la ocasión: muchos peregrinos vendían objetos que habían traído consigo para cubrir los gastos del viaje. A su vez, adquirían con preferencia productos que a su vuelta podían revender más caros. Sobre todo cambiaban así de dueño raros artículos de lujo. Hasta la porcelana china llegaba a la ciudad en tan gran cantidad que se convirtió en el regalo preferido de la nobleza local. Aun así, no siempre despertaba tal regalo un agradecimiento entusiasta. Por ello, un visir otomano de visita en Bagdad hizo que sus caballos pisotearan un juego de porcelana de más de mil piezas porque quien le daba hospitalidad no había observado la necesaria etiqueta al ser obsequiado con éste.

El dueño del mundo

 Si se les pide que traten de identificar los imperios universales, a los europeos cultos probablemente se les ocurrirán las más diversas propuestas. En su mayoría pensarían en la propia historia, del Imperium Romanum al British Empire. La inclusión del Imperio Mongol del Gran Kan sería excepcional: aún hoy mucha gente le asocia en principio la imagen de hordas asesinas recorriendo las estepas a caballo, y no la creación de un Estado organizado.
 No es posible rechazar del todo dicha asociación con “pueblos malditos, abominables y odiosos”: el recurso ostensible a la violencia era de hecho una de las estrategias centrales de los mongoles. Aun así no puede pasarse por alto que en el transcurso de la historia ningún otro imperio, incluida la Unión Soviética, logró tener bajo su control un territorio cerrado tan gigantesco y garantizar aquella paz que se conoce como Pax Mongolica. Su zona de dominio abarcaba del mar de la China al Báltico, una superficie alrededor de setenta veces la de la actual Alemania y casi toda la que corresponde a la red de caminos de la Ruta de la Seda.
 El imperio alcanzó dicha extensión tan sólo unos decenios después de la muerte de Gengis Kan (1227), pero sin sus exitosas campañas de conquista y sus reformas sociales nunca habría llegado a existir. Logró acabar con jerarquías heredadas y crear un orden en el que la posición social ya no estuviera regulada por el linaje, sino por las propias acciones y servicios. Los miembros de la casa real estaban excluidos de este principio, pero el Kan era partidario de conceder la protección debida a sus secuaces lealmente comprometidos.
 Según este principio, y sin tener en cuenta su origen, podían integrarse no sólo personas o grupúsculos, sino pueblos enteros. A pesar de algunas ordenanzas que situaban en primer lugar las líneas de separación entre los grupos étnicos –y sobre todo la exclusividad de los mongoles-, las diferencias de lengua, cultura y estructura social funcionaban sólo como trabas para la integración gradual. A quien se oponía se le masacraba brutalmente, ya que la estrategia desarrollada por Gengis tendía a la victoria total sobre el enemigo, no a conseguir un botín sin más. Y así, no sólo atendían a la posibilidad de una integración relativamente sin complicaciones y a la perspectiva de ascenso social en el futuro, sino al terror psicológico que surge de una permanente demostración de la superioridad.
 En la generación siguiente se terminaron de crear las bases administrativas que garantizarían la duración del imperio en expansión. En el contexto de la Ruta de la Seda, la emisión de papel moneda fue tan importante como la construcción de instalaciones de abastecimiento, en particular de fuentes y depósitos. Se estableció una medida totalmente nueva, como la creación de un servicio de correos con más amplia infraestructura y más rápido que el anterior, no caracterizado por su excesiva velocidad. La descripción de Marco Polo, sin embargo, es un poco exagerada:
Resultado de imagen de thomas höllmann la ruta de la seda En cada uno de los caminos principales se pueden hallar lugares de parada para alojarse y comer los viajeros […] a una distancia de veinticinco o treinta millas. […] Allí están a disposición cuatrocientos magníficos caballos para que todos los enviados del Gran Kan y todos los mensajeros puedan detenerse allí y cambiar sus caballos. Incluso existen tales servicios en montañas despobladas […] apartadas de las grandes rutas. Las gentes que allí viven por orden del Gran Kan tienen que cultivar la tierra y cumplir el servicio de postas. […] No menos de doscientos mil caballos están a disposición de los correos, y diez mil edificaciones están provistas de las instalaciones necesarias. […] Entre las mencionadas paradas de postas se encuentran cada tres millas pequeños pueblos con unas cuarenta cabañas en las que se instalan los mensajeros al servicio del Gran Kan. Su llegada puede percibirse ya desde lejos porque de sus cinturones cuelgan varias campanillas. Así puede el correo del pueblo siguiente mantenerse alerta para coger el envío y salir corriendo con él.
 A pesar de tales medidas, el imperio se desmembró relativamente pronto, sobre todo porque no logró armonizar el dominio legitimado por éxitos militares y carisma personal con instituciones que se habían tomado prestadas de las estructuras burocráticas de Estados sometidos y organizados de manera por completo diferente. Faltaba además una doctrina política elaborada y una imagen del mundo bien estructurada, de modo que la autoridad del “Kan del gran pueblo poderoso, igual al océano” (como se dice en una carta de Guyuk al papa Inocencio IV), no podía estar cimentada de forma duradera.

Entre autonomía y despotismo

 La creación de un imperio tan gigantesco fue un caso espectacular, pero aislado. Por lo demás, Asia central estaba formada por unidades regionales menores, cuyos habitantes trataban de preservar su identidad dentro de una dependencia de poderes que cambiaban con frecuencia. Soportaban más o menos estoicamente esta dependencia. La unidad territorial no era algo presupuesto, y también las ciudades-Estado –o ligas libres de éstas- podían resultar de muy larga vida.
 Esto muestra por ejemplo la historia de Sogdiana. En la zona situada entre el Amu-daria y el Syr-daria se practicaba una agricultura intensiva, para lo que ya en época muy temprana se establecieron sistemas de regadío bien ideados. Durante siglos, la importancia de su comercio fue al menos de igual nivel.
 Absolutamente legendario era el sentido para los negocios de la población, por lo que “sogdiano” se usaba en la lejana Khotan como una denominación más general referida a comerciantes de cualquier origen. Para ensalzar sus dotes de individuos emprendedores se crearon todo tipo de leyendas en consonancia, e incluso los chinos se animaron a hacer algunas fantasiosas descripciones:
 Las madres dan a sus hijos de comer azúcar, en la esperanza de que sus palabras se hagan dulces después; les untan engrudo en las palmas de las manos para que los tesoros [que toquen] se [les] queden adheridos. Estas gentes son hábiles comerciantes. Con cinco años se les acostumbra a los muchachos al estudio de los libros. Una vez que los han entendido, sigue el aprendizaje [de la práctica] del comercio.
 Los vestigios arquitectónicos conservados transmiten en primer lugar la impresión del estilo de vida urbano que esto posibilitó. Pues no sólo los restos del palacio del soberano, que en el siglo VIII se levantó en la ciudadela de Pendshikent (en el actual Tayikistán), dan un soberbio testimonio, sino numerosas casas privadas que apenas le iban a la zaga en magnificencia. Las excavaciones arqueológicas reflejan un orden político que sólo llegó a florecer en Sogdiana cuando el país ya no estuvo sometido a sus vecinos en expansión, como tantas veces ha ocurrido en la historia.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2008, en traducción de Elena Bombín Izquierdo, pp. 85-92. ISBN: 978-84-206-4929-0.]

miércoles, 21 de junio de 2017

"Marco Polo".- Viktor B. Shklovski (1893-1984)


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La casa comercial de los Polo pasa el invierno junto al Pamir

«Los investigadores aún no han logrado trazar en el mapa la ruta seguida por los mercaderes Polo.
 Posiblemente, ello se deba a que los Polo no eran simples viajeros, sino comerciantes. Viajaban comprando mercancías en un lugar y vendiéndolas en otro. Es probable que uno de los hermanos se desviara de la ruta en busca de mercancías, mientras el otro lo esperaba.
 Por el relato es evidente que el camino tuvo ramificaciones.
 En aquellos tiempos había distintos tipos de mercaderes. Los genoveses y venecianos iban de una factoría a otra.
 Para hacernos una idea de la vida del mundo en aquella época, habría que hablar de las rutas de las caravanas. Los lugares poblados se extendían a lo largo de las rutas de las caravanas y en las proximidades de los fondeaderos de naves. En consecuencia, los hombres vivían en focos reducidos. Ya hemos visto cómo los poblados genoveses se extendían por toda la ruta hasta Tabriz.
 Por lo general, Marco Polo no llama a los pueblos con el nombre de su nación, sino con el de su religión y, a veces, designa una religión con el nombre del pueblo que la profesaba.
 Para él, los musulmanes son todos ellos sarracenos. Bajo el término de sarracenos se incluye por igual a uigures (que en el siglo XII tenían sus dominios en el Turquestán Oriental, y posteriormente en todas las posesiones mongolas, conservando su posición privilegiada como funcionarios de la administración mongol), persas y, finalmente, árabes.
 Exactamente igual -como si de un pueblo se tratara- se refiere Marco Polo a los nestorianos.
 Los nestorianos constituían una de las sectas cristianas sirias que, a consecuencia de persecuciones religiosas y merced al comercio, se desperdigaron por todo el Oriente. En China, e incluso en Siberia, se han encontrado sepulcros nestorianos. Los sirios nestorianos, al no poseer cultura propia, han desempeñado toda su existencia histórica el papel de transmisores de culturas ajenas. Ellos llevaron la cultura griega a los árabes y a los persas. Se convirtieron en un pueblo de traductores; traducían del griego y del árabe y también traducían los sirios jacobitas. A través de ellos llegaron a Europa las fábulas indias y los cuentos árabes. Expulsados de Bizancio, los nestorianos se trasladaron al Irán y de allí se extendieron más allá, hacia Oriente. Trajeron consigo su forma de escritura, el alfabeto, el cual constituyó la base de la escritura mongol y de la coreana.
 Pero entre los nestorianos había, además de los sirios, los uigures antes citados, y en general podían serlo gentes de cualquier nación.
 Todavía en la actualidad, en el Kurdistán, cerca de Urmia, y en Mesopotamia, en la China Occidental y en la India, e incluso en la costa de Malabar, siguen existiendo poblados nestorianos.
 A menudo, una nacionalidad se identificaba con una profesión. Determinados artes y oficios se concentraban en ciertas localidades, como no hace mucho sucedía en la Rusia zarista. Es éste un fenómeno residual, al igual que, por ejemplo, hoy es una reminiscencia del pasado el hecho de que en Francia, entre los limpiabotas, haya muchos naturales de Saboya, y en nuestro país "aisores" (nestorianos).
 Las gentes no vivían en masas compactas, sino en pequeñas colonias de comerciantes y artesanos.
 En las ciudades de Asia central vivían persas y en las aldeas, en tierras de regadío, agricultores turcos. En las tierras de secano vivían pastores mongoles y a lo largo de las rutas de las caravanas se encontraban factorías de diversas nacionalidades. Las factorías se agrupaban en empresas comerciales y a veces se constituían como agrupaciones religiosas. Así se organizaron factorías de los nestorianos o de las órdenes de caballería cristianas. Por lo general, las factorías no se mezclaban con la población local, porque los lugareños proveían de materia prima a los mercaderes; las factorías se interesaban por las mercancías y no por los hombres. Este comercio intermediario, separado de la producción, alteraba y determinaba la distribución de la población en aquellos tiempos.
 [...] En Las mil y una noches vemos que en la ciudades de Oriente existían barrios comerciales de diversa nacionalidad. En Constantinopla, a los rusos se les destinaban determinados barrios en los cuales tenían derecho a vivir. En las afueras de Moscú se encontraba el barrio alemán. Se trata de fenómenos distantes en el tiempo, pero relacionados entre sí.
 Los mercaderes Polo viajaban de factoría en factoría, como si fueran de visita a casa de sus parientes.
 Las caravanas de los hermanos Polo seguían su camino adelante. La ciudad de Balk, en la que se hubiera podido comerciar bien, se hallaba en ruinas. Las paredes de mármol de las casas, ennegrecidas por el humo; las puertas azules, destrozadas.
Sobre ellas se leía la siguiente inscripción: "Esta ciudad se ha construido en nombre de Dios y por voluntad del sultán, a imagen y semejanza del paraíso."
 La ciudad se hallaba en completo silencio y  el sol caía de lleno sobre ella. La hierba crecía por entre las losas del empedrado. La ciudad callaba como el cementerio cercano a la puerta principal. Cabras salvajes pacían entre los viñedos y comían uvas. Las varas que sujetaban los viñedos ya se habían podrido, pero las pesadas y oscuras cepas, fuertes como el hierro forjado, remedaban el dibujo del anterior apoyo.
 Desde la ciudad muerta, los mercaderes marcharon doce días hacia el nordeste. Abundaban los pastos, la caza y el agua, pero era una región deshabitada.
 Al cabo de doce días llegaron a un castillo de sal.
 La sal era dura, la arrancaban con picos de hierro.»