domingo, 7 de mayo de 2017

"Los ladrones de la luna".- Kornel Makuszynski (1884-1953)

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Capítulo XI: En el que Jácek y Plácek encuentran a los hombres de oro y llegan a conocer cosas extrañas sobre el pan de cada día

«-¡Ah! ¿No tenéis pan?
 -Desgraciadamente no, poderoso señor...
 -¡Ah, lo veo, pues vuestras manos están vacías y además parecéis unos harapientos! ¿De dónde venís?
 -¡De muy lejos! -respondió Jácek-. Hemos recorrido muchos países hasta llegar aquí.
 Al viejo de oro le centellearon los ojos.
 -¡Ah! -susurró con un susurro tan ardiente como si de la boca le brotara oro fundido-. Entonces, habréis visto un pan alguna vez. Un pan normal, corriente.
 -Pues claro -dijo asombrado Jácek-, claro que hemos visto un pan...
 -Dime, pero rápido, ¿cómo es?
 -No sabría decirlo, noble señor... Pues corriente como el pan... Es negro, a veces más blanco, a veces un poco quemado.
 -¡Ah, ah! Sigue hablando.
 -A veces tiene salvado un poco tostado...
 -¡Ah, salvado! ¡Maravilloso, maravilloso! Dime, ¿a qué huele el pan así?
 -Huele, gran señor, no sé a qué, pero huele muy bien...
 -¿Pero a qué? ¿Qué olor tiene?
 -El pan... el pan huele a pan.
 -¡Ah! Lo has dicho de una forma maravillosa... Naturalmente. El pan huele a pan, a su propio olor, mejor que el nardo y la mirra o el ámbar quemado. ¿Has comido alguna vez pan de ése?
 Jácek miró furtivamente a Plácek como si quisiera gritarle con la mirada que había que estar alerta pues a ese noble señor parecía faltarle un tornillo. Si no, ¿cómo podía preguntar si había comido pan? Plácek, percatándose de que la conversación  sobre el pan le producía a este personaje una gran satisfacción, dijo:
 -¡Honorable, conde, en toda nuestra vida no hemos comido otra cosa más que pan!
 -¡Ah! -exclamó el hombre de oro-. ¡Ah, qué afortunados sois!
 -¿Nosotros?
 -¡Ah, sí! Daría el resto de mi vida por una hogaza de pan negro, de color pardo como la tierra y que huele como el cielo...
 -Señor -susurró extrañado Jácek-, ¿y por qué tenéis que dar la vida? Tenéis tanto oro...
 -¡No pronuncies esa palabra -exclamó el gran señor-, si no quieres que ordene que te recubran de oro y mueras de manera horrible!
 -¡Ah, perdonadme, honorable conde, no sabíamos que...!
 -Deberíais saberlo. En cualquier momento os pueden echar la vista encima y entonces permaneceréis aquí para siempre. Me daría pena que ocurriese eso; por lo tanto, huid de aquí cuanto antes. Sobre este lugar pesa una maldición.
 -¿Entre tantas riquezas? [...] ¿Aquí sólo hay personas infelices?
 -Infelices todavía lo son, pero ya no son personas -dijo con un dorado susurro el viejo-. Todos estos que aquí se deslizan a nuestro alrededor formaban, junto conmigo, la corte de un poderoso príncipe que a lo largo de muchos, muchos años, se dedicó a saquear todas las riquezas de la tierra. Exigía unos tributos excesivos a los campesinos, asaltaba y robaba a los comerciantes, despojó de la herencia a sus hermanos, redujo ciudades enteras a cenizas, apresó navíos en el mar y reunió unas riquezas tan inmensas que ni cien reyes juntos tienen en sus arcas; amontonó tanto oro como nunca vieron ojos humanos, tantas perlas y piedras preciosas como lágrimas han brotado del hombre en toda su existencia.
 -¡Qué miedo! -murmuró Jácek. [...]
 -¡Oh, sí! -susurró el viejo-. El poderoso príncipe, el dueño de tan inmensos tesoros, perdió la razón a causa de ellos: reunió demasiado oro, y el oro le destruyó el alma. Lo inundó como un agua amarilla y a nosotros con él. Desde entonces, ninguno de nosotros ha visto el delicioso pan...
 -¿Por qué, honorable señor?
 -La locura de nuestro príncipe consiste en que todo lo que le rodee debe ser de oro o joyas. Incluso no bebe agua si en ella no se ha disuelto previamente una perla. No come nada que no le recuerde su color al maldito oro. Nosotros, cómplices de la maldición, tenemos que hacer lo mismo.
 -¿Por qué no sembráis trigo?
 -Ninguno de nosotros sabe, además tampoco tenemos; todos olvidaron todo lo que no es de oro y nada crecería si se sembraran diamantes. Por otra parte, nos mataría si sembrásemos trigo.
 -¿Tan fuerte es?
 -No, pero está tan demente...
 -¿Y por qué teniendo tanto de lo que habláis, noble señor, no compráis pan? 
 -Porque desde hace cien años nadie se ha acercado al castillo.
 -¿Nosotros somos los primeros?
 -Sí, vosotros sois los primeros. Si habéis podido llegar hasta aquí, quizá es porque alguien os desea una muerte miserable o puede que el destino os depare nuestro suplicio.
 -¿Y qué es lo que coméis, señor?
 -Os he dicho que todo lo que recuerda al oro: sólo nos está permitido comer canarios, pececillos dorados, piñas, naranjas y limones. Desde hace cien años no comemos otra cosa. ¡Qué desesperación! Dormimos en camas de oro, con almohadas de oro y comemos los horribles pececillos de oro en platos de oro. Me dan convulsiones cuando veo las piñas, me desmayo al ver los limones... [...] Si Dios no se apiada de nosotros y no nos libra de la maldición, deberemos soportar nuestro tormento hasta el fin. Nuestro señor solamente tiene el cerebro de oro. Quizá haya que esperar hasta que todo él se convierta en una figura de oro, y de este modo deje de existir. Esto es todo... ¡Ah, qué afortunados sois vosotros, que aun siendo tan sólo unos harapientos habéis visto el pan, el pan normal y corriente, que huele a trabajo, dulce como el esfuerzo, fuerte como el fuego en el que ha sido cocido! ¡Ah, pan, pan, pan! [...]
 Por fin, Jácek se atrevió a susurrar.
 -Señor, ¿podemos, entonces, quedarnos aquí?
 -¡Si queréis enloquecer, quedaos!
 -¿Y tenemos que perder la razón?
 -Desde luego. No hay salvación para el hombre que ha visto el oro y lo ha tocado.»


sábado, 6 de mayo de 2017

"El pan salvaje".- Piero Camporesi (1926-1997)

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2.-El pan huidizo

 «Los intelectuales y los literatos barrocos, rodeados por las amenazadoras multitudes de pordioseros y de montañeses sin pan, por las descompuestas y vociferantes procesiones del hambre, se van a defender -conforme a su tradicional inclinación- disparando cínicas y venenosas andanadas contra la marea de harapientos, contra las "hormigas holgazanas". Tal es el caso de Baldassare Bonifacio, que durante 1629 vive en Treviso una agitada crisis pauperista, plasmada al poco tiempo en los sonetos crueles y corrosivos de Il paltoniere.
 La angustia de unos pocos frente al fluctuar enloquecido, por las calles, de los innumerables devoradores de basuras, los hombres-oruga, los hombres-insecto; la ansiedad de los grupos del poder en relación con la grande y amenazadora proliferación incontrolada de miserables y con el espectro de una sociedad negativa que, reacia a la integración, enarbola la ilusoria bandera de una sociedad que se opone a ellos, conforman en los sonetos de Bonifacio la imagen obsesiva de la marea que sube irremediablemente hasta provocar la asfixia final. La tensión entre las castas se traslada a una serie metafórica de versos, de los que se desprende el medroso desprecio de los hombres del pan blanco hacia los hombres del pan negro o de los sin pan, los "llamapuertas" o "matapanes" que engrosaban -amenazadores cual una rabiosa plaga de langostas- la "gran nube de pícaros y de listos".
 En realidad, más allá de su efecto literario y de la dramatización ritual del tumulto y del miedo, los tumultos de los depauperados, aun cuando pudieran suscitar inquietud y desconcierto, no pasaban de algunos saqueos incontrolados, incapaces de transformarse en algo más que una rabiosa pero caótica y efímera rebelión. Los estereotipos lingüísticos de la violencia y de la rebelión se transmiten de siglo en siglo según las letanías de la desesperación, que tienen en común el mismo registro tenso y emocionado; así en el Libro del biadaiolo del siglo XIV, en el que la carestía (al igual que, por lo demás, en los sonetos de Bonifacio) habla con los acentos de la tragedia dantesca. Pero no dejan de ser estereotipos lingüísticos, en tanto que los propios protagonistas de las insurrecciones "no se mostraban interesados en cambiar las estructuras de la sociedad en que vivían".
 En una sociedad fragmentada y cerrada en un número muy elevado de gremios, la noción de "clase" no podía tener ningún sentido. Los estatus medievales conformaban la estructura de un mundo en lentísima evolución, en el que la vida colectiva se modificaba con enormes dificultades y, se diría, casi con repugnancia. Castas y gremios paralizaban el nacimiento de la idea, totalmente decimonónica, de "clase". La liberación del "mal de vivir" no se perseguía políticamente sino con métodos de saneamiento directos, como el gran consumo de bebidas alcohólicas, las prácticas sexuales exageradas y "salvajes", las fiestas rituales, la transgresión privada o de grupo de la norma civil o religiosa. Los sueños no estimulaban fermentos revolucionarios sino viajes a la evasión imaginaria. Las utopías -incluso las más radicales- se esfuman en las fabulaciones doctrinales y sapienciales. Incluso el gran mito de Jauja no llega ser nunca el motor de una auténtica renovación política y social, a pesar del deseo reinante de la equitativa posesión comunitaria de los bienes materiales y de la propiedad, a pesar del sueño de la eterna juventud, del amor no controlado socialmente y del eros no institucionalizado.
 En los años de coyuntura adversa, los pequeños propietarios de tierras, obligados a vender sus campos a la gran propiedad a precios de usura, acababan de pordioseros por los caminos. Hasta el olímpico Alvise Cornaro amplió enormemente sus ya grandes propiedades utilizando a menudo, como hombre de confianza, intermediario y corredor, al poeta Angelo Beolco, el Ruzante...
 El pan de los pobres, los harapientos, los desocupados y especialmente de aquellos que, víctimas de una lógica económica y social paradójica, lo producían, es decir, los campesinos, es un pan que huye continuamente, inalcanzable como en una pesadilla a cámara lenta, de interminable duración. En los años malos se soñaba, en ilusionada espera, a partir de finales de otoño, con la época de las nuevas cosechas, con el verano y sus frutos, con la estación en la que se podría volver a sentir el sabor del "pan nuevo".
 El Menego del Dialogo facetissimo, de Ruzante, representado durante la escasez de 1528, cuenta, ayudándose con los dedos, los meses que le separan del pan huidizo:
 "Enero, febrero, marzo, abril, mayo y hasta medio junio para el trigo. [Suspira] ¡Oh, no llegaremos nunca! Caramba, es un año muy largo éste. Yo sé que el pan se escapa de nosotros, sí, más que los gorriones del halcón."
 El registro cómico de este diálogo (facetissimo -jocosísimo- sólo por antífrasis) sirve para alejar al terrible enemigo, el hambre, exorcizándolo con el humor y se desahoga con amplio repertorio inventivo en las agridulces ocurrencias de los campesinos, en sus trucos ideados para contrarrestar las necesidades alimenticias: trágicas bufonadas inventadas por quien tiene la carne torturada por la cizaña del hambre. Esta imagen cruel, extraída de los horrores de las cámaras de tortura, es desplazada después y se vuelve inocua con los ridículos expedientes encontrados para intentar desviar o, por lo menos, atenuar las duras leyes de la necesidad del hambre, del fatum fisiológico, proponiendo el uso de astringentes como las serbas, o la surrealista estratagema de "taparse el agujero de debajo". De este modo, los excrementos, al no poder salir, mantendrían los intestinos llenos [...]
 Como una amarga paradoja, se busca la enfermedad para apagar el hambre, porque como Menego le explica a Duozo, "intento enfermar por todos los medios porque, compadre, cuando estoy enfermo se me quita el hambre, y con tal de no tener hambre yo ya no querría nada más."
 Los pordioseros del campo recitaban inútilmente refranes falsamente consoladores, letanías surgidas de la resignada y desconsolada cohabitación con el hambre milenario. También se anhelaba la estación de las hierbas, no sólo la de los cereales y las legumbres: "Cuando haya pasado todo enero, saldrá un poco de hierba y crecerá como los hombres". La hierba les ayudaría a sobrevivir, [...]»


viernes, 5 de mayo de 2017

"Si te dicen que caí".- Juan Marsé (1933)

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Capítulo XII

« -¿Cuándo te casarás conmigo, Fueguiña?
 -Marrano, quién sabe con qué intenciones me das carrete.
 -Hablo en serio.
 -Díselo a Pilar, a mí con ésas no.
 -Tú me gustas más, ladrona. Me he enamorado de ti. Estate quieta.
 -¿No me encuentras flaca, traperito?
 -Deja al inválido y escapemos juntos... ¿Cuándo se acabará eso de pasearle y limpiarle los mocos y la caquita?
 -Nunca -repentinamente seria, librándose de sus manos-. Nunca, por favor -no porque sintiese asco del señorito ni mucho menos por mojigata. Parecía, simplemente, un reflejo nervioso de aquella tristeza que se asomaba de golpe a su boca mellada, entreabierta, y a sus ojos entrecerrados: ya como si estuviera besándole o dispuesta a dejarse besar en seguida.
 Era cuando él se desconcertaba, cuando intuía en esa chica condescendiente, aunque de reacciones imprevisibles, el mismo pavor sin fondo, el mismo destino atroz que vio un día en la piel de Ramona, morena y sucia como un estigma: también en este cuerpo desmedrado, en estos dientes picados y en estos ojos muertos se operaba la misteriosa putrefacción de la ciudad, aquella indiferencia de charco enfangado recibiendo sucesivas lluvias de humillaciones y engaños. Quizá por eso preguntó Java:
 -¿Todavía se la tienes que sacar para que mee? -sonriendo.
 Ella tenía la cara vuelta a un lado: de nuevo el inválido pilló su mano indecisa en el aire y le dobló el brazo en la espalda, atrayéndola, jugando: ¿Y eso por qué, si sabes que tu Conrado tiene mucha fuerza en las manos, aunque esté paralítico?
 -Di, ¿por qué tienes que limpiársela -dijo Java- y volvérsela a meter y abrocharle? Qué lata ir cada mañana tan temprano, ¿no?, qué lata vestirle en la cama, lavarle, darle masaje en las piernas...
 En un momento que ella se descuidó, aprisionó sus manos entre los muslos, riendo como un niño.
 -Ninguna lata, estoy acostumbrada. Eso no, ahora no, puede entrar alguien.
 -Puedes librarte, si quieres, puedes sacarlas por arriba. Puedes hacerlo, si quieres...
 El tío se lo pasa bomba, había dicho Sarnita, y Java: no creas. Procura ponerte en su piel: el dolor le despierta puntual, dice ella, nunca después de las ocho. Le gusta ser manejado sin miramientos, con energía. De un manotazo ella aparta la sábana y pone la palangana bajo sus nalgas: frotarle el pecho con la esponja empapada de jabón, las axilas, las rodillas, le entrepierna. Darle la vuelta y ahora la espalda, las nalgas, las corvas. Cortarle las uñas de los pies. Mensajes de alcohol en las piernecitas cada día más flacas y se diría que más cortas. Cuando le veía quejarse de fuertes dolores, lo hacía sin que él tuviera que pedírselo. Ni siquiera la miraba: los ojos cerrados y cara al techo, medio dormido aún, como en sueños y frotando las yemas de los dedos en la toalla, todo el rato, como si desmigajara la tupida mata de hilos. Al subir intentado librarse, las manos de ella temblaban un poco.
 -No te dé reparo, caray, ahí noto alivio. Ahí. Y tienes que ser tú, precisamente: ¿no te da vergüenza, un hombre desnudo? -dijo Java.
 -Pobre. Ha tenido enfermeras, señoritas de compañía, practicantes que van a pincharle, criadas de su madre de toda confianza... Pero no le duraban tres días. Yo sí. Incluso me prefiere al bueno del señor Justiniano, que para él es como un perro.
 -¿No bajan del piso de arriba para ayudarte?
 -No necesito a nadie. Arriba su madre tiene doncella y cocinera y ahora quiere volver a tener chofer. Pero él no soportaría a nadie más que a mí y a Justiniano, bien clarito se lo dijo a la señora. ¿Por qué me prefiere? No lo sé, lista que es una.
 Ya estoy en su piel, legañoso: la muñeca rota que se deja mecer y mimar por una huérfana lela, el soldadito de plomo paticojo que ganó la guerra, caprichoso, maniático, mandón. Ella lo sienta en la cama, acomoda las almohadas en su espalda, le lleva los trastos de afeitar y le deja para volver a la cocina y preparar el desayuno. Luego pasará el trapo por la silla de ruedas, pondrá una gota de aceite en el eje que chirría. Y a la media hora, otro timbrazo desde el dormitorio: vestirle, calzarle las botas que ha escogido, cogerle en brazos, perfumado y peinado, y sentarle en la silla. Hace un año aún podía hacerlo solo, apoyándose en las muletas, pero el espinazo ya no le sostiene. Lo tiene podrido, niña, vaya trabajo duro el tuyo.
 -No se necesita fuerza, sino maña -dijo la Fueguiña-. Pesa menos que una pluma. Las manos quietas, por favor, es tarde. Si alguien nos ve. Qué pensará usted de una pobre chica como yo... No es bueno excitarse así.
 -Un día le encontrarás muerto en la cama, como un pajarito. Esto no puede durar.
 -Qué va, el señorito vivirá más que nosotros, si no al tiempo. Por caridad, hoy le enjabonado dos veces y le he dado tres masajes: ahí no podría, no por favor, a veces no me importa pero hoy no podría -suplicaba pero dejaba conducir su mano, encendiéndose en la secreta combustión de él-. Por qué, por qué, qué se siente con eso...
 Luego empujaba la silla y salían al corredor, una sucesión de puertas de cristal tallado abiertas de par en par, repitiéndose como en un espejo. Cruzaban el salón y alcanzaban la galería, y antes de parar en el velador su mano se hacía con el periódico. Le dejará encarado a la gran cristalera de colores encendida por el sol, frente al desayuno: su café muy fuerte, sus tostadas, su mermelada y su mantequilla. Y ella otra vez a sus quehaceres, barrer, vaciar los ceniceros, hacer la cama, sacudir el polvo. Con los ojos bajos, decidida, sofocada, musitando una tonadilla: incomprensiblemente contenta, Sarnita, como unas castañuelas.
 Me gusta esa casa, dijo encandilada, cómo me gusta, chico. Todo lo que hay. Los armarios llenos de ropa bien dobladita y oliendo a naftalina, las vitrinas con collares y abanicos, miniaturas, crucifijos de marfil y de nácar y las arañas del salón y los globos de luz azul en las alcobas. Todo. Incluso aquella foto de Mussolini montado en una moto infernal y dedicada de su puño y letra "Al señor Galán, con abrazo romano", que estaba en la mesa del despacho de Conrado y tenía enquistada en el ángulo del portarretratos otra foto pequeña del padre. Hasta el pisapapeles con las balas que le sacaron del espinazo, le gustaba, y la bufanda amarilla que llevaba puesta su madre cuando le mataron.»


jueves, 4 de mayo de 2017

"Cuentos populares de Asia".- Anónimo (...)


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 El doko (cuento de Nepal)*

«Érase un pueblecito donde vivía una pobre familia formada de cuatro personas: un hombre y su mujer, su hijo pequeño y el anciano padre del hombre. El anciano había trabajado duramente muchos, muchos años, y ahora ya era muy viejo para seguir trabajando. Así que ahora dependía totalmente de su hijo y de su nuera, que le consideraban una carga.
 A medida que pasaba el tiempo, el hombre les resultaba más gravoso. Necesitaba que le ayudasen, pero ni el hijo ni la nuera deseaban hacerse cargo de él. Comía los restos que le daban y se vestía con los vestidos viejos que encontraba. A veces tenía frío y hambre y si algunas veces el niño sentía lástima de su anciano abuelito y le daba de su propia comida, sus padres le regañaban viéndole hacer eso, y le decían que era un modo de desperdiciar la comida.
 El anciano era muy desgraciado al verse tratar así y siempre estaba gruñendo y quejándose. Pero, en vez de tratar de consolarle, el hombre y su mujer se repetían el uno al otro un viejo proverbio: "Un buey viejo tropieza y un anciano se queja".
 Las cosas iban de mal en peor. El anciano cada vez se volvía más exigente y su hijo y su nuera cada vez más impacientes. Finalmente, no pudiendo resistir por más tiempo al anciano, empezaron a planear en secreto deshacerse de él.
 Decidieron coger al anciano, llevarle a un sitio muy lejano y dejarle allí. El hombre dijo que iba al mercado a comprar un doko, un gran cesto de bambú entretejido, para llevar a su padre y sacarlo de casa.
 -Le dejaré en algún lugar donde ya no le sea posible volver, le dejaré debajo de un árbol, cerca del camino. Quizá alguien lo vea, se apiade de él y lo lleve consigo -dijo el hombre.
 -Pero, ¿qué les diremos a nuestros vecinos? -preguntó la mujer-. Se darán cuenta de que el padre no está aquí. ¿Qué les diremos cuando pregunten?
 -Pues les diremos que él deseaba que le llevásemos a un lugar sagrado para pasar el resto de su vida en paz -respondió el marido.
 Así es como hicieron sus planes. Sin que se dieran cuenta, el hijo había oído su conversación. Tan pronto como el padre abandonó la casa para ir al mercado a comprar el doko, el niño preguntó:
 -Madre, ¿dónde vais a tirar al abuelo?
 -¡No, no! -repuso la madre, apresuradamente-. No vamos a tirar al abuelo. No vamos a hacer nada de eso. Date cuenta de que aquí ninguno de nosotros podemos cuidarle, ya que tu padre y yo tenemos que trabajar durante todo el día. Así que tu padre ha decidido llevar a tu abuelo a un lugar donde puedan cuidarle.
 -¿Dónde está ese lugar? -preguntó el niño.
 -¡Oh, es muy lejos! Es un lugar que no conoces.
 -¿Y quién va a cuidar allí del abuelo?
 -No te preocupes por eso. Habrá mucha gente buena que se ocupe de él -dijo la madre con seguridad.
 Cuando empezó a atardecer, llegó el hombre con un gran doko. Esperó a que se hiciera de noche porque no quería que los vecinos viesen lo que iba a hacer. Cuando todo estuvo oscuro, metió al viejo en el doko.
 -¿Qué sucede? -preguntó el viejo alarmado-. ¿A dónde me llevas con este doko?
 -Padre, tú bien sabes que mi mujer y yo no podemos cuidarte. Así es que voy a llevarte a un lugar sagrado donde la gente será muy bondadosa contigo -replicó el hombre-. Allí estarás mucho mejor.
 Pero no pudo engañar al anciano. Inmediatamente se dio cuenta de lo que pretendían hacer con él, y exclamó:
 -¡Oh, tú, hijo ingrato! Recuerda todos aquellos años en que yo te cuidé mientras crecías... Así es como me pagas.
 Y, diciendo esto, empezó a maldecir a su hijo y a su nuera.
 El hombre se enfadó. Dando un tirón levantó el doko y se lo puso a la espalda. El niño había estado viendo todo en silencio. Justamente cuando su padre estaba a punto de desaparecer en la noche, el niño gritó:
 -¡Padre, cuando tires al abuelo, acuérdate de traer el doko otra vez a casa!
 Desconcertado por las palabras del niño, el hombre se detuvo y, volviéndose, le preguntó:
 -¿Para qué, hijo mío?
 Y la inocente respuesta del niño fue ésta:
 -Porque lo necesitaré yo también cuando tú seas viejo, para tirarte.
 Al decir estas palabras, las piernas del hombre se doblaron. Se sintió incapaz de dar un paso adelante. Así es que dio media vuelta y se volvió a casa con su padre.»


(*Traducción de Carmen Bravo-Villasante)

miércoles, 3 de mayo de 2017

"El atestado".- Jean-Marie Gustave Le Clézio (1940)


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«El pequeño Adam va a cumplir doce años; al caer la tarde, en la granja, mientras llueve en el exterior, mientras oye que traen las vacas por los caminos huecos, mientras escucha que toca el ángelus, mientras siente que la tierra se marchita, coge una gran cartulina azul y dibuja el mundo.
 [...]
 Es un mundo extraño, de todas formas, el que dibuja el niño Adam. Un universo seco, matemático casi, en el que todo se comprende fácilmente, según una criptografía cuya clave es inminente; dentro de la línea marrón que hace marco a la cartulina, se puede instalar sin esfuerzo un pueblo numeroso: los comerciantes, las madres, las niñas, los diablos y los caballos. Allí están congelados rasgo por rasgo y su materia es indisoluble, independiente, está compartimentada. Es casi de creer que hay una especie de dios en lata que lo gobierna todo, con el dedo y con el ojo, y que les dice a todas las cosas, "sed". Es de creer también que todo está en todo, indefinidamente. Es decir, tanto en el dibujo torpe de Adam niño, como en el calendario de la Alimentación Rogalle, o en un metro cuadrado de tela Príncipe de Gales.
 Para dar otro ejemplo de una locura que se había hecho familiar a Adam, se podría hablar de la célebre Simultaneidad. La Simultaneidad es uno de los elementos necesarios para la Unidad que un día había presentido Adam, ya sea durante la historia del Zoo, ya sea por culpa del Ahogado, ya sea a propósito de muchas otras anécdotas que voluntariamente se ignoran aquí. La Simultaneidad es la aniquilación total del tiempo y no del movimiento; esta aniquilación debe ser concebida, no forzosamente en forma de experiencia mística, sino mediante un recurso constante a la voluntad de absoluto en el razonamiento abstracto. Se trata, a propósito de un acto cualquiera, pongamos fumar un pitillo, de tener conciencia indefinidamente, durante el gesto mismo, de los millones de otros pitillos verosímilmente fumados por millones de otros individuos sobre la tierra. Sentir millones de ligeros cilindros de papel, separar los labios y filtrar unos cuantos gramos de aire mezclado con humo de tabaco; a partir de ese momento, el gesto de fumar se vuelve único. Se metamorfosea en un Género; puede intervenir el mecanismo habitual de la cosmogonía y de la mitificación. Lo que, en un sentido, es ir en dirección opuesta al sistema filosófico normal, que parte de un acto o de una sensación, para desembocar en un concepto que facilite el conocimiento.
 Este proceso, que es el de los mitos en general, el nacimiento, la guerra, el amor, las estaciones del año o la muerte, se puede aplicar a todo: todos los objetos, una astillita de cerilla encima de una mesa de caoba barnizada, una fresa, el sonido de un reloj, la forma de una Z son recuperables sin límite  en el espacio y el tiempo. Y, a fuerza de existir millones y decenas de millones de veces al mismo tiempo que su vez, se vuelven eternos. Pero su eternidad es automática: no tienen necesidad alguna de haber sido creados nunca y se hallan en todos los siglos y en todos los lugares. Todos los elementos del teléfono están en el rinoceronte. El papel de lija y la linterna mágica han existido siempre; y la luna es el sol y el sol la luna, la tierra marte júpiter un whisky con soda y ese peregrino instrumento que pronto van a descubrir, que servirá para crear objetos o para destruirlos, y cuya composición ya es conocida de memoria.
 Para comprender bien esto, habría, como Adam, que intentar la vía de las certidumbres, que es la del éxtasis materialista. Así el tiempo se empequeñece cada vez más; sus ecos se hacen cada vez más cortos; como un movimiento de balancín que ya no está sostenido, los años de antes se convierten rápidamente en meses, los meses en horas, segundos, cuartos de segundo, 1/1000, y luego, de repente, de un plumazo, no queda nada. Has desembocado en el único punto fijo del universo y, poco más poco menos, eres eterno. Es decir, un dios, porque no tienes ni que existir ni que haber sido creado. No es cuestión de inmovilización psicológica ni propiamente hablando de misticismo o de ascesis. Porque no son la búsqueda de una posible comunicación con Dios ni el deseo de eternidad los que motivan esta expresión. Sería una debilidad más por parte de Adam el querer triunfar sobre la materia, sobre su propia materia, empleando los mismos medios que esa materia.
 No es francamente cuestión de deseo; como antes no era francamente cuestión de los cigarrillos que se pueden fumar sobre la tierra. No, lo que mueve a Adam es la reflexión, la meditación lúcida. Partiendo de su propia carne humana, de su suma de sensaciones presentes, se reduce a la nada mediante el doble sistema de la multiplicación y de la identificación. Gracias a esos dos datos, puede razonar tan bien en el futuro como en el presente y el pasado. En la medida en que se tomen esas palabras en su justo valor, es decir, en tanto en cuanto palabras. O en lo cercano o en lo lejano. Poco a poco se reduce a la nada por la autocreación. Ejerce una especie de simpoesía, y acaba no en Belleza, Fealdad, Ideal, Felicidad, sino en olvido y ausencia. Pronto ya no existe. Ya no es él mismo. Está perdido, débil parcela que continúa moviéndose, que continúa describiéndose. No es ya más que un aparecido difuso, solo, eterno, desmesurado, terror de las ancianas solitarias, que se crea, muere, vive y revive y se abisma en la tiniebla, centenares, millones y decenas de millones de una vez infinita, ni uno ni el otro.»


martes, 2 de mayo de 2017

"Juegos inocentes juegos".- Ricardo Gómez Gil (1954)

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Siete

«Tres días a la semana, de siete a ocho más o menos, salgo a correr por el barrio. Hace un par de años decidí que era una excusa para huir de casa, aunque también aprovecho para mover el culo porque paso la mayor parte del día sentado, en el instituto, leyendo o con el ordenador.
 [...] Cuando mi padre se fue de casa, mi madre tuvo que buscar trabajo. Hasta entonces, habíamos vivido ni bien ni mal, pero cuando nos quedamos solos mi hermana, mi madre y yo las cosas debieron de ir fatal, aunque a los nueve años no te enteras de los detalles, claro. En eso, mi padre no se portó mal del todo, pues siguió pagando la hipoteca de la casa como si viviera allí y eso que su sueldo no debía de dar para mucho.
 Las máquinas tienen una ventaja enorme en relación con los humanos: se apagan y dejan de funcionar; se encienden y listas otra vez. A mí me gustaría tener un interruptor en el coco; quedarme en standby para respirar, mirar, leer y cosas de esas sin tener que ocuparme de asuntos que a veces me martillean en la cabeza. Si alguien pudiera oír mis pensamientos creería que soy un obseso, y a lo mejor es cierto.
 Otras ventajas de las máquinas: carecen de remordimientos, de escrúpulos y de responsabilidades.
 Estoy seguro de que las cosas se van a poner de verdad chungas para los humanos cuando las máquinas sean más listas y desarrollen algo parecido a los sentimientos y la verdad es que pienso que no falta mucho para eso. Lo de Terminator es ficción, claro y yo no creo que los tiros vayan por ahí, pero que las cosas van a cambiar, eso es seguro.
 A mí me gustaría que los ordenadores tuvieran un código moral, que dijeran qué cosas están bien y qué otras están mal. Te evitarías muchos problemas.
 Hace dos años instalaron en el instituto una intranet y dieron a los profesores PDAS para controlar las asistencias y todo eso. Al principio fue de traca. Lo que antes se hacía con una lista de papel en un minuto, duraba diez porque algunos tutores se liaban con la dichosa maquinita. Yo me partía la caja recordando las clases de la academia. Bueno, pasado el tiempo eso se fue resolviendo.
 Pero lo de la intranet es de verdad serio y yo no sé cómo es posible que alguien no se haya puesto a controlar de verdad el que sea un sitio a prueba de mirones.
 En cuanto supe la dirección del instituto no me llevó más de dos horas entrar a fisgar. ¡Se ve todo! Hay insensatas que dedican su correo a ligar con insensatos, intercambios de fotos y direcciones que servirían para chantajear a más de uno, chismes entre camarillas de profes en que despellejan a otros colegas, exámenes que circulan de aquí para allá... La gente se mueve por ahí creyendo que eso es seguro, pero a veces tuve la sensación de que era como el patio de vecinos de mi casa y de que yo era el hombre invisible y que podía sentarme al lado de alguien para escuchar sus confidencias más íntimas.
 Durante unos meses confieso que dedicaba un rato a echar un vistazo, por el morbo de enterarme de lo que no debía. El profesor de química, por ejemplo, redactaba sus exámenes en casa y se los enviaba al instituto para imprimirlos allí, supongo. Era como llamar a mi puerta y dármelos en mano. Una profesora de educación física recibía en su casa a algunos chicos y chicas de bachillerato y debía de montar unos fiestones de cuidado; cuando la veía luego en la cancha de deportes, entendía algunos gestos suyos que antes me habían pasado inadvertidos.
 A medida que fue pasando el tiempo mi fisgoneo comenzó a darme asco. Era como ver la suciedad de la gente. Aunque el más sucio era yo.
 A eso me refiero cuando hablo de que sería bueno que las máquinas tuvieran criterios morales. Si vas a entrar a un sitio prohibido, el ordenador debería negarte el acceso. Así no sería responsabilidad tuya tomar esa decisión.
 Hace mucho yo presumía ente mis compañeros de lo mucho que sabía de todo esto. Ahora, ni se me ocurre decirles qué puedo hacer.
 Estaba en segundo cuando un chico algo mayor del instituto me pidió que le crackeara un juego. No tardé ni media hora. A la mañana siguiente se lo entregué y me regaló un reloj, una birria de esas con correa de plástico negro y todo lleno de números, que cuesta diez euros en el mercadillo pero que yo lucí los días siguientes con orgullo. ¡Mi primera hazaña de cara a los colegas!
 Pocos días más tarde, me pidió que hiciera lo mismo con otro. y luego con un tercero. y luego, con un Quark Xpress, creo que se llamaba. Cada vez me regalaba algo: una calculadora científica, una radio con auriculares, un boli con puntero láser... La gente de clase flipaba con aquellos artilugios tan chulos y me pedían que les copiase juegos, les arreglara los ordenadores estropeados, les instalara tarjetas de sonido... A cambio, me regalaban algo, porque yo les decía una frase que repetía mi padre y que me parecía muy importante: "Todas las cosas tienen un precio". Recuerdo que los padres de un chico tenían un puesto de fruta en el mercadillo al que iba mi madre. Todos los sábados de un mes comprábamos gratis y mi madre no entendía el porqué; le parecía que aquella familia era simplemente muy generosa con ella.
 Como ocurre en los cuentos la felicidad no podía ser eterna. Un día, dos tipos vinieron al instituto preguntando por mí. Me llevaron al despacho del director y llamaron a mi madre. Eran polis. Me acusaban de ser parte de una red de estafadores o algo parecido. Entonces supe que el hermano del chico que me había pedido que le desprotegiera esos programas tenía una tienda de electrónica e informática. ¡Se había montado un negocio de programas fusilados y había conseguido vender no sé cuántos cientos de miles de euros! De esto me enteré en el juicio. También, de que los dos me acusaban de ser yo casi el cerebro de la operación. Con eso de que yo era menor, trataban de ponerse a salvo de la tormenta.
 Para mi pobre madre, aquel no fue el disgusto de su vida porque había sufrido desgracias mayores, pero pasó una temporada aterrorizada cuando alguien llamaba a la puerta o sonaba el teléfono. Uno de los abogados pedía que mis padres pagaran una millonada y ella se veía sin casa y fregando escaleras varios miles de años. Todo se aclaró y no pasó nada mucho más, aunque una jueza me echó una buena bronca y me hizo devolver la morralla que me habían regalado, que entregué en una bolsa de papel. Era pura porquería. Para entonces, ni el reloj daba la hora ni el puntero láser era capaz de escupir un chorrito de luz.
 Así que no me extraña que la pobre mujer ande un poco nerviosa cada vez que llama esa. A saber qué imagina.»

lunes, 1 de mayo de 2017

"Las Argonáuticas".- Apolonio de Rodas (296 a.C. - 216 a.C.)


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Canto segundo

«De este modo, ellos, gracias a las habilidades de Tiflis, navegaban, aunque asustados. Al otro día ataron amarras en la tierra enfrente de Bitinia.
 Allí junto a la costa tenía su morada el Agenórida Fineo, que había sufrido las penas más terribles de todas a causa de su arte adivinatoria, la que le había ofrendado antes el hijo de Leto. Pero no había respetado ni el sagrado pensamiento del propio Zeus, al vaticinarlo con claridad a los hombres. Por ello precisamente el dios le había echado encima una larga vejez, y le arrebató la dulce luz de los ojos y no le dejaba gozar de los infinitos alimentos que siempre le traían a su casa los vecinos, que de continuo acudían a escuchar sus profecías. Sino que de improviso lanzábanse desde las nubes las Harpías y con sus garras se los arrebataban de su boca y de sus manos una y otra vez. Unas veces no le dejaban nada de comida y otras un poco, para que viviera lamentándose. Y echaban encima un olor nauseabundo. Nadie soportaba, no ya el llevarle los alimentos a su boca, ni siquiera asistir presente desde lejos. ¡Tan grande era la peste que exhalaban los restos de la comida!
 Tan pronto como oyó el griterío y el tumulto de la tropa, comprendió que estaban allí aquellos cuya llegada, según un oráculo de Zeus, le permitiría gozar de la comida. Alzándose de la cama, como la sombra de un sueño, apoyado en su bastón y con los pies torpes, avanzaba hacia la puerta tanteando los muros y le temblaban los miembros al marchar, de vejez y debilidad. Se había resecado su piel ennegrecida por la suciedad, y sólo el pellejo recubría sus huesos.
 Un nube purpúrea le envolvió y le pareció que la tierra le arrastraba en giros desde abajo y cayó desmayado y sin fuerzas para hablar. Ellos, cuando lo vieron, se reunieron a su alrededor, asombrados. Entonces Fineo, que apenas respiraba en su pecho hundido, les empezó a hablar con sus palabras proféticas:
 "¡Oíd, los más eminentes de los Griegos todos, si de verdad sois vosotros aquéllos a los que, por orden de un cruel rey, conduce sobre la nave de Argos en pos del vellocino áureo, Jasón! ¡Vosotros sois con certeza! ¡Aún mi mente lo sabe todo en su vaticinios! ¡Gracias te elevo ahora, soberano hijo de Leto, aun en medio de mis duras penalidades!
 ¡Por Zeus Icesio (el que acoge las súplicas), que es el más rígido contra los impíos, y por Febo, y por la propia Hera os suplico; por Hera, la que con interés especial entre los dioses se ha preocupado de que llegarais aquí! ¡Ayudadme, liberad a este hombre desgraciadísimo de su calamidad y no os vayáis despreocupadamente dejándome así! Ya que no sólo la Erinia me ha golpeado con su pie en mis ojos, y tengo que arrastrar hasta el fin una interminable vejez. Aún otro amarguísimo mal se añade encima a mis desgracias. ¡Las Harpías, que arrebatan de mi boca el alimento y que me caen encima de improviso con increíble furia! Sería más fácil que yo me olvidara del hambre que me atormenta que el ocultarles a ella mi comida. ¡Tan rápidas son en revolotear por los aires! Y si por casualidad me dejan alguna vez una pizca de alimento, éste apesta a putrefacto con un intenso hedor insoportable. Ninguno de los humanos resistiría unos instantes su proximidad, ni aunque tuviera incrustado un corazón de acero. Pero a mí desde luego la necesidad dolorosa e invencible me fuerza a quedarme allí, y quedándome a echármelo al estómago.
 Existe la profecía de que los hijos de Bóreas vendrán a rechazarlas. Y no serán unos extraños para mí quienes me protegerán de ellas. Porque en verdad que yo soy aquel Fineo que una vez antaño fui muy famoso entre las gentes por mi prosperidad y mi don profético. Y conduje a mi casa como esposa a la hermana de éstos, Cleopatra, yo que era rey de los Tracios, a cambio de mis regalos de boda."
 Cuando así hubo hablado el Agenórida, les entró a todos los héroes una profunda compasión por él., y especialmente a los dos hijos de Bóreas. Se acercaron a él los dos sollozando, y le dirigió Zetes la palabra del siguiente modo, mientras tomaba en su mano la diestra del anciano quejumbroso.
 "¡Ay, infeliz! Reconozco que no hay hombre más desgraciado que tú. ¿Por qué te han atacado tantas calamidades? Será sin duda que has ofendido a los dioses, tú que sabes las profecías, en algún momento de funesta insensatez. Por esa razón te guardan rencor. Pero aunque en nuestro interior se nos estremece el ánimo, estamos dispuestos a acudir en tu socorro, si sabes de cierto que la divinidad nos ha impuesto esta tarea a nosotros. Para los terrestres son, pues, exigencias las órdenes de los Inmortales. Pero no podemos rechazar a las Harpías que te atacan, aun con todos nuestros deseos, hasta que no jures que no incurriremos con ello en el odio de los dioses."
 Así habló. Hacia él alzó con fijeza el viejo sus vacías pupilas abiertas y le contestó con estas palabras:
 "¡Calla! ¡No pongas en tu pensamiento tales sospechas, por favor, hijo!  ¡Por el hijo de Leto, que me enseñó con benevolencia los vaticinios!  ¡Por la Ker de mal nombre, que me tocó en mi destino y por esta nube cegadora sobre mis ojos y por las divinidades de abajo!¡Que no sean ya jamás amistosas conmigo, ni siquiera al morir, si alguna enemistad de los dioses os puede alcanzar a causa de este auxilio!"
 Entonces ellos dos se animaron al oír sus juramentos, a protegerle. Pronto los criados hubieron preparado la comida al anciano, última presa de las Harpías. Cerca se colocaron los dos para alcanzarlas con sus espadas, en cuanto se presentaran. Y apenas el anciano había tocado el alimento, cuando como crueles tempestades o como rayos, de improviso surgidas de las nubes se lanzaron con estrépito ansiosas de su comida. Al verlas en medio, los héroes gritaron, y ellas, entre el vocerío, lo devoraron todo y pronto se hallaban volando, muy lejos sobre el mar, mientras allí habían dejado un hedor insoportable. A su vez, en pos de ellas los dos hijos de Bóreas con sus espadas en las manos corrían por igual. Pues Zeus les había infundido un coraje incansable. Decididamente no las seguían sin el apoyo de Zeus, ya que soplaban vientos del Oeste (el Céfiro) siempre, tanto al salir de casa de Fineo como al volver. Como los perros adiestrados en la caza corren tras el rastro de cornudas cabras o de corzos, y en toda el ansia de la persecución hacen rechinar los dientes en sus mandíbulas en el vacío, rozando la presa, así Zetes y Calais, muy presurosos, las alcanzaban casi con las puntas de sus manos.
 Y pronto hubieran despedazado a las Harpías sin el permiso de los dioses, al alcanzarlas muy lejos, junto a las islas, si no los hubiera visto la veloz Iris y hubiera saltado desde lo alto del cielo por el éter y los hubiera detenido diciéndoles esto:
 "No es lícito, hijos de Bóreas, que golpeéis con las espadas a las Harpías, las perras del gran Zeus. Yo os prestaré juramento de que no atormentarán ni atacarán más a Fineo."
 Tras decir esto, juró por el agua de la Estigia, que es muy temida y venerada por todos los dioses, que aquéllas ya no se acercarían de nuevo a la morada de Fineo, ya que así lo disponía el destino.
 Ellos cedieron ante su juramente y se volvieron para regresar salvos a la nave. Las gentes llaman Estrófadas por esta razón a las islas, que antes se llamaban Plotas.»