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martes, 27 de junio de 2017

"Historia secreta".- Procopio de Cesarea (500-565)

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XXVI: Cómo expolió la riqueza de las ciudades y saqueó a los pobres

«Hablaremos ahora de cómo tuvo éxito en destruir la riqueza y todas las cosas que confieren honor y valor en Bizancio y en todas las ciudades. Primero decidió abolir el rango de rétor, porque inmediatamente privó a los rétores de todos sus honorarios con los que antes se habían habituado a disfrutar y enorgullecerse cuando habían abandonado su profesión de abogacía, y les ordenó que litigaran unos con otros directamente bajo juramento; y siendo así desdeñados, los rétores se sumieron en enorme desesperación. Y después que hubo confiscado los bienes de los senadores y de otras gentes prósperas, como ha sido relatado, en Constantinopla y en todo el imperio Romano, quedó poco trabajo para los abogados. Los hombres nada tenían digno de mención para ir a tratar en los tribunales. Así, de todos los famosos abogados, pocos quedaron y se vieron despreciados y reducidos a la penuria, obteniendo de su trabajo nada salvo insultos.
  Además, también hizo que los médicos y maestros de los niños libres padecieran penuria de todo lo necesario para la vida, pues los honorarios que los anteriores emperadores habían decretado que les fueran entregados a cargo del Erario público fueron cancelados por completo. Además, todos los ingresos que los habitantes de todas las ciudades habían estado recaudando localmente para sus propias necesidades cívicas y para sus espectáculos públicos los transfirió y osó mezclarlos con los ingresos públicos. E igualmente los médicos y profesores no gozaron de ninguna estima, ni nadie pudo más cuidar de los edificios públicos, ni las lámparas públicas fueron conservadas en las ciudades para su iluminación, ni hubo consuelo alguno para sus habitantes. Porque los teatros, hipódromos y circos fueron todos clausurados en su mayor parte (lugares en que su esposa había nacido, crecido y educado). Y luego ordenó que aquellos espectáculos fueran cerrados, incluso en Constantinopla, de modo que el Erario no tuvo que pagar las usuales sumas a las numerosas y casi incontables personas que vivían de ello. Y hubo tristeza y dolor privado y público, como si aún otra aflicción del Cielo les hubiera golpeado, y no hubo más alegría en la vida de nadie. Y ningún otro tema de conversación existía ya entre el pueblo, ya estuvieran en casa, en el mercado o en los templos, que los nuevos desastres, calamidades e infortunios que ocurrían en un grado incomparable.
 Tal era la situación en las ciudades. Y aquello que queda por decir es digno de ser contado. Dos cónsules de los Romanos eran elegidos cada año, uno en Roma y el otro en Constantinopla. Y cualquiera que era llamado a este honor estaba seguro de verse obligado a gastar más de veinte centenarios de oro, siendo una pequeña porción de esta cantidad pagada de su bolsillo y la mayor parte por el emperador. Este dinero era distribuido entre aquellos que he mencionado y aquellos que en general carecían de otros medios de subsistencia, y particularmente actores y así permitía dar auxilio constante a todo lo que era para bien de la ciudad. Pero desde el momento que Justiniano llegó al poder, estas distribuciones no fueron hechas según costumbre, pues a veces un cónsul permanecía en el cargo un año tras otro, hasta que finalmente el pueblo perdió la esperanza de ver a otro nuevo, incluso en sus sueños. Como resultado, se produjo una universal pobreza, ya que el emperador no entregó más a sus súbditos lo que habían tenido por costumbre recibir, sino que, al contrario, procuró quitarles de todas las maneras y en todas partes lo poco que aún tenían.
 Cómo este ladrón ha estado tragándose todos los dineros públicos y cómo ha estado privando a los miembros del Senado de sus propiedades, a cada uno individualmente y a todos en conjunto, ha sido, pienso, suficientemente descrito. Y cómo lanzando falsos cargos confiscó las haciendas de todos a quienes reputaba ricos, imagino haberlo ya adecuadamente contado, como en el caso de los soldados, oficiales y guardias de palacio, los agricultores y terratenientes, aquellos cuya profesión es la oratoria, además de tenderos, navieros, marineros, mercaderes, jornaleros y vendedores, así como aquellos que se ganaban la vida con representaciones en el teatro y además todas las demás clases, puedo decir, que fueron alcanzados por el daño que infería este hombre.
 Y procederé ahora a hablar de cómo trató a los mendigos y al pueblo llano y a los pobres y a aquellos afligidos con toda clase de discapacidad física; su trato a los sacerdotes será descrito en mis siguientes libros. Primero de todo, habiendo tomado el control, como ha sido dicho, de todas las tiendas y habiendo establecido los llamados monopolios de los bienes más indispensables, procedió a sacarle a toda la población más del triple de los precios normales. En cuanto a sus otras hazañas, puesto que son simplemente incontables, no intentaré siquiera hacer su catálogo en un libro sin fin. Pero diré que a los compradores de pan robó de la forma más cruel todo el tiempo, hombres que, siendo trabajadores manuales, empobrecidos y afligidos con todo tipo de minusvalías físicas, no podían evitar comprar el pan. De estos exigía tres centenarios al año, con el resultado de que los panaderos alzaban los precios y rellenaban el pan con cáscaras y cenizas, porque el emperador no tenía escrúpulos de obtener beneficios ni siquiera de esta impía adulteración. Aquellos que estaban a cargo de este oficio, aplicando este truco para su lucro particular, con facilidad llegaron a ser muy ricos y redujeron a los pobres a una intolerable miseria en plenos tiempos de abundancia, porque fue completamente prohibido que todo hombre comprara grano en cualquier parte, sino que era obligado que todos compraran y comieran de ese pan.
  Y aunque vieron que el acueducto de la ciudad se había roto y estaba transportando sólo una pequeña parte de agua a la ciudad, no hicieron caso del asunto y no consintieron en gastar ni un sólido en ello, a pesar del hecho de que una gran multitud del pueblo, ardiendo de indignación, estaba siendo reunida en las fuentes y que todos los baños habían sido cerrados. Y sin embargo malgastaba una gran cantidad de dinero sin ningún motivo en edificios sobre el mar y otras edificaciones sin sentido, erigiendo nuevas construcciones en todas partes de los suburbios, como si los palacios en que todos los emperadores anteriores habían estado contentos de vivir a lo largo de sus días no pudieran albergar su hogar. Y esto no se hacía por motivos económicos, sino para lograr la destrucción del género humano, ya que se negaba a reconstruir el acueducto. Porque nadie en toda la historia ha nacido alguna vez en el mundo que estuviera más deseoso que Justiniano de conseguir dinero, para luego empezar nuevamente a malgastarlo de inmediato. De estos dos recursos, esto es, pan y agua, que como único remedio quedaba a los que estaban hundidos en la miseria, ambos fueron usados por este emperador para perjudicarlos, como he escrito, ya que hizo que un recurso, es decir, el agua, fuera imposible de conseguir, y el otro, el pan, fuera muy caro de comprar.
  Y amenazó de esta manera no sólo a la clase humilde de Bizancio, sino también, a los que vivían en otros lugares, como será relatado por mí inmediatamente. En efecto, cuando Teodorico conquistó Italia, dejó donde estaban a los que estaban sirviendo como soldados en el Palacio de Roma, para que al menos un recuerdo de los antiguos tiempos se conservara allí, pagando a cada hombre un pequeño estipendio diario; y estos soldados eran muy numerosos. Porque los Silenciarios, como son llamados, los Domésticos y los Escolares estaban entre ellos, aunque en su caso nada militar quedaba salvo el nombre de ejército, y este sueldo era apenas suficiente para vivir. Y Teodorico ordenó que este pago se transmitiera a su muerte a sus hijos y parientes. Y a los pobres que tenían su asiento junto a la Iglesia del apóstol Pedro, ordenó que el Erario les entregara siempre cada año tres mil medidas de grano. Estas pensiones fueron recibidas por todos los pobres hasta que Alejandro, llamado "Tijeras", llegó a Italia. Pues este hombre decidió inmediatamente, sin vacilación, abolir todos. En sabiendo esto, Justiniano, emperador de los Romanos, aprobó esta decisión y tuvo a Alejandro en aún más alto honor que antes. Durante su viaje allá causó también el siguiente perjuicio a los Griegos. La fortaleza de las Termópilas había sido largo tiempo guardada por los campesinos cercanos, quienes se turnaban en la vigilancia de la muralla cuandoquiera se anunciaba una incursión de bárbaros contra el Peloponeso. Pero cuando Alejandro visitó el lugar durante la travesía a Italia, él, pretendiendo que estaba actuando en interés de los Peloponesios, rechazó confiar la fortaleza a los campesinos. Así, situó tropas allí en número de dos mil y ordenó que su estipendio no fuera pagado por el Erario imperial, sino por los fondos civiles y los dineros reservados a los espectáculos de todas las ciudades de Grecia, so pretexto de que aquellos soldados tenían que ser mantenidos a costa de ese lugar y por ende de toda Grecia. En consecuencia, todos los lugares de Grecia, incluyendo la mismísima Atenas, no pudieron restaurar los edificios públicos ni pudieron pagar ninguna otra cosa útil. Justiniano, empero, sin vacilar, confirmó estas medidas del "Tijeras".
  Así, de la manera descrita, estos asuntos fueron transcurriendo. Pero debemos ahora proceder a tratar el caso de los pobres en Alejandría. Aquí vivía un cierto Hefesto, abogado, que asumió el gobierno de Alejandría y en su condición de tal puso fin a una sedición ciudadana amenazando a los revoltosos, pero redujo a todos los habitantes a la completa miseria. Pues inmediatamente puso todas las mercancías bajo monopolio, prohibiendo a los demás mercaderes vender nada, y él mismo se convirtió en el único traficante y vendedor de todas las mercaderías, fijando los precios según su voluntad merced a su suprema autoridad. Pero la consiguiente carestía de las provisiones necesarias sumió en la mayor de las aflicciones a Alejandría, donde antes incluso los más pobres habían podido vivir adecuadamente. Y el alto precio del pan aplastó a la mayoría, porque compraba todo el trigo de Egipto él mismo, no permitiendo que nadie comprara ni tan siquiera un celemín, y así  controlaba el abastecimiento y el precio del pan a su voluntad. De este modo en poco tiempo ganó una fabulosa fortuna y cumplió el deseo del emperador en este asunto. Y mientras el populacho de Alejandría, por temor a Hefesto, sobrellevaba su angustiosa situación en silencio, el emperador, gracias al dinero que llegaba a su bolsillo constantemente, amaba a este hombre intensamente.
  Y este Hefesto, para poder ganarse más aún la voluntad del emperador, ideó el siguiente plan. Diocleciano, un anterior emperador de los Romanos, había decretado que un gran monto de grano fuera dado por el Erario cada año para cubrir las necesidades de los Alejandrinos. Y el populacho, habiendo distribuido este grano entre ellos mismos en primer lugar, ha transmitido esta costumbre a sus descendientes hasta hoy. Pero Hefesto, desde este tiempo, quitó a los pobres hasta dos millones de medidas anuales de grano y los transportó a los almacenes del Estado, escribiendo al emperador que el pueblo había hasta entonces estado recibiendo el grano por error, y no en beneficio del público interés. Y en consecuencia el emperador confirmó esta decisión y lo tuvo en mayor favor aún. Los Alejandrinos, cuya esperanza de vida radicaba en esta distribución sufrieron muy cruelmente como resultado de esta inhumana acción.» 
 

domingo, 7 de mayo de 2017

"Los ladrones de la luna".- Kornel Makuszynski (1884-1953)

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Capítulo XI: En el que Jácek y Plácek encuentran a los hombres de oro y llegan a conocer cosas extrañas sobre el pan de cada día

«-¡Ah! ¿No tenéis pan?
 -Desgraciadamente no, poderoso señor...
 -¡Ah, lo veo, pues vuestras manos están vacías y además parecéis unos harapientos! ¿De dónde venís?
 -¡De muy lejos! -respondió Jácek-. Hemos recorrido muchos países hasta llegar aquí.
 Al viejo de oro le centellearon los ojos.
 -¡Ah! -susurró con un susurro tan ardiente como si de la boca le brotara oro fundido-. Entonces, habréis visto un pan alguna vez. Un pan normal, corriente.
 -Pues claro -dijo asombrado Jácek-, claro que hemos visto un pan...
 -Dime, pero rápido, ¿cómo es?
 -No sabría decirlo, noble señor... Pues corriente como el pan... Es negro, a veces más blanco, a veces un poco quemado.
 -¡Ah, ah! Sigue hablando.
 -A veces tiene salvado un poco tostado...
 -¡Ah, salvado! ¡Maravilloso, maravilloso! Dime, ¿a qué huele el pan así?
 -Huele, gran señor, no sé a qué, pero huele muy bien...
 -¿Pero a qué? ¿Qué olor tiene?
 -El pan... el pan huele a pan.
 -¡Ah! Lo has dicho de una forma maravillosa... Naturalmente. El pan huele a pan, a su propio olor, mejor que el nardo y la mirra o el ámbar quemado. ¿Has comido alguna vez pan de ése?
 Jácek miró furtivamente a Plácek como si quisiera gritarle con la mirada que había que estar alerta pues a ese noble señor parecía faltarle un tornillo. Si no, ¿cómo podía preguntar si había comido pan? Plácek, percatándose de que la conversación  sobre el pan le producía a este personaje una gran satisfacción, dijo:
 -¡Honorable, conde, en toda nuestra vida no hemos comido otra cosa más que pan!
 -¡Ah! -exclamó el hombre de oro-. ¡Ah, qué afortunados sois!
 -¿Nosotros?
 -¡Ah, sí! Daría el resto de mi vida por una hogaza de pan negro, de color pardo como la tierra y que huele como el cielo...
 -Señor -susurró extrañado Jácek-, ¿y por qué tenéis que dar la vida? Tenéis tanto oro...
 -¡No pronuncies esa palabra -exclamó el gran señor-, si no quieres que ordene que te recubran de oro y mueras de manera horrible!
 -¡Ah, perdonadme, honorable conde, no sabíamos que...!
 -Deberíais saberlo. En cualquier momento os pueden echar la vista encima y entonces permaneceréis aquí para siempre. Me daría pena que ocurriese eso; por lo tanto, huid de aquí cuanto antes. Sobre este lugar pesa una maldición.
 -¿Entre tantas riquezas? [...] ¿Aquí sólo hay personas infelices?
 -Infelices todavía lo son, pero ya no son personas -dijo con un dorado susurro el viejo-. Todos estos que aquí se deslizan a nuestro alrededor formaban, junto conmigo, la corte de un poderoso príncipe que a lo largo de muchos, muchos años, se dedicó a saquear todas las riquezas de la tierra. Exigía unos tributos excesivos a los campesinos, asaltaba y robaba a los comerciantes, despojó de la herencia a sus hermanos, redujo ciudades enteras a cenizas, apresó navíos en el mar y reunió unas riquezas tan inmensas que ni cien reyes juntos tienen en sus arcas; amontonó tanto oro como nunca vieron ojos humanos, tantas perlas y piedras preciosas como lágrimas han brotado del hombre en toda su existencia.
 -¡Qué miedo! -murmuró Jácek. [...]
 -¡Oh, sí! -susurró el viejo-. El poderoso príncipe, el dueño de tan inmensos tesoros, perdió la razón a causa de ellos: reunió demasiado oro, y el oro le destruyó el alma. Lo inundó como un agua amarilla y a nosotros con él. Desde entonces, ninguno de nosotros ha visto el delicioso pan...
 -¿Por qué, honorable señor?
 -La locura de nuestro príncipe consiste en que todo lo que le rodee debe ser de oro o joyas. Incluso no bebe agua si en ella no se ha disuelto previamente una perla. No come nada que no le recuerde su color al maldito oro. Nosotros, cómplices de la maldición, tenemos que hacer lo mismo.
 -¿Por qué no sembráis trigo?
 -Ninguno de nosotros sabe, además tampoco tenemos; todos olvidaron todo lo que no es de oro y nada crecería si se sembraran diamantes. Por otra parte, nos mataría si sembrásemos trigo.
 -¿Tan fuerte es?
 -No, pero está tan demente...
 -¿Y por qué teniendo tanto de lo que habláis, noble señor, no compráis pan? 
 -Porque desde hace cien años nadie se ha acercado al castillo.
 -¿Nosotros somos los primeros?
 -Sí, vosotros sois los primeros. Si habéis podido llegar hasta aquí, quizá es porque alguien os desea una muerte miserable o puede que el destino os depare nuestro suplicio.
 -¿Y qué es lo que coméis, señor?
 -Os he dicho que todo lo que recuerda al oro: sólo nos está permitido comer canarios, pececillos dorados, piñas, naranjas y limones. Desde hace cien años no comemos otra cosa. ¡Qué desesperación! Dormimos en camas de oro, con almohadas de oro y comemos los horribles pececillos de oro en platos de oro. Me dan convulsiones cuando veo las piñas, me desmayo al ver los limones... [...] Si Dios no se apiada de nosotros y no nos libra de la maldición, deberemos soportar nuestro tormento hasta el fin. Nuestro señor solamente tiene el cerebro de oro. Quizá haya que esperar hasta que todo él se convierta en una figura de oro, y de este modo deje de existir. Esto es todo... ¡Ah, qué afortunados sois vosotros, que aun siendo tan sólo unos harapientos habéis visto el pan, el pan normal y corriente, que huele a trabajo, dulce como el esfuerzo, fuerte como el fuego en el que ha sido cocido! ¡Ah, pan, pan, pan! [...]
 Por fin, Jácek se atrevió a susurrar.
 -Señor, ¿podemos, entonces, quedarnos aquí?
 -¡Si queréis enloquecer, quedaos!
 -¿Y tenemos que perder la razón?
 -Desde luego. No hay salvación para el hombre que ha visto el oro y lo ha tocado.»


sábado, 6 de mayo de 2017

"El pan salvaje".- Piero Camporesi (1926-1997)

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2.-El pan huidizo

 «Los intelectuales y los literatos barrocos, rodeados por las amenazadoras multitudes de pordioseros y de montañeses sin pan, por las descompuestas y vociferantes procesiones del hambre, se van a defender -conforme a su tradicional inclinación- disparando cínicas y venenosas andanadas contra la marea de harapientos, contra las "hormigas holgazanas". Tal es el caso de Baldassare Bonifacio, que durante 1629 vive en Treviso una agitada crisis pauperista, plasmada al poco tiempo en los sonetos crueles y corrosivos de Il paltoniere.
 La angustia de unos pocos frente al fluctuar enloquecido, por las calles, de los innumerables devoradores de basuras, los hombres-oruga, los hombres-insecto; la ansiedad de los grupos del poder en relación con la grande y amenazadora proliferación incontrolada de miserables y con el espectro de una sociedad negativa que, reacia a la integración, enarbola la ilusoria bandera de una sociedad que se opone a ellos, conforman en los sonetos de Bonifacio la imagen obsesiva de la marea que sube irremediablemente hasta provocar la asfixia final. La tensión entre las castas se traslada a una serie metafórica de versos, de los que se desprende el medroso desprecio de los hombres del pan blanco hacia los hombres del pan negro o de los sin pan, los "llamapuertas" o "matapanes" que engrosaban -amenazadores cual una rabiosa plaga de langostas- la "gran nube de pícaros y de listos".
 En realidad, más allá de su efecto literario y de la dramatización ritual del tumulto y del miedo, los tumultos de los depauperados, aun cuando pudieran suscitar inquietud y desconcierto, no pasaban de algunos saqueos incontrolados, incapaces de transformarse en algo más que una rabiosa pero caótica y efímera rebelión. Los estereotipos lingüísticos de la violencia y de la rebelión se transmiten de siglo en siglo según las letanías de la desesperación, que tienen en común el mismo registro tenso y emocionado; así en el Libro del biadaiolo del siglo XIV, en el que la carestía (al igual que, por lo demás, en los sonetos de Bonifacio) habla con los acentos de la tragedia dantesca. Pero no dejan de ser estereotipos lingüísticos, en tanto que los propios protagonistas de las insurrecciones "no se mostraban interesados en cambiar las estructuras de la sociedad en que vivían".
 En una sociedad fragmentada y cerrada en un número muy elevado de gremios, la noción de "clase" no podía tener ningún sentido. Los estatus medievales conformaban la estructura de un mundo en lentísima evolución, en el que la vida colectiva se modificaba con enormes dificultades y, se diría, casi con repugnancia. Castas y gremios paralizaban el nacimiento de la idea, totalmente decimonónica, de "clase". La liberación del "mal de vivir" no se perseguía políticamente sino con métodos de saneamiento directos, como el gran consumo de bebidas alcohólicas, las prácticas sexuales exageradas y "salvajes", las fiestas rituales, la transgresión privada o de grupo de la norma civil o religiosa. Los sueños no estimulaban fermentos revolucionarios sino viajes a la evasión imaginaria. Las utopías -incluso las más radicales- se esfuman en las fabulaciones doctrinales y sapienciales. Incluso el gran mito de Jauja no llega ser nunca el motor de una auténtica renovación política y social, a pesar del deseo reinante de la equitativa posesión comunitaria de los bienes materiales y de la propiedad, a pesar del sueño de la eterna juventud, del amor no controlado socialmente y del eros no institucionalizado.
 En los años de coyuntura adversa, los pequeños propietarios de tierras, obligados a vender sus campos a la gran propiedad a precios de usura, acababan de pordioseros por los caminos. Hasta el olímpico Alvise Cornaro amplió enormemente sus ya grandes propiedades utilizando a menudo, como hombre de confianza, intermediario y corredor, al poeta Angelo Beolco, el Ruzante...
 El pan de los pobres, los harapientos, los desocupados y especialmente de aquellos que, víctimas de una lógica económica y social paradójica, lo producían, es decir, los campesinos, es un pan que huye continuamente, inalcanzable como en una pesadilla a cámara lenta, de interminable duración. En los años malos se soñaba, en ilusionada espera, a partir de finales de otoño, con la época de las nuevas cosechas, con el verano y sus frutos, con la estación en la que se podría volver a sentir el sabor del "pan nuevo".
 El Menego del Dialogo facetissimo, de Ruzante, representado durante la escasez de 1528, cuenta, ayudándose con los dedos, los meses que le separan del pan huidizo:
 "Enero, febrero, marzo, abril, mayo y hasta medio junio para el trigo. [Suspira] ¡Oh, no llegaremos nunca! Caramba, es un año muy largo éste. Yo sé que el pan se escapa de nosotros, sí, más que los gorriones del halcón."
 El registro cómico de este diálogo (facetissimo -jocosísimo- sólo por antífrasis) sirve para alejar al terrible enemigo, el hambre, exorcizándolo con el humor y se desahoga con amplio repertorio inventivo en las agridulces ocurrencias de los campesinos, en sus trucos ideados para contrarrestar las necesidades alimenticias: trágicas bufonadas inventadas por quien tiene la carne torturada por la cizaña del hambre. Esta imagen cruel, extraída de los horrores de las cámaras de tortura, es desplazada después y se vuelve inocua con los ridículos expedientes encontrados para intentar desviar o, por lo menos, atenuar las duras leyes de la necesidad del hambre, del fatum fisiológico, proponiendo el uso de astringentes como las serbas, o la surrealista estratagema de "taparse el agujero de debajo". De este modo, los excrementos, al no poder salir, mantendrían los intestinos llenos [...]
 Como una amarga paradoja, se busca la enfermedad para apagar el hambre, porque como Menego le explica a Duozo, "intento enfermar por todos los medios porque, compadre, cuando estoy enfermo se me quita el hambre, y con tal de no tener hambre yo ya no querría nada más."
 Los pordioseros del campo recitaban inútilmente refranes falsamente consoladores, letanías surgidas de la resignada y desconsolada cohabitación con el hambre milenario. También se anhelaba la estación de las hierbas, no sólo la de los cereales y las legumbres: "Cuando haya pasado todo enero, saldrá un poco de hierba y crecerá como los hombres". La hierba les ayudaría a sobrevivir, [...]»