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viernes, 18 de septiembre de 2020

El mito del eterno retorno.- Mircea Eliade (1907-1986)


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1.-Arquetipos y repetición
Los mitos y la historia

  «Cada uno de los ejemplos citados en el presente capítulo nos revela la misma concepción ontológica "primitiva": un objeto o un acto no es real más que en la medida en que imita o repite un arquetipo. Así la realidad se adquiere exclusivamente por repetición o participación; todo lo que no tiene un modelo ejemplar está "desprovisto de sentido", es decir, carece de realidad. Los hombres tendrían, pues, la tendencia a hacerse arquetípicos y paradigmáticos. Esta tendencia puede parecer paradójica, en el sentido de que el hombre de las culturas tradicionales no se reconoce como real sino en la medida en que deja de ser él mismo (para un observador moderno) y se contenta con imitar y repetir los actos de otro. En otros términos, no se reconoce como real, es decir, como "verdaderamente él mismo" sino en la medida en que deja precisamente de serlo. Sería, pues, posible decir que esa ontología "primitiva" tiene una estructura platónica y Platón podría ser considerado en este caso como el filósofo por excelencia de la "mentalidad primitiva", o sea como el pensador que consiguió valorar filosóficamente los modos de existencia y de comportamientos de la humanidad arcaica. Evidentemente, la "originalidad" de su genio filosófico no desmerece por ello; pues el gran mérito de Platón sigue siendo su esfuerzo por justificar teóricamente esa visión de la humanidad arcaica, empleando los medios dialécticos que la espiritualidad de su tiempo ponía a su disposición.
 Pero nuestro interés no se dirige a ese aspecto de la filosofía platónica; apunta a la ontología arcaica. Reconocer la estructura platónica de esa ontología no nos llevaría muy lejos. Mucho más importante es la segunda conclusión que se desprende del análisis de los hechos citados en las páginas precedentes, a saber, la abolición del tiempo por la imitación de los arquetipos y por la repetición de los gestos paradigmáticos. Un sacrificio, por ejemplo, no sólo reproduce exactamente el sacrificio inicial revelado por un dios ab origine, al principio, sino que sucede en ese mismo momento mítico primordial; en otras palabras: todo sacrificio repite el sacrificio inicial y coincide con él. Todos los sacrificios se cumplen en el mismo instante mítico del comienzo; por la paradoja del rito, el tiempo profano y la duración quedan suspendidos. Y lo mismo ocurre con todas las repeticiones, es decir con todas las imitaciones de  los arquetipos; por esa imitación el hombre es proyectado a la época mítica en que los arquetipos fueron revelados por vez primera. Percibimos, pues, un segundo aspecto de la ontología primitiva; en la medida en que un acto (o un objeto) adquiere cierta realidad por la repetición de los gestos paradigmáticos, y solamente por eso hay abolición implícita del tiempo profano, de la duración, de la "historia" y el que reproduce el hecho ejemplar se ve así transportado a la época mítica en que sobrevino la revelación de esa acción ejemplar.                                                        
 La abolición del tiempo profano y la proyección del hombre en el tiempo mítico no se reproducen, naturalmente, sino en los intervalos esenciales, es decir, aquellos en que el hombre es verdaderamente él mismo en el momento de los rituales o de los actos importantes (alimentación, generación, ceremonias, caza, pesca, guerra, trabajo, etc.). El resto de su vida se pasa en el tiempo profano y desprovisto de significación; en el "devenir". Los textos brahmánicos ponen muy claramente de manifiesto la heterogeneidad de los dos tiempos, el sagrado y el profano, de la modalidad de los dioses ligada a la "inmortalidad" y la del hombre ligada a la "muerte". En la medida en que repite el sacrificio arquetípico, el sacrificante en plena operación ceremonial abandona el mundo profano de los mortales y se incorpora al mundo divino de los inmortales. Por lo demás, lo declara en estos términos: "He alcanzado el cielo, los dioses; ¡me he hecho inmortal!" 
 Si entonces bajara sin cierta preparación al mundo profano, que abandonó durante el rito, moriría de golpe; por eso son indispensables ciertos ritos de desacralización para reintegrar al sacrificante al tiempo profano. Lo mismo sucede durante la unión sexual ceremonial; el hombre deja de vivir en el tiempo profano y desprovisto de sentido, puesto que imita a un arquetipo divino. El pescador melanesio, cuando sale al mar, se convierte en el héroe Aori y se encuentra proyectado en el tiempo mítico, en el momento en que acontece el viaje paradigmático. Así como el espacio profano es abolido por el simbolismo del Centro que proyecta cualquier templo, palacio o edificio en el mismo punto central del espacio mítico, del mismo modo cualquier acción dotada de sentido llevada a cabo por el hombre arcaico, una acción real cualquiera, es decir, una repetición cualquiera de un gesto arquetípico, suspende la duración, excluye el tiempo profano y participa del tiempo mítico.
 En el capítulo venidero, cuando examinemos una serie de concepciones paralelas en relación con la generación del tiempo y el simbolismo del Año Nuevo, tendremos ocasión de comprobar que esa suspensión del tiempo profano corresponde a una necesidad profunda del hombre arcaico. Comprenderemos entonces la significación de esa necesidad, y veremos en primer término que el hombre de las culturas arcaicas soporta difícilmente la "historia"  y que se esfuerza por anularla en forma periódica. […] Pero antes de abordar el problema de la regeneración del tiempo conviene considerar desde un punto de vista diferente el mecanismo de la transformación del hombre en arquetipo mediante la repetición. Examinaremos un caso preciso: ¿en qué medida la memoria colectiva conserva el recuerdo de un acontecimiento "histórico"? Hemos visto que el guerrero, sea cual fuere, imita a un "héroe" y trata de acercarse lo más posible a ese modelo arquetípico. Veamos ahora lo que el pueblo recuerda de un personaje histórico, cuyos actos están bien atestiguados por documentos. Atacando el problema desde este ángulo damos un paso adelante, puesto que ahora se trata de una sociedad a la que, pese a ser "popular", no se la puede calificar de "primitiva".
 Refirámonos, para dar un solo ejemplo, al conocido mito paradigmático del combate entre el héroe y una serpiente gigantesca, a menudo tricéfala, que a veces es reemplazada por un monstruo marino (Indra, Heracles, etcétera; Marduk).»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1985, en traducción de Ricardo Anaya. ISBN: 84-395-0024-6.]

lunes, 2 de octubre de 2017

"Criaturas del aire".- Fernando Savater (1947)


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Monólogo undécimo: habla Phileas Fogg

«Señores, seré breve: no me gusta perder el tiempo. No me interesan los viajes, ni las beldades exóticas, ni los volcanes nimbados de cóndores, ni los mares atormentados, ni el hielo, ni el desierto, ni la jungla. Un tigre no es ni más ni menos notable que un coche de punto y no creo que sea motivo suficiente para extasiarse ante él la peculiaridad puramente accidental de que haya más bien pocos cerca de donde vivo, mientras que nunca me faltan coches. Un cielo perfectamente despejado o uno de nuestros londinenses días de niebla son tan pasmosos o triviales como cualquier aurora boreal: a esta última sólo la prestigian su relativa rareza y los diversos avatares geográficos que nos vedan su común contemplación. Me parece de una deplorable vulgaridad la admiración de lo lejano por lejano, de lo escaso por escaso o de lo insólito por insólito. Es como si uno alzase la casualidad a categoría estética y decidiera que sus valores se guiaran por los insignificantes caprichos del atlas. En último término, estos arrobos estereotipados me resultan sospechosos de falta de imaginación. Sí, señores, afirmo que no es la imaginación lo que nos hace salir de casa a correr mundo, sino precisamente la ausencia de ella; el imaginativo, por el contrario, puede permitirse el raro lujo de permanecer sin zozobra en su salita de estar. Todas las peripecias que necesito las obtengo cotidianamente entre las cuatro paredes del Reform Club: la estimulante y a la par exacta inventiva del Times, el masaje espiritual que comporta el criticismo del Standard, la precisión sin concesiones ni remilgos del Morning Chronicle; allí también el pellizco azaroso de una partida de whist, en que la inteligencia se ve obligada a administrar de la mejor manera posible los elementos favorables o desfavorables que le han tocado caprichosamente en suerte, y el reposo saludable y sin estridencias de una charla cortés con personas educadas...
 Quizás algún oyente superficial exclame, al llegar a este punto: "Pero ¿no es aburrido hacer todos los días lo mismo?" Mi respuesta: quien se aburre con la repetición, porque es incapaz de disfrutar las sutiles diferencias que ella nos trae, no logrará más que repetir su aburrimiento, cambien cuanto cambien sus hábitos cotidianos. Un espíritu verdaderamente observador, imaginativo y sensible a la variación inagotable de la vida, prefiere moverse dentro de un marco idéntico sobre el que destacan mejor las delicadas oscilaciones de lo real. Cualquier es capaz de apreciar en qué difiere la City de las cataratas del Niágara, pero muy pocos, en cambio, pueden distinguir la City de la City, la irrepetible peculiaridad de la City de cada día: sólo por lo mucho que las cosas se parecen a sí mismas podemos estar seguros de que en algo cambian, mientras que si abandonamos nuestro decorado y costumbres a cada momento nunca salimos de entre estereotipos inmutables. Por eso quien está auténticamente enamorado de lo vario y tiene honda capacidad para disfrutarlo, no puede hacer cosa mejor que anclarse para siempre en la rutina de un club inglés. Entre sus maderas nobles y sus alfombras silenciosas, en la oscuridad cálida y vivaz de la copa del viejo sherry que preludia la cena, un prodigio se repite meticulosamente día a día: el de la estabilidad del mundo, siempre idéntico y siempre temblando un poco, como un espejismo, hacia la disidencia de sí mismo. Quien se mueve perpetuamente da por garantizada la solidez de las cosas y es incapaz de imaginarlas como no siendo o como contraviniendo lo que antes fueron: por eso gusta de acumular insulsas novedades en su repertorio de arquetipos; pero quien, más imaginativo, presiente la posibilidad del caos, goza con agradecido escalofrío de los dones de la regularidad y de la improbable reiteración de lo conocido.
 Señores, rechacemos la admiración bobalicona motivada por datos extrínsecos de rareza o lejanía, que nada aportan a la naturaleza esencial de nuestra relación con el mundo. Veneremos sólo la única maravilla indiscutible que marca la inserción de lo humano en el cosmos: la puntualidad. Mitad virtud sociable y mitad profecía, en la puntualidad se dan cita nuestros más altos dones, desde la previsión científica hasta la capacidad de prometer (sello esta última, según un pensador alemán contemporáneo, de la vida civilizada), desde el rigor del cálculo hasta la energía del método y la generosidad resuelta. "Dueño de la hora" llaman los musulmanes chiítas al anhelado Mahdi cuya venida justiciera aguardan; y dueños de la hora, de todas las horas, somos quienes hemos llegado al milagro discreto de sobreponernos a la contingencia y lo arbitrario. Para el puntual no hay obstáculos, pues precisamente en el vaticinio y control de éstos reside el secreto de su exactitud. ¡Ah, señores, qué sabe el desordenado o el volatinero del júbilo implacable que produce a cada instante el cumplimiento riguroso de un horario previsto! Vencer la conspiración de las cosas que trata de retrasarnos, de desviarnos o perdernos, es una nueva tarea hercúlea, vía esforzada pero serena hacia una perfección íntima libre de arrebatos. Lo que he logrado dando la vuelta al mundo en ochenta días no es ni más arriesgado ni más meritorio que la precisión cronométrica con la que desde hace veinte años tomo mis almuerzos en el Reform Club. Nada he ganado en este viaje que ya antes no tuviera, nada salvo el derecho a no moverme más de mi centro natural... ¿Y Aouda, me preguntarán ustedes? Señores, se trata sencillamente de mi mujer y yo no vengo a este club a dar publicidad a mi vida privada.»
 

miércoles, 3 de mayo de 2017

"El atestado".- Jean-Marie Gustave Le Clézio (1940)


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«El pequeño Adam va a cumplir doce años; al caer la tarde, en la granja, mientras llueve en el exterior, mientras oye que traen las vacas por los caminos huecos, mientras escucha que toca el ángelus, mientras siente que la tierra se marchita, coge una gran cartulina azul y dibuja el mundo.
 [...]
 Es un mundo extraño, de todas formas, el que dibuja el niño Adam. Un universo seco, matemático casi, en el que todo se comprende fácilmente, según una criptografía cuya clave es inminente; dentro de la línea marrón que hace marco a la cartulina, se puede instalar sin esfuerzo un pueblo numeroso: los comerciantes, las madres, las niñas, los diablos y los caballos. Allí están congelados rasgo por rasgo y su materia es indisoluble, independiente, está compartimentada. Es casi de creer que hay una especie de dios en lata que lo gobierna todo, con el dedo y con el ojo, y que les dice a todas las cosas, "sed". Es de creer también que todo está en todo, indefinidamente. Es decir, tanto en el dibujo torpe de Adam niño, como en el calendario de la Alimentación Rogalle, o en un metro cuadrado de tela Príncipe de Gales.
 Para dar otro ejemplo de una locura que se había hecho familiar a Adam, se podría hablar de la célebre Simultaneidad. La Simultaneidad es uno de los elementos necesarios para la Unidad que un día había presentido Adam, ya sea durante la historia del Zoo, ya sea por culpa del Ahogado, ya sea a propósito de muchas otras anécdotas que voluntariamente se ignoran aquí. La Simultaneidad es la aniquilación total del tiempo y no del movimiento; esta aniquilación debe ser concebida, no forzosamente en forma de experiencia mística, sino mediante un recurso constante a la voluntad de absoluto en el razonamiento abstracto. Se trata, a propósito de un acto cualquiera, pongamos fumar un pitillo, de tener conciencia indefinidamente, durante el gesto mismo, de los millones de otros pitillos verosímilmente fumados por millones de otros individuos sobre la tierra. Sentir millones de ligeros cilindros de papel, separar los labios y filtrar unos cuantos gramos de aire mezclado con humo de tabaco; a partir de ese momento, el gesto de fumar se vuelve único. Se metamorfosea en un Género; puede intervenir el mecanismo habitual de la cosmogonía y de la mitificación. Lo que, en un sentido, es ir en dirección opuesta al sistema filosófico normal, que parte de un acto o de una sensación, para desembocar en un concepto que facilite el conocimiento.
 Este proceso, que es el de los mitos en general, el nacimiento, la guerra, el amor, las estaciones del año o la muerte, se puede aplicar a todo: todos los objetos, una astillita de cerilla encima de una mesa de caoba barnizada, una fresa, el sonido de un reloj, la forma de una Z son recuperables sin límite  en el espacio y el tiempo. Y, a fuerza de existir millones y decenas de millones de veces al mismo tiempo que su vez, se vuelven eternos. Pero su eternidad es automática: no tienen necesidad alguna de haber sido creados nunca y se hallan en todos los siglos y en todos los lugares. Todos los elementos del teléfono están en el rinoceronte. El papel de lija y la linterna mágica han existido siempre; y la luna es el sol y el sol la luna, la tierra marte júpiter un whisky con soda y ese peregrino instrumento que pronto van a descubrir, que servirá para crear objetos o para destruirlos, y cuya composición ya es conocida de memoria.
 Para comprender bien esto, habría, como Adam, que intentar la vía de las certidumbres, que es la del éxtasis materialista. Así el tiempo se empequeñece cada vez más; sus ecos se hacen cada vez más cortos; como un movimiento de balancín que ya no está sostenido, los años de antes se convierten rápidamente en meses, los meses en horas, segundos, cuartos de segundo, 1/1000, y luego, de repente, de un plumazo, no queda nada. Has desembocado en el único punto fijo del universo y, poco más poco menos, eres eterno. Es decir, un dios, porque no tienes ni que existir ni que haber sido creado. No es cuestión de inmovilización psicológica ni propiamente hablando de misticismo o de ascesis. Porque no son la búsqueda de una posible comunicación con Dios ni el deseo de eternidad los que motivan esta expresión. Sería una debilidad más por parte de Adam el querer triunfar sobre la materia, sobre su propia materia, empleando los mismos medios que esa materia.
 No es francamente cuestión de deseo; como antes no era francamente cuestión de los cigarrillos que se pueden fumar sobre la tierra. No, lo que mueve a Adam es la reflexión, la meditación lúcida. Partiendo de su propia carne humana, de su suma de sensaciones presentes, se reduce a la nada mediante el doble sistema de la multiplicación y de la identificación. Gracias a esos dos datos, puede razonar tan bien en el futuro como en el presente y el pasado. En la medida en que se tomen esas palabras en su justo valor, es decir, en tanto en cuanto palabras. O en lo cercano o en lo lejano. Poco a poco se reduce a la nada por la autocreación. Ejerce una especie de simpoesía, y acaba no en Belleza, Fealdad, Ideal, Felicidad, sino en olvido y ausencia. Pronto ya no existe. Ya no es él mismo. Está perdido, débil parcela que continúa moviéndose, que continúa describiéndose. No es ya más que un aparecido difuso, solo, eterno, desmesurado, terror de las ancianas solitarias, que se crea, muere, vive y revive y se abisma en la tiniebla, centenares, millones y decenas de millones de una vez infinita, ni uno ni el otro.»