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jueves, 29 de abril de 2021

Andanzas y viajes.- Pedro Tafur (1410-1487)


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Viaje al imperio alemán

Brujas

 «Partí de Broselas en compañía de un cavallero, capitán del Esclusa, a quien el bastardo me avíe encomendado. E fuemos aquel día a comer a una villa donde no fallamos vino e yo dixe que no queríe comer fasta llegar a Brujas, donde lo fallaríamos. E él dixo que allí estava una dueña su parienta, abadesa de un monasterio, e que embiaría a ella a saber si lo tenía, e así lo fizo. E el abadesa embiole dezir que ella tenía asaz vino, pero que no lo daríe si no fuese a comer con ella e levase al cavallero de España. E fuemos allá e recibionos muy alegremente e fuemos muy bien refrescados. E en fin del comer ella me dixo cómo avíe venido en romería a Santiago e avíe recebido tanta honor de castellanos que no sabía en qué lo satisfazer, e que me rogava que reposase allí algunos días e descansaría de tan luengos caminos e que como fijo sería tratado, e yo tóvegelo en mucha merced e tomé licencia de ella. E partimos para Brujas e llegamos a ora de viespras, e fue a posar a un mesón que llaman del Ángel, e el capitán del Esclusa, que viníe conmigo, fuese a su lugar e rogome que fuese allí a aver placer con él e yo prometígelo.
 Esta cibdad de Brujas es una gran ciudad muy rica e de la mayor mercaduría que ay en el mundo, que dizen que contienden dos lugares en mercaduría, el uno es Brujas en Flandes, en el Poniente, e Veneja, en el Levante. Pero a mi parecer e aun lo que todos dizen, es que muy mucho mayor mercaduría se faze en Brujas que no en Veneja. Helo por qué es esto: en todo el Poniente no ay otra mercaduría sino en Brujas, bien que de Inglaterra algo se faze, e allí concurren todas las naciones del mundo e dizen que día fue que salieron del puerto de Brujas setecientas velas. Veneja es por el contrario, que bien que muy rica sea, pero no fazen otros mercaduría en ella salvo los naturales. Esta cibdad de Brujas es en el condado de Frandes e cabeça de él, es gran pueblo e muy gentiles aposentamientos e muy gentiles calles, todas pobladas de artesanos, muy gentiles iglesias e monasterios, muy buenos mesones, muy gran regimiento así en la justicia como en lo ál. Aquí se despachan mercadurías de Inglaterra e de Alemaña e de Bravante e de Olanda, e de Stlanda e de Borgoña e de Picardía a aun gran parte de Francia. E este parece que es el puerto de todas estas tierras e aquí lo traen para lo vender a los de fuera, como si dentro de casa lo toviesen.
 La gente es muy industriosa a maravilla, que la esterilidad de la tierra lo faze, que en la tierra nace muy poco pan e vino no ninguno, e no ay agua, que de bever sea ni fruta ninguna, e de todo el mundo les traen todas las cosas e han grande abastamiento de ellas por levar las obras de sus manos. E de aquí se tiran todas las mercadurías que van por el mundo, e paños de lana e paños de ras e toda tapetería e otras muchas cosas necessarias a los ombres, de que aquí abundosamente es fenchida. Ay en ella una casa muy grande sobre un piélago de agua, que viene de la mar por el Esclusa. A esta llaman la Hala, do descargan las mercadurías e fázese en esta guisa: en aquella parte del Poniente crece la mar mucho e mengua e desde el Esclusa fasta Brujas, que será dos leguas y media, ay una acequia grande e fonda como río e a trechos están puestos como aguatochos de aceñas, que alçándolos entra el agua e echándolos ni puede más ir ni más salir. E cuando la mar crece, cargan aquellos barcos e van al Esclusa con sus mercadurías por la corriente e, cuando la mar es llena, atapan el agua, e aquellos barcos que fueron descargan e cargan de otra mercaduría e con aquella agua que los levó, como vacía la mar, buelven ellos con la menguante. E así se sirven por su industria de aquel agua, que es un gran cargo e descargo e, si lo oviesen de fazer con las bestias, sería grandísima costa e grande empacho.
 Esta cibdad de Brujas es de muy gran renta e de gente muy rica. E pocos días avíe que se avíen rebelado contra el duque, e aún estando él dentro, e salió fuera él e su muger e gentes, e armó contra ellos e fízoles guerra e tomolos por fuerça e fizo en ellos un gran castigo así en la vida como en las faziendas. Yo vi en torno de Brujas, e desde ahí al Esclusa e en torno al Esclusa, muchos maderos altos e en ellos cabeças de ombres fincadas. La gente desta tierra es de gran pulicía en el vestir e muy costosa en los comeres e muy dados a toda luxuria. Dizen que en aquella Hala avían libertad las mugeres que querían, fuese quien se pagase de ir de noche a estar allí, e los ombres que allí ívan podían traer a quien quisiese e echarse con ella, por condición que no se trabajase por las ver ni saber quién son, que merecíe muerte quien tal feziese y a los combites de los baños los ombres con las mugeres por tan honesto lo tienen como acá visitar los santuarios. E sin duda aquí gran poder tiene la deesa de la Luxuria, pero es menester que no les venga ombre pobre, que seríe mal recebido. E ciertamente quien gran dinero toviese e voluntad de lo despender, bien fallaríe allí sola en aquella ciudad lo que por todo el mundo nace. Allí vi las naranjas e las limas de Castilla, que parece que entonces las cogen del árbol. Allí las frutas e vinos de la Grecia, tan abondosamente como allá. Allí vi las confaciones e especerías de Alexandría e de todo el Levante, como si allá estoviera. Allí vi las pelleterías del mar Mayor, como si allí nacieran. Allí estava toda Italia con sus brocados e sedas e arneses e todas las otras cosas que en ella se fazen. Así que no ay de parte del mundo cosa donde allí no se fallase lo mejor que en ella ay.
 Avíe en aquel año que allí fui muy gran carestía de pan. Partí de allí por ver el Esclusa, que es el puerto de la mar de Brujas, e fui a posar con el capitán. E estando en la iglesia mayor oyendo misa, llegó a mí una mujer e díxome que quería fablar comigo en secreto cosa que me cumplíe. E llevome a su casa, que era cerca de aí, e mostrome dos moças e dixo que tomase cual de ellas quisiese. E yo pregunté qué era la cabsa por que lo fazíe. E dixo que muríe de fambre e que tantos días avíe que no comíe sino de los pescadillos de la mar e que aquellas dos moças muríen de fambre, e dixo cómo eran moças vírgines. E yo tomele juramento a ella y a ellas que tal cosa no fiziesen con ninguna persona, e que el año siguiente se mostrava ya bueno e que para ellas tres pasarían comunalmente con lo que yo les dava, e diles seis ducados venecianos e así me partí de ellas. Esta fambre fue la mayor que jamás fue vista e tras ella vino tan gran pestilencia que los lugares quedavan despoblados.
Resultado de imagen de andanzas y viajes catedra pedro tafur E yo reposé aquí con el capitán dos días e vi bien la tierra, que es lugar de más de mil el quinientos vecinos e muy fuerte de muro e de fosado, e muy lleno a no caber en las posadas de gentes estrangeras e muy grandes mercadurías. Allí fallé muchos castellanos e de otras naciones que conocía. El puerto desta villa es muy trabajosa la entrada por los bancos, que dizen, pero después de entrados están seguros e, como la mar finche mucho, entra fasta la villa e a la menguante quedan muchos en seco, pero en un sablón grande e fondo, que así están tan bien posadas como en el agua. Parece que la mitad del mundo armó para combatir aquella villa, tan gran flota está siempre en ella e de todo linage de navíos, así que carracas e naos e úricas de Alemaña e galeas de Italia, e barcas e vallineres e crieles e otros muchos navíos, según las maneras de las tierras. E allí, puesto que sean enemigos, pero cumple que en el puerto ni en la tierra no muestren los omecillos, mas cada uno ande derecho e seguramente faga su mercaduría, que si lo contrario feziese, seríe muy cruelmente castigado. Allí verés todas las naciones del mundo comer en un pesebre sin rifar. En este lugar del Esclusa estuve dos días con el capitán de ella e bolvime a Brujas.

 Gante

 E partí de Brujas e fui en Picardía a una ciudad que se llama Ras, que es del duque de Borgoña. Es muy gentil cibdad y muy rica, mayormente destos paños de paredes e toda tapecería e, puesto que ya en otras partes los labran, pero con todo eso bien se parece la ventaja de lo que se faze en Ras. En esta cibdad se fizo el ayuntamiento cuando la concordia entre el rey de Francia e el duque de Borgoña. E en esta cibdad estuve tres días e quise pasar en Normandía por ver a Roán e de ahí a París. E era tan grande la mortandad, que ove de dexar mi camino e bolvime a la cibdad de Brujas en Flandes. E por cuanto yo avía puesto allí cierta moneda en el cambio, ove de requerir a los que lo tenían e fallé que todos los mercaderes eran idos a la feria de Anveres, que es en Bravante.
 E estuve en Brujas un día e de ahí partí  e fui en dos jornadas a la ciudad de Gante, que es en el condado de Flandes. Esta es una de las grandes cibdades del mundo en la cristiandad e muy fuerte en demasiada manera, aunque llana, pero bien murada e buena barrera e muchos fosados por manera que ninguna gente con gran trecho no se puede acostar en ella, muy fornida en armas e de todas artillerías de guerra. Dizen que, según la orden que ellos tienen, que cada vecino tenga un arnés e una lança, que ay sesenta mil ombres de armas a pie e, comoquiera que sea o por recelo, siempre están proveídos de bastimentos, dizen ellos que para seis años e que cada año lo renuevan. Pero agora ovieron cuestión con el duque, su señor, e ovo de venir sobre ellos e turó el cerco gran tiempo, pero al fin los tomó e a gran vergüenza de ellos. E dizen que los fizo salir desnudos en camisa a demandarle perdón e que le otorgaron muchas cosas de gran sujeción, e así se partió de ellos. Pero primero gastó asaz e perdió de los buenos que él teníe e un fijo suyo, e micer Jaques de la Ben, que fizo armas en Castilla, allí murió de un golpe de espingarda. Esta cibdad es muy grande e muy populosa e muy rica por cabsa de las mercadurías, que entra el agua salada fasta ella e entran muchos navíos. Bien avíe que dezir desta ciudad, sino por no alargar e enojar con escritura.»
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2018, en edición de Miguel Ángel Pérez Priego, pp. 283-289. ISBN: 978-84-376-3817-1.]
                             

sábado, 10 de noviembre de 2018

Principios de economía política.- Carl Menger (1840-1921)


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Capítulo II:- Economía y bienestar económico
4.-La riqueza

«En líneas anteriores hemos denominado a la totalidad de los bienes de que dispone una persona su posesión de bienes y hemos designado a la totalidad de los bienes económicos de que dispone un sujeto económico como su riqueza. Por consiguiente, no pueden considerarse como partes de su riqueza los bienes no económicos de que dispone un sujeto o agente económico, ya que no son objeto de su actividad.
 Hemos visto también que bienes económicos son aquellos cuya cantidad disponible es menor que la necesidad que se tiene de los mismos. Así pues, la riqueza podría también definirse como "la totalidad de aquellos bienes de que dispone un sujeto económico, cuya cantidad es menor que la necesidad de los mismos". Por consiguiente, en una sociedad en la que pudiera disponerse de todo tipo de bienes en cantidades siempre superiores a su necesidad no habría ni bienes económicos ni "riqueza". La riqueza es, pues, una medida para el grado de plenitud con que una persona que desarrolla su actividad económica en igualdad de situación con otras puede satisfacer sus necesidades. Pero no es una medida absoluta, porque el supremo bienestar de todos los individuos de una sociedad se alcanzaría cuando las cantidades de bienes disponibles de esta sociedad fueran tan grandes que nadie necesitara poseer riquezas.
 Estas observaciones podrían contribuir a la solución de un problema que, en razón de las aparentes antinomias de que adolece, es muy adecuado para suscitar desconfianza sobre la exactitud de los principios básicos de nuestra ciencia. Ya se ha aludido antes al hecho de que una continua multiplicación de los bienes puestos a disposición de los agentes económicos acabaría por despojarlos de su carácter económico, de modo que las partes constitutivas de la riqueza tendrían que ir disminuyendo continuamente. Surgiría entonces la auténtica contradicción de que una continuada multiplicación de los objetivos-riqueza tendría como consecuencia inevitable la disminución de estos mismos objetos.
 Supongamos, por ejemplo, que la cantidad de agua mineral disponible en una población es menor que su necesidad. En consecuencia, las cantidades parciales de este bien de que disponen las concretas personas económicas, así como los manantiales, son bienes económicos, partes constitutivas de la riqueza. Pero sigamos suponiendo que, repentinamente, de algunos arroyos comienzan a manar aguas salutíferas en tal cantidad que pierden su anterior carácter económico. Entonces, es bien seguro que las cantidades de agua mineral a disposición de los sujetos económicos antes de la producción de dicho suceso, y los manantiales mismos, dejarían de ser partes constitutivas de la riqueza y se produciría el caso de que la continuada multiplicación de dichas partes tendría como consecuencia  ineludible una disminución de la riqueza total.
 Esta paradoja, a primera vista, tan sorprendente, demuestra ser, bajo un atento análisis, sólo aparente. Los bienes económicos son, como ya vimos antes, aquellos cuya cantidad disponible es inferior a la necesidad de los mismos, es decir, bienes de los que hay una ausencia parcial. La riqueza de los agentes económicos no es otra que la totalidad de estos bienes. Pero si la cantidad disponible de los mismos aumenta constantemente, hasta que acaben por perder su carácter económico, entonces ya no hay carencia de los mismos y salen del círculo de aquellos bienes que forman parte de la riqueza de los hombres económicos, es decir, del círculo de aquellos bienes de los que hay carencia parcial. No existe evidentemente ninguna contradicción en la circunstancia de que la continuada multiplicación de un bien de la que hubo antes escasez acabe en definitiva por eliminar dicha escasez.
 Más bien cabe decir que el principio de que la continuada multiplicación de los bienes económicos desemboca finalmente en la disminución de aquellos bienes de los que hubo antes escasez es algo tan evidente para cualquiera como el principio opuesto de que la continuada disminución, durante un tiempo prolongado, de los bienes que sobreabundaban (de los bienes no económicos), llevará también finalmente a que estos bienes, de los que ahora hay escasez parcial, acaben por convertirse en partes constitutivas de la riqueza y que aumente por tanto el círculo de estas últimas.
 Así pues, la mencionada paradoja, que, por lo demás, no se presenta sólo en el ámbito de los objetos de riqueza, sino de forma análoga también en el ámbito del valor y de los precios de los bienes económicos, es sólo aparente y descansa en último término en el desconocimiento de la esencia de la riqueza y de sus partes constitutivas.
 Hemos definido la riqueza como la totalidad de los bienes económicos de que dispone un sujeto económico. Así pues, toda riqueza supone un sujeto económico o al menos un sujeto que puede llegar a serlo. Las cantidades de bienes económicos destinadas a un objetivo determinado no son, por tanto, riqueza en el sentido económico de la palabra, porque la ficción de una persona jurídica puede ser útil para los objetivos jurídicos prácticos o para las construcciones jurídicas teóricas, pero es inoperante para nuestra ciencia, que rechaza las ficciones. Y así, las llamadas "riquezas fundacionales" son cantidades de bienes económicos destinadas a fines concretos, pero no son riqueza en el sentido económico de la palabra.
 El anterior problema nos lleva al otro de la esencia de la riqueza nacional. Los Estados, cada una de las partes de un país, los municipios y comunidades disponen de ordinario, para satisfacer sus necesidades y poder alcanzar sus objetivos, de cantidades de bienes económicos. Aquí los economistas políticos no necesitan recurrir a la ficción de una persona jurídica. Para ellos existe, sin ficción, un agente económico, una sociedad que administra mediante sus propios órganos ciertos bienes económicos, de los que dispone para la satisfacción de sus necesidades, asignándoles un destino. No existe, pues, inconveniente en admitir que hay una riqueza del Estado, del "Land" o región, del municipio, de una corporación.
 Otro es el caso cuando se utiliza la expresión "riqueza nacional". Aquí no se trata de la totalidad de los bienes económicos de que dispone un pueblo para la satisfacción de sus necesidades, que administra a través de sus propios órganos y a los que asigna su destino, sino de la totalidad de aquellos bienes que están a disposición de cada uno de los individuos y de las sociedades económicas de un pueblo y de este mismo pueblo, para sus fines individuales. Se trata, pues, de un concepto que se diferencia en algunos puntos esenciales de lo que hemos llamado riqueza.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1985, en traducción de Marciano Villanueva. ISBN: 84-7530-261-0.]

sábado, 6 de mayo de 2017

"El pan salvaje".- Piero Camporesi (1926-1997)

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2.-El pan huidizo

 «Los intelectuales y los literatos barrocos, rodeados por las amenazadoras multitudes de pordioseros y de montañeses sin pan, por las descompuestas y vociferantes procesiones del hambre, se van a defender -conforme a su tradicional inclinación- disparando cínicas y venenosas andanadas contra la marea de harapientos, contra las "hormigas holgazanas". Tal es el caso de Baldassare Bonifacio, que durante 1629 vive en Treviso una agitada crisis pauperista, plasmada al poco tiempo en los sonetos crueles y corrosivos de Il paltoniere.
 La angustia de unos pocos frente al fluctuar enloquecido, por las calles, de los innumerables devoradores de basuras, los hombres-oruga, los hombres-insecto; la ansiedad de los grupos del poder en relación con la grande y amenazadora proliferación incontrolada de miserables y con el espectro de una sociedad negativa que, reacia a la integración, enarbola la ilusoria bandera de una sociedad que se opone a ellos, conforman en los sonetos de Bonifacio la imagen obsesiva de la marea que sube irremediablemente hasta provocar la asfixia final. La tensión entre las castas se traslada a una serie metafórica de versos, de los que se desprende el medroso desprecio de los hombres del pan blanco hacia los hombres del pan negro o de los sin pan, los "llamapuertas" o "matapanes" que engrosaban -amenazadores cual una rabiosa plaga de langostas- la "gran nube de pícaros y de listos".
 En realidad, más allá de su efecto literario y de la dramatización ritual del tumulto y del miedo, los tumultos de los depauperados, aun cuando pudieran suscitar inquietud y desconcierto, no pasaban de algunos saqueos incontrolados, incapaces de transformarse en algo más que una rabiosa pero caótica y efímera rebelión. Los estereotipos lingüísticos de la violencia y de la rebelión se transmiten de siglo en siglo según las letanías de la desesperación, que tienen en común el mismo registro tenso y emocionado; así en el Libro del biadaiolo del siglo XIV, en el que la carestía (al igual que, por lo demás, en los sonetos de Bonifacio) habla con los acentos de la tragedia dantesca. Pero no dejan de ser estereotipos lingüísticos, en tanto que los propios protagonistas de las insurrecciones "no se mostraban interesados en cambiar las estructuras de la sociedad en que vivían".
 En una sociedad fragmentada y cerrada en un número muy elevado de gremios, la noción de "clase" no podía tener ningún sentido. Los estatus medievales conformaban la estructura de un mundo en lentísima evolución, en el que la vida colectiva se modificaba con enormes dificultades y, se diría, casi con repugnancia. Castas y gremios paralizaban el nacimiento de la idea, totalmente decimonónica, de "clase". La liberación del "mal de vivir" no se perseguía políticamente sino con métodos de saneamiento directos, como el gran consumo de bebidas alcohólicas, las prácticas sexuales exageradas y "salvajes", las fiestas rituales, la transgresión privada o de grupo de la norma civil o religiosa. Los sueños no estimulaban fermentos revolucionarios sino viajes a la evasión imaginaria. Las utopías -incluso las más radicales- se esfuman en las fabulaciones doctrinales y sapienciales. Incluso el gran mito de Jauja no llega ser nunca el motor de una auténtica renovación política y social, a pesar del deseo reinante de la equitativa posesión comunitaria de los bienes materiales y de la propiedad, a pesar del sueño de la eterna juventud, del amor no controlado socialmente y del eros no institucionalizado.
 En los años de coyuntura adversa, los pequeños propietarios de tierras, obligados a vender sus campos a la gran propiedad a precios de usura, acababan de pordioseros por los caminos. Hasta el olímpico Alvise Cornaro amplió enormemente sus ya grandes propiedades utilizando a menudo, como hombre de confianza, intermediario y corredor, al poeta Angelo Beolco, el Ruzante...
 El pan de los pobres, los harapientos, los desocupados y especialmente de aquellos que, víctimas de una lógica económica y social paradójica, lo producían, es decir, los campesinos, es un pan que huye continuamente, inalcanzable como en una pesadilla a cámara lenta, de interminable duración. En los años malos se soñaba, en ilusionada espera, a partir de finales de otoño, con la época de las nuevas cosechas, con el verano y sus frutos, con la estación en la que se podría volver a sentir el sabor del "pan nuevo".
 El Menego del Dialogo facetissimo, de Ruzante, representado durante la escasez de 1528, cuenta, ayudándose con los dedos, los meses que le separan del pan huidizo:
 "Enero, febrero, marzo, abril, mayo y hasta medio junio para el trigo. [Suspira] ¡Oh, no llegaremos nunca! Caramba, es un año muy largo éste. Yo sé que el pan se escapa de nosotros, sí, más que los gorriones del halcón."
 El registro cómico de este diálogo (facetissimo -jocosísimo- sólo por antífrasis) sirve para alejar al terrible enemigo, el hambre, exorcizándolo con el humor y se desahoga con amplio repertorio inventivo en las agridulces ocurrencias de los campesinos, en sus trucos ideados para contrarrestar las necesidades alimenticias: trágicas bufonadas inventadas por quien tiene la carne torturada por la cizaña del hambre. Esta imagen cruel, extraída de los horrores de las cámaras de tortura, es desplazada después y se vuelve inocua con los ridículos expedientes encontrados para intentar desviar o, por lo menos, atenuar las duras leyes de la necesidad del hambre, del fatum fisiológico, proponiendo el uso de astringentes como las serbas, o la surrealista estratagema de "taparse el agujero de debajo". De este modo, los excrementos, al no poder salir, mantendrían los intestinos llenos [...]
 Como una amarga paradoja, se busca la enfermedad para apagar el hambre, porque como Menego le explica a Duozo, "intento enfermar por todos los medios porque, compadre, cuando estoy enfermo se me quita el hambre, y con tal de no tener hambre yo ya no querría nada más."
 Los pordioseros del campo recitaban inútilmente refranes falsamente consoladores, letanías surgidas de la resignada y desconsolada cohabitación con el hambre milenario. También se anhelaba la estación de las hierbas, no sólo la de los cereales y las legumbres: "Cuando haya pasado todo enero, saldrá un poco de hierba y crecerá como los hombres". La hierba les ayudaría a sobrevivir, [...]»


lunes, 29 de junio de 2015

"Los novios".- Alessandro Manzoni (1785-1873)


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Capítulo XII

 "Apenas se acabó de recoger aquella tan miserable cosecha, cuando las provisiones para el ejército y el desorden que siempre las acompaña la redujo a tal extremo, que empezó a experimentarse la escasez y, tras ella, a su tan doloroso como seguro y a veces tan saludable resultado: la carestía.
 Pero cuando la carestía llega a cierto punto, nace siempre (o al menos lo hemos visto hasta ahora y si esto sucede en el día después de tantos y tan juiciosos escritos sobre esta materia, ¿qué no sucedería entonces?), digo que nace y toma cuerpo el rumor público de que no es la escasez quien la motiva. Se olvidan las gentes de que la temieron y vaticinaron y suponen, desde luego, que hay todo el grano que se necesita y que el mal dimana de que no se vende lo suficiente para el consumo; suposiciones todas infundadas pero que lisonjean, al mismo tiempo, la cólera y la esperanza; se atribuye la carestía a los tratantes de grano, verdaderos o imaginarios; a los propietarios de tierras, que no lo vendían todo en un día; a los panaderos que lo compraban; en una palabra, a cuantos por sus tráficos en estos artículos se supone que ocultan grandes acopios. Éstos eran el objeto de las quejas universales y de la ira de las personas bien o mal vestidas. Se citaban los almacenes; se decía dónde estaban los graneros llenos y apuntalados; se indicaba el número prodigioso de sacos almacenados; se hablaba como de cosa cierta de las inmensas cantidades de cereales que se enviaban furtivamente a otros países, en los cuales probablemente se clamaba con igual furor y certeza, suponiendo que con sus granos venían secretamente a Milán. Se imploraban de los magistrados aquellas providencias que a la muchedumbre parecen siempre, o a lo menos han parecido, equitativas, sencillas y eficaces para hacer salir a la plaza el grano que suponían escondido, emparedado y sepultado en silos, y restablecer la abundancia. Los magistrados echaban mano de cuantos medios les dictaba aquel apuro, como el de fijar el precio máximo de algunos géneros, de imponer penas a los que se negaban a vender y otros de la misma especie. Pero como la eficacia de las disposiciones humanas, por muy enérgicas que sean, no alcanzan a disminuir la necesidad de comer, ni a producir cosechas fuera de tiempo, y las que se tomaban entonces no eran a la verdad las más oportunas para atraer los víveres de los  puntos en que pudiese haber abundancia de ellos, el mal duraba y aumentaba de día en día. La muchedumbre lo atribuía a la falta o a la flojedad de los remedios y reclamaba a gritos otros más decisivos y eficaces. Por desgracia, dio con un hombre a medida de su deseo.
 En ausencia del gobernador o capitán general don Gonzalo Fernández de Córdoba, que se hallaba en el sitio de Casale de Monferrato, hacía sus veces en Milán el gran canciller don Antonio Ferrer, también español. Persuadido (¿y quién no lo estaría?) de que el precio moderado del pan sería una cosa excelente, se figuró (aquí está el error) que una orden suya bastaría para disminuirlo; y en este supuesto fijó la meta (así llaman en Milán la tasa en materia de comestibles), fijó la meta del pan como si el trigo se vendiese al precio de treinta y tres libras el moyo*, siendo así que se vendía a ochenta. Hizo con esto todo lo que haría una vieja que creyese que podría rejuvenecer falsificando su bautismo.
 Órdenes menos absurdas y menos injustas habían quedado más de una vez sin efecto por la resistencia misma de las cosas; pero en la ejecución de ésta se interesaba mucho la muchedumbre que, viendo por fin convertido en ley su deseo, no sufriría ciertamente que quedase ilusoria. En efecto, acudió en el momento a las panaderías a pedir pan al precio tasado y acudió con aquella resolución y aquel tono amenazador que inspiran las pasiones apoyadas en la ley y en la fuerza. No hay que preguntar si los panaderos pusieron el grito en el cielo. Amasar y cocer en el horno sin cesar (porque el populacho, aunque tenía vaga conciencia de que aquello era arbitrario y violento, asaltaba las tahonas para aprovechar la pasajera ganga); derrengarse, digo, más que costumbre, y sudar sangre para vender con semejante pérdida, puede cada cual figurarse qué placer debía ser. Pero los magistrados, por una parte, y, por otra, el pueblo estrechaban y, a la menor tardanza en ser complacidos, murmuraban y amenazaban sordamente con una de sus sentencias, que son las peores de cuantas se ejecutan en el mundo; así que los pobres panaderos no tenían otro recurso sino el de amasar, cocer y vender pan sin descanso. Sin embargo, para poder seguir en tal tarea, no bastaban ni las órdenes rigurosas ni el terrible miedo que los desdichados tenían. Era necesario que la cosa fuese posible; y hubiera dejado de serlo a poco más que durase aquel estado".

*El moyo equivalía a un hectolitro y medio.