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lunes, 8 de enero de 2018

La casa. Historia de una idea.- Witold Rybczynski (1943)


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Capítulo 2: Lo íntimo y lo privado

«La Edad media no sólo produjo libros miniados sino también las gafas, no sólo la catedral sino también la mina de carbón. Ocurrieron cambios revolucionarios tanto en la industria primaria como en la manufactura. El primer caso registrado de producción en serie -de herraduras- se produjo durante la Edad Media. Entre los siglos X y XIII una explosión tecnológica produjo el reloj mecánico, la bomba de succión, el telar horizontal, la noria, el molino de viento e incluso, a ambos lados del Canal de la Mancha, el molino movido por las mareas. La base económica de toda esta actividad técnica estaba formada por las innovaciones en la agricultura. El arado de vertedera y la idea de la rotación de los cultivos aumentaron la productividad en nada menos que un 400% de forma que los rendimientos agrícolas del siglo XIII no se superarían hasta después de transcurridos 500 años. En lugar de ser un Agujero Negro tecnológico, la Edad Media señaló el auténtico comienzo de la industrialización en Europa. La influencia del período se sintió por lo menos hasta el siglo XVIII en todos los aspectos de la vida cotidiana, comprendidas las actitudes hacia la casa.
 Todo comentario sobre la vida doméstica durante este período debe incluir una importante advertencia: no puede referirse a la mayor parte de la población, que era pobre. Al hablar del otoño de la Edad Media, el historiador J. H. Huizinga hablaba de un mundo de grandes contrastes, en el cual la salud, el dinero y el amor (el viejo brindis) se apreciaban tanto por lo raros que eran como por sus beneficios. "En la actualidad, difícilmente podemos comprender con qué avidez se disfrutaba de un abrigo de piel, un buen fuego en la chimenea, una cama blanda, un vaso de vino". También señala que el arte popular medieval, que nosotros apreciamos por su sencilla belleza, era apreciado por sus creadores por su esplendor y pompa. Su suntuosidad sobredecorada, que solemos pasar por alto, es una prueba de lo que hacía falta para impresionar a un público cuya sensibilidad estaba apagada por las horribles condiciones en las que vivía. Los desfiles dispendiosos y los festivales religiosos que caracterizaron aquella época no pueden comprenderse sólo como festejos sino también como un antídoto contra la miseria de la vida cotidiana.
 Los pobres tenían unas viviendas malísimas. No tenían agua corriente ni saneamiento, casi ningún mueble y pocas posesiones, situación que, al menos en Europa, continuó hasta principios del siglo XX. En las ciudades, sus casas eran tan pequeñas que la vida familiar corría peligro; aquellas zahúrdas diminutas de una sola habitación eran poco más que refugios en los que dormir. Sólo había espacio para los recién nacidos: a los hijos mayores se los separaba de sus padres y se los enviaba a trabajar como aprendices o sirvientes. El resultado de aquellas privaciones, según algunos historiadores, fue que para aquellos miserables no existían conceptos como el de "casa" y "familia". El hablar de confort o de incomodidad en esas circunstancias es absurdo; se trataba meramente de existir.
 Si bien los pobres no compartían la prosperidad medieval, había una clase diferente de personas que sí: los que vivían en las ciudades. La ciudad libre fue una de las innovaciones más importantes y más originales de todas las ocurridas en el Medievo. Otras sociedades podrían haber inventado los molinos de viento y las norias, y los inventaron, pero la ciudad libre, separada del campo predominantemente feudal, era algo exclusivamente europeo. Sus habitantes -los francs bourgeois, los burghers, los borghese, los burgueses- crearían una nueva civilización urbana. La palabra bourgeois apareció por primera vez en Francia a principios del siglo XI. Se refería a los mercaderes y los vendedores que vivían en ciudades amuralladas, se gobernaban mediante concejos elegidos y en la mayor parte de los casos sólo debían lealtad al rey (que estableció la ciudad libre o franca), en lugar de a un señor. Esos "ciudadanos" (la idea de la ciudadanía nacional es muy posterior) se distinguían del resto de la sociedad, que era feudal, eclesiástica o agrícola. Eso significaba que, al mismo tiempo que se arrastraba a los vasallos a alguna guerra local, los burgueses de las ciudades  gozaban de un grado considerable de independencia y podían beneficiarse de la prosperidad económica. Lo que sitúa al burgués en el centro de mi análisis del confort doméstico es que, al contrario que el aristócrata, que vivía en un castillo fortificado, o el clérigo, que vivía en un monasterio, o el siervo, que vivía en una choza, el burgués vivía en una casa. Aquí empieza nuestro examen de la casa.
 La casa urbana burguesa típica del siglo XIV combinaba la residencia con el trabajo. Los solares para viviendas tenían fachadas limitadas a la calle, dado que la ciudad medieval fortificada tenía por fuerza una gran densidad de construcción. Aquellos edificios largos y estrechos solían tener dos pisos sobre un sótano que se utilizaba como almacén. El piso principal de la casa, o por lo menos la parte que daba a la calle, era una tienda o -si el propietario era un artesano- un lugar de trabajo. La parte residencial no consistía, como cabría prever, en una serie de habitaciones; por el contrario, no había más que una gran cámara que ascendía hasta el cielo raso. La gente cocinaba, comía, recibía y dormía en este espacio. Sin embargo, los interiores de las casas medievales reconstruidas siempre parecen vacíos. Las grandes habitaciones tienen sólo unos cuantos muebles, un tapiz en la pared, un taburete junto a la gran chimenea. Este minimalismo no es una afectación moderna; las casas medievales tenían pocos muebles. Los que había eran un poco complicados. Los bancos servían tanto para guardar cosas como para sentarse en ellos. Los menos acomodados utilizaban a veces un arca (truhe) como una especie de cama; dentro de ella se guardaba la ropa que por la noche servía del colchón. Eran comunes los bancos, los taburetes y las mesas de tijeras desmontables. Las camas también eran abatibles, aunque a fines de la Edad Media los personajes más importantes dormían en grandes camas permanentes, por lo general arrimadas a un rincón. Las camas también servían de asiento, pues la gente se sentaba, se tumbaba y se acuclillaba donde pudiera, en bancos, taburetes, cojines, escalones y a veces el suelo. A juzgar por las pinturas contemporáneas, en la Edad Media cada uno adoptaba la postura que le apetecía.
 Donde no solía sentarse mucho la gente era en sillas. Los egipcios de la era faraónica habían utilizado sillas y los griegos antiguos las llevaron a la perfección en cuanto a elegancia y comodidad en el siglo V a. de C. Los romanos las introdujeron en Europa, pero tras el derrumbamiento de su imperio se olvidó la silla. Resulta difícil saber exactamente cuándo reapareció, pero en el siglo XV ya volvían a utilizarse las sillas. ¡Pero qué sillas más diferentes! [...] Durante la Edad Media, las sillas -incluso las butacas, que tenían forma de cajas- no tenían por objeto ser confortables, eran símbolos de autoridad. Había que ser importante para sentarse en una silla: la gente sin importancia se sentaba en bancos. Como ha dicho un historiador, si uno tenía derecho a silla, se sentaba tieso en ella, nadie se repantigaba jamás.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Nerea, 2003, en traducción de Fernando Santos Fontenla. ISBN: 84-89569-14-2.] 
 

martes, 2 de mayo de 2017

"Juegos inocentes juegos".- Ricardo Gómez Gil (1954)

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Siete

«Tres días a la semana, de siete a ocho más o menos, salgo a correr por el barrio. Hace un par de años decidí que era una excusa para huir de casa, aunque también aprovecho para mover el culo porque paso la mayor parte del día sentado, en el instituto, leyendo o con el ordenador.
 [...] Cuando mi padre se fue de casa, mi madre tuvo que buscar trabajo. Hasta entonces, habíamos vivido ni bien ni mal, pero cuando nos quedamos solos mi hermana, mi madre y yo las cosas debieron de ir fatal, aunque a los nueve años no te enteras de los detalles, claro. En eso, mi padre no se portó mal del todo, pues siguió pagando la hipoteca de la casa como si viviera allí y eso que su sueldo no debía de dar para mucho.
 Las máquinas tienen una ventaja enorme en relación con los humanos: se apagan y dejan de funcionar; se encienden y listas otra vez. A mí me gustaría tener un interruptor en el coco; quedarme en standby para respirar, mirar, leer y cosas de esas sin tener que ocuparme de asuntos que a veces me martillean en la cabeza. Si alguien pudiera oír mis pensamientos creería que soy un obseso, y a lo mejor es cierto.
 Otras ventajas de las máquinas: carecen de remordimientos, de escrúpulos y de responsabilidades.
 Estoy seguro de que las cosas se van a poner de verdad chungas para los humanos cuando las máquinas sean más listas y desarrollen algo parecido a los sentimientos y la verdad es que pienso que no falta mucho para eso. Lo de Terminator es ficción, claro y yo no creo que los tiros vayan por ahí, pero que las cosas van a cambiar, eso es seguro.
 A mí me gustaría que los ordenadores tuvieran un código moral, que dijeran qué cosas están bien y qué otras están mal. Te evitarías muchos problemas.
 Hace dos años instalaron en el instituto una intranet y dieron a los profesores PDAS para controlar las asistencias y todo eso. Al principio fue de traca. Lo que antes se hacía con una lista de papel en un minuto, duraba diez porque algunos tutores se liaban con la dichosa maquinita. Yo me partía la caja recordando las clases de la academia. Bueno, pasado el tiempo eso se fue resolviendo.
 Pero lo de la intranet es de verdad serio y yo no sé cómo es posible que alguien no se haya puesto a controlar de verdad el que sea un sitio a prueba de mirones.
 En cuanto supe la dirección del instituto no me llevó más de dos horas entrar a fisgar. ¡Se ve todo! Hay insensatas que dedican su correo a ligar con insensatos, intercambios de fotos y direcciones que servirían para chantajear a más de uno, chismes entre camarillas de profes en que despellejan a otros colegas, exámenes que circulan de aquí para allá... La gente se mueve por ahí creyendo que eso es seguro, pero a veces tuve la sensación de que era como el patio de vecinos de mi casa y de que yo era el hombre invisible y que podía sentarme al lado de alguien para escuchar sus confidencias más íntimas.
 Durante unos meses confieso que dedicaba un rato a echar un vistazo, por el morbo de enterarme de lo que no debía. El profesor de química, por ejemplo, redactaba sus exámenes en casa y se los enviaba al instituto para imprimirlos allí, supongo. Era como llamar a mi puerta y dármelos en mano. Una profesora de educación física recibía en su casa a algunos chicos y chicas de bachillerato y debía de montar unos fiestones de cuidado; cuando la veía luego en la cancha de deportes, entendía algunos gestos suyos que antes me habían pasado inadvertidos.
 A medida que fue pasando el tiempo mi fisgoneo comenzó a darme asco. Era como ver la suciedad de la gente. Aunque el más sucio era yo.
 A eso me refiero cuando hablo de que sería bueno que las máquinas tuvieran criterios morales. Si vas a entrar a un sitio prohibido, el ordenador debería negarte el acceso. Así no sería responsabilidad tuya tomar esa decisión.
 Hace mucho yo presumía ente mis compañeros de lo mucho que sabía de todo esto. Ahora, ni se me ocurre decirles qué puedo hacer.
 Estaba en segundo cuando un chico algo mayor del instituto me pidió que le crackeara un juego. No tardé ni media hora. A la mañana siguiente se lo entregué y me regaló un reloj, una birria de esas con correa de plástico negro y todo lleno de números, que cuesta diez euros en el mercadillo pero que yo lucí los días siguientes con orgullo. ¡Mi primera hazaña de cara a los colegas!
 Pocos días más tarde, me pidió que hiciera lo mismo con otro. y luego con un tercero. y luego, con un Quark Xpress, creo que se llamaba. Cada vez me regalaba algo: una calculadora científica, una radio con auriculares, un boli con puntero láser... La gente de clase flipaba con aquellos artilugios tan chulos y me pedían que les copiase juegos, les arreglara los ordenadores estropeados, les instalara tarjetas de sonido... A cambio, me regalaban algo, porque yo les decía una frase que repetía mi padre y que me parecía muy importante: "Todas las cosas tienen un precio". Recuerdo que los padres de un chico tenían un puesto de fruta en el mercadillo al que iba mi madre. Todos los sábados de un mes comprábamos gratis y mi madre no entendía el porqué; le parecía que aquella familia era simplemente muy generosa con ella.
 Como ocurre en los cuentos la felicidad no podía ser eterna. Un día, dos tipos vinieron al instituto preguntando por mí. Me llevaron al despacho del director y llamaron a mi madre. Eran polis. Me acusaban de ser parte de una red de estafadores o algo parecido. Entonces supe que el hermano del chico que me había pedido que le desprotegiera esos programas tenía una tienda de electrónica e informática. ¡Se había montado un negocio de programas fusilados y había conseguido vender no sé cuántos cientos de miles de euros! De esto me enteré en el juicio. También, de que los dos me acusaban de ser yo casi el cerebro de la operación. Con eso de que yo era menor, trataban de ponerse a salvo de la tormenta.
 Para mi pobre madre, aquel no fue el disgusto de su vida porque había sufrido desgracias mayores, pero pasó una temporada aterrorizada cuando alguien llamaba a la puerta o sonaba el teléfono. Uno de los abogados pedía que mis padres pagaran una millonada y ella se veía sin casa y fregando escaleras varios miles de años. Todo se aclaró y no pasó nada mucho más, aunque una jueza me echó una buena bronca y me hizo devolver la morralla que me habían regalado, que entregué en una bolsa de papel. Era pura porquería. Para entonces, ni el reloj daba la hora ni el puntero láser era capaz de escupir un chorrito de luz.
 Así que no me extraña que la pobre mujer ande un poco nerviosa cada vez que llama esa. A saber qué imagina.»