miércoles, 3 de mayo de 2017

"El atestado".- Jean-Marie Gustave Le Clézio (1940)


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«El pequeño Adam va a cumplir doce años; al caer la tarde, en la granja, mientras llueve en el exterior, mientras oye que traen las vacas por los caminos huecos, mientras escucha que toca el ángelus, mientras siente que la tierra se marchita, coge una gran cartulina azul y dibuja el mundo.
 [...]
 Es un mundo extraño, de todas formas, el que dibuja el niño Adam. Un universo seco, matemático casi, en el que todo se comprende fácilmente, según una criptografía cuya clave es inminente; dentro de la línea marrón que hace marco a la cartulina, se puede instalar sin esfuerzo un pueblo numeroso: los comerciantes, las madres, las niñas, los diablos y los caballos. Allí están congelados rasgo por rasgo y su materia es indisoluble, independiente, está compartimentada. Es casi de creer que hay una especie de dios en lata que lo gobierna todo, con el dedo y con el ojo, y que les dice a todas las cosas, "sed". Es de creer también que todo está en todo, indefinidamente. Es decir, tanto en el dibujo torpe de Adam niño, como en el calendario de la Alimentación Rogalle, o en un metro cuadrado de tela Príncipe de Gales.
 Para dar otro ejemplo de una locura que se había hecho familiar a Adam, se podría hablar de la célebre Simultaneidad. La Simultaneidad es uno de los elementos necesarios para la Unidad que un día había presentido Adam, ya sea durante la historia del Zoo, ya sea por culpa del Ahogado, ya sea a propósito de muchas otras anécdotas que voluntariamente se ignoran aquí. La Simultaneidad es la aniquilación total del tiempo y no del movimiento; esta aniquilación debe ser concebida, no forzosamente en forma de experiencia mística, sino mediante un recurso constante a la voluntad de absoluto en el razonamiento abstracto. Se trata, a propósito de un acto cualquiera, pongamos fumar un pitillo, de tener conciencia indefinidamente, durante el gesto mismo, de los millones de otros pitillos verosímilmente fumados por millones de otros individuos sobre la tierra. Sentir millones de ligeros cilindros de papel, separar los labios y filtrar unos cuantos gramos de aire mezclado con humo de tabaco; a partir de ese momento, el gesto de fumar se vuelve único. Se metamorfosea en un Género; puede intervenir el mecanismo habitual de la cosmogonía y de la mitificación. Lo que, en un sentido, es ir en dirección opuesta al sistema filosófico normal, que parte de un acto o de una sensación, para desembocar en un concepto que facilite el conocimiento.
 Este proceso, que es el de los mitos en general, el nacimiento, la guerra, el amor, las estaciones del año o la muerte, se puede aplicar a todo: todos los objetos, una astillita de cerilla encima de una mesa de caoba barnizada, una fresa, el sonido de un reloj, la forma de una Z son recuperables sin límite  en el espacio y el tiempo. Y, a fuerza de existir millones y decenas de millones de veces al mismo tiempo que su vez, se vuelven eternos. Pero su eternidad es automática: no tienen necesidad alguna de haber sido creados nunca y se hallan en todos los siglos y en todos los lugares. Todos los elementos del teléfono están en el rinoceronte. El papel de lija y la linterna mágica han existido siempre; y la luna es el sol y el sol la luna, la tierra marte júpiter un whisky con soda y ese peregrino instrumento que pronto van a descubrir, que servirá para crear objetos o para destruirlos, y cuya composición ya es conocida de memoria.
 Para comprender bien esto, habría, como Adam, que intentar la vía de las certidumbres, que es la del éxtasis materialista. Así el tiempo se empequeñece cada vez más; sus ecos se hacen cada vez más cortos; como un movimiento de balancín que ya no está sostenido, los años de antes se convierten rápidamente en meses, los meses en horas, segundos, cuartos de segundo, 1/1000, y luego, de repente, de un plumazo, no queda nada. Has desembocado en el único punto fijo del universo y, poco más poco menos, eres eterno. Es decir, un dios, porque no tienes ni que existir ni que haber sido creado. No es cuestión de inmovilización psicológica ni propiamente hablando de misticismo o de ascesis. Porque no son la búsqueda de una posible comunicación con Dios ni el deseo de eternidad los que motivan esta expresión. Sería una debilidad más por parte de Adam el querer triunfar sobre la materia, sobre su propia materia, empleando los mismos medios que esa materia.
 No es francamente cuestión de deseo; como antes no era francamente cuestión de los cigarrillos que se pueden fumar sobre la tierra. No, lo que mueve a Adam es la reflexión, la meditación lúcida. Partiendo de su propia carne humana, de su suma de sensaciones presentes, se reduce a la nada mediante el doble sistema de la multiplicación y de la identificación. Gracias a esos dos datos, puede razonar tan bien en el futuro como en el presente y el pasado. En la medida en que se tomen esas palabras en su justo valor, es decir, en tanto en cuanto palabras. O en lo cercano o en lo lejano. Poco a poco se reduce a la nada por la autocreación. Ejerce una especie de simpoesía, y acaba no en Belleza, Fealdad, Ideal, Felicidad, sino en olvido y ausencia. Pronto ya no existe. Ya no es él mismo. Está perdido, débil parcela que continúa moviéndose, que continúa describiéndose. No es ya más que un aparecido difuso, solo, eterno, desmesurado, terror de las ancianas solitarias, que se crea, muere, vive y revive y se abisma en la tiniebla, centenares, millones y decenas de millones de una vez infinita, ni uno ni el otro.»


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