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jueves, 5 de marzo de 2020

Las profecías.- Michel Nostradamus (1503-1566)


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Prefacio. A César Nostradamus, vida y felicidad

«[…] Considerando también que las aventuras aquí definidas no están determinadas; y que todo es regido y gobernado por el poder inconmensurable de Dios, que nos inspira, no con la embriaguez, ni con los movimientos del delirio sino por afirmaciones astronómicas: han hecho predicciones animadas por la única voluntad divina y, particularmente, por el espíritu de profecía. Cuántas veces, desde hace mucho tiempo, en varias ocasiones, he predicho con mucha antelación lo que después ha sucedido, y ello en regiones particulares, atribuyéndolo todo a la acción de la virtud y la inspiración divina, así como otras aventuras felices o desgraciadas anunciadas por adelantado, en su acelerada instantaneidad, que han sucedido en diversas latitudes del mundo. Pero he querido callarme y abandonar mi obra a causa de la injusticia, no sólo de los tiempos actuales sino también de la mayor parte de los tiempos futuros; no he querido ponerlo por escrito porque los gobiernos, las sectas y los países sufrirán cambios tan opuestos, incluso diametralmente opuestos a los del presente, que si yo intentara contar lo que será el porvenir, los hombres de gobierno, de secta y de religión y convicciones, lo hallarían tan poco acorde a sus fantasiosos oídos, que serían llevados a condenar lo que podrá verse y reconocerse en los siglos por venir. Considerando también la sentencia del verdadero salvador: No deis a los perros lo que es sagrado y no arrojéis las perlas a los cerdos, por temor a que las pisoteen y se vuelvan luego contra vosotros. Razón por la cual he escondido mi lenguaje a la gente popular y he retirado mi pluma del papel, luego he querido extender mi declaración con respecto a la llegada de lo común, por medio de frases ocultas y enigmáticas con respecto a las causas por venir, incluso las más próximas, y aquellas que he percibido, aunque se produzca algún cambio humano, no escandalizarán a los oídos frágiles, pues todo ha sido escrito en forma nebulosa, más que cualquier profecía; hasta el punto de que eso ha sido ocultado a los sabios, a los prudentes y a los reyes, y revelado a los pequeños y a los humildes y, por la mediación de Dios inmortal, a los profetas que han recibido el espíritu de vaticinio, por el que ven las cosas lejanas y consiguen prever los acontecimientos futuros: pues nada puede realizarse sin él; tan grande es el poder y la bondad para los sujetos a quienes han sido entregados que, mientras meditan en ellos mismos, eso sujetos son sometidos a otros efectos que tienen como origen el buen espíritu; ese calor y ese poder vaticinador se acercan a nosotros: como lo hacen los rayos del sol que ejercen su influencia en los cuerpos simples y compuestos. Por lo que se refiere a nosotros, que somos humanos, nada podemos por nuestro conocimiento natural y nuestra inclinación de espíritu, para conocer los secretos ocultos de Dios el Creador. Porque no nos toca conocer el tiempo ni el momento, etc. Hasta el punto de que personajes por venir pueden ser vistos ya ahora, porque Dios el Creador ha querido revelarlos por medio de imágenes impresas, con algunos secretos del porvenir, de acuerdo con la astrología estimativa, como los del pasado, por cierto poder y facultad queridos eran dados por ellos, como la llama aparece del fuego, que, inspirándoselos, le llevaba a juzgar las inspiraciones divinas y humanas. Pues Dios viene a terminar las obras divinas que son todas absolutas: la mediana que está entre Ángeles, la tercera los malvados. Pero, hijo mío, te hablo aquí de un modo excesivamente oculto. Pero en cuanto a los vaticinios ocultos que se reciben del espíritu sutil del fuego, que excita la comprensión contemplando el más elevado de los astros, como en estado de vigilia, al igual que por publicaciones, estando sorprendido de publicar escritos sin temor a ser alcanzado por una impudente locuacidad: pero porque todo procedía del poder divino del gran Dios eterno de quien procede toda bondad. Además, hijo mío, yo no he insertado aquí el nombre de profeta, no quiero atribuirme un título tan sublime en el tiempo presente pues, quien hoy se llama profeta, antaño era llamado vidente; pues profeta, hablando con propiedad, hijo mío, es el que ve las cosas lejanas por medio del conocimiento natural de toda criatura.
Resultado de imagen de las profecias nostradamus barcanova Y puede suceder que el profeta, por medio de la luz perfecta de la profecía, haga aparecer, de modo manifiesto, cosas divinas y humanas, porque eso no puede hacerse de otro modo, dado que los efectos de la predicción futura se extienden muy lejos en el tiempo. Pues los secretos de Dios son incomprensibles y la virtud causal toca la larga extensión del conocimiento natural, tomando su más inmediato origen en el libre arbitrio, hace aparecer las causas que por ellas mismas no pueden hacer adquirir estos conocimientos para ser revelados, ni por las interpretaciones de los hombres ni por otro modo de conocimiento o ciencia oculta bajo la bóveda celeste, desde el momento presente hasta la total eternidad que comprende la globalidad del tiempo. Por medio de esta indivisible eternidad, por una poderosa agitación epileptiforme, las causas son conocidas por el movimiento del ciclo. No digo yo, hijo mío, para que lo comprendas bien, que el conocimiento de esta materia no pueda imprimirse todavía en tu débil cerebro, a saber que las causas futuras muy lejanas no se hallen al alcance del conocimiento de la criatura racional, si estas causas son llevadas sin embargo al conocimiento de la criatura de alma intelectual, cosas presentes y lejanas no le son ni demasiado ocultas ni demasiado reveladas; pero el perfecto conocimiento de estas causas no puede adquirirse sin la inspiración divina; visto que toda inspiración profética extrae su principal origen de la emoción de Dios el Creador, y luego de la suerte y de la naturaleza. Porque las causas indiferentes son producidas y no producidas indiferentemente, el presagio se realiza en parte tal como fue predicho. Pues la comprensión creada por la inteligencia no puede adquirirse de modo oculto sino por la voz hecha con la ayuda del zodíaco, por medio de la llamita en la que se desvelarán una parte de las causas futuras. Y también, hijo mío, te suplico que jamás emplees tu entendimiento en tales ensoñaciones y vanidades que desecan el cuerpo y acarrean la perdición del alma, turbando nuestro débil sentido, y sobre todo en la vanidad de la más que execrable magia reprobada antaño por las escrituras sagradas y los divinos Cánones, al inicio de los cuales se efectúa el juicio de la Astrología estimativa: por medio de la cual, con el socorro de la inspiración y de la revelación divina, por continuas suputaciones, he redactado por escrito mis profecías.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Barcanova, 1982, en edición de Jean-Charles de Fontbrune y traducción de Manuel Serrat Crespo. ISBN: 84-85923-97-9.]

lunes, 26 de junio de 2017

"Historias del Imperio Romano".- Amiano Marcelino (h. 330-h. 395)

 
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Libro XVIII

  Beneficios de la presencia de Juliano en las Galias. Cuida de que en todas partes se administre bien la justicia. Repara las murallas de los fuertes reconquistados al enemigo en las orillas del Rhin, tala parte del territorio de los alemanes y obliga a cinco reyes suyos a pedir la paz y devolver los prisioneros. Barbación, jefe de la infantería, es decapitado con su esposa por orden de Constancio.

«En cuanto llegó la estación propicia para la campaña, Juliano reunió las tropas y se puso a su frente. Gran deseo tenía, antes de que estuviesen muy empeñadas las hostilidades, de apoderarse y poner en estado de defensa muchas ciudades fuertes cuya destrucción databa de antiguo, y también en reedificar sus almacenes de subsistencias, que habían sido incendiados, y en los que se proponía guardar las ordinarias remesas de granos de la Bretaña. Los almacenes, rápidamente construidos, quedaron en seguida repletos de víveres; ocupó siete ciudades, a saber, el campo de Hércules, Quadriburgium, Tricesimo Novesium, Borma, Autunnacum y Bingio, donde se le reunió oportunamente Florencio, prefecto del pretorio, que le traía refuerzos y víveres para larga campaña.
 Faltaba reedificar las murallas de las siete ciudades, obra esencial y que urgía dejar terminada antes de que pudiesen entorpecerla. En esta ocasión pudo apreciarse el ascendiente que había conquistado el César, por temor, sobre los bárbaros y por amor, sobre los soldados. Los reyes alemanes, fieles al pacto ajustado el año anterior, enviaron en carros parte de los materiales necesarios para las construcciones, y se vio a los soldados auxiliares, tan recalcitrantes para este servicio, prestarse gozosos al deseo del general, hasta el punto de llevar alegremente a hombros vigas de cincuenta y más pies, y ayudar con todas sus fuerzas a los trabajos de la construcción.
  Tocaba a su término la obra, cuando volvió Hariobaudo a dar cuenta de su misión, siendo su llegada la señal de marcha, poniéndose en movimiento todo el ejército hacia Moguntiacum, donde se promovió agrio altercado, sosteniendo Florencio y Lupicino, que había sucedido a Severo, que era necesario lanzar allí un puente para cruzar el río, y negándose Juliano con inquebrantable persistencia, porque si se sentaba el pie en territorio de los reyes con quienes estábamos en paz, las costumbres devastadoras de los soldados acarrearían inevitablemente la ruptura de los tratados.
  Entretanto, aquella parte del pueblo alemán contra la que se dirigía la expedición, viendo acercarse el peligro, intimó con amenazas al rey Suomario, uno de los comprendidos en los tratados anteriores, que nos impidiesen pasar el Rhin; porque en efecto, sus posesiones tocaban a la otra orilla. Declarando éste que con sus fuerzas solas no podría conseguir el objeto, marchó de pronto a aquel punto imponente masa de bárbaros, decidida a emplear todos los esfuerzos para evitar el paso del ejército; comprendiéndose entonces que el César había tenido doblemente razón en su negativa, y que para lanzar el puente era necesario buscar el punto más favorable, allí donde no hubiese exposición de devastar tierras de su amigo, ni sacrificar multitud de vidas en desesperada lucha con aquella multitud.
  Los bárbaros de la otra orilla seguían atentamente todos nuestros movimientos. En cuanto veían desplegar las tiendas, hacían alto y pasaban la noche con las armas en la mano, esperando alarmados alguna tentativa nuestra para pasar el río. Llegando al fin al punto elegido, el ejército descansó después de haberse fortificado. El César llamó a Lupicino a consejo, y dio a los tribunos de su mayor confianza la orden de tener dispuestos trescientos hombres armados a la ligera y provistos de estacas, sin explicar en qué quería emplearlos, ni qué servicio iban a prestar. A media noche hizo montar el destacamento en cuatro barcas, no habiendo podido procurarse más, mandándoles bajar el río con el mayor silencio, sin emplear siquiera los remos, por temor de que su ruido llamase la atención de los bárbaros y emplear todos los esfuerzos posibles para ganar la otra orilla, mientras el enemigo tenía fija la atención en nuestras hogueras.
  Cuando se preparaba esta sorpresa, el rey Hortario que, sin pensar en enemistarse con nosotros conservaba relaciones de buena vecindad con sus compatriotas, había invitado a los reyes alemanes, enemigos nuestros, con sus parientes y vasallos a un festín que, según la costumbre de estos pueblos, se prolongó hasta la tercera vigilia de la noche. La casualidad hizo que, al retirarse, se encontrasen con los nuestros, no siendo muerto ni hecho prisionero ninguno de los convidados, gracias a la velocidad de sus caballos, que lanzaron al azar; pero de los esclavos y criados que les seguían a pie escaparon muy pocos, y estos lo debieron a la obscuridad.
  Habían pasado el río, y lo mismo que las expediciones anteriores, los Romanos consideraban terminados sus trabajos, puesto que habían alcanzado al enemigo; pero la sorpresa aterró a los reyes alemanes y a toda su multitud, cuya única idea consistía en impedir la construcción de un puente.
 Entonces tuvo lugar una dispersión general, y a la indomable furia siguió en cada cual vivo apresuramiento por buscar a lo lejos seguridad para sí propio, para su familia y bienes. Entonces se construyó el puente sin obstáculos, y la población alemana, contra lo que esperaba, vio a nuestras legiones cruzar sin causar daño alguno las posesiones del rey Hortario; pero en cuanto hollaron tierra enemiga, todo lo llevaron a sangre y fuego.
  Después de degollar multitud de habitantes y de incendiar sus débiles moradas, el ejército, que ya no encontraba más que moribundos o gentes que pedían perdón, llegó al fin al punto llamado Capellatium o Palas, donde se encontraban los mojones que señalaban los límites de los territorios alemanes y de los burgondios. Allí acamparon los Romanos para recibir en actitud menos hostil la sumisión de dos hermanos, los reyes Macriano y Hariobaudo, que habían oído venir el huracán y se apresuraban a conjurarlo: ejemplo que siguió inmediatamente el rey Vadomario, cuyas posesiones lindaban con Rauracos, y que hizo valer en favor suyo una carta muy afectuosa de Constancio; por lo que se le recibió con las consideraciones debidas a un príncipe adoptado desde muy antiguo por el Emperador como cliente del pueblo romano. Macriano, lo mismo que su hermano, se veían por primera vez en medio de nuestras águilas y estandartes; y asombrado por el aspecto de nuestros soldados y la brillante variedad de las armas, se apresuró a pedir gracia para los suyos. Vadomario, que era vecino nuestro y desde muy antiguo estaba en relaciones con nosotros, no se cansaba de admirar nuestro aparato militar, pero como quien no lo contemplaba por primera vez. Después de larga deliberación, al fin se acordó conceder la paz a Macriano. En cuanto a Vadomario, como tenía el encargo, además del cuidado de sus propios intereses, de solicitar a nombre de los reyes Urio, Ursicino y Velstrapo, había dificultades para la contestación.   
  Los bárbaros no se ligan por convenio, y un tratado concluido por intermediario no habría tenido fuerza para ellos desde el momento en que no los contuviese la presencia del ejército. Pero en cuanto quemaron sus mieses y sus casas, y mataron o cogieron parte de sus gentes, se apresuraron a negociar por legados directos y suplicaron con el mismo tono que si hubiesen causado los estragos, que habían sufrido: humildad que les valió paz en iguales condiciones que a los otros, imponiéndoles la inmediata entrega de todos los prisioneros que habían hecho en sus excursiones.
  Mientras, con el auxilio divino, se restablecían nuestros negocios en las Galias, en la corte de Constancio iba a surgir otra tempestad política, sirviendo un incidente baladí de preludio a escenas de luto y lágrimas. En la casa de Barbación, general de la infantería, se había presentado un enjambre de abejas. Inquieto por el presagio, consultó con los adivinos, respondiéndole éstos que se encontraba en vísperas de algún acontecimiento grave. Fundábase el pronóstico en la costumbre de espantar las abejas del punto donde han depositado el producto de su trabajo, ya ahumándolas o ya haciendo mucho ruido con címbalos. La esposa de Barbación, llamada Assyria, era tan indiscreta como imprudente, y, encontrándose ausente en una expedición su marido, muy preocupada por el vaticinio, ocurriósele, en su inquietud mujeril, dirigirle una carta lacrimosa en la que le pedía, como próximo sucesor de Constancio (cuya muerte consideraba Assyria muy cercana) que no la pospusiese a la emperatriz Eusebia, a pesar de su extraordinaria belleza. Habíase servido Assyria de una esclava muy hábil en escritura y cifras, recibida con la herencia de Silvano. Remitióse la carta con todo el secreto posible; pero, al regreso de la expedición, la esclava que la había escrito al dictado de su señora, se fugó una noche, recogiéndola apresuradamente Arbeción, a quién entregó una copia. No perdió éste tan preciosa ocasión para desplegar su destreza, y con la copia en la mano se presentó al Emperador. Como de costumbre, se procedió rápidamente. Barbación no pudo negar que había recibido la carta, y como su esposa quedó convicta de haberla escrito, ambos fueron decapitados. Pero no puso fin su muerte a los procedimientos, sino que sufrieron el tormento multitud de desgraciados, inocentes o culpables, encontrándose entre los primeros Valentino, que acababa de pasar de oficial de los protectores a tribuno: so pretexto de complicidad se le sujetó varias veces al tormento, que soportó hasta el fin, sin contestar otra cosa que su completa ignorancia de todo lo que había ocurrido. Más adelante, por vía de indemnización, le otorgaron el título de duque de Iliria.» 
 

lunes, 1 de mayo de 2017

"Las Argonáuticas".- Apolonio de Rodas (296 a.C. - 216 a.C.)


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Canto segundo

«De este modo, ellos, gracias a las habilidades de Tiflis, navegaban, aunque asustados. Al otro día ataron amarras en la tierra enfrente de Bitinia.
 Allí junto a la costa tenía su morada el Agenórida Fineo, que había sufrido las penas más terribles de todas a causa de su arte adivinatoria, la que le había ofrendado antes el hijo de Leto. Pero no había respetado ni el sagrado pensamiento del propio Zeus, al vaticinarlo con claridad a los hombres. Por ello precisamente el dios le había echado encima una larga vejez, y le arrebató la dulce luz de los ojos y no le dejaba gozar de los infinitos alimentos que siempre le traían a su casa los vecinos, que de continuo acudían a escuchar sus profecías. Sino que de improviso lanzábanse desde las nubes las Harpías y con sus garras se los arrebataban de su boca y de sus manos una y otra vez. Unas veces no le dejaban nada de comida y otras un poco, para que viviera lamentándose. Y echaban encima un olor nauseabundo. Nadie soportaba, no ya el llevarle los alimentos a su boca, ni siquiera asistir presente desde lejos. ¡Tan grande era la peste que exhalaban los restos de la comida!
 Tan pronto como oyó el griterío y el tumulto de la tropa, comprendió que estaban allí aquellos cuya llegada, según un oráculo de Zeus, le permitiría gozar de la comida. Alzándose de la cama, como la sombra de un sueño, apoyado en su bastón y con los pies torpes, avanzaba hacia la puerta tanteando los muros y le temblaban los miembros al marchar, de vejez y debilidad. Se había resecado su piel ennegrecida por la suciedad, y sólo el pellejo recubría sus huesos.
 Un nube purpúrea le envolvió y le pareció que la tierra le arrastraba en giros desde abajo y cayó desmayado y sin fuerzas para hablar. Ellos, cuando lo vieron, se reunieron a su alrededor, asombrados. Entonces Fineo, que apenas respiraba en su pecho hundido, les empezó a hablar con sus palabras proféticas:
 "¡Oíd, los más eminentes de los Griegos todos, si de verdad sois vosotros aquéllos a los que, por orden de un cruel rey, conduce sobre la nave de Argos en pos del vellocino áureo, Jasón! ¡Vosotros sois con certeza! ¡Aún mi mente lo sabe todo en su vaticinios! ¡Gracias te elevo ahora, soberano hijo de Leto, aun en medio de mis duras penalidades!
 ¡Por Zeus Icesio (el que acoge las súplicas), que es el más rígido contra los impíos, y por Febo, y por la propia Hera os suplico; por Hera, la que con interés especial entre los dioses se ha preocupado de que llegarais aquí! ¡Ayudadme, liberad a este hombre desgraciadísimo de su calamidad y no os vayáis despreocupadamente dejándome así! Ya que no sólo la Erinia me ha golpeado con su pie en mis ojos, y tengo que arrastrar hasta el fin una interminable vejez. Aún otro amarguísimo mal se añade encima a mis desgracias. ¡Las Harpías, que arrebatan de mi boca el alimento y que me caen encima de improviso con increíble furia! Sería más fácil que yo me olvidara del hambre que me atormenta que el ocultarles a ella mi comida. ¡Tan rápidas son en revolotear por los aires! Y si por casualidad me dejan alguna vez una pizca de alimento, éste apesta a putrefacto con un intenso hedor insoportable. Ninguno de los humanos resistiría unos instantes su proximidad, ni aunque tuviera incrustado un corazón de acero. Pero a mí desde luego la necesidad dolorosa e invencible me fuerza a quedarme allí, y quedándome a echármelo al estómago.
 Existe la profecía de que los hijos de Bóreas vendrán a rechazarlas. Y no serán unos extraños para mí quienes me protegerán de ellas. Porque en verdad que yo soy aquel Fineo que una vez antaño fui muy famoso entre las gentes por mi prosperidad y mi don profético. Y conduje a mi casa como esposa a la hermana de éstos, Cleopatra, yo que era rey de los Tracios, a cambio de mis regalos de boda."
 Cuando así hubo hablado el Agenórida, les entró a todos los héroes una profunda compasión por él., y especialmente a los dos hijos de Bóreas. Se acercaron a él los dos sollozando, y le dirigió Zetes la palabra del siguiente modo, mientras tomaba en su mano la diestra del anciano quejumbroso.
 "¡Ay, infeliz! Reconozco que no hay hombre más desgraciado que tú. ¿Por qué te han atacado tantas calamidades? Será sin duda que has ofendido a los dioses, tú que sabes las profecías, en algún momento de funesta insensatez. Por esa razón te guardan rencor. Pero aunque en nuestro interior se nos estremece el ánimo, estamos dispuestos a acudir en tu socorro, si sabes de cierto que la divinidad nos ha impuesto esta tarea a nosotros. Para los terrestres son, pues, exigencias las órdenes de los Inmortales. Pero no podemos rechazar a las Harpías que te atacan, aun con todos nuestros deseos, hasta que no jures que no incurriremos con ello en el odio de los dioses."
 Así habló. Hacia él alzó con fijeza el viejo sus vacías pupilas abiertas y le contestó con estas palabras:
 "¡Calla! ¡No pongas en tu pensamiento tales sospechas, por favor, hijo!  ¡Por el hijo de Leto, que me enseñó con benevolencia los vaticinios!  ¡Por la Ker de mal nombre, que me tocó en mi destino y por esta nube cegadora sobre mis ojos y por las divinidades de abajo!¡Que no sean ya jamás amistosas conmigo, ni siquiera al morir, si alguna enemistad de los dioses os puede alcanzar a causa de este auxilio!"
 Entonces ellos dos se animaron al oír sus juramentos, a protegerle. Pronto los criados hubieron preparado la comida al anciano, última presa de las Harpías. Cerca se colocaron los dos para alcanzarlas con sus espadas, en cuanto se presentaran. Y apenas el anciano había tocado el alimento, cuando como crueles tempestades o como rayos, de improviso surgidas de las nubes se lanzaron con estrépito ansiosas de su comida. Al verlas en medio, los héroes gritaron, y ellas, entre el vocerío, lo devoraron todo y pronto se hallaban volando, muy lejos sobre el mar, mientras allí habían dejado un hedor insoportable. A su vez, en pos de ellas los dos hijos de Bóreas con sus espadas en las manos corrían por igual. Pues Zeus les había infundido un coraje incansable. Decididamente no las seguían sin el apoyo de Zeus, ya que soplaban vientos del Oeste (el Céfiro) siempre, tanto al salir de casa de Fineo como al volver. Como los perros adiestrados en la caza corren tras el rastro de cornudas cabras o de corzos, y en toda el ansia de la persecución hacen rechinar los dientes en sus mandíbulas en el vacío, rozando la presa, así Zetes y Calais, muy presurosos, las alcanzaban casi con las puntas de sus manos.
 Y pronto hubieran despedazado a las Harpías sin el permiso de los dioses, al alcanzarlas muy lejos, junto a las islas, si no los hubiera visto la veloz Iris y hubiera saltado desde lo alto del cielo por el éter y los hubiera detenido diciéndoles esto:
 "No es lícito, hijos de Bóreas, que golpeéis con las espadas a las Harpías, las perras del gran Zeus. Yo os prestaré juramento de que no atormentarán ni atacarán más a Fineo."
 Tras decir esto, juró por el agua de la Estigia, que es muy temida y venerada por todos los dioses, que aquéllas ya no se acercarían de nuevo a la morada de Fineo, ya que así lo disponía el destino.
 Ellos cedieron ante su juramente y se volvieron para regresar salvos a la nave. Las gentes llaman Estrófadas por esta razón a las islas, que antes se llamaban Plotas.»

 

domingo, 2 de octubre de 2016

"Los persas".- Esquilo (525 a.C. - 456 a.C.)


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Sombra de Darío: Fieles entre los fieles, camaradas, ancianos persas, ¿qué le ocurre a Persia? Gime, se hiere el pecho, se abre el suelo. Y al ver junto a mi túmulo a mi esposa, temo, y con gusto acojo sus ofrendas. Mas vosotros, de pie, junto a mi tumba entonáis cantos lúgubres; con gritos que de la tumba llaman a los muertos, me conjuráis de un modo lastimero. Mas no es fácil salir y, a más, los dioses de abajo a asir están más inclinados que a soltar. Pero yo, mis privilegios he puesto en juego y aquí estoy. ¡Deprisa! No tengan que afearme mi tardanza. ¿Qué nuevo mal gravita sobre Persia?
  Coro. Estrofa 1ª: No me atrevo a mirarte cara a cara, y no me atrevo a hablar en tu presencia, por el respeto antiguo que te tengo.
  Sombra: Pues que vine de abajo oyendo tus lamentos, no con largos discursos, sino en forma concisa dilo todo y descuida el respeto que te impongo.
  Coro. Antístrofa 1ª: Temo cumplir tus deseos, temo hablar en tu presencia contando cosas duras a quien quiero.
  Sombra: Si tu antiguo respeto ha de ser un obstáculo, tú, noble esposa mía, compañera de lecho, pon fin a tus gemidos y a tus lamentos y habla. Humanas son las penas que alcanzan a los hombres: a miles del mar, a miles de la tierra asalta al hombre, los pesares, si su vida se alarga.
  Reina: ¡Oh, tú, varón, que a todos en dicha has superado! Pues que, mientras vivías, envidiado de todos los persas, una vida feliz, cual dios, llevaste. Y ahora yo te envidio porque has muerto sin ver este abismo de penas. Pues vas a oír, Darío, en forma bien concisa, todo nuestro infortunio. ¡Todo el imperio persa ha sido aniquilado!
  Sombra: ¿Fulminado de peste, o por guerra intestina?
  Reina: No, no; toda su hueste se ha hundido junto a Atenas.
  Sombra: Dime cuál de mis hijos se fue allá en son de guerra.
  Reina: El impetuoso Jerjes, vaciando el continente.
  Sombra: Y esa loca aventura, ¿tentóla a pie o en naves?
  Reina: De ambas formas: su hueste tenía doble frente.
  Sombra: ¿Y cómo tan gran hueste pudo cruzar las aguas?
  Reina: Con astucia, echando un puente sobre el Helesponto.
  Sombra: ¿Y pudo de esta forma obturar el gran Ponto?
  Reina: Así fue, y algún demon le ayudó en su designio.
  Sombra: Grande sería el demon para hacer tal locura.
  Reina: Puede verse el efecto; causó una gran ruina.
  Sombra: ¿Y qué les ha ocurrido, que gimen de esa guisa?
  Reina: Hundida, nuestra escuadra perdió a nuestros infantes.
  Sombra: ¿Así que el pueblo persa sucumbió ante las lanzas?
  Reina: Tanto, que Susa entera llora su falta de hombres.
  Sombra: ¡Nuestra estupenda fuerza, nuestro sostenimiento!
  Reina: Barrida Bactria entera ha sido, y no habrá anciano…
  Sombra: ¡Infeliz! ¡Qué fuerza de aliados ha perdido!
  Reina: Dicen que Jerjes, solo, con unos pocos hombres…
  Sombra: ¿Cómo ha acabado todo, y dónde? ¿Hay esperanzas?
  Reina: …gozoso alcanzó el punto que las dos tierras une.
  Sombra: ¿Y llegó a nuestra patria sano y salvo, no es cierto?
  Reina: Sí, que hay completo acuerdo; sobre eso no hay discordia.
  Sombra: ¡Ah! ¡Cuán presto se han cumplido aquellos vaticinios! De mi hijo en las espaldas Zeus cargó el cumplimiento. ¡Y yo que confiaba en que los dioses iban a retrasar su efecto! Mas cuando uno se empeña, los númenes ayudan y ahora se ha encontrado venero de miserias para quien amo, creo. Mi hijo, en su ignorancia, con juvenil arrojo la empresa ha realizado: ¡creer que con cadenas el Helesponto sacro, cual si fuera un esclavo, el Bósforo, corriente de un dios, parar podría, y cambiar su curso y que, unciendo su nuca, con grillos bien forjados a golpe de martillo, tendría ingente ruta para su ingente hueste! ¡Mortal era y creía –en su vana locura- sobre los dioses todos obtener la victoria, Posidón incluido! ¿No es verdad que mi hijo tiene la mente enferma? Yo abrigo un temor grande, que esa riqueza mía que tanto me ha costado en botín se convierta del primero que llegue.
  Reina: Tales son las lecciones que el trato con malvados ha inyectado en el alma del impetuoso Jerjes. Decían que tu inmensa fortuna con tu lanza para tus descendientes ganaste y que él, en cambio, preso de cobardía manejaba la pica en su casa tan solo, sin aumentar en nada la fortuna paterna. Día a día escuchando de labios de malvados reproches parecidos, contra Grecia decide mandar bélica hueste.  
  Sombra: Ellos han sido, pues, los que han causado este desastre inmenso, inolvidable que esta ciudad de Susa ha despoblado como nunca otro igual lo consiguiera desde el día en que Zeus, el señor nuestro, nos concediera el privilegio inmenso de que un solo monarca sobre el Asia con su cetro de jefe gobernara”.