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miércoles, 2 de febrero de 2022

La televisión.- Jean-Philippe Toussaint (1957)


Resultado de imagen de jean philippe toussaint  «Fue aquella tarde cuando experimenté la primera manifestación del mono. Había dejado de ver la televisión la víspera, aproximadamente a la misma hora en que acabó el Tour, y no fue hasta al ir a sentarme en el sofá del salón después de la llamada de Delon cuando sentí una sensación de dependencia, una especie de estado de dolor impalpable y difuso, que me atormentó aún varias veces durante el día, siempre que me quedaba un rato en el salón delante del televisor apagado. Se manifestaba por lo general en forma de accesos cortos y violentos, que me acometían y me dejaban un instante sin reacción, aunque en el instante mismo en que sufría sus punzadas podía soportarlas muy bien. Pues la esencia dolorosa de la dependencia no reside en el sufrimiento presente –la dependencia es indolora en el momento-, sino en la perspectiva del sufrimiento, en el dilatado futuro que cabe imaginar. Lo insoportable entonces en la dependencia es la duración, es el horizonte vacío que ofrece ante sí, es saber que permanecerá tanto tiempo como puedas imaginar. Hagas lo que hagas, te hallas a perpetuidad frente a un adversario que no tienes por dónde coger, pues la dependencia, por naturaleza, rehúye el combate y lo aplaza hasta el infinito, impidiéndote para siempre librarte de las tensiones que acumulamos inútilmente para vencerlo.
 Sentado en el sofá del salón delante del televisor apagado, miraba la pantalla frente a mí y me preguntaba qué estarían dando en ese momento. Una de las características de la televisión, cuando no se la mira, es hacernos creer que algo podría pasar si la pusiéramos, que algo podría ocurrir más fuerte y más inesperado de lo que de ordinario nos ocurre en la vida. Pero esta confianza es vana y, claro está, se ve perpetuamente decepcionada, pues no pasa nunca nada en la televisión, y el menor acontecimiento de nuestra vida personal nos afecta siempre más que todos los acontecimientos catastróficos o afortunados que podemos presenciar en la televisión. Nunca se produce el menor contacto entre nuestra mente y las imágenes de la televisión, la menor proyección de nosotros mismos hacia el mundo que ofrece, lo que hace que, sin el concurso de nuestro corazón, privados de nuestra sensibilidad y de nuestra reflexión, las imágenes de la televisión no remitan nunca a ningún sueño, ni a ningún horror, a ninguna pesadilla, ni a ninguna dicha, no susciten ningún impulso, ningún vuelo, y se limiten, favoreciendo nuestra somnolencia y engordando nuestras grasas, a tranquilizarnos.
[…]
 Hace algún tiempo, hice un extraño experimento viendo la televisión. Cuando uno ve la televisión está obligado a construir constantemente su propia imagen mental a partir de tres millones de puntos luminosos de intensidad variada que nos ofrece permanentemente la imagen televisada, completando así sucesivamente nuestra psique el proceso de configuración siempre progresiva de las imágenes que se nos presentan (lo cual parece bastante complicado a primera vista; pero, tranquilícense, el más modesto estudio de medición de audiencia tendería a demostrar que está al alcance de cualquiera). Aquella tarde, pues, haría una o dos semanas, había visto el telediario del segundo canal de la televisión alemana sentado en el sofá con una bandeja de comida como para ver la tele (tiempos dichosos que ya no volverán), descalzo y con la mano en el arco del triunfo, comiendo tranquilamente un muslo de pollo con mayonesa. Luego, con objeto de completar mi experimento con todo el rigor que me caracteriza, dejé el hueso del muslo en la mesita del salón, me limpié los dedos con una servilleta pequeña y, sin apartar la vista de la pantalla, concentrada la mente y alerta los ojos, me dio por contar una veintena de puntos luminosos en la pantalla, aunque, para ser más exactos, tengo que reconocer que no identifiqué ninguno, pero como, a pesar de todo, la imagen de un presentador seguía llegando a mi cerebro, deduje que, a partir de aquella veintena de puntos que debí de haber percibido en la pantalla, mi mente había podido reconstruir la totalidad de la citada imagen completándola lógicamente a partir de los elementos que se le suministraban, y llenando así línea por línea los puntos que faltaban para obtener la imagen completa y coherente de la cara con gafas de Jürgen Klaus, que presentaba el telediario del segundo canal de la televisión alemana aquella tarde, y después mientras seguía descomponiendo aquel rostro grave e impostado constituido por tres millones de puntos luminosos que, a razón de seiscientas veinticinco líneas por imagen y de cincuenta tramas por segundo, seguía presentando el telediario, me dije que no era Jürgen Klaus aquel presentador con gafas, sino Claus Seibel, los confundo un poco a todos esos presentadores de televisión, a pesar de los tres millones de puntitos de todos los colores que los caracterizan.
Resultado de imagen de jean philippe toussaint la televisison A eso de las ocho, como seguía estando en el salón, me entraron ganas de encender a televisión para ver los informativos (pero no lo hice, es eso lo que admiro en mí). Sentado en el sofá, con las piernas cruzadas, me preguntaba cuántos podíamos ser los que no veíamos la televisión en aquel momento, y hasta, de modo más general, cuántos éramos los que en el mundo habíamos dejado de ver definitivamente la televisión. Dada la falta de toda estadística precisa sobre el tema, el único criterio más o menos fiable para fijar la pertenencia a una categoría estadística tan vaga e indiscernible como la de las personas que no veían nunca la televisión no podía ser sino la ausencia del televisor en el hogar. Y ni siquiera era un criterio definitivo, ya que dejaba aparte a quienes como yo se hallaban en la situación paradójica de tener la televisión y no verla nunca (aunque, en mi caso, sólo había dejado de verla definitivamente desde hacía algo más de veinticuatro horas). Pero, en fin, no compliquemos las cosas, eso no modificaba el aspecto estadístico del asunto. No era descabellado suponer que la proporción de personas que tenían televisión y habían dejado de verla hacía menos de veinticuatro horas debía de ser ínfima. Por lo demás, según los pocos estudios que había podido leer sobre la cuestión, parecería que tan sólo un dos o tres por ciento de hogares en Europa no estaba dotado de televisor. Sumando este número a los atípicos casos de personas de mi especie que tenían televisión pero no la veían nunca, el resultado era, con todo, un total del tres por ciento del conjunto de la población europea absolutamente refractaria a la televisión. Y aun había que matizar este esperanzador número, teniendo en cuenta que nuestra muestra se componía esencialmente de vagabundos, de gente sin hogar, de delincuentes, de presos, de hospicianos y de enfermos mentales. Pues tal parece ser la característica principal de la categoría estadística de los hogares sin televisión: el carecer no tanto de televisor cuanto de hogar.
[…]
 John no tenía televisor, de todos modos. Lo que no le impedía, me explicó durante la cena, consultar regularmente los programas de la televisión en los periódicos, y hasta ver los que le interesaban, pidiendo prestado un televisor. Además, había observado que la gente era bastante reticente a prestar el televisor, los libros vale, tanto como se quiera, los discos, los vídeos, la ropa, ¿por qué no?, pero no el televisor. Era sagrado, y cada vez que le habían prestado uno, me explicó sonriendo, había advertido la angustia de los dueños en el momento en que se disponía a salir con el aparato; los niños, casi llorando en el salón bajo el ala consoladora del brazo de su padre, miraban a John desenchufando el aparato y los diferentes cables de la antena y del vídeo, y lo seguían tristemente por el pasillo cabizbajos, mientras John, con paso lento debido al peso del aparato que llevaba en vilo, salía al rellano y empezaba a bajar la escalera volviéndose para dar las gracias y prometer que devolvería el aparato tan pronto como hubiera visto el programa. Al llegar al patio de la casa, dejaba un instante el aparato en el suelo para recobrar el aliento antes de regresar andando a su casa si los amigos que le habían prestado el televisor no vivían demasiado lejos, o de lo contrario, lo cargaba cuidadosamente en un pequeño remolque enganchado a su bicicleta. Después de sujetar el aparato en el remolque con todo un juego de cuerdas y pulpos, se subía en la bicicleta y se alejaba pedaleando tranquilamente por la calle o por el carril bici, con el voluminoso aparato de televisión bien sujeto detrás de él en el remolque protegido por periódicos viejos y trapos, hasta tal punto que alguien que viera pasar semejante convoy por la calle y no conociera a John, lo tomaría seguramente por un chamarilero, cuando no se trataba, en definitiva, sino de un espectador.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1999, en traducción de Josep Escué, pp. 81-82, 89-91 y 101-102. ISBN: 84-339-0896-0.]

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Armas de destrucción matemática. Cómo el big-data aumenta la desigualdad y amenaza la democracia.- Cathy O'Neil (1972)


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Introducción


 «La crisis financiera dejó bien claro que las matemáticas, que una vez habían sido mi refugio, no sólo estaban profundamente involucradas en los problemas del mundo, sino que además agravaban muchos de ellos. La crisis inmobiliaria, la ruina de grandes entidades financieras, el aumento del desempleo: todo esto había sido impulsado e inducido por matemáticos que blandían fórmulas mágicas. Además, gracias a los extraordinarios poderes que tanto amaba, las matemáticas podrían combinarse con la tecnología para multiplicar el caos y la desgracia, lo que añadía eficacia y magnitud a unos sistemas que entonces comprendí que eran defectuosos. 
 Si hubiéramos estado lúcidos, habríamos dado un paso atrás en este punto para analizar cómo habíamos hecho un mal uso de las matemáticas y cómo podríamos evitar una catástrofe similar en el futuro. Sin embargo, en lugar de eso, justo después de la crisis, las nuevas técnicas matemáticas estaban más de moda que nunca y se extendían a un creciente número de áreas. Funcionaban veinticuatro horas al día procesando petabytes de información, en gran parte extraídos de las redes sociales o de páginas web de comercio electrónico. Y en lugar de prestar cada vez más atención a los movimientos de los mercados financieros mundiales, se dedicaban cada vez más a analizar a los seres humanos, a nosotros. Los matemáticos y los especialistas en estadísticas estudian nuestros deseos, nuestros movimientos y nuestro poder adquisitivo. Predecían nuestra solvencia y calculaban nuestro potencial como estudiantes, trabajadores, amantes o delincuentes. 
 Esta era la economía del big-data, y prometía ganancias especulares. Un programa de ordenador era capaz de procesar miles de currículos o solicitudes de préstamos en un par de segundos y clasificarlos en listas bien ordenadas, con los candidatos más prometedores situados en los primeros puestos. Estos programas no sólo permitían ahorrar tiempo, sino que además se anunciaban como procesos más justos y objetivos. Al fin y al cabo, eran procesos en los que no había seres humanos, con sus prejuicios, escarbando en montones de papel, sino simplemente máquinas procesando números de manera objetiva. En el año 2010 aproximadamente las matemáticas se habían impuesto como nunca antes en los asuntos humanos, y el público en general recibió el cambio con los brazos abiertos. 
 Y, sin embargo, yo veía problemas en el horizonte. Estas aplicaciones fundamentadas en las matemáticas que alimentaban la economía de los datos se basaban en decisiones tomadas por seres humanos que no eran infalibles. Seguro que algunas de esas decisiones se tomaban con la mejor de las intenciones, pero muchos de estos modelos programaban los prejuicios, las equivocaciones y los sesgos humanos en unos sistemas informáticos que dirigían cada vez más nuestras vidas. Cuales dioses, estos modelos matemáticos eran opacos y sus mecanismos resultaban invisibles para todos, salvo para los sumos sacerdotes del sector: los matemáticos y los ingenieros informáticos. Sus veredictos, incluso cuando estaban equivocados o eran perjudiciales, eran indiscutibles e inapelables y solían castigar a los pobres y los oprimidos de nuestra sociedad, al tiempo que enriquecían a los ricos. 
 Se me ocurrió un nombre para este tipo de modelos perniciosos: armas de destrucción matemática o ADM.  […]

01.-Partes de una bomba: ¿qué es un modelo?

 Estos son los 3 elementos que conforman un ADM: la opacidad, la escala y el daño. […]

07.-Sudar balas: en el trabajo.

 Los maestros, además de ser los educadores y cuidadores de nuestros hijos, son, evidentemente, trabajadores. En este sentido quiero profundizar un poco más en los modelos que puntúan su rendimiento, puesto que podrían aplicarse en el futuro a los trabajadores de otros sectores. Consideremos el caso de Tim Clifford, un profesor de secundaria que enseña Lengua y Literatura en Nueva York, con 26 años de experiencia. Hace unos años, Clifford descubrió que había suspendido la evaluación de docentes conocida como el modelo de valor añadido, […] la puntuación de Clifford había sido un ridículo 6 sobre 100. […] El modelo de valor añadido le había dado un suspenso, pero ningún consejo sobre cómo mejorarlo. Conque Clifford siguió dando clase como siempre lo había hecho y confío en que saldría bien. Al año siguiente su puntuación fue de 96. 
[…]
 Un análisis realizado por Gary Rubinstein, un bloguero y educador, demostró que uno de cada 4 profesores que enseñaban la misma asignatura en años consecutivos registraba una diferencia de 40 puntos en el modelo. Esto sugiere que los datos de evaluación son prácticamente aleatorios. No era el rendimiento de los profesores lo que variaba de un año a otro, lo que variaba era la puntuación generada por un ADM que era un auténtico fraude.
Resultado de imagen de cathy o'neil armas de destrucción matematica Pese a que sus puntuaciones no tienen sentido alguno, el impacto del modelo de valor añadido es generalizado y muy dañino. “He visto a profesores geniales que, al ver los resultados de esas puntuaciones, empezaron a pensar que podían considerarse mediocres como mucho -dice Clifford-. Dejaron de dar las estupendas clases que solían impartir y se centraron cada vez más en la preparación de las pruebas de final de año. Un profesor joven sufrirá si saca una puntuación baja en el modelo de valor añadido, mientras que, si saca una puntuación alta, puede tener la falsa sensación de haber alcanzado importantes logros que aún no se ha ganado”. 
 Como en el caso de tantas otras ADM, el modelo de valor añadido nació de las buenas intenciones. La administración Obama pronto se percató de que los distritos perjudicados a consecuencia de las reformas de la ley de 2001 denominada “Que ningún niño se quede atrás”, que imponían unas pruebas homologadas muy exigentes, solían ser los más pobres y desfavorecidos. En consecuencia, decidió otorgar exenciones a los distritos que pudiesen demostrar la efectividad de sus maestros y profesores para asegurarse de que dichos centros no resultarían perjudicados aunque sus alumnos se quedaran rezagados. 
 La utilización de modelos de valor añadido nace en gran parte de este cambio legislativo. Sin embargo, a finales de 2015, la moda de la evaluación de los docentes tomó lo que podría ser un giro aún más dramático. En primer lugar, el Congreso y la Casablanca acordaron derogar la ley “Que ningún niño se quede atrás” y sustituirla por una que diese a los Estados mayor libertad para llevar a cabo sus propias estrategias de mejora de los distritos escolares con bajo rendimiento. También se les otorgó un abanico más amplio de criterios que podían considerar, como la implicación de los alumnos y de los profesores, el acceso a trabajo avanzado del curso, el ambiente escolar o la seguridad. En otras palabras, los responsables de educación podían empezar a estudiar lo que ocurre en cada centro individual, y prestar menos atención a las ADM similares a los modelos de valor añadido. O, mejor aún, desecharlas por completo. 
 Aproximadamente en esa misma época, la comisión especial de educación del gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, anunció una moratoria de cuatro años en el uso de exámenes para evaluar a maestros y profesores. A pesar de ser bien recibido, este cambio no marca un rechazo claro a las ADM de evaluación docente, ni mucho menos el reconocimiento de que son injustas. De hecho, la presión provenía de los padres, que se quejaban de que el régimen de pruebas dejaba exhaustos a sus hijos y consumía demasiado tiempo del curso académico. En la primavera de 2015, un movimiento de boicot impidió que un 20 por ciento de los alumnos de tercero a octavo curso (equivalentes a tercero de primaria y segundo de secundaria) realizasen las pruebas. Este movimiento sigue creciendo. Cediendo ante los padres, la administración Cuomo como asestó un duro golpe a los modelos de valor añadido. Al fin y al cabo, si no podía hacer las pruebas a todos los alumnos, el estado carecería de los datos necesarios para alimentar el modelo. 
 Tim Clifford se alegró mucho de esta noticia, aunque sigue preocupado. “El movimiento de boicot forzó a Cuomo a doblegarse –escribía en un correo-. Temía perder el apoyo de los votantes más ricos de los mejores distritos escolares, que fueron precisamente los que más incondicionalmente lo apoyaron. Ha otorgado esta moratoria sobre el uso de las puntuaciones de las pruebas para olvidarse del asunto”. Clifford teme que las pruebas volverán. 
 Y es posible que así sea. Y puesto que los modelos de valor añadido han resultado una herramienta efectiva contra los sindicatos de enseñantes, no creo que lleguen a desaparecer en el futuro cercano. Están bien afianzados: el distrito de Columbia y cuarenta estados en todo el país los usan o desarrollan de una forma u otra. Ésta es una razón más para hacer correr la voz sobre estas y otras ADM. Cuando la gente las reconozca y comprenda sus defectos estadísticos, exigirán evaluaciones más justas, tanto para los alumnos como para los docentes. Sin embargo, si el objetivo de las pruebas es encontrar a alguien a quien echarle la culpa e intimidar a los trabajadores,  entonces, como hemos visto, una ADM que escupe puntuaciones sin sentido saca un sobresaliente.» 
  
     [El texto pertenece a la edición en español de Capitán Swing Libros, 2017, en traducción de Violeta Arranz de la Torre, pp.10-11, 43, 166-167 y 171-173. ISBN: 978-84-947408-4-8.]

martes, 30 de junio de 2020

Allegro ma non troppo.- Carlo M. Cipolla (1922-2000)

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II.-Las leyes fundamentales de la estupidez humana
1.-La Primera Ley Fundamental

  «La Primera Ley Fundamental de la estupidez humana afirma sin ambigüedad que: Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo*.
 A primera vista la afirmación puede parecer trivial, o más bien obvia, o poco generosa, o quizá las tres cosas a la vez. Sin embargo, un examen más atento revela de lleno la auténtica veracidad de esta afirmación. Considérese lo que sigue. Por muy alta que sea la estimación cuantitativa que uno haga de la estupidez humana, siempre quedan estúpidos, de un modo repetido y recurrente, debido a que:
 a) personas que uno ha considerado racionales e inteligentes en el pasado se revelan después, de repente, inequívoca e irremediablemente estúpidas;
 b) día tras día, con una monotonía incesante, vemos cómo entorpecen y obstaculizan nuestra actividad individuos obstinadamente estúpidos, que aparecen de improviso e inesperadamente en los lugares y en los momentos menos oportunos.
 La Primera Ley Fundamental impide la atribución de un valor numérico a la fracción de personas estúpidas respecto del total de la población: cualquier estimación numérica resultaría una subestimación. Por ello en las páginas que siguen se designará la cuota de personas estúpidas en el seno de una población con el símbolo ∈.

2.-La Segunda Ley Fundamental

 Las tendencias culturales que prevalecen hoy en día en los países occidentales favorecen una visión igualitaria de la humanidad. Se prefiere pensar en el hombre como el producto de masa de una cadena de montaje perfectamente organizada. La genética y la sociología, sobre todo, se esfuerzan por probar, con una cantidad impresionante de datos científicos y formulaciones, que todos los hombres son iguales por naturaleza y, que si algunos son más iguales que otros, esto ha de ser atribuido a la educación y al ambiente social, y no a la Madre Naturaleza.
 Se trata de una opinión extendida que, personalmente, no comparto. Tengo la firme convicción, avalada por años de observación y experimentación, de que los hombres no son iguales, de que algunos son estúpidos y otros no lo son, y de que la diferencia no la determinan fuerzas o factores culturales sino los manejos biogenéticos de una inescrutable Madre Naturaleza. Uno es estúpido del mismo modo que otro tiene el cabello rubio; uno pertenece al grupo de los estúpidos como otro pertenece a un grupo sanguíneo. En definitiva, uno nace estúpido por designio inescrutable e irreprochable de la Divina Providencia. 
 Aunque estoy convencido de que una fracción ∈ de seres humanos es estúpida, y de que lo es por designio de la Providencia, no soy un reaccionario que pretende introducir de nuevo furtivamente discriminaciones de clase o de raza. Creo firmemente que la estupidez es una prerrogativa indiscriminada de todos y de cualquier grupo humano y que tal prerrogativa está uniformemente distribuida según una proporción constante. Este hecho está expresado científicamente en la Segunda Ley Fundamental, que dice que: La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.
Allegro ma non troppo. Traducción castellana de Maria Pons de ... A este propósito, la Naturaleza parece realmente haberse superado a sí misma. Es archisabido que la Naturaleza, de un modo más bien misterioso, actúa de tal manera que mantiene constante la frecuencia relativa de ciertos fenómenos naturales. Por ejemplo, tanto si los hombres se reproducen en el polo norte como en el ecuador; si las parejas que se unen son desarrolladas o subdesarrolladas; si son negras, rubias, blancas o amarillas, la proporción varón-mujer entre los recién nacidos es constante, con un ligero predominio de los varones. No sabemos de qué manera la Naturaleza obtiene este extraordinario resultado, pero sabemos que para obtenerlo debe operar con grandes números. El hecho extraordinario acerca de la frecuencia de la estupidez es que la Naturaleza consigue actuar de tal modo que esta frecuencia sea siempre y dondequiera igual a la probabilidad ∈, independientemente de la dimensión del grupo, y que se dé el mismo porcentaje de personas estúpidas, tanto si se someten a examen a grupos muy amplios como grupos reducidos. Ningún otro tipo de fenómenos objeto de observación ofrece una prueba tan singular del poder de la Naturaleza.
 La prueba de que la educación y el ambiente social no tienen nada que ver con la probabilidad ∈ nos la han proporcionado una serie de experimentos llevados a cabo en muchas universidades del mundo. Podemos clasificar la población en cuatro grandes grupos: bedeles, empleados, estudiantes y cuerpo docente.
 Cada vez que se analizó el grupo de bedeles se halló que una fracción ∈ eran estúpidos. Teniendo en cuenta que el valor de ∈ era más elevado de lo que se esperaba (Primera Ley), se juzgó, de entrada, pagando el tributo a las modas en curso, que era debido a la pobreza de las familias de las que generalmente proceden los bedeles y también a su escasa instrucción. Pero al analizar los grupos más elevados se encontró que el mismo porcentaje dominaba también entre los empleados y los estudiantes. Más impresionantes todavía fueron los resultados obtenidos entre el cuerpo docente. Tanto si se analizaba una universidad grande como una pequeña, un instituto famoso o uno desconocido, se encontró que la misma fracción ∈ de profesores estaba formada por estúpidos. Fue tal la sorpresa ante los resultados obtenidos que se resolvió extender las investigaciones a un grupo especialmente seleccionado, a una auténtica "élite", a los galardonados con el Premio Nobel. El resultado confirmó los poderes supremos de la Naturaleza: una fracción ∈ de los premios Nobel estaba constituida por estúpidos. 
    
 *Los autores del Antiguo Testamento eran conscientes de la existencia de la Primera Ley Fundamental, y la parafrasearon al afirmar que "stultorum infinitus est numerus", pero cometieron una exageración poética. El número de personas estúpidas no puede ser infinito porque el número de personas vivas es finito. [N. del A.]»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2012, en traducción de Maria Pons. ISBN: 978-84-8432-907-7.]

viernes, 5 de junio de 2020

El cibermundo, la política de lo peor.- Paul Virilio (1932-2018)


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La pérdida del mundo o cómo reencontrar el cuerpo propio

   «En 1978 escribió Defensa popular y luchas ecológicas. ¿Qué es lo que ha cambiado desde entonces en su crítica de la sociedad industrial y de los desgastes que engendra? ¿La ecología gris se apoya aún sobre movimientos populares para luchar?
 El tipo de resistencia estaba esbozado en Velocidad y política, que había servido de prefacio a Defensa popular y luchas ecológicas. La historia de lo político es inseparable de la historia de la riqueza y del capital -no es necesario ser marxista para decir esto. La cara oculta de la riqueza y de la acumulación, es decir, de la capitalización, es la aceleración. Ayer, la aceleración de los transportes marítimos; hoy, la aceleración de las informaciones. Así pues, se impone una política de la velocidad. Desde el momento en que estamos amenazados por una cibernética social, por las telecomunicaciones, por Internet y por la automatización de la interactividad, es necesario que haya una economía política de la velocidad al igual que existe una economía política de la riqueza y de la acumulación. De otro modo, no podremos resistirnos a esta contaminación de las distancias que es imperceptible e invisible. Tomemos el ejemplo del Atlántico. No es más que una gran basura. Al inventar los aviones supersónicos se eliminaron los paquebotes. El Atlántico sólo sirve para algunos transbordadores o algunos cargueros. Ya no es recorrido por el hombre salvo como lugar de ocio para cruceros en solitario o remeros como los de Aboville. Se da, pues, una pérdida de la extensión atlántica que anuncia la pérdida de la extensión planetaria.
 ¡Cuántas pérdidas! No se escapa ni el sexo, que ha desaparecido con el cibersexo, el miedo lo ha reemplazado, escribe usted. ¿Qué son el sexo y el amor para usted, Paul Virilio?
 El miedo al otro es lo contrario del amor. Se olvida esto cuando se piensa que el amor está unido al erotismo, a la sexualidad, a los placeres de la carne. La cuestión del amor se opone al odio, es decir, al miedo a los otros. El odio nace del miedo. Sin embargo, hoy en día, asistimos a una desintegración de la unidad de población. Para el hombre de las ciudades, la unidad de población es la familia y el lugar de población, la ciudad. Cuanto más se extiende el lugar de población, más se reduce la unidad de población: en las ciudades antiguas eran, por ejemplo, las tribus de Israel; en la Edad Media esas unidades estaban formadas por las familias en sentido amplio, como en África hoy en día; en los siglos XVI y XVII, comenzó a imponerse la familia burguesa con los padres, los abuelos y los niños; posteriormente, con la revolución industrial, apareció la familia nuclear; y, hoy en día, en la metaciudad -es decir, la ciudad virtual- se impone la familia monoparental. La familia ya no tiene descendencia; se desintegra. La mujer o el hombre se va con los niños. Estamos, pues, al final de un ciclo, al comienzo de una exclusión recíproca. El divorcio no es simplemente un fenómeno de costumbres, es un fenómeno de especie. Y las tele-tecnologías lo acentúan. La telesexualidad (o cibersexualidad) corona hechos que ya eran cataclísmicos. Para demostrar que todo esto no tiene nada que ver con ninguna moral sino con la demografía, voy a poner un ejemplo: la prostituta de Flaubert o de Maupassant, la de La Maison Tellier, es una prostituta con la que se mantiene una relación de amistad. ¡La prostitución en las ciudades actuales se reduce a la niña en el escaparate! Ya no es más que un producto. Si se considera el strip-tease o el peep-show, no existe el miedo al otro, sino una retirada, un distanciamiento. Con la video-pornografía, la distancia alcanza su punto álgido. Con el Minitel rosa, sólo existe la voz -el Minitel no sirve sólo para citarse, para eso bastaría el teléfono. Ahora tenemos el cibersexo, la telesexualidad. Con ello el divorcio alcanza su clímax puesto que nos desintegramos. Ya no es el divorcio de la pareja, ¡sino el divorcio de la copulación! De hecho, "hacer el amor a distancia" refleja la frase de Nietzsche: "Amad al que está lejos como a vosotros mismos". Todo el delirio alrededor del acoso sexual, este proceso de intención ofrecido al otro, es ya un signo patológico de odio al prójimo. Es el fin de la alteridad sexual. En ello yace una locura de especie que generan los pueblos desarrollados.
 ¿Ha encontrado usted un texto sobre ciberfeminismo?
El cibermundo, la política de lo peor Teorema. Serie Menor: Amazon ... Ese texto está extraído de Chimère, la revista de Félix Guattari. El ciberfeminismo existe en los Estados Unidos desde hace un tiempo y quiere tener su puesto en el control de las sensaciones. Para comprender esto hay que volver a insistir en la cibersexualidad, que se desarrolla porque los sentidos del hombre son transferidos a distancia. Casi el 80% de la producción microelectrónica está compuesta de captores, de sensores o de teledetectores. Por medio de éstos ha sido posible escuchar a distancia gracias a la radio y al micrófono; ver a distancia gracias a la cámara y a la televisión; tocar a distancia, por una parte, con el guante teletacto que permite tocar y sentir con la presión de la mano del otro a miles de kilómetros y, por la otra, con el traje de datos -datasuit- que permite sentir el cuerpo del otro. El último captor que acaba de ser innovado es el captor olfativo. ¡Se puede oler a distancia! La última percepción que no es transferible es el gusto. No se puede beber un buen vino a distancia. En alguna parte se produce un desgarro, una brecha para hacer salir las sensaciones del cuerpo...
 Usted parece sensible al problema del aumento del número de divorcios. ¿Las familias recompuestas no son, a su parecer, nuevas familias?
 Sí. De hecho, en todas las familias hay familias recompuestas. La familia recompuesta, en cierto modo, es una invención de autodefensa frente a la tendencia que acabo de mencionar. Es una de las leyes del urbanismo. Existen dos leyes en el urbanismo: la primera es la persistencia del sitio. Una ciudad no se reconstruye jamás afuera. La segunda es que cuanto más se extiende el lugar de habitación, más se deshace la unidad de población. Incluso en África, donde la demografía no deja de crecer, el número de habitantes baja constantemente en las ciudades. En los países occidentales, esta ley ha llegado al paroxismo con las familias monoparentales. Desde el invierno de 1994, madres de familia viven en los sótanos de París con sus hijos. Es una imagen del drama de nuestras sociedades.
 ¿Esta tendencia a la separación de sexos que usted describe no está equilibrada, en Europa, por una persistencia cultural del modelo cortés?
 No es imposible, pero no es ése el objeto de mi trabajo, que consiste en mostrar las tendencias negativas para prevenir el mal. Yo realizo un trabajo estadístico y anticipo las tendencias que empiezan a observarse. No niego que no sean más que tendencias y que junto a ellas haya familias unidas y una procreación demográfica asegurada. Pero si queremos que esto continúe hay que denunciar el carácter negativo y la propensión a excluir conjuntamente a los más necesitados y al otro. Esta exclusión está reforzada por las teletecnologías y por el trabajo a distancia que prefigura el amor a distancia. Respecto a los que se divorcian, existe un problema de temporalidad. Tomemos como ejemplo el modo de vida del siglo pasado. Las vivencias de aquellas parejas no tienen nada que ver con las de una pareja contemporánea. La presión de la ciudad, la velocidad de los cambios, el estrés y la aceleración de las costumbres hacen que en cinco años una pareja moderna viva cincuenta de los de una pareja de aquella época. Al haber vivido  cincuenta años en cinco ya no soportan vivir juntos... Acontecimientos del tempo. Existe una ritmología de la vida pública. Uno puede entenderse a partir de cierto ritmo. Si se acelera se fracasa. El submarino y la fábrica son buenos ejemplos: en el submarino, la ley de proximidad de una tripulación hace que los unos estén encima de los otros. Como consecuencia aparece el odio, porque no existe la distancia necesaria. En la fábrica, debido a que hay demasiado trabajo, y además a que también está el reloj -la productividad-, se termina por odiar a la gente a la que se podría amar trabajando tranquilamente. El tempo excesivo de la ciudad moderna es un elemento de desintegración y deconstrucción -como diría Derrida- de la unidad de población. Como resultado surge una especie de guerra civil fría.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2005, en traducción de Mónica Poole. ISBN: 84-376-1574-7.]