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domingo, 24 de noviembre de 2024

101 experiencias de filosofía cotidiana.- Roger-Pol Droit (1949)

 

44.-Hacer caligrafía
Duración: de 20 a 30 minutos
Material: papel y pluma de buena calidad
Efecto: concentrador

 «Escribir no es una actividad intelectual. Es, en primer lugar, un ejercicio de la mano. Quizá principalmente eso. Lo que pensamos, lo que escribimos en el papel como supuestos o pretendidos significados, tiene, sin duda, mucha menos importancia, y mucho menos interés, que la atención que se requiere para formar bien las letras, esbozar estéticamente su contorno exacto, realizar minúsculos equilibrios entre líneas rectas y curvas, bucles y puntos.
 Para experimentarlo, debes empezar por esforzarte en trazar al mismo ritmo, sin brusquedad, de manera regular, las frases, incluso las más triviales, que te pasen por la cabeza. Lo que cuenta, una vez más, no es el alcance de lo que estás escribiendo. El contenido de los signos, su "sentido", como se suele decir, no tiene más que una importancia secundaria. Lo único que vale es la regularidad de los trazos, su progresión metódica, el hecho de escribir, en orden, unas letras encadenadas, bien formadas, legibles, proporcionadas, claras.
 Concentra tu atención en los movimientos exactos y minúsculos de tus músculos, los cortos recorridos de la punta del bolígrafo o la pluma. Procura no detenerte, o lo menos posible, entre dos frases. Mantén el mismo ritmo. Lo que escribes no tiene ninguna importancia. El acto de escribir es suficiente. Evita en la medida de lo posible acelerar el ritmo o aminorarlo. La letra debe ser cuidada, dibujada, pero también monótona, constante y fluida en su avance. Su velocidad debe variar lo menos posible. Tienes que conseguir una continuidad casi perfecta, automática. Esta vez, también, solamente cuenta el hecho de que vas trazando, inexorablemente, con una aplicación cada vez más indiferente a toda voluntad, unas líneas horizontales dibujadas en el papel mediante la obstinada sucesión de letras y palabras.
 Puedes escribir todo lo que se te ocurra, recuerdos de la niñez, lista de la compra, insultos nuevos, parodia de un informe policial, postales de vacaciones, confesiones íntimas, cartas de amor, declaración de impuestos, parte de accidente. Lo esencial es que, cada vez, te preocupes menos por lo que significan las frases. Sea cual sea su significado, debes considerarlas como simples ocasiones para que la escritura prosiga.
 La experiencia consiste en sentir que el avance de las líneas, la caligrafía de las páginas que se suceden unas tras otras, permanece indiferente a lo que las frases quieren decir. Por un lado, el bullicio de nociones, sintaxis y sentimientos, el alboroto del sentido, la proliferación de coherencias y conflictos. Por otro lado (¿es realmente un "lado"?), el pulso de la grafía, sin sentido, casi pura, automática, movida por la única necesidad de seguir avanzando, por la regularidad repetida de ser incesantemente idéntica a sí misma.
 Quizá así llegues a sentir que todo lo que creemos decir y pensar es doble. Más allá del sentido más evidente que transmitimos, más o menos conocido pero siempre en apariencia disponible, probablemente distingas la permanencia secreta, inagotable, imposible de delimitar, de una inscripción corriente, arrastrada por su propio movimiento. Nada que ver con lo que significan las palabras. Por completo indiferente a lo que transmiten los textos en cuanto a ideas, informaciones, afectos. Grafía, nada más que grafía. Atravesando los cuerpos, los pensamientos, los músculos, las hojas. El interminable flujo de lo escrito.
[...]

77.- Oír nuestra voz grabada
Duración: unos minutos
Material: una grabación donde se oiga nuestra voz
Efecto: descolocante

 Uno siempre se sorprende. "¿Ése soy yo?" Tu propia voz te parece demasiado aguda o demasiado grave, demasiado lenta o demasiado rápida, mal puesta, mal colocada, desfasada, inesperada. Al principio no reconoces el timbre ni la velocidad. Y eso que la grabación refleja correctamente la voz de los demás. Pero la tuya, no.
 Sabes que eres tú quien ha pronunciado esas palabras y esas frases. Por otra parte, identificas sin dudar tu discurso, pero como al bies, de perfil, desde un ángulo curioso. Tú y no tú. Caes en una falla, un vacío que se ha abierto de repente. Tú te conoces "desde dentro". Ahora te percibes "desde fuera". Los profesionales están acostumbrados. Los profesionales de radio y de grabaciones se conocen la voz desde fuera tanto como desde dentro. Trabajan con y en esta materia. Están acostumbrados a oírse y ya no experimentan la sorpresa y el malestar que suscitan, por lo común, las primeras veces que uno escucha su propia voz tal como la oyen los demás.
 Jamás ningún ser humano, en el mundo de otras épocas, pudo oír su voz como los demás la oían. Como tampoco ver su imagen como los demás la veían. Las máquinas han hecho posible este descentramiento. No es un salir de sí mismo. Confirma, con el apoyo de las herramientas, que nuestra intimidad es ignorancia. La técnica ayuda a la filosofía. Nos lleva a preguntar con qué apariencia quedarnos: ¿la que nos ofrece, desde dentro, una imagen de nosotros mismos o bien la que parece objetiva y se graba? La misma pregunta es válida para la cara, los pensamientos, para el conjunto de nuestros comportamientos. Permanece indefinidamente sin respuesta. Siempre sorprende.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Blackie Books, 2015, en traducción de Esther Andrés Gromaches, pp. 141-144 y 239-241. ISBN: 978-84-941676-7-6.]

lunes, 1 de marzo de 2021

El adversario.- Emmanuel Carrère (1957)

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 «En su calidad de vicepresidenta de la asociación de padres de alumnos de Saint-Vicent, se ocupaba del catecismo, de organizar la fiesta de la escuela, de encontrar padres voluntarios para acompañar a los niños a la piscina o a esquiar. Luc formaba parte de la junta de gobierno. Para distraerle de sus ideas negras, propuso a Jean-Claude que se les sumara y él, animado por Florence, aceptó. No sólo era para él una distracción, sino una forma de inserción en la vida real: una vez al mes, acudía a una cita que no era ficticia, se reunía con gente, hablaba con ella y, al tiempo que fingía ser un hombre ocupado, de buena gana habría solicitado reuniones más frecuentes.
 Sucedió que el director de la escuela, un hombre casado y padre de cuatro hijos, se había enredado con una de las maestras, igualmente casada. El idilio se supo y causó desagrado. Algunos padres de alumnos empezaron a decir que no valía la pena confiar a sus hijos a una escuela católica para que en ella recibieran el ejemplo de una pareja de libertinos. La junta decidió intervenir. Se celebró una reunión en casa de Luc, al comienzo de las vacaciones de verano. La iniciativa consistía en pedir al director culpable que dimitiera y a la dirección diocesana que le sustituyese por otra docente, ésta por encima de toda sospecha. Para evitar el escándalo, había que arreglar el asunto antes del curso siguiente y así se hizo. Pero los testimonios de los asistentes discrepan respecto a lo que se dijo en esa reunión. Luc y los demás aseguran que la decisión se tomó por unanimidad, es decir, que Jean-Claude estaba de acuerdo con ellos. Él dijo que no, que no estaba de acuerdo, que hubo discusión, que se separaron enfadados. Insiste en el hecho de que semejante actitud era impropia de él: habría sido mucho más sencillo y más acorde con su estilo, plegarse a la opinión de sus amigos.
 Como no hay razón alguna para pensar que los demás hayan mentido, me figuro que Jean-Claude manifestó en efecto su desacuerdo, pero de un modo tan inseguro que no solamente ellos no se acordaban luego de su discrepancia, sino que, en aquel momento, ni siquiera la habían advertido. Estaban tan habituados a que él lo aprobase todo que literalmente no le oyeron y él tenía tan poca costumbre de hacerse oír que recuerda no el volumen real de su intervención –una propuesta farfullada, la sombra murmurada de una reserva-, sino el del rumor indignado que bullía dentro de él y al que intentó en vano dar una expresión. Se oyó decir, con toda la energía necesaria, lo que habría querido decir y no lo que oyeron los demás. También es posible que no hubiese dicho nada en absoluto, sino solamente pensado en decir, soñado que decía, lamentado no haber dicho y, para acabar, imaginado que había dicho. De regreso a su casa, se lo contó todo a su mujer, la conjura contra el director y la actitud caballeresca con que él le había defendido. Florence era virtuosa, pero no gazmoña, y no le gustaba que se inmiscuyeran en la vida privada de la gente. La conmovió que su marido, conciliador por naturaleza, fatigado por la enfermedad, ocupado en asuntos infinitamente más importantes, hubiese preferido sacrificar su bienestar que participar en una injusticia. Y cuando ella, al reanudarse las clases, descubrió que el golpe de Estado se había consumado, que el director había sido relegado al rango de simple maestro y sustituido por una colega cuya beatería adusta siempre la había exasperado, encabezó con su dinamismo habitual una cruzada en favor del perseguido, haciendo campaña ante las madres de alumnos y adhiriendo a su causa en poco tiempo a una parte de la asociación de padres. La iniciativa de la junta de gobierno fue puesta en entredicho. La APA y la junta de gobierno, entre las que hasta entonces había reinado un buen entendimiento, se convirtieron en bandos enemigos, respectivamente dirigidos por Florence Romand y Luc Ladmiral, a pesar de ser amigos de siempre. El trimestre estuvo envenenado.
 No contento con apoyar a su mujer, Jean-Claude aportaba su granito de arena. Se oía a este hombre apacible, a la salida de las clases, decir en voz alta y fuerte que él militaba en defensa de los derechos humanos en Marruecos y que no iba a tolerar verlos pisoteados en Ferney-Voltaire. Hastiados de que se les juzgara padres meapilas, los partidarios de la junta de gobierno y de la nueva directora alegaban que el problema no era tanto la inmoralidad del antiguo director como la blandura de su gestión: no estaba a la altura, eso era todo. A lo cual Jean-Claude respondía que no siempre se está a la altura, no siempre se hace lo que uno quiere y que más vale comprender y ayudar que juzgar y condenar. Contra los grandes principios, él defendía al hombre desnudo y falible, aquél de quien San Pablo dice que quisiera hacer el bien y no puede evitar hacer el mal. ¿Era consciente de que con su alegato se defendía a sí mismo? Lo era, en cualquier caso, de que arrostraba un gran riesgo.
 Por primera vez en su pequeña comunidad se interesaban por él. Corría el rumor de que él había sido el promotor de la idea y unos decían que era un chaquetero y otros que era muy amigo del director adúltero, y la impresión general era que había desempeñado un papel poco claro en el asunto. Luc, aunque dolido con él, se esforzaba en calmar los ánimos: Jean-Claude tenía serios problemas de salud y por eso había sacado los pies del plato. Pero los otros confabulados de la junta exigían un enfrentamiento cuya mera posibilidad constituía para él un peligro de muerte. Hacía dieciocho años que temía aquello. Un milagro se lo había evitado a cada instante y ahora iba a suceder, no por culpa de un azar contra el que no podía nada, sino por su culpa, porque por primera vez en su vida había dicho lo que pensaba. Una noticia difundida por un vecino puso la guinda a su angustia: Serge Bidon, otro miembro de la junta de gobierno, había hablado de romperle la cara.
 […]
Resultado de imagen de el adversario  El último domingo de Adviento, a la salida de misa, Luc dejó un momento a Cécile y a sus hijos para ir a hablar con Florence, que había ido con los suyos pero sin Jean-Claude. Habían intercambiado signos de paz antes de la comunión, leído el Evangelio en que Jesús dice que de nada sirve rezar si no se hacen las paces con el prójimo, así que él venía en son de paz, a poner fin antes de Navidad a aquella desavenencia ridícula entre ellos. “Muy bien, no estás de acuerdo con nosotros en despedir a ese granuja, tienes perfecto derecho, no es obligatorio estar de acuerdo en todo con los amigos, pero no vamos a estar de morros mil años por eso”. Florence sonrió y se besaron, felices de reconciliarse. Luc no pudo evitar decir que, no obstante, si Jean-Claude disentía, hubiera podido decirlo de inmediato y lo habrían discutido… Florence frunció el ceño: era lo que había hecho, ¿no? No, dijo Luc, no era lo que había hecho, y justamente era lo que le reprochaban. No el haber tomado partido por el director, para lo cual estaba en su derecho más estricto, sino el haber votado con los demás su destitución y luego, sin consultar a nadie, emprendido una campaña contra lo que él mismo había aprobado, y puesto en la picota a los miembros de la junta como si fueran una panda de listillos. A medida que hablaba, evocando por puro afán de exactitud histórica agravios que sinceramente había decidido olvidar, Luc vio que la cara de Florence se descomponía. “¿Puedes jurarme que Jean-Claude votó a favor de la dimisión?” Pues claro que podía jurárselo, y los demás también, pero eso no tenía la menor importancia, el hacha de guerra estaba enterrada, iban a celebrar la Navidad todos juntos. Cuanto más repetía que el incidente estaba zanjado, más se percataba de que para Florence no lo estaba, y que, al contrario, sus palabras, que él creía inofensivas, abrían un abismo ante ella. “Me ha dicho siempre que votó en contra…” Luc no se atrevía siquiera a decirle que no importaba. Presentía que sí importaba, que algo sumamente grave y que se le escapaba, estaba en juego en aquel instante. Tenía la impresión de que Florence iba a estallar, delante de él, a la puerta de la iglesia, sin que él pudiera hacer nada. Ella tocaba nerviosamente a sus hijos, sujetaba de la mano a Caroline, que se impacientaba, arreglaba la capucha de Antoine, había empezado a mover los dedos como avispas ebrias, y sus labios, de los que la sangre se había retirado, repetían en voz baja: “Entonces me ha mentido… me ha mentido…”
 Al día siguiente, a la salida de la escuela, cambió unas palabras con una señora cuyo marido trabajaba también en la OMS. La señora pensaba llevar a su hija a ver el árbol de Navidad del personal y quería saber si Antoine y Caroline también irían. Al oír estas palabras Florence se puso pálida y murmuró: “Esta vez sí tengo que enfadarme con mi marido”.
 Durante el proceso, cuando se intentó interpretar este testimonio, Jean-Claude dijo que Florence estaba al corriente, desde hacía años, de la existencia de un árbol navideño en la OMS. Habían hablado al respecto en varias ocasiones y él se negaba a llevar a los niños porque no le gustaba aprovecharse de aquella clase de privilegios y ella lamentaba que esos principios demasiado estrictos les privaran de un rato agradable. Podía ser que la pregunta de la señora hubiese despertado en Florence cierta irritación, pero no producido en ella el efecto de una revelación.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2000, en traducción de Jaime Zulaika, pp. 106-112. ISBN: 978-84-339-7715-1.]      

martes, 19 de mayo de 2020

Diario.- Vaslav Nijinsky (1889-1950)

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Sobre la vida

  «Yo no era una persona mala. Stravinski pensaba que yo era un mal chico. Yo no tenía más de veintiún años. Era joven y por eso me equivocaba. Siempre quería corregir mis fallos, pero cuando me di cuenta de que nadie me amaba, comencé a fingir que era malo. No me gustaba Diághilev, pero vivía con él. Odié a Diághilev desde los primeros días en que lo conocí, pues me percaté de su poder. No me gustaba el poder de Diághilev, porque abusaba de él. Yo era pobre. Ganaba sesenta y cinco rublos al mes. Sesenta y cinco rublos al mes no eran suficientes para sustentarnos a mi madre y a mí mismo. Yo alquilaba un pequeño piso de tres habitaciones que costaba entre treinta y cinco y treinta y siete rublos al mes. Me gustaba la música. Conocí al príncipe Pável Lvov, que me presentó a un conde polaco. He olvidado su nombre, pues así lo quiero. No quiero ofender a toda su familia, pues he olvidado su nombre de pila. Ese conde me compró un piano de pared. Él no me gustaba. Me gustaba el príncipe Pável, y no el conde. Lvov me presentó por teléfono a Diághilev, quien me invitó al Hotel de Europa, donde se alojaba. Le odié por su voz demasiado segura de sí misma, pero fui en busca de la suerte. Allí encontré la suerte, pues inmediatamente hice el amor con él. Yo temblaba como una hoja. Lo odiaba, pero fingí, pues sabía que mi madre y yo nos moriríamos de hambre. Comprendí a Diághilev desde el primer minuto y por eso fingí que estaba de acuerdo con todos sus puntos de vista. Me había dado cuenta de que había que vivir y por eso me daba igual qué sacrificio hacer. Trabajaba mucho en la danza y por eso me sentía siempre cansado. Pero fingía que estaba alegre y no cansado para que Diághilev no se aburriera. Sé que Diághilev lo percibía, pero a Diághilev le gustaban los chicos y por eso le resultaba difícil comprenderme. No quiero que la gente piense que Diághilev es un malhechor y que hay que meterlo en la cárcel. Lloraré si le hacen daño. No me gusta, pero es un ser humano. Amo a todos los seres humanos y por eso no quiero causarles dolor. Se que todos se horrorizarán al leer estas líneas, pero quiero publicarlas en vida, pues sé el efecto que causarán. Quiero producir una impresión viva, y por eso escribo mi vida mientras estoy con vida. No quiero que lean mi vida después de muerto. No le temo a la muerte. Temo los ataques. Le temo a la maldad. Temo que la gente me comprenda mal. No le deseo mal a Diághilev. Les suplico a todos que lo dejen en paz. Lo amo igual que a todos. Yo no soy Dios. No puedo juzgar a los hombres. Dios lo juzgará y no las leyes. Estoy en contra de todas las leyes. Yo no soy Napoléon. No soy un Napoleón que castigue a la gente por sus errores. Soy un Napoleón que perdona los errores. Yo os daré un ejemplo y vosotros debéis repetirlo. Diághilev no os ha hecho mal a vosotros, sino a mí. No quiero castigarlo, pues ya lo he castigado haciendo que todos conozcan sus errores. Me he castigado a mí mismo, pues les he hablado a todos sobre mí mismo. He hablado sobre muchos otros para castigarlos. No quiero que nadie piense que escribo con un fin hipócrita. Si alguien quiere castigar a aquellos sobre los que he escrito, diré que todo lo que he escrito es una mentira. Diré que me metan en un manicomio. No escribo para incitar a la gente contra los errores. No tengo derecho a juzgar. El juez es Dios y no los hombres. Los bolcheviques no son Dioses. Yo no soy un bolchevique. Soy un hombre en Dios. Dios habla por mi boca. Amo a todos y deseo amor para todos. No quiero que nadie riña. Todos riñen, pues no comprenden a Dios. Yo les explicaré a Dios a todos, pero no se lo explicaré si la gente se ríe. Hablo sobre cosas que afectan a todo el mundo. Yo soy la paz y no la guerra. Les deseo paz a todos. Deseo que haya amor en la tierra. El globo terráqueo se está descomponiendo pues su combustible se apaga. El combustible seguirá calentando, pero no mucho y por eso Dios desea amor antes de que el globo terráqueo se apague. La gente no piensa en las estrellas y por eso el mundo les resulta incomprensible. Yo pienso a menudo en las estrellas y por eso sé quién soy. No me gusta la astronomía, pues la astronomía no nos da idea de Dios. La astronomía quiere enseñarnos la geografía de las estrellas. A mí no me gusta la geografía. Conozco la geografía, pues la he estudiado. No me gustan las fronteras de los Estados pues me doy cuenta de que la tierra es un solo Estado. La tierra es la cabeza de Dios. Dios es fuego en la cabeza. Sigo vivo mientras tenga fuego en la cabeza. Mi pulso es un terremoto. Yo soy un terremoto. Sé que si no hay terremotos la tierra se apagará y con la tierra apagada desaparecerá toda la vida del hombre, pues éste será incapaz de obtener comida. Yo soy comida espiritual, y por eso no alimento con sangre. Cristo no quería alimentar con sangre, como han entendido en las iglesias. La gente va a rezar y les dan de beber vino, diciendo que es la sangre de Cristo. La sangre de Cristo no emborracha, sino al contrario, da sobriedad. Los católicos no beben vino, pero recurren a un procedimiento hipócrita. Los católicos tragan hostias blancas y piensan que tragan el cuerpo y la sangre del Señor. Yo no soy el cuerpo y la sangre del Señor. Soy el espíritu en el cuerpo. Soy un cuerpo con espíritu. Dios no puede ser sin cuerpo o sin espíritu. La sangre y el espíritu en el cuerpo son el Señor. Yo soy el Señor. Yo soy hombre. Yo soy Cristo. Cristo dijo que era el espíritu en el cuerpo, pero la iglesia tergiversó sus enseñanzas, pues no le dejaron vivir. Lo liquidaron. Lo liquidaron gentes pobres a quienes dieron mucho dinero. Esos pobres se colgaron después, pues no podían vivir sin Cristo.
Diario | Editorial Acantilado Sé que la gente es mala porque le resulta difícil vivir. Sé que los que impriman estas páginas llorarán y por eso no hay que asombrarse de la mala impresión. La mala impresión sale de manos de gente pobre que tiene poca fuerza. Sé que la letra impresa estropea los ojos y por eso quiero que fotografíen mi escrito. La fotografía estropea un ojo y la letra impresa muchos ojos. Quiero fotografiar mi manuscrito, sólo que tengo miedo de estropear la fotografía. Tengo un aparato fotográfico y he probado a fotografiar con él y a revelar las películas. No le tengo miedo a la luz roja, pero tengo miedo de estropear las fotografías pues la película es una buena cosa y hay que tratarla bien. Será preferible darle mi cámara a alguien para que me haga una fotografía. Me gusta mi cámara, pues pienso que me será útil. Siento lo contrario. No quiero hacer fotografías, pues tengo poco tiempo. Quiero dedicarme al teatro y no a la fotografía. Les daré la fotografía a aquellos a quienes les gusta. Me gusta la fotografía, sólo que no pienso dedicarle toda mi vida. Le dedicaré toda mi vida a la fotografía si la gente me demuestra que con ella se puede comprender a Dios. Estoy familiarizado con el cinematógrafo. Yo quería trabajar con el cinematógrafo, pero me di cuenta de su significado. El cinematógrafo sirve para multiplicar el dinero. El dinero sirve para multiplicar los cines. Me di cuenta de que el cinematógrafo hacía ganar dinero a una sola persona, y el teatro a muchas. Me resulta difícil trabajar en el teatro, pero preferiré las privaciones al cinematógrafo. Diághilev me dijo más de una vez que había que inventar algo parecido al cinematógrafo, pues su poder es grande. Bakst, un famoso artista rudo de origen judío, decía que el cine estaba bien para hacer dinero. Yo no decía nada, pues sentía que Bakst y Diághilev pensaban que era un niño y por eso no podía expresar mi pensamiento. Comprendo que el pensamiento no puede existir sin lógica, pero la lógica no puede existir sin sentimiento. Diághilev posee lógica y sentimiento, pero su sentimiento es diferente. Diághilev tiene un mal sentimiento y yo un buen sentimiento. Diághilev siente mal no porque su cabeza sea mayor que todas, sino porque en su cabeza hay un  mal sentimiento. Lombroso dice que los sentimientos se reconocen por la forma de la cabeza. Yo diré que los sentimientos se reconocen por las acciones de la gente. No soy un científico, pero comprendo bien. Comprendo bien porque tengo buenos sentimientos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2003, en traducción de Helena-Diana Moradell. ISBN: 84-96136-08-6.]

miércoles, 17 de julio de 2019

La Esposa joven.- Alessandro Baricco (1958)


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«Recuerdo que me sonrojé cuando me dijo esa frase, porque sentí que nos había descubierto, a mi Quijote y a mí, y por eso me sonrojé, en la oscuridad casi total de la habitación, e incluso hoy en día esto me parece tan absurdo, sonrojarme por un libro mientras una mujer mayor que yo, a la que apenas conocía, me estaba lamiendo la piel, y me dejaba hacer esto, sin sonrojarme, sin la más mínima vergüenza. Me quitó toda la vergüenza, eso es. Durante todo el rato estuvo hablándome mientras guiaba mis manos y movía las suyas, me habló lentamente, con el ritmo que le permitía usar su boca en mí o usarla para hablar conmigo, un ritmo que más tarde he buscado en todos los hombres que he tenido, pero sin volver a encontrarlo. Me explicó que a menudo el amor no tenía nada que ver con todo aquello, o por lo menos ella no estaba al corriente de que muy a menudo tuviera que ver. Era más bien algo animal, que tenía que ver con la salvación de los cuerpos. Me dijo que bastaba con evitar darle un sentido demasiado sentimental a lo que estás haciendo, entonces cada detalle se convierte en un secreto que arrancar; y cada rincón del cuerpo, en una llamada irresistible. Recuerdo que durante todo ese tiempo no dejó de hablarme del cuerpo de los hombres y de su forma primitiva de desear, para que me quedara bien claro que por muy adorable que me resultara ese mezclarse de nuestros cuerpos simétricos, lo que quería regalarme era sólo una ficción que me ayudara en el momento adecuado para no perderme nada de cuanto el cuerpo de un hombre pudiera ofrecerme. Me enseñó que no había que tener miedo de los olores ni de los sabores, son la sal de la tierra, y me explicó que los rostros cambian en el sexo, cambian los rasgos, y sería una lástima no entender esto, porque con un hombre dentro de ti, moviéndote encima de él, puedes leer en su cara toda su vida, desde el niño hasta el viejo moribundo, y ése es un libro que en ese momento no puede cerrar. De ella aprendí a empezar lamiendo, contra toda etiqueta amorosa, porque es un gesto servil y noble, de servidumbre y de posesión, vergonzoso y valiente. Y no quiero decir con esto que tienes que lamerle el sexo de inmediato, aconsejaba, es la piel lo que tienes que lamer, las manos, los párpados, la garganta; no pienses que es una humillación, debes hacerlo como una reina, un animal reina. Me explicó que no hay que tener miedo de hablar, haciendo el amor, porque la voz que tenemos mientras amamos es lo más secreto que hay en nosotros, y las palabras de las que somos capaces, la única desnudez total, escandalosa, final, de que disponemos. Me dijo que no fingiera, nunca, es simplemente agotador; añadió que se puede hacer todo y todavía mucho más de lo que creemos que queremos hacer, y que de todos modos existe la vulgaridad, y mata el placer, y me encareció vivamente que la mantuviera lejos de mí. De vez en cuando, me dijo, los hombres, mientras lo hacen, cierran lo ojos y sonríen: ama a esos hombres, dijo. De vez en cuando abren sus brazos por completo y se rinden: ama también a ésos. No ames a los que lloran mientras están follando, aléjate de los que la primera vez se desnudan a sí mismos; desnudarlos tú es un placer que te pertenece. Hablaba y ni por un momento se quedaba quieta, algo en su cuerpo estaba buscando siempre, ya que, me explicó, hacer el amor es un intento sin fin de buscar una posición en la que confundirse el uno en la otra, una posición que no existe, aunque existe la búsqueda y saber hacerlo es un arte. Con los dientes, con las manos, a veces me hacía daño, pellizcando o mordiendo o poniendo en sus gestos una fuerza casi malvada, hasta que quiso decirme que no sabía por qué, pero que eso también tenía que ver con el placer, así que no había que tener miedo de morder o pellizcar o usar la fuerza, aunque el secreto fuera ser capaz de hacerlo con legible transparencia, para que sepa que sabes lo que haces y que lo haces por él. Me enseñó que sólo los idiotas tienen sexo para correrse. ¿Sabes qué significa correrse, verdad?, me preguntó. Le hablé de la Hija, no sé por qué: se lo conté todo. Ella sonrió. hemos pasado a los secretos, dijo. Me contó entonces que durante años había hecho enloquecer a los hombres porque se negaba a correrse mientras hacía el amor con ellos. En un momento determinado, se apartaba, se acurrucaba en una esquina de la cama y se corría sola, acariciándose. Se volvían locos, dijo. A algunos, recuerdo, les pedía que hicieran lo mismo, ellos también. Cuando sentía una especie de cansancio final, me separaba de ellos y les decía Acaríciate. Hazlo. Es bonito ver cómo se corren, delante de ti, sin tocarlos siquiera. Una vez, una sola, me dijo, estaba con un hombre que me gustaba tanto que al final, sin necesidad de decírnoslo, nos separamos y mirándonos, de lejos, no mucho, un poco lejos, nos acariciamos, cada uno a sí mismo, pero mirándonos, hasta corrernos. Pero luego se quedó largo rato callada, cogiendo mi cabeza entre sus manos y llevándola lentamente hasta donde quería sentir mi boca, en la garganta, luego más abajo y donde a ella le gustara. Pero es una de las pocas cosas que recuerdo con claridad, en secuencia, porque el resto de la noche me parece ahora, que estoy dejando que regrese a la memoria, un lago sin principio ni fin, donde cada reflejo sigue allí brillando todavía, pero donde las orillas se han perdido y la brisa es ilegible. Sé, de todas formas, que antes de ese lago no tenía manos, ni había respirado jamás de esa manera, junto a otra persona, o perdido mi cuerpo en una piel que no era la mía. Puedo recordar cuando me puso una mano sobre los ojos y me pidió que me abriera de piernas y muchas veces he vuelto a ver, en los momentos más extraños, el gesto con el que de vez en cuando metía la mano entre su sexo y mi boca, para detener algo que desconozco: a mi boca le correspondía la palma; el dorso, a su sexo. Le debo a esa noche toda la inocencia que he gastado luego en muchos gestos de amor, para salir limpia; y le debo a esa mujer la certeza de que el sexo infeliz es el único derroche que nos hace peores.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2016, en traducción de Xavier González Rovira. ISBN: 978-84-339-7967-4.]
 

lunes, 8 de enero de 2018

La casa. Historia de una idea.- Witold Rybczynski (1943)


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Capítulo 2: Lo íntimo y lo privado

«La Edad media no sólo produjo libros miniados sino también las gafas, no sólo la catedral sino también la mina de carbón. Ocurrieron cambios revolucionarios tanto en la industria primaria como en la manufactura. El primer caso registrado de producción en serie -de herraduras- se produjo durante la Edad Media. Entre los siglos X y XIII una explosión tecnológica produjo el reloj mecánico, la bomba de succión, el telar horizontal, la noria, el molino de viento e incluso, a ambos lados del Canal de la Mancha, el molino movido por las mareas. La base económica de toda esta actividad técnica estaba formada por las innovaciones en la agricultura. El arado de vertedera y la idea de la rotación de los cultivos aumentaron la productividad en nada menos que un 400% de forma que los rendimientos agrícolas del siglo XIII no se superarían hasta después de transcurridos 500 años. En lugar de ser un Agujero Negro tecnológico, la Edad Media señaló el auténtico comienzo de la industrialización en Europa. La influencia del período se sintió por lo menos hasta el siglo XVIII en todos los aspectos de la vida cotidiana, comprendidas las actitudes hacia la casa.
 Todo comentario sobre la vida doméstica durante este período debe incluir una importante advertencia: no puede referirse a la mayor parte de la población, que era pobre. Al hablar del otoño de la Edad Media, el historiador J. H. Huizinga hablaba de un mundo de grandes contrastes, en el cual la salud, el dinero y el amor (el viejo brindis) se apreciaban tanto por lo raros que eran como por sus beneficios. "En la actualidad, difícilmente podemos comprender con qué avidez se disfrutaba de un abrigo de piel, un buen fuego en la chimenea, una cama blanda, un vaso de vino". También señala que el arte popular medieval, que nosotros apreciamos por su sencilla belleza, era apreciado por sus creadores por su esplendor y pompa. Su suntuosidad sobredecorada, que solemos pasar por alto, es una prueba de lo que hacía falta para impresionar a un público cuya sensibilidad estaba apagada por las horribles condiciones en las que vivía. Los desfiles dispendiosos y los festivales religiosos que caracterizaron aquella época no pueden comprenderse sólo como festejos sino también como un antídoto contra la miseria de la vida cotidiana.
 Los pobres tenían unas viviendas malísimas. No tenían agua corriente ni saneamiento, casi ningún mueble y pocas posesiones, situación que, al menos en Europa, continuó hasta principios del siglo XX. En las ciudades, sus casas eran tan pequeñas que la vida familiar corría peligro; aquellas zahúrdas diminutas de una sola habitación eran poco más que refugios en los que dormir. Sólo había espacio para los recién nacidos: a los hijos mayores se los separaba de sus padres y se los enviaba a trabajar como aprendices o sirvientes. El resultado de aquellas privaciones, según algunos historiadores, fue que para aquellos miserables no existían conceptos como el de "casa" y "familia". El hablar de confort o de incomodidad en esas circunstancias es absurdo; se trataba meramente de existir.
 Si bien los pobres no compartían la prosperidad medieval, había una clase diferente de personas que sí: los que vivían en las ciudades. La ciudad libre fue una de las innovaciones más importantes y más originales de todas las ocurridas en el Medievo. Otras sociedades podrían haber inventado los molinos de viento y las norias, y los inventaron, pero la ciudad libre, separada del campo predominantemente feudal, era algo exclusivamente europeo. Sus habitantes -los francs bourgeois, los burghers, los borghese, los burgueses- crearían una nueva civilización urbana. La palabra bourgeois apareció por primera vez en Francia a principios del siglo XI. Se refería a los mercaderes y los vendedores que vivían en ciudades amuralladas, se gobernaban mediante concejos elegidos y en la mayor parte de los casos sólo debían lealtad al rey (que estableció la ciudad libre o franca), en lugar de a un señor. Esos "ciudadanos" (la idea de la ciudadanía nacional es muy posterior) se distinguían del resto de la sociedad, que era feudal, eclesiástica o agrícola. Eso significaba que, al mismo tiempo que se arrastraba a los vasallos a alguna guerra local, los burgueses de las ciudades  gozaban de un grado considerable de independencia y podían beneficiarse de la prosperidad económica. Lo que sitúa al burgués en el centro de mi análisis del confort doméstico es que, al contrario que el aristócrata, que vivía en un castillo fortificado, o el clérigo, que vivía en un monasterio, o el siervo, que vivía en una choza, el burgués vivía en una casa. Aquí empieza nuestro examen de la casa.
 La casa urbana burguesa típica del siglo XIV combinaba la residencia con el trabajo. Los solares para viviendas tenían fachadas limitadas a la calle, dado que la ciudad medieval fortificada tenía por fuerza una gran densidad de construcción. Aquellos edificios largos y estrechos solían tener dos pisos sobre un sótano que se utilizaba como almacén. El piso principal de la casa, o por lo menos la parte que daba a la calle, era una tienda o -si el propietario era un artesano- un lugar de trabajo. La parte residencial no consistía, como cabría prever, en una serie de habitaciones; por el contrario, no había más que una gran cámara que ascendía hasta el cielo raso. La gente cocinaba, comía, recibía y dormía en este espacio. Sin embargo, los interiores de las casas medievales reconstruidas siempre parecen vacíos. Las grandes habitaciones tienen sólo unos cuantos muebles, un tapiz en la pared, un taburete junto a la gran chimenea. Este minimalismo no es una afectación moderna; las casas medievales tenían pocos muebles. Los que había eran un poco complicados. Los bancos servían tanto para guardar cosas como para sentarse en ellos. Los menos acomodados utilizaban a veces un arca (truhe) como una especie de cama; dentro de ella se guardaba la ropa que por la noche servía del colchón. Eran comunes los bancos, los taburetes y las mesas de tijeras desmontables. Las camas también eran abatibles, aunque a fines de la Edad Media los personajes más importantes dormían en grandes camas permanentes, por lo general arrimadas a un rincón. Las camas también servían de asiento, pues la gente se sentaba, se tumbaba y se acuclillaba donde pudiera, en bancos, taburetes, cojines, escalones y a veces el suelo. A juzgar por las pinturas contemporáneas, en la Edad Media cada uno adoptaba la postura que le apetecía.
 Donde no solía sentarse mucho la gente era en sillas. Los egipcios de la era faraónica habían utilizado sillas y los griegos antiguos las llevaron a la perfección en cuanto a elegancia y comodidad en el siglo V a. de C. Los romanos las introdujeron en Europa, pero tras el derrumbamiento de su imperio se olvidó la silla. Resulta difícil saber exactamente cuándo reapareció, pero en el siglo XV ya volvían a utilizarse las sillas. ¡Pero qué sillas más diferentes! [...] Durante la Edad Media, las sillas -incluso las butacas, que tenían forma de cajas- no tenían por objeto ser confortables, eran símbolos de autoridad. Había que ser importante para sentarse en una silla: la gente sin importancia se sentaba en bancos. Como ha dicho un historiador, si uno tenía derecho a silla, se sentaba tieso en ella, nadie se repantigaba jamás.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Nerea, 2003, en traducción de Fernando Santos Fontenla. ISBN: 84-89569-14-2.] 
 

lunes, 28 de agosto de 2017

"La formación de la humanidad".- Richard Leakey (1944)


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13.-La génesis de la agresividad en el hombre
Los efectos del asentamiento entre los !kung*

«La mayoría de los cazadores-recolectores se volvieron sedentarios y agricultores hace ya muchos milenios. Hoy todavía existen algunos, pero muchos de estos grupos se hallan en vías de adoptar una existencia sedentaria, lo cual brinda una excelente oportunidad para el estudio de algunas de las implicaciones sociales del cambio. Este tipo de transición la están experimentando algunos !kung, quienes están siendo objeto de un estudio atento. Dice Richard Lee: "Existe una contradicción fundamental en la transición por la que atraviesan los !kung; es la que existe entre compartir, que es el elemento central de la forma de vida del cazador-recolector, y ahorrar, o controlar los recursos, lo cual, asimismo, es el elemento central de la forma de vida agrícola y ganadera. La comida de un campamento !kung se reparte inmediatamente entre residentes y visitantes sin distinción; si los ganaderos hicieran lo mismo con su ganado y los labradores con su grano, en seguida se arruinarían. Muchas familias padecen a causa de tales exigencias conflictivas."
 [...] La causa principal de que los !kung adopten gradualmente la agricultura es la presión por parte del gobierno. Durante años los !kung han vivido  en íntimo contacto con los agricultores y hoy, hasta cierto punto, están copiando las prácticas ganaderas y agrícolas de éstos. Un campo !kung típico mide menos de una hectárea, tiene una forma más o menos ovalada y no suele ser de regadío. Sus cosechas más importantes son de maíz, melones, sorgo y tabaco. De todas, la más difícil es, con mucho, la de tabaco, que requiere un riego constante y buena sombra. [...]
 Del campo se ocupan predominantemente las mujeres. Los hombres dedican mucho tiempo a sus animales, de modo que pasan muchas más horas lejos del poblado que sus esposas. Dice Richard Lee: "Esta división del trabajo está teniendo importantes implicaciones políticas. Para empezar, el trabajo de los hombres con los rebaños les pone en contacto con los agricultores locales, oportunidad generalmente negada a las mujeres. Y como las estructuras políticas locales están siendo cada vez más importantes para los !kung, ello supone que, a diferencia de antes, el poder es en gran parte una prerrogativa de los hombres. En segundo lugar, cuando los animales están crecidos, el ganado suele venderse, lo que da a los hombres acceso a una economía de dinero. La mayor parte del producto agrícola de las mujeres se destina a la subsistencia, de manera que también desde este ángulo quedan más o menos excluidas de una importante institución nueva. Fabrican y venden una especie de cerveza de miel, pero sus ingresos no son nada comparados con los que se obtienen del ganado."
 Patricia Draper ha llevado a cabo un estudio especial sobre interacciones sociales entre los !kung que están cambiando su estilo de vida y dice que le da la "fuerte impresión de que el igualitarismo sexual de la maleza está siendo socavado en los poblados !kung sedentarios." Se lamenta de que los papeles de cada sexo se estén definiendo con mayor rigidez, de modo que ahora los hombres se inclinan a desentenderse de algunas tareas por considerarlas "no de hombre" o "inadecuadas" para ellos. Esto apenas ocurría antes. "En el monte, las mujeres se sienten orgullosas de la contribución diaria regular que hacen a la comida de la familia... También mantienen el control de la comida que han recolectado después del regreso al poblado", indica Patricia Draper. El cambio de categoría de las mujeres bajo el nuevo estilo de vida es sorprendente.
 Un campamento !kung en el monte consiste en una colección estrechamente unida de siete o más cabañas sencillas, alineadas en círculo y con fachada al centro. Así describe Patricia Draper la vida en él. "En el campamento, todos pueden ver (y, a menudo, oír) siempre a todos, ya que no hay lugares privados a los que la gente pueda retirarse. Incluso de noche permanecen en el espacio visualmente abierto, durmiendo solos o con otros miembros de la familia en torno a hogueras encendidas frente a las cabañas." La intimidad colectiva es la característica más sobresaliente de este tipo de asentamiento. Se intercambian noticias, se resuelven disputas  y se comparte la comida; todo ocurre dentro de este foco intensamente social.
 En el poblado agrícola, la vida es distinta. Aquí, las casas están dispersas y, a menudo, dispuestas en torno a un corral de ganado. Las entradas de las casas ya no miran directamente a la vida del poblado. La gente ya no mantiene un contacto físico mutuo estrecho. "En un asentamiento nómada, una oleada de comida, lleva consigo una oleada de emociones y de sentimientos, oleada que es frenada en el poblado agrícola", se lamenta Richard Lee. Además, la combinación de la vida sedentaria con el acceso al dinero ha llevado a la gente a empezar a acumular riquezas materiales en forma de ropas y otros "bienes de consumo".
 [...] Patricia Draper les preguntó a algunas mujeres !kung qué vida era mejor: la de una mujer !kung o la de una mujer herero. Kxaru!a, una mujer cincuentona, respondió: "Las mujeres !kung están mejor. Entre los herero, si un hombre está enojado con su mujer, puede meterla en casa, cerrar la puerta y maltratarla. Nadie puede ir a separarlos. No se puede hacer otra cosa más que oír sus gritos. Cuando los !kung nos peleamos, los demás se entrometen." Sus compañeras asintieron con la mayor seriedad. Es evidente que, para estas mujeres, la vida es algo más que lo que pueden ofrecer la agricultura y el progreso material que ésta conlleva: su estructura de intimidad social es su vida.
 El viraje a la agricultura también está afectando a los niños !kung. "En el monte, los chiquillos de ambos sexos realizan por igual pequeñas tareas", explica Patricia Draper, "y su papel no está diferenciado por el sexo, es decir, no hay unas tareas fijas para niños y otras para niñas... En cambio, en los poblados fijos hay una tendencia a considerar a los hijos como futuros operarios. Los chicos, por ejemplo, ayudan al cuidado de los animales, mientras que las niñas trabajan con su madre en el campo o la ayudan en casa." [...]
 Una consecuencia práctica muy marcada del nuevo estilo de vida de los !kung es el notable aumento de la tasa de natalidad. Antes, las mujeres daban a luz una vez cada cuatro años, mientras que, ahora, en los poblados de asentamiento agrícola reciente la tasa se acerca a un parto cada dos años y medio.»
 
 *Los !kung (también escrito !xun) son un pueblo San, que viven en el desierto de Kalahari entre Botsuana, Namibia y Angola. Hablan la lengua !kung, que se destaca por su amplio uso de consonantes clic o chasquido consonántico.