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domingo, 14 de junio de 2026

Asinaria o La comedia de los asnos.- Plauto (254 a.C. - 184 a.C.)

Acto III
Escena I
(Cleéreta y Filenia)

«Cleéreta: ¿No puedo conseguir que me obedezcas cuando te prohíbo alguna cosa? ¿Es que tienes la idea de librarte de la autoridad maternal?
 Filenia: ¿Cómo voy a aplacar a la Piedad, oh madre, si no busco agradarte acomodándome a tus normas de conducta, en la forma que me mandas?
 Cleéreta: ¿Es esto honrar la Piedad, quitarle autoridad a tu madre? ¿Está bien oponerte a mis órdenes?
 Filenia: ¿Cómo es esto? Ni censuro lo que está bien hecho ni me gusta lo que es deficiente.
 Cleéreta: Nuestra enamoradiza es bastante habladora...
 Filenia: Madre, ése es mi negocio. La lengua pide, el cuerpo pide, el corazón suplica, las circunstancias aconsejan.
 Cleéreta: Quería corregirte y te presentas como acusadora.
 Filenia: ¡Por Dios!, ni te acuso ni me creo con derecho a ello. Pero me lamento de mi suerte cuando me apartas del que amo.
 Cleéreta: ¿De todo el día no se me concederá una partecita para poder hablar?
 Filenia: No sólo te doy tu partecita sino también la mía. Para hablar y para callar, ten firme el gobernalle, pues, ¡por Pólux!, si abandono el remo y descanso sola en la cabina de la nave, se acabó para ti toda nuestra hacienda familiar.
 Cleéreta: ¿Qué dices? No he visto nunca una mujer más desvergonzada que tú. ¿Cuántas veces te he prohibido acercarte a Argiripo, acariciarle, hablar con él? ¿Qué te ha dado, qué ha ordenado que nos trajesen? ¿Es que tú crees que las palabras dulces son oro o que las palabras bien dichas son regalos? Estás demasiado enamorada, le buscas demasiado, le reclamas a tu lado. A los que dan, los desprecias; a los que te desprecian, te pierdes por ellos. ¿Acaso debes esperar si alguno te promete que te va a hacer rica cuando se muera su madre? ¡Por Cástor!, nos amenaza un gran peligro, a nosotras y a la casa, de morir de hambre mientras esperamos su muerte. Si esta vez no trae aquí las veinte minas de plata, ¡por Cástor!, será arrojado de aquí a la calle, ese derrochador de lágrimas. Hoy es el último día que yo acepto sus excusas de pobreza.
 Filenia: Yo aguantaré, madre mía, aunque mandes que no coma.
 Cleéreta: No te prohíbo que ames a los que te dan, porque ellos son amados con razón.
 Filenia: Mas si mi corazón se enamora de uno, madre, ¿qué he de hacer?  Aconséjame.
 Cleéreta: ¡Toma! Mira mi cara, si velas por tu interés.
 Filenia: También el pastor que apacienta las ovejas ajenas tiene alguna preferida para alegrar su esperanza. Déjame amar a uno solo de corazón, a este Argiripo, a quien quiero.
 Cleéreta: Marcha dentro, pues, ¡por Pólux!, no hay nadie más desvergonzada que tú.
 Filenia: ¡Oh, madre!, has tenido una hija pronta a obedecer.

Escena II
(Líbano y Leónidas)

 Líbano: Con razón damos a la Perfidia alabanzas y muchas gracias porque con nuestros trucos, engaños y astucias, confiados en nuestras espaldas, apoyados en el valor de las varas del olmo... [Falta un verso.] ...contra los aguijones, cuchillos, cruces, esposas, hierros, cadenas, cepos, trampas, collares, cepos de cabeza y de pies, argollas y contra encarnizados provocadores, conocedores de nuestras espaldas en las que anteriormente tantas veces nos produjeron cicatrices... [Falta un verso.] ...Por ahora, esas legiones, tropas y ejércitos suyos, luchando con fuerza con nuestros juramentos falsos, han alcanzado la fuga. Esto se ha conseguido con el valor de este colega y con mi colaboración. ¿Hay alguien más valiente que yo para soportar los castigos?
 Leónidas: ¡Por Pólux!, no puedes alabar tus méritos tanto como yo: por lo que has hecho de malo en casa y en la guerra. ¡Canastos! No se pueden mencionar a tu favor muchas cosas: las veces que has defraudado a quienes confiaban en ti, las muchas veces que has sido infiel a tu amo, las veces que a sabiendas y de buen grado has jurado en falso, cuantas veces has perforado las paredes has sido cogido en hurto, las muchas veces que te has defendido estando colgado en presencia de ocho hombres fornidos y audaces y valientes manejadores de vergas.
 Líbano: Confieso, verdaderamente, Leónidas, que la verdad es como tú dices. Mas, ¡por Pólux!, ¿ no pueden también referirse tus propias y muchas maldades sin mentir? Las veces que a sabiendas has sido infiel a quien te era fiel, las veces que has sido cogido en hurto manifiesto y azotado, las veces que has jurado en falso, las veces que has alargado las manos a objetos sagrados, las muchas veces que has ocasionado daños, malestar o deshonor a tus amos, las veces que has negado el depósito que se te había confiado, las veces que has sido más fiel a la amiga que a tu amigo, las muchas veces que por la dureza de tu piel has tenido a tu lado ocho fuertes lictores dotados de flexibles varas de olmo. ¿Acaso al alabar a mi colega he hecho mal el elogio?
 Leónidas: Lo has hecho como más me convenía a mí, a ti y a nuestra condición.
 Líbano: Deja todo eso y responde a mi pregunta.
 Leónidas: Pregunta lo que quieras.
 Líbano: ¿Tienes las veinte minas de plata?
 Leónidas: Eres un adivino. ¡Por Pólux!, que el viejo Deméneto ha sido amable con nosotros. ¡Qué gracioso cuando me hacía pasar por Sáurea! Apenas pude contener la risa cuando el extranjero decía muy exaltado que durante su ausencia no había querido fiarse de mí. Cómo me llamaba, sin olvidarlo nunca, Sáurea el intendente.
 Líbano: Espera un poco.
 Leónidas: ¿Qué pasa?
 Líbano: ¿No es Filenia esa que sale de su casa acompañada de Argiripo?
 Leónidas: Cierra la boca: es él. Escuchemos con disimulo.
 Líbano: Ella, llorando, le coge el vestido a él, que también llora. ¿Qué querrá decir todo esto?
 Leónidas: Escuchemos en silencio.
 Líbano: ¡Toma! Ahora, ¡pardiez!, pienso que lo que querría tener es una pértiga.
 Leónidas: ¿Por qué?
 Líbano: Para azotar a los asnos, si por casualidad comenzasen a rebuznar, desde nuestras alforjas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa-Calpe, 1997, en traducción de José Mª Guinot Galán, pp. 167-171. ISBN: 84-239-7346-8.]

domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


viernes, 5 de abril de 2019

Plainsong.- Kent Haruf (1943-2014)

Resultado de imagen de kent haruf 

Guthrie

«-Bueno -dijo Crowder-, ya podemos empezar.
 Estaban en la pequeña sala que había junto a la biblioteca, sentados alrededor de una mesa cuadrada. Lloyd Crowder, el director del instituto, presidía la mesa. Russell Beckman estaba sentado enfrente del director, rodeado por sus padres. Su madre, una mujer bajita y rechoncha, llevaba un jersey rosa que le quedaba demasiado ajustado en los brazos y en el pecho. Su padre, un hombre corpulento, llevaba una brillante cazadora blanca de tacto satinado en cuya espalda podía leerse el lema del equipo de fútbol del instituto: "HALCONES DE HOLT." Guthrie estaba sentado entre los Beckman y el director. Había observado un momento a los Beckman antes de sentarse y había permanecido en silencio mientras esperaba a que comenzase la reunión. Sobre la mesa, delante de él, estaban las copias de los expedientes que había firmado. Al lado estaban los expedientes y los papeles que había traído el director. Era tarde. Ya hacía más de dos horas que habían acabado las clases.
 -Creo que todos se conocen -dijo Lloyd Crowder-, así que voy a ir directamente al grano. Me gustaría acabar con esto lo antes posible. -Apoyó sus gruesas manos sobre los papeles y se inclinó hacia adelante-. Como ya saben, estamos aquí para resolver el expediente disciplinario que se le ha abierto a su hijo. Cuando se abre un expediente mi deber es resolverlo y eso es precisamente lo que pretendo hacer. -Miró a sus cuatro compañeros de mesa-. Lo diré sin rodeos. El otro día, durante las horas de clase, Russell demostró un comportamiento dañino e inadecuado. Estamos aquí para establecer cómo se produjeron los hechos y para decidir si su comportamiento es merecedor de algún tipo de sanción.
 -Pero ¿cómo se atreve a hablarnos así? -dijo la señora Beckman interrumpiendo al director. Sus mejillas habían adquirido una tonalidad rosada y el jersey se le empezaba a subir peligrosamente hacia el pecho-. Habla como si el chico ya hubiera sido declarado culpable. Russ no ha hecho nada. Y si no, dígame usted qué ha hecho.
 -Eso es lo que intento hacer. Quizá lo consiga si no me interrumpe -dijo Crowder mirando fijamente a la madre de Beckman. Después cogió un folleto de la mesa-. Pero antes que nada quiero leerles lo que dice el Manual del estudiante. Página nueve. "Los siguientes comportamientos pueden ser sancionados con la expulsión temporal del alumno u otras medidas disciplinarias." Y ahora paso al epígrafe de las normas del nivel tres. "La reincidencia en cualquier violación de una norma de nivel dos, el consumo o la posesión de tabaco o drogas en el recinto escolar, el uso o la posesión de fuegos de artificio en el recinto escolar, el acoso, la insubordinación, las agresiones físicas y/o verbales a miembros del personal, la intimidación o el enfrentamiento físico con un compañero, el robo, los daños a propiedades de la institución o la destrucción de las mismas, la posesión y/o el uso de armas..." Etcétera. -Levantó la mirada del folleto-. Ésas son las normas y Russell las ha infringido.
 -¿Y eso por qué? -preguntó la señora Beckman-. Russell nunca lleva su rifle cuando va a clase. Y que yo sepa tampoco ha destruido nada que fuera propiedad del instituto.
 -No me ha dejado acabar -dijo el director-. Me gustaría que leyeran esto. -Les entregó una copia del expediente disciplinario.
 La señora Beckman miró el documento con suspicacia antes de apoyarlo en la mesa. Su marido y su hijo se inclinaron para leerlo.
 -Si quieren, podemos repasarlo juntos -dijo Lloyd Crowder-. Arriba está el nombre del alumno y la fecha del incidente. A continuación se expone detalladamente lo que ocurrió y al final figuran las posibles medidas disciplinarias. En un caso como éste estaríamos hablando de una expulsión temporal de hasta cinco días. Resumiendo, el expediente dice que Russell le dijo algo hiriente a una de sus compañeras de clase, causándole como consecuencia una humillación pública. Después, cuando el señor Guthrie salió al pasillo para hablar con Russell del incidente, su hijo le insultó y se comportó de forma violenta. Y eso nos lleva de vuelta al párrafo del Manual del estudiante que acabo de leerles. "La intimidación y/o el enfrentamiento físico con un compañero." "Las agresiones físicas y/o verbales a miembros del personal."
 -¿Quién ha escrito esto? -preguntó la señora Beckman.
 -Lo ha redactado la secretaria basándose en la información proporcionada por el señor Guthrie.
 -Pues le voy a decir lo que pienso de este expediente -dijo la señora Beckman-. No es más que un montón de mentiras.
 -¿De verdad lo cree? -dijo Guthrie desde su lado de la mesa.
 -Sí, claro que lo creo. -La señora Beckman miró a Guthrie con odio-. Desde luego que lo creo. Russ nos ha hablado de usted. Sabemos que le tiene manía. Por eso ha armado este escándalo. Porque le tiene manía. Usted siempre ha sido injusto con mi hijo. Este papel lleno de palabrejas raras no es más que una sarta de mentiras. Y le voy a decir lo que creo, creo que usted es un maldito mentiroso.
 -Por favor, señora Beckman -dijo el director-. No estoy dispuesto a permitir este tipo de lenguaje.
 -Pero este papel sólo contiene su versión -gritó la señora Beckman mirando a Guthrie. Después volvió bruscamente la cabeza hacia el director y cogió el expediente y lo agitó en la dirección de Guthrie-. Aquí sólo está lo que dice él. ¿Por qué no le pregunta a Russell lo que pasó? ¿O es que a usted tampoco le interesa la verdad?
 -Tranquilícese, señora. No vaya a decir algo de lo que pueda arrepentirse después. El chico tendrá la oportunidad de contar su versión. ¿Russell?
 El corpulento chico parecía petrificado. Permaneció inmóvil y en silencio.
 -Venga -dijo su madre-. ¿A qué esperas? Cuéntale al director lo que nos has dicho a nosotros.
 El chico miró a su madre. Después miró al director.
 -No le dije nada a esa chica. No me importa lo que diga él. No estaba hablando con ella. No tiene ninguna prueba contra mí. Ni siquiera sabe si dije algo.
 -Claro que lo sé -dijo Guthrie-. Todo el mundo lo oyó. Y al oírlo, la chica dejó de leer y miró a Beckman y salió corriendo de clase.
 -¿A ver, qué dije? Pregúnteselo. No lo sabe.
 -¿Lo sabes, Tom?
 -No -dijo Guthrie-. No lo oí bien, pero puedo imaginármelo. Se lo pregunté a los demás estudiantes, pero ninguno quiso decirme lo que había dicho. En cualquier caso, fuera lo que fuese, lo que dijo fue causa de que la chica saliera corriendo de clase.
 -¿Cómo lo sabe? -dijo la señora Beckman-. Eso sólo es una suposición.
 -No, es mucho más que eso -dijo Guthrie-. Todos los alumnos lo saben. Y, si no, dígame, ¿por qué iba a salir corriendo la chica?
 -Por cualquier cosa -dijo la señora Beckman-. Está embarazada, ¿no? Sí, la muy zorra se ha dejado preñar. Puede que tuviera que salir a hacer pis.
 -Señora -dijo Tom Guthrie mirándola fijamente-, es usted una maleducada, además de una pobre ignorante.»
   
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2000, en traducción de Agustín Vergara y cristina Pagés. ISBN: 84-08-03445-6.]