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domingo, 29 de enero de 2023

Autobiografía y otros escritos.- Benjamin Franklin (1706-1790)


Benjamin Franklin - Wikipedia, la enciclopedia libre
Autobiografía


    «En la ciudad vivía otro muchacho muy dado a los libros, llamado John Collins, con el que llegué a tener una amistad íntima. Con frecuencia discutíamos porque la controversia nos gustaba y deseábamos enfrentarnos uno a otro con nuestros argumentos, cosa que, por cierto, puede convertirse en una mala costumbre y hacer a los que la tienen muy desagradables, porque siempre llevan la contraria. Además de servir para agriar cualquier conversación, dicho hábito da ocasión a disgustos y tal vez enemistades, en lugar de reforzar la amistad. Adquirí esta mala costumbre leyendo los libros de mi padre sobre polémicas religiosas. Las personas de buen juicio, según luego he podido apreciar, rara vez caen en el vicio de discutir salvo los abogados, los universitarios o los que se han criado en Edimburgo. En una ocasión surgió entre Collins y yo una disputa a propósito de si había que instruir a las mujeres y fomentar su capacidad para el estudio. Según él, ello no procedía, y además las mujeres no valían para el estudio. Yo sostenía la teoría opuesta, quizá por aquello de llevar la contraria. Collins se mostraba más elocuente y encontraba fácilmente las palabras adecuadas y tengo para mí que a veces me vencía más por su elocuencia que por la solidez de sus razonamientos. Como nos separamos sin haber llegado a un acuerdo, yo me puse a escribir mis razonamientos, hice una copia en limpio y se la envié a mi contrincante. El contestó y yo volví a replicarle y así varias veces hasta que mi padre encontró por casualidad unas de aquellas cartas y las leyó. Sin entrar en el fondo de la cuestión, mi padre me comentó el estilo literario que yo empleaba, haciéndome notar la ventaja que yo tenía sobre mi antagonista en materia de ortografía y sintaxis (que eran fruto de mi experiencia como impresor), pero subrayándome también que en elegancia de expresión, en método y en perspicacia, yo era inferior, y me convenció de ello señalándome varios pasajes de las cartas. Me di cuenta de lo atinado de sus opiniones y, en consecuencia, me apliqué a mejorar mi estilo.
 Fue hacia esta época cuando cayó en mis manos un tomo del Spectator, el tercero para ser preciso. No había tenido la ocasión de leerlo, y cuando lo hice repetidas veces me pareció delicioso. Encontré su expresión excelente y deseé ser capaz de imitarla. En este empeño me fijé en algunos de sus ensayos, resumí en un papel, con poquísimas palabras, las ideas que se exponían en cada una de sus frases y lo guardé. Pasados unos días y sin consultar el original, intenté rehacer los ensayos de The Spectator a partir de mis resúmenes, completando éstos con cuantas palabras me parecían adecuadas para reconstruir su primitiva elegancia y amplitud. Luego cotejé mi trabajo con el original y corregí las faltas que había cometido. Me di cuenta de que me faltaba vocabulario o mayor presteza para recordar y utilizar las palabras idóneas. Pensé entonces que tal vez hubiera podido conseguir ambas cosas si hubiera seguido escribiendo versos, ya que el buscar palabras del mismo significado pero de longitud o sonido diferentes para encajarlas en el ritmo y en la rima correspondientes, me hubiera obligado a perseguir constantemente la variedad expresiva y a fijar en mi mente y dominar una gran multiplicidad de vocablos y giros. En consecuencia, tomé algunas de las narraciones del Spectator y las puse en verso para volverlas después a su prosa original, cuando había pasado tiempo y casi me había olvidado de ésta. Otras veces formaba un revoltijo con los resúmenes que había hecho y, transcurridas algunas semanas, procuraba restablecer el orden lógico que tenían en The Spectator, para luego proceder a reconstruir y completar las frases del ensayo original. Este método me valió mucho para la correcta ordenación de mis ideas, al proporcionarme la ocasión de comparar mi trabajo con el original y poder corregir mis fallos. En ocasiones incluso me hacía la ilusión de que había acertado a mejorarlo en algunos detalles de poca importancia, lo que me animaba a esperar que con el tiempo podría ser un buen escritor, cosa que ambicionaba sobremanera.
 Dedicaba a estos ejercicios y a leer las horas de la noche, acabado mi trabajo, o las de la madrugada, antes de empezarlo, así como los domingos, en que procuraba refugiarme en la imprenta, evitando en lo posible la asistencia al culto colectivo, al que mi padre me obligaba a ir cuando vivía con él. Aunque seguía pensando que tenía la obligación de asistir a él, me parecía justificado el no ir por falta de tiempo.
 Cumplidos los dieciséis años, tuve ocasión de dar con un libro escrito por un tal Tryon, en el que se recomendaba una dieta vegetariana y decidí adoptarla. Mi hermano aún no se había casado y vivía de pensión, en compañía de sus aprendices, con una familia. El que yo me negara a comer carne causaba molestias y ello me valió no pocas críticas. Me familiaricé con algunas recetas del vegetariano Tryon, las de las patatas y el arroz cocidos, por ejemplo; las de los puddings rápidos y algunas otras, y terminé por decirle a mi hermano que si me daba la mitad de lo que pagaba a la semana por mi pensión, yo viviría por mi cuenta. Aceptó de buen grado y yo me encontré con que podía ahorrar la mitad de lo que me daba y comprar más libros. Aparte de ello, encontré en esto otra ventaja: al irse mi hermano y los demás a comer, yo podía quedarme solo en la imprenta, hacer mi frugal colación (que no consistía sino en una galleta o una rebanada de pan, unas pocas uvas pasas, un pastel y un vaso de agua), y dedicarme al  estudio hasta que ellos volvieran. Aquella frugalidad contribuyó a que mis progresos en el saber fueran más rápidos, pues sabido es que la claridad de mente y la prontitud de asimilación intelectual son, por lo general, compañeras de la templanza en comer y beber. Ocurrió, por ejemplo, que alguien me puso en vergüenza por lo poco que yo sabía de cuentas, asignatura en la que, por cierto, me suspendieron dos veces cuando estaba en la escuela, y ante ello, me puse a estudiar la aritmética de Cocker y, sin ayuda de nadie, me la aprendí de cabo a rabo con gran facilidad. Leí también un libro de Seller y Sturny sobre navegación y me familiaricé algo con la geometría sin llegar a profundizar en esta ciencia. Leí también la obra de Locke On Human Understanding y El arte de pensar, de los filósofos de Port Royal.
Autobiografía y otros escritos: Amazon.es: FRANKLIN, BENJAMIN ... Mientras continuaba con mi propósito de mejorar mi lenguaje, encontré un libro de lengua inglesa (creo que era de Greenwood), en el que se insertaban al final dos apéndices con los rudimentos del arte de la lógica y la retórica, el primero de los cuales concluía con un debate siguiendo el método socrático. Poco después leí los Recuerdos memorables de Sócrates, escritos por Jenofonte, donde se recogen numerosos ejemplos de dicho método. Me entusiasmó y decidí adoptarlo. Abandoné mi forma de argumentar obstinada y positivista y llena de seguridades y me transformé en un humilde buscador de la verdad. Tras leer a Shaftessbury y Collins, las dudas que ya tenía acerca de algunos aspectos doctrinales de nuestra religión se extendieron a otros campos y llegué a la conclusión de que este método era el más seguro para mí y que ponía en graves aprietos a aquellos contra quienes lo utilizaba. Así pues, me complacía en practicarlo de continuo, llegando a adquirir cierta maestría en obligar a gentes incluso de mayor talento que yo, a reconocer y admitir cosas cuyo alcance no sospechaban y a ponerlas en situaciones de las que no les resultaba fácil salir, con lo que me apunté triunfos que ni yo ni mis argumentos merecían siempre. Utilicé este método durante algunos años y lo abandoné después paulatinamente, conservando sólo un cierto hábito de expresarme con frases de modesta timidez, evitando utilizar, si preveía discusión, términos demasiado categóricos tales como “ciertamente” o “indudablemente”. Prefería expresarme con frases tales como “pienso o entiendo que tal cosa es así o de tal forma”, o “me parece”, o “en mi opinión”, o “si no me equivoco”. Tal costumbre, pienso, me ha ayudado mucho a inculcar a los demás mis propias opiniones o a persuadirlos a que adoptaran ideas o actitudes que en ocasiones me he dedicado a propagar.
 Y puesto que los objetivos de la conversación consisten al fin y al cabo en informar o ser informado, en agradar o en persuadir, creo que los hombres sensatos y de recto juicio no deben mermar su capacidad de hacer el bien, adoptando una postura dogmática que suele disgustar a los interlocutores, crear oposición y contrariar los fines aludidos del don de la palabra. De hecho, si se trata de instruir a los demás, toda forma apriorística o contundente de manifestar lo que sentimos puede provocar oposición y poner en guardia a los demás contra nosotros. Si uno busca aprender y perfeccionarse con los conocimientos de los demás, es importante no aparecer uno mismo como anclado en prejuicios. Los hombres sensatos y modestos que no son partidarios de discutir no se sentirán animados a sacarnos de nuestros errores. Con esta disposición dogmática, rara vez se contenta al auditorio y menos aún se le persuade de que nos enseñe lo que sabe. Pope observa con acierto:

     Los hombres deben ser enseñados sin notarlo
     e instruirles en lo que ignoran como si
     se tratara de cosas que han olvidado.

  Pope recomienda asimismo:
    Hablar, por muy seguro que se esté, con humildad.

 Y podía haber completado esta frase con otra que utiliza, creo que con menos propiedad, en otro contexto:
    “Pues la falta de modestia es falta de sentido”.

 Si me pregunta por qué lo de la menor propiedad, les diré que los versos eran:
    “Las palabras inmodestas no admiten defensa, pues la falta de modestia es falta de sentido”.

  Pues bien: ¿no es la “falta de sentido” (si alguno es tan desafortunado de no poseerlo) cierta apología de su falta de modestia? Por ello pienso que la expresión correcta debería ser:
    “Las palabras inmodestas sólo pueden disculparse teniendo en cuenta que la falta de inmodestia no es sino falta de sentido”.

   Pero dejemos esto para gente más sabia que yo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1982, en traducción de Luis López Guerra, pp. 142-150. ISBN: 978-8427605848.]

domingo, 20 de noviembre de 2022

Santa María de las flores negras.- Hernán Rivera Letelier (1950)


Rivera Letelier, Hernán - Escritores.org - Recursos para escritores
Tercera parte

18

  «La mañana del sábado 21 amaneció particularmente luminosa. De los sectores altos de Iquique, desde donde se podía divisar el mar en todo su ancho, éste aparecía de un esplendor inusitado, majestuoso y azul como pocas veces se había visto. Y, por la raya completamente limpia del horizonte, como trazada a compás, se columbraba que el día venía incandescente y caluroso como el diantre.
   Desde antes que clareara el alba, los huelguistas pampinos que en los últimos días, por no haber hallado cabida en ningún albergue, pernoctaban y dormían en las calles de la ciudad, habían notado un incesante tráfico de coches de alquiler trasladando gente hacia el muelle de pasajeros. En su mayoría se trataba de personajes extranjeros y vecinos ricachones —los últimos que faltaban— que, abandonando sus lujosas residencias, huían con sus familias a ponerse a salvo en los buques mercantes fondeados en la bahía. Después supimos que estos buques cobraban hasta una libra esterlina diaria por cabeza.
   Después, poco antes de la salida del sol, fuimos sorprendidos todos por el ruido marcial de las tropas que recorrían las calles con sus armas y arreos de campaña dando órdenes a gritos, deshaciendo los grupos de personas y obligando a cerrar todos los negocios abiertos a esas horas de la mañana. Y cuando cada uno de nosotros se estaba preguntando por qué tanta escandalera y demostración de fuerza por parte de los soldados, aparecieron los diarios de la mañana y vimos con asombro que venían precedidos por el anuncio, titulado en gruesos caracteres, de la declaración de estado de sitio. El decreto, sin ningún considerando, foliado con el número 661, fechado en Iquique el 20 de diciembre de 1907, publicado por bando y firmado por el Intendente Carlos Eastman y su secretario Julio Guzmán García, acordaba y decretaba lo siguiente:

   1.— Queda prohibido desde hoy traficar por las calles y caminos de la provincia en grupos de más de seis personas a toda hora del día o de la noche.
   2.— Queda prohibido, en la misma forma, traficar por las calles de la ciudad después de las ocho de la noche, a toda persona que no lleve permiso escrito de la Intendencia.
   3.— Queda también prohibido el estacionamiento o reunión en grupos de más de seis personas.
  4.— La gente venida de la pampa y que no tiene domicilio en esta ciudad se concentrará en la escuela Santa María y plaza Manuel Montt.
   5.— Queda prohibida absolutamente la venta de bebidas capaces de embriagar.
   6.— La fuerza pública queda encargada de dar estricto cumplimiento al presente decreto.

   Lo que se perseguía con la ley marcial, lo vimos claramente entonces, era impedir la llegada de más huelguistas pampinos a Iquique y rejuntarnos a todos en las dependencias de la Escuela Santa María para, de esa manera, facilitar las medidas que se tomarían luego con nosotros. Además de ser editado en la primera página de los diarios de la mañana, el decreto, publicado por bando, fue leído públicamente y luego fijado junto a los edictos públicos. Al mismo tiempo se establecía la censura telegráfica y cablegráfica y se notificaba a las imprentas un decreto que prohibía la impresión y venta de todo diario u hoja impresa, y que las infracciones serían severamente reprimidas (aunque en verdad la censura nunca corrió para todos, porque después nos enteramos de que los gringos usaron el telégrafo cuantas veces quisieron y mandaron los cables que se les vino en gana durante todo el tiempo que duró la ley marcial). Mientras tanto, entre la ciudadanía comenzaban a circular dudosas listas de adhesión a las autoridades y de rechazo a la presencia de los huelguistas, y desde los despachos de la Intendencia se había organizado de tal manera el espionaje y el soplonaje dentro de la ciudad, que ese mismo día muchos vecinos comenzaron a ser citados e increpados duramente por haber emitido, en sus conversaciones privadas, opiniones contrarias al gobierno absoluto implantado en la provincia.
   Hasta ese momento, nuestra última propuesta de arreglo consistía en que nos volvíamos todos a la pampa a reanudar nuestras labores y dejábamos en el puerto a una comisión negociadora, con la sola condición de que los industriales nos aumentaran en un sesenta por ciento el sueldo durante el mes que se calculaba durarían las negociaciones. Todos pensábamos que era lo más justo y equitativo, y que con eso se solucionaría de inmediato el conflicto. Pero en mitad de la mañana nos enteramos de una junta llevada a cabo entre el Intendente y los patrones, en donde éstos habían desechado tajantemente nuestra propuesta. Del mismo modo como habían desdeñado el ofrecimiento del Gobierno de Chile de compensarles hasta el cincuenta por ciento del aumento pedido por nosotros. La proposición presidencial fue recibida con frialdad por parte de los salitreros, argumentando con soberbia que el problema no era de dinero sino de respeto. Que ellos no podían resolver nada bajo la presión de la masa porque significaría una imposición manifiesta de los huelguistas, y eso les anularía el respeto de patrones y les haría perder para siempre su prestigio moral (nosotros no entendíamos de qué prestigio moral hablaban esos carajos). Y volvieron a insistir en su exigencia de que los obreros debíamos abandonar la ciudad y volver a la pampa al instante, pues nuestra presencia entorpecía las negociaciones y constituía una imposición perjudicial para el empleador. El gringo John Lockett expresó, muy suelto de cuerpo, que hacer cualquier tipo de concesión en aquellos momentos sería tomado por los huelguistas como un signo de debilidad, y sin duda conduciría a promover después más extravagantes demandas, con probablemente aún más desastrosos resultados. Cuando el Intendente propuso un tribunal arbitral, los magnates dijeron que aceptaban cualquier acuerdo, pero siempre manteniendo inflexible su exigencia de que nosotros debíamos volver antes al trabajo. Y agregando, además —los muy miserables—, que bajo ninguna circunstancia se aceptaba tampoco la demanda de que los salarios fueran pagados al cambio de 18 peniques.
SANTA MARÍA DE LAS FLORES NEGRAS EBOOK | HERNAN RIVERA LETELIER ...  La primera autoridad provincial extendió, entonces, una convocatoria a nuestros dirigentes para asistir a una reunión en la Intendencia, con el fin de discutir la propuesta de los patrones. Pero el Comité Central la declinó. Bajo el imperio de la ley marcial, los dirigentes sospecharon y temieron ser víctimas de una trampa para detenerlos, con el evidente propósito de descabezar el movimiento. En esos momentos ya era sabido de todos la detención de dirigentes de varias oficinas, quienes, apresados por los militares, fueron subidos en calidad de reos a bordo del buque “Zenteno”. Toda esta represión —lo supimos después— se empezó a llevar a efecto siguiendo instrucciones precisas del Ministerio del Interior. El señor ministro, don Rafael Sotomayor, había mandado un cablegrama con carácter de «estrictamente reservado», en el cual expresaba al Intendente de la provincia que “Sería muy conveniente aprehender cabecillas trasladándolos a buques de guerra”. De modo que mediante una carta, los dirigentes expresaron su muy fundado temor y comunicaron al señor Intendente que, de ahí en adelante, todas las conversaciones se llevarían a efecto mediante comisiones o notas escritas. La carta decía lo siguiente:

“Iquique, diciembre 21 de 1907.
   En este momento este directorio central ha recibido verbalmente un llamado de V.S. al local de esa Intendencia.
  El Comité ha creído que no podemos complacer a V.S. en este sentido porque la orden dada por V.S. el día de hoy desampara por completo nuestros derechos y, aún más, al no poder ir allá en la forma pensada es susceptible de desórdenes que pueden amargar la situación.
  En esta caso creemos práctico que V.S. se sirva nombrar una comisión para entendernos en lo que V.S. desee, pues lo ocurrido en Buenaventura nos confirma que las garantías para el obrero se concluyen, y sería por demás doloroso que las fuerzas de línea tuvieran que luchar con el pueblo indefenso, como generalmente se hace y como nos da claro a comprender el bando publicado, en pago, parece, de las atenciones que los operarios en general han demostrado a V.S. y del orden y compostura que ese pueblo, que hoy se provoca, ha observado hasta hoy con sumo agrado de Chile entero, y no es posible desviarnos de esta senda.
  Sírvase V.S. tomar en cuenta nuestras razones y ordenar lo que estime conveniente, insinuando este Comité el práctico camino de notas, o en su defecto, lo ya dicho, por medio de comisiones, teniendo V.S. la seguridad de que a tal efecto nosotros hoy como siempre, daremos las más amplias facilidades. Dios guarde a V.S”.

   Firmaban José Brigg, como presidente y M. Rodríguez B., como secretario.
 A la hora del almuerzo, en los patios de la Escuela Santa María, los trabajadores pampinos, revolucionados por los últimos acontecimientos, nos movíamos y discutíamos entre nosotros en un estado de máxima tensión. Todos presentíamos que con la declaración del estado de sitio el fin de la huelga se hacía inminente. Completamente abatidos, sentíamos muertas todas las esperanzas.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2011, pp. 153-156. ISBN: 978-9562395632.]

lunes, 29 de agosto de 2022

Cartagena.- Claudia Amengual (1969)


Entrevista en YoTeLoDije a Claudia Amengual por "Cartagena", su ...
II


  «—¿Le queda grande, Rossi?
   No fue la pregunta lo que le dolió, sino el tono. Rossi sabía distinguir la diferencia. Conocía periodistas que habían cimentado su nombre en eso. El contenido era lo de menos. Tanto podían entrevistar al Papa como a un chimpancé. Lo que importaba era el tono. Y dentro del tono, los matices.
   El gran periodista era, para algunos, el que sabía aparentar inteligencia a través de un atrevimiento que muchas veces rozaba la mala educación o el sarcasmo. Rossi no era bueno para esas payasadas. Siempre se había sentido más cómodo enmarcado en la seriedad. Preparaba cada entrevista con minucia y mantenía al entrevistado de turno a una distancia prudente. Saludaba con un apretón de manos y no condescendía al tuteo. Tenía claro que la estrella nunca era él, pero sí quien ponía las reglas. Hacía preguntas breves, contundentes, y si el entrevistado intentaba escapar por una ventana retórica, Rossi siempre lo estaba esperando afuera.
   No aceptaba invitaciones a cócteles ni salía a almorzar. Clasificaba a sus entrevistados en cinco categorías: diplomáticos, políticos, intelectuales, empresarios y gente de la calle. A su mesa llegaban invitaciones de toda índole. Al principio las rechazaba con cortesía. Luego, ni se molestaba. Ninguna de aquellas personas lo invitaba por afecto. Rossi no se dejaba acariciar el ego. Sabía que cada invitación a almorzar se pagaba más tarde.
   De aquella troupe, los diplomáticos se llevaban el primer premio de su desdén. Ya fueran colocados a dedo o de carrera, Rossi no entendía por qué debían llevar aquel tren de vida fastuoso a costa de los impuestos que pagaba el pueblo. ¿Por qué un embajador o un cónsul debe tener choferes, mucamas y jardineros?, preguntaba. Pero si hasta hace un mes aquel viajaba en ómnibus y su mujer se compraba la ropa en la feria. Y, de golpe, ¡puf! El militante advenedizo que siempre está en alguna rosca, el político a quien se debe un favor y que no ha logrado una banca, el sindicalista que le toma el gusto a los privilegios, el otro que sabe demasiado y que mejor tener lejos, de un día para otro, dejan las camisas remangadas, se acomodan la corbata y se transforman en Señor Embajador. Por aquí, Señor Embajador. Permítame, Señor Embajador. ¿Cómo ha dormido, Señor Embajador? ¿A qué restaurante vamos, Señor Embajador? ¿Hoytoca ópera o vernissage, Señor Embajador? ¿A lo de aquella señorita, Señor Embajador? ¡De inmediato, Señor Embajador! ¡Señor Embajador, qué buena elección su corbata! ¡Buen provecho, Señor Embajador!
   Rossi sentía náuseas. Cada vez que le tocaba entrevistar a un diplomático, entraba a la redacción vociferando. ¿Sabe qué diferencia a una persona normal de un diplomático?, solía preguntar y, sin esperar respuesta, decía: Las personas normales quisieran tener muchos amigos, pero saben que con pocos alcanza. Los diplomáticos saben que tienen pocos o ninguno, pero fingen que todos lo son.
   No intentaba disimular su desprecio. Entendía las razones para la existencia de una diplomacia, pero le resultaba incomprensible, anacrónico, vergonzoso que aquellos excesos fueran necesarios. Sáquenle los lujos a la diplomacia y verán a qué velocidad se bajan los monos de la palmera, decía. Quedarían solo los vocacionales, los que realmente trabajan por el país. ¡La aristocracia republicana! Así los llamaba y los evitaba cuanto podía, pero cada tanto, le pedían que entrevistara a alguno. Entonces sí que afilaba el tono y se convertía en maestro de la ironía. Por eso entendía bien la intención escondida tras la pregunta del director. La clave estaba en el tono.

***

   —¿Le queda grande, Rossi?
   Hubiera querido decirle que lo único grande que tenía eran los testículos que, después de una vida de profesión mal remunerada, estaban por el piso, pero todavía necesitaba el salario y, además, adoraba su trabajo. Él sí era un vocacional. Había empezado en una época en la que no se estudiaba para ser periodista. Se hacía carrera al andar y se aprendía de los viejos a los que se consideraba maestros. No desdeñaba el paso por la universidad, pero resentía esa oleada invasora de jóvenes arrogantes que había irrumpido en las redacciones revoleando el título y frunciendo la nariz ante quien no lo tuviera.
   La mayoría creía saberlo todo, pero ¡sabían tan poco! El periodismo se hace en la calle, chiquitos, se decía para sus adentros. En el fondo, Rossi sentía celos. Le hubiera gustado haber nacido más tarde solo para aprender lo que aquellos mocosos habían estudiado. No estaba seguro de ser mejor periodista por eso, pero sabía que una buena formación nunca podía jugar en contra. Con su profesionalidad y aquellos conocimientos, hubiera sido imbatible, pensaba.
   —No entiendo por qué me manda a mí —preguntó.
   El director se desperezó en su silla como un gato mañanero. Se tiró tan hacia atrás que, por un instante, Rossi esperó divertido que se fuera al suelo. Pero no. Extendió los brazos hacia el techo, bostezó y, como impulsado por un resorte, recuperó la vertical. Le ofreció un cigarrillo 
  —Nunca fumé —dijo Rossi molesto porque, después de tanto tiempo, el hombre debería saberlo. La rabia le hizo doblar la agresión—. ¿Y cómo es eso? ¿Ahora se puede fumar adentro?
   El director lo miró con odio, pero sonrió.
   —Ay, Rossi, Rossi… Es mi oficina, es mi periódico, fumo donde quiero.
   Será tu periódico hasta que los otros accionistas te peguen una patada en el culo, pensó Rossi. Conocía la inestable situación del director, que era socio minoritario y que estaba en la mira de los otros desde hacía tiempo. Un hálito de sarcasmo se instaló entre los dos y el director pareció notarlo. Probó con un tono más directo.
   —Bueno, ¿en qué quedamos, entonces? ¿Acepta o no acepta?
   —¿Y por qué yo?
   Ahora era el director el que empezaba a impacientarse.
   —¡Porque no voy a mandar a ninguno de estos pendejos! No habían nacido cuando este tipo ya era leyenda. No han oído hablar de él. Ni siquiera estoy seguro de que hayan leído al otro. ¡No leen! Salen de la facultad con lo mínimo para aprobar los exámenes, pero les falta boliche, ¿se entiende, Rossi?
   Sí, entendía, claro que entendía. El director no iba a decírselo, pero la razón era evidente: Rossi era el único que podía conseguir aquella entrevista y sacarle jugo. ¡Claro que aceptaría! Por motivos que ni siquiera él tenía claros, aceptaría. Pero no iba a hacérselo tan fácil a aquel ganso. Ahora era Rossi quien jugaba. Y tenía la carta ganadora.
   —No crea que no leen. Leen distinto, pero…
   —¡No leen un carajo! ¿Chatear y escribir idioteces en las redes sociales es leer? ¿Ha visto las faltas de ortografía, la sintaxis? Qué digo. Eso no es sintaxis. Es un entrevero, un amasijo de palabras. Cagan palabras, Rossi, no piensan. Y, además, ¿le parece que a alguno de estos borregos puede interesarle entrevistar a un viejo? Cualquiera de ellos aceptaría en un segundo, no lo dude. De eso estoy segurísimo. Pero ¿sabe por qué? Por el viaje. Por tomarse un avioncito, comer de arriba y hacer turismo. ¿Sabe cuánto le dedicarían a preparar la entrevista? El tiempo necesario para leer la Wikipedia. Y un poco más si mando al mejor, pero no crea que habría demasiada diferencia. Y luego se presentarían en la casa del tipo, disfrazados de pordioseros… ¿Me quiere decir por qué tienen que ir vestidos de ese modo? ¿Se acuerda de antes, Rossi? ¿Cuando el periodismo era cosa seria? Usted estuvo en la época de la radio, cuando el periódico y la radio estaban en el mismo edificio, ¿se acuerda?
Cartagena - AMENGUAL, CLAUDIA: ALFAGUARA - · Librería Rafael Alberti.   Rossi no contestó. El director sabía la respuesta. Estaban allí los dos desde hacía cuarenta años. Él era el hijo del dueño. Rossi, un joven con una voz privilegiada que había ganado un concurso de locución. Cuando la radio y el periódico eran la misma empresa, Rossi y el director habían compartido un programa. Después, Rossi mostró dotes para la escritura y lo derivaron al diario. El hijo del dueño no tenía dotes; tenía la dote: lo nombraron director. Años después, alguna crisis lo obligó a vender la mayoría de su paquete accionario y a quedarse con un mínimo que casi no le daba derechos, salvo el puesto de director, que tenía más de simbólico que de efectivo. Quizá para olvidar aquel comienzo conjunto y porque su inseguridad lo obligaba a mantener distancia, un día el director empezó a tratarlo de usted. Rossi le siguió el juego. Aún le sonaba artificial aquel trato. Cada tanto se le escapaba un tuteo o tenía el impulso de decirle: ¡Dejate de joder, Murera! ¡Si nos conocemos desde hace una vida!
   —Se acuerda, Rossi, claro que se acuerda. Y recordará, entonces, que los informativistas se ponían el saco y se ajustaban la corbata cada vez que entraban al estudio a leer las noticias. Aquello era respeto. Ahora vienen de bermudas y ¡guay con decirles algo! A los cinco minutos tengo al sindicato aporreando la puerta. ¿Usted cree que alguno de estos pelusas puede hacer una entrevista así? No, Rossi, sería un desperdicio.
   ¿Desperdicio para quién?, se dijo Rossi. Era obvio que el director se jugaba algo importante. No lo habría llamado de urgencia ni estaría dándole tanta vuelta al asunto de no ser porque algo tramaba. Aquella misión que le proponía tenía que ver con el director, con su futuro en el diario; quizá evitaría la patada que todos estaban esperando desde hacía mucho. Y a cada segundo se volvía evidente que, junto con la creciente desesperación del otro, el poder de Rossi aumentaba.
   —¿Por qué entrevistarlo ahora? Nadie lo recuerda. Ni siquiera sabemos si está vivo. No volvió a salir ninguna nota sobre él.
   —¡Exacto! ¡Por eso! El escándalo fue en los ochenta cuando el Nobel. No tengo que recordárselo; usted estuvo allí. Hubo de todo, ¿no? Gritos, insultos, amenazas, acusaciones de plagio, un juicio que quedó en la nada. Y una única entrevista, Rossi, la gran exclusiva que tuvo nuestro periódico. Sin fotos, es cierto, una macana, pero…
   —La única condición que puso. Nada de fotos.
   —Me acuerdo bien de eso. De todos modos, usted lo solucionó con aquel montaje. La foto del Nobel y, por detrás, una silueta, como una sombra. Muy ingenioso, Rossi; usted mereció aquel premio.
   El director se detuvo para medir el efecto. Rossi se tomó un segundo antes de responder.
   —Ya pasó demasiado tiempo.
   —Y usted va a volver allí para ver qué ha sido de ese hombre. Otra vez nuestro periódico tendrá la gran historia. Y, por qué no, otro gran premio. Para usted, claro, otro gran premio de periodismo para usted. ¿Cuánto fue aquella vez? ¿Cincuenta, cien mil dólares?
   —Veinte —corrigió Rossi. Y hubiera agregado que con esos veinte pagó aquellas vacaciones en Estados Unidos, aquellas malditas vacaciones de las que su mujer no volvió.
El director notó que el rostro de Rossi se oscurecía.
   —Escuche, no le estoy ofreciendo cubrir una guerra. Ya sé, no me diga que ese no es argumento para un buen periodista, lo sé, usted no es de los que van de paseo. Pero, escuche, una semana en el Caribe, aquel hotel que fue convento, ¿cómo se llama?…, bien, da igual, el lugar es un espectáculo…
   Rossi escuchaba y la indignación iba en aumento. Dolía el recuerdo de su mujer, o peor, notar que el otro ni siquiera reparaba en eso, que no era capaz de entender que aquella entrevista había significado el cielo y el infierno. Cómo podía ser que este tipo fuera tan insensible. Que no recordara… Una gran entrevista, un premio y después, el peor de los castigos. Había llegado con mal humor, pero ahora estaba irritado. Se puso de pie.
   —Mande a otro; yo no puedo. Tengo a mi padre enfermo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2016. ISBN: 978-84-2042-069-1.]