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jueves, 30 de abril de 2020

La suerte de Barry Lyndon.- William M. Thackeray (1811-1863)

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Capítulo VII.- El carro de leva. Episodios militares

  «No voy a ofreceros ninguna narración romántica de la Guerra de los Siete Años. A su término integraban el ejército prusiano, tan renombrado por su disciplinado valor, oficiales y suboficiales prusianos nativos, ello es verdad, mas en su mayor parte estaba compuesto por mercenarios o rehenes como yo mismo, de todas las naciones de Europa. Las deserciones a un lado y otro fueron ingentes. Antes de la guerra, sólo en mi regimiento (el de Bülow), se contaban no menos de 600 franceses, y según marchaban de Berlín para la campaña, uno de ellos, que tenía un viejo violín, tocó un aire francés y sus camaradas, más que caminar, casi danzaron al son y cantaron "Nous allons en France". Dos años después, a su regreso a Berlín, no quedaban más que seis de estos hombres, el resto o había huido o había caído en combate. La vida del soldado raso resultaba espantosa a cualquiera que no fuera hombre de férreo valor y resistencia. Había un cabo por cada tres hombres, que marchaba tras ellos y empleaba la vara sin compasión; hasta tal punto que se decía que en combate había una primera línea de soldados y una segunda de sargentos y cabos que los obligaban a avanzar. Muchos hombres se entregaban a los más espantosos actos de desesperación por causa de estas incesantes persecuciones y torturas, y en varios regimientos del ejército afloró una terrible práctica, que durante un tiempo fue motivo de gran alarma en el gobierno. Se instituyó una extraña y espantosa rutina de infanticidios. Los hombres acostumbraban a decir que la vida era insoportable, que el suicidio era un crimen y que con objeto de conjurarlo y para poner fin a sus insoportables sufrimientos no cabía mejor plan que matar a un niño pequeño, que al ser inocente tendría asegurado el cielo y, después, entregarse como culpable de asesinato. El propio rey, el héroe, sabio, y filósofo, el príncipe que siempre tenía la liberalidad en los labios, y que fingía sentir horror ante la pena capital, se sintió aterrado ante esta espantosa forma de protesta de los infelices a los que tenía secuestrados contra su monstruosa tiranía, y el único medio al que recurrió para remediar el mal fue dictar prohibición estricta de que dichos criminales fueran asistidos por  ningún eclesiástico, y así les negó todo consuelo religioso.
 Los castigos se sucedían de continuo. Todo oficial gozaba de libertad para infligirlos, y en tiempos de paz eran aún más crueles que en tiempos de guerra. Pues cuando llegó la paz, el rey abandonó a su suerte a aquellos oficiales que no eran nobles, sin importarle cuáles pudieran haber sido sus servicios. Llamaba a un capitán al frente de su compañía y decía: "No es noble, fuera con él." En cierto modo, le temíamos y nos intimidaba su presencia, cual bestias salvajes ante su guardián. He visto a los hombres más valientes del ejército llorar como niños al sentir los varazos; he visto a un pequeño abanderado de quince años hacer salir de su fila a un hombre de cincuenta, a un hombre que en cien batallas participara, y que hubo de presentar armas y permanecer firme ahogado por los sollozos y berridos, como un crío, mientras un joven miserable le azotaba en brazos y muslos. En un día de acción, este hombre demostraría con creces su osadía. Podría, entonces, ir mal abrochado, que nadie le ponía una mano encima; ahora bien, una vez vuelto el bruto de la pelea, le volvían a azotar hasta verle doblegado a la subordinación. Casi todos nosotros cedimos ante el maleficio, apenas pudo uno escapar de él. El oficial francés del que he hablado, al que cogieron cuando a mí, estaba en mi compañía y fue azotado como un perro. Coincidí con él en Versalles, transcurridos veinte años, y palideció y pareció enfermar cuando le hablé de los viejos tiempos: "¡Por amor de Dios! -me dijo-. No habléis de esa época; aún hoy me despierto temblando y llorando".
La suerte de Barry Lyndon de William M. Thackeray , y Marcos ... En cuanto a mí, tras un breve lapso de tiempo en el que he de confesar que probé, como mis camaradas, la vara, y una vez halladas las oportunidades de demostrar mi valentía y destreza como soldado, adopté las medidas que tomara en el ejército inglés para eludir cualquier otra suerte de degradación personal. Me colgué al cuello una bala, que no me esforcé por ocultar, y anuncié que habría de ser para el hombre o el oficial por cuya causa fuera yo castigado. Y algo había en mi carácter que indujo a mis superiores a creerme, pues aquella bala ya me había servido para matar a un coronel austriaco, y habría ido a dar en un prusiano con igual ausencia de remordimiento por mi parte. ¿Qué me importaban a mí sus disputas, o si el águila bajo el cual yo marchaba tenía una cabeza o dos? Me limité a decir: "Ningún hombre me hallará errando en mi deber; mas tampoco ningún hombre me pondrá jamás una mano encima." Y a esta máxima me atuve mientras permanecí en el servicio.
 No es mi propósito dar mayor cuenta de las batallas que acontecieron en el servicio prusiano que de las que sucedieron en el inglés. En ambos cumplí con mi deber, tan bien como cualquiera, y cuando mi bigote hubo adquirido una longitud aceptable, cosa que sucedió cuando tenía yo veinte años, no había soldado de mayor valor, viveza, belleza y, todo sea dicho, también maldad en el ejército prusiano. En mi formación había alcanzado la condición de una verdadera bestia de pelea; el día que entrábamos en acción, me mostraba fiero y feliz; fuera del campo de batalla, me entregaba al placer en lo posible, y para nada me andaba con remilgos respecto de su calidad o modo de procurarlo. Lo cierto es, empero, que había entre nuestros hombres un tono de sociedad bastante más elevado que entre los torpes patanes del ejército inglés, y nuestro servicio era, por lo general, tan estricto que poco tiempo nos quedaba para hacer de las nuestras. Soy de piel muy oscura y atezada, de ahí que mis compañeros me apodaran "El Negro Englander", "Schwartzer Englander" o "El Demonio Inglés". Si algún servicio había que realizar, por seguro tenía que a mí me sería encomendado. Recibí frecuentes gratificaciones pecuniarias, mas ningún ascenso; y fue al día siguiente de haber dado muerte al coronel austriaco (un enorme oficial del regimiento de lanceros con el que me medí yo solo y a pie) cuando mi coronel, el general Bülow, me hizo entrega de dos federicos de oro ante el regimiento con las siguientes palabras: "Te recompenso aquí hoy, mas me temo que el día menos pensado habré de ahorcarte". Me gasté el dinero, y también el que sustraje del cuerpo del coronel, hasta el último groschen, aquella noche con una jovial compañía, mas mientras duró la guerra, nunca faltó un dólar en mi bolsa.»
     
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2006, en traducción de Carmen Acuña Partal. ISBN: 84-376-2336-7.]

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Reflexiones sobre la violencia.- Georges Sorel (1847-1922)

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6.-La moralidad de la violencia
II

«B) A los sabios de la burguesía no les gusta ocuparse de las clases peligrosas; ésta es una de las razones por las que todas sus disertaciones acerca de la historia de las costumbres son siempre superficiales; y no cuesta mucho percatarse de que solamente el conocimiento de esas clases permite penetrar en los misterios del pensamiento moral de los pueblos.
 Las antiguas clases peligrosas practicaban el delito más sencillo, el que más estaba al alcance de su mano, y hoy está relegado a los grupos de truhanes jóvenes sin experiencia ni discernimiento. Los delitos de brutalidad nos parecen hoy algo tan anormal que, cuando la brutalidad es enorme, nos preguntamos si el culpable está en su sano juicio. Esta transformación no se debe, evidentemente, a que los criminales se hayan moralizado, sino a que han mudado su manera de proceder, debido a las nuevas condiciones de la economía, como veremos más adelante. Este cambio ha ejercido una grandísima influencia en el pensamiento popular.
 Todos sabemos que las asociaciones de malhechores consiguen mantener en su seno una excelente disciplina, gracias a la brutalidad; cuando vemos maltratar a un niño, instintivamente suponemos que sus padres tienen hábitos criminales: los procedimientos que empleaban los antiguos maestros de escuela, y que los establecimientos eclesiásticos se obstinan en conservar, son los mismos de los vagabundos que raptan niños y amaestran a sus víctimas para transformarlas en diestros acróbatas o en productivos mendigos. Todo aquello que recuerda las costumbres de las antiguas clases peligrosas nos es soberanamente odioso.
 La antigua ferocidad tiende a ser sustituida por la astucia, y muchos sociólogos estiman que existe en ello un apreciable progreso; algunos filósofos, que no tienen la costumbre de seguir las opiniones del rebaño, no ven por parte alguna en qué constituye eso un progreso desde el punto de vista moral; dice Hartmann: "Nos choca la crueldad, la brutalidad de los tiempos pasados, pero no conviene olvidar que la rectitud, la sinceridad, el hondo sentimiento de la justicia y el piadoso respeto ante la santidad  de las costumbres caracterizan a los antiguos pueblos; mientras que hoy vemos que reina la mentira, la falsedad, la perfidia, la trapacería, el desprecio hacia la propiedad, el desdén por la probidad instintiva y las costumbres legítimas, cuyo valor ya no se suele entender. El robo, el embuste y el fraude crecen a pesar de la represión mediante las leyes, en proporción mayor que la disminución de los delitos burdos y violentos como el pillaje, el asesinato, la violación, etc. El más rastrero egoísmo quiebra sin pudor los sagrados vínculos de la familia y la amistad, en todos los lugares en que se encuentra en oposición con ellos".
 Hoy día, por lo general, se juzga que las pérdidas de dinero son accidentes que pueden suceder a cada paso que se da, y que son fácilmente reparables, mientras que los accidentes corporales no lo son; por consiguiente, se estima que un delito de astucia es menos grave que otro de brutalidad; los criminales se aprovechan de esa transformación que ha tenido lugar en los juicios.
 Nuestro Código Penal había sido redactado en una época en la que se presentaba al ciudadano bajo los rasgos de un propietario rural, preocupado únicamente de administrar su hacienda como buen padre de familia y de procurar a sus hijos una situación honorable; las grandes fortunas realizadas en los negocios, mediante la política y la especulación, eran escasas y estaban consideradas como verdaderas monstruosidades; y la defensa del ahorro de las clases medias era una de las grandes preocupaciones de los legisladores. El régimen anterior había sido mucho más terrible en la represión de los fraudes, pues la declaración regia de 5 de agosto de 1725 castigaba con la pena de muerte a quien incurría en quiebra fraudulenta: ¡no cabe imaginar nada más distante de nuestras costumbres actuales! Hoy estamos dispuestos a creer que los delitos de esa clase solamente pueden cometerse mediando una imprudencia de las víctimas y que sólo excepcionalmente merecen penas aflictivas; y aun así, nos contentamos con condenas leves.
 En una sociedad opulenta, ocupada en grandes negocios, en la que todos vigilan atentamente en defensa de sus intereses, como sucede en la sociedad americana, los delitos de astucia no tienen en modo alguno las mismas consecuencias que en una sociedad que se ha visto  obligada a imponerse una rigurosa parsimonia; en aquella sociedad, en efecto, no suelen esos delitos causar graves y duraderas perturbaciones en la economía; por ello, los americanos soportan, sin gran protesta, los excesos de sus políticos y financieros. Compara P. de Rousiers al norteamericano con un capitán de barco que, en el curso de una travesía dificultosa, no tiene tiempo de vigilar a su cocinero que le está robando. "Cuando se les dice a los americanos que sus políticos les roban, os suelen responder: ¡Hombre, ya lo sé! Mientras marchen los negocios, si los políticos no se atraviesan en el camino, se libran, sin gran esfuerzo, de los castigos que se merecen".
 Desde que en Europa se gana fácilmente el dinero, se han difundido entre nosotros análogas ideas. Importantes hombres de negocios se han librado de la represión porque han sido lo suficientemente hábiles, a la hora de su triunfo, para granjearse múltiples amistades en todos los círculos; y se ha terminado por considerar que sería muy injusto condenar a los negociantes que quebraban y a los notarios que se retiraban arruinados a raíz de mediocres catástrofes, mientras que los príncipes de la estafa financiera continuaban dándose la buena vida. Poco a poco, la nueva economía ha creado una nueva indulgencia extraordinaria con todos los delitos de astucia en los países de alto capitalismo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2016, en traducción de Florentino Trapero. ISBN: 978-84-9104-381-2.]

viernes, 5 de abril de 2019

Plainsong.- Kent Haruf (1943-2014)

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Guthrie

«-Bueno -dijo Crowder-, ya podemos empezar.
 Estaban en la pequeña sala que había junto a la biblioteca, sentados alrededor de una mesa cuadrada. Lloyd Crowder, el director del instituto, presidía la mesa. Russell Beckman estaba sentado enfrente del director, rodeado por sus padres. Su madre, una mujer bajita y rechoncha, llevaba un jersey rosa que le quedaba demasiado ajustado en los brazos y en el pecho. Su padre, un hombre corpulento, llevaba una brillante cazadora blanca de tacto satinado en cuya espalda podía leerse el lema del equipo de fútbol del instituto: "HALCONES DE HOLT." Guthrie estaba sentado entre los Beckman y el director. Había observado un momento a los Beckman antes de sentarse y había permanecido en silencio mientras esperaba a que comenzase la reunión. Sobre la mesa, delante de él, estaban las copias de los expedientes que había firmado. Al lado estaban los expedientes y los papeles que había traído el director. Era tarde. Ya hacía más de dos horas que habían acabado las clases.
 -Creo que todos se conocen -dijo Lloyd Crowder-, así que voy a ir directamente al grano. Me gustaría acabar con esto lo antes posible. -Apoyó sus gruesas manos sobre los papeles y se inclinó hacia adelante-. Como ya saben, estamos aquí para resolver el expediente disciplinario que se le ha abierto a su hijo. Cuando se abre un expediente mi deber es resolverlo y eso es precisamente lo que pretendo hacer. -Miró a sus cuatro compañeros de mesa-. Lo diré sin rodeos. El otro día, durante las horas de clase, Russell demostró un comportamiento dañino e inadecuado. Estamos aquí para establecer cómo se produjeron los hechos y para decidir si su comportamiento es merecedor de algún tipo de sanción.
 -Pero ¿cómo se atreve a hablarnos así? -dijo la señora Beckman interrumpiendo al director. Sus mejillas habían adquirido una tonalidad rosada y el jersey se le empezaba a subir peligrosamente hacia el pecho-. Habla como si el chico ya hubiera sido declarado culpable. Russ no ha hecho nada. Y si no, dígame usted qué ha hecho.
 -Eso es lo que intento hacer. Quizá lo consiga si no me interrumpe -dijo Crowder mirando fijamente a la madre de Beckman. Después cogió un folleto de la mesa-. Pero antes que nada quiero leerles lo que dice el Manual del estudiante. Página nueve. "Los siguientes comportamientos pueden ser sancionados con la expulsión temporal del alumno u otras medidas disciplinarias." Y ahora paso al epígrafe de las normas del nivel tres. "La reincidencia en cualquier violación de una norma de nivel dos, el consumo o la posesión de tabaco o drogas en el recinto escolar, el uso o la posesión de fuegos de artificio en el recinto escolar, el acoso, la insubordinación, las agresiones físicas y/o verbales a miembros del personal, la intimidación o el enfrentamiento físico con un compañero, el robo, los daños a propiedades de la institución o la destrucción de las mismas, la posesión y/o el uso de armas..." Etcétera. -Levantó la mirada del folleto-. Ésas son las normas y Russell las ha infringido.
 -¿Y eso por qué? -preguntó la señora Beckman-. Russell nunca lleva su rifle cuando va a clase. Y que yo sepa tampoco ha destruido nada que fuera propiedad del instituto.
 -No me ha dejado acabar -dijo el director-. Me gustaría que leyeran esto. -Les entregó una copia del expediente disciplinario.
 La señora Beckman miró el documento con suspicacia antes de apoyarlo en la mesa. Su marido y su hijo se inclinaron para leerlo.
 -Si quieren, podemos repasarlo juntos -dijo Lloyd Crowder-. Arriba está el nombre del alumno y la fecha del incidente. A continuación se expone detalladamente lo que ocurrió y al final figuran las posibles medidas disciplinarias. En un caso como éste estaríamos hablando de una expulsión temporal de hasta cinco días. Resumiendo, el expediente dice que Russell le dijo algo hiriente a una de sus compañeras de clase, causándole como consecuencia una humillación pública. Después, cuando el señor Guthrie salió al pasillo para hablar con Russell del incidente, su hijo le insultó y se comportó de forma violenta. Y eso nos lleva de vuelta al párrafo del Manual del estudiante que acabo de leerles. "La intimidación y/o el enfrentamiento físico con un compañero." "Las agresiones físicas y/o verbales a miembros del personal."
 -¿Quién ha escrito esto? -preguntó la señora Beckman.
 -Lo ha redactado la secretaria basándose en la información proporcionada por el señor Guthrie.
 -Pues le voy a decir lo que pienso de este expediente -dijo la señora Beckman-. No es más que un montón de mentiras.
 -¿De verdad lo cree? -dijo Guthrie desde su lado de la mesa.
 -Sí, claro que lo creo. -La señora Beckman miró a Guthrie con odio-. Desde luego que lo creo. Russ nos ha hablado de usted. Sabemos que le tiene manía. Por eso ha armado este escándalo. Porque le tiene manía. Usted siempre ha sido injusto con mi hijo. Este papel lleno de palabrejas raras no es más que una sarta de mentiras. Y le voy a decir lo que creo, creo que usted es un maldito mentiroso.
 -Por favor, señora Beckman -dijo el director-. No estoy dispuesto a permitir este tipo de lenguaje.
 -Pero este papel sólo contiene su versión -gritó la señora Beckman mirando a Guthrie. Después volvió bruscamente la cabeza hacia el director y cogió el expediente y lo agitó en la dirección de Guthrie-. Aquí sólo está lo que dice él. ¿Por qué no le pregunta a Russell lo que pasó? ¿O es que a usted tampoco le interesa la verdad?
 -Tranquilícese, señora. No vaya a decir algo de lo que pueda arrepentirse después. El chico tendrá la oportunidad de contar su versión. ¿Russell?
 El corpulento chico parecía petrificado. Permaneció inmóvil y en silencio.
 -Venga -dijo su madre-. ¿A qué esperas? Cuéntale al director lo que nos has dicho a nosotros.
 El chico miró a su madre. Después miró al director.
 -No le dije nada a esa chica. No me importa lo que diga él. No estaba hablando con ella. No tiene ninguna prueba contra mí. Ni siquiera sabe si dije algo.
 -Claro que lo sé -dijo Guthrie-. Todo el mundo lo oyó. Y al oírlo, la chica dejó de leer y miró a Beckman y salió corriendo de clase.
 -¿A ver, qué dije? Pregúnteselo. No lo sabe.
 -¿Lo sabes, Tom?
 -No -dijo Guthrie-. No lo oí bien, pero puedo imaginármelo. Se lo pregunté a los demás estudiantes, pero ninguno quiso decirme lo que había dicho. En cualquier caso, fuera lo que fuese, lo que dijo fue causa de que la chica saliera corriendo de clase.
 -¿Cómo lo sabe? -dijo la señora Beckman-. Eso sólo es una suposición.
 -No, es mucho más que eso -dijo Guthrie-. Todos los alumnos lo saben. Y, si no, dígame, ¿por qué iba a salir corriendo la chica?
 -Por cualquier cosa -dijo la señora Beckman-. Está embarazada, ¿no? Sí, la muy zorra se ha dejado preñar. Puede que tuviera que salir a hacer pis.
 -Señora -dijo Tom Guthrie mirándola fijamente-, es usted una maleducada, además de una pobre ignorante.»
   
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2000, en traducción de Agustín Vergara y cristina Pagés. ISBN: 84-08-03445-6.]

jueves, 18 de enero de 2018

El Estado servil.- Hilaire Belloc (1870-1953)


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Sección V.- El Estado Capitalista, a medida que se integra, pierde estabilidad

«El Estado Capitalista es inestable, y a decir verdad, más que un Estado propiamente dicho, constituye una fase transitoria entre dos estados permanentes y estables de la sociedad.
 Con el fin de comprender por qué es así, recordemos la definición del Estado Capitalista: "Llamamos capitalista a una sociedad en la cual la posesión de los medios de producción está limitada a cierto número de ciudadanos libres, no lo suficientemente grande como para hacer de la propiedad el carácter general de la misma, mientras que los restantes carecen de tales medios de producción y son, por consiguiente, proletarios".
 Obsérvense los diversos puntos de tal orden de cosas. Hay propiedad privada; pero no es propiedad privada distribuida en muchas manos y, por tanto, familiar como institución al conjunto de la sociedad. Luego, tenemos una gran mayoría de desposeídos, que son, al mismo tiempo, ciudadanos, es decir políticamente libres para obrar en una forma u otra, aunque impotentes desde el punto de vista económico; además, si bien sólo es una inferencia de nuestra definición, es una inferencia necesaria que bajo el capitalismo haya una explotación consciente, directa y planificada de la mayoría (los ciudadanos libres que no poseen) por la minoría de poseedores. Como la riqueza tiene que ser producida, la comunidad íntegra debe vivir, y los poseedores pueden convenir tales condiciones con los no poseedores, para asegurarse de que una parte de lo que éstos produzcan vaya a parar a sus manos.
 Una sociedad así constituida no puede perdurar. Y no puede porque se halla sujeta a dos tensiones muy severas, las cuales crecen en severidad a medida que esa sociedad se vuelve más íntegramente capitalista. La primera de ellas nace de la diferencia entre las teorías morales en que se asienta el Estado y los hechos sociales que esas teorías morales tratan de regir. La segunda proviene de la inseguridad a que el capitalismo condena a la gran masa de la sociedad y de la sensación general de ansiedad y zozobra que produce en todos los ciudadanos, pero singularmente en la mayoría, compuesta, en el capitalismo, de hombres libres desposeídos.
 Es imposible decidir cuál de estas dos tensiones es más grave. Cualquiera bastaría para destruir un régimen social en que se prolongara durante largo tiempo. Las dos conjugadas hacen tal destrucción segura: y no queda ya duda alguna de que la sociedad capitalista debe transformarse en algún otro régimen más estable. Estas páginas tienen por objeto averiguar cuál será probablemente ese régimen estable.
 Decimos que hay una tensión moral ya intolerablemente dura y que adhiere mayor dureza a medida que se integra el capitalismo.
 Esta tensión moral proviene de una contradicción entre la realidad de la sociedad capitalista y el fundamento moral de nuestras leyes y tradiciones. El fundamento moral conforme al cual se administran todavía nuestras leyes y se establecen nuestras convenciones presupone un Estado compuesto por ciudadanos libres. Nuestra ley defiende la propiedad como una institución normal, con la que están familiarizados todos los ciudadanos y a la que todos éstos respetan. Castiga el robo como un incidente anormal que sólo ocurre cuando, por motivos perversos, un ciudadano libre adquiere la propiedad de otro sin su conocimiento y contra su voluntad. Castiga la defraudación como otro incidente anormal en que, por motivos malignos, un ciudadano libre induce a otro a ceder su propiedad en virtud de falsas manifestaciones. Impone el cumplimiento de los contratos, cuya única base moral es la libertad de ambas partes contratantes, y la facultad de una y otra de no cerrar, si no quiere, un contrato que, una vez cerrado, debe ser cumplido. Concede a un propietario la facultad de dejar a otro su propiedad mediante testamento, entendiendo que tal transferencia de la misma (a los herederos naturales, según la regla, pero excepcionalmente también a cualquier otra persona que indique el testador) es la operación normal de una sociedad ampliamente familiarizada con tales cosas, y considerando que éstas forman parte de la vida doméstica que vive la totalidad de sus ciudadanos. Imputa además daños y perjuicios a un ciudadano si mediante una acción deliberada causó una pérdida a otro, pues da por supuesto que puede pagar.
 La sanción sobre la cual se asienta la vida social es, en nuestra teoría moral, el castigo de ley susceptible de aplicarse mediante los tribunales, y la base preestablecida para la seguridad y felicidad material de nuestros ciudadanos es la posesión de bienes que nos aseguren contra la zozobra y nos permitan actuar libremente en medio de nuestros semejantes.
 Confrontemos ahora todo esto, la teoría moral de acuerdo con la cual todavía es peligrosamente gobernada la sociedad, la teoría moral a la cual hasta el capitalismo recurre en procura de auxilio cuando se ve atacado, confrontemos, digo, sus fórmulas y presupuestos, por un lado, y por otro la realidad social de un Estado Capitalista como es Inglaterra hoy día.
 La propiedad perdura quizás como instinto en la mayor parte de los ciudadanos, pero como experiencia y como realidad es desconocida para el noventa y cinco por ciento. No se castigan, o no se pueden castigar, las cien formas de fraude que se producen como consecuencia necesaria de la competencia desenfrenada entre unos pocos, por una parte, y de la desenfrenada avaricia, erigida en motivo regulador de la producción, por otra; las leyes pueden entender en los casos de pequeños hurtos acompañados de violencia, y de fraudes realizados con mayor o menor astucia, pero nada más que en éstos. Nuestro mecanismo legal se ha convertido en poco más que una máquina de protección de los pocos poseedores contra las necesidades, las exigencias, o el odio de la masa de sus conciudadanos desposeídos. La gran mayoría de los llamados contratos "libres" son hoy día meros contratos leoninos: convenios que uno es libre de contraer o cancelar, pero el otro no, pues en tal caso no tiene otra alternativa que morirse de hambre.
 Lo más importante de todo, el hecho social en que se funda nuestro movimiento, mucho más importante que cualquier género de seguridad que puedan otorgar las leyes, o que cualquier mecanismo que el Estado pueda poner en funcionamiento, es el hecho de que los medios de vida se hallan librados al albedrío de los poseedores, quienes se los pueden proporcionar, o no proporcionar a los desposeídos. La verdadera sanción que existe en nuestra sociedad respecto a las disposiciones por las cuales se rige no es la pena que puede hacerse efectiva mediante los tribunales, sino la decisión de los poseedores de negar la subsistencia a los desposeídos. La mayor parte de los hombres actualmente temen más la pérdida de empleo que las penalidades de la ley, y la disciplina que los mantiene quietos en sus formas modernas de actividad en Inglaterra es el temor al despido. Quien manda realmente en Inglaterra hoy día no es el soberano, ni los funcionarios del Estado, ni, salvo indirectamente, la ley; sino el capitalista.
 Todo el mundo está enterado de estas verdades capitales; y todos los que se dedican a negarlas proceden así hoy día con riesgo de su reputación de honestidad o de inteligencia.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de la editorial El Buey Mudo, 2010, en traducción de Bruno Jacovella. ISBN: 978-84-937789-2-7.] 
 

domingo, 12 de noviembre de 2017

"El patriota y otros ensayos".- Samuel Johnson (1709-1784)


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Sobre la pena capital

«El poder y el rango halagan y deleitan tanto que, a pesar de las tentaciones que conllevan y los peligros a los que exponen, no hay casi virtud, por precavida que sea, o prudencia, por mucho que desconfíe, que se permita rechazarlos. Incluso los hombres más respetuosos de la legalidad prefieren que se piense que su conducta está dictada, no por el temor, sino por su propia voluntad, y aparentan sumisión más que obediencia a las leyes. Nos complacemos en ignorar las fronteras que no podemos cruzar, y como observaba el satírico romano, quien no tiene poder para acabar con la vida de otros, sin embargo se alegra de tenerla en sus manos.
 El mismo principio, que con el tiempo degenera y se corrompe, preside el deseo de investir la autoridad legítima con el atributo del terror y la capacidad de gobernar por la fuerza en vez de la persuasión. Y como el orgullo se resiste a aceptar otras razones que las que dicta la propia voluntad, por ello mismo es capaz de imponer las medidas más sensatas recurriendo a violencias y sanciones antes que rebajar la dignidad del mando a debates y razonamientos.
 No parece exagerado sospechar que semejantes muestras de arrogancia política hayan podido ocasionalmente infiltrarse en las asambleas legislativas y mezclarse con debates sobre la propiedad y la vida. Una rápida ojeada a las leyes que instauran medidas de justicia vengativas y coercitivas permite descubrir tal cúmulo de desproporciones entre crímenes y castigos, tan caprichosos distingos en las definiciones de las culpas y tanta confusión entre negligencia y severidad, que cuesta creer que estos documentos sean el reflejo de una sabiduría oficial que aspira sincera y sosegadamente a establecer el bienestar público.
 El sabio, juicioso y piadoso Boerhaave decía que no era capaz de ver a un criminal conducido al cadalso sin preguntarse: "¿Quién puede decir que ese hombre no es menos culpable que yo?" La próxima vez que las cárceles de esta ciudad vacíen su contenido en el cementerio, que quienes asistan al espectáculo de tan horrenda procesión se hagan la misma pregunta con el corazón en la mano. Bien pocos de los que asisten en masa a estas masacres legales y se asoman con indiferencia, o tal vez con júbilo, a la más profunda sima de la miseria humana que revelan serían después capaces de repetir la experiencia sin sentirse horrorizados y abatidos. Y es que, ¿quién puede jactarse de no haber cometido nunca actos no más perjudiciales para la paz y prosperidad de todos que el robo de una simple moneda?
 Cuando una determinada forma de latrocinio se extiende hasta convertirse en la regla, se ha buscado siempre suprimirla mediante la adopción de penas capitales. Pero el resultado es que si se logra eliminar a los malhechores por una generación, sus sucesores aprenden la lección y conciben nuevas fórmulas de delinquir. El arte de robar se dota así de una mayor variedad de añagazas y se refina con la adquisición de más sutiles destrezas y métodos más solapados de ejecución. La justicia vuelve entonces a perseguir los nuevos crímenes con más saña y a combatirlos con la muerte. Esta tendencia conduce a la multiplicación de las penas capitales, hasta conseguir que crímenes muy dispares en importancia sean por igual sometidos al castigo más severo que los hombres son capaces de imponer a sus congéneres.
 El legislador sin duda está autorizado a valorar el grado de malignidad de los delitos, no sólo atendiendo a las pérdidas o el dolor que cada uno de ellos pueda infligir, sino también a la alarma y preocupación pública que desata el temor al crimen y a la pérdida de bienes. En este sentido, no hace otra cosa que ejercer el derecho que toda sociedad se supone capacitada para ejercer sobre la vida de sus miembros, no sólo a la hora de castigar cualquier transgresión, sino para mantener el orden y preservar la paz. Las leyes que aplica con más dureza son las más expuestas a ser violadas, del mismo modo que el comandante de una guarnición redobla las guardias en los flancos más expuestos al enemigo.
 Este método se aplica desde hace mucho tiempo, pero con tan poco éxito que los saqueos y las violencias van en aumento. Sin embargo, pocos parecen dispuestos a reconocer su ineficacia. Antes bien, entre quienes se dedican a especular sobre el actual estado de corrupción del pueblo, hay quienes proponen la adopción de castigos aún más horribles, permanentes y desmesurados; otros prefieren que se acorte el plazo de las ejecuciones; los terceros, que los indultos sean más difíciles de otorgar. Y en general, todos parecen pensar que la lenidad ha dado alas a la maldad y que sólo podremos librarnos de la amenaza de los ladrones aplicándoles el rigor más inflexible y la justicia más sanguinaria.
 No obstante, y puesto que el derecho de asignar a la vida un valor incierto y arbitrario ha sido puesto en tela de juicio, y dado que la experiencia de otras épocas nos deja pocas razones para esperar que el crimen pueda reformarse gracias a las periódicas hecatombes de nuestros semejantes, tal vez no sea baladí estudiar las consecuencias que pudieran derivarse de un relajamiento de las leyes y una más racional y equilibrada adaptación de las penas a los delitos.
 La muerte, como observaba un autor antiguo, es "de las cosas más horrendas, la más horrenda"; un mal de tal índole, que nadie en el mundo puede amenazar con superarlo y más allá del cual nadie puede temer asechanza alguna de sus enemigos o adversarios. El terror de la muerte, por tanto, las autoridades han de reservárselo como último expediente, por ser la más áspera y eficaz de la sanciones, y ponerlo a custodiar el tesoro de la vida como advertencia de que lo hurtado, en este caso, jamás podrá ser restituido. Pero igualar el robo y el homicidio equivale a rebajar el homicidio a robo, sembrar en las mentes vulgares la confusión entre grados de iniquidad, e incitar a cometer un crimen más grande para prevenir el castigo de otro mucho menor. Si sólo el asesinato mereciera ser castigado con la muerte, muchos ladrones sin duda dejarían de mancharse de sangre las manos; pero si resulta que no se exponen a ningún otro peligro por este acto de crueldad y aun pueden aspirar a cierto grado de impunidad, ¿cómo disuadirlos?
 Podrá aducirse que las sentencias generalmente son rebajadas a simple hurto, pero con ello se está confesando que tenemos leyes, al parecer, insensatas. De hecho, cualquiera puede advertir que, salvo los asesinos, todos los criminales pueden prevalerse, llegada la hora, de contar con la venia del género humano.
 El convencimiento de que el castigo no se corresponde al delito explica las frecuentes peticiones de indulto. A quienes más favorables se muestran al castigo del robo les escandaliza, sin embargo, que el ladrón pueda ser ajusticiado. Comparado con su tormento, el crimen parece baladí, y el ejercicio de la piedad arruina en este caso la voluntad de castigo.
 La horca, en efecto, es un efectivo antídoto contra la propagación del crimen por el ajusticiado; pero su muerte no parece que contribuya a corregir la conducta de sus colegas más efectivamente que cualquier otro método de aislamiento. El ladrón no dedica mucho tiempo que digamos a aprender de pasadas experiencias o prevenirlas, más bien se apresura a pasar del robo a la insurrección; y cuando la tumba ha engullido a su cómplice, su primera preocupación es buscarse otro. [...]
 Quien ignore que las leyes más severas por lo general conducen a la más completa impunidad, quien no sepa que innumerables son los crímenes ocultados y olvidados para evitar que los infractores caigan en ese estado en el que de nada sirve el arrepentimiento, no puede decirse que conozca la naturaleza humana. Y si quienes fácilmente confunden crueldad y firmeza prefieren tachar esta postura compasiva y censurarla y despreciarla, sólo diré que no imagino un solo hombre de bien que no prefiriera atenuarla o reducir su alcance.»