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sábado, 29 de enero de 2022

Catón político.- Roque Barcia (1823-1885)


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Advertencia del editor

Revolución de 1854. (Hoja volante). ¿Qué haremos?

 «Pasó el gabinete San Luis: pasó ese gabinete que pretendía hacer de veinte millones de hombres un corazón egoísta y avaro: pasó como pasan los terremotos, como pasan las epidemias; pasó para no volver más.
 ¿Quién obró este prodigio? La revolución. ¿Qué es la revolución? Tal vez se ignora generalmente.
 Cien años de mal gobierno, se ha escrito, son preferibles a tres días de revolución.
 Nosotros creemos que debe decirse: cien revoluciones son preferibles a sólo tres días de un mal gobierno. Porque la revolución no es el tumulto, no es la anarquía, no es el botín; la revolución es la gran disciplina de los que no gobiernan para la humanidad, sino para ellos, para sus pasiones, para sus ruindades; la revolución es un instante de ley suprema: un instante en que la ley se viste el traje de todos para ser igual, inviolable, poderosa, casi divina. La revolución es tan indispensable para dar vida a las opiniones de la sociedad, como son indispensables ciertas inundaciones para dar alimento a los campos.
 Pero esas revoluciones destruyen, se dice; también destruye el hacha que tala los árboles, y no obstante la poda les hace producir. También destruyen las tormentas, los huracanes y los rayos, y no obstante esos rayos purifican la atmósfera. También destruyen los abismos y, no obstante, la Providencia los ha creado para que nos inspiren horror. También destruyen los torrentes y sin embargo Dios ha dicho al torrente que trabaje la tierra y que detenga nuestra planta ante la idea de un gran poder.
 La revolución es la boca por donde respiran la sociedades; no hay volcán sin respiradero: no hay sociedad humana sin revoluciones. ¿Qué fuera de nosotros si para los tiranos no hubiera un abismo, si el arbitrio de un hombre no tuviera por valla u torrente? ¿Qué fuera de nosotros si la revolución no hiciera las veces de un volcán?
 ¿Hay verdad, hay creencia, hay razón humana en esos movimientos espontáneos y universales, en esas cruzadas de los pobres que se llaman revoluciones? ¿Hay razón? ¿Hay humanidad? Pues la revolución es más buena; es santa: Dios la ha creado cuando creó el derecho y la justicia, así como cuando hizo brotar la atmósfera y la luz creó con ellas la tempestad y el rayo. La sociedad la necesita, Dios la quiere.
 Revolución fue el pueblo de Moisés, revolución fue la palabra de Jesucristo, revolución el libro de Mahoma, revolución el siglo de Sesostris, revolución el de Licurgo, y el de Pericles, y el de César, y el de Médicis, y el de Carlos V, y el de Luis XIV, y el de Pedro el Grande. Genios abortados por la revolución son Bonaparte, Franklin y Washington: esa triple pirámide levantada sobre el horizonte de dos mundos.
 Revolución fue Homero como Bossuet: revolución David como Galileo; revolución Cervantes como Atila; revolución Pedro el Ermitaño como Calvino; revolución Guttenberg como Fulton.
 Revolución es el coloso que siembra por el mundo los grandes hombres y las grandes ideas como tantos otros mármoles gigantescos que nos señalan el lindero de las edades.
 La China no fue sabia sino porque revoluciones ocultas trabajaron su espíritu: la revolución de la industria, la revolución del pensamiento. La India, ese paraíso de la humanidad, ese olvido encantado del mundo, no dará un solo paso en el camino de la perfección, en el camino de la vida, mientras que una revolución generosa y magnánima no arrebate de la boca de los magnates indios el hueso que roen bajo la mesa de su señor: mientras que la idea revolucionaria no les dé justicia, no les dé derecho, no les dé razón; es decir, no les dé libertad, porque la libertad es la primer razón, el primer derecho, la primer justicia. La India será un sueño para el mundo ilustrado mientras que no llame a su puerta ese genio de águila, ese viajero de todos los siglos, ese espíritu de cien brazos que cruzó los mares, que anduvo proscrito por los bosques de América, que articuló, por fin, una sola palabra, y que con ella ha fabricado veinte naciones de un pueblo salvaje.
 ¡Venturosa la sociedad en cuya conciencia puede resolverse el pensamiento de una revolución!
 La revolución será mala cuando un Calígula sea un Sócrates; cuando Roma deje de adorar a Trajano; cuando la civilización de América deje de sellar una palabra de gratitud sobre el sepulcro de Bolívar; cuando los Alpes dejen de guardar la memoria de su Guillermo Tell; cuando vendamos a un usurero nuestro destino; cuando el mundo deje de inclinar la cabeza sobre una esperanza. Las revoluciones serán malas cuando sea misión de los idiotas el apostolado y el martirio. Gobiernos imbéciles, ¿queréis cortar aquí el cuello al gigante? Allí resucitará con mil cabezas. ¿Queréis arrebatar al Océano el oleaje que revienta en la orilla? Un millón de olas viene después. ¿Queréis triunfar sofocando a Rienzi, execrando la memoria de Massaniello, levantando un cadalso ante los girondinos, ahorcando a Riego, inmolando al heroico Menolli, lanzando una sentencia contra Garibaldi, codiciando la sangre del valiente Kossut? Os engañáis. Usurpad mil rayos al sol y el sol no dejará de alumbrar al mundo; usurpad mil gotas al torrente, y el torrente: os inundará. ¿Cuántos tiranos no han existido? Ninguno ha dado muerte a una sola idea. ¿Cuántos verdugos no han vibrado la terrible cuchilla? Ninguno ha dado muerte a un solo derecho: ningún hacha ha segado la garganta de la humanidad. Os engañáis; para la idea cada hora es una nueva e interminable generación. Hay revoluciones porque no gobernáis para el gobierno; hay revoluciones porque queréis que todo el mundo vea las cosas con los ojos de vuestra policía y entienda con el entendimiento de vuestros fiscales, y piense con el pensamiento de vuestra opresión; hay revoluciones porque bebéis placeres en la misma copa que otros llenan de deshonra y de hambre; porque convertís la sociedad en un rostro espantado que va dando vaivenes sobre la punta de una bayoneta; porque hacéis un misterio del día; porque hacéis un crimen de nuestra virtud; porque queréis tener la verdad bajo llave, como se tiene a un perro dogo. Hubo Vísperas sicilianas, sucedieron las Pascuas veronesas, existió el juego de pelota, hubo revoluciones, porque las ensangrentadas conquistas de un pueblo no son el juro de vuestra heredad, porque un libro no es un cubilete, porque una conciencia no es un payaso, porque la creencia y el amor no han dejado de ser jamás el testamento del primer hombre. Hubo revoluciones, hay revoluciones porque como Xerjes lanzáis cadenas a la mar, cuando en vano dijerais al arbusto: no tengas sombra, y en vano dijerais al grano de arena: desaparece de este globo donde Dios te ha creado. Hay revoluciones, habrá revoluciones porque sois tiranuelos, porque sois tan pobres que hasta carecéis de la más vulgar de todas las virtudes: ¡la virtud de pensar en Dios! Legislad y seréis razón: creed y seréis dogma; hablad por boca de la libertad del derecho, de ese pensamiento divino que perpetuamente se agita en el mundo, como las olas en el golfo: sed liberales y cerraréis la puerta a esas revoluciones que os espantan: no habrá revoluciones, porque vosotros seréis entonces la revolución, porque vosotros seréis la humanidad, ese gran símbolo que ha salido triunfante de los naufragios del pasado, que atraviesa inmortal las turbulencias del presente y tiende sus alas hacia adelante como el genio del porvenir. No seáis milanos, no seáis búhos, no seáis buitres: sed águilas; haced de modo que para miraros tengamos que levantar la frente.
Resultado de imagen de roque barcia caton politico analecta editorial Mal gobierno, que truecas en paño mortuorio la púrpura sagrada del mando, ¡aprende a conocer que el que te habla es hombre como tú!
 Pero la revolución es como el fuego. Quien sobre ella pone imprudentemente la mano, se quema. No es bastante que un pueblo se revolucione; no es bastante que la madre para [dé a luz]: es indispensable educar al hijo. Nuestra revolución pública está hecha: ahora conviene dirigirla a sus fines propios. ¡Ay de nosotros si nos engañamos en la educación de nuestro pupilo! Esa revolución, que es el azote providencial del gobierno injusto que la sofoca, es también el juicio inexorable del pueblo ignorante que no la comprende.
 La revolución podría significarse por medio de un gigante que tiene muchos rostros. Un rostro mira a las costumbres, a los sentimientos, a las ideas. He aquí la revolución inteligente y moral.
 ¿Qué haremos en este sentido? ¿Descuidaremos la instrucción pública?
 Otro rostro mira a los derechos y a las obligaciones. He aquí la revolución política.
 ¿Qué haremos? ¿No debería corregirse el veto absoluto? ¿Continuará siendo una quimera la responsabilidad de los ministros?
 El tercer rostro mira a las propiedades: he aquí la revolución civil.
 ¿Qué haremos? ¿Es justo que existan en Madrid quinientos establecimientos públicos de usura? ¿Quinientos establecimientos que tal vez se enriquecen con la pobreza y la inmoralidad de quince mil familias?
 Otra cara de la revolución mira al culto. He aquí la revolución religiosa.
 ¿Qué haremos? ¿Será razonable que los obispos se llamen Iglesia absolutamente? ¿Será razonable que la Iglesia esté absolutamente fuera del Estado, cuando está dentro del presupuesto que paga el Estado? ¿Es político que haya en la sociedad un poder que no sea sociedad? ¿Qué haya una parte que no viva con la vida del todo, cuando del todo recibe su vida? ¿Es político que los seminarios conciliares no se ajusten a los estatutos explícitos del concilio de Trento, ahora que ninguna legislación ha anulado dicho concilio?
 Meditemos en estas preguntas, sazonemos nuestras opiniones y esperemos con confianza. Un gobierno no se constituye como se hace una montera, Roma no fue obra de un día. Tanto peligro hay en la parálisis como en la convulsión, así como la mitad de los ciclos dista tanto de un polo como de otro.
 Baste al pueblo saber que sobre las cabezas de todo el mundo levanta sus brazos el gigante de la razón.
 Madrid, 30 de julio de 1854.- Por un comité liberal,- Roque Barcia.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Analecta Editorial, 2011, en edición de Mónica Rivero Fernández, pp. 223-228. ISBN: 978-84-92489-17-6.]

domingo, 5 de julio de 2020

No importa.- Agota Kristof (1935-2011)

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Los profesores

  «Cuando estudiaba sentía un gran afecto por mis profesores. Me inspiraban tanta admiración y tanto respeto que me sentía en la obligación de defenderlos de la brutalidad de mis compañeros de clase.
 Me sublevaba que torturaran inútilmente a los profesores. Aunque pusieran malas notas. Las malas notas no tienen ninguna importancia, ¿qué sentido tiene hacerles daño a esos seres débiles e indefensos?
 Recuerdo a uno de mis compañeros, que se deslizaba con gran habilidad a espaldas de nuestro profesor de biología y, a través de su columna vertebral, le sacaba los nervios para luego repartirlos entre los alumnos.
 Se podían fabricar bastantes objetos con sus nervios, por ejemplo instrumentos de música. Cuanto más degastado estaba el nervio, más delicado era el sonido.
 Nuestro profesor de matemáticas era muy distinto al de biología. Sus nervios eran absolutamente inservibles. En cambio tenía un cráneo totalmente calvo en el que se podían dibujar círculos perfectos con la ayuda de un compás. Yo anotaba cuidadosamente la circunferencia en mi cuaderno para extraer conclusiones más adelante.
 Mis compañeros, groseros e ignorantes, no encontraban nada mejor que hacer que fijar disimuladamente mis círculos en sus tirachinas -fabricados con los nervios que menciono más arriba- cuando el profesor nos daba la espalda para dibujar el triángulo rectángulo del teorema de Pitágoras en la pizarra negra.
 Ahora diré unas palabra sobre nuestro talentoso profesor de literatura. Seré breve porque sé que los recuerdos escolares ajenos aburren a los que los escuchan.
 Resulta que una vez el hombre me lanzó la tiza a la cabeza para sacarme de mi habitual sueño matutino.
 Odio que me despierten así pero no me enfadé lo más mínimo porque mi amor por los profesores y por la tiza era muy profundo. En aquella época consumía gran cantidad de tiza a causa de mi falta de calcio. Me daba un poco de fiebre, pero nunca la aproveché para no ir al colegio ya que -no paro de repetirlo- amaba a los profesores y especialmente al (muy talentoso) profesor de literatura.
 Pero resulta que aquel infeliz me inspiró compasión cuando asesinó un poema en clase y, a las doce y media exactamente, en el parque de al lado de la escuela, con la ayuda de una cuerda para saltar que olvidaron allí unas chiquillas, puse fin a sus sufrimientos.
 Me recompensaron con siete años de cárcel por aquel acto humanitario. Pero no tuve que arrepentirme nunca pues fueron muchas y muy variadas las enseñanzas que me brindaron aquellos siete años, y también porque sentía un gran afecto por los carceleros y una enorme admiración por el director de la prisión.
 Pero ésa es otra historia.

El escritor

Me he retirado para escribir la obra de mi vida.
Soy un gran escritor. Nadie lo sabe aún puesto que todavía no he escrito nada. Pero cuando lo haga, cuando escriba mi libro, mi novela...
 Por eso me he retirado de mi trabajo de funcionario y de... ¿de qué más? De nada más. Porque amigos nunca he tenido y amigas aún menos. No obstante, me he retirado del mundo para escribir una gran novela.
 El problema es que no sé cuál será el tema de mi novela. Se ha escrito ya tanto sobre todo y sobre cualquier cosa...
 Intuyo, siento que soy un gran escritor, pero ningún tema me parece suficientemente bueno, importante, interesante, para mi talento.
 Por lo tanto, espero. Y. mientras espero, sufro evidentemente la soledad y el hambre también, a veces, pero confío en que con ese sufrimiento tal vez llegue a un estado de ánimo que me permita descubrir un tema digno de mi talento.
 Por desgracia el tema tarda en aparecer y la soledad me pesa cada vez más, el silencio me rodea, el vacío se propaga y eso que mi casa no es muy grande.
No importa (Modernos y Clásicos): Amazon.es: Kristof, Agota ... Pero esas tres cosas horribles -la soledad, el silencio y el vacío- revientan el techo, estallan hasta las estrellas, se extienden hasta el infinito y ya no sé si es lluvia o nieve, foehn o monzón.
 Y grito:
 -Lo escribiré todo, todo lo que se puede escribir.
 Y una voz me responde, irónica, aunque por fin hay una voz:
 -De acuerdo, chaval. Todo, pero nada más, ¿eh? 

El niño

 Están ahí sentados, en la terraza de un bar. Miran a la gente pasar. La gente pasa, como de costumbre, como haría cualquiera, como debe ser, pasan. A la gente también le gusta pasar a su vez.
 Yo me arrastro, me arrastro detrás de ellos. Me enfurezco, me detengo, escupo, lloro y después me siento al borde de la acera y les saco la lengua a todos los paseantes que pasan.
 -Eres un maleducado -dicen los paseantes.
 -Sí, sí, nos avergonzamos mucho de ti -dicen mis padres.
 Yo también me avergüenzo de ellos. No me han comprado la escopeta, la bonita escopeta que quería. Dijeron:
 -No es un juguete bonito.
 Sin embargo, yo vi a mi padre en el servicio militar. Tenía una escopeta, una de verdad, para matar. Pero cuando vi escopetas bonitas para niños, escopetas de indios, para cazar, para jugar, dijeron que era un juguete muy feo y ¡me compraron una peonza!
 Estoy aquí, sentado al borde de la acera. Me levanto, me enfurezco, lloro, escupo, grito:
 -Sois unos maleducados, me avergonzáis: ¡decís mentiras, os hacéis los buenos! ¡Cuando sea mayor os mataré!»

  [El texto pertenece a la edición en español de El Aleph Editores, 2008, en traducción de Julieta Carmona Lombardo. ISBN: 978-84-7669-822-8.]

jueves, 25 de abril de 2019

Selección propia.- Francisco Brines (1932)


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Materia narrativa inexacta
La muerte de Sócrates

«Después de muchas horas de discusión enfebrecida
proclamaron: "Ha de morir el hijo de la partera,
su elocuente palabra puede conducirnos a todos a la muerte."
Hacía ya tres noches que Atenas comentaba, por boca de los jóvenes,
el entusiasmo que, en la casa de Céfalo, se apoderó de los presentes
al señalarles Sócrates las normas que habrían de regir el nuevo Estado.
Esta fue la razón de que aprobasen, en conciliábulo secreto, la muerte del filósofo,
ya que a su vez todos estaban condenados por la palabra de aquel hombre.
Muy larga fue la discusión, y acalorada, pero también fue noble por parte de unos pocos;
y sólo al argumento de estos últimos, pasados tantos años de aquel torpe homicidio,
debo yo darle vida en mis palabras. / Porque sus corazones eran buenos,
aun advirtiendo en ellos acciones muy confusas / cuyos informes trazos eran fruto de la debilidad del ser humano,
injustos hechos, por no haber alcanzado todavía / aquel conocimiento deseado de la oculta verdad,
y otros sucesos mínimos, no menos deplorables. / Mas repasando ahora sus vidas, otras acciones fueron
las que debieron merecer la gratitud de los conciudadanos, / pues al oído de sus hijos
pusieron como ejemplo a imitar el de aquellos varones. / Esto es cierto, los corazones nobles eran pocos:
la miserable envidia, el temor de perder la preeminencia, ruin resentimiento, / oscuras fueron las razones que impulsaron la muerte.
Pero no en los que digo, tan sólo coincidentes en el miedo a morir, / pues sustentaban la sentencia en una reflexión
que admita, acaso, alguno de vosotros. / Es más, mientras vivieron
sintieron el dolor por la muerte de Sócrates, / el hombre en quien veían al mejor ateniense,
y aun propusieron aplicar, y así lo hicieron, algunas de sus normas.
 
La creación del nuevo Estado / significaba el sacrificio de los que hubieran alcanzado mayor edad de los diez años,
deportados en masa para labrar la tierra, / porque según los estatutos de la nueva República
la educación viciaba los espíritus todos. / Estimaba el mejor que el sacrificio suyo no importaba
(pues era desasido de los bienes y también de la vida; / digno de figurar, si no al lado de Sócrates, en línea con Glaucón o con su hermano),
pero tenía un hijo de tres años, / tullido de las piernas, y aunque de bella faz,
incapaz de ejercicios gimnásticos; / según la nueva ley,
condenado a morir por vicio natural.  / Otras razones personales nos parecen más débiles,
pues alguien defendía la vida de un pariente querido / condenado, sin duda, por ser incorregible su maldad en algunos aspectos de su alma.
Eran siempre razones personales, / como el miedo a morir que a todos dominaba,
o esta extraña razón que algunos expusieron con documentos abundantes: / la calidad de los discípulos
era inferior, en mucho, a la de Sócrates, / y algunos no llegaban a la altura de los medianos ciudadanos.
 Y al repasar la vida y las costumbres de cada uno de ellos / advirtieron que no correspondía la palabra y el acto;
era simulación en ellos la doctrina, / y el hecho evidenciaba su condición hipócrita.
 
Las razones más nobles de que muriera Sócrates / fueron, pues, éstas (débiles, sin embargo, al sereno entender
de la historia futura): / engendra, muchas veces, acerba crueldad
la mirada del puro, / pues no ve que del justo principio se deriva el error en ocasiones;
y en el ojo del puro se adhiere red tupida / que impide distinguir en los discípulos la verdad del espíritu.
 
Y, sin embargo, Sócrates sabía / que su Estado no habría de existir sobre la tierra,
pues sólo era un modelo de virtud / para ayudar al hombre a que ordenase la conducta del alma.
 
***
 
(Este seco relato de aquel crimen político / lo dejaron escrito, y hoy se escribe, se escribirá mañana,
al cumplirse cien años del oscuro homicidio.)»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra, 1999. ISBN: 84-376-0471-0.]

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Summerhill.- Alexander Sutherland Neill (1883-1973)


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V.-Problemas de los niños
 Delincuencia

«En estos tiempos de asaltos salvajes con pistolas y cadenas, las autoridades no saben qué hacer con la delincuencia juvenil y parece que lo intentarán todo para acabar con ella. Los periódicos nos hablan de un método nuevo para tratar el problema. Es un método duro: condenar a los niños a reformatorios que tienen un régimen de ejercicios trabajosos con severos castigos para los que incurren en falta. Vi una fotografía en la que los muchachos se ejercitaban con grandes troncos sobre la espalda. En esos bochornosos lugares parece que no hay privilegios.
 Concedo que unos meses de semejante infierno puede refrenar a algunos delincuentes potenciales. Pero ese tratamiento no llega nunca a las causas que están en la raíz, a las causas fundamentales. Peor aún, ese tratamiento significa odio para la mayor parte de los adolescentes y su dureza no puede menos de crear individuos que odian para siempre a la sociedad.
 Hace más de treinta años, Homer Lane demostró con su obra en un campamento de reforma llamado la Little Commonwealth que los delincuentes juveniles pueden curarse con amor, poniéndose la autoridad del lado del niño. Lane se encargó de niños y niñas muy difíciles de los tribunales de Londres, niños antisociales y curtidos, que se jactaban de su reputación como atracadores, ladrones y gangsters. Los "incorregibles" iban a la Little Commonwealth, donde encontraban una comunidad con gobierno autónomo y cariñosa aprobación. Gradualmente, los muchachos se hacían decentes y honrados ciudadanos, a muchos de los cuales solía yo contar entre mis amigos.
 Lane era un genio en la comprensión y el manejo de los niños delincuentes. Los curaba porque les daba constantemente amor y comprensión. Buscaba siempre el móvil oculto de un acto delictivo, convencido de que detrás de cada delito había un deseo que originariamente había sido un deseo bueno. Advirtió que el hablarles a los niños era inútil, y que sólo valía la acción. Sostenía que para librar a un niño de un mal rasgo social había que dejarlo vivir sus deseos. En una ocasión en que uno de sus muchachos, llamado Jabez, expresó un airado deseo de romper las tazas y los platillos que estaban sobre la mesa del té, Lane, le entregó un hurgón de hierro y le dijo que lo hiciera. Jabez lo hizo, pero al día siguiente fue a Lane y le pidió un trabajo de más responsabilidad y mejor remunerado que el que venía haciendo. Lane le preguntó por qué quería un trabajo mejor pagado. -Porque quiero pagar las tazas y los platillos -dijo Jabez. Lane lo explicaba diciendo que el acto de romper las tazas hizo que se viniesen abajo muchas inhibiciones y conflictos de Jabez. El hecho de que por primera vez en su vida la autoridad lo animase a romper algo y lo librase de su cólera, tuvo un efecto emocional beneficioso sobre él.
 Los delincuentes de la Little Commonwealth, de Homer Lane, procedían todos de barrios bajos de la ciudad, pero no oí nunca que alguno de ellos volviese a la mala vida. Al procedimiento de Lane lo llamo el método del amor y llamo método del odio a meter en un infierno al delincuente. Y como el odio no cura nunca a nadie de nada, saco la conclusión de que el infierno no ayudará nunca a ningún niño a ser social.
 No obstante, en los últimos años nuestro magnífico cuerpo de empleados de la libertad vigilada ha mostrado el sincero deseo de procurar comprender al delincuente. También los psiquiatras, a pesar de la gran hostilidad de la profesión judicial, han andado mucho camino para enseñar al público que la delincuencia no es maldad, sino más bien una especie de enfermedad que requiere simpatía y comprensión. La marea asciende hacia el amor y no hacia el odio, hacia la comprensión y no hacia la indignación moral intolerante. Es una marea lenta. Pero aun una marea lenta se lleva un poco de la contaminación, y con el tiempo puede aumentar de volumen.
 No conozco ninguna prueba de que una persona se haya hecho nunca buena por la violencia o por la crueldad o el odio. En mi larga carrera, he tratado con muchos niños problema, muchos de ellos delincuentes y he visto cuán desgraciados son, cuán llenos están de odio, cuán inferiores, cuán perturbados emocionalmente. Son arrogantes e irrespetuosos conmigo porque soy maestro, un sustituto del padre, el enemigo. He vivido entre su tenso odio y su recelo. Pero aquí en Summerhill esos delincuentes potenciales se gobiernan a sí mismos en una comunidad autónoma; tienen libertad para aprender o para jugar. Cuando roban, incluso pueden ser recompensados. Nunca se les predica, nunca se les hace temer a la autoridad, ya sea terrena o celestial.
 En pocos años, esos mismos odiadores entrarán en el mundo como seres felices y sociales. Por lo que yo sé, ni un solo delincuente que haya pasado siete años en Summerhill ha sido enviado nunca a la cárcel, ni ha cometido nunca una violación, ni se ha hecho antisocial. No soy yo quien los curó. Es el ambiente el que los cura, porque el ambiente de Summerhill infunde confianza, seguridad, simpatía, sin reproches y sin juicios.
 Los niños de Summerhill no serán delincuentes y perturbadores después de salir de la escuela, porque se les permite pasar su periodo de gangsterismo sin miedo ni castigos ni sermones morales. Se les deja seguir una etapa de su desarrollo y entrar de un modo natural en la siguiente.
 No sé, simplemente, cómo reaccionaría al amor un delincuente adulto. Tengo la certidumbre de que recompensar a un gangster por robar no lo curaría, así como la tengo de que una condena de cárcel no lo cura. El tratamiento es más prometedor sólo para los muy jóvenes. Pero aun si se le da a un muchacho de quince años de edad, la libertad convierte con frecuencia a los delincuentes en buenos ciudadanos.
 En una ocasión tuvimos en Summerhill a un muchacho de doce años expulsado de muchas escuelas por antisocial. En nuestra escuela, ese mismo muchacho se convirtió en un niño feliz, creador, social. La autoridad de un reformatorio habría acabado con él. Si la libertad puede salvar a un niño problema ya endurecido, ¿qué podría hacer la libertad por los millones de niños llamados "normales" y que son pervertidos por la autoridad de la familia?
 Tommy, de trece años de edad, era un mal problema; robaba y destruía. Durante unas vacaciones, en particular, no pudo ir a casa y se quedó en la escuela. Durante dos meses fue el único niño que había en Summerhill. Era perfectamente social. No tuve que encerrar ni la comida ni el dinero. Pero en el momento en que regresó su pandilla, la dirigió en un asalto a la despensa, lo cual sólo prueba que el niño como individuo y el niño en un grupo son dos personas diferentes.
 Los maestros de los reformatorios me dicen que el joven antisocial es, con frecuencia, de una inteligencia subnormal. Yo añadiría que también es afectivamente subnormal.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Fondo de Cultura Económica, 1989, en traducción de Florentino M. Torner. ISBN: 84-375-0045-1.]

jueves, 9 de agosto de 2018

La última posada.- Imre Kertész (1929-2016)


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Secreto a voces (apuntes)
«Una depresión que dura ya semanas. Vivo fuera de mi novela. Cenas y reuniones con extraños todas las noches. Gran parte de mi vida es una pérdida de tiempo sin sentido que percibo profundamente. No consigo escapar. Mi debilidad frente a M. Las humillaciones físicas de la vejez. La vejez –nunca lo había pensado- empieza de golpe. De un día para otro, casi de un instante a otro. De repente cambia tu postura corporal y no puedes evitarlo. De repente sientes unas ganas tremendas de orinar, como una suerte de ataque, y tienes que resolverlo en cuestión de minutos porque de lo contrario mojas de manera humillante la ropa interior. El golpe más grande es la impotencia, cuando todavía no has perdido en absoluto el interés por las mujeres. El otro golpe es el insomnio. En este momento son las tres y cuarenta dos minutos de la madrugada y todavía no he pegado ojo. Por la mañana tengo que presentar al “gran público” a unos escritores españoles a los que no conozco, y tampoco sé español, o sea, que mostraré una total incompetencia; no importa, la época en que vivimos es incompetente.
 Otra cosa: ¿por qué no consigo olvidar la primera bofetada de castigo que me propinó mi padre? Ocurrió en el internado, al mediodía, en el dormitorio de la institución, donde en ese momento no había nadie salvo nosotros dos. Mi padre me había dicho que, si tenía hambre, comprara algo al fiado en la tienda de comestibles de la esquina; el tendero se llamaba Ács y su tienda, situada en un sótano, estaba en la esquina de las calles Szondi y Munkácsy Mihály. Me pasé la semana comiendo panecillos con mantequilla y salami. Es concebible que mi padre tuviera que pagar un montón de dinero (¿quién sabe cuánto habrá sido?). Da igual, porque mi padre era pobre y sin duda consideraba mis comilonas de salami algo así como un exceso.
 Sin embargo, no gastó mucha saliva en explicaciones. Estaba evidentemente decidido a una acción ejemplarizante, a una buena bofetada. El rincón donde sucedió todo, así como la superioridad física que me aniquiló, me obligaron a gritar a voz en cuello y a llorar. Psíquicamente fue un acontecimiento devastador. Debía de tener ocho años. Sólo con el paso de muchos, muchos años consigo reconocerle un rasgo liberador, cuando contemplo largo rato aquel suceso tal como Flaubert aconsejó a Maupassant: contemplar un árbol hasta verlo diferente de los demás y reconocer así su individualidad incomparable. […]
 Hoy, en la revisión, le han encontrado a M. una alteración de los ganglios en la axila. Para ambos es demasiado pronto para morir. Algo, sin embargo me sugiere que dentro de poco tendremos que decidirnos. De hecho, estoy preparado para la muerte, aunque siento dejar mi trabajo inacabado. Por otra parte, la irreflexión con que hablo sobre la muerte… ¿Es serio o no es serio? Creo que es más serio de lo que pensamos, y creo que es menos serio de lo que pensamos. El sufrimiento… Sólo el sufrimiento es cosa seria. Temo que Magdi sufra y solamente puedo aliviar su sufrimiento sufriendo con ella, por lo que será un doble sufrimiento, para ella y para mí. Todo es más fácil para aquél que no ama.
 La terrible realidad ha confirmado la terrible realidad. A Magdi le han encontrado metástasis en los ganglios linfáticos. Le esperan cosas terribles y también a mí. Pero hemos decidido aguantar. Existe una frontera que no merece la pena traspasar; sin embargo, no hemos llegado aún a ese punto. Dice M. que todavía no ha podido asumirlo; pero es que aquí no hay nada que asumir. Recuerdo mi conversación con el biólogo celular. El biólogo me explicó con mirada encendida el funcionamiento de las células en el organismo humano. Estas células existen y actúan de forma completamente independiente, según sus propias leyes o –si se quiere- sus propios caprichos. Se juntan y se separan, provocan o sufren mutaciones, etcétera. Y cuando observé que eso era terrible, el biólogo celular me miró asombrado. ¿Por qué?, preguntó. La enfermedad no tiene nada que ver con nuestras concepciones; la enfermedad, de hecho, no tiene nada que ver con nosotros, a lo sumo nos mata. No tiene nada que ver con la moral, nada que ver con nuestros actos, no guarda ninguna relación con nuestras virtudes o nuestros pecados. Las células son ciegas y nos gobiernan de una manera absurda. Por eso la vida no es un asunto demasiado serio. Le damos una importancia mucho más grande que la que le corresponde en la realidad. En la realidad, una vida humana equivale a cero. Es un ejemplar de la especie ni siquiera digno de mención. Sólo a nosotros nos duele esa vida humana, sea porque amamos, sea porque da la casualidad de que es la nuestra.
 Analizar seriamente por qué me aferro tanto a la vida (teniendo en cuenta en particular la vejez que me espera, la degradación, la miseria física que humilla profundamente y lo despoja a uno de toda autonomía, de toda la dignidad que le queda). […]
 Toda relación humana es una ilusión. La familia: herencia, asuntos relativos a los bienes muebles e inmuebles. La amistad: palabras amables, impotencia, inacción. A veces, alguna alegría por el mal ajeno. El amor: en un instante se esfuma sin dejar huella. Y aun así algo existe, a pesar de todo florece una acción. Pero siempre de manera inopinada y en general no allí donde la esperamos ni por parte de la persona en la que hemos depositado nuestra confianza.
 Hoy ya no cabe la menor duda de que Europa occidental no supo disfrutar de su época feliz entre 1949 y 1989. Por lo visto, ni los hombres ni tampoco las sociedades han nacido para la felicidad, sino para la lucha. La meta marcada es siempre la felicidad pero se trata siempre tan sólo de una ilusión. Todavía no sabemos cómo encajar la vida individual con los objetivos de la sociedad, de los que apenas sabemos nada. Todavía no sabemos qué nos impulsa ni para qué vivimos, de hecho, más allá de los automatismos vegetativos. A decir verdad, todavía no se ha aclarado si somos nosotros los que existimos o si somos tan sólo la encarnación del montón de células que actúan dentro de nosotros…, un símbolo que hace –que está obligado a hacer- como si fuese una realidad autónoma. […]
 Anoche, un documental sobre la naturaleza. En las islas Galápagos se ha desarrollado una variedad de pinzón que chupa sangre. En la época de sequía, un pinzón se abalanzó sobre la pata de un pájaro herido –algún ave acuática tipo pato o ganso- y empezó a chuparle la sangre. Siguiendo los principios del genial Darwin, se ha desarrollado una especie que se nutre de la sangre de esas aves más grandes. Estos pinzones les provocan una herida y luego se ponen sobre ésta, la abren todavía más con el pico y hurgan en la carne. Se veía cómo los pinzones torturaban a un pájaro herido en la parte trasera, en la zona del conducto por donde pone los huevos; otro pájaro grande observaba impasible los acontecimientos, ni se le pasaba por la cabeza intervenir para ayudar a su desdichado “primo” o “congénere”: el Creador no insufló el concepto de solidaridad al animal; es más, tampoco la conciencia natural del interés propio. Los pájaros grandes, a los que los pinzones chupasangres bien podrían exterminar, toleran en silencio las pruebas a las que los somete el destino. Mientras, se veía en primer plano un pinzón con el pico manchado de rojo que, saciado, pero aun así con la furia de la sed de sangre en su expresión, jadeaba y lanzaba una mirada maligna con los ojos entrecerrados: se parecía a István Csurka. Curioso que a las grandes rapaces se les note su inclinación natural por la rapiña: hay maldad en su rostro, como en el de los bandidos. Ahora bien, resulta ilustrativo que un pajarito juguetón ponga de pronto cara de asesino. Cada vez que debo enfrentarme al funcionamiento de la naturaleza me siento mal. ¿Dónde está la sabiduría del Creador? El Creador actúa más bien siguiendo los principios de Auschwitz. Bien es cierto que multiplica las especies, pero a costa del asesinato; no se entiende la importancia del mandato de la conservación de la especie. ¿Para qué? El hombre ha convertido a Dios sobre todo en un ser moral, incluso el ser moral por excelencia, pero Dios es cualquier cosa menos moral. No posee ni un ápice de este principio. Contempla alegremente cómo sus criaturas se devoran y al mismo tiempo se torturan sin piedad las unas a las otras. No existe la compasión  ni en Dios ni en sus criaturas. La vida es básicamente maldad. Y el hombre se consuela pensando que le toca la vida eterna en recompensa por la conservación de la especie.
 La vida es un error que la muerte tampoco arregla. Vida y muerte: todo error.
 El apunte anterior puede parecer el producto de un estado de ánimo depresivo, que lo es. Lo cual no cambia en absoluto su validez general. La vida es un error porque el hombre basa su existencia en principios morales, mientras que el funcionamiento de la vida, de la existencia, es amoral tanto en sus principios como en su práctica. A todo esto, el hombre no es capaz de cumplir, ni en la vida social ni en la individual, con los principios que él mismo ha establecido. Levanta su vida sobre la mentira porque no le queda más remedio. La muerte pone fin a la mentira, pero no trae a cambio la verdad, sino que a lo sumo sirve para que uno reconozca, aterrado, la mentira.
 Por consiguiente, yo mismo soy racionalista, pero como la vida no puede explicarse racionalmente, dejo un amplio espacio para toda clase de místicas. […]
 Auschwitz ocurrió y el hecho de que ocurriera (de que pudiera ocurrir) es irrevocable. En ello estriba la enorme importancia de Auschwitz. Cuanto ha ocurrido influye en lo que todavía puede suceder. No se puede borrar del tiempo, no se puede borrar del proceso que, a falta de un término mejor, suelen llamar fatalidad. Y eso no se puede cambiar.
 El diario no sirve para representarme a mí mismo si este ser indefinido y sin perfiles –yo mismo- no refleja el caos existente en el mundo. Este caos, rebosante de acciones, se caracteriza por obstaculizar la acción. Es, pues, el mundo destructivo de la mentira y en él toda acción resulta mentirosa y destructiva. Y, además, ha dejado de ser interesante.
 No consigo olvidar el gesto estremecedor del pajarito moribundo en las islas Galápagos. Siguiendo las huellas de Darwin, filmaron cómo un polluelo sale del huevo y empieza a comer del pico de la madre. Entonces el polluelo más fuerte comienza a golpear y a atormentar a su hermano más débil. Lo tortura hasta echarlo del nido para poder engullir él solo todo el alimento que la madre le mastica primero con su pobre pico y le introduce luego en la garganta. Entretanto, su hermano, que ni siquiera tiene plumaje, se ha caído del nido y yace desamparado bajo un sol asesino, entre las sanguinarias criaturas de Dios que han descubierto ya al animalito moribundo y se disponen a devorarlo. El pajarito vuelve a levantar aún la cabeza y después la deja caer sobre el suelo. Si yo fuese Dios, este espectáculo sin duda me obligaría a reconocer el fracaso de la creación. Ni Goethe, ni Stendhal, ni Churchill, nadie es consuelo suficiente para esta muerte. Y eso que aún no hemos dicho nada de Auschwitz ni de los monstruos humanos que fabrican ántrax.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, en traducción de Adan Kovacsics. ISBN: 978-84-16011-79-7.]