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miércoles, 24 de junio de 2020

Archipiélago Gulag (1918-1956).- Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008)

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Primera parte: La industria penitenciaria
Capítulo 11: La medida suprema

   «En Rusia la historia de la pena de muerte describe sinuosos altibajos. Si el código de Alexéi Mijáilovich preveía la pena de muerte en cincuenta casos, en las Ordenanzas Castrenses de Pedro I éstos llegaban ya a doscientos artículos. Por su parte, la emperatriz Isabel, aunque no llegó a abolir dichos artículos, no los aplicó una sola vez: cuentan que al subir al trono hizo voto de no ejecutar a nadie, y lo mantuvo en los veinte años que duró su reinado. ¡Y no tuvo necesidad de recurrir al cadalso, a pesar de la guerra de los siete años! Es un ejemplo digno de asombro, teniendo en cuenta que ello ocurría a mediados del siglo XVIII, cincuenta años antes de la guillotina de los jacobinos. Ciertamente, siempre nos las hemos sabido ingeniar para ridiculizar nuestro pasado; nos negamos a reconocer que pueda haber buenos actos o intenciones en nuestra historia. Y así, tampoco es difícil encontrar razones para poner a Isabel de vuelta y media, ya que sustituyó la pena de muerte por el chasquido del látigo, los desnarigamientos, las marcas corporales a fuego con la palabra "ladrón" y los destierros perpetuos a Siberia. Sin embargo, digamos en descargo de la emperatriz: ¿cómo podría haber ido más lejos sin contravenir las ideas establecidas? Hoy día, quizá prefiriera de buena gana el condenado a muerte, con tal de seguir viendo el sol, todo este complejo de suplicios que nosotros, por humanidad, no le ofrecemos. Tal vez, a medida que se adentra en este libro, el lector se incline a pensar que veinte y hasta diez años en nuestros campos penitenciarios son más rigurosos que los castigos de Isabel.
 Con arreglo a nuestra terminología actual, debiéramos decir que Isabel se había atenido a un punto de vista universal, mientras que Catalina II siguió unos planteamientos de clase (y, por consiguiente, más justos). No podía prescindir de la pena capital porque ello le hubiera hecho sentirse inquieta y desprotegida. Y de este modo admitía la pena de muerte como algo plenamente justificado siempre que se tratara de defender a su persona, su trono y su régimen, es decir: para penar delitos políticos (Mirovich, la revuelta de la peste en Moscú, Pugachov). En cuanto a los delincuentes comunes, ¿por qué no darla por abolida?
 Durante el reinado de Pablo I se confirmó la abolición de la pena de muerte. (Y no es que faltaran guerras, pero los regimientos carecían de tribunales militares). En cuanto al largo reinado de Alejandro I, la pena máxima se aplicó sólo para crímenes cometidos por militares en campaña (1812). (Y aquí habrá quien objete: ¿y los azotes con baquetas, que acababan necesariamente con la muerte? Nada podemos decir; hubo, es cierto, muertes anónimas, ¡pero es que para matar a un hombre puede bastar una asamblea sindical! Y pese a todo, durante medio siglo, desde Pugachov hasta los decembristas, ni siquiera los reos de Estado tuvieron que entregar su alma a Dios como resultado de una votación entre jueces).
 Desde que fueron ahorcados los cinco decembristas, en nuestro país la pena de muerte por crímenes de Estado nunca más fue abolida. Al contrario, quedó refrendada en los códigos de 1845 y 1904 y completada con los códigos castrenses de Infantería y de Marina. Sin embargo, sí fue abolida para todos los crímenes que competieran a los tribunales ordinarios.
 ¿Y cuántos fueron ajusticiados en Rusia durante este período? Ya hemos presentado (capítulo VIII) los cálculos de los liberales en los años 1905-1907: 894 ejecuciones en ochenta años, es decir, unas once personas al año por término medio. Añadiremos ahora las cifras más rigurosas de N.S. Tagantsev, especialista en derecho penal ruso. Hasta 1905, la pena de muerte en Rusia era una medida de excepción. En los treinta años que van de 1876 a 1905 (la época de "Naródnaya Volia", de actos terroristas reales, y no de intenciones manifestadas en la cocina de un apartamento comunal; tiempos de huelgas masivas y revueltas campesinas; tiempos en los que se fundaron y consolidaron todos los partidos de la futura revolución) fueron ejecutadas 486 personas, es decir, unas 17 personas por año en todo el país (incluidos presos comunes). El número de ejecuciones se disparó en los años de la primera revolución y su aplastamiento, lo cual impresionó la imaginación de los rusos, provocó las lágrimas de Tolstói, la indignación de Korolenko y de muchos y muchos más: de 1905 a 1908 fueron ejecutadas unas 2200 personas. (¡Cuarenta y cinco personas por mes!). Pero las ejecutaron fundamentalmente por terrorismo, asesinato o bandolerismo. Aquello fue una epidemia de ejecuciones, en palabras de Tagantsev (pero cesó de inmediato).
Archipielago Gulag (1918-1956) - books4live Produce extrañeza leer que en 1906, cuando se implantaron los tribunales militares de campaña, uno de los problemas más complejos fue el siguiente: ¿quién debía llevar a efecto las ejecuciones? (Se exigía que fuera dentro de las veinticuatro horas siguientes a la sentencia). Si se encargaba el fusilamiento a la tropa, esto producía una desfavorable impresión entre los hombres. Y a menudo era imposible encontrar verdugos voluntarios. Las mentes precomunistas no habían descubierto que basta un solo verdugo disparando en la nuca para para matar a tantos como haga falta.
 El Gobierno Provisional, al hacerse cargo del poder, abolió la pena de muerte del todo. Pero en julio de 1917 la restableció -en el ámbito del Ejército en activo y en las zonas del frente- para delitos cometidos por militares: asesinato, violación, bandolerismo y pillaje (crímenes que abundaban mucho, entonces, en aquellas regiones). Fue una de las medidas más impopulares y llevó a la perdición al Gobierno Provisional. Una de las consignas de los bolcheviques en el golpe de Estado fue: "¡Abajo la pena de muerte restablecida por Kerenski!"
 Se cuenta que en Smolny, en la misma noche del 25 al 26 de octubre, surgió una discusión sobre si uno de los primeros decretos no habría de ser la abolición de la pena de muerte por siempre jamás. Lenin ridiculizó entonces el idealismo utópico de sus camaradas, pues sabía que sin pena de muerte sería imposible dar un solo paso hacia una nueva sociedad. Sin embargo, como formaba un gobierno de coalición con los socialistas revolucionarios, hubo de ceder ante sus erróneas concepciones y, a partir del 28 de octubre de 2017, la pena de muerte quedó, por fin, abolida. Naturalmente, no podía esperarse nada bueno de este viraje hacia la "blandura". (Además, ¿de qué manera fue abolida? A principios de 1918, Trotski ordenó que se juzgara a Alexéi Schastni, recién promocionado a almirante por haberse negado a hundir la flota del Báltico. El Presidente del Tribunal Revolucionario Supremo, Karklin, sentenció rápidamente en su imperfecto ruso: "fusilar en veinticuatro horas". Agitación en la sala: "¡La pena de muerte está abolida!" Pero precisó el acusador Krylenko: "¿De qué os inquietáis? Pues claro que está abolida la pena de muerte. A Schastni no le vamos a aplicar la pena de muerte, lo vamos a fusilar". Y lo fusilaron).
 A juzgar por los documentos oficiales, la pena capital fue restablecida en toda su extensión a partir de junio de 1918, aunque mejor dicho no es que fuera "restablecida", sino que se instauró como una nueva era de ejecuciones. Si damos por supuesto que Latsis no calcula por lo bajo, sino que simplemente dispone de datos incompletos, y que los tribunales revolucionarios trabajaron en el terreno judicial como mínimo con tanta intensidad como la Cheká en el extrajudicial, llegamos a la conclusión de que en dieciséis meses (de junio de 1918 a octubre de 1919) en las veinte gubernias centrales de Rusia se fusiló a más de 16.000 personas (lo que equivale a más de mil personas al mes). (Por cierto, fueron fusilados entonces el presidente del primer soviet ruso de diputados [el de Petersburgo, 1905], Jrustaliov-Nosar, y el pintor que diseñó el uniforme medievalizante que llevaron los soldados rojos durante toda la guerra civil).
 Tenemos, además de todo esto, los tribunales revolucionarios militares, con sus cifras de millares de condenados por mes. Y los tribunales revolucionarios de ferrocarriles (véase el capítulo 8, pág. 358).»

   [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 1998, en traducción de Josep M. Güell y Enrique Fernández Vernet. ISBN: 84-8310-046-0.]

domingo, 27 de enero de 2019

Secretos a voces.- Alice Munro (1931)


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Entusiasmo
Accidentes

«La fábrica de pianos, que había empezado a hacer órganos, se extendía por el extremo occidental del pueblo, como una muralla medieval. Había dos edificios alargados como las defensas interior y exterior y un puente entre los dos, donde estaban las oficinas. Y los hornos, el aserradero, el almacén de madera y las naves llegaban hasta el pueblo y las calles en las que vivían los trabajadores. El silbato de la fábrica dictaba la hora de levantarse para muchos: sonaba a las seis de la mañana. Volvía a sonar para avisar del comienzo de la jornada a las siete y a las doce del almuerzo y de nuevo a la una para reanudar el trabajo. Por último, a las cinco y media avisaba a los hombres de que era hora de dejar las herramientas y volver a casa.
 Las normas estaban colocadas junto al reloj de fichar, detrás de un cristal. Las dos primeras eran como sigue:
 UN MINUTO DE RETRASO SON QUINCE MINUTOS DE PAGA. SEAN PUNTUALES.
 NO SE TOMEN LA SEGURIDAD A LA LIGERA. TENGA CUIDADO POR USTED MISMO Y POR SU COMPAÑERO.
 Había habido accidentes en la fábrica y había muerto un hombre al caerle encima una carga de tablones. Eso ocurrió antes de la época de Arthur. Y en una ocasión, durante la guerra, un hombre perdió un brazo, o parte de un brazo. El día que ocurrió, Arthur estaba en Toronto. De modo que nunca había visto un accidente o, al menos, nada serio. Pero muchas veces se le venía a la cabeza que podía ocurrir algo.
 Quizá no se sintiera tan seguro de que no pudiera sobrevenirle una desgracia como se sentía antes de la muerte de su mujer. Murió en 1919, durante el último brote de gripe española, cuando a todos se les había pasado el susto. Ella no tenía miedo. Aquello había ocurrido hacía cinco años y a Arthur aún seguía pareciéndole el final de una época de su vida libre de preocupaciones. Pero a otras personas siempre les había parecido muy serio y responsable; nadie notó que hubiera cambiado demasiado.
 En sus sueños con accidentes había un silencio envolvente; todo estaba mudo. Las máquinas de la fábrica dejaban de hacer el ruido de costumbre y desaparecían las voces de todos los hombres y cuando Arthur miraba por la ventana del despacho comprendía que la suerte estaba echada. Nunca recordaba ver nada especial que se lo indicase. Era sencillamente el espacio, el polvo del patio de la fábrica, lo que se lo dijo en aquel momento.
 
 Los libros estuvieron en el suelo de su coche una semana o así. Su hija Bea le dijo: "¿Qué hacen esos libros ahí?" y entonces se acordó.
 Bea leyó en voz alta los títulos y los autores. Sir John Franklin y la aventura del viaje al noroeste, de G. B. Smith. ¿Qué anda mal en el mundo?, G.K. Chesterton. La conquista de Quebec, Archibald Hendry. El bolchevismo: teoría y praxis, de lord Bertrand Russell.
 -El bol-ché-vis-mo -dijo Bea, y Arthur le dijo cómo se pronunciaba correctamente.
 Preguntó qué era, y él le dijo:
 -Es algo que hay en Rusia y que yo no entiendo muy bien, pero por lo que tengo entendido, un verdadero desastre.
 Bea tenía trece años por entonces. Había oído hablar del Ballet Ruso y también de los derviches. Durante los dos años siguientes estuvo convencida de que el bolchevismo era una especie de baile diabólico, incluso quizás indecente. Al menos eso era lo que contaba cuando se hizo mayor.
 No mencionaba el hecho de que los libros tuvieran algo que ver con el hombre que había sufrido el accidente. Con eso, la historia habría resultado menos divertida. O quizá lo hubiera olvidado de verdad.
 
 La bibliotecaria parecía confusa. Los libros aún tenían las tarjetas, lo que significaba que no los habían registrado, sino que los habían cogido de las estanterías y se los habían llevado.
 -El de lord Russell falta desde hace mucho tiempo.
 Arthur no estaba acostumbrado a tales reproches, pero dijo con suavidad:
 -Yo los devuelvo en nombre de otra persona. El chico que ha muerto. El del accidente en la fábrica.
 La bibliotecaria tenía el libro de Franklin abierto. Estaba mirando el dibujo del barco atrapado en el hielo.
 -Me lo pidió su mujer -dijo Arthur.
 Ella cogió los libros uno a uno y los sacudió como si esperase que fuera a caer algo. Pasó los dedos por entre las hojas. La parte inferior de la cara se le movía de una forma desagradable, como si se estuviera mordiendo las mejillas por dentro.
 -Supongo que se los llevaría a casa sin más -dijo Arthur.
 -¿Cómo? -dijo ella al cabo de unos momentos-. Perdone. No le he oído.
 Es por el accidente, pensó él. La idea de que el hombre que había muerto de aquella manera fuera la última persona que había abierto los libros, pasado sus páginas. Pensar que podría haber dejado un trocito de su vida en ellos, una tira de papel o un limpiador de pipas como señal o incluso unas hebras de tabaco. Eso la ha desquiciado.
 -No importa -dijo Arthur-. He pasado por aquí para devolverlos.
 Se alejó de la mesa pero no salió de la biblioteca inmediatamente. No iba allí desde hacía años. El retrato de su padre colgaba entre las dos ventanas de la sala principal, donde estaría siempre.
 
A V. Doud, fundador de la Fábrica de Órganos Doud y patrocinador de esta biblioteca. Defensor del progreso, la cultura y la educación. Verdadero amigo de la ciudad de Carstairs y de los trabajadores.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2014, en traducción de Flora Casas. ISBN: 978-84-672-5916-2.]

viernes, 13 de enero de 2017

"Sobre el parlamentarismo".- Carl Schmitt (1888-1985)


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 Prefacio: sobre la contradicción del parlamentarismo y la democracia

 «Una idea muy extendida actualmente considera que el parlamento está amenazado desde dos bandas por el bolchevismo y el fascismo. Es ésta una visión sencilla pero superficial. Las dificultades del funcionamiento parlamentario y de sus instituciones surgen en realidad a partir de la situación creada por la moderna democracia de masas. Ésta conduce en principio a una crisis de la democracia misma, porque no es posible solucionar a partir de la universal igualdad humana el problema de la igualdad sustancial y de la homogeneidad, necesarias en una democracia. Y esto lleva, desde la crisis de la democracia, a otra crisis bien distinta, la del parlamentarismo. Ambas crisis han hecho su aparición hoy en día al mismo tiempo y se agudizan mutuamente, pero son bien distintas, tanto en un nivel conceptual como en el orden práctico. La moderna democracia de masas, en tanto que democracia, intenta realizar la identidad entre gobernantes y gobernados, pero se topa con el parlamento, una institución envejecida y ya inconcebible. Si se pretende llevar la identidad democrática adelante, ninguna institución constitucional puede oponerse, en caso de emergencia, a la incuestionable voluntad del pueblo, expresada de cualquier forma. Contra esta voluntad, una institución de diputados independientes, basada en la discusión, no halla ninguna justificación de su existencia (y menos aún si tenemos en cuenta que la fe en la discusión es de origen liberal, y no democrático). Es posible distinguir tres crisis hoy en día: la crisis de la democracia (de la que habla M. J. Bonn, ignorando la contradicción entre la liberal igualdad humana y la homogeneidad democrática); luego, la crisis del Estado moderno (Alfred Weber) y, finalmente, la crisis del parlamentarismo. La crisis del parlamentarismo, que es la que aquí nos ocupa, se basa en que democracia y liberalismo, si bien pueden ir unidos durante algún tiempo, al igual que se han unido socialismo y democracia, forman una unidad precaria. En cuanto esta liberaldemocracia llega al poder, tiene que decidirse entre sus distintos elementos, del mismo modo que la socialdemocracia, que, por cierto, dado que la moderna democracia de masas contiene elementos esencialmente liberales, es en realidad una democracia social-liberal. En la democracia sólo existe la igualdad de los iguales y la voluntad de los que forman parte de los iguales. Todas las demás instituciones se convierten en insustanciales recursos socio-técnicos, incapaces de oponer un valor propio o un principio propio a la voluntad del pueblo expresada de cualquier modo. La crisis del Estado moderno se funda en que una democracia de masas o una democracia de todos los seres humanos no puede llevar a cabo ninguna forma de Estado, y tampoco un Estado democrático.
 Por otra parte, bolchevismo y fascismo son, como cualquier dictadura, antiliberales, pero no necesariamente antidemocráticos. Forman parte de la historia de la democracia algunas dictaduras, ciertos cesarismos y otros ejemplos menos comunes, extraños a las tradiciones liberales del pasado siglo, de formación de la voluntad del pueblo, creando así la homogeneidad. Es propio de las ideas no democráticas generadas en el siglo XIX a partir de la penetración de las máximas liberales, considerar que el pueblo sólo puede expresar su voluntad de modo que cada ciudadano por sí mismo, en el más profundo secreto y en total aislamiento (es decir, sin salir de la esfera de lo privado e irresponsable), bajo "medidas de protección" y "sin ser observado" (como dispone la ley electoral del Reich) emita su voto; los votos son entonces contabilizados, obteniéndose una mayoría aritmética. Este sistema ha olvidado una serie de verdades muy elementales y, al parecer, desconocidas por las actuales concepciones del Estado. Pueblo es un concepto perteneciente al Derecho público. El pueblo existe sólo en la esfera de lo público. La opinión unánime de cien millones de particulares no es ni la voluntad del pueblo ni la opinión pública. Cabe expresar la voluntad del pueblo mediante la aclamación -mediante acclamatio-, mediante su existencia obvia e incontestada, igual de bien y de forma aún más democrática que mediante un aparato estadístico, elaborado desde hace sólo medio siglo con esmerada minuciosidad. Cuanto más poderosa es la fuerza del sentimiento democrático, tanto más segura es la comprensión de que la democracia es otra cosa que un sistema para registrar votaciones secretas. Frente a una democracia no sólo técnica, sino también, en un sentido vital, directa, el parlamento, generado a partir de un encadenamiento de ideas liberales, parece como una maquinaria artificial, mientras que los métodos dictatoriales y cesaristas no sólo pueden ser mantenidos por la acclamatio del pueblo, sino que, asimismo, pueden ser la expresión directa de la sustancia y la fuerza democrática.
 Con reprimir el bolchevismo y mantener alejado el fascismo no se ha superado en lo más mínimo la crisis del parlamentarismo actual, puesto que ésta no ha surgido como una consecuencia de la aparición de sus dos enemigos; existía antes de ellos y perdurará después de ellos. Su origen se halla en las consecuencias de la moderna democracia de masas y, fundamentalmente, en la contradicción entre un individualismo liberal mantenido por el patetismo moral y un sentimiento de Estado democrático esencialmente dominado por ideales políticos. [...] Es la contradicción, insuperable en su profundidad, entre la conciencia liberal del individuo y la homogeneidad democrática.»