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domingo, 29 de septiembre de 2019

Vestidas para un baile en la nieve.- Monika Zgustova (1957)

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Judith del siglo XX. Ela Markman
3

«Marina volvió a un Moscú dominado por el pánico a la represión, a los arrestos y a la muerte. La histeria se percibía en el aire, la gente se acostaba  con un maletín preparado para la cárcel o para Siberia. Se arrestaba y ejecutaba sin miramientos y sin ningún tipo de lógica. En el verano de 1939, toda la familia vivía en una cabaña de madera cerca de Moscú con gente que había mandado el NKVD. El menor movimiento estaba bajo control estricto. Con todo, Serguéi Efrón, que se trataba allí el corazón, se recuperaba poco a poco gracias a la presencia de Marina y los hijos. Y entonces sucedió.
 Al mes y medio del regreso de Marina, la noche del 27 al 28 de agosto, alguien llamó a la puerta. Varios policías secretos llevaron a cabo un registro domiciliario a fondo que se prolongó hasta el amanecer. Por la mañana se llevaron a Ariadna. "Incluso en tal situación se mantuvo todo el rato a la altura: se reía y bromeaba, si bien algo rígida", anota Marina. No se despidió ni de su madre ni de su padre ni del hermano: creía que volvería en cuanto se viera que se trataba de un malentendido.
 "¿Te vas sin despedirte?, preguntó Marina.
 Ariadna, entonces sí bañada en lágrimas, les dijo adiós con la mano.
 No volvió a verlos.
 Al padre lo encerraron el 10 de octubre. Una desesperada Marina escribió al ministro del Interior, Beria: "Mi marido está gravemente enfermo; he vivido con él treinta años y en la vida he conocido a mejor persona". Esta y otras cartas quedaron sin respuesta.
 Desde este momento, Marina acudía en Moscú a dos prisiones: su marido y su hija se encontraban separados. Temblaba de miedo, le castañeaban los dientes. Después de una de las visitas, anotó: "Dentellaba de tal manera que no he sido capaz de dar las gracias".
 ¿Qué pasaba entretanto con los reclusos? En 1954, un año después de la muerte de Stalin, cuando las condiciones se relajaron un poco, Ariadna presentó una solicitud al fiscal general de la URSS en la que describía la experiencia de su encarcelamiento: "Cuando me encerraron, los que me interrogaron querían: 1.-Que confesara que era agente del servicio de inteligencia francés. 2.-Que confesara que mi padre lo sabía. 3.-Que confesara que mi padre también pertenecía al servicio de inteligencia francés. Me pegaron desde el primer interrogatorio. Me interrogaban de día y de noche, incluso en la celda; no me dejaban dormir, me encerraban descalza y desnuda en celdas heladas, me azotaban con porras de goma llamadas "interrogadores para mujeres", me amenazaban con fusilarme, representaban mi ejecución".
 Ariadna aguantó meses de torturas y de presión psíquica para que acusara a su padre de algo que no había hecho.
 Una vez más, la devolvieron a la celda con la cara morada, medio inconsciente. Mucho tiempo después escribió al respecto: "No podía creer que fuera yo: yo, todo esto, ¡no lo podría aguantar!", y suena como una paráfrasis de los versos de Anna Ajmátova, cuyo hijo se hallaba también en una prisión estalinista y cuyo primer marido fue fusilado después de la revolución, mientras que al segundo lo mandaron al gulag: "No soy yo esa, es otra quien sufre. Yo no lo resistiría".
 Finalmente, destrozada física y psíquicamente, Ariadna firmó el papel que le tendían.
 Después de un año de sufrimiento, interrogatorios y torturas en la cárcel, la condenaron de manera arbitraria, sin juicio, a siete años de trabajos forzados en el campo penitenciario con el régimen más estricto de todos.
 Su padre, Serguéi Éfron, encarcelado también, nunca claudicó a pesar de que lo torturaron de modo parecido a la hija, si no más. En aquella época demostró tanta voluntad y carácter como nunca en la vida. Es algo común entre los presos que saben que ya no tienen nada que perder, porque en cualquier caso está todo perdido de manera irremediable y el único, el último resto de terreno humano que les queda y con el que pueden demostrarse que todavía son humanos es manifestar una fuerte voluntad y no traicionar a sus allegados, y por lo tanto tampoco a sí mismos. El empeño de Éfron era tanto más digno de admirar por el hecho de que se hallaba en un estado lamentable. Tras un intento desesperado de suicidio, el psiquiatra de la cárcel escribió sobre su estado: "El preso sufre alucinaciones, a menudo auditivas; tiene la impresión de que alguien habla de él en el pasillo, que lo quieren arrestar, que su mujer está muerta. Sufre ansiedad, muestra señales de abatimiento y extenuación, piensa sólo en el suicidio y tiene un temor y convencimiento insólitos de que le espera algo terrible".
 Lo fusilaron tras dos años de prisión, un mes y medio después de la muerte de su esposa. Más tarde se encontró un papel con su firma totalmente deformada e ilegible que atestigua el estado en el que se encontraba.
 Marina, entretanto, se había quedado sin medios siquiera para alimentar a su hijo Mur. Nadie quería darle trabajo a alguien que había emigrado y que estaba perseguido por el NKVD, todos temían relacionarse con una mujer cuyos marido e hija eran presos políticos: les daba miedo que les trajera la desgracia. El NKVD le pidió su colaboración: si no aceptaba, se encargarían de que le negaran el salario allí adonde fuera. Marina lo rechazó. Una de las últimas manifestaciones escritas que dejó fue una solicitud de trabajo: "Ruego me asignen un puesto de lavaplatos". Por orden del NKVD no se lo asignaron. La escritora que muchos consideran la mayor poeta del siglo XX se vio de ese modo empujada al suicidio.
 En 1944 Mur, el hermano de Ariadna, murió en el frente, defendiendo la misma Unión Soviética que había destruido a su familia.
 Ariadna no hablaba a menudo de los campos de trabajo, pero recordaba el viaje al gulag: la metieron en un vagón para ganado en el que había más de cincuenta ladrones y asesinos. Ella, que tenía entonces veintiocho años, comprendió al instante lo que le esperaba y, horrorizada, se dejó caer de rodillas junto a la puerta, ya corrida y cerrada.»
      [El texto pertenece a la edición en español de Galaxia Gutenberg, 2017. ISBN: 978-84-17088-14-9.]

miércoles, 7 de febrero de 2018

Una tumba para Boris Davidovich.- Danilo Kiš (1935-1989)


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La navaja con la empuñadura de palo de rosa
 
Los vínculos misteriosos
«A finales de noviembre de 1934, la policía de Anatovka arrestó a un tal Aymike, E. V. Aymike, bajo sospecha de haber causado el incendio del almacén de la empresa Digtaryev. Ese acontecimiento puso al descubierto una cadena de misteriosos y velados vínculos. En el momento en el que se inició el incendio, Aymike se refugiaba en la vecina taberna del pueblo, a la que los ochos de las ondulantes huellas de los neumáticos de su bicicleta, claramente dibujados en el espeso barro otoñal, guiaron a la policía, como si siguiera el hilo de Ariadna. La policía se llevó al asustado Aymike; después siguió una fantástica e inesperada confesión: había sido él quien informaba a las autoridades sobre las clandestinas reuniones políticas en el sótano de la casa de la calle Jefimovska 5. Además de un montón de confusos y contradictorios motivos que lo habían llevado a ese modo de actuar, aludió a sus simpatías hacia los anarquistas. No le creyeron. Después de aguantar un par de días más en la celda de aislamiento y arrinconado en una investigación de preguntas cruzadas, Aymike mencionó el caso de la muchacha asesinada. Ésa tenía que ser la prueba clave a su favor: como los miembros de la célula tenían motivos irrefutables para sospechar que alguien les estaba delatando, se veía obligado a sacrificar a alguno de los miembros. Hanna Krzyzewska, que se había agregado a la organización recientemente, había sido la más adecuada, por varios motivos, para ser proclamada traidora. Añadió una descripción detallada de la muchacha, el lugar y el modo del homicidio, como también el nombre del ejecutor.

 La confesión
 Cuando Checoslovaquia pactó con la Unión Soviética las ayudas mutuas y, con eso, por lo menos temporalmente, aplazó la delicada cuestión de las fronteras, a los cuerpos de policía de ambos países se les desvelaron los amplios horizontes de la mutua colaboración. La policía checa pasó a los soviéticos nombres de algunos alemanes de los Sudetes, reconocidos espías del Reich, y, a cambio, los soviéticos les ofrecieron datos sobre algunos antiguos ciudadanos checos, en su mayoría sin gran importancia para los servicios secretos soviéticos, o sobre aquellos que no podían explicar su huida a la Unión Soviética con claros argumentos ideológicos. Entre estos últimos, estaba el nombre de un tal Miksat Hantescu, llamado Miksa. Como las autoridades checas no vieron en él más que un asesino, pues no les resultaba difícil relacionar el caso de la muchacha asesinada, la desaparición de Hantescu y la declaración de Aymike, pidieron su extradición. No fue hasta entonces que las autoridades soviéticas prestaron atención al ciudadano M. L. Hanteshi, quien trabajaba en el sovjós Krasnaia Svoboda. Era un obrero muy trabajador en el matadero, dos veces stajanovista. Lo arrestaron en noviembre de 1936. Después de pasar nueve meses en la celda de aislamiento y, tras terribles torturas, en cuyo transcurso le sacaron casi todos los dientes y le rompieron la clavícula, Miksa pidió que le trajeran al interrogador. Le ofrecieron una silla, una hoja de papel de baja calidad y un lápiz. Le dijeron: "¡Escribe y déjate de exigencias!". Miksa escribió en su confesión, negro sobre blanco, que hacía algo más de un año había matado, cumpliendo con su deber hacia el Partido, a la traidora y provocadora Hanna Krzyzewska, pero negaba tajantemente haberla violado. Mientras escribía la confesión con su dura caligrafía de campesino, desde la pared del modesto despacho del investigador le observaba el retrato de aquél en el que había que tener fe. Miksa miró ese retrato, ese benévolo rostro sonriente, el buen rostro de un anciano sabio, tan parecido al de su abuelo, lo miró humildemente y con amoroso respeto. Después de meses de pasar hambre y sufrir palizas y torturas, aquél fue un momento positivo en la vida de Miksa, ese cálido y agradable despacho del interrogador en el que restallaba una vieja estufa rusa, como hacía mucho tiempo en la casa de la familia de Miksa en Bukovina, esa paz en la que no penetraban los gritos de los presos ni los mezquinos golpes, ese retrato que, de manera paternalista, le sonreía desde la pared. En una repentina exaltación religiosa, Miksa escribió su confesión: que había sido agente de la Gestapo, que trabajaba para socavar la autoridad soviética. En aquella ocasión, nombró a otros doce cómplices del gran complot. Éstos son sus nombres: I.V. Torbukov, ingeniero; I.K. Goldman, jefe de la planta de la fábrica química en Kamerovo; A.K. Berlicky, geodesta, secretario del partido de los sovjós; M.V. Korelin, juez del juzgado regional; F.M. Olsevska, presidente del koljós Krasnoyarsk; S.I. Solovyeva, historiadora; E.V. Kvapilova, profesor; M.M. Nehavkim, sacerdote; D.M. Dogatkin, físico; J.K. Maresku, tipógrafo; E.M. Mendel, artesano sastre; M.L. Yusef, sastre.
 A todos ellos les cayeron veinte años. El que había sido nombrado líder y organizador del complot, A.K. Berlicky, fue fusilado, acompañado por el estruendo de los motores de los tractores, al alba del 18 de mayo de 1938, en el patio de la prisión Butirek, junto a los veintinueve miembros de un segundo grupo conspirador.
 Mijaíl Hantescu murió de pelagra en el campo de prisioneros de Izvestkovo, en vísperas del Año Nuevo de 1941.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2006, en traducción de Nevenka Vasiljevic. ISBN: 978-84-96489-99-8.]

sábado, 16 de septiembre de 2017

"El origen del mundo".- Jorge Edwards (1931)


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II

«Aunque tenía la cara visiblemente estropeada por los excesos alcohólicos y de todo orden, sin excluir ocasionales, y quizás, en el último tiempo, no tan ocasionales esnifadas de cocaína, Felipe Díaz todavía conservaba su buena figura, realzada por algunos detalles de coquetería en la vestimenta. Era una especie humana con la que me había encontrado en una que otra ocasión: el intelectual latinoamericano que pasó por la religión comunista, como era de rigor, pero que venía de lo que se llama por allá, y también, si es por eso, por acá, una "buena familia", y que nunca renunció ni quiso renunciar a los estilos, a las maneras, a los comportamientos, y ni siquiera, en el fondo, a las arrogancias de los hijos de las buenas familias.
 Había sido casado alguna vez, en su ya remota juventud, con una chilena de su misma clase, una de esas pitucas de filiación latifundista y que a pesar de su pituquería, de sus blusas de seda, de sus relojes de Cartier, hablan como colchagüinas. Con la huasa de Colchagua, que pertenecía por derecho propio, según me contó una vez, a la familia espiritual de la Huasa Contenta de la mitología criolla, había tenido un par de hijos de los que hablaba poco, hijos que daban señales de vida muy de cuando en cuando. En una de ésas había conseguido divorciarse, quizás como, porque la huasa era observante y comulgante, para volver a casarse en París con una francesa que alcanzamos a conocer, Silvia y yo, y que era beata de otra Iglesia, entonces, y no sé si ahora todavía, muy poderosa, la Iglesia del Partido. En los últimos veintitantos años había estado solo, y se le habían conocido conquistas femeninas sucesivas, de una rapidez a veces fulgurante, a menudo extraordinarias por su belleza o por otros motivos, conquistas que nos asombraban, que nos dejaban, a Silvia, a mí, a nuestros amigos, con la boca abierta, ¿que fascinaban a Silvia, que la seducían?, que caían sobre nuestras tertulias, saturadas por la majadería ideológica, por los chistes repetidos, como aerolitos, trayendo noticias y, más que noticias, resplandores, ecos, reflejos, de otros planetas, de planetas tentadores, ajenos, vedados para nosotros. Se decía que la censura moral de la Comisión de Cuadros, ejercida con el rigor que todos conocimos de algún modo, y con su difuso y venenoso efecto multiplicador, había sido la causa principal de su alejamiento del Partido, y que sus críticas cada día más explícitas, más indiscretas, más reiteradas, sus elaboraciones intelectuales demasiado heréticas, sus distancias cada vez más apasionadas con respecto al Bloque Soviético, mucho antes de la caída del Muro, e incluso con respecto al castrismo, la Revolución nueva, intocable, pura, de acuerdo con la fraseología de moda, no eran más que una racionalización posterior a esa ruptura, que asumía las formas o por lo menos las funciones de una especie de pecado original. Por mi parte, nunca estuve tan seguro de esta explicación de su salida del Partido. Siempre sentí que era una explicación para consumo interno, que en cierto modo habríamos podido llamar piadosa. ¡Piadosa para nosotros, para nuestras ilusiones! A pesar de su frivolidad evidente, nunca disimulada, Felipe Díaz era un devorador de diarios, de libros, de papeles impresos. Tenía una inteligencia penetrante, bien ejercitada, una capacidad de asimilación digna de una esponja, una memoria de elefante, y me consta que en los comienzos de la década de los sesenta, e incluso antes, en los años posteriores al XX Congreso del PCUS y al informe secreto de Nikita Kruschev (no podemos evitar, ni siquiera ahora, el lenguaje de iniciados, la jerga), había empezado a "dudar" de nuestra causa. Era el único entre nosotros que siempre, desde los primeros años, mostró simpatías más bien matizadas, salpicadas de observaciones jocosas, francamente irrespetuosas, por Fidel Castro, a quien solía mencionar, ante el escándalo nuestro, como "el barbeta", acompañando la mención, cuando ya había tomado sus primeras copas, con una imitación muy cómica de la manera de hablar de los cubanos, y sospecho que todas sus dudas culminaron, o que salieron a la superficie, adquirieron permiso de circulación, por así decirlo, con la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia. A partir de entonces tuve la impresión extraña, enteramente personal, mezclada con sentimientos contrarios, irritación exasperación, celos confusos, de que ahogaba los lamentos por la fe política perdida en los brazos, o en la vagina, de las mujeres, o de que ambos extremos, el escepticismo político y "la carne que tienta con sus frescos racimos", para citar a nuestro Rubén Darío, que posiblemente inventaba estos artefactos poéticos bajo estos mismos aires, cerca del mismo ángulo metafísico de la Rue Delambre y del Boulevard de Montparnasse, se reforzaban mutuamente. Felipe Díaz, claro está, nunca había necesitado pretextos ni conflictos ideológicos mayores para emprender sus aventuras, pero en los días intensos, entre augurales y terminales, de la primavera y el verano del año de gracia de 1968, entre el mayo de París y el agosto de Praga, rompió en forma definitiva su matrimonio con la francesa, su segunda mujer, que en aquella época, años de ultraizquierdismo, de "gauchismo", de crítica del estalinismo desde la izquierda, era todavía una estalinista después de Stalin, una estalinista vocacional, que si no hubiera existido el estalinismo lo habría inventado, como muchas otras personas que conozco; rompió, pues, con la francesa, y puso tienda aparte, antes de que los disturbios terminaran, en compañía, si no recuerdo mal, de una exaltada y transitoria estudiante de arquitectura; se zafó, en forma también definitiva y que no podía ser más paralela y coherente, de las ataduras del Partido y se lanzó a una especie de donjuanismo desenfrenado, a una farra corrida, acompañada, en los intervalos libres y lúcidos, de brulotes anticomunistas no mal escritos (ya teníamos que reconocerlo entonces), de un par de novelas olvidables del género fantástico, género que no le iba demasiado bien, hijas bastardas de la narrativa de Borges y de Julio Cortázar, y de una obra de teatro tendenciosa y francamente desastrosa, cuyo estreno sirvió para que sus ex amigos comunistas (con exclusión de Silvia y de mí) se afilaran las uñas, y hasta los colmillos.»