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sábado, 22 de enero de 2022

Una extraña dictadura.- Viviane Forrester (1925-2013)


Resultado de imagen de viviane forrester «”¿Qué bien nos deseamos?” Una pregunta que deberíamos poder hacernos siempre, en lugar de tener que preguntarnos sin cesar a qué mal nos es más urgente escapar. “¿Qué bien nos deseamos?”  Pregunta prohibida: estaría bueno que se reclamasen cosas superfluas, o incluso una norma favorable, más aún una travesía cautivadora y armoniosa de la existencia, ¡mientras que lo indispensable se convierte en una mercancía en vía de desaparición! ¿Sería razonable preocuparse de las condiciones de trabajo o de vida, mientras que hay que abogar tanto, remar para encontrar esos puestos de trabajo impuestos y rechazados en un mundo en el que la supervivencia depende de ellos, pero en el que faltan? 
 “¿Qué bien nos deseamos?” Es sin embargo el tener de sobra donde escoger lo que debería preocuparnos. Esta época de la historia, la nuestra, posee una capacidad hasta ahora desconocida de revelarse beneficiosa para la mayoría, precisamente gracias a las fabulosas nuevas tecnologías, capaces de ofrecer abundantes posibilidades de elección de vida, en lugar de agotarlas.
 Sin por ello perderse en la utopía ni fantasear con un paraíso terrestre, hoy en día sería posible imaginar unas vidas llevadas de manera más inteligente, más divertida también, que, liberadas de tantos apremios ¡encontrarían cada una de ellas un lugar en el que serían bienvenidas! Tenemos los medios para ello. Hemos adquirido los medios para ello. Nuestra especie los ha adquirido y se los ha dejado birlar por unos pocos que se los han apropiado o los han pervertido. Pero son recuperables.  
 Liberados por las tecnologías de la mayor parte de tareas penosas, ingratas o desprovistas de sentido, todos podríamos y deberíamos estar infinitamente más disponibles para aprovechar otro tipo de oportunidades destinadas a otras labores que no sean, como ahora, las del paro. Unas oportunidades de activarnos en un mundo en que las dotes y los gustos ya no tienen las antiguas razones de ser estrangulados para ponerlos al servicio de tareas ahora transferidas a las máquinas; podrían ser por fin tomados en cuenta, tener por lo menos sus posibilidades de desarrollarse, dedicados a valores y necesidades reales y sin vínculo obligado con la rentabilidad.
 Hoy en día debería desarrollarse como nunca la práctica de oficios, de profesiones y empleos indispensables, pero cuya penuria se hace paradójicamente más manifiesta. No obstante la educación gratuita y obligatoria y la democratización de los estudios han dado a la gran mayoría la capacidad de ejercerlos. Ahora bien, se puede ver, por una parte, cómo esos puestos de trabajo se evaporan a una velocidad vertiginosa, o se convierten en caricaturas de empleos, remunerados en la corriente, mientras que, por otra parte, los oficios y las profesiones son ignorados y automáticamente desatendidos, apartados sin haber sido tomados en consideración, condenados como lujos extravagantes, queridas viejas cosas pasadas de moda, trampas de déficit, de despilfarro, el súmmum de la no rentabilidad. La prueba concreta de que fuera de los senderos de la especulación no existe salvación alguna. 
 Es alucinante que en estos tiempos de lucha proclamada contra el paro y por el empleo, profesiones enteras, repitámoslo, estén cruelmente faltas de efectivos. Hasta el punto de que, por ejemplo, estudiantes de instituto y estudiantes universitarios salen a la calle con sus profesores para reclamar en vano enseñantes en número decente, un personal cuya necesidad es evidente, y su falta angustiosa. ¿La respuesta que de les da, explícita o sobreentendida? Demasiado caro. ¿Qué pareceríamos, en Bruselas y otros lugares, adornados con tales gastos públicos? Y continúan suprimiendo puestos y comprimiendo virtuosamente los efectivos; o, cuando la contestación comienza a ser tumulto, utilizan a interinos y se guardan muy mucho de sacar las plazas a concurso, o rescatan a antiguos profesores no reciclados. Todos ellos tendrán en común el ser infrapagados y librados a la inseguridad que es el destino al cual están abocados tantos de esos estudiantes intentan escapar a ello. 
 ¿Es de verdad razonable dejar que la vida económica dependa de lógicas tales que se pueda -¡e incluso que “sea preciso”, según sus postulados!- tirar a hombres y mujeres como cepillos de dientes viejos para aumentar la productividad, antes que revisar el sistema que propugna tales lógicas? ¿Hay que proseguir nuestro retorno al siglo XIX, exigir una forma de sociedad pasada de moda y retrógrada, antes que adaptar lo real a las necesidades de los vivos? 
 No se trata de ensoñaciones, sino del despertar de una pesadilla. Despertar en un mundo en cuyo seno sería posible terminar con el falso ahorro y las reducciones perversas, por ejemplo hechas a costa de la calidad de los estudios, contando con la brevedad de la juventud para que, cada año, ¡los recién llegados tengan que empezarlo todo de nuevo, tan poco resignados como los anteriores, pero con tan poco tiempo para defender los largos años de su porvenir! 
 También ahí apunta la urgencia y lo que ésta tiene de patético. Esos chicos y esas chicas que durante el tiempo que duran sus estudios tienen que batirse para defenderlos, y defender así su porvenir entero con tan poco tiempo para hacerlo, saben que este período de gracia les esta medido, que no se prorrogará y que todo el curso ulterior de su vida dependerá de él. Combatidos ellos mismos hasta la usura, tienen conciencia de lo que pueden perder. Todo. Saben a qué peligros y a qué rechazos les expone un fracaso, aunque los estudios ya no representen la misma garantía para el porvenir. 
 Por lo menos Francia goza no sólo de escolaridad gratuita sino también de universidades gratuitas, por lo demás ahora cuestionadas en este punto… ¡Busquen los lobbies! ¡Ahora apoyados por algunos mandarines! ¡Oigan su propaganda! Observen su aflicción al ver a tantos jóvenes sacrificados a un saber no exclusivamente destinado a abrirles las puertas de las empresas (que amenazan de todas maneras con seguir cerradas) y al ver arrastrarse en los arcanos del conocimiento a unas “gentes” que, según decretan, nunca se servirán de él. Y que, se adivina, según ellos no deberían arrastrarse por ninguna parte, no mezclar sus pasos en ninguna parte con los pasos tranquilos de las “élites” favorecidas, sino contentarse con aprender, por todo saber, a mantenerse en su lugar y permanecer en él. A fin de que baste luego conducir a ese ganado para que siga al rebaño. 
 Un sistema de dos o más velocidades: ésa es la clave de esta filosofía de la educación que, a partir de la secundaria, ya no favorece más que a un determinado número de alumnos. Tristeza de las escuelas de formación profesional, consideradas por muchos niños que de manera arbitraria son encaminados hacia ellas como el signo de un envilecimiento social, como una sentencia definitiva que les condena a un destino subalterno y angosto. Y no es el entorno o los equipos que ofrecen en general esos centros, ni el número de sus profesores, los que contradirán ese juicio, pues la escuela, forraje de los enseñantes, forraje de la tradición que quiere que a cada niño se le den las mismas oportunidades -por lo menos simbólicamente-, ¡no es rentable! 
Resultado de imagen de viviane forrester una extraña dictadura Ésos se saben ya clasificados. ¿Puede decirse “desclasados”? A quienes arguyen que nada es más útil, más racional y más gratificante que esas escuelas profesionales, pregúntenles dónde estudian sus hijos y los de sus allegados. Infórmense sobre el número de alumnos pertenecientes a las clases pudientes o incluso desahogadas que están inscritos en formación profesional o en esos colegios técnicos que se dicen tan preciados. Descubrirán que allí únicamente van niños que provienen de familias poco favorecidas. Hasta el punto de que uno podría indignarse de que estas últimas hayan podido acaparar tal privilegio, tan apreciado en su discurso por quienes permanecen apartados de lo que admiran tanto y de lo que se apresuran con abnegación a negar a su descendencia, ¡destinada por su parte a unas enseñanzas humanísticas o científicas de amplia vocación prodigadas en centros de punta! 
 Y, además, miren a los ojos a los niños que tienen “derecho” a esos institutos de formación profesional o a esos colegios técnicos. Su habitual tristeza. Su mirada en la frontera de una rebelión imposible, de la pesadumbre y de la aceptación. De cierta renuncia, de un adiós a cierta parte de sí mismos, de una derrota ya, que  presienten la primera. La humillación, también, de verse separados de sus compañeros que sí han pasado a los institutos de enseñanza general y de los que se saben definitivamente segregados, mientras que se les enseña por lo menos una cosa, y ellos lo saben: la resignación. 
 ¿Se resignarán a la resignación? ¿A esta segregación arcaica? Pues, a propósito de arcaísmos, bien estamos aquí en presencia de uno que nos remonta a los tiempos de la condesa de Ségur, en este clima en el que impera un estado de hecho, supuestamente petrificado para siempre, que disocia a los “humildes” de la élite de derecho divino. Encontramos allí los mismos arcaísmos de que se jacta la “modernidad” política actual. 
 No se trata aquí de aprobar, y menos aún de establecer, una jerarquía entre las profesiones, sino, a la inversa, de constatar la desconsideración en la cual son tenidas algunas de ellas, desconsideración que demuestra la disparidad de trato de las diferentes ramas, en detrimento de la rama “profesional”. Si verdaderamente no existe jerarquía entre las profesiones, como claman con entusiasmo quienes quieren imponer algunas de ellas a unos niños a quienes impiden el acceso a otras, no hay razón para que, sea cual fuere el porvenir que se proponga, cada joven no tenga derecho a una enseñanza tan completa como la de todos los demás. Decidir apartar a algunos equivale a tenerlos ya etiquetados, a amputar algunas posibilidades de su porvenir y a rebajarlos de categoría desde la infancia por el mero hecho de la falta de recursos de sus padres. En tanto que supuestamente la escuela republicana debe ofrecer a todos oportunidades equivalentes, lo que es sin duda ilusorio, pero evita una prisa excesiva en imponer lo contrario.
 Esta arbitrariedad, o mejor dicho, la orientación dada a una distribución determinada la mayoría de las veces sin atender a la identidad, los deseos y las potencialidades de cada uno de esos niños es inadmisible. Les va en ello su destino. Si se puede adivinar qué alumnos tienen mayores “probabilidades” de ser encaminados hacia los institutos profesionales, sobre todo se sabe cuáles no entrarán, independientemente de su nivel. Es ése un signo precoz de apartheid, que no depende en absoluto del nivel de los niños, sino de su extracción. Y es ése el signo más indignante.
 Se objetará que, entre los ya separados, algunos alimentan quizás una preferencia por la opción que se les impone.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2001, en traducción de Miguel Ángel Sánchez Férriz, pp. 127-132. ISBN: 84-339-6147-0.]

miércoles, 22 de abril de 2020

La antorcha al oído.- Elías Canetti (1905-1994)

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Segunda parte: Tempestad y coerción. Viena 1924-25
El regalo

«Aquel año que tan apretados vivimos en la Radetzkystrasse es el año de mayor tensión y opresión del que guardo recuerdo.
 No bien entraba en el apartamento, me sentía observado. Nada de lo que hiciese o dijese era correcto. Espacio casi no había: el cuartito en el que dormía y tenía mis libros, y donde intentaba refugiarme lo más rápido posible, quedaba entre la sala de estar y el dormitorio de mi madre y mis hermanos. Era imposible escabullirse en él sin ser visto: los saludos y explicaciones en la sala constituían el principio de cualquier vuelta a casa. Era interrogado, y sin que se pasara de inmediato a las inculpaciones, las preguntas revelaban la desconfianza. ¿Había estado en el laboratorio o bien perdiendo el tiempo en cursos magistrales?
 Mi sinceridad me había hecho acreedor a este tipo de preguntas. Solía hablar sobre todo de aquellos cursos que, por su temática, no estaban demasiado al margen de lo universalmente inteligible. La historia europea desde la Revolución Francesa se hallaba más al alcance de cualquiera que la fisiología de las plantas o la físico-química. El hecho de que no hablara de éstas no suponía, ni mucho menos, una falta de interés. Pero sólo tenía validez y consistencia lo que yo decía, mis propias palabras acababan acusándome: ¡el Congreso de Viena me interesaba más que el ácido sulfúrico! "Te estás dispersando", sonaba el reproche, "así no llegarás a ningún lado".
 -Tengo que asistir a esos cursos -replicaba yo-, si no, me asfixio. No puedo renunciar a todo lo que realmente me interesa por el hecho de estar estudiando algo que no me importa.
 -¿Y por qué no te importa? Te estás preparando a no ejercer ninguna profesión. Temes que la química pueda interesarte algún día. Ésta sí que es una profesión con futuro -y tú te parapetas y alzas barricadas contra ella-. ¡Mucho cuidado con ensuciarte las manos! Lo único limpio son los libros. Asistes a todos los cursos posibles sólo para leer más libros sobre los temas tratados. Es el cuento de nunca acabar. ¿Todavía no te has dado cuenta de cómo eres? Ya de niño eras así. Por cada libro que te enseña algo nuevo necesitas otros diez para ampliar tu información sobre el asunto. Cualquier curso que te interese acaba siendo una carga. La materia te interesará cada vez más. ¡La filosofía de los presocráticos! Muy bien, tienes que dar un Rigorosum sobre ella. De acuerdo en que ha de ser así. Tomas apuntes, ya tienes varios cuadernos llenos, pero, ¿para qué quieres también esos libros? ¿Crees que no sé qué títulos figuran ya en tu lista? No podemos costearlos. Y aunque pudiéramos hacerlo, serías tú el primer perjudicado. Te seducirían más y más cada vez, apartándote de tu especialidad. Dices que Gomperz es muy conocido en este campo; ¿no decías que ya su padre era famoso por sus Pensadores griegos?
 -Sí -la interrumpí-, en tres volúmenes, me encantaría tenerlos. 
 -Basta con que mencione al padre de tu profesor  para que una obra científica en tres tomos se sume a la lista. No creas que pienso regalártela. Conténtate con el hijo. Toma apuntes y aprende de tus cuadernos.
 -Para mi gusto es demasiado lento. No se avanza nunca, nunca, no puedes imaginarte la lentitud. Y quiero seguir leyendo, no puedo esperar hasta que Gomperz llegue a Pitágoras, ya quiero saber algo sobre Empédocles y sobre Heráclito.  
La antorcha al oído: historia de una vida, 1921-1931 de Canetti ... -En Frankfurt leíste un buen número de autores antiguos. Evidentemente nunca eran los apropiados. Por todas partes ibas dejando los tomitos, que eran horribles, todos iguales por fuera. ¿Por qué no figuraban entre ellos los filósofos griegos? Ya entonces te interesabas por esas cosas que luego no necesitarías.
 -En ese tiempo no me gustaban los filósofos. De Platón me alejaba la doctrina de las Ideas, que hace del mundo una apariencia. Y a Aristóteles nunca he podido soportarlo. Es el omnisciente que lo clasifica todo. Al leerlo uno tiene la impresión de estar encerrado en innumerables gavetas. Si hubiera conocido entonces a los presocráticos, créeme que habría leído cada una de sus palabras. Pero nadie me habló nunca de ellos. Todo empezaba con Sócrates; era como si antes nadie hubiera pensado sobre nada. ¿Y sabes una cosa? Sócrates nunca llegó realmente a gustarme. Tal vez he evitado a los grandes filósofos porque eran discípulos suyos.
 -¿Quieres que te diga por qué nunca llegó a gustarte?
 Hubiera preferido que no me lo dijera. Solía formarse una opinión muy personal incluso sobre temas que no conocía a fondo, y sus palabras, aunque yo supiera que no podían ser ciertas siempre me alcanzaban, depositándose como polvo de harina sobre las cosas que me gustaban. Sentía que su intención era quitarme el gusto por ciertas cosas que, según ella, me arrastraban demasiado lejos. Le parecía que, a mi edad, este entusiasmo múltiple y siempre vivo en mí era ridículo y poco viril. Tal era el reproche que más escuché de sus labios cuando vivíamos en la Radetzkystrasse.
 -Sócrates no te gusta porque es muy sensato, parte siempre de lo cotidiano y tiene cierta solidez, le gusta hablar de los artesanos.
 -Pero diligente no era. Se pasaba el día entero conversando.
 -¡Y eso no os agrada, grandes taciturnos! ¡Cómo os leo el pensamiento!
 Y ahí estaba de nuevo ese viejo sarcasmo que yo había conocido a edad muy temprana, cuando aprendía alemán con ella.
 -¿O es que sólo quisieras hablar tú mismo y le temes a gente como Sócrates, que examina escrupulosamente lo que se dice y no le perdona un desliz a nadie?
 Era tan apodíctica como un presocrático, y quién sabe si mi predilección por estos pensadores, que sólo entonces empecé a conocer, no estaría relacionada con su manera de ser, con la que me hallaba  totalmente compenetrado. ¡Qué seguridad tenía siempre al emitir sus opiniones! Si se las puede llamar opiniones, claro está. Cada frase que pronunciaba tenía la fuerza de un dogma: todo era seguro. Ignoraba las dudas, en cualquier caso las relativas a su persona. Tal vez fuera mejor así, pues de haber tenido dudas les hubiera inyectado la misma energía que a sus afirmaciones, y ella misma se hubiera debatido en la duda más total y absoluta, sin salvación posible.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1984, en traducción de Juan J. del Solar B. ISBN: 84-206-0027-X.]

martes, 3 de marzo de 2020

El arte de desgranar alubias.- Wieslaw Mysliwski (1932)

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Ocho

«Se lo aseguro, me cambió la vida. Pues el almacenero aquel. Antes le hablé de él. Almacenero, y resultó ser un saxofonista. No sé por qué se extraña usted. Sepa que en aquellos tiempos pocos ejercían de lo que eran. El Cura, un soldador. Y muchos como él trabajaban en la construcción, ocultos tras oficios muy diversos. Con frecuencia uno se enteraba de esas cosas compartiendo una botella de vodka. Y no en la primera ocasión. El que no bebía o bebía solo de vez en cuando, no era digno de confianza. Por eso me habitué a la bebida. Sí, te investigaban, pero sólo por encima. Fue más tarde cuando empezaron a indagar con mayor profundidad en el pasado de la gente. Y hasta a meterle mano a las conciencias. Más aún porque la conciencia resultó ser algo distinto a lo que era. ¿Usted piensa que la conciencia es algo estable? Pues lástima que no trabajó usted en alguna obra durante aquella época. Seguro que en otros sitios era igual, pero yo trabajé en la construcción y sólo puedo hablar de la construcción. Mire, todo cambio en el mundo es un golpe a las conciencias. Y ya no digamos si se trata de cambiar el mundo por uno nuevo, mejor, que entonces es sobre todo a las conciencias.
 En cualquier caso, en ningún otro lugar encontraría usted tantas personas diferentes. Albañiles, estucadores, soldadores, electricistas, fontaneros, gruistas, conductores, abastecedores y demás, y lo mismo en las oficinas, y luego resultaba que éste era esto, aquél aquello, éste venía de tal sitio, aquél de tal otro, o habían estado en campos de concentración, o en prisión, o en tal ejército, o en tal otro, o en la insurrección, o en los bosques, con los riñones machacados, o sin dientes, o sin uñas, menores de edad o aún muy jóvenes, pero ya canosos. Cada una de esas obras era una auténtica torre de Babel, pero no de idioma sino de destinos humanos. Aunque también había algunos, y no precisamente pocos, que por sí mismos cambiaron de oficio para unirse a la edificación de ese mundo nuevo y mejor, porque habían dejado de creer en el viejo.
 Ya no me acuerdo en qué obra trabajaba uno que se encargaba de la planificación. Uno decía, el de la planificación, y ya todos sabían de quién se trataba. Pues una vez, bebiendo, confesó que era profesor de Historia. No tenía mucho aguante bebiendo, se emborrachó y empezó a contar que la historia le había engañado. ¿Se lo imagina usted? Que la historia le había engañado. Como si la historia pudiera engañar a alguien. Nosotros somos los que engañamos continuamente a la historia, dependiendo de lo que queramos de ella.
 De todas formas, en mi opinión cada cual vive por sí mismo y cada vida es una historia diferente. Puede que intentemos verter todo eso en un solo recipiente, en una sola inmensidad, pero de ahí no se desprende la verdad sobre el hombre. Después de todo, puede uno imaginarse una historia de personas individuales que hayan vivido en cualquier época. ¿Imposible, dice usted? Ya sé que es imposible. Pero imaginarla se puede. Nada existe como un conjunto generalizado y mucho menos el hombre. No sé desde qué perspectiva mira usted el mundo. Yo, ya le digo, miro desde tal o cual obra. Siempre eran personas individuales, no se parecían entre sí. Se decía equipo, igual que se dice historia, pero solo en las reuniones.
Resultado de imagen de Mysliwski el arte de desgranar alubias Por ejemplo, en una de las obras trabajaba un estudiante de Filosofía. En realidad, había terminado los estudios, sólo le quedaba un examen cuando estalló la guerra. Y tras la guerra aprendió a pavimentar. Era incluso jefe de equipo, me hice amigo suyo. ¡Buf, cómo le daba! Su cabeza no sólo tenía aguante para la filosofía. Y una vez, mientras bebíamos, empezó a hablar de sus estudios sin terminar, y otro le preguntó:
 -¿Y por qué no los terminaste? Después de la guerra pudiste hacerlo. Por un examen...
 Pareció que los ojos le iban a explotar, y eso que no habíamos bebido tanto.
 -¿Y para qué coño? ¿De qué me vale la filosofía después de todo eso? ¡Ninguna mente habría comprendido eso! ¡Ningún Platón, ningún Sócrates, ningún Descartes, Spinoza, Kant! ¡Que se vayan al cuerno! -Y dio un porrazo en la mesa con el vaso.
 Nos miramos unos a otros, porque ninguno sabíamos quiénes eran ésos que tanto le contrariaban. Tampoco se atrevía nadie a preguntar, porque lo mismo ya deberíamos saberlo. Lo único que dijo uno fue:
 -Está visto que en todas partes te encuentras con los mismos hijos de puta. Y no sólo en la construcción. -Y le llenó el vaso hasta arriba-. Toma, bebe.
 Créame, si no hubiera trabajado en la construcción... Bueno, y si no hubiera bebido. En fin, de cualquier forma, aprendí a vivir en la construcción. Y todo gracias a tanta gente diferente como uno se encontraba y que no habría encontrado en ningún otro lugar. Sí señor, les debo mucho. Incluso le diré que lo mismo a ninguno de ellos le apetecía vivir. Cada uno por una razón. Y sin embargo vivían. Lo que les debo sobre todo es eso, aunque a menudo parezca que uno no está en condiciones de pagar un precio tan alto y no tiene a quién pedir prestado, se debe vivir. Y lo más importante, me convencí de que yo no era una excepción. Si lo soy, entonces el mundo está habitado por excepciones. Pero todo eso salía compartiendo el vodka. Así que, ¿cómo no iba a beber?
 Por ejemplo, el que trabajaba en el departamento social, repartía las pastillas de jabón, las toallas, las botas de goma, los guantes. Eso lo podía hacer cualquiera, pero luego bebiendo resultaba que era esto o lo otro. O el de la excavadora, parecía que aparte de manejar la excavadora sólo estaba capacitado para beber vodka, y después de medio litro o de un litro se ponía a recitar poesías de memoria, otro a Cicerón en latín. Y gracias al vodka incluso les escuchábamos con atención.
 En otra obra trabajaba uno que había sido policía antes de la guerra. No sé si estará de acuerdo conmigo en que todo cambio de mundo empieza por la policía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2011, en traducción de Francisco Javier Villaverde. ISBN: 978-84-92891-15-3.]

viernes, 18 de enero de 2019

Memoria sobre educación pública.- Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)


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1ª Cuestión

«¿Es la instrucción pública el primer origen de la prosperidad social? Sin duda. Esta es una verdad no bien reconocida todavía, o por lo menos no bien apreciada; pero es una verdad. La razón y la experiencia hablan en su apoyo.
 Las fuentes de la prosperidad social son muchas; pero todas nacen de un mismo origen y este origen es la instrucción pública. Ella es la que las descubrió y a ella todas están subordinadas. La instrucción dirige sus raudales para que corran por varios rumbos a su término; la instrucción remueve los obstáculos que pueden obstruirlos o extraviar sus aguas. Ella es la matriz, el primer manantial que abastece estas fuentes. Abrir todos sus senos, aumentarlo, conservarlo, es el primer objeto de la solicitud de un buen Gobierno; es el mejor camino para llegar a la prosperidad. Con la instrucción todo se mejora y florece, sin ella todo decae y se arruina en un Estado.
 ¿No es la instrucción la que desenvuelve las facultades intelectuales y la que aumenta las fuerzas físicas del hombre? Su razón sin ella es una antorcha apagada: con ella alumbra todos los reinos de la naturaleza y descubre sus más ocultos senos y la somete a su albedrío. El cálculo de la fuerza oscura e inexperta del hombre produce un escasísimo resultado; pero con el auxilio de la naturaleza ¿qué medios no puede emplear?, ¿qué obstáculos no puede remover?, ¿qué prodigios no puede producir? Así es como la instrucción mejora el ser humano, el único que puede ser perfeccionado por ella: el único dotado de perfectibilidad. Este es el mayor don que recibió de la mano de su inefable Creador. Ella le descubre, ella le facilita todos los medios de su bienestar, ella, en fin, es el primer origen de la felicidad individual.
 Luego lo será también de la prosperidad pública. ¿Puede entenderse por este nombre otra cosa que la suma o el resultado de las felicidades de los individuos del cuerpo social? Defínase como quiera, la conclusión será siempre la misma. Con todo, yo desenvolveré esta idea para acomodarme a la que se tiene de ordinario acerca de la prosperidad pública.
 Sin duda que son varias las causas o fuentes de que se deriva esta prosperidad; pero todas tienen un origen y están subordinadas a él: todas lo están a la instrucción. ¿No lo está la agricultura, primera fuente de la riqueza pública  y que abastece todas las demás? ¿No lo está la industria, que aumenta y avalora esta riqueza y el comercio que la recibe de entrambas, para expenderla y ponerla en circulación? ¿Y la navegación, que la difunde por todos los ángulos de la tierra? Y qué, ¿no es la instrucción la que ha criado estas preciosas artes, la que las ha mejorado y las hace florecer? ¿No es ella la que ha inventado sus instrumentos, la que ha multiplicado sus máquinas, la que ha descubierto  e ilustrado sus métodos? ¿Y se podrá dudar que a ella sola está reservado llevar a su última perfección estas fuentes fecundísimas de la riqueza de los individuos, y del poder del Estado?
 Se cree de ordinario que esta opulencia y este poder pueden derivarse de la prudencia y de la vigilancia de los gobiernos; pero ¿acaso pueden buscarlos por otro medio que el de promover y fomentar esta instrucción, a que deben su origen todas las fuentes de la riqueza individual y pública? Todo otro medio es dudoso, es ineficaz: este solo es directo, seguro e infalible.
 ¿Y acaso la sabiduría de los gobiernos puede tener otro origen? ¿No es la instrucción la que los ilumina, la que les dicta las buenas leyes y la que establece en ellos las buenas máximas? ¿No es la que aconseja a la política, la que ilustra a la magistratura, la que alumbra y dirige a todas las clases y profesiones de un Estado? Recórranse todas las sociedades del globo, desde la más bárbara a la más culta y se verá que donde no hay instrucción todo falta, que donde la hay todo abunda y que en todas la instrucción es la medida común de la prosperidad.
 ¿Pero acaso la prosperidad está cifrada en la riqueza? ¿No se estimarán en nada las calidades morales en una Sociedad? ¿No tendrán influjo en la felicidad de los individuos y en la fuerza de los Estados? Pudiera creerse que no, en medio del afán con que se busca la riqueza y la indiferencia con que se mira la virtud. Con todo, la virtud y el valor deben contarse entre los elementos de la prosperidad social. Sin ella toda riqueza es escasa, todo poder es débil. Sin actividad y laboriosidad, sin frugalidad y parsimonia, sin lealtad y buena fe, sin probidad personal y amor público; en una palabra, sin virtud ni costumbres, ningún estado puede prosperar, ninguno subsistir. Sin ella el poder más colosal se vendrá a tierra, la gloria más brillante se disipará como el humo.
 Y bien, esta otra fuente de prosperidad, ¿no tendrá también su origen en la instrucción? ¿Quién podrá dudarlo? ¿No es la ignorancia el más fecundo origen del vicio, el más cierto principio de la corrupción? ¿No es la instrucción la que enseña al hombre sus deberes y la que le inclina a cumplirlos? La virtud consiste en la conformidad de nuestras acciones con ellos, y solo quien los conoce puede desempeñarlos. Es verdad que no basta conocerlos y que también es un oficio de la virtud abrazarlos; pero en esto mismo tiene mucho influjo la instrucción, porque apenas hay mala acción que no provenga de algún artículo de ignorancia, de algún error o de algún falso cálculo en sus determinación. El bien es de suyo apetecible: conocerlo es el primer paso para amarlo. salva pues siempre la libertad de nuestro albedrío, y salvo el influjo de la divina gracia en la determinación de las acciones humanas, ¿puede dudarse que aquel hombre tendrá más aptitud, más disposición, más medios de dirigirlas al bien, que aquel que mejor conozca este bien; esto es, que tenga más instrucción? 
 Aquí debo recurrir a un reparo. Se dirá que también la instrucción corrompe y es verdad. Ejemplos a millares se pueden tomar de la historia de los antiguos y los modernos pueblos en confirmación de ello. Si la instrucción, mejorando las artes, atrae la riqueza, también la riqueza, produciendo el lujo, inficiona y corrompe las costumbres. ¿Y qué es la instrucción sin ellas? Entonces, ¡qué males y desórdenes no apoya! ¡qué errores no sostiene! ¡qué horrores no defiende y autoriza! Y si la felicidad estriba en las dotes morales de los hombres y de los pueblos, ¿quién que tienda la vista sobre la culta Europa se atreverá a decir que los pueblos instruidos son los más felices?
 La objeción es demasiado importante para que quede sin respuesta. Sin duda que el lujo corrompe las costumbres, pero absolutamente hablando el lujo no nace de la riqueza. Hay lujo en todas las naciones, en todas la provincias, en todos los pueblos, y en todas las profesiones de la vida, ora sean o se llamen ricas o pobres. Lo hay en las naciones cultas e instruidas, como en las bárbaras e ignorantes. Lo hay en Constantinopla, como en Londres; y mientras un europeo adorna su persona con galas y preseas, el salvaje rasga sus orejas, horada sus labios y se engalana con airones y plumas. En todas partes el amor propio es el patrimonio del hombre: en todas partes aspira a distinguirse y singularizarse. He aquí el verdadero origen del lujo.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de El Mundo (Ciro Ediciones), 2011. Depósito legal: M-7408-2011.]