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lunes, 14 de junio de 2021

La invención del mundo.- Olivier Rolin (1947)


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3.-Costurera ilustrada en las islas de Cabo Verde


  «A continuación, es posible –al menos, ciertos escépticos lo afirman- que me durmiera en mi biblioteca y soñase. Es posible –no faltan quienes afirman que estoy encerrado: ¡encerrado, yo, que veo todo, participo en todo, monto en el primer metro del amanecer en la estación Nueve de Julio, en la avenida del mismo nombre en Buenos Aires, y me apeo para almorzar, un minuto después, en la stantsiya Alexandra Nevskogo plochad, al final de la Perspectiva Nevski (es un ejemplo)!- que esté loco. Desde luego, señores míos, pero también es posible que el mundo no exista, simplemente. Mentes preclaras lo han sostenido (tal vez sea yo uno de ésos). ¿Entonces? ¡Ah! ¿Así no decís ni pío? Pues sigamos. Digo, yo, si me lo permitís, que aquel día, veinte-veintiuno de marzo de mil novecientos ochenta y nueve (¿hay que recordar a los ignorantes que siempre hay dos fechas en funcionamiento, por decirlo así, en la Tierra? ¿Que no transcurren veinticuatro, sino cuarenta y ocho horas, entre el momento en que el veintiuno de marzo –pongamos por caso- surge de la espuma del Pacífico a lo largo de la línea del meridiano ciento ochenta –ya oigo la pregunta. ¿Este u Oeste? ¡Es igual, cretinos!- con un rodeo a la izquierda –si recorremos esa línea ideal de Norte a Sur, evidentemente- para englobar el hocico cuadrado de la península de los chukches, otro a la derecha para apartar las Aleutianas, un tercero de nuevo a la izquierda, mucho más al Sur, para meter en el saco las Gilbert, Fiji, Ellis, Kermadec, Wallis y Futuna y otras menudencias oceánicas, y aquel en que queda sepultado definitivamente en esa misma línea, tras haber dado la vuelta a la Tierra de Este a Oeste? ¿Me seguís? A veces tengo la impresión de hablar en el desierto. Tendré que volver al respecto, lo siento), descubrí que el mundo era instantáneamente visible-legible por un lado y por el otro, en cualquiera de sus líneas mezcladas. Vi –sí, afirmo que vi- el mundo, tranquilamente, sin esfuerzo, en sus menores detalles. Si no me creéis, verificadlo. Citaré nombres, lugares, la labor de cotejo será larga, seguramente, pero no imposible. Venga, os invito. Si tenéis estómago para ello. De todos modos, no es asunto mío. Yo vi en la ciudad de Paarl, en Sudáfrica, el rostro de una mujer alta y con binóculos, de pelo ensortijado, vestida con un corpiño de raso y un vestido tableado, y las orejas adornadas con dijes, mostrar una ancha sonrisa al contemplar el vestido informe, de la talla de un saco de dormir doble, que llevaba antes de su cura de adelgazamiento: la vi y me alegré por ella (y lo repito: si no existe en la ciudad de Paarl una robusta comadre bóer cuyo pelo se curva en caracolillos sobre el cráneo, si no comprobó ésta con júbilo, al pasar a pesarse aquel día, que ya sólo ostentaba ciento diecisiete kilos, si no decidió regalar a sus sobrinos su antiguo vestido, estampado en azul y rosa, para que se hicieran con él una tienda –pero ¿cómo, Dios del Cielo, habría yo inventado todo eso?-… pues que me declaren convicto de impostura y locura). Y, al instante, muy lejos de allí, vi a otro ser enorme disputando una competición de golf para cardíacos en los greens del Royal Melbourne: su pechuga, sus brazos abiertos, la mano derecha sólidamente crispada sobre el palo, su boquita abierta por encima de una barbilla casi tan alta como el frente crestado de una mata pilosa, toda su actitud, en una palabra, parecía sugerir que, descontenta por haber sido molestada en pleno esfuerzo, se disponía a hacerme pasar un duro cuarto de hora a golpes de bate de golf: me escabullí. Adiós, miss Mónica (distinguí muy bien su nombre, cosido en su tee-shirt rayado). Contemplé una escena más apacible, con el sol en el ocaso, pomelo fulgurante en un cielo salmón, cerca de Anchorage. Corrían centelleos sobre la nieve malva pálida, agujereada por las ramas desnudas de arbustos sepultados. En el horizonte, se veían siluetas de coníferas y las ramas de un árbol muerto, como un trazado de rayo negro: mal gusto, seguramente, pero sosegador. Ah, cristales… Un trazo pálido a lo lejos: ¿el mar? Sí, el mar. Ese mismo sol que hacía flamear el hielo de Alaska iluminaba el pómulo derecho de Gabriela Sabatini en una pista de tenis de Key Biscayne, en la que estaba dando una paliza a Helly Hakami, y los músculos nítidos de su cuello, en cuya base –en la exquisita sombra recortada por el escote en arco de la camiseta- volaba una cadenita (pude distinguir la medalla que de ella colgaba –la virgen de Luján- entre sus senos perlados de sudor y –siguiendo el deslizadero irregular de cada una de las lupas líquidas, súbita, aleatoriamente abultado- en la red azul de las venillas el erizamiento de una ligera pelusa de color castaño). Vi resplandecer su cabellera negra en torno al óvalo del rostro, brillar la mancha clara de un incisivo entre los labios entreabiertos, su mano izquierda –abandonada, abierta, con el pulgar separado, el índice apuntando hacia el suelo y los otros tres dedos ligeramente doblados hacia el cielo- iluminada y la derecha aferrada al mango de la raqueta y flotar su faldita sobre sus fuertes muslos…Prefería Gabriela a Mónica, me detuve un poco, sin dejarme ver, para no distraerla. En la cárcel municipal de Altamira, en Tampico, vi –sentados, apretujados en un banco detrás de las rejas, con la cabeza gacha- a José Antonio Hernández Aladro, Alfonso Torres García, Pedro de Ángel Figueroa y Bernabé Martínez Cruz, “después de haber intentado hacer el clásico ‘pisa y corre’, en la equívoca taberna Boca del Río, en la calle de Díaz-Mirón": es decir, que esos cuatro chorras se habían largado sin pagar y, encima, se habían llevado dos botellas de coñac; sólo, que no habían corrido bastante deprisa. Leí todo eso –y lo que sigue- en el informe que el agente Carlos Madero Márquez tecleaba con dedo vacilante (porque, si bien hay en el mundo muchas cosas inesperadas, las hay también que no cambian, por decirlo así, nunca: como, una vez más, el hecho de que el agente Márquez, con ayuda de otro dedo –de la otra mano- se hurgaba la nariz y se alisase el bigote, alternativamente. Sin esos puntos de referencia, esos estereotipos esenciales, el mundo sería un puro caos). Junto a ellos, Antonio García Robles, al que su gran cráneo y su perilla hacían parecer un Lenin mucho más favorecido, se esforzaba por reflexionar: lo habían detenido –al menos eso era lo que le habían dicho-, cuando, completamente borracho, estaba armando escándalo en la esquina de la avenida de Hidalgo y la calle de la Esperanza. A primera vista, podría haber parecido solapado, pero, en realidad, la expresión desagradablemente fija y oblicua de su mirada se debía simplemente a la concentración exigida por el acopio de recuerdos un poco dispersos e incompletos: ¿había sido él quien se lo había hecho accidentalmente así (el ojo derecho casi totalmente cerrado, los pómulos reventados) o lo habrían atizado cuando estaba ciego? No era lo mismo, evidentemente. Estaba también allí –con la camisa abierta, bigotito inclinado, pelo corto y erizado, orejas muy separadas, expresión un poco alucinada- Gustavo Rodríguez Ruiz, quien pegaba a su mujer y no le daba con qué alimentar a sus hijos, intentando seguir con los ojos el vuelo de una mosca que volvía regularmente a posarse sobre él y que no conseguía matar, junto con Heriberto Piña del Ángel y Roberto Bonita Santos, chavales a quienes habían echado el guante cuando intentaban birlar refrescos en una camioneta “Bonafina” aparcada en la esquina de Aduana y Madero y que ahora jugaban a los dados ante la taciturna mirada de María Concepción Rodríguez Márquez, perturbada en sus facultades mentales, a quien sus padres habían mandado encerrar allí en espera de que quedara libre una plaza en el hospital psiquiátrico. Y en otra celda vi también –caminando de un extremo a otro- a Benjamín Cordero Araujo, de barbilla fuerte y mal afeitada como el general Alcázar, cejas espesas bajo una frente baja y pelo negro y tupido, una jeta bastante atravesada, en realidad, que no resultaba más agradable precisamente con la mueca de furia que torcía sus gruesos labios, cuando recordaba que los polis –después de que, tras sorprenderlo afanando chatarra en un almacén de la refinería Madero, hubiera intentado golpear a uno o dos- no habían creído, los muy hijos de puta, en las “relaciones influyentes” de las que se había jactado con la esperanza de que ese notable ardid le permitiera escapar a los rigores de la ley, y seguía sin comprender –el industrioso Araujo- por qué no había funcionado. 
Resultado de imagen de olivier rolin la invencion del mundo  Y junto a él estaba sentado un gordinflón de camisa rayada y pelo rizado, Eduardo Tudón Torres, que había dejado destrozado “sin razón” (pero él sabía muy bien por qué) el Ford de Mauricio García Carrada, su vecino de la colonia Tamaulipas, tras reventar el parabrisas, desgarrar los asientos y descuajaringar el estéreo (y, a pesar de todas las consecuencias funestas que podían derivarse de ello, el recuerdo físico del cristal hecho añicos, de la espuma excavada, del ruido de pedo sonoro que hace el skay agujereado por un destornillador, de pedorrera desgranada por los cables arrancados con un golpe seco, que recuerda a las ráfagas flatulentas provocadas por el abuso de fríjoles, hacía sonreír a escondidas a ese antisocial). Vi –bajo las pirámides de hielo centelleante de Groenlandia y en un ligero trineo que sus patines curvados por delante y las altas astas del timón por detrás hacían parecer a una trirreme romana- a unos quince hombres con anorak que llevaban sobre los hombros –con una capucha de zorro a la que la luz polar hacía fulgurar hasta el último pelo como los rayos de una aureola- a Soren Madsen, el valeroso hijo de Ililussat, quien acababa de triunfar en la carrera anual de tiros de perros de Diskobugten, por delante de otros dos de sus compatriotas, y a la multitud despechada de los campeones de Qepertarsuak, Qasigiannguit, Aasiaat, Kangaatsiark y Niaqornaaruk. Vi a Legithor, montado por Elvio Bortuli, ganar el clásico Leteo de un kilómetro de longitud en el hipódromo de San Isidro de Buenos Aires, por delante de Auténtico y de Centaurus, y en los últimos metros cada rasgo móvil de los tres competidores galopando flanco con flanco –las espaldas de los jockeys, las grupas, los pechos, las cabezas de los caballos, con las patas dobladas debajo de ellos, los cascos agrupados, volando por encima de la pista- era tan perfectamente paralelo, trabado, idéntico (o bien separado por un ínfimo detalle, una casi imperceptible declinación, que el movimiento que la recomponía sin cesar no aumentaba), que parecía la imagen de uno solo, Leghitor, del que Auténtico, el otro inauténtico en el espejo, hubiera sido el reflejo y Centaurus el reflejo del reflejo. En un hotel de Lahore vi a un hombre sobresaltarse de espanto cuando su corbata verde con listas marrones se deslizó como una serpiente del borde de la cama, donde la había dejado.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Reverso Ediciones, 2005, en traducción de Carlos Manzano, pp. 33-38. ISBN: 84-934616-0-1.] 
    

miércoles, 21 de octubre de 2020

Pragmatismo.- William James (1842-1910)

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Conferencia séptima: Pragmatismo y humanismo

  «"Realidad" es, en general, lo que la verdad ha de tener en cuenta. Y la primera parte de la realidad, desde este punto de vista, es el flujo de nuestras sensaciones. Las sensaciones nos son impuestas sin que sepamos de dónde vienen. No tenemos ningún control sobre su naturaleza, orden y cantidad. No son ellas ni verdaderas ni falsas; simplemente son, esto es lo único que podemos decir de ellas: los nombres que les damos; nuestras teorías acerca de su origen, naturaleza y relaciones remotas; que pueden ser verdaderas o falsas.
 La segunda parte de la realidad, como algo que nuestras creencias deben tener en cuenta obedientemente, la constituyen las relaciones que se obtienen entre nuestras sensaciones o entre sus copias en nuestras mentes. Esta parte se subdivide en dos subpartes: 1) las relaciones que son mutables y accidentales, como las de fecha y lugar; 2) las que son fijas y esenciales porque están fundadas en la naturaleza íntima de sus términos. Ambas clases de relaciones son objeto de percepción inmediata. Ambas son "hechos". Pero es el último género de hechos el que constituye la subparte más importante de la realidad para nuestras teorías del conocimiento. Así pues, las relaciones internas son "eternas", son percibidas siempre que se comparan sus términos sensibles; ha de tenerlas en cuenta eternamente nuestro pensamiento, el llamado pensamiento matemático y lógico.
 La tercera parte de la realidad, adicional a esas percepciones (aunque en gran parte basada sobre ellas), la constituyen las verdades previas que siempre tiene en cuenta toda nueva investigación. Esta tercera parte es un factor de resistencia mucho menos obstructivo: a menudo acaba por dejar libre el paso. Al hablar de estas tres porciones de la realidad que en todo tiempo regulan la formación de nuestras creencias, les estoy recordando algo que ya dije en mi conferencia anterior.
 Ahora bien, no obstante lo fijos que puedan ser estos elementos de la realidad, todavía nos queda una cierta libertad en nuestros contactos con ellos. Tomemos como ejemplo nuestras sensaciones. Es indudable que se hayan fuera de nuestro control, pero depende de nuestros intereses atenderlas, advertirlas, acentuarlas en nuestras conclusiones. Según la acentuación recaiga aquí o allá, resultarán fórmulas sobre la verdad completamente diferentes. Leemos los mismos hechos de un modo diferente. "Waterloo", con los mismos detalles fijos, significa una "victoria" para un inglés; para un francés, una "derrota". Así, también, para un filósofo optimista, el Universo indica victoria; para un pesimista, derrota.
 Lo que decimos acerca de la realidad depende de la perspectiva en que la coloquemos. El eso de ello es lo suyo propio, pero el qué depende del cuál, y éste de nosotros. Las partes de la realidad correspondientes a la sensación y a la relación son mudas. No dicen absolutamente nada sobre sí mismas; somos nosotros los que tenemos que hablar por ellas. Este mutismo de las sensaciones ha conducido a intelectualistas tales como T. H. Green y Edward Caird a expulsarlas casi de la esfera del conocimiento filosófico, pero el pragmatismo rehúsa ir tan lejos. Una sensación es como un cliente que ha dejado su caso en manos de un abogado y después tiene que escuchar pasivamente en la audiencia la exposición de sus asuntos, séale o no agradable, de la manera que el abogado entiende más favorable.
 De aquí que hasta en el campo de la sensación nuestras mentes ejerzan una determinada elección arbitraria. Con nuestras inclusiones y omisiones trazamos la extensión del campo; con nuestro empeño marcamos su primer plano y su fondo; por nuestra orden lo leemos en este o en aquel sentido. En suma, recibimos el bloque de mármol, pero somos nosotros los que tenemos que esculpir la estatua.
 Esto se aplica también a las partes "eternas" de la realidad. Mezclamos nuestras percepciones de relación intrínseca y las colocamos libremente. Las leemos en un orden o en otro, las clasificamos de este o aquel modo, tratamos a una o a la otra como más fundamental hasta que nuestras creencias sobre ellas forman esos cuerpos de verdad que se conocen por lógica, geometría o aritmética en todos, en cada uno de los cuales la forma y el orden en que se modela el conjunto es claramente obra humana.
Resultado de imagen de william james pragmatismo orbis Así, sin decir nada de los nuevos hechos que los hombres agregan a la materia de la realidad mediante los actos de sus propias vidas, han impreso ya sus formas mentales en esa parte tercera de la realidad que he llamado "verdades previas". Cada hora nos trae sus nuevos objetos de percepción, sus propios hechos de sensación y relación que hemos de tener en cuenta; pero el conjunto de nuestras pasadas relaciones con tales hechos está ya acumulado en las verdades previas. Es sólo, por lo tanto, la más insignificante y reciente fracción de las dos primeras partes de la realidad la que nos llega sin toque humano, y la fracción tiene inmediatamente que humanizarse en el sentido de cuadrarse, asimilarse o adaptarse a la masa existente ya humanizada. De hecho, difícilmente podemos percibir una impresión sin preconcebir lo que las impresiones puedan ser.
 Cuando hablamos de realidad "independiente" del pensar humano, nos parece, pues, una cosa muy difícil de hallar. Se reduce a la noción de lo que acaba de entrar en la experiencia y aún ha de ser nombrado, o bien alguna imaginada presencia aborigen en la experiencia, antes de que se haya suscitado creencia alguna sobre tal presencia, antes de que se haya aplicado cualquier concepción humana. El límite meramente ideal de nuestras mentes es lo que es evanescente y mudo. Podemos vislumbrarlo, pero nunca aprehenderlo; lo que aprehendemos es siempre un sustituto de ella que el pensar humano ha peptonizado y cocido previamente para nuestro consumo. Si se me permite una expresión vulgar diría que dondequiera la hallamos ha sido ya "hecha presentable".»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1985, en traducción de Luis Rodríguez Aranda, pp. 156-158. ISBN: 84-7530-703-5.]
 

martes, 3 de marzo de 2020

El arte de desgranar alubias.- Wieslaw Mysliwski (1932)

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Ocho

«Se lo aseguro, me cambió la vida. Pues el almacenero aquel. Antes le hablé de él. Almacenero, y resultó ser un saxofonista. No sé por qué se extraña usted. Sepa que en aquellos tiempos pocos ejercían de lo que eran. El Cura, un soldador. Y muchos como él trabajaban en la construcción, ocultos tras oficios muy diversos. Con frecuencia uno se enteraba de esas cosas compartiendo una botella de vodka. Y no en la primera ocasión. El que no bebía o bebía solo de vez en cuando, no era digno de confianza. Por eso me habitué a la bebida. Sí, te investigaban, pero sólo por encima. Fue más tarde cuando empezaron a indagar con mayor profundidad en el pasado de la gente. Y hasta a meterle mano a las conciencias. Más aún porque la conciencia resultó ser algo distinto a lo que era. ¿Usted piensa que la conciencia es algo estable? Pues lástima que no trabajó usted en alguna obra durante aquella época. Seguro que en otros sitios era igual, pero yo trabajé en la construcción y sólo puedo hablar de la construcción. Mire, todo cambio en el mundo es un golpe a las conciencias. Y ya no digamos si se trata de cambiar el mundo por uno nuevo, mejor, que entonces es sobre todo a las conciencias.
 En cualquier caso, en ningún otro lugar encontraría usted tantas personas diferentes. Albañiles, estucadores, soldadores, electricistas, fontaneros, gruistas, conductores, abastecedores y demás, y lo mismo en las oficinas, y luego resultaba que éste era esto, aquél aquello, éste venía de tal sitio, aquél de tal otro, o habían estado en campos de concentración, o en prisión, o en tal ejército, o en tal otro, o en la insurrección, o en los bosques, con los riñones machacados, o sin dientes, o sin uñas, menores de edad o aún muy jóvenes, pero ya canosos. Cada una de esas obras era una auténtica torre de Babel, pero no de idioma sino de destinos humanos. Aunque también había algunos, y no precisamente pocos, que por sí mismos cambiaron de oficio para unirse a la edificación de ese mundo nuevo y mejor, porque habían dejado de creer en el viejo.
 Ya no me acuerdo en qué obra trabajaba uno que se encargaba de la planificación. Uno decía, el de la planificación, y ya todos sabían de quién se trataba. Pues una vez, bebiendo, confesó que era profesor de Historia. No tenía mucho aguante bebiendo, se emborrachó y empezó a contar que la historia le había engañado. ¿Se lo imagina usted? Que la historia le había engañado. Como si la historia pudiera engañar a alguien. Nosotros somos los que engañamos continuamente a la historia, dependiendo de lo que queramos de ella.
 De todas formas, en mi opinión cada cual vive por sí mismo y cada vida es una historia diferente. Puede que intentemos verter todo eso en un solo recipiente, en una sola inmensidad, pero de ahí no se desprende la verdad sobre el hombre. Después de todo, puede uno imaginarse una historia de personas individuales que hayan vivido en cualquier época. ¿Imposible, dice usted? Ya sé que es imposible. Pero imaginarla se puede. Nada existe como un conjunto generalizado y mucho menos el hombre. No sé desde qué perspectiva mira usted el mundo. Yo, ya le digo, miro desde tal o cual obra. Siempre eran personas individuales, no se parecían entre sí. Se decía equipo, igual que se dice historia, pero solo en las reuniones.
Resultado de imagen de Mysliwski el arte de desgranar alubias Por ejemplo, en una de las obras trabajaba un estudiante de Filosofía. En realidad, había terminado los estudios, sólo le quedaba un examen cuando estalló la guerra. Y tras la guerra aprendió a pavimentar. Era incluso jefe de equipo, me hice amigo suyo. ¡Buf, cómo le daba! Su cabeza no sólo tenía aguante para la filosofía. Y una vez, mientras bebíamos, empezó a hablar de sus estudios sin terminar, y otro le preguntó:
 -¿Y por qué no los terminaste? Después de la guerra pudiste hacerlo. Por un examen...
 Pareció que los ojos le iban a explotar, y eso que no habíamos bebido tanto.
 -¿Y para qué coño? ¿De qué me vale la filosofía después de todo eso? ¡Ninguna mente habría comprendido eso! ¡Ningún Platón, ningún Sócrates, ningún Descartes, Spinoza, Kant! ¡Que se vayan al cuerno! -Y dio un porrazo en la mesa con el vaso.
 Nos miramos unos a otros, porque ninguno sabíamos quiénes eran ésos que tanto le contrariaban. Tampoco se atrevía nadie a preguntar, porque lo mismo ya deberíamos saberlo. Lo único que dijo uno fue:
 -Está visto que en todas partes te encuentras con los mismos hijos de puta. Y no sólo en la construcción. -Y le llenó el vaso hasta arriba-. Toma, bebe.
 Créame, si no hubiera trabajado en la construcción... Bueno, y si no hubiera bebido. En fin, de cualquier forma, aprendí a vivir en la construcción. Y todo gracias a tanta gente diferente como uno se encontraba y que no habría encontrado en ningún otro lugar. Sí señor, les debo mucho. Incluso le diré que lo mismo a ninguno de ellos le apetecía vivir. Cada uno por una razón. Y sin embargo vivían. Lo que les debo sobre todo es eso, aunque a menudo parezca que uno no está en condiciones de pagar un precio tan alto y no tiene a quién pedir prestado, se debe vivir. Y lo más importante, me convencí de que yo no era una excepción. Si lo soy, entonces el mundo está habitado por excepciones. Pero todo eso salía compartiendo el vodka. Así que, ¿cómo no iba a beber?
 Por ejemplo, el que trabajaba en el departamento social, repartía las pastillas de jabón, las toallas, las botas de goma, los guantes. Eso lo podía hacer cualquiera, pero luego bebiendo resultaba que era esto o lo otro. O el de la excavadora, parecía que aparte de manejar la excavadora sólo estaba capacitado para beber vodka, y después de medio litro o de un litro se ponía a recitar poesías de memoria, otro a Cicerón en latín. Y gracias al vodka incluso les escuchábamos con atención.
 En otra obra trabajaba uno que había sido policía antes de la guerra. No sé si estará de acuerdo conmigo en que todo cambio de mundo empieza por la policía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2011, en traducción de Francisco Javier Villaverde. ISBN: 978-84-92891-15-3.]

martes, 2 de julio de 2019

Planilandia.Una novela de muchas dimensiones- Edwin Abbott Abbott (1838-1926)


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1.-Sobre la naturaleza de Planilandia

«Llamo a nuestro mundo Planilandia, no porque nosotros le llamemos así, sino para que os resulte más clara su naturaleza a vosotros, mis queridos lectores, que tenéis el privilegio de vivir en el espacio.
 Imaginad una vasta hoja de papel en la que líneas rectas, triángulos, cuadrados, pentágonos, hexágonos y otras figuras, en vez de permanecer fijas en sus lugares, se  moviesen libremente, en o sobre la superficie, pero sin la capacidad de elevarse por encima ni de hundirse por debajo de ella, de una forma muy parecida a las sombras (aunque unas sombras duras y de bordes luminosos) y tendríais entonces una noción bastante correcta de mi patria y de mis compatriotas. Hace unos años, ay, debería haber dicho «mi universo», pero ahora mi mente se ha abierto a una visión más elevada de las cosas.
 En un país de estas características, comprenderéis inmediatamente que es imposible que pudiese haber nada de lo que vosotros llamáis género «sólido»; pero me atrevo a decir que supondréis que nosotros podríamos al menos distinguir con la vista los triángulos, los cuadrados y otras figuras, moviéndose de un lado a otro tal como las he descrito yo. Por el contrario, no podríamos ver nada de ese género, al menos no hasta el punto de distinguir una figura de otra. Nada era visible, ni podía ser visible, para nosotros, salvo líneas rectas; y demostraré enseguida la inevitabilidad de esto.
 Poned una moneda en el centro de una de vuestras mesas de Espacio; e inclinándoos sobre ella, miradla. Parecerá un círculo. Pero ahora, retroceded hasta el borde de la mesa, id bajando la vista gradualmente (situándoos poco a poco en la condición de los habitantes de Planilandia) y veréis que la moneda se va haciendo oval a la vista; y, por último, cuando hayáis situado la vista exactamente en el borde de la mesa (hasta convertiros realmente, como si dijésemos, en un planilandés) la moneda habrá dejado por completo de parecer ovalada y se habrá convertido, desde vuestro punto de vista, en una línea recta.
 Lo mismo pasaría si obraseis de modo similar con un triángulo, o un cuadrado, o cualquier otra figura recortada en cartón. En cuanto la miraseis con los ojos puestos en el borde de la mesa, veríais que dejaría de pareceros una figura y que adoptaría la apariencia de una línea recta. Coged, por ejemplo, un triángulo equilátero, que  representa entre nosotros un comerciante de la clase respetable. La fig. 1 representa al comerciante tal como le veríais cuando os inclinaseis sobre él y le miraseis desde arriba; las figs. 2 y 3 representan al comerciante como le veríais al acercaros al nivel de la mesa y ya casi en él; y si vuestros ojos estuviesen al nivel de la mesa (y así es como le vemos nosotros en Planilandia) no veríais nada más que una línea recta.
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 Cuando yo estaba en Espaciolandia oí decir que vuestros marineros tienen experiencias muy parecidas cuando atraviesan vuestros mares y avistan una isla o una costa lejana en el horizonte. Ese litoral distante puede tener bahías, promontorios, ángulos hacia dentro y hacia fuera en cantidades y dimensiones diversas; pero a distancia no veis nada de eso (salvo que se dé el caso de que vuestro sol brille intensamente sobre ellos revelando las proyecciones y retrocesos por medio de luces y sombras), sólo una línea gris ininterrumpida sobre el agua.
 Bien, pues eso es justamente lo que nosotros vemos cuando uno de nuestros conocidos triangulares o de otro tipo viene hacia nosotros en Planilandia. Como en nuestro caso no hay sol, ni ninguna luz de ese género que pueda hacer sombras, no tenemos ninguna de esas ayudas que tenéis vosotros en Espaciolandia. Si nuestro amigo se acerca más a nosotros vemos que su línea se hace mayor; si se aleja se hace más pequeña; pero de todos modos parece una línea recta; sea un triángulo, un cuadrado, un pentágono, un hexágono, un círculo, lo que queráis... parece una línea recta y nada más.
 Es posible que os preguntéis cómo con estas circunstancias desventajosas somos capaces de distinguir unos de otros a nuestros amigos: pero la respuesta a esta pregunta, muy natural, se dará con mayor facilidad y exactitud cuando pasemos a describir a los habitantes de Planilandia. Permitidme aplazar la cuestión de momento y decir un par de cosas sobre el clima y las viviendas de nuestro país.

2. Sobre el clima y las casas de Planilandia
 
 También en nuestro caso hay, lo mismo que en el vuestro, cuatro puntos cardinales, norte, sur, este y oeste.
 Al no haber sol ni ninguna otra clase de cuerpos celestes, nos resulta imposible determinar el norte de la forma usual; pero tenemos un método propio. Por una ley de la Naturaleza que se da entre nosotros, hay una atracción constante hacia el sur; y, aunque en los climas templados esta fuerza de atracción es muy leve (de manera que hasta una mujer con una salud razonable puede viajar varios estadios hacia el norte sin gran dificultad), el efecto obstaculizador es, sin embargos suficiente para servir como brújula en la mayoría de las zonas de nuestra tierra. Además, la lluvia (que cae a intervalos regulares) viene siempre del norte, constituyendo así una ayuda adicional; y en las ciudades nos sirven de guía las casas, cuyas paredes laterales van, claro está en general, de norte a sur, de manera que los tejados puedan proteger de la lluvia del norte. En el campo, donde no hay casas, sirven también como una especie de guía los troncos de los árboles. No nos resulta en general tan difícil orientarnos como podría esperarse.
 Sin embargo, en nuestras regiones más templadas, en las que la atracción hacia el sur es casi imperceptible, me ha sucedido a veces, yendo por una llanura completamente despoblada, donde no había casas ni árboles que pudieran guiarme, que me he visto obligado a detenerme y quedarme parado varias horas seguidas, esperando a que llegase la lluvia para poder seguir. Entre los débiles y los ancianos, y especialmente en las mujeres delicadas, la fuerza de atracción se acusa con mucha más intensidad que entre las personas robustas del sexo masculino, de manera que es un detalle de buena educación, si encuentras una dama en la calle, cederle siempre el lado norte... no resulta siempre cosa fácil de hacer rápidamente, ni mucho menos, cuando no se goza de buena salud y en un clima donde es difícil distinguir el norte del sur.
 Nuestras casas no tienen ventanas: la luz nos llega de igual modo dentro de nuestras casas que fuera de ellas, de día y de noche, igual en todas las épocas y en todos los lugares, sin que sepamos de dónde viene. Se trata de una cuestión interesante, ésta del origen de la luz, investigada a menudo en los tiempos antiguos y que, aunque se ha intentado aclarar repetidamente, el único resultado ha sido llenar nuestros manicomios con los presuntos aclaradores. En consecuencia, después de muchas tentativas infructuosas de disuadir indirectamente a los interesados en tales investigaciones, imponiendo sobre ellas un pesado gravamen, los legisladores las prohibieron del todo en una fecha relativamente reciente. Yo (desgraciadamente, sólo yo en Planilandia) conozco ya demasiado bien la verdadera solución de este misterioso problema; pero mi conocimiento no puede hacerse inteligible ni a uno solo de mis compatriotas; ¡y soy objeto de burla (yo, el único que conoce las verdades del espacio y la teoría de la penetración de la luz desde el mundo de tres dimensiones) como si fuese el más loco de los locos! Pero concedámonos una tregua en estas dolorosas digresiones: volvamos a nuestras casas.
 La forma más común para la construcción de una casa es la de cinco lados o pentagonal, como en la figura adjunta. Los dos lados norte RO, OF, forman el techo, y la mayoría de ellas no tienen puertas; en el este hay una puertecita para las mujeres; en el oeste, una mucho mayor para los hombres; el lado sur o suelo carece normalmente de puertas.
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 No están permitidas las casas cuadradas y triangulares, y la razón es la siguiente. Al ser los ángulos de un cuadrado (y aún más los de un triángulo equilátero) mucho más puntiagudos que los de un pentágono, y al ser las líneas de los objetos inanimados (como las casas) mucho menos nítidas que las de los hombres y las mujeres, se sigue de ello que hay no poco peligro de que las puntas de una residencia cuadrada o triangular pudiesen herir gravemente a un viajero imprudente o tal vez distraído que se diese de pronto contra ellos: así que desde fecha tan temprana como el siglo XI de nuestra era, quedaron universalmente prohibidas por Ley las casas triangulares, sin más excepciones que las fortificaciones, los polvorines, los cuarteles y otros edificios públicos, a los que no es deseable que el ciudadano en general se acerque sin una cierta circunspección.
 En ese período aún estaban permitidas en todas partes las casas cuadradas, aunque se gravaba su construcción con un impuesto especial. Pero, unos tres siglos después, el cuerpo legislativo decidió que en todas las ciudades con una población superior a los diez mil habitantes, el ángulo de un pentágono era el más pequeño que se podía considerar compatible con la seguridad pública en las viviendas. El buen sentido de la comunidad ha secundado los esfuerzos del legislativo, y ahora, en el campo incluso, la construcción pentagonal ha desbancado a todas las demás. Sólo de cuando en cuando, y en algún distrito agrícola muy remoto y atrasado, puede aún descubrir un anticuario una casa cuadrada.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Torre de Viento, 1999, en traducción de José Manuel Álvarez Flórez. ISBN: 84-7651-781-5.]