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lunes, 9 de abril de 2018

La Administración española.- Eduardo García de Enterría (1923-2013)


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6.-La organización y sus agentes: revisión de estructuras
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«La Administración española padece ya de origen de un defecto que no debe ser minusvalorado, el de una ausencia de raíces históricas profundas. Desde el punto de vista de historia de la Administración, la nuestra actual es una Administración improvisada. Es ya un tópico observar que las grandes Administraciones contemporáneas proceden en línea directa de la obra del antiguo régimen. Así la perfección administrativa prusiana está conectada en línea directa con la Cameralística del Estado de los Federicos; así la Administración que surge de la Revolución Francesa, la Administración napoleónica que va a ser el gran ejemplo "que l'Europe nous envie", que toda Europa envidia, como dicen las fuentes de la época, va a ser tributaria rigurosamente de la gran obra del colbertismo y del monarca absoluto, como pondría de relieve de una vez por todas la gran investigación de Tocqueville. La propia Administración inglesa, hoy día quizá en la cima del prestigio universal, procede directamente de la vieja sabiduría imperial de este país; está probado, en efecto, que el mítico "Civil Service", el envidiado instrumento humano de la actual Administración inglesa, procede en línea recta de la Administración de la India, donde justamente se había formado su gran creador, sir Charles Trevelyan.
 Frente a estos ilustres ejemplos, dos grandes simas históricas han cortado sucesiva y trágicamente la continuidad del desarrollo de la Administración española. Nuestra Administración, que en sus orígenes es una de las más precoces y desarrolladas (la Administración de los Reyes Católicos es casi con seguridad la más avanzada de su tiempo, pero con un avance que puede medirse acaso en más de un siglo -como hemos podido vislumbrar con la figura de los Corregidores-), va a ver interrumpido abruptamente su desarrollo por dos grandes cortes históricos sucesivos: la Guerra de Sucesión, que en 1700 pulveriza todo el Estado de los Austrias y que origina un estremecedor vacío durante todo el primer tercio del siglo XVIII, que pretenderá luego colmarse con la importación de las técnicas administrativas colbertistas, y en segundo lugar, poco tiempo después, la Guerra de la Independencia, que origina una segunda sima a lo largo de otro tercio de siglo, en la que va a sumirse ahora el Estado que trabajosa y afanosamente habían llegado a constituir nuestros ilustrados. Se impone así de nuevo la necesidad de una creación desde la base y ex nihilo, esta vez mediante la importación y la adaptación de las técnicas administrativas napoleónicas, operación protagonizada sobre todo por una gran figura, la más noble posiblemente de toda nuestra historia administrativa contemporánea, la gran figura del granadino Javier de Burgos.
 Toda la vieja tradición de los servidores del rey, la tradición de la Administración primigenia, en la que por su mismo carácter comprometido tantos valores de estilo y de pureza se cumplieron, luego perdidos en la rutinización de los despachos burocráticos, esta gran tradición ha sido definitivamente perdida para nosotros, que debemos comenzar nuestra historia administrativa en el segundo tercio del siglo XIX. ¡Y qué fecha, y qué momento de nuestra historia nacional más poco propicio que éste para sentar unas bases fundacionales sólidas con las que intentar suplir la falta de raíces profundas! No parece preciso insistir en ello; sólo unos cuantos videntes de mente clara y constructiva prestaban atención a estos problemas administrativos que quedaban totalmente al margen de los intereses reales de la sociedad y de la política. Es evidente que no pudo tratarse de una construcción acabada.
 He aquí el caso de la organización burocrática. Nuestra burocracia procede del Decreto que Bravo Murillo firma el 18 de junio de 1852, en cuyo preámbulo se afirma expresamente que se trata de establecer "ciertas reglas generales que llenen provisionalmente" los fines más urgentes "entre tanto" un proyecto de ley en estudio resolviese definitivamente la cuestión. Esta "provisionalidad", este "entre tanto", estas "ciertas reglas", van a durar exactamente hasta 1918, momento en el cual tampoco se aborda definitivamente la reforma profunda tanto tiempo pendiente, sino que se retoca apenas ese viejo Decreto de Bravo Murillo, que sólo formalmente se refunde, con excepción de la técnica de las cesantías, que es prácticamente la única innovación sustancial que se opera, quedando por lo demás intacto virtualmente todo el viejo, convencional e incompleto sistema hasta hoy mismo. Esto ocurre en cuanto al punto básico que es la organización burocrática. [...]
 Supuesta toda esta debilidad constructiva inicial en las bases de nuestra Administración, ocurre que ésta ha venido cumpliendo concienzudamente tras de su función lo que los autores americanos March y Simon acaban de llamar expresamente la Ley de Gresham de las organizaciones (la Ley de Gresham está formulada, como es bien sabido, en la Economía, y afirma que la moneda mala expulsa a la buena en la circulación monetaria). La ley de Gresham de las organizaciones consistiría en que "la rutina diaria desplaza al planeamiento innovativo"; los agentes se limitan únicamente a cumplir con la tarea rutinaria, con la tarea diaria, con la labor claramente programada según fines precisos, en tanto que la tarea de reflexión sobre la propia organización, la tarea de perfeccionamiento de la organización, la tarea de planeamiento a larga escala, cuyo programa está por esencia indeterminado, es sistemáticamente dejada de lado: "daily routine drives out planning". Nuestra Administración, partiendo de las débiles bases iniciales que hemos visto, se ha limitado a vivir orgánicamente sobre ellas cumpliendo mejor o peor las tareas materiales que el Estado le asigna, y siguiendo ciega y fatalmente esa sombría ley de comportamiento en cuanto al aparato estructural general. Tras la gran generación de creadores del sistema, nuestro país no ha encontrado aún otra capaz de perfeccionarlo, de revisarlo y de ponerlo a punto. [...]
 A este déficit inicial de partida hay que agregar otro especialmente inmediato. Nuestra Administración ha sido, a mi juicio, la víctima más importante causada por el proceso inflacionista sobre el que ha vivido nuestra economía durante los últimos veinte años (y aun, podemos decir, desde la primera guerra mundial) hasta el reciente Plan de estabilización. En virtud de este proceso inflacionista, la ocasión reconstructiva que pudo proporcionar nuestra guerra civil no sólo no fue aprovechada, sino que por el contrario, vino a implicar un nuevo azote sobre nuestras ya desgastadas estructuras administrativas.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial. Depósito legal: M. 1498-72.]
 

sábado, 12 de septiembre de 2015

"Memorias de ultratumba".- François-René de Chateaubriand (1768-1848)


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XI.- La revolución de Julio

Jornada del 26

 "Las Ordenanzas, fechadas en 25 de julio, fueron insertadas en el Monitor del 26. Se había guardado tan rigurosamente el secreto que ni el mariscal duque de Ragusa, comandante general de la guardia, ni Mangin, prefecto de policía, tuvieron conocimiento de ellas. El prefecto del Sena conoció las ordenanzas por el Monitor, de la misma manera que el subsecretario de Estado de la Guerra; y sin embargo eran estas autoridades las que disponían de las diferentes fuerzas armadas. El príncipe de Polignac, encargado interinamente de la cartera de Bourmont, estaba tan lejos de ocuparse de este pequeño asunto de las Ordenanzas que pasó la jornada del 26 presidiendo una subasta en el Ministerio de la Guerra.
 El rey marchó de caza el 26, antes que el Monitor llegara a Saint-Cloud, y hasta medianoche no volvió a Rambouillet.
  Al fin, el duque de Ragusa recibió este billete del príncipe de Polignac:
 "Vuestra Excelencia tiene ya conocimiento de las medidas extraordinarias que el rey, en su sabiduría y sus sentimientos de amor hacia su pueblo, ha juzgado necesario tomar para el mantenimiento de los derechos de la corona y del orden público. En tan importantes circunstancias Su Majestad cuenta con su celo para asegurar el orden y la tranquilidad en todo el distrito de su mando."
 Esta audacia de los más débiles hombres que existieron jamás contra la fuerza que iba a arrollar a un imperio no se explica más que por una especie de alucinación, resultado de los consejos de una miserable camarilla que desapareció en el momento de peligro. Los redactores de los diarios políticos, después de haber consultado con Dupin, Odilon, Barrot, Barthe y Merilhou, se decidieron a publicar sus hojas sin autorización, a fin de hacerlas recoger y denunciar la ilegalidad de las Ordenanzas. Al efecto se reunieron en el despacho de El Nacional, donde Thiers redactó una protesta que fue firmada por cuarenta y cuatro redactores, y que apareció, el 27 por la mañana, en El nacional y El Tiempo.
 Al anochecer se reunieron algunos diputados en casa de Laborde y convinieron en encontrarse al día siguiente en casa de Casimiro Perier. Allí apareció por primera vez uno de los tres poderes que iban a ocupar la escena: la monarquía estaba en la Cámara; la usurpación, en el Palais Royal; la República, en el Ayuntamiento. Se echaron piedras al carruaje de Polignac. El rey, a quien el duque de Ragusa vio en Saint-Cloud, después de volver de Rambouillet, preguntó a éste noticias de París.
 -El papel ha bajado -contestó éste.
 -¿Cuánto? -preguntó el delfín.
 -Tres francos -respondió el mariscal.
 -Ya subirá -replicó el delfín.
 Y cada cual se fue por su lado.

 Jornada del 27

 La jornada de este día comenzó mal. El rey confió el mando de París al duque de Ragusa, lo cual significaba apoyarse en la mala fortuna. A la una el mariscal fue a instalarse en el estado mayor de la guardia, en la Plaza del Carrousel. Mangin mandó que se apoderaran de la imprenta de El Nacional. Mignet y Thiers, creyendo la partida perdida, desaparecieron durante dos días. Thiers fue a ocultarse en el valle de Montmorency.
 En El Tiempo la cosa tomó un carácter más serio: el verdadero héroe de los periodistas fue indudablemente Coste. En la redacción de El tiempo tuvo lugar una discusión constitucional entre Baude y un comisario de policía. El fiscal de París expidió cuarenta y cuatro citaciones contra los firmantes de la protesta de los periodistas. Hacia las dos la fracción monárquica de la revolución se reunió en casa de Perier, como se había convenido la víspera, pero no se acordó nada. Los diputados se citaron para el día siguiente, 28, en casa de Audry de Puyravault. Perier, hombre de orden y rico, que no quería caer en manos del pueblo y que no dejaba de alimentar aún la esperanza de un arreglo con la legitimidad, dijo a Schonen con firmeza:
 -Nos perdéis saliéndoos de la legitimidad y nos hacéis perder una soberbia posición.
 Este espíritu de legalidad dominaba en todas partes. Perier pertenecía a aquella clase burguesa que se había constituido en heredera del pueblo y del soldado. Tenía valor y precisión en las ideas; se lanzó valientemente al torrente revolucionario para contenerlo; pero le preocupaban demasiado su salud y su vida.
 -¿Qué quiere usted hacer de un hombre -me decía Decazes- que se está siempre mirando la lengua en un espejo?"