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viernes, 2 de julio de 2021

La casa del hambre.- Dambudzo Marechera (1952-1987)


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La reunión de Navidad


 «Nunca había matado una cabra. Pero era Navidad. Y padre, que era el que siempre lo hacía, estaba muerto. Había muerto hacía siete años. No se podía esperar que mi hermana, Ruth, la matara. Se suponía que era cosa de hombres. Y madre también estaba muerta. Quedábamos dos en la casa, Ruth y yo. Me había tomado un período sabático de la universidad y esperaba que las Navidades me sirvieran para descansar del libro que estaba escribiendo. Pero tenía que venir la cabra a estropearlo todo. Era Nochebuena, cuando se mataba y se desollaba la cabra. Todas las familias del distrito segregado estaban matando su cabra en este mismo momento. Mientras tanto yo, que buscaba excusas que me eximieran de matar la cabra, le recordé a Ruth que una cabra era una criatura embravecida adorada por Pan y que me era imposible matar una bestia que también habitaba en mí. Yo mismo era, le decía, un cuadrúpedo rumiante con barba y cuernos, vigoroso, vivo y atrevido. No físicamente, pero sí en espíritu. Siempre había sido malo. Allí estaba yo, en el cielo junto a Capricornio, le contaba. Si todo esto no era lo bastante convincente, le recordaba aquel famoso trópico de Capricornio, que convertía a los que vivían cerca de él en unos bóers de mierda: despiadados, canallas y corruptos. Resumiendo, que matar la cabra sería una falta de respeto a una parte considerable de la humanidad, tanto a sus extremidades como a su espíritu. Además, añadía, ya sabes que no puedo comerme algo que haya matado. Yo no era más que lana de cabra en el inmenso tejido de esta gran ficción que llamamos vida; por lo que, obviamente, no sería capaz de una monstruosidad tal como matar a una pobre cabra. Imagina una gran reunión de alemanes sanguinarios gritando “Geist” a un niño pequeño judío aterrorizado. La exterminación masiva de criaturas de Dios que son tan inofensivas como estas cabras me parecía una deformación de lo que representaba de verdad la Navidad. ¿Qué representaba? ¿Qué representaba? Al fin y al cabo, nosotros somos africanos y toda esta tontería de la Navidad se reducía a una distracción sórdida. Después de todo, le decía, los blancos y los negros se desuellan los unos a los otros para echarse a la olla de Navidad, arrastrándose mutuamente por los talones hasta la cocina universal, donde se aliñan con guindilla y con mostaza y con pimienta negra y con patatas fritas. A continuación, todos se dan una palmadita en el estómago, sueltan un pequeño eructo y se rascan la barriga con la sensación de estar digiriendo lentamente la Libertad y la Navidad. Todo este asunto de expresar la alegría cristiana cortando el gaznate de cabras vilipendiadas me resultaba repugnante, por no mencionar la presunta domesticación de cabras en unos corrales que parecían campos de concentración , cuando no hay nada más majestuoso, valiente y fuerte que las verdaderas cabras montesas. Nada me parece más inhumano que comprar una cabra por unos cuantos chelines, amarrarla a una alambrada y luego dejar que los niños pequeños vean cómo la abren en canal. A esto había que sumar que yo no tenía nada de asesino. Quizás alguna vez había pisado sin darme cuenta un escarabajo que caminaba sin rumbo y por supuesto, asesiné a todos los malditos mosquitos que infestaban mi cuarto en la universidad, y también a aquella mosca gorda y asquerosa que me estaba volviendo tan loco que le di con una edición en tapa dura de las Obras completas de Shakespeare. Creía que sólo le había rozado sus ojos compuestos y la tiré a la papelera, donde el astuto insecto fingió tan bien estar muerto que acabó por morirse. Admito que la serpiente que se enroscaba en el manzano cuando mirabas con deseo la manzana más lustrosa seguramente no se merecía que mi escopeta la aterrorizara. Y cualquier niño lleno de granos que se respetara a sí mismo poseía un tirachinas para matar pájaros. Luchar es lo mismo: levantas el puño contra alguien y ya eres un asesino en potencia. No se es más hombre por eso. Todo eso de ser un hombre de verdad es lo que nos está volviendo majaras. Yo no me lo trago. Lo único diferente entre tú y yo es lo que tenemos entre las piernas. Así que si quieres carne de cabra, mátala tú. Si se supone que por cortarles las gargantas humanas a estas cabras humanas me convierto de golpe en un hombre de verdad, no veo por qué no puedes convertirte tú de repente en una mujer de verdad por cometer la misma atrocidad deplorable. ¿Cómo podrías volver a mirar a otra criatura viva a los ojos después de haberte hecho adulto gracias a cortarle la garganta a otro ser vivo? Mi mente es tan caótica porque cada escalón devora al que lo precede y ¿adónde nos conduce esta grandiosa escalera donde todo devora todo lo demás? ¿Quién quiere ser escalón y quién el último que todo lo devora? ¿Dios? Ya imagino que esa cabra habrá exterminado una gran cantidad de hierba encogida de miedo, que esa misma hierba se tragó la sal y el agua de la tierra, que la sal y el agua seguramente procedían de cadáveres hediondos enterrados y que los cadáveres se habrían alimentado de otra cosa… Pero bueno, ¡qué cojones! Por lo menos tenemos algo que nos hace no matar, mientras el resto del mundo se cubre de sangre. Mira, eres mi hermana, así que no me presiones y dame una oportunidad. No estamos en una banda de guerrilleros de la que no puedes desertar con vida. Ni en el ejército de Smith. Soy yo. Yo. Yo que no soy más que la lana de cabra que nadie puede ver. Me pone nervioso cómo me mira la cabra. Aunque es natural, ¿cómo mirarías a los que, en tu presencia, están debatiendo sin miramientos cómo acabar contigo, desollarte y condimentarte de tal modo que no serías ni un cadáver, sino un manjar que una hora después echarían por el culo y se perdería por el inodoro en unas cloacas laberínticas? Ya sé que no nos alimentamos de aire, ni de piedras, ni de fuego, aunque al menos podemos beber agua. El que nos creó tenía una mente retorcida. ¿Cómo te sentirías si alguien te arrancara la piel a tiras para luego ponerla a secar y hacerse un par de zapatos con ella? Lo que digo es que hay gente que herviría tus huesos para hacer fertilizante; y si tus huesos no tienen la calidad suficiente, vuelven a hervirlos para producir el pegamento que le dan a los críos para que peguen monigotes a una cronología que explica cómo ha evolucionado la humanidad desde el hombre de Neandertal hasta nuestros días, en que se supone que el hombre debe ver las cosas como una lente te mira a ti antes de que se cierre el objetivo. ¡Me niego a ver las cosas así! Te miran a ti como quieres que yo mire a esa cabra. Te miran a ti como si fueras una comida en potencia, digieren tus tripas, te peen y a eso lo llaman progreso. Me aterra pensar en cómo somos capaces de encerrar a tantos cerdos, vacas, gallinas, cabras y ovejas, cebarlos y apiñarlos en cámaras de gas para, una vez muertos, despojarlos de su carne y sus huesos y su cerebro y sus dientes de oro y sus anillos de boda y sus gafas. Despojarlos de todo y llamarlo ganadería intensiva, progreso moderno. Le ponemos cualquier nombre menos el que debía tener. No se creó el mundo para que nos sirviera de alimento. O, si así fue, que Dios ayude a la gente como yo. ¿Dios? Se celebra su Navidad y en 1915 y 1916, en el Frente Occidental, dejaron de dispararse los unos a los otros para echar un partido de fútbol, pero en cuanto se acabó su santo cumpleaños retomaron la carnicería. Uno de esos alemanes de mierda era un payaso que tenía un pez. Yo no quiero ser un pez en la farsa cósmica de nadie. La cabra tampoco quiere serlo. Y ese pobre arzobispo de Uganda tampoco querría ser un pez nadando en la cabeza de Amin. Y probablemente el pez preferiría que ni lo mencionara en todo esto.
 ¡Dios mío! Qué tarde es. ¿A qué hora es la cena? ¿Cómo que si quiero cenar tengo que matar la cabra? Claro que quiero cenar. Es la primera vez que he podido venir a casa después de siete años y ¿vas a negarme un modesto ágape? ¿La cabra? ¿Ella? Ella es mi modesto ágape, ¿verdad? Bueno, que Dios se apiade de mí… Yo… Vamos a dársela a los Makonis, que se mueren de hambre. Seguro que hoy todavía no se han llevado nada al estómago. ¡Eh! ¡Mira! Ha arrancado la soga. Mira cómo corre, como el mismo Pan, como un chivo expiatorio, como yo cuando era más pequeño. ¡Se ha abierto paso entre la gente! ¡Está en el bosque! ¡Que tengas suerte, Pan! No te enfades, Ruth, nos vamos a comer fuera. Ya he reservado mesa. En ese sitio tan elegante, Brett’s. Hemos quedado allí con mi mujer en… a ver qué hora es… cinco minutos. Tenéis mucho de lo que hablar después de siete años. Espero que no me multen por exceso de velocidad.
[…]

La piel negra qué enmascara

 Mi piel se ve a la legua entre toda esta gente. Cada vez que salgo, siento cómo se tensa, endureciéndose, torturándose a sí misma. Únicamente se relaja cuando estoy a la sombra, cuando estoy solo, cuando me despierto temprano por la mañana, cuando estoy haciendo algo mecánico y, por raro que parezca, cuando estoy enfadado. Pero es tímida y reservada cuando me siento a escribir.
 Es como un amigo silencioso: temperamental, enérgico, posesivo y, a veces, cruel.
 Una vez tuve un amigo así. Terminó cortándose las venas. Ahora está en un manicomio. Me he preguntado muchas veces por qué hizo lo que hizo, pero nunca he dado con una respuesta concluyente.
 Siempre se estaba aseando. Por lo menos se bañaba tres veces al día. Recurría a todo tipo de lociones y desodorantes para calmar lo que se había apoderado de él. De hecho, más que lavarse, se frotaba hasta hacerse sangre.
 Intentó también purgarse la lengua, mejorando su inglés y deshaciéndose de su acento. Resultaba tan doloroso escucharlo hablar como verlo intentar quitarse la negrura de la piel.
 Se hacía cosas en el pelo, cosas que Dios jamás se había planteado cuando le dio al hombre cabellos.
 Se compraba mucha ropa, tiendas enteras. En este caso, parecía que el hábito sí hacía al monje. Sus zapatos habrían otorgado ligereza y elegancia hasta a la pata de un elefante. Los animales que habían asesinado para hacer aquellos zapatos tenían que estar revolviéndose en su tumba diciendo “Genial, tío”.
 Pero no estaba satisfecho. Quería que cualquier otro africano en diez kilómetros a la redonda siguiera su ejemplo. Después de todo, un chimpancé puede aprender no sólo a beber té, sino a anunciarlo en televisión; pero ¿de qué sirve si todos los demás chimpancés creados por Dios siguen despiojándose y girando sobre sus colas mientras cotillean sobre plátanos y Cecil Rhodes?
 No obstante, un día tuvo el detalle de explicármelo de un modo más comedido. Íbamos a ir a la fiesta de Nochevieja del Ayuntamiento de Oxford.
Resultado de imagen de dambudzo marechera la casa del hambre -¿Nunca te cambias de vaqueros? –me preguntó.
 -Sólo tengo estos.
 -¿En qué te gastas el dinero, tío? ¿En beber?
 -Sí –dije rebuscándome en los bolsillos-. Alcohol, papel y tinta. Mis herramientas de trabajo.
 -Deberías cuidar más tu aspecto, ¿sabes? No somos monos.
 -Voy bien así.
 Tosí y precisamente porque sabía muy bien lo que significaba mi tos, se puso tenso esperando el golpe.
 -Si tienes dinero –dije sin titubeos- préstame un billete de cinco.
 Él tampoco dudó un segundo aquel día:
 -No pidas ni des prestado a nadie –sermoneó.
 Y, pensándolo mejor, añadió:
 -Tenemos la misma talla. Ponte este traje. Quédatelo si quieres. Y las cinco libras.
 Así se portaba conmigo. Se portó así hasta el día que se cortó las venas.
 Pero las apariencias engañan.
 La apariencia por sí sola, no importa lo cara que haya salido, son botas de montaña poco fiables cuando uno se aventura por las cuestas resbaladizas de la escalada social. Cada vez que abría la boca se ponía en ridículo. La lógica era su palabra fetiche, pero por desgracia ese tipo de cosas aburría rápidamente hasta a los más curtidos antropólogos que andaban a la caza de comportamientos típicos africanos. A mí me interesaba más la bebida que la compañía. Él, en cambio, que Dios lo ampare, dependía de la política para entablar amistad con alguien. Pero ¿a quién en su sano juicio le importa una mierda lo que pase en Rodesia? Era algo que no le entraba en la cabeza.
 Y, por el amor de Dios, cuando se ponía a bailar parecía un mono. Siempre asumía que si una chica aceptaba bailar con él implicaba que quería que la manoseara, pellizcara, besara y echara un polvo en la pista. Por eso, las chicas no tenían piedad con él. Dejaron de invitarlo a fiestas y le hicieron el vacío.
 No me interesaba el mismo tipo de chica que a él. Le gustaban estiradas, inteligentes y recatadas, y con la misma conversación desesperante:
 -¿En qué facultad estás?
 -… ¿Y tú?
 -…
 Pausa.
 -¿Cuál es tu especialidad?
 -…¿Y la tuya?
 -…
Pausa. Tos.
 -Soy de Zimbabue.
 -¿Eso qué es?
 -Rodesia.
 -Ah. Yo soy de Londres. Eh (con una visible falta de interés), Smith es un cabrón, ¿no?
 Y entonces arrancaba con entusiasmo:
 -De hecho, acabo de pronunciar un discurso ante la Sociedad de Estudios Africanos defendiendo la tesis de que Ian Smith bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla…
 -(Bostezando) Interesante. Muy interesante.
 -Smith bla, bla, bla, bla, bla, bla… (De pronto) ¿Te gustaría bailar?
 Sorprendida:
 -Bueno… yo… Sí, ¿por qué no?
Y así sucedía siempre. Sí, así sucedía siempre hasta que se cortó las venas.
Pero las apariencias engañan.
 Un vagabundo negro lo abordó una noche cuando nos dirigíamos a la fiesta de la Sociedad Literaria Universitaria. Fue como si lo hubiese tocado un leproso. Se apartó literalmente de un salto del hombre que, casualmente, yo había conocido una Nochebuena que nos sentamos en un banco del barrio de Carfax, en el centro de Oxford, y nos bebimos una botella de whisky.
 La repugnancia que sintió rozaba la apoplejía y no habló de otra cosa durante toda la fiesta:
 -¿Cómo puede un negro que ha venido a Inglaterra convertirse en vagabundo? Hay tanto que hacer. Sobre todo en el África meridional. Lo que me gustaría ver bla, bla, bla…
 -Tómate algo –sugerí.
 Aceptó mi sugerencia del mismo modo que Dios aceptaría algo de Satán.
 -Bebes demasiado, ¿sabes? –comentó suspirando.
 -A ti te vendría bien beber más –dije.
 El incidente del vagabundo debía de haberle impactado más de lo que yo suponía porque cuando volvimos a la residencia no podía dormir. Vino a mi cuarto con una botella de Burdeos que estuve encantado de compartir con él hasta la hora del desayuno, cuando dejó de hablar de los capullos negros insoportables. Dejó de hablar porque se quedó dormido en el sillón.
 Y así eran las cosas hasta que se cortó las venas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Sajalín Editores, 2014, en traducción de María Remedios Fernández Ruiz , pp. 127-131 y 151-155. ISBN: 978-84-940627-7-3.]

domingo, 25 de abril de 2021

Noches insomnes.- Elizabeth Hardwick (1916-2007)


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Cuatro


 «En la fiesta todos eran inteligentes y agradables, pero no particularmente guapos. Ninguna eminencia llegó en compañía de una chica nueva, guapa y joven que, por ser nueva y por no saberse todos los nombres, parecería grosera y superior y, así, atravesaría con dolorosas flechas la carne de gente más mayor y más conocida que ella. Gafas que titilaban. Los académicos, como los antiguos barones del Imperio, tosían títulos y universidades, pero no pasó mucho tiempo antes de que las insignias perdieran su brillo y los rostros recuperaran la resignación que suscitaban el exceso de clases y las sonrisas dóciles y poco interesadas de los alumnos.
 El anfitrión y la anfitriona eran de una inteligencia excepcional y, por tanto, se mostraron sucesivamente ansiosos, aburridos y complacidos. Su apartamento de la calle Ochenta Este era típico de la ciudad: era el hogar de una pareja joven y brillante cuyo integrante masculino pasa una pensión alimenticia. Los hijos pequeños vienen de visita durante el fin de semana y duermen en el despacho del hombre o de la mujer, del que trabaje en casa. Libros y discos y cuadros, un par de cuidados muebles antiguos, alfombras y cojines bonitos  y grandes plantas en la ventana que da al sur. En la cocinita cuadrada, ollas de cobre, algunas piezas antiguas de plata y fuentes esmaltadas.
 Una mujer dijo: Para dejar a alguien no se puede pedir permiso. Ahí es donde él cometió un error.
 Y si el permiso se lo dieran, estaría furioso.
 Agotador.

 Divorcios y separaciones: así es como te prestan atención. Todo el mundo examina su estado y algunos dicen: Qué raro, eran mucho más felices que nosotros. Por la Noventa Este hay calles en las que parejas de triunfadores relativamente jóvenes compran casas e incurren en gastos altísimos para remodelarlas. Dejan maderas antiguas a la vista, eliminan los peldaños de la entrada para que los borrachos no ronden por ahí y reservan una planta entera para que los niños no molesten. Las tensiones y los gastos y la casa –un mausoleo con los dos nombres grabados a la espera de las fechas- llevan a la pareja a la separación. A estas calles se las conoce como “El corredor de la muerte”.
 Dos mujeres recién divorciadas se me acercaron con ceños graves e inquisitivos. ¿Te sientes sola?, preguntaron.
 No siempre.
 Maravilloso, dijo la primera sonriendo. La segunda, seria, dijo: Genial.

 Cuán agradables eran las habitaciones; cuán reconfortantes los disgustos de los neoyorkinos, sus insomnios llenos de palabras, su paciente exégesis de terrores asombrosos. Divorcios y abandonos, lo inaceptable y lo inalcanzable, el aburrimiento lleno de acción, una mediana edad triste y tumultuosa tocada por accidentes, desarraigos, golpes maestros y reformas desesperadas. La debilidad al descubierto; las fuerzas ocultas, desenmascaradas. Predicciones: lo que perdurará y lo que ya está condenado, lo que empezará y lo que terminará. Trabajo y amor; los ociosos que imaginan el placer de los que trabajan. Los que trabajan y sus ceños socarrones, que se preguntan: ¿Cuándo me pasará algo nuevo? A fin de cuentas, soy un triunfador. O casi.

 Se habló de la pobreza. La pobreza está arrasando este año, dijo alguien. Se habló de un viaje a México, de un año sabático, de alguien enfermo, de una novela que había gustado mucho y disgustado todavía más, de alguien que bebía mucho, de la gente de mediana edad que se pone a pintar (la mayoría, esposas rechazadas), de New York y New Haven, y de la criatura más veloz del reino animal: la cucaracha.
  Me puse a hablar con una mujer guapa de unos cuarenta y pocos. Es Judith: muy delgada, pelo corto, castaño y abundante. Lo lleva al estilo africano, un estilo que confiere –a las caras blancas, al menos- un aspecto sano y jovial, casi alarmantemente jovial.
 Judith no es una mujer feliz. Pero se diría que sus malas elecciones irradian felicidad, en sus elegías se aprecia cierta corrección estética y cierto orden. Es una connoisseur de sonrisa radiante con unos dientes algo grandes para resultar tristes y unos ojos preciosos que casan con su carácter a la perfección, unos ojos que brillan como si estuviera a punto de llorar.
 Tiene un doctorado, título extremadamente agradable y sorprendente, puesto que su vida giraba alrededor del amor y la decepción, como si, en  lugar de académica, hubiera sido una cortesana. Llevaba pantalones de seda negra y una blusa de flores de chiffon. Tras su sonrisa, suspira con la resignación que nace de la experiencia: la resignación del harén. Como no contaba más que malas noticias, salpicaba su charla de “por supuestos” y “naturalmentes”.
 Sí, estoy con alguien, pero vive en California, naturalmente. A eso no se le puede llamar “estar”, por supuesto.
 De repente empezó a hablar de su hijo. Un desastre. ¿De verdad quieres que te lo cuente? Ahora, ¿dónde está? Por ahí, pidió el alta en el hospital y no quería quedarse en casa. Tiene veintiún años. Me casé muy joven, por supuesto, por supuesto. El padre -¿qué padre?- está en Florida, creo. No, no sabe nada, naturalmente. Está pelado. Crié a mi hija sola. Mi padre me ayudó mucho. Estas cosas cuestan una fortuna. No te lo creerías.
 ¿Ahora? No hace nada; vive con una pareja, psiquiatras los dos, una terapia, se supone. Me odian, naturalmente. La temporada que pasó conmigo hará cosa de cinco meses fue una pesadilla.
 Lo llamo. Lo llamo mucho, pero no quiere hablar conmigo. Yo quería que fuera a este sitio tan bueno de Connecticut. Fue y luego se marchó, sin más. Casi siempre deprimido, sí, pero luego se pasa de revoluciones y se pone violento.
 Judith fuma, se toma una copa de vino, come un poco de queso. ¿Drogas? ¿Y lo preguntas? Por supuesto. Anfetaminas, más que nada. Tiene una pinta horrible, flaquísimo, un esqueleto… Mudo, casi, excepto cuando se coloca, entonces se ríe mucho. Tiene la piel hecha un desastre, palidísima, casi verde… No, no, era un niño precioso. Y tampoco era tonto, naturalmente.
 Baja los ojos. No volverá a estar bien nunca, nunca.
 Judith callaba contemplando las diez plagas. ¿Es egipcia o israelita? ¿Es ella quien provoca las plagas o quien las sufre? ¿Y los amantes en la habitación al lado de la cuna? ¿Se parece mucho a su padre? ¿Quiere volver a tener veinte años? No sabemos cómo se transmite el veneno de una persona a la otra, pero a Judith la han acusado más veces que a un corredor de apuestas.
 Estamos a principios de primavera y ya está bronceada, con la piel teñida de un ligerísimo color tostado. Le gustaría hacer algo mejor, algo solemne, quizá, pero tiene que contentarse con una ascensión solitaria a la azotea protegida con un jersey para mostrarle su pálida cara al sol.
 Frenesí repentino. ¿Qué día es hoy? ¡Jueves! Todos los jueves por la noche llamo a mi hijo por teléfono. Lo coge esa puta loquera; cualquiera diría que soy un cobrador o un acosador. Luego se pone el marido loquero: ¿querías algo? Luego se pone el chico y no dice nada y por fin dice: claro, aquí estoy bien.
Resultado de imagen de elizabeth hardwick noches insomnes  Busca el monedero. Jueves por la noche. Quieren que se me pase la llamada, naturalmente. Los tres. Pero no se me puede olvidar, pero entonces ellos se acordarán de que se me pasó.
 Se echa un chal negro sobre su disfraz de odalisca y sale apresuradamente. En la puerta me dedica su vacilante sonrisita de la mala suerte. Qué guapa es, con su cabeza llena de rizos, sus grandes dientes fotogénicos y el broche de brillantes de su doctorado. Los hombres la han tratado mal, ha sido un maltrato leve, leve como un caso leve de bronquitis, por poner. Y ese maltrato lo provoca con su encantador descontento de odalisca, con esos velos de la mala suerte a través de los cuales sus ojos brillan con una curiosa esperanza irónica. Buenas noches, Judith. Tómate una copa antes de tu llamada.

 Nueva York, ciudad de mujeres. Las vagabundas sentadas entre harapos abrazan con tanta fuerza su montón de basura, que ésta pasa a formar parte de su propio cuerpo. La cabeza, envuelta en un viejo trozo de franela, emerge de entre los restos de un melón. Al lado de la bolsa de tomates gotean, rojas, lastimosas llagas hinchadas. Una vagabunda sostiene una botella de perfume vacía que corona con un nudillo que no se distingue de su dedo. Ellas y su basura, crecimiento parasitario colmado de sufrimiento; el cristal roto grita, las venas rotas lloran; talones doloridos con el dolor de la bota rajada.
 Que alguien se apiade de ellas. Que se apiade de la señorita Cramer, mi antigua vecina, que ha tenido que descender a un lugar más pequeño; está a la vuelta de la esquina, cerca de la comisaría de policía abandonada, entre edificios de ladrillo rojo que, condenados, van vaciándose mientras esperan al verdugo.

 Lunes de invierno. ¿Qué le ha pasado, señorita Cramer? Estamos en diciembre y las Navidades se acercan. En la ventana empañada de la lavandería china hay un reno; en la ventana de la prostituta feroz hay una corona de papel verde, y en la ferretería, desde el día de Acción de Gracias, un árbol iluminado.
 ¿Qué le ha pasado a la impertinente profesora de música, la mezzo fracasada que solía recibir a sus alumnos con negras miradas sonoras, evaluándolos como si fueran artículos saldados que tuviera que reparar para poder usar?
 La señorita Cramer en invierno con un vestido de seda estampada manchado, aquí y allá, con distintas marcas de desgracia. Lleva unos zapatos de lona rasgados, sin medias que cubran sus piernas amoratadas y descoloridas, sin nada que alivie sus pobres tobillos desnudos y cubiertos de lapas de suciedad. Y acaba de sufrir el golpe de una pérdida insoportable: sus dos caniches negros. Unos animales ricos, resplandecientes, de buena cuna, como ella, acostumbrados a recibir, cada mañana, una docena de besos en su hocico frío y negro.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Duomo ediciones, 2009, en traducción de Marta Alcaraz, pp. 34-39. ISBN: 978-84-92723171.]

miércoles, 8 de abril de 2020

La increíble y triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada.- Gabriel García Márquez (1927-2014)

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Blacamán el bueno, vendedor de milagros (1968)

 «Así era Blacamán, el malo, porque el bueno era yo. Era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles, pero cuando se le volteaba la suerte se volvía bruto del corazón. En sus tiempos de gloria había sido embalsamador de virreyes, y dicen que les componía una cara de tanta autoridad que durante muchos años seguían gobernando mejor que cuando estaban vivos, y que nadie se atrevía a enterrarlos mientras él no volviera a ponerles su semblante de muertos, pero el prestigio se le descalabró con la invención de un ajedrez de nunca acabar que volvió loco a un capellán y provocó dos suicidios ilustres, y así fue decayendo de intérprete de sueños en hipnotizador de cumpleaños, de sacador de muelas por sugestión en curandero de feria, de modo que por la época en que nos conocimos ya lo miraban de medio lado hasta los filibusteros. Andábamos a la deriva con nuestro tenderete de chanchullos, y la vida era una eterna zozobra tratando de vender los supositorios de evasión que volvían transparentes a los contrabandistas, las gotas furtivas que las esposas bautizadas echaban en la sopa para infundir el temor de Dios en los maridos holandeses, y todo lo que ustedes quieran comprar por su propia voluntad, señoras y señores, porque esto no es una orden, sino un consejo, y al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación. Sin embargo, por mucho que nos muriéramos de risa de sus ocurrencias, la verdad es que a duras penas nos alcanzaban para comer, y su última esperanza se fundaba en mi vocación de adivino. […]    
 Así fue como empezó mi vida grande. Desde entonces ando por el mundo desfiebrando a los palúdicos por dos pesos, visionando a los ciegos por cuatro con cincuenta, desaguando a los hidrópicos por dieciocho, completando a los mutilados por veinte pesos si lo son de nacimiento, por veintidós si lo son por accidentes o por peloteras, por veinticinco si lo son por causa de guerras, terremotos, desembarcos de infantes o cualquier otro género de calamidades públicas, atendiendo a los enfermos comunes al por mayor mediante arreglo especial, a los locos según su tema, a los niños por mitad de precio y a los bobos por gratitud, y a ver quién se atreve a decir que no soy un filántropo, damas y caballeros, y ahora sí, señor comandante de la vigésima flota, ordene a sus muchachos que quiten las barricadas para que pase la humanidad doliente, los lazarinos a la izquierda, los epilépticos a la derecha, los tullidos donde no estorben y allá detrás los menos urgentes, no más que por favor no se me apelotonen que después no respondo si se les confunden las enfermedades y queden curados de lo que no es, y que siga la música hasta que hierva el cobre y los cohetes hasta que se quemen  los ángeles y el aguardiente hasta matar la idea, y vengan los maritornes y los maromeros, los matarifes y los fotógrafos, y todo eso por cuenta mía, damas y caballeros, que aquí se acabó la mala fama de los Blacamanes y se armó el despelote universal. Así los voy adormeciendo, con técnicas de diputado, por si acaso me falla el criterio y algunos se me quedan peor de lo que estaban. Lo único que no hago es resucitar a los muertos, porque apenas abren los ojos contramatan de rabia al perturbador de su estado, y a fin de cuentas los que no se suicidan  se vuelven a morir de desilusión.
LA INCREIBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CANDIDA ERENDIRA Y DE SU ... Al principio me perseguía un séquito de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos me amenazaron con el infierno de Simón el Mago y me recomendaron una vida de penitencia para que llegara a ser santo, pero yo les contesté sin menosprecio de su autoridad que era precisamente por ahí por donde había empezado. La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo único que quiero es estar vivo para seguir a pura flor de burro con este carricoche convertible de seis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chófer trinitario que era barítono de la ópera de los piratas en Nueva Orleáns, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de Oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tartarita y mis botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se me marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, mis medallas de perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de golondrinas como los padres de la patria.
 Lástima que Blacamán el malo no pueda repetir esta historia para que vean que no tiene nada de invención. La última vez que alguien lo vio en este mundo había perdido hasta los estoperoles de su antiguo esplendor, y tenía el alma desmantelada y los huesos en desorden  por el rigor del desierto, pero todavía le sobró un buen par de cascabeles para reaparecer aquel domingo en el puerto de Santa María del Darién con el eterno baúl sepulcral, sólo que entonces no estaba tratando de vender ningún contraveneno, sino pidiendo con la voz agrietada por la emoción que los infantes de marina lo fusilaran en espectáculo público para demostrar en carne propia las facultades resucitadoras de esta criatura sobrenatural, señoras y señores, y aunque a ustedes les sobra derecho para no creerme después de haber padecido durante tanto tiempo mis malas mañas de embustero y falsificador, les juro por los huesos de mi madre que esta prueba de hoy no es nada del otro mundo, sino la humilde verdad, y por si les quedara alguna duda fíjense bien que ahora no me estoy riendo como antes, sino aguantando las ganas de llorar.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1981. ISBN: 84-02-05608-3.]