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domingo, 25 de abril de 2021

Noches insomnes.- Elizabeth Hardwick (1916-2007)


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Cuatro


 «En la fiesta todos eran inteligentes y agradables, pero no particularmente guapos. Ninguna eminencia llegó en compañía de una chica nueva, guapa y joven que, por ser nueva y por no saberse todos los nombres, parecería grosera y superior y, así, atravesaría con dolorosas flechas la carne de gente más mayor y más conocida que ella. Gafas que titilaban. Los académicos, como los antiguos barones del Imperio, tosían títulos y universidades, pero no pasó mucho tiempo antes de que las insignias perdieran su brillo y los rostros recuperaran la resignación que suscitaban el exceso de clases y las sonrisas dóciles y poco interesadas de los alumnos.
 El anfitrión y la anfitriona eran de una inteligencia excepcional y, por tanto, se mostraron sucesivamente ansiosos, aburridos y complacidos. Su apartamento de la calle Ochenta Este era típico de la ciudad: era el hogar de una pareja joven y brillante cuyo integrante masculino pasa una pensión alimenticia. Los hijos pequeños vienen de visita durante el fin de semana y duermen en el despacho del hombre o de la mujer, del que trabaje en casa. Libros y discos y cuadros, un par de cuidados muebles antiguos, alfombras y cojines bonitos  y grandes plantas en la ventana que da al sur. En la cocinita cuadrada, ollas de cobre, algunas piezas antiguas de plata y fuentes esmaltadas.
 Una mujer dijo: Para dejar a alguien no se puede pedir permiso. Ahí es donde él cometió un error.
 Y si el permiso se lo dieran, estaría furioso.
 Agotador.

 Divorcios y separaciones: así es como te prestan atención. Todo el mundo examina su estado y algunos dicen: Qué raro, eran mucho más felices que nosotros. Por la Noventa Este hay calles en las que parejas de triunfadores relativamente jóvenes compran casas e incurren en gastos altísimos para remodelarlas. Dejan maderas antiguas a la vista, eliminan los peldaños de la entrada para que los borrachos no ronden por ahí y reservan una planta entera para que los niños no molesten. Las tensiones y los gastos y la casa –un mausoleo con los dos nombres grabados a la espera de las fechas- llevan a la pareja a la separación. A estas calles se las conoce como “El corredor de la muerte”.
 Dos mujeres recién divorciadas se me acercaron con ceños graves e inquisitivos. ¿Te sientes sola?, preguntaron.
 No siempre.
 Maravilloso, dijo la primera sonriendo. La segunda, seria, dijo: Genial.

 Cuán agradables eran las habitaciones; cuán reconfortantes los disgustos de los neoyorkinos, sus insomnios llenos de palabras, su paciente exégesis de terrores asombrosos. Divorcios y abandonos, lo inaceptable y lo inalcanzable, el aburrimiento lleno de acción, una mediana edad triste y tumultuosa tocada por accidentes, desarraigos, golpes maestros y reformas desesperadas. La debilidad al descubierto; las fuerzas ocultas, desenmascaradas. Predicciones: lo que perdurará y lo que ya está condenado, lo que empezará y lo que terminará. Trabajo y amor; los ociosos que imaginan el placer de los que trabajan. Los que trabajan y sus ceños socarrones, que se preguntan: ¿Cuándo me pasará algo nuevo? A fin de cuentas, soy un triunfador. O casi.

 Se habló de la pobreza. La pobreza está arrasando este año, dijo alguien. Se habló de un viaje a México, de un año sabático, de alguien enfermo, de una novela que había gustado mucho y disgustado todavía más, de alguien que bebía mucho, de la gente de mediana edad que se pone a pintar (la mayoría, esposas rechazadas), de New York y New Haven, y de la criatura más veloz del reino animal: la cucaracha.
  Me puse a hablar con una mujer guapa de unos cuarenta y pocos. Es Judith: muy delgada, pelo corto, castaño y abundante. Lo lleva al estilo africano, un estilo que confiere –a las caras blancas, al menos- un aspecto sano y jovial, casi alarmantemente jovial.
 Judith no es una mujer feliz. Pero se diría que sus malas elecciones irradian felicidad, en sus elegías se aprecia cierta corrección estética y cierto orden. Es una connoisseur de sonrisa radiante con unos dientes algo grandes para resultar tristes y unos ojos preciosos que casan con su carácter a la perfección, unos ojos que brillan como si estuviera a punto de llorar.
 Tiene un doctorado, título extremadamente agradable y sorprendente, puesto que su vida giraba alrededor del amor y la decepción, como si, en  lugar de académica, hubiera sido una cortesana. Llevaba pantalones de seda negra y una blusa de flores de chiffon. Tras su sonrisa, suspira con la resignación que nace de la experiencia: la resignación del harén. Como no contaba más que malas noticias, salpicaba su charla de “por supuestos” y “naturalmentes”.
 Sí, estoy con alguien, pero vive en California, naturalmente. A eso no se le puede llamar “estar”, por supuesto.
 De repente empezó a hablar de su hijo. Un desastre. ¿De verdad quieres que te lo cuente? Ahora, ¿dónde está? Por ahí, pidió el alta en el hospital y no quería quedarse en casa. Tiene veintiún años. Me casé muy joven, por supuesto, por supuesto. El padre -¿qué padre?- está en Florida, creo. No, no sabe nada, naturalmente. Está pelado. Crié a mi hija sola. Mi padre me ayudó mucho. Estas cosas cuestan una fortuna. No te lo creerías.
 ¿Ahora? No hace nada; vive con una pareja, psiquiatras los dos, una terapia, se supone. Me odian, naturalmente. La temporada que pasó conmigo hará cosa de cinco meses fue una pesadilla.
 Lo llamo. Lo llamo mucho, pero no quiere hablar conmigo. Yo quería que fuera a este sitio tan bueno de Connecticut. Fue y luego se marchó, sin más. Casi siempre deprimido, sí, pero luego se pasa de revoluciones y se pone violento.
 Judith fuma, se toma una copa de vino, come un poco de queso. ¿Drogas? ¿Y lo preguntas? Por supuesto. Anfetaminas, más que nada. Tiene una pinta horrible, flaquísimo, un esqueleto… Mudo, casi, excepto cuando se coloca, entonces se ríe mucho. Tiene la piel hecha un desastre, palidísima, casi verde… No, no, era un niño precioso. Y tampoco era tonto, naturalmente.
 Baja los ojos. No volverá a estar bien nunca, nunca.
 Judith callaba contemplando las diez plagas. ¿Es egipcia o israelita? ¿Es ella quien provoca las plagas o quien las sufre? ¿Y los amantes en la habitación al lado de la cuna? ¿Se parece mucho a su padre? ¿Quiere volver a tener veinte años? No sabemos cómo se transmite el veneno de una persona a la otra, pero a Judith la han acusado más veces que a un corredor de apuestas.
 Estamos a principios de primavera y ya está bronceada, con la piel teñida de un ligerísimo color tostado. Le gustaría hacer algo mejor, algo solemne, quizá, pero tiene que contentarse con una ascensión solitaria a la azotea protegida con un jersey para mostrarle su pálida cara al sol.
 Frenesí repentino. ¿Qué día es hoy? ¡Jueves! Todos los jueves por la noche llamo a mi hijo por teléfono. Lo coge esa puta loquera; cualquiera diría que soy un cobrador o un acosador. Luego se pone el marido loquero: ¿querías algo? Luego se pone el chico y no dice nada y por fin dice: claro, aquí estoy bien.
Resultado de imagen de elizabeth hardwick noches insomnes  Busca el monedero. Jueves por la noche. Quieren que se me pase la llamada, naturalmente. Los tres. Pero no se me puede olvidar, pero entonces ellos se acordarán de que se me pasó.
 Se echa un chal negro sobre su disfraz de odalisca y sale apresuradamente. En la puerta me dedica su vacilante sonrisita de la mala suerte. Qué guapa es, con su cabeza llena de rizos, sus grandes dientes fotogénicos y el broche de brillantes de su doctorado. Los hombres la han tratado mal, ha sido un maltrato leve, leve como un caso leve de bronquitis, por poner. Y ese maltrato lo provoca con su encantador descontento de odalisca, con esos velos de la mala suerte a través de los cuales sus ojos brillan con una curiosa esperanza irónica. Buenas noches, Judith. Tómate una copa antes de tu llamada.

 Nueva York, ciudad de mujeres. Las vagabundas sentadas entre harapos abrazan con tanta fuerza su montón de basura, que ésta pasa a formar parte de su propio cuerpo. La cabeza, envuelta en un viejo trozo de franela, emerge de entre los restos de un melón. Al lado de la bolsa de tomates gotean, rojas, lastimosas llagas hinchadas. Una vagabunda sostiene una botella de perfume vacía que corona con un nudillo que no se distingue de su dedo. Ellas y su basura, crecimiento parasitario colmado de sufrimiento; el cristal roto grita, las venas rotas lloran; talones doloridos con el dolor de la bota rajada.
 Que alguien se apiade de ellas. Que se apiade de la señorita Cramer, mi antigua vecina, que ha tenido que descender a un lugar más pequeño; está a la vuelta de la esquina, cerca de la comisaría de policía abandonada, entre edificios de ladrillo rojo que, condenados, van vaciándose mientras esperan al verdugo.

 Lunes de invierno. ¿Qué le ha pasado, señorita Cramer? Estamos en diciembre y las Navidades se acercan. En la ventana empañada de la lavandería china hay un reno; en la ventana de la prostituta feroz hay una corona de papel verde, y en la ferretería, desde el día de Acción de Gracias, un árbol iluminado.
 ¿Qué le ha pasado a la impertinente profesora de música, la mezzo fracasada que solía recibir a sus alumnos con negras miradas sonoras, evaluándolos como si fueran artículos saldados que tuviera que reparar para poder usar?
 La señorita Cramer en invierno con un vestido de seda estampada manchado, aquí y allá, con distintas marcas de desgracia. Lleva unos zapatos de lona rasgados, sin medias que cubran sus piernas amoratadas y descoloridas, sin nada que alivie sus pobres tobillos desnudos y cubiertos de lapas de suciedad. Y acaba de sufrir el golpe de una pérdida insoportable: sus dos caniches negros. Unos animales ricos, resplandecientes, de buena cuna, como ella, acostumbrados a recibir, cada mañana, una docena de besos en su hocico frío y negro.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Duomo ediciones, 2009, en traducción de Marta Alcaraz, pp. 34-39. ISBN: 978-84-92723171.]

jueves, 9 de agosto de 2018

La última posada.- Imre Kertész (1929-2016)


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Secreto a voces (apuntes)
«Una depresión que dura ya semanas. Vivo fuera de mi novela. Cenas y reuniones con extraños todas las noches. Gran parte de mi vida es una pérdida de tiempo sin sentido que percibo profundamente. No consigo escapar. Mi debilidad frente a M. Las humillaciones físicas de la vejez. La vejez –nunca lo había pensado- empieza de golpe. De un día para otro, casi de un instante a otro. De repente cambia tu postura corporal y no puedes evitarlo. De repente sientes unas ganas tremendas de orinar, como una suerte de ataque, y tienes que resolverlo en cuestión de minutos porque de lo contrario mojas de manera humillante la ropa interior. El golpe más grande es la impotencia, cuando todavía no has perdido en absoluto el interés por las mujeres. El otro golpe es el insomnio. En este momento son las tres y cuarenta dos minutos de la madrugada y todavía no he pegado ojo. Por la mañana tengo que presentar al “gran público” a unos escritores españoles a los que no conozco, y tampoco sé español, o sea, que mostraré una total incompetencia; no importa, la época en que vivimos es incompetente.
 Otra cosa: ¿por qué no consigo olvidar la primera bofetada de castigo que me propinó mi padre? Ocurrió en el internado, al mediodía, en el dormitorio de la institución, donde en ese momento no había nadie salvo nosotros dos. Mi padre me había dicho que, si tenía hambre, comprara algo al fiado en la tienda de comestibles de la esquina; el tendero se llamaba Ács y su tienda, situada en un sótano, estaba en la esquina de las calles Szondi y Munkácsy Mihály. Me pasé la semana comiendo panecillos con mantequilla y salami. Es concebible que mi padre tuviera que pagar un montón de dinero (¿quién sabe cuánto habrá sido?). Da igual, porque mi padre era pobre y sin duda consideraba mis comilonas de salami algo así como un exceso.
 Sin embargo, no gastó mucha saliva en explicaciones. Estaba evidentemente decidido a una acción ejemplarizante, a una buena bofetada. El rincón donde sucedió todo, así como la superioridad física que me aniquiló, me obligaron a gritar a voz en cuello y a llorar. Psíquicamente fue un acontecimiento devastador. Debía de tener ocho años. Sólo con el paso de muchos, muchos años consigo reconocerle un rasgo liberador, cuando contemplo largo rato aquel suceso tal como Flaubert aconsejó a Maupassant: contemplar un árbol hasta verlo diferente de los demás y reconocer así su individualidad incomparable. […]
 Hoy, en la revisión, le han encontrado a M. una alteración de los ganglios en la axila. Para ambos es demasiado pronto para morir. Algo, sin embargo me sugiere que dentro de poco tendremos que decidirnos. De hecho, estoy preparado para la muerte, aunque siento dejar mi trabajo inacabado. Por otra parte, la irreflexión con que hablo sobre la muerte… ¿Es serio o no es serio? Creo que es más serio de lo que pensamos, y creo que es menos serio de lo que pensamos. El sufrimiento… Sólo el sufrimiento es cosa seria. Temo que Magdi sufra y solamente puedo aliviar su sufrimiento sufriendo con ella, por lo que será un doble sufrimiento, para ella y para mí. Todo es más fácil para aquél que no ama.
 La terrible realidad ha confirmado la terrible realidad. A Magdi le han encontrado metástasis en los ganglios linfáticos. Le esperan cosas terribles y también a mí. Pero hemos decidido aguantar. Existe una frontera que no merece la pena traspasar; sin embargo, no hemos llegado aún a ese punto. Dice M. que todavía no ha podido asumirlo; pero es que aquí no hay nada que asumir. Recuerdo mi conversación con el biólogo celular. El biólogo me explicó con mirada encendida el funcionamiento de las células en el organismo humano. Estas células existen y actúan de forma completamente independiente, según sus propias leyes o –si se quiere- sus propios caprichos. Se juntan y se separan, provocan o sufren mutaciones, etcétera. Y cuando observé que eso era terrible, el biólogo celular me miró asombrado. ¿Por qué?, preguntó. La enfermedad no tiene nada que ver con nuestras concepciones; la enfermedad, de hecho, no tiene nada que ver con nosotros, a lo sumo nos mata. No tiene nada que ver con la moral, nada que ver con nuestros actos, no guarda ninguna relación con nuestras virtudes o nuestros pecados. Las células son ciegas y nos gobiernan de una manera absurda. Por eso la vida no es un asunto demasiado serio. Le damos una importancia mucho más grande que la que le corresponde en la realidad. En la realidad, una vida humana equivale a cero. Es un ejemplar de la especie ni siquiera digno de mención. Sólo a nosotros nos duele esa vida humana, sea porque amamos, sea porque da la casualidad de que es la nuestra.
 Analizar seriamente por qué me aferro tanto a la vida (teniendo en cuenta en particular la vejez que me espera, la degradación, la miseria física que humilla profundamente y lo despoja a uno de toda autonomía, de toda la dignidad que le queda). […]
 Toda relación humana es una ilusión. La familia: herencia, asuntos relativos a los bienes muebles e inmuebles. La amistad: palabras amables, impotencia, inacción. A veces, alguna alegría por el mal ajeno. El amor: en un instante se esfuma sin dejar huella. Y aun así algo existe, a pesar de todo florece una acción. Pero siempre de manera inopinada y en general no allí donde la esperamos ni por parte de la persona en la que hemos depositado nuestra confianza.
 Hoy ya no cabe la menor duda de que Europa occidental no supo disfrutar de su época feliz entre 1949 y 1989. Por lo visto, ni los hombres ni tampoco las sociedades han nacido para la felicidad, sino para la lucha. La meta marcada es siempre la felicidad pero se trata siempre tan sólo de una ilusión. Todavía no sabemos cómo encajar la vida individual con los objetivos de la sociedad, de los que apenas sabemos nada. Todavía no sabemos qué nos impulsa ni para qué vivimos, de hecho, más allá de los automatismos vegetativos. A decir verdad, todavía no se ha aclarado si somos nosotros los que existimos o si somos tan sólo la encarnación del montón de células que actúan dentro de nosotros…, un símbolo que hace –que está obligado a hacer- como si fuese una realidad autónoma. […]
 Anoche, un documental sobre la naturaleza. En las islas Galápagos se ha desarrollado una variedad de pinzón que chupa sangre. En la época de sequía, un pinzón se abalanzó sobre la pata de un pájaro herido –algún ave acuática tipo pato o ganso- y empezó a chuparle la sangre. Siguiendo los principios del genial Darwin, se ha desarrollado una especie que se nutre de la sangre de esas aves más grandes. Estos pinzones les provocan una herida y luego se ponen sobre ésta, la abren todavía más con el pico y hurgan en la carne. Se veía cómo los pinzones torturaban a un pájaro herido en la parte trasera, en la zona del conducto por donde pone los huevos; otro pájaro grande observaba impasible los acontecimientos, ni se le pasaba por la cabeza intervenir para ayudar a su desdichado “primo” o “congénere”: el Creador no insufló el concepto de solidaridad al animal; es más, tampoco la conciencia natural del interés propio. Los pájaros grandes, a los que los pinzones chupasangres bien podrían exterminar, toleran en silencio las pruebas a las que los somete el destino. Mientras, se veía en primer plano un pinzón con el pico manchado de rojo que, saciado, pero aun así con la furia de la sed de sangre en su expresión, jadeaba y lanzaba una mirada maligna con los ojos entrecerrados: se parecía a István Csurka. Curioso que a las grandes rapaces se les note su inclinación natural por la rapiña: hay maldad en su rostro, como en el de los bandidos. Ahora bien, resulta ilustrativo que un pajarito juguetón ponga de pronto cara de asesino. Cada vez que debo enfrentarme al funcionamiento de la naturaleza me siento mal. ¿Dónde está la sabiduría del Creador? El Creador actúa más bien siguiendo los principios de Auschwitz. Bien es cierto que multiplica las especies, pero a costa del asesinato; no se entiende la importancia del mandato de la conservación de la especie. ¿Para qué? El hombre ha convertido a Dios sobre todo en un ser moral, incluso el ser moral por excelencia, pero Dios es cualquier cosa menos moral. No posee ni un ápice de este principio. Contempla alegremente cómo sus criaturas se devoran y al mismo tiempo se torturan sin piedad las unas a las otras. No existe la compasión  ni en Dios ni en sus criaturas. La vida es básicamente maldad. Y el hombre se consuela pensando que le toca la vida eterna en recompensa por la conservación de la especie.
 La vida es un error que la muerte tampoco arregla. Vida y muerte: todo error.
 El apunte anterior puede parecer el producto de un estado de ánimo depresivo, que lo es. Lo cual no cambia en absoluto su validez general. La vida es un error porque el hombre basa su existencia en principios morales, mientras que el funcionamiento de la vida, de la existencia, es amoral tanto en sus principios como en su práctica. A todo esto, el hombre no es capaz de cumplir, ni en la vida social ni en la individual, con los principios que él mismo ha establecido. Levanta su vida sobre la mentira porque no le queda más remedio. La muerte pone fin a la mentira, pero no trae a cambio la verdad, sino que a lo sumo sirve para que uno reconozca, aterrado, la mentira.
 Por consiguiente, yo mismo soy racionalista, pero como la vida no puede explicarse racionalmente, dejo un amplio espacio para toda clase de místicas. […]
 Auschwitz ocurrió y el hecho de que ocurriera (de que pudiera ocurrir) es irrevocable. En ello estriba la enorme importancia de Auschwitz. Cuanto ha ocurrido influye en lo que todavía puede suceder. No se puede borrar del tiempo, no se puede borrar del proceso que, a falta de un término mejor, suelen llamar fatalidad. Y eso no se puede cambiar.
 El diario no sirve para representarme a mí mismo si este ser indefinido y sin perfiles –yo mismo- no refleja el caos existente en el mundo. Este caos, rebosante de acciones, se caracteriza por obstaculizar la acción. Es, pues, el mundo destructivo de la mentira y en él toda acción resulta mentirosa y destructiva. Y, además, ha dejado de ser interesante.
 No consigo olvidar el gesto estremecedor del pajarito moribundo en las islas Galápagos. Siguiendo las huellas de Darwin, filmaron cómo un polluelo sale del huevo y empieza a comer del pico de la madre. Entonces el polluelo más fuerte comienza a golpear y a atormentar a su hermano más débil. Lo tortura hasta echarlo del nido para poder engullir él solo todo el alimento que la madre le mastica primero con su pobre pico y le introduce luego en la garganta. Entretanto, su hermano, que ni siquiera tiene plumaje, se ha caído del nido y yace desamparado bajo un sol asesino, entre las sanguinarias criaturas de Dios que han descubierto ya al animalito moribundo y se disponen a devorarlo. El pajarito vuelve a levantar aún la cabeza y después la deja caer sobre el suelo. Si yo fuese Dios, este espectáculo sin duda me obligaría a reconocer el fracaso de la creación. Ni Goethe, ni Stendhal, ni Churchill, nadie es consuelo suficiente para esta muerte. Y eso que aún no hemos dicho nada de Auschwitz ni de los monstruos humanos que fabrican ántrax.»
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, en traducción de Adan Kovacsics. ISBN: 978-84-16011-79-7.]