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domingo, 26 de diciembre de 2021

Diarios de motocicleta. Notas de viaje.- Ernesto 'Ché' Guevara (1928-1967)


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Acaba Chile


 «Los largos kilómetros que median entre Iquique y Arica, transcurren entre subidas y bajadas continuas que nos llevaban desde mesetas áridas hasta valles en cuyo fondo corría un hilo de agua, apenas suficiente para permitir crecer a unos raquíticos arbolitos a su vera. En estas pampas de una aridez absoluta hace de día un calor bochornoso y refresca bastante al llegar la noche, característica de todo clima desértico, por otra parte; realmente impresiona el pensar que por estos lados cruzó Valdivia con su puñado de hombres, recorriendo cincuenta o sesenta kilómetros sin encontrar una gota de agua y ni siquiera un arbusto para guarecerse en las horas de más calor. El conocimiento del lugar por donde pasaran aquellos conquistadores, eleva automáticamente la hazaña de Valdivia y sus hombres para colocarla a la altura de las más notables de la colonización española, superior sin duda a aquellas que perduran en la historia de América, porque sus afortunados realizadores encontraron al fin de la aventura guerrera el dominio de reinos riquísimos que convirtieron en oro el sudor de la conquista. El acto de Valdivia representa el nunca desmentido afán del hombre por obtener un lugar donde ejercer su autoridad irrefutable. Aquella frase atribuida a César, en que manifiesta preferir ser el primero en la humilde aldea de los Alpes por la que pasaban, a ser el segundo en Roma, se repite con menos ampulosidad pero no menos efectivamente, en la epopeya de la conquista de Chile. Si en el momento en que el indómito arauco por el brazo de Caupolicán arrebatara la vida al conquistador, su último momento no hubiera sido rebasado por la furia del animal acosado, no dudo que en un examen de su vida pasada encontraría Valdivia la plena justificación de su muerte como gobernante omnímodo de un pueblo guerrero, ya que pertenecía a ese especial tipo de hombre, que las razas producen cada tanto tiempo, en los que la autoridad sin límites es el ansia inconsciente a veces que hace parecer natural todo lo que por alcanzarla sufran.
 Arica es un puertito simpático que todavía no ha perdido el recuerdo de sus anteriores dueños, los peruanos, formando una especie de transición entre los dos países, tan diferentes a pesar de su contacto geográfico y su ascendencia común.
 El morro, orgullo del pueblo, eleva su imponente masa de cien metros de altura cortada a pico. Las palmeras, el calor y los frutos subtropicales que se venden en los mercados le dan una especial fisonomía de pueblo del Caribe o algo así, totalmente diferente de sus colegas de algo más al sur.
 Un médico, que nos mostró todo el desprecio que un burgués afincado y económicamente sólido puede sentir por un par de vagos (aun con título), nos permitió dormir en el hospital del pueblo. Temprano huimos del poco hospitalario lugar para ir directamente hacia la frontera y entrar en Perú. Antes nos despedimos del Pacífico con el último baño (con jabón y todo), lo que sirvió para despertar un dormido anhelo de Alberto: comer algún marisco. Y allí iniciamos la paciente búsqueda de almejas y otras yerbas por las playas en unos acantilados. Algo baboso y salado comimos, pero no distrajo nuestra hambre, ni satisfizo el antojo de Alberto, ni nos dio ningún placer de grumete porque las babas eran bastante desagradables y así, sin nada que las acompañara, peor.
 Después de comer en la policía salimos a nuestra hora acostumbrada, a marcar el paso por la costa hasta la frontera; sin embargo, una chatita nos recogió y fuimos al puesto fronterizo cómodamente instalados. Allí nos encontramos con un aduanero que había trabajado en la frontera con la Argentina, de modo que conocía y comprendía nuestra pasión por el mate y nos dio agua caliente, bollitos y lo que es más, un vehículo que nos llevara hasta Tacna. Con el apretón de manos acompañado de una serie de ampulosos lugares comunes sobre los argentinos en Perú, con que nos recibió muy amablemente el jefe del destacamento, al llegar a la frontera, dimos el adiós a la hospitalaria tierra chilena.
      
Chile, ojeada de lejos

 Al hacer estas notas de viaje, en el calor de mi entusiasmo primero y escritas con la frescura de lo sentido, escribí algunas extravagancias y en general creo haber estado bastante lejos de lo que un espíritu científico podría aprobar. De todas maneras, no me es dado ahora, a más de un año de aquellas notas, dar la idea que en este momento tengo sobre Chile; prefiero hacer una síntesis de lo que escribí antes.
 Empecemos por nuestra especialidad médica: el panorama general de la sanidad chilena deja mucho que desear (después supe que era muy superior a la de otros países que fui conociendo). Los hospitales absolutamente gratuitos son muy escasos y en ellos hay carteles como el siguiente: “¿Por qué se queja de la atención si usted no contribuye al sostenimiento de este hospital?” A pesar de esto, en el norte suele haber atención gratuita pero el pensionado es lo que prima; pensionado que va desde cifras irrisorias, es cierto, hasta verdaderos monumentos al robo legal. En la mina de Chuquicamata los obreros accidentados o enfermos gozan de asistencia médica y socorro hospitalario por la suma de cinco escudos diarios (chilenos), pero los internados ajenos a la planta pagan entre trescientos y quinientos diarios. Los hospitales son pobres, carecen en general de medicamentos y salas adecuadas. Hemos visto salas de operaciones mal alumbradas y hasta sucias y no en puebluchos sino en el mismo Valparaíso. El instrumental es insuficiente. Los baños muy sucios. La conciencia sanitaria de la nación es escasa. Existe en Chile (después lo vi en toda América prácticamente) la costumbre de no tirar los papeles higiénicos usados a la letrina, sino fuera, en el suelo o en cajones puestos para eso.
Resultado de imagen de ernesto che guevara diarios de motocicleta alianzza El estado social del pueblo chileno es más bajo que el argentino. Sumado a los bajos salarios que se pagan en el sur, existen la escasez de trabajo y el poco amparo que las autoridades brindan al trabajador (muy superior, sin embargo, a la que brindan las del norte de América del Sur), hecho que provoca verdaderas olas de emigración chilena a la Argentina en busca del soñado país del oro que una hábil propaganda política se ha encargado de mostrar a los habitantes del lado oeste de los Andes. En el norte se paga mejor al obrero en las minas de cobre, salitre, azufre, oro, etc. pero la vida es mucho más cara, se carece en general de muchos artículos de consumo de primera necesidad y las condiciones climáticas son muy bravas en la montaña. Recuerdo el sugestivo encogimiento de hombros con que un jefe de la mina Chuquicamata contestó a mis preguntas sobre la indemnización pagada a la familia de los diez mil o más obreros sepultados en el cementerio de la localidad.
 El panorama político es confuso (esto fue escrito antes de las elecciones que dieran el triunfo a Ibáñez), hay cuatro aspirantes al mando, de los cuales Carlos Ibáñez del Campo parece ser el primer ganador; es un militar retirado con tendencias dictatoriales y miras políticas parecidas a las de Perón, que inspira al pueblo un entusiasmo de tipo caudillesco. Basa su acción en el Partido Socialista Popular, al que se unen fracciones menores. El segundo lugar, a mi manera de ver, estará ocupado por Pedro Enrique Alfonso, candidato del oficialismo, de política ambigua, al parecer amigo de los americanos y de coquetear con los demás partidos políticos. El abanderado del derechismo es Arturo Matte Larraín, potentado que es yerno del difunto presidente Alessandri y cuenta con el apoyo de todos los sectores reaccionarios de la población. En último término está Salvador Allende, candidato del Frente del Pueblo, que tiene el apoyo de los comunistas, los que han visto mermados sus cuadros en cuarenta mil votos, que es la cifra de las personas despojadas del derecho a votar por haber sido afiliados a dicho partido.
 Es probable que el señor Ibáñez haga una política de latinoamericanismo y se apoye en el odio a Estados Unidos para conseguir popularidad y la nacionalización de las minas de cobre y otros minerales (el conocimiento de los enormes yacimientos que los americanos tienen en el Perú, prácticamente listos para empezar la producción, disminuyó mucho mi confianza en que sea factible la nacionalización de estas minas, por lo menos en un plazo breve), completar la del ferrocarril, etc. y aumentar en gran proporción el intercambio argentino-chileno.
 Como país, Chile ofrece posibilidades económicas a cualquier persona de buena voluntad que no pertenezca al proletariado, vale decir, que acompañe su trabajo de cierta dosis de cultura o preparación técnica. Tiene en su territorio facilidad para sustentar la cantidad suficiente de ganado como para abastecerse (lanar sobre todo), cereales en cantidad aproximadamente necesaria y minerales como para convertirse en un poderoso país industrial, ya que tiene minas de hierro, cobre, hulla, estaño, oro, plata, manganeso, salitre. El esfuerzo mayor que debe hacer es sacudirse el incómodo amigo yanqui de las espaldas y esa tarea es, al menos por el momento, ciclópea, dada la cantidad de dólares invertidos por éstos y la facilidad con que pueden ejercer una eficaz presión económica en el momento en que sus intereses se vean amenazados.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B, 2005, pp. 99-105. ISBN: 84-666-2476-7.]

sábado, 19 de junio de 2021

Dos viajes al Monte Athos.- Nikolái Strájov (1828-1896) y otros


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Viaje al Monte Athos

II

  «¿Adónde hacer un viaje? ¿Para qué hacer un viaje? Si nos planteamos estas preguntas con seriedad, no es sencillo darles respuesta. Salvar el alma es necesario y es posible en cualquier lugar: uno no puede escapar a su alma. En cualquier lugar hay gente y siempre están frente a nosotros la tierra y el cielo, los elementos de la naturaleza y de la vida humana… ¡Dichoso aquél que vive en paz con los elementos que lo rodean, que no se siente atraído por lo lejano, que extrae su alimento espiritual de la tierra que le es cercana y familiar! Para dichas personas el viaje no tiene mayor interés; viajar nunca será para ellas nada más que un entretenimiento, “un gusto”. Así se pasean por el planeta entero los ingleses, llevando en el pecho su Inglaterra natal y mirando al resto del mundo con indiferencia y desprecio. Les resulta muy difícil entender y entienden muy poco la vida de los otros, lo que no les impide disfrutar de buena salud espiritual.
 Para nosotros los rusos, ya se sabe, las cosas son distintas. A nosotros nos gusta ensanchar nuestros horizontes: no se nos dificulta ahondar en la vida de los demás, nos entregamos con facilidad a las ideas ajenas, aunque sabemos que muchas veces con eso estropeamos nuestra actividad espiritual. Si fuéramos un poco más serios debería aterrarnos la ausencia de lazos sólidos con toda vida –la propia y la ajena-, una ausencia con la que nos tropezamos a cada paso. Todo lo entendemos, todo nos llama la atención, pero no nos dedicamos a nada con seriedad ni tenemos verdadero interés por nada que no sea, si acaso, nuestras pequeñas veleidades y comodidades. A consecuencia de un largo errar intelectual por las distintas épocas de la historia y los distintos pueblos del planeta, el ruso culto a menudo se parece –por su forma espiritual de ser- a un gastado anciano que, sin habérselo propuesto, por fin alcanzó ese grado de comprensión abstracta en el que todas las cosas son iguales y ya nada es novedoso ni excitante, en el que todo confluye en el monótono caudal de la eternidad.
 Sea como fuere, creo que en vez de jactarme frente al lector debería reconocerme culpable, y explicarle que una de las razones de mi viaje a Tsargrad* y al Monte Athos fue, sin más rodeos, la lujuria de la vista. Tenía dos meses libres y quise ver algo nuevo, ver con mis propios ojos algún espectáculo magnífico que no se pareciera a nada de lo que había visto hasta entonces y darle a mi alma la oportunidad de atisbar alguna vida humana que no se ciñera a los principios que nosotros acatamos. Europa no me atraía, a pesar de que mis viajes a París nunca duraron más de diez días y a que todavía no he tenido la oportunidad de visitar Londres. Europa puede ser vista aquí, en Petersburgo; su vida, sus costumbres y sus preferencias nos llegan en amplias oleadas a través de la “ventana abierta” y se instalan entre nosotros con una propiedad abrumadora. Incluso hablamos en francés, aun cuando los refinados occidentalistas, como Turguéniev, comenten que el francés de Petersburgo es desagradable si se le compara con el encanto del francés auténtico. Pero no todo el mundo es tan sutil; para el ojo ordinario nuestro Petersburgo es una ciudad absolutamente europea. No sólo las calles, las casas y las tiendas están hechas a la manera europea, también los libros, los cuadros, las cocottes, los principios, los modales y los gustos –todo nos llega de Occidente y se enseñorea de nuestra vida. Petersburgo ha sido y sigue siendo una ciudad de gala; es como la habitación elegante de una casa, aquella donde se recibe a los huéspedes. Sin embargo, bajo su aspecto reluciente y lejos de los lugares principales, al ojo experimentado no le cuesta vislumbrar la dejadez, la mugre, el desorden… En una palabra, la entrañable negligencia de la vida rusa. En medio del bullicio y de los eufónicos murmullos que reinan en la capital, un oído con experiencia puede detectar sonidos puramente animales e incluso, a menudo, una grosería genuinamente tártara. Y mejor ni mencionar el grandioso espíritu que muchos atribuyen en exclusiva a Moscú y a la provincia y que, sin embargo, también está presente en Petersburgo aunque de manera más silenciosa y menos visible que en otros lados. Pese a todo, el elemento europeo en sus rasgos más importantes y más significativos es tan fuerte aquí que no hace falta viajar a Londres para conocer de cerca los principios en los que se basa la vida de los pueblos ilustrados. Con todo, nosotros los rusos, vamos mucho a Europa pero más que nada para vivir allá y para pasear, no para aprender.
 ¿Dónde buscar, pues, otra vida? Los usos y las costumbres europeas se han diseminado por todo el planeta. En todos lados el poder y el movimiento, el crecimiento y la fuerza pertenecen a Europa y cualquier otra vida carece de desarrollo y porvenir. Cientos de millones de personas que aún no se asimilan a los europeos constituyen la población que sirve, que trabaja, que tributa, que no puede soñar ni con una independencia política, ni con una cultura particular, ni con tener una participación mínima en la historia de la humanidad. El campo de acción de la historia está, no cabe duda, en manos de Europa y nada hace pensar que pueda transferirse a alguien más.
 Y así, es difícil alejarse de Europa. ¿Quién puede querer visitar Egipto? Tendría que viajar Nilo arriba en un barco francés, hospedarse en El Cairo en el “Hotel Europa” y por las noches ir al teatro a oír ópera italiana. Es decir, vivir en otro punto del planeta pero a la usanza europea, con los restos de una antigua civilización como telón de fondo, pero sin hallar formas o movimientos en los que se manifieste la fuerza y la creatividad de ese pueblo único, de esa historia única. ¡No tiene ningún interés!
 Pero, ¿acaso no ocurre en el mundo entero lo mismo que en Egipto? El mundo entero está sembrado de ruinas y de civilizaciones antiguas; en el mundo entero la población aborigen se ha visto privada de un eje y de un movimiento propio y ha sido relegada a un segundo plano, mientras en primer plano vive y se mueve esa Europa de la que también aquí, en Petersburgo, podemos encontrar excelentes ejemplos. Un solo país, según dicen, ha conservado hasta hoy su vida de antaño y aún puede albergarla la esperanza de desarrollarla en el futuro. Se trata de la India, cuna de la religión más extendida, de la filosofía más abstracta y de las matemáticas. No hace mucho que uno de nuestros senadores hizo un viaje a la India, así, por dar un paseo durante el tiempo que sus ocupaciones le dejaban libre. ¡Imposible no alabarlo por su audacia! ¡Imposible, también, no envidiarlo! Pero no se puede negar que, para dar un paseo, la India queda bastante lejos y resulta bastante caro; además, si uno tiene la intención de callejear por allí ha de prepararse de antemano para que el viaje sea verdaderamente interesante. Entre tanto, aquí cerca, al lado, hay países que, sin lugar a dudas, también se revelan muy atractivos. En Constantinopla aún reina el Asia más terrible, al última forma majestuosa de la vida oriental; gracias a los esfuerzos de Europa, en el propio continente europeo todavía se conserva el que alguna vez fuera el temible imperio de los turcos.
 “Aun si no consigo entender muchas cosas de esa vida que me es ajena –pensé- sí podré, seguramente, ver ese lugar incomparable y admirar ese paisaje que no tiene igual en el mundo entero. Y además visitaré Santa Sofía, un templo con cuya belleza, a decir de muchos, nada puede compararse”.
Resultado de imagen de nikolai strajov Y de ahí ya no está lejos otro lugar que, según tengo entendido, es más interesante todavía;  un lugar que quizá sólo frente a la India podría palidecer. Se trata del Monte Athos, una pequeña península en el mar Egeo, habitada por monjes. Allí se ha conservado hasta nuestros días –y aún florece intacta- una vida muy peculiar que comenzó con los primeros siglos del Cristianismo y que hace casi mil años se consolidó definitivamente. Estos religiosos han mostrado, como si de un inmenso ejemplo histórico se tratara, la auténtica naturaleza del monacato. Es decir, son creyentes que han renunciado voluntaria e irrevocablemente al mundo y viven ajenos a cualquier asunto terrenal. Así lo entendieron los feroces turcos y los dejaron en paz. De modo que esas personas que de buen grado se privaron de todos los bienes terrenales, conservaron a lo largo de muchos desastrosos siglos el mayor bien: la independencia y una peculiar forma de vida. Su propósito era claro desde el principio y los medios para conseguirlo se definieron de una vez y para siempre; por eso a ellos no les hacía falta ningún cambio y no tuvieron progreso ni historia. Según testimonio de los investigadores, el Monte Athos es un auténtico remanente vivo de la más remota antigüedad y, en ese sentido, un lugar único en su especie, un lugar como no hay otro en ningún país del mundo habitado.
 Recordemos además qué espíritu habita allí: el de nuestra devoción ortodoxa. En el Monte Athos se encuentra una de las encarnaciones más puras  de ese principio vivificador que conforma la verdadera alma del pueblo ruso. El Monte Athos es la escuela de la santidad y su campo de acción, y no olvidemos que el hombre santo es el mayor ideal de los rusos, desde el campesinado analfabeto hasta Lev Tolstói.
 He aquí, lector, una breve explicación de por qué yo, pecador, quise visitar el Monte Athos.

III

 En 1881, el 16 de agosto cayó en domingo y a las nueve de la mañana tomé el barco que cada domingo zarpa de Sebastopol y va directamente a Constantinopla. La nave iba vacía; no había sino dos rusos, marido y mujer, y un inglés… pero, ¿dónde se ha visto un mar sin ingleses? De pronto sentí que en mi proceder había algo extraño. ¿Por qué iba a donde nadie va?
 Por lo general, Constantinopla está tan lejos de nuestros pensamientos que a veces tenemos la impresión de que se encuentra a más distancia que París, Londres o Roma. Pero en realidad está al lado. Es más sencillo y menos costoso viajar de Sebastopol o de Odesa a Constantinopla que de Petersburgo a Moscú. El lunes, hacia el mediodía, entramos en el Bósforo y, por supuesto, todo el mundo se lanzó a la cubierta. Desgraciadamente el día estaba nublado y el magnífico paisaje deslucía. Además, al observar con detenimiento las suntuosas construcciones que tan pintorescamente se recortan sobre el verde fondo de la elevada orilla, percibí cierta carencia en aquella suntuosidad. Tanto en las dimensiones de cada uno de los pisos, como en los muros que son tres veces más estrechos que las propias ventanas, se revelaba una extraña ligereza. “¡Parecen casitas de cartón!”, le dije al inglés. Más tarde me convencí de que así está construida toda Constantinopla. Delgadas paredes levantadas con tablones de madera colocados en forma de cruz y los espacios vacíos rellenos con ligeros ladrillos… La impresión arquitectónica que produce una gran cantidad de esas casas es lamentable.
 Al entrar en el Cuerno de Oro nos estaba esperando otra desilusión. En Constantinopla no existen los muelles ni los desembarcaderos. Los barcos, como si de un país desierto se tratara, sueltan el ancla en medio del golfo y la orilla sólo puede alcanzarse en lancha. Pero fuimos recibidos con gran cordialidad.»
   
    * Constantinopla.

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2007, en traducción de Selma Ancira, pp. 100-108. ISBN: 978-84-96489-74-5.]

viernes, 11 de junio de 2021

Elogio del caminar.- David Le Breton (1953)


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Espiritualidades del caminar
Caminar como renacimiento

 «Caminar implica reducir la utilización del mundo a lo esencial. La carga que se puede llevar se restringe a lo elemental: un puñado de ropa y de utensilios, algo para hacer un fuego y no morirse de frío, instrumentos para no perderse, un poco de comida, a veces armas, siempre algún libro. Lo superfluo se cuenta en penas, sudor, dolores futuros. Caminar es pues un desnudarse, que revela al hombre en su cara a cara con el mundo. Su arte, dice Thoreau, que se refiere aquí a una de las etimologías de sauntering (pasear, deambular en inglés), consiste en llegar simbólicamente a una tierra santa,  a entregar sus pasos al magnetismo de la ruta, pues “el saunterer, en el recto sentido, no lo es más que el río serpenteante que busca con diligencia y sin descanso el camino más directo al mar” (Thoreau, 1998). Caminar es un camino para el desacondicionamiento de la mirada, trazando una ruta no solamente en el espacio, sino en el yo, y lleva a recorrer las sinuosidades –las del mundo y las propias- en un estado de receptividad, de alianza. Geografía del afuera que se une a la de la interioridad, liberándola de las obligaciones sociales ordinarias. “El hermoso camino color lavanda palidece un poco más a cada segundo que pasa. Nadie lo ha recorrido, ha nacido con el día. Y eres TÚ a quien ese pueblo espera al final del camino, para despertar a la existencia” (Roud, 1984, 84). E. Abbey lo confirma a su manera: “Cada vez que miro dentro de uno de esos pequeños cañones secretos, espero secretamente encontrar no sólo el álamo de Fremont alimentándose de su minúscula fuente –el dios frondoso, el ojo líquido del desierto-, sino también una corona de luz flameante, color arcoiris, espíritu puro, puro ser, pura inteligencia, desencarnada, lista para pronunciar mi nombre” (Abbey, 1995, 253). Si los obstáculos en el curso del camino (frío, nieve, heladas, lluvias, montañas imponentes) son para los tibetanos la obra de los demonios que quieren poner a prueba la serenidad de los peregrinos, quizá nosotros debamos también pensar que las dificultades del camino son para el viajero como las piedras miliares de su ruta interior hacia el corazón palpitante de cosas que todavía ignora.
 El camino lleva a momentos en los que el mundo se abre sin reticencia, revelándosenos plenamente bajo una luz radiante –primer paso, quizá, de una metamorfosis personal-. Descubriendo el mundo a la altura del hombre, el caminante se pone a la vez en situación de descubrirse a sí mismo en la quemazón de unos acontecimientos cuyo resultado desconoce –pues, al igual que la vida, el camino está hecho de lo improbable, más que de lo previsible-. “Durante dos horas más avanzo penosamente y jadeo y trepo y resbalo y vuelvo a trepar y me quedo sin aliento, obtuso como cualquier irracional, mientras mucho más arriba, los estandartes de plegarias ondean sobre el sol occidental, que vuelve ígneas las rocas frías, y llena el duro cielo de luz blanca. Sombras de estandartes bailan sobre las paredes de los ventisqueros mientras entro en la sombra del pico, en un túnel de hielo, moviéndome con dificultad y jadeando, los ojos estúpidamente fijos en la nieve. Luego estoy otra vez al sol, en el último de los pasos de alta montaña, quitándome el gorro de lana para que el aire me aclare la cabeza; caigo de rodillas, jubiloso, deshecho, sobre una estrecha cresta que separa dos mundos”. (Matthiessen, 1995, 304).
 En el agotamiento propio de las largas caminatas hay a veces tanta fuerza y tanta belleza que el sufrimiento del caminante prácticamente se disuelve. Desgastado por el contacto con el camino, erosionado por la necesidad de avanzar, el caminar se hace menos incisivo, más llevadero. A medida que pasa el tiempo, el miedo al dolor deja de ser la principal motivación del caminante para dar paso a la metamorfosis de sí mismo, al despojamiento a una renovada entrega al mundo, entrega que requiere de la alquimia de la ruta y de un cuerpo que se funda en ella –una alianza afortunada y exigente del hombre con el camino-. “Si bien ese puerto de montaña representa para mí una feliz coronación, un lugar abierto y al fin propicio a la contemplación, era también una invitación a mi superación, portal de hierba, de aire y de piedra hacia otro paisaje y hacia otro yo –dice Thierry Guinhut sobre los montes del Cantal-. El temblor de mis piernas, la palpitación en el corazón de mis miradas, el aliento inhalado, saboreado, al pasar por el alto, parecían cargarme de la tensión y la fuerza de un hombre distinto” (Guinhut, 1991, 20).
 Caminar es a veces una memoria reencontrada, no sólo debido a la invitación que hace a que meditemos sobre nosotros mismos en el curso de nuestro vagabundeo, sino también porque a veces llega a trazar un cambio que remonta el curso del tiempo y nos libra a un sinfín de recuerdos. Es entonces cuando caminar ronda la muerte, la nostalgia, la tristeza; despierta el tiempo por la gracia de un árbol, de una casa, de un río o un torrente, a veces de un rostro avejentado, que nos cruzamos una vez en un sendero o una calle. “El trazado del camino –dice Pierre Sansot- no es solamente de orden material, también requiere de unas señales invisibles sin las cuales desaparecería; y si nosotros continuamos, nuestro caminar  no sería ya por un camino propiamente dicho, sino por una abundancia de recuerdos personales o de amistades tipológicas, sentimentales, de las que carece el hombre sin corazón” (Sansot, 1983, 78).
 Caminar es un remedio contra la ansiedad o la melancolía. Mi primer libro (Le Breton, 1982) reconstruía la larga marcha de un hombre absolutamente desamparado en las rutas del noreste brasileño. Entre la narración y la historia personal, el vínculo a veces era casi imperceptible; se trataba al fin y  al cabo de una novela, pero la experiencia del acoso, de la desaparición de sí mismo en medio de una larga caminata por las carreteras o las calles del país me resultaba muy familiar. Primer aprendizaje de la amargura y la dulzura del mundo. Había que llevar a cabo la travesía física de la noche para dar a luz al yo. Caminar fabrica lentamente el sentido que permitirá reencontrar la evidencia del mundo; a menudo se camina para reencontrar un centro de gravedad, perdido al haber sido alejado de uno mismo. El camino recorrido es un laberinto que provoca el descorazonamiento y el cansancio; pero su salida, radicalmente interior, es a veces un reencuentro con el sentido y con el gozo de saber que hemos invertido, a nuestro favor, todas las dificultades con las que nos hemos cruzado. Muchas rutas son travesías del sufrimiento, que nos acercan lentamente a la reconciliación con el mundo. La suerte del caminante, dentro de su angustia, es la oportunidad que se le ofrece de un cuerpo a cuerpo con su existencia, de conservar un contacto físico con las cosas. Embriagándose de fatiga, planteándose objetivos minúsculos pero eficaces, como ir allí en lugar de allá, controla todavía su relación con el mundo. Esta desorientado, cierto, pero busca una solución, si bien aún no lo sabe. El camino deviene entonces camino iniciático, transformando la dificultad en oportunidad; la alquimia de la ruta lleva a cabo su eterna tarea de transformar al hombre, de volver a encauzarlo en el camino de su vida.
Resultado de imagen de david le breton elogio del caminar La travesía por el desafío moral encuentra en el desafío físico que es el caminar su antídoto por excelencia, el que modifica el centro de gravedad del hombre. Sumergiéndose en otro ritmo, en una relación nueva con el tiempo, el espacio, los otros, gracias a su encuentro con el cuerpo, el sujeto restablece su lugar en el mundo, relativiza sus valores y recupera la confianza en sus recursos propios. Caminar le hace revelarse a sí mismo, no de manera narcisista, sino congraciándolo con el placer de vivir y con el vínculo social. Su duración, su dureza ocasional, la vuelta a lo elemental que provoca, hacen que el caminar pueda romper una historia personal dolorosa, abriendo los caminos secundarios del interior del yo, lejos de los caminos trillados sonde la pena se va rumiando poco a poco. Hoy se organizan marchas especialmente pensadas para enfermos, de cáncer o de esclerosis múltiple, por ejemplo, para que recuperen la confianza en sí mismos y activen todos sus recursos, tanto físicos como morales, en su guerra contra la enfermedad. En la trama del camino, hay que intentar reencontrar el hilo de la vida.

Fin del viaje

 Al final del camino, después de horas o de días, a veces incluso más, tras una larga marcha por las rutas, los pasos se precipitan o se hacen más pesados, según el deseo que se tenga de reencontrarse con los demás, con la vida cotidiana, momentáneamente puesta entre paréntesis hasta entonces. John Dundas Cochrane, que recorrió a pie varios miles de kilómetros, desde Rusia hasta la península de Kamchatka, no sueña con otra cosa que no sea volver al camino: “Se podría pensar que después de un periplo como éste me haya curado del espíritu viajero, al menos de su forma más excéntrica; pero esa suposición está muy alejada de  la realidad, pues así como soy plenamente consciente de que jamás he sido tan feliz como en las llanuras tártaras, del igual forma nunca como ahora he deseado tanto volver a aventurarme en aquel lugar” (Dundas Cochrane, T1, 1829, prefacio XXI). Matthiessen está terminando su largo viaje a pie por el Dolpo. Aunque el leopardo de las nieves ha permanecido escondido y él ha tenido que volver con las manos vacías, Matthiessen acaba satisfecho con este largo viaje que le ha llevado tan lejos en la reapropiación de sí mismo: “Bajo mi anorak, brilla el estandarte de plegarias doblado. El té con manteca y los dibujos del viento, la Montaña de Cristal y corderos azules bailando sobre la nieve… ¡son más que suficiente! ¿Has visto el leopardo de las nieves? ¡No! ¿No es maravilloso?” (Matthiessen, 1995, 266).
 ¿Qué importa el resultado? Lo que cuenta es el camino recorrido. No se hace un viaje; el viaje nos hace y nos deshace, nos inventa. Y si bien llegamos aquí al final de este libro, en realidad la última palabra no es más que una etapa en el camino: la página en blanco es siempre un umbral, una antesala. Por suerte, volveremos a partir, a pasear por las ciudades del mundo, por los bosques, las montañas, los desiertos, para proveernos nuevamente de imágenes y sensaciones, de nuevos lugares y nuevos rostros, buscar un pretexto para escribir y renovar nuestra mirada, sin olvidar nunca que la tierra está hecha para los pies más que para los neumáticos, y que ya que tenemos un cuerpo, lo mejor será que lo utilicemos. La Tierra es redonda, y si damos la vuelta al mundo, al final acabaremos llegando al punto de partida, listos de nuevo para un nuevo viaje. Tantas rutas, tantos caminos, tantos pueblos, ciudades, colinas, bosques, montañas, mares, desiertos, tantos itinerarios por recorrer, sentir, observar, extender nuestra memoria en el gozo de estar allí. Los senderos, la tierra, la arena, las orillas del mar, incluso el lodo o las rocas, están todos hechos a la medida del cuerpo, y de la conmoción de existir.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Siruela, en traducción de Hugo Castignani, pp. 231-241.]

miércoles, 24 de marzo de 2021

Orient-Express: de Pontoise a Estambul.- Edmond About (1828-1885)


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II.-El Danubio

 «Atravesamos los bosques, los viñedos, las tierras de cultivo de Wurtemberg sin mayor preocupación que cumplir nuestro propio aseo de la mañana. Esta pequeña observación no es, sin embargo, baladí. El confort es de algún modo como los premios: cuando lo pruebas, ya nunca te acostumbras a no tenerlo. A fuerza de bienestar, nos hemos vuelto cada vez más exigentes, y las dos cabinas de aseo, que se abren en cada extremo de los wagon-lits, no son suficientes; nos harían falta, como mínimo, cuatro. Al menos están instaladas con todo lujo: ampliamente provistas de jabón, agua caliente y fría y mantenidas en un estado de irreprochable limpieza por parte de los sirvientes o ayudas de cámara. Pero, sea por los aseos, o por las otras necesidades a las que te obliga la vida, no pueden albergar más que a un viajero cada vez. Estamos obligados a esperarnos unos a otros y, a veces, durante largo tiempo. Este es el único desiderátum de las delicias de esta Capua rodante que, creo, no es posible construirla mejor de lo que se ha hecho. Consideremos, por otra parte, que el común de los mortales, viajeros de un tres Express, daría mil gracias a los dioses si dispusieran de al menos un aseo para cada cien personas. Nosotros contábamos con dos para veinte.
 En Baviera, no lejos de la ruinosa e inútil fortaleza de Ulm, nos topamos con primera vez con el Danubio, el bello Danubio azul, que se llama también, y puede ser que con mayor justicia, die schmutzige Donau, el sucio Danubio. También descubrimos otra cosa, que nos conmovió más si cabe. El vagón restaurante, donde tan buena comida nos ofrecían y donde fácilmente nos pasábamos tres horas a la mesa, tenía un ligero defecto en la construcción. El eje se recalentaba: un olor a grasa quemada, que advirtieron unos ingenieros de gran olfato. No suponía peligro, pero era necesaria una reparación y no se podía llevar a cabo en marcha. El jefe de la estación de Munich nos lo dijo. Habría que desmontar prácticamente todo el vagón, nuestro maravilloso vagón restaurante con todas sus dependencias, justo cuando íbamos a tomar café. Pero hay que rendirse. Esta Compañía de Vagones Durmientes tenía todo previsto, igual que cuando se prueba cualquier nuevo material. En menos de cinco minutos, el cocinero, el jefe del comedor y el resto del personal embarcaron en otro vagón comedor, no tan nuevo, y menos brillante que el primero, pero provisto de todo lo necesario e incluso lo innecesario. Hasta Giurgewo, donde tuvimos que bajar del tren, para continuar viaje por Bulgaria, nada nos faltó: ni mantequilla fresca de Isigny, ni vinos finos, ni frutas ni cigarrillos. Y cuando volvimos de Constantinopla, nos encontramos de nuevo en Giurgewo con nuestro maravilloso restaurante, completamente nuevo, que había sido reparado en Munich.
 Durante los escasos momentos que pasamos en la capital de Baviera, pudimos admirar no tanto su arquitectura, pero al menos las estaciones monumentales que la Alemania victoriosa ha construido a costa nuestra. No solamente las hemos pagado, sino que nos podrían costar más caro; pues están manifiestamente construidas contra nosotros. Estos halls inmensos, donde toda congestión de viajeros es imposible, pueden convertirse en establecimientos militares de primer orden. No es necesario ser un maestro en estrategia para pensar en el número de batallones y baterías que podrían desembarcar aquí, en menos de 24 horas, con destino París. Me gustaría pensar que nuestro Estado Mayor ha seguido el ejemplo del general Moltke, pero no estoy muy seguro.
 Hemos cruzado la frontera de Austria. Nos hemos tenido que adaptar a diferentes husos horarios: a la hora de Praga; después a la de Munich, a la hora de Stuttgart y la hora alemana. Una de las particularidades de la monarquía austro-húngara es que tienen dos horarios a la vez, uno en Praga, otro en Pest; la hora bohemia y la hora magiar. Sólo la hora de Viena no existe, porque, probablemente, la hora de Viena está reglada sobre los ilustres péndulos de Berlín. El reloj de nuestro vagón restaurante habría debido enloquecer con la confusión de todos estos meridianos políticos, pero, gracias a una inteligente medida de neutralidad, se prefirió dejar olvidada en París la llave con la que darle cuerda. En cuanto a nosotros, hemos decidido, desde Estrasburgo, no tocar nuestros relojes.
 En la estación de Viena, dos voces femeninas rompieron la monotonía a media noche. Voces encantadoras en cualquier caso, y, además, voces de mujeres que transmitían alegría. Cuando cuatro ingenieros franceses se apearon para ver la Exposición de la Electricidad, un alto funcionario de los ferrocarriles del Estado austríaco, Von Scala, su mujer y su cuñada, aprovecharon para subirse. Un elemento nuevo y extremadamente delicado venía a mejorar nuestros placeres y a atemperar agradablemente la alegría de una numerosa reunión de hombres. La señora Von Scala era extraordinariamente bella: un tipo inglés animado por una fisionomía vienesa. Su hermana Léonie Pola era todo lo contrario de una belleza clásica, pero tenía un gran espíritu, tanta gracia y buen humor que siempre resultaba agradable. Las dos preciosas hermanas tenían, por lo demás, un talle encantador y una exuberancia de cabellos tan rubios como el oro, que encuadraban su fineza y que hubieran sido una maravilla en París.
 El Imperio austrohúngaro estaba bien representado en nuestra caravana. Entre otros, se encontraba el señor Wiener, secretario general de los Ferrocarriles Orientales y hermano de un célebre explorador del Amazonas. Yo mismo había recorrido Hungría hacía una docena de años con mi amigo Camilo, quien se había hecho monje laico en Roma y que, de vez en cuando, me escribía bonitas cartas. Entonces habíamos atravesado juntos estas mismas y vastas llanuras, que parecían estar cultivadas por genios invisibles, pues en aquella época –junio de 1869- el trigo maduro abundaba y, sin embargo, se buscaría en vano a los agricultores e incluso sus propios pueblos. Después de la ciudad feudal de Buda y su vecina y trabajadora localidad de Pest, hasta la extraña Colonia de los Confines Militares no habíamos visto otros seres vivos que caballos nerviosos, bueyes con largos cuernos y búfalos semisalvajes. Me parece que hoy día los cultivos han progresado. El hombre se hace visible, se ven más plantaciones, más árboles frutales y, sobre todo, más viñas. La viña enriquecerá los países, si la filoxera no nos lleva a la ruina. En cada estación nos ofrecen grandes racimos de uva, tan deliciosos, que difícilmente se les puede poner algún pero. Muy azucarados: habría que tener la sabiduría y el conocimiento de estos vendimiadores para transformar todo este azúcar en alcohol.
Resultado de imagen de orient express de pontoise a estambul Seguimos, a través de las ventanillas de cristales sin teñir, la recolección del maíz. La sequedad del verano ha ralentizado el desarrollo de las mazorcas. Las bestias tendrán comida en abundancia, pero ¿y los hombres? He aquí un carro que lleva la cosecha de cinco o seis hectáreas; está lleno hasta la mitad. Por suerte, las calabazas que se cultivan entre ellos no deben dar malos resultados. Y después, hay manadas de ocas blancas, que se dirían embaladas por un confitero, tales son sus plumas de ligeras y rizadas. Los criadores francesas las pagan hasta 30 ó 40 francos la pareja; aquí el campesino las venderá a veinte sous la pieza, si están bien criadas. La caza ofrece también recursos a los aventureros magiares. Admiramos la espléndida figura de dos magníficos hombres, grandes y fuertes, precedidos de dos perros; vestidos con una camisa blanca y un calzón del mismo color, marchaban orgullosamente con sus pies desnudos en alpargatas. Estas vastas llanuras sin tráfico, sin luces ni trampas, parecen haber sido creadas para la multiplicación de la perdiz. Vendrán a buscarlas aquí, cuando la caza furtiva acabe en nuestra tierra con las últimas; me atrevería a afirmar que esto ya ocurre y que gran parte del éxito de Hungría tendrá que ver precisamente con la repoblación de nuestra raza.
 ¿Dónde estamos? No lo sé. Supongo que en alguna parte entre Pest y Temeswar. El tren se detiene y somos recibidos por la música de los zíngaros. A decir verdad, estos músicos no son zíngaros más que de nombre. Si sus tipos son húngaros, sus modos de vestir no causarían apenas sensación en la Ferté-sous-Jouarre. Pero, bohemios o no, tienen el diablo en el cuerpo y tocan con brío maravilloso no sólo sus canciones tradicionales, sino la música de Rouget de L’Isle, que tocan en honor de los huéspedes franceses. Les aplaudimos, pero nadie se atrevió a pedirles un bis; sería poco amable por nuestra parte, una especie de orden de un superior a un inferior. Sí se oyeron algunas palabras que transmitían lo mucho que nos gustó, pero me temo que no captaron la idea de que estaríamos encantados con algo más de música.
  La locomotora empezó a silbar, así que ¡adiós música! Pero no, estoy equivocado. La orquesta ha pasado al vagón de equipajes; pronto pasan al salón comedor, donde se les abre un hueco entre mesas y sillas, mientras los más jóvenes bailan con los amables vieneses un vals. Esta breve fiesta no terminará sino en Szegedin. No sólo es la música lo que hace interrumpir la trayectoria al Orient-Express, entre dos estaciones, sino la gastronomía: los bon-vivants de los diversos países que atravesábamos me dicen que, precisamente, no tienen el más mínimo inconveniente en subir al tren dos o tres horas para degustar la finura de la cocina francesa y saborear los excelentes vinos del señor Nagelmackers.
La población que nos viene a ver es cada vez más abigarrada y variopinta. Los impecables uniformes militares no pasaban desapercibidos; al vuelo se podía percibir una extraordinaria variedad de tipos y de trajes, la mayoría admirables. Los húngaros no son solamente una minoría en la monarquía austríaca, sino que comparten su tierra con millones de serbios, que son eslavos, y millones de rumanos, que son descendientes de los soldados de Trajano. En cuanto a ellos, son turcos, turcos cristianos, pero turcos auténticos. Sus cualidades y sus defectos, como su lengua, atestiguan este origen, del que no hay que sonrojarse, pues los turcos son una raza noble y una nación muy valerosa.
 La ciudad de Szegedin, cuyas desgracias han conmovido al mundo entero, se ha reconstruido de nuevo y ahora luce más hermosa, más regular y más confortable de lo que ha sido jamás. El hogar es lo menos importante de estos rudos hombres campesinos, a cuyas mujeres y niños les gusta vivir al aire libre o, cuando el frío es demasiado fuerte, apiñados en verdaderos antros. Lo que distingue verdaderamente la civilización oriental de la nuestra es la ausencia completa de capital inmobiliario. En los barrios de Londres o París, la propiedad construida supone un valor de millones de millones. Aquí se puede recorrer cien kilómetros sin encontrar una casa que valga cien mil francos. La construcción del ferrocarril es una feliz derogación de esta regla general. Parece, no obstante, que este progreso se ha producido con medio siglo de adelanto, pues el tráfico es muy escaso: podemos recorrer territorios durante cuatro o cinco horas sin cruzarnos con ningún otro tren.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Confluencias, 2018, en traducción de José Jesús Fornieles Alférez, pp. 36-45. ISBN: 978-84-948202-0-5.]