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domingo, 27 de septiembre de 2026

La mujer habitada.- Gioconda Belli (1948)

 

Capítulo 13

  «Mirando su jardín de helechos y jalacates, Sara hablaba, sin detenerse, de su tiempo ocupado en verduras que comprar, cuartos que arreglar, muebles que tapizar... "Soy una buena esposa —dijo—. Y me gusta serlo. Es una felicidad como cualquier otra: arreglar la casa, recibir al marido." Lo curioso, decía, era sentirse encerrada en una especie de modorra, en el espacio de un tiempo propio en el que Adrián apenas intervenía. Cuando él llegaba por las noches, con sus noticias del trabajo y los acontecimientos mundiales, a ella le costaba cambiar el rol; tener una conversación "interesante". Le costaba más aún, siguió diciendo, irse a la cama y jugar los juegos seductores que a él le gustaban; romper todas los noches la crisálida, el refugio manso de los quehaceres domésticos y volar como mariposa: ser una mujer sensual. "Casi siento que debo fingir. Tengo que esforzarme por romper la modorra, acelerar el ritmo, escuchar lo que dice con cara de interés." Era más fácil, decía, cuando él se marchaba y ella quedaba guardada en su mundo callado, en el jardín, los quehaceres domésticos. 
 A veces pensaba que "su mundo" le permitía encontrar sosiego y sentido en las tareas diarias, tan aparentemente irrelevantes y sencillas; o era que quizás realmente gustaba de la exquisita vida en cámara lenta de su reino: el imperio de la domesticidad. 
 Lo que más le llamaba la atención, agregaba, era que la sensación parecía ser común a las mujeres en su misma situación: pasaban el día dedicadas aparentemente a la felicidad del marido, pero aquellos hombres apareciendo de noche y saliendo por la mañana, eran extraños en el entorno. 
 Las "amas de casa", se preguntaba Sara mirando a Lavinia, ¿no estarían desde hacía siglos acomodadas en un universo personal, fingiéndose rostros a los intrusos de la noche, para retornar a sus dominios durante el día? 
 —No sé si me explico —decía Sara— para la gente como vos, la vida doméstica es un desierto. Así también la ven los hombres. El asunto es que uno se inventa el oasis. Uno se divierte con lo que hace. A mí me gusta hablar con el carnicero, me divierte discutir precios en el mercado, arreglar el jardín, ver crecer las begonias. Disfruto la cotidianidad. Lo que uno empieza a sentir extraño es el compartir la cama, el baño, la ducha, con un ser que viene de noche y se va en la mañana; que lleva una vida tan distinta... 
 —Bueno —dijo Lavinia— de eso se trata precisamente. A las mujeres se les asigna la cotidianidad, mientras los hombres se reservan para ellos el ámbito de los grandes acontecimientos... 
 —Lo que estoy tratando de decirte, Lavinia, es que, aunque no lo parezca, las esposas también, a su manera, relegan al marido. Los maridos se convierten en intrusos del mundo doméstico... 
 —No te engañes, Sara —dijo Lavinia—, si el marido no estuviese de por medio, las amas de casa no existirían, ese mundo del que hablas, sería diferente... 
 —No estoy hablando de que dejen de existir los maridos. Compréndeme. El hecho es que existen. Lo que estoy diciendo es que, así como el hombre tiene una vida satisfactoria en su trabajo, las "amas de casa" tenemos nuestras propias maneras de funcionar... 
 —No lo dudo —dijo Lavinia—, sin salario, ni reconocimiento social... 
 —A mí todos en el barrio me quieren —dijo Sara—, me conocen y me respetan. Tengo reconocimiento social entre mis amistades... 
 —Como cualquier ama de casa —dijo Lavinia. 
 —No me molesta —dijo Sara—. Ser ama de casa es una condición respetable. No trato de decirte que no me gusta lo que hago, sino esto de descubrir... 
 —Lo único que has descubierto es la división del trabajo —interrumpió Lavinia, exasperada. 
 —No, Lavinia. Te sorprendería oír a las "amas de casa" hablar entre sí sobre los maridos. Se les atiende como seres extraños, como si nada tuvieran que ver con nosotras; con las discusiones sobre las manchas en los manteles, el tiempo de cocción de la carne, el cuidado de los jardines... Lo curioso es que los hombres creen que es un mundo que existe para ellos y, honestamente, creo que no hay otro lugar donde sean menos importantes, aunque todo parezca girar a su alrededor. El de las amas de casa es un espacio que, contrario a lo que todos suponen, sólo vuelve a la normalidad cuando los hombres se van por la mañana al trabajo. Ellos son las interrupciones. 
   —Y la razón de ser de ese espacio —dijo Lavinia—. Cualquier feminista que te escuchara, se enfurecería... 
 —¿Vos no lo ves como una manera de las mujeres de abarcar algún territorio...? 
 —No —dijo Lavinia, categórica—. A mí me parece que la "Modorra" de la que vos hablas y eso de ver al hombre como un "intruso", son nada más que formas de una rebelión inconsciente. 
 —¿Pero no crees que las mujeres tenemos primacía sobre un territorio de la mayor importancia, con un poder real inimaginable... Lo que se ha llamado "el poder detrás del trono"? 
 —Eso es un invento de los hombres... 
 —Lo que pasa es que nunca hemos ejercido ese poder como poder, sino como sumisión. Lo que me ha impresionado es darme cuenta que bajo toda su aureola de sometimiento, el imperio de la domesticidad tiene estructuras sólidas. Te digo que los hombres son sólo referencias inevitables. 
 —Puede ser —dijo Lavinia—. Yo lo que pienso es que estás entrando en contacto con la realidad femenina de las "amas de casa"; con sus mecanismos de defensa. Eso ha sido así desde siempre. Y la verdad es que nada hemos cambiado para nuestro beneficio en el mundo... 
 —Vos tenés tus ideas; yo tengo las mías —dijo Sara. 
Lavinia optó por no discutir más con Sara. Su mente está ocupada en otras preocupaciones. En otra ocasión, ahondaría más en el problema. Quizás Sara empezaba a sentirse infeliz con Adrián y temía reconocerlo.
 Atardecía. La luz crepuscular bañaba el jardín y las ramas bajas del árbol de malinche en medio del patio. Las dos amigas se quedaron en silencio, sumida cada una en sus propias reflexiones, sorbiendo el té helado en los altos vasos de cristal. 
 —¿Y qué tal la vida social? —preguntó finalmente Lavinia. 
 —Muchas despedidas de soltera —dijo Sara—. Parece que todas nuestras amigas se casarán pronto... y dentro de dos semanas es la fiesta anual del Social Club. Al fin te decidiste a ir, o seguís empeñada en no pisar esos salones, ¿en "retirarte del mundanal ruido"? 
 —Es probable que vaya —respondió Lavinia—. Últimamente me he estado sintiendo sola. Pienso que no me haría mal un poco de vida social otra vez. 
 —Por supuesto que no te haría mal —dijo Sara—. Y este año, dicen que el club va a echar la casa por la ventana; van a participar más de veinte debutantes. Te vas a divertir. Es diferente a las discotecas, pero también es divertido. 
 —Es un gran espectáculo —dijo Lavinia—. Eso es lo que nunca me gustó. La sensación de estar en escaparate, ofrecida al mejor postor. 
 —Yo nunca sentí eso —dijo Sara—. Es la manera acostumbrada, natural, de que los jóvenes se conozcan y encuentren pareja. Pero ahora, probablemente ya no te vas a sentir así. Vas a disfrutar más. La gente pregunta dónde te has metido vos.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 2014, pp. 80-81. ISBN: 9789507314872.]

domingo, 24 de mayo de 2026

El segundo sexo.- Simone de Beauvoir (1908-1986)

 

II.- La experiencia vivida
Segunda parte: Situación
Capítulo X: Situación y carácter de la mujer

 «Ahora podemos comprender por qué, en los alegatos que se alzan contra la mujer, desde los griegos hasta nuestros días, encontramos tantos rasgos comunes; su condición ha seguido siendo  la misma a través de cambios superficiales, y es la que define lo que llamamos el «carácter de la mujer: "se recrea en la inmanencia", tiene espíritu contradictorio, es prudente y mezquina, no tiene sentido de la verdad, ni de la exactitud, le falta moralidad, su bajeza es materialista, es mentirosa, fingidora, interesada . . .» En todas estas afirmaciones hay algo de verdad. Sólo que las conductas que se denuncian no se las dictan a la mujer sus hormonas, ni están inscritas en las circunvalaciones de su cerebro: su propia situación las pone de relieve. Desde esta perspectiva vamos a tratar de presentar una imagen sintética de esta última, lo que nos obligará a algunas repeticiones, pero nos permitirá captar en el conjunto de sus condicionamientos económicos, sociales, históricos, "el eterno femenino". 
 Se suele enfrentar el «mundo femenino» con el universo masculino, pero hay que destacar una vez más que las mujeres nunca constituyeron una sociedad autónoma y cerrada; están integradas en la sociedad gobernada por los varones en la que ocupan un lugar subordinado; están unidas únicamente en la medida en que son semejantes por solidaridad mecánica: no existe entre ellas esta solidaridad orgánica en la que se basa toda comunidad unificada; siempre han tratado -en tiempos de los misterios de Eleusis como ahora en los clubes, los salones, los obradores- de unirse para afirmar un "contrauniverso", pero lo plantean desde el seno del universo masculino. Ahí nace la paradoja de su situación: pertenecen al mismo tiempo al universo masculino y a una esfera en la que se cuestiona este mundo: encerradas en esta última pero invadidas por aquél, no pueden instalarse en ningún lugar con tranquilidad. Su docilidad siempre lleva aparejada una resistencia, una resistencia a aceptar y en ello su actitud se acerca a la de la joven; pero es más difícil de sostener porque la mujer adulta no sólo tiene que soñar su vida a través de símbolos, sino vivirla.
 La misma mujer reconoce que el universo en su conjunto es masculino; los hombres lo han conformado, regido, y lo siguen dominando; en cuanto a ella, no se considera responsable; se supone que es inferior, dependiente; no ha aprendido las lecciones de la violencia, nunca ha emergido como sujeto frente a otros miembros de la sociedad; encerrada en su carne, en su hogar, se considera pasiva frente a estos dioses con rostro humano que definen fines y valores. En este sentido hay algo de verdad en la aseveración que la condena a ser "una eterna menor"; se ha dicho también de los obreros, de los esclavos negros, de los indígenas colonizados que eran "niños grandes", hasta que empezaron a dar miedo; eso quería decir que debían aceptar sin discusión las verdades y las leyes propuestas por otros hombres. El destino de la mujer es la obediencia y el respeto. No tiene ningún poder, ni siquiera en pensamiento, sobre la realidad que la domina. A sus ojos es una presencia opaca. Efectivamente, no ha hecho el aprendizaje de las técnicas que le permitirían dominar la materia; y en cualquier caso, no se enfrenta con la materia, sino con la vida, que no se deja dominar con herramientas: sólo es posible sufrir sus leyes secretas. El mundo no se le aparece a la mujer como un «conjunto de utensilios», intermediario entre su voluntad y sus fines, como lo define Heidegger: por el contrario, es una resistencia tenaz, indomable; está dominado por la fatalidad y atravesado por misteriosos caprichos. Este misterio de una fresa de sangre que en el vientre de la madre se transforma en ser humano, no puede convertirlo en ecuación ninguna matemática, ninguna máquina lo puede acelerar o retrasar; vive la resistencia de la duración que los aparatos más ingeniosos no son capaces de dividir o de multiplicar; la vive en su carne sometida al ritmo de la luna y que los años maduran y después marchitan. Día tras día, la cocina le enseña también paciencia y pasividad; es una alquimia; hay que obedecer al fuego, al agua, «esperar a que se derrita el azúcar», a que la masa suba y también a que se seque la ropa, a que las frutas maduren. Las tareas domésticas se asemejan a una actividad técnica, pero son demasiado rudimentarias, demasiado monótonas para convencer a la mujer de las leyes de la causalidad mecánica.  
 Por otra parte, incluso en este terreno, las cosas tienen sus caprichos; hay tejidos que se deforman al lavarlos y otros que no, manchas que desaparecen o vuelven a salir, objetos que se rompen solos, polvo que germina como las plantas. La mentalidad de la mujer perpetúa la de las civilizaciones agrícolas que adoran las virtudes mágicas de la tierra: cree en la magia. Su erotismo pasivo le descubre el deseo, no como voluntad y agresión, sino como atracción similar a la que hace oscilar el péndulo del brujo; si la mera presencia de su carne hincha y yergue el sexo masculino, ¿por qué un agua oculta no hará temblar la vara de avellano? Se siente rodeada de ondas, de radiaciones, de fluidos; cree en la telepatía, la astrología, la radiestesia, la cubeta de Mesmer, la teosofia, las mesas parlanchinas, las videntes, los sanadores; introduce en la religión las supersticiones primitivas: cirios, exvotos, etc.; encarna en los santos los antiguos espíritus de la naturaleza: uno protege a los viajeros, otro a las parturientas, aquél encuentra los objetos perdidos; por supuesto, no la asombra ningún prodigio. Su actitud será la del conjuro y la oración; para obtener un resultado determinado, cumplirá con unos ritos garantizados. Es fácil comprender por qué es rutinaria; el tiempo no tiene para ella la dimensión de una novedad, no es ni impulso creador; porque está condenada a la repetición, sólo ve en el futuro un duplicado del pasado; para quien conoce la palabra y la fórmula, el tiempo se alía a las potencias de la fecundidad, que obedece a su vez al ritmo de los meses, de las estaciones; el ciclo de cada embarazo, de cada floración reproduce en forma idéntica el que le precedió: en este movimiento circular, el mero devenir del tiempo es una lenta degradación: mina los muebles y la ropa como estropea el rostro; las potencias fértiles quedan destruidas poco a poco por la fuga de los años. La mujer tampoco puede confiar en esta fuerza que se ensaña en destruir.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2019, en traducción de Alicia Martorell Linares, pp. 757-759. ISBN: 84-376-3736-8.]
 

domingo, 1 de diciembre de 2024

La tía Tula.- Miguel de Unamuno (1864-1936)

 

VII

 «Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
 Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.
 Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo, tan transparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendía ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquél era el manantial cerrado.
 [...]
 ¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la perseguía él por la casa toda, fingiendo un triunfo para cobrar como botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cogerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole el alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella, ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón, le decía: "¡Calla, déjale que hable!"
 Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: "Sois unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es ésta la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracias a los casados y que críen hijos para el cielo".
 ¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó un mes y otro y algunos más y al no notar señal ni indicio de que hubiese fructificado aquel amor, "¿tendría razón -decíase entonces- Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer, y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?" Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos debía depender -decíase entonces- de la mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por conveniencias de fortuna y ventura, que se cargan de críos. Pero -y esto sí que lo recordaba bien ahora- para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y oscuridad de la noche, y susurrándola, una y otra vez al oído, en letanía, un rosario de "¿me quieres, me quieres, Rosa?", mientras a ella se le escapaban los síes desfallecidos. Aquello fue una locura, una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le fue anunciado el hijo. Fue un transporte loco..., ¡había vencido! Y entonces fue cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
  El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor -decíase Ramiro ahora- sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración no es tanto algo que haya que cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar y hasta el dormir, y el rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo "hágase tu voluntad" y un incesante "¡venga a nos el tu reino!", no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969, pp. 52-55. Depósito legal: M-8.545-1969.]

domingo, 14 de noviembre de 2021

La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad.- Josep María Esquirol (1963)


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IV.-Elogio de la cotidianidad: lo sencilla que es la vida


 «Ésta es la clave: “Enséñale lo sencillo”. Algunas veces tendríamos que desdoblarnos para ser el ángel que escucha y mira, como por primera vez, la sencillez de nuestra vida cotidiana indicada con el dedo y narrada por nosotros mismos. Evitemos buscar siempre lo extraordinario, admirémonos de lo simple y llano y aprendamos a apreciarlo porque, desde cierto punto de vista, es lo más sublime de todo. He ahí la lección. La tenemos al alcance de la mano y, quizá por eso, sea paradójicamente una de las más difíciles. Para quienes no puedan prescindir de los libros, Chéjov y Kierkegaard (que habla de lo sublime en lo mundano) son muy buenos maestros para impartir esta lección. Apropiarnos (y no en el sentido de la posesión) de la cotidianidad y de la sencillez de la vida, de alguna manera, “nos salva”. Y aunque con esto ya estaría dicho todo, vale la pena avanzar paso a paso.
 Si nos atenemos al significado de la propia expresión, la vida cotidiana es la vida que se vive la mayoría de los días y, así, la característica de la cotidianidad es más bien la repetición y la rutina; pero no exactamente la repetición de lo idéntico (al final siniestro e insoportable), sino la repetición de lo similar, en una especie de síntesis entre lo ya conocido y lo ligeramente nuevo. Una pareja puede tener un hijo. El día del nacimiento será, a buen seguro, un día muy especial y extraordinario, pues no todos los días se tiene un hijo. Pero, a partir de este momento, el hijo estará presente todos los días en la vida de la pareja; formará parte de su cotidianidad. Por ello se habla a veces de la “carga” de los hijos, no sólo en el sentido de la inmensa atención que requieren, sino también porque, aunque quisiéramos –que no es nunca el caso- no es posible librarse ya de ellos. El hijo estará ahí todos los días, pero, efectivamente, no todos los días de la misma manera. La cotidianidad es una especie de síntesis en la que cierta variación va apareciendo e integrándose. Tal es la razón por la que, para caracterizarla, no resulta acertado hablar de “mera rutina” o de “mera repetición”. En el “cada día” y en el “un día tras otro”, hay contraste, la citada síntesis de lo conocido y lo nuevo, y también una discreta esperanza. Los contrastes son evidentes: días laborables y días festivos; esfuerzo, cansancio y respiro, descanso; tener los pies en el suelo y ensueño. Sólo el día festivo convierte la vida diaria en diaria. Y el día festivo entra a su vez en la normalidad y lo cíclico. Un día festivo enlaza con el siguiente y ambos determinan la vida diaria en el intervalo, no es tiempo muerto, sino el momento de alivio que confirma el trabajo cotidiano; es como la escuela para la vida diaria y el paréntesis vacacional apto para pensar, recogerse, distraerse, respirar y gozar. El día laborable, en cambio, expresa el tiempo como tiempo de dificultad: el hombre despierta y tiene ante sí las labores del día.
 El mismo contraste se da entre día y noche. La noche y el descanso son una invitación para distenderse y abandonarse al sueño. El sueño es descanso y liberación de la pesadumbre y del desgaste diurnos. Aunque en alguna ocasión pueda haberse relacionado el suicidio con el deseo de dormir y de soñar, la diferencia es muy grande: la liberación en el sueño es, ante todo, recuperación para el mañana. Más allá de la relación con el binomio esfuerzo-descanso, el contraste tiene aquí que ver con el protagonismo. Si bien eres tú quien afronta el día –aunque respondiendo a lo que el día reclama-, de noche tú no eres ya quien conduce la nave: te conducen. Sigues respirando, pero es como si la vida fuese la que te respira o respira por ti. La noche te circunda y te absorbe. Luego vendrá de nuevo el alba y te despertará. Entonces comienza el día y comienza el yo: porque el yo tiene quehaceres. Por la noche no hay tiempo. El tiempo empieza con el día, al “mismo tiempo” que el esfuerzo y que el pautado movimiento del yo.
 Los contenidos del día tienen que ver, efectivamente, con el esfuerzo y el trabajo, pero también con la satisfacción de las necesidades y con el mantenimiento de las relaciones humanas. Y en todo esto se da el contraste entre dificultad y satisfacción. Hay placer en satisfacer las necesidades básicas: en comer, en descansar, en mantener relaciones sexuales; lo hay también en las conversaciones, en la convivencia, en las distracciones… Y, del mismo modo, la dificultad no pertenece sólo al trabajo sino que también está asociada a los conflictos relativos al reconocimiento y a la competencia con los demás, a la decepción por las expectativas abiertas y no alcanzadas, etcétera. Hay una dificultad ligada al instante: como si cada momento requiriese un pequeño esfuerzo que, por acumulación, diese la nada despreciable fatiga del día. El movimiento de la existencia no se despliega sin esfuerzo; es como si el tiempo fuera denso, como si el plano estuviera siempre ligeramente inclinado y hubiese que subir. Cuesta moverse, llenar la jarra de agua y soportar las mentiras del contexto, e incluso cuesta respirar. Cuesta sobre todo el día a día de la enfermedad, de la opresión y de la miseria. La huida o la evasión se explican, en parte, por toda esta serie de dificultades.
Resultado de imagen de josep maria esquirol la resistencia intima A la repetición, el contraste, el gozo y la dificultad que caracterizan la cotidianidad hay que añadir el punto más decisivo de todos: la proximidad. Pero preguntémonos antes a qué se debe que tan a menudo se haya considerado la vida cotidiana como una vida de segundo orden. Uno de los factores es, sin duda, el impulso romántico, con su exaltación de la vida excepcional, en forma o en intensidad. El héroe romántico –se dirá- puede morir joven, pero por lo menos ha sabido sobresalir y escapar de la medianía anónima del común de los mortales. Hoy, afortunadamente o no, ese modelo romántico ha ido a menos, aunque, a pesar de ello, no ha sido sustituido por la justa atención a la vida cotidiana. En la sociedad de la apariencia, la gente suspira por el éxito mediático, o por la vanagloria del pequeño, o no tan pequeño, poder jerárquico, mientras la vida corriente sigue siendo menospreciada. Los modelos sociales tradicionales eran elitistas, así como los románticos, y ahora también los mediáticos (se requiere todavía a una multitud más numerosa apara aplaudir a los famosos).
 Salvo algunas excepciones, tampoco el discurso filosófico contemporáneo ha ayudado mucho a subrayar la valía de la cotidianidad, más bien al contrario. Heidegger ha contribuido decisivamente al descrédito de ésta. Merece la pena que nos detengamos un poco en este punto porque, como siempre, el diálogo con el maestro alemán puede enriquecer nuestro propio planteamiento. Ser y tiempo lleva a la identificación entre cotidianidad, indiferencia y caída en la inautenticidad y la impropiedad. Tal vez una lectura algo más exigente y meticulosa deba matizar un poco más, ya que Heidegger afirma también que la indiferencia de la cotidianidad del Dasein es un carácter fenoménico positivo de este ente, puesto que es el punto de partida y de retorno de toda forma más auténtica. La cotidianidad, según Heidegger, no sería un fenómeno accidental que pudiera dejarse atrás, sino un fenómeno constitutivo y básico a partir del cual es posible no obstante un movimiento más apropiado, más propio: el movimiento de la existencia. Queda claro que en este esquema la cotidianidad representa la parte más deficitaria; por ello le atribuye Heidegger la indiferencia, la medianía y el anonimato. En la cotidianidad nadie es propiamente un sí mismo, es decir, alguien que hable y actúe desde sí y para sí mismo, sino que lo que cada uno hace y dice tiene mucho que ver con lo que se suele decir y lo que se suele hacer. Así, Heidegger afirma que, en la cotidianidad, el sí mismo del Dasein es uno mismo, y no el sí mismo propio, es decir, el sí mismo asumido expresamente. Hay, pues, algo de mí mismo que he de asumir para ser propiamente. La cotidianidad es un permanecer en la cotidianidad, precisamente por no haberse enfrentado a ello. La imperiosa conveniencia de salir de la cotidianidad se pone de manifiesto en este fragmento en el que, además, se habla de una doble personalidad de sucumbir: “El Dasein puede ‘padecer’ sordamente la cotidianidad, puede hundirse en su oscura pesantez, o bien evitarla buscando nuevas distracciones para su dispersión en los quehaceres”. Si bien la apropiación es una salida de la cotidianidad, hay otra puerta de acceso mucho más fácil: la evasión.
 Una doble vía para no “superar” la cotidianidad: hundirse en ella o evadirse de ella. La segunda es como una especie de incremento de la dispersión, de dispersión sobre la dispersión Pero ¿de qué debemos evadirnos? Hay algo que ya se da en la vida cotidiana que es nuestro modo fundamental de ser y que podemos o bien afrontar para apropiárnoslo, o bien soslayar. Como ya se ha dicho, Heidegger cree que se trata de nuestro ser-para-la-muerte y asumirlo significa profundizar en la conciencia de nuestra mortalidad. No somos ninguna cosa, ni nada que podamos pensar bajo la categoría de substancia. En realidad, el mundo de las cosas no conoce la muerte, sólo la transformación. La conciencia de la muerte es la conciencia del final y de la nada de la existencia. La conciencia nos llama a ser-para-la-muerte, que es lo mismo que decir que nos llama a la existencia, o lo mismo que decir que nos llama a ser propiamente. Esta conciencia contrasta con la “caída” que consiste en considerarse una cosa entre cosas. Caído significa estar en medio de las cosas, abrigado y protegido por ellas (por las cosas, por las costumbres, por todo lo que llena y pauta la vida cotidiana). Pero la angustia rescata al hombre de su caída y lo conduce precisamente a lo inhóspito, fuera de casa (Umheimlichkeit). […] La caída, que es como habitar entre las cosas, es una huida del estar arrojado; de manera que no huimos de lo inhóspito del mundo, sino de lo inhóspito de nosotros mismos. Hay diversas formas de huida. Una de ellas es la curiosidad, consistente en querer ver, pero no querer ver para comprender más o menos, sino querer ver algo para perderlo de vista enseguida ay continuar buscando novedades. En este caso la curiosidad y la novedad equivalen a la incapacidad para serenarse, a la continua huida hacia adelante.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2018, pp. 54-61. ISBN: 978-84-16011-44-5.]

martes, 12 de enero de 2021

Sin un grito.- Aleksandar Tisma (1924-2003)

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Personalidad

  «Nada resulta menos natural que el asesinato de un hombre dormido. La víctima se encuentra privada del atributo humano más esencial: contemplar su propia muerte mientras se acerca; atributo que el género humano debe a su evolución, al sacrificio de la limitación al momento, vegetativa y serena, de los animales. Ciertamente, el hombre que fallece de muerte natural mientras duerme también se ve privado de ese atributo de vidente. Pero sólo en la parte consciente de su ser. Es innegable que durante esas horas de peligro inminente, su organismo envía las señales adecuadas al cerebro que, si bien no las transforma en percepciones ni da respuestas, por estar dormido, sí registra el cambio de cierta manera en el contenido de un sueño eventual y ahí, al menos, el cambio se cumple de forma humana. Ahora bien, ¿qué señales puede emitir un organismo sano cuando pende sobre él la herramienta que, en un instante, le aplastará la sien? Sin duda alguna, el reflejo multicolor de la última impresión vivida en estado de vigilia, sin amenazas.
 Para Radovan Predic que, justamente dormía así -un hacha pendía sobre su cabeza, la tarde del día de Año Nuevo-, ese reflejo no podía ser sino el del ardiente placer de la posesión. El verdugo, su mujer, blandía un hacha. En un instante, el hacha cayó y acabó todo.
 Ese acto insólito ponía punto final a un desacuerdo de siete años que, en sus manifestaciones externas, no tenía nada de insólito en aquel suburbio de casitas bajas y tristes con jardín, donde se produjo el suceso. Predic, obrero de la fábrica de tornillos y habitante insigne de ese
 barrio alejado, pegaba a veces a su mujer, Gina; a veces la engañaba e insultaba y también a veces la poseía, y su vida en común transcurría densa y sucia como un pedazo de resina que rueda por patios polvorientos. A escondidas, la mujer se quejaba como de una condena de lo que tenía que soportar; incluso decía que dejaría plantado a Radovan, pero, aparte de que tenían un hijo pequeño, era casi un absurdo decir algo así en ese mundo de casas bajas, todas iguales, construidas con el sudor de toda una vida y para toda una vida, y donde irse se reducía a transitar por las mismas calles, entre la misma gente, precisamente esa gente de la que se quería huir. ¿Cómo y adónde podía ir? Cuando se casó con ella -era su segundo matrimonio-, Radovan dejó su habitación, en casa de su madre, para instalarse en una habitación con cocina, en casa del padre de Gina, idéntica a la primera; al igual que la nuera de este último ocupó una habitación y una cocina similares cuando se mudó a la misma casa después de casarse con el hermano de Gina; al igual que se instaló allí, en otros tiempos, el padre de Gina cuando se casó; al igual que la madre de Radovan se mudó a la casa del marido tras su boda; al igual, por lo demás, que la primera mujer de Radovan seguía ocupando una habitación en casa de su antigua suegra. Un estancamiento semejante al de un pantano: cuando sacas un pie, se te hunde el otro.
 Ese estancamiento, esa movilidad limitada al mismo círculo, al mismo lodo, engendró en Radovan el mal humor latente que envenenó su matrimonio con Gina. Cuando no se puede salir de un lugar, éste parece todavía más sombrío, sobre todo a los ojos de quien, por sus cualidades personales, se siente capaz de correr mundo. No era el caso de Gina pero, en cambio, Radovan se sentía capaz. Era un tornero cualificado, corpulento, guapo, lo que en ese ambiente medio campesino de pretensiones burguesas, representaba el colmo de las virtudes viriles. Predic se aprovechaba: lo llamaban el "Actor". Se había dejado crecer un bigote negro y se peinaba el pelo negro hacia atrás desde la frente abombada; se había comprado un ciclomotor a plazos y lo conservó hasta que se estropeó; incluso ya casado, iba a los bailes y se revolcaba con muchachas a las que luego acompañaba a casa. Así fue como se encariñó tiempo atrás con Gina.
Resultado de imagen de sin un grito  Pero con ella se casó después de divorciarse de su primera mujer, después de una intriga acorde con su naturaleza violenta y dominante. Era un verano de días claros y largos y él con Gina, que lo creía soltero, pasaba más tiempo del que su esposa, una mujer autoritaria, sobre todo verbalmente, podía soportar. Una noche los estaba esperando frente al patio del cine Adria, encrespada, con una gabardina, pertrechada con un paraguas, que quizá había cogido con premeditación pues el cielo estaba despejado, y que utilizó contra la cabeza rubia y ondulada de Gina. Ésta se limitó a protegerse el cráneo de los golpes y Predic tuvo que agarrar del brazo a su enfurecida mujer, tirar de ella hasta una calle adyacente, convencerla de que estaba en un error y mandarla de vuelta a casa. Cuando volvió a la salida del cine, Gina ya no estaba.
 Corrió tras ella (aún no tenía ciclomotor) y la alcanzó en la plaza del mercado, en un pasillo entre los puestos que, de noche, extendidos bajo los puntiagudos tejadillos, y alineados en dos filas paralelas, semejaban una flota de veleros. Gina caminaba entre las sombras, sola, medio desfallecida por al humillación y a Predic no le costó mucho lograr que se detuviera. La apoyó en el tenderete más cercano y le confesó lo que ella ya había descubierto, que estaba casado, pero que sólo la amaba a ella y que muy pronto se divorciaría y se casarían. Gina lo escuchaba con la cara vuelta hacia una sandía caída y aplastada en el suelo que olía a podrido. La subió a un mostrador y la poseyó, ahí mismo, entre los desperdicios del mercado, cerca de las vendedoras que dormían en los puestos, a la vista de los transeúntes cuyos talones resonaban al pisar el asfalto de la calle que bordeaba la plaza. […]
 Ahora bien, la realidad fue que se mudó de una casa baja con jardín a otra, de un lecho ocupado a otro, donde, al levantarse por la mañana, antes de irse al trabajo, disfrutaba de la misma vista desesperante de un tejadillo de gallinero que enmarcaba la ventana. El padre de Gina era un viejo gruñón de mala salud que se pasaba el día claveteando la valla; su hermano, un borracho medio subnormal y, su cuñada, una bobalicona sucia y cotilla. Él pudo retomar sus viejas costumbres: no llevar a casa, al volver del trabajo y de la taberna, más que su mal humor y salir de nuevo por la noche, compuesto y recién afeitado, como un actor de verdad, para ir al baile o a lugares concurridos a seducir a muchachas o a mujeres ajenas. […]
 "Esas piernas tuyas", decía, sentado a la mesa, irritado y cansado después de trabajar, mientras ellas se agitaban para traerle la comida. No le gustaba su cocina: decía que los platos eran demasiado grasientos y, cuando cocinaba más ligero, se quejaba de que se quedaba con hambre. Entonces le exigía que le rindiera cuenta de los gastos y cuando, tropezando por el miedo ("¡Ay! ¡Esas piernas tuyas!"), traía su cuaderno, él gruñía y la acusaba de que le robaba, de que estaba dilapidando sus bienes. Sin embargo, no le permitía que buscara un empleo, pese a que ella le había manifestado su ingenuo deseo de ganar su propio sueldo. "¡Claro, claro, lo que tú quieres es andar por ahí con los aprendices!", le decía, mirándole de reojo las piernas, el hueco entre las piernas y se ponía pálido. La regañaba porque iba poco arreglada, sin medias, con una bata dada de sí, pero cuando se ponía en casa una falda de salir, le clavaba una mirada aviesa: "¿A quién estás provocando?" y, ofendido, se retiraba a la habitación no sin antes ordenarle que le preparara agua caliente y una camisa limpia: iba a salir por la noche.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2008, en traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pistelek, pp. 103-108. ISBN: 978-84-96834-47-7.]
 

domingo, 10 de enero de 2021

El poder de la mujer y la subversión de la comunidad.- Mariarosa Dalla Costa (1943) y Selma James (1930)


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El lugar de la mujer
La casa

  «Todo lo que una mujer hace, lo hace sola. Todo el trabajo de la casa es para ti sola. Únicamente se está con otra gente cuando se tienen visitas o se va a visitar a alguien. La gente a veces piensa que cuando las mujeres hacen visitas están simplemente perdiendo el tiempo. Pero si no fueran a visitar a alguien de vez en cuando se volverían locas de aburrimiento y de sentir que no tienen a nadie con quien hablar. Es bueno salir y estar con gente. El trabajo es el mismo, día tras día. “Aunque te mueras, la casa seguirá estando allí en la mañana”. A veces se aburre una tanto que tiene que hacer algo. Una mujer solía cambiar los muebles de lugar cada dos o tres semanas. Otras mujeres compran algo nuevo para la casa o para ellas. Hay un millón de esquemas para romper con la monotonía. Los seriales de la radio durante el día ayudan a pasar el tiempo pero no hay nada que cambie el aislamiento y el aburrimiento.
 Lo que siempre está ahí cuando se hace el trabajo de la casa, y es algo terrible, es el sentimiento de que nunca se acaba. Cuando un hombre trabaja en una fábrica puede trabajar mucho durante largas horas. Pero en un momento dado, sale corriendo y ha terminado por aquel día por lo menos. Cuando llega el viernes o el sábado por la noche tiene uno o dos días por delante. En la casa nunca se termina. No sólo hay siempre algo que hacer allí, sino que siempre hay alguien que desordena un poco antes de casi haber terminado. Después de haber pasado cuatro o seis horas limpiando a fondo la casa, llegan los niños y en cinco minutos parecerá un corral. O tu marido ensuciará todos os ceniceros que hay en la casa. O lloverá justo después de haber limpiado las ventanas. Puede que sea capaz de controlar a los niños o de hacer que el marido tenga más cuidado, pero esto no resuelve muchas cosas. Del modo que está montada la casa, ni el marido ni los niños tienen la menor idea del esfuerzo y el trabajo tan pesado que representa limpiarla. Del modo que está montada la casa, la mujer no tiene control de las horas del trabajo, la clase de trabajo que tendrá que hacer y cuánto. Esto es lo que las mujeres quieren controlar.
 El resto de la familia no forma parte de la casa. Simplemente viven allí. Tú haces de la casa lo que es: un lugar para descansar. La haces más vivible, más atractiva. La haces confortable. La mantienes limpia. Y tú eres la única que nunca puede disfrutarla completamente. Siempre se está pendiente de lo que ha de hacerse. Ir detrás de todos recogiendo cosas parece un trabajo interminable. Nunca puedes descansar allí donde gastas la mayor parte de tu tiempo, energía y capacidad.
 La mayoría de las mujeres ni siquiera toman las decisiones importantes en lo que se refiere a la casa. Aunque pueden hacer lo que les parezca en muchas cosas pequeñas, las verdaderamente importantes las decide o directamente el marido o se asegura de que su opinión cuente. Las mujeres sienten que deben tener poder de decisión en la casa. Participan más que nunca en las decisiones de la casa. Pero han tenido que pelear mucho para que esto se les reconozca.        

“Tu jefe eres tú”

 Se dice que la mujer es su propio jefe. Es decir, nadie le dice que trabaje rápido. Nadie le dice cuánto debe trabajar. Y nadie está encima de ella todo el día. Puede sentarse cuando quiera y fumarse un cigarrillo o comer cuando tiene hambre.
 El ama de casa tiene un tipo completamente diferente de jefe. El primero es el trabajo de su marido. Todo lo que tiene que hacer una mujer depende del empleo que tenga su marido. Gane lo que gane su marido, es de lo que la familia tiene que vivir. La cantidad de vestidos que se compre o el que tenga que hacérselos ella misma, que se lleve la ropa a la lavandería o que se lave a mano, que se viva en un departamento amontonados o en una casa con suficiente espacio para la familia, que se tenga máquina de lavar o se laven los vestidos a mano, todas estas cosas están decididas por la clase de empleo que tenga su marido.
 Las horas que trabaje su marido determinan todo el horario de ella y cómo viva y cuándo tenga que hacer el trabajo. Tener un marido que trabaje por las noches es un gran problema para una mujer. Entonces no hay horario. Para cuando se ha hecho el trabajo de la casa, se levanta el marido y se desordena otra vez la casa. Si hay niños, entonces se tienen dos horarios. Hay que mantener callados a los niños durante el día, lo cual es imposible de lograr.
 Que el marido tenga un trabajo relativamente fácil o pesado, también afecta a su vida. Un hombre que trabaja mucho no le va a ayudar en nada del trabajo de casa. Llegará mucho más gruñón y difícil de soportar. La mujer tiene que aprender a controlarse mucho más si quiere que haya un poco de paz. Y se ha de mantener más en raya a los niños también.
 Hasta el lugar donde se vive lo decide el trabajo del marido. Se vive en la parte de la ciudad desde donde sea más fácil para él llegar al trabajo. Y si en esta ciudad no hay empleos que estén en la línea del trabajo del marido, entonces hay que olvidarse de amigos y vínculos familiares y marcharse adonde él pueda encontrar trabajo.
 Los hijos y las exigencias de cuidarlos es el siguiente punto decisivo en la manera en que la mujer va a pasar su vida. No hay nada, nada, que exija más que un niño pequeño. Cuando quieren algo, lo quieren en aquel momento preciso y no después.
 Pero el jefe más despiadado y el que hace que una mujer siga adelante es el trabajo mismo. El trabajo no la ve a una como ser humano. No importa cómo se sienta una o lo que quiera hacer. Domina cada uno de los momentos libres que se tengan, tanto en la casa como fuera de ella. Se está constantemente intentando terminar un trabajo que no tiene fin. Se quiere hacer todo lo que se tiene que hacer en el menor tiempo posible y tener tiempo libre para una misma. Y después de pensar que ya se ha terminado se encuentra que hay algo más. A veces las mujeres renuncian y dejan estar la casa unos días o unas horas. Pero las afectadas son ellas. Y después trabajan el doble para tratar de compensar el tiempo perdido. Siempre se hace lo que se tiene que hacer. Lo que se quiere hacer no cuenta mucho.
 La mayoría de las mujeres son muy responsables. Sienten que, como madres y esposas, quieren hacer su trabajo lo mejor posible. Quieren estar orgullosas de sus casas y de sus hijos. No hay otro lugar donde puedan mostrar lo que pueden hacer. Si una mujer es buena administradora se gana el respeto de las otras mujeres y esto es importante para cualquier mujer.
 Por lo tanto, no hay necesidad de un capataz o de una supervisora que dirija la casa. La forma en que vive la mujer y el trabajo que debe hacer es lo que la mantiene a raya. Esta forma de vida es también la que le enseña disciplina. Aprende cuándo decir algo y cuándo quedarse callada. Aprende a hacer cosas solas. Si hay algo que ha de hacerse y su marido no lo hará, lo hace ella. Una mujer con cuatro niños pintó toda la parte exterior de su casa. Decía que no quería esperar otros cinco años a que lo hiciera su marido.

Requiere experiencia  

 Cada vez que el marido obtiene un aumento de salario, la mujer se dice a sí misma, ahora me alcanzará. Estos pesos extra cambiarán las cosas. Pero, en cuanto él obtiene este aumento, los precios han subido para ponerse a la altura, o él se ha puesto enfermo y ha perdido la paga de un día, o ha habido un “extra”. Y aun cuando las cosas se han deslizado bastante bien, vas y te compras lo que has necesitado todo este tiempo y no has podido tener hasta aquel momento. O sea, que retrocedes al punto de partida. Casi todas las familias obreras viven al día. Pocas veces se puede apartar algo para una emergencia. Si la familia pierde por cualquier motivo una paga, puede quedar a la zaga semanas enteras. Durante todo este tiempo el ama de casa tiene que arreglárselas como sea. Sucede lo mismo cuando el trabajador está en huelga. Durante semanas y a veces hasta meses, ella debe arreglárselas con prácticamente nada. Las esposas de mineros tienen un sistema para almacenar comida y ropa cuando sus maridos trabajan fijo. De esta manera, cuando hay una huelga, pueden vivir durante un tiempo por lo menos con lo que han ahorrado de comida y ropa. Requiere mucha experiencia y entrenamiento aprender todos los trucos y la mujer es la única que está en situación de aprender estos “trucos”. En una emergencia pueden recortase gastos que nunca se pensaba que fuera posible y, como sea, una se las arregla.  
Resultado de imagen de el poder de la mujer y la subversion de La mujer tiene que pasar con lo que gana su marido. No importa si trae mucho o poco a la casa. Ella tiene que decidir cuándo cose los vestidos y cuándo los compra hechos. Descubre recetas para hacer comidas económicas que al mismo tiempo tengan buen aspecto y buen sabor. El modo de vivir de la familia, ya haya cobradores en la puerta o comida en la mesa, depende de la cantidad de dinero que el marido le dé a la mujer y en cómo se administre ella. A pesar de que la mayor parte de maridos se dan cuenta de que los precios suben, no saben realmente cuánto requiere mantener una familia. Sólo la mujer que tiene que vivir de lo imposible con poco, sabe cómo manejar la economía.
  Toda esta experiencia prepara a la mujer a desenvolverse cuando está sola. La mujer abandonada por el marido tiene en sus manos una situación bastante difícil, especialmente si tiene hijos. Se la considera afortunada si tiene parientes que la ayuden al principio. Pero, en conjunto, tiene que ser la madre y el padre para sus hijos. En cuanto al trabajo, no tiene elección. Asume la responsabilidad de ambos, hombre y mujer. Mantiene a su familia con lo que gana, que es normalmente mucho menos d elo que gana un hombre. Dispone de mucho menos tiempo para estar con sus hijos y a veces se ha de separar de ellos para poder trabajar. A pesar de esto, estas mujeres consiguen educar a sus hijos e iniciarles nuevas vidas. No se sientan en casa a llorar. Una amiga mía tiene una vecina a quien su marido abandonó dejándola con un hijo y todas las facturas. Esta mujer vendió todos sus muebles y, con el dinero, se fue a Puerto Rico a ver a su madre. Verla significaba algo. Si lloró nadie lo supo. Dijo simplemente que no iba a quedarse esperando como una idiota. Nunca había hecho nada así antes, pero cuando llegó el momento supo qué hacer.

Llevan simplemente vidas aparte

 La mujer se queda en casa sola todo el día. Espera que regrese el marido para contarle lo que ha pasado durante el día, algo que los niños han hecho o dicho que demuestre qué niños tan maravillosos son, o qué día tan pesado ha tenido. Quiere escuchar por lo que ha pasado él y qué piensa de comprar esta o aquella cosa para la casa. Pero la vida del hombre no está en la casa. Cuando llega del trabajo, no quiere hacer nada. A veces ni siquiera quiere hablar de nada. Una espera todo el día a alguien con quien hablar y cuando llega el marido agarra el periódico y actúa como si ni siquiera supiera que existes. Cuando una mujer está en casa todo el día, quiere salir a algún espectáculo o a dar una vuelta en coche el domingo por la tarde. Pero durante la semana el marido regresa exhausto e incluso los fines de semana prefiere a veces quedarse en casa y descansar. Ha estado lejos de la casa casi todas las horas que ha estado despierto. Ahora es la oportunidad para él de sentarse. Las mujeres tienen necesidad de compañía y comprensión de las que los hombres no saben nada.
 Si no existe este entendimiento entre hombres y mujeres sobre sus trabajos y necesidades humanas, no es sorprendente que muchos matrimonios no prosperen en sus vidas sexuales, la fase más delicada de su relación. Las mujeres están muy alejadas de sus maridos, las personas de las que deberían estar más cerca. Llevan simplemente vidas aparte.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Siglo XXI Editores, 1977, en traducción de Isabel Vericat, pp. 74-80.]