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miércoles, 21 de abril de 2021

Los no lugares. Espacios del anonimato.- Marc Augé (1935)


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Prólogo


 «Antes de buscar su auto, Juan Pérez decidió retirar un poco de dinero del cajero automático. El aparato aceptó su tarjeta y lo autorizó a retirar mil ochocientos francos. Juan Pérez apretó el botón 1800. El aparato le pidió un minuto de paciencia, luego le entregó la suma convenida y le recordó no olvidarse la tarjeta. "Gracias por su visita", concluyó, mientras Juan Pérez ordenaba los billetes en su cartera.
 El trayecto fue fácil: el viaje a París por la autopista A-11 no presenta problemas un domingo por la mañana. No tuvo que esperar en la entrada, pagó con su tarjeta de crédito el peaje de Dourdan, rodeó París por el periférico y llegó al aeropuerto de Roissy por la A-l.
 Estacionó en el segundo subsuelo (sección J), deslizó su tarjeta de estacionamiento en la billetera, luego se apresuró para ir a registrarse a las ventanillas de Air France. Con alivio, se sacó de encima la valija (veinte kilos exactos) y entregó su boleto a la azafata al tiempo que le pidió un asiento para fumadores del lado del pasillo. Sonriente y silenciosa, ella asintió con la cabeza, después de haber verificado en el ordenador, luego le devolvió el boleto y la tarjeta de embarque. "Embarque por la puerta B a las 18 horas", precisó.
 El hombre se presentó con anticipación al control policial para hacer algunas compras en el duty-free. Compró una botella de cognac (un recuerdo de Francia para sus clientes asiáticos) y una caja de cigarros (para consumo personal). Guardó con cuidado la factura junto con la tarjeta de crédito.
 Durante un momento recorrió con la mirada los escaparates lujosos —joyas, ropas, perfumes—, se detuvo en la librería, hojeó algunas revistas antes de elegir un libro fácil —viajes, aventuras, espionaje— y luego continuó su paseo sin ninguna impaciencia.
 Saboreaba la impresión de libertad que le daban a la vez el hecho de haberse liberado del equipaje y, más íntimamente, la certeza de que sólo había que esperar el desarrollo de los acontecimientos ahora que se había puesto "en regla", que ya había guardado la tarjeta de embarque y había declarado su identidad. "¡Es nuestro, Roissy!" ¿Acaso hoy en los lugares superpoblados no era donde se cruzaban, ignorándose, miles de itinerarios individuales en los que subsistía algo del incierto encanto de los solares, de los terrenos baldíos y de las obras en construcción, de los andenes y de las salas de espera en donde los pasos se pierden, el encanto de todos los lugares de la casualidad y del encuentro en donde se puede experimentar furtivamente la posibilidad sostenida de la aventura, el sentimiento de que no queda más que "ver venir"?
 El embarque se realizó sin inconvenientes. Los pasajeros cuya tarjeta de embarque llevaba la letra Z fueron invitados a presentarse en último término, y Juan asistió bastante divertido al ligero e inútil amontonamiento de los X y los Y a la salida de la sala.
 Mientras esperaba el despegue y la distribución de los diarios, hojeó la revista de la compañía e imaginó, siguiéndolo con el dedo, el itinerario posible del viaje: Heraklion, Larnaca, Beirut, Dharan, Doubai, Bombay, Bangkok, más de nueve mil kilómetros en un abrir y cerrar de ojos y algunos nombres que daban que hablar cada tanto en la actualidad periodística. Echó un vistazo a la tarifa de a bordo sin impuestos (duty-free price list), verificó que se aceptaban tarjetas de crédito en los vuelos transcontinentales, leyó con satisfacción las ventajas que presentaba la clase business, de la que podía gozar gracias a la inteligencia y generosidad de la firma para la que trabajaba ("En Charles de Gaulle 2 y en Nueva York, los salones Le Club le permiten distenderse, telefonear, enviar fax o utilizar un Minitel... Además de una recepción personalizada y de una atención constante, el nuevo asiento Espacio 2000 con el que están equipados los vuelos transcontinentales tiene un diseño más amplio, con un respaldo y un apoyacabezas regulables separadamente...").- Prestó alguna atención a los comandos con sistema digital de su asiento Espacio 2000, luego volvió a sumergirse en los anuncios de la revista y admiró el perfil aerodinámico de unas camionetas nuevas, algunas fotos de grandes hoteles de una cadena internacional, un poco pomposamente presentados como "los lugares de la civilización" (El Mammounia de Marrakech "que fue un palacio antes de ser un palace hotel", el Metropol de Bruselas "donde siguen muy vivos los esplendores del siglo XIX"). Luego dio con la publicidad de un auto que tenía el mismo nombre de su asiento: Renault Espacio: "Un día, la necesidad de espacio se hace sentir... Nos asalta de repente. Después, ya no nos abandona. El irresistible deseo de tener un espacio propio. Un espacio móvil que nos llevara lejos. Nada haría falta; todo estaría a mano..." En una palabra, como en el avión. "El espacio ya está en usted... Nunca se ha estado tan bien sobre la Tierra como en el Espacio", concluía graciosamente el anuncio publicitario.
Resultado de imagen de los no lugares Ya despegaban. Hojeó más rápidamente el resto, deteniéndose unos segundos en un artículo sobre "el hipopótamo, señor del río", que comenzaba con una evocación de África, "cuna de las leyendas" y "continente de la magia y de los sortilegios", y echó un vistazo a una crónica sobre Bolonia ("En cualquier parte se puede estar enamorado, pero en Bolonia uno se enamora de la ciudad"). Un anuncio publicitario en inglés de un videomovie japonés retuvo un instante su atención (Vivid colors, vibrant sound and non-stop action. Make them tours foreuer) por el brillo de los colores. Un estribillo de Trenet le acudía a menudo a la mente desde que, a media tarde, lo había oído por la radio en la autopista, y se dijo que la alusión a la "foto, vieja foto de mi juventud" no tendría, dentro de poco, sentido alguno para las generaciones futuras. Los colores del presente para siempre: la cámara congelador. Un anuncio publicitario de la tarjeta Visa terminó de tranquilizarlo ("Aceptada en Doubai y en cualquier lugar adonde viaje. Viaje confiado con su tarjeta Visa").
 Miró distraídamente algunos comentarios de libros y se detuvo un momento, por interés profesional, en el que reseñaba una obra titulada Euromarketing: "La homogeneización de las necesidades y de los comportamientos de consumo forma parte de las fuertes tendencias que caracterizan el nuevo ambiente internacional de la empresa... A partir del examen de la incidencia del fenómeno de globalización en la empresa europea, sobre la validez y el contenido de un euromarketing y sobre las evoluciones posibles del marketing internacional, se debaten una gran cantidad de problemas". Para terminar, el comentario mencionaba "las condiciones propicias para el desarrollo de un mix lo más estandarizado posible" y "la arquitectura de una comunicación europea".
 Un poco soñoliento, Juan Pérez dejó la revista. La inscripción Fasten seat belt se había apagado. Se ajustó los auriculares, sintonizó el canal 5 y se dejó invadir por el adagio del concierto N°1 en do mayor de Joseph Haydn. Durante algunas horas (el tiempo necesario para sobrevolar el Mediterráneo, el mar de Arabia y el golfo de Bengala), estaría por fin solo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Gedisa Editorial, 2000, en traducción de Margarita Mizraji, pp. 9-13. ISBN: 84-7432-459-9]  

jueves, 18 de febrero de 2021

Los principios de la arquitectura moderna.- Christian Norberg-Schulz (1926-2000)

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Capítulo VI: La ciudad saludable

  «La ciudad es el problema de la arquitectura moderna. Mientras que la planta libre y la forma abierta no suponían una pérdida de edificios identificables, la ville radieuse o ‘ciudad verde’ representó una ruptura radical con todas las propiedades tradicionales del lugar.
 Este concepto de ciudad abolió la cualidad figurativa de los asentamientos con respecto al paisaje, el espacio urbano definido y la sensación de una atmósfera o carácter local. En resumen, el genius loci o ‘espíritu del lugar’ se evaporó y se dejó al hombre con una especie ‘ámbito urbano sin lugares’. La pérdida de lugar trajo consigo, evidentemente, un debilitado sentido de la pertenencia y la participación; y a ello se debe que esa pérdida esté relacionada con la alienación humana, tan común hoy en día. Cuando el lugar pierde su identidad, el hombre ya no puede seguir identificándose con su entorno y decir “soy romano” o “soy neoyorquino”. Así pues, no es de extrañar que las críticas a la arquitectura moderna se hayan dirigido principalmente contra la nueva ciudad.
 Todos sabemos que la idea de una ciudad verde se introdujo para proporcionar a los seres humanos unas condiciones de vida más saludables. Una y otra vez, Le Corbusier señalaba las condiciones inhumanas de la ciudad histórica, que se había visto obligada a absorber la alta densidad de población y el intenso tráfico de la nueva sociedad industrial; con algo de razón, Le Corbusier llamaba a la calle tradicional la ‘calle de todos los conflictos’. En sus críticas, Le Corbusier se hacía eco de comentarios que se remontaban al siglo XIX y su visión estaba influida efectivamente por el sueño de la ‘ciudad jardín’, aunque hizo de esta idea una interpretación fundamentalmente nueva. La mejor ilustración de la visión de Le Corbusier la ofrece el Pabellón Suizo (1930), el colegio mayor de los estudiantes helvéticos en la Ciudad Universitaria de París (figura 6.1; véase también la 3.15). En ese caso, la idea de un edificio sobre pilotis con un solárium en la cubierta realmente funciona. Y así el solar se extiende significativamente por debajo del edificio, entre vigorosos soportes de hormigón, mientras que el edificio se eleva con elegancia y ligereza por encima. Un vestíbulo de entrada y un salón de estar con una forma ‘topológica’ aseguran una adaptación más íntima al terreno.
 Como ya hemos señalado, el punto de partida de Le Corbusier era la exigencia de los tres ‘placeres esenciales’: sol, espacio y vegetación (figura 6.2). Esta exigencia está relacionada fundamentalmente con la vivienda, y de hecho en sus comienzos el Movimiento Moderno dejó reducido el problema de la ciudad al de la vivienda urbana, sin considerar el lugar como tal. “Por eso los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) empezaron investigando la unidad más pequeña: la vivienda barata. Luego continuaron estudiando el barrio tal como existía en los asentamientos urbanos y finalmente ampliaron su campo de acción para incluir un análisis de las ciudades actuales”, escribía Sigfried Giedion en la introducción Can our cities survive? (‘¿Pueden sobrevivir nuestras ciudades?’) de José Luis Sert. Podemos aceptar la intención humanitaria de este procedimiento, pero hoy entendemos que con frecuencia llevó a la pérdida de la ciudad como algo más que una aglomeración de viviendas saludables, esto es, como un lugar.
 Entonces, ¿qué es una ciudad? Ya hemos mencionado la definición que de ella hacía Louis Khan como “el lugar de las instituciones reunidas”. Esto implica que la ciudad es principalmente un lugar de reunión, un lugar en donde la gente se junta llevando consigo su entendimiento del mundo. También podríamos decir que la ciudad debería ser un microcosmos; debería concentrar sus alrededores, aunando lo que está cercano con lo que está lejano. En este sentido podemos entender la definición hecha por Alberti de que la ciudad es como una ‘casa grande’, si bien el mundo concentrado por la ciudad es público y el de la casa es privado. Al concentrar un mundo público, la ciudad constituye un ambiente lleno de posibilidades. En la ciudad podemos descubrir lo que queremos hacer con nuestra vida; es en ella donde tomamos las decisiones y donde desarrollamos nuestra identidad. Cuando decimos “soy neoyorquino”, esto implica además que la ciudad nos proporciona una identidad común (sin por ello hacernos iguales). Esta identidad común consiste en tener un lugar juntos o, en otras palabras, consiste en una participación que se basa en la apertura y el respeto con respecto al genius loci. (Sin embargo, habría que señalar que la participación no supone necesariamente que usemos las posibilidades ofrecidas; basta con saber que están a nuestra disposición para cuando las necesitemos). Así pues, la ciudad libera porque ofrece libertad de elección, al tiempo que proporciona experiencias de congregación y asistencia. Dentro de un marco común, en la ciudad es posible estar sobre la tierra y bajo el cielo de diferentes maneras.
  Entonces ¿cómo debería estructurarse la ciudad para funcionar como un lugar de reunión?
 En algunos lugares todavía se puede experimentar lo que significa llegar. Viajamos por el paisaje y nos aproximamos a un asentamiento que, como una ‘cosa’, está allí ‘esperándonos’. Primero captamos el contorno principal y tal vez un elemento dominante, como la torre de una iglesia. A medida que nos acercamos, la forma se va haciendo más articulada, y podemos hacernos una idea de lo que se oculta en su interior. Y cuando entramos, los espacios interiores conforman nuestras expectativas. Según desde donde lleguemos, la experiencia es distinta, pero siempre sentimos que hemos alcanzado una meta. Sin embargo, una meta no puede ser diferente del entorno; sólo constituye una meta cuando está relacionada con el paisaje circundante. Así pues, una meta es un centro en el que se concentran las cualidades de un entorno. Esa concentración puede ser más o menos exhaustiva. Un pueblo está relacionado principalmente con sus alrededores inmediatos, mientras que una capital tiene que funcionar como un foco para todo un país. Una ciudad es un lugar de reunión en el sentido de que es la concentración de un mundo.
Resultado de imagen de christian norberg schulz los principios de la arquitectura moderna Como ya hemos indicado, los lugares de reunión del pasado poseían tres cualidades estructurales básicas. En primer lugar, tenían una cualidad figurativa en relación con el paisaje circundante o, en otras palabras, una delimitación clara o una agrupación densa de sus elementos constituyentes. En segundo lugar, contenían espacios urbanos definidos, un hecho confirmado por la existencia misma de palabras que denotan esos espacios: plaza, calle o barrio. Finalmente, los asentamientos del pasado se distinguían por su particular carácter local; poseían, por decirlo así, una ‘personalidad’ individual. El carácter local viene determinado por cómo son las cosas, es decir, por lo que llamamos la ‘forma construida’. A menudo la forma construida se condensa en motivos locales como la ‘ventana francesa’, que aparece por todo París con innumerables variaciones. Sobre todo, es la experiencia espontánea de la atmósfera local lo que nos hace sentir que estamos ‘presentes’. Habitar en una ciudad no implica primordialmente el uso de determinados edificios, sino la identificación con el genius loci que se manifiesta.
 Las propiedades estructurales básicas de la ciudad se oponen aparentemente a la planta libre y la forma abierta. Cuando hablamos de ‘cualidad figurativa’, ‘espacios definidos’ y ‘carácter local’, estamos haciendo referencia a propiedades que están relacionadas tradicionalmente con una entidad ‘cerrada’. Cuando se suprimen estas propiedades, la ciudad se pierde. Y de hecho, la ciudad verde no merece el nombre de ‘ciudad’; no representa una nueva interpretación del habitar juntos, sino que reduce el conjunto de habitar a una función privada. Por tanto, algunos autores que escriben sobre los problemas urbanos aceptan esa noción de ‘ámbito urbano sin lugares’ y sostienen que la ciudad puede ser sustituida por otros medios de comunicación, como los canales privados de televisión, que nos permiten ‘conectarnos’ con nuestros amigos cuando es necesario. Evidentemente, tales ‘soluciones’ no compensan la pérdida del lugar, ya que éste significa principalmente presencia en el sentido de un ‘aquí’ concreto. La vida tiene lugar, y la pérdida del lugar supone la pérdida de la vida.
 Entonces, ¿la conclusión es que tenemos que volver a la ciudad tradicional? En realidad, no. Lo que necesitamos es conservar la ‘idea’ de la ciudad, pero –al igual que con la casa y el edificio público- tenemos que hacer de ella una nueva interpretación. Hoy en día entendemos que esto no puede consistir en una transferencia directa de la planta libre a la escala urbana; la planta libre se desarrolló en relación con la vivienda particular  y ha de modificarse cuando la escala es distinta. Con respecto a la forma abierta, el problema es más fácil. Al ser la concentración compleja de un mundo, la ciudad siempre tuvo cierta apertura formal, a pesar de su cualidad figurativa. Esta aparente contradicción se resolvió mediante el uso de medios topológicos de organización. Entendida como totalidad, la ciudad no se componía primordialmente de partes ‘similares’ geométricamente interrelacionadas, sino de elementos diversos que formaban una clase de unidad menos determinadas, basada en los principios de la Gestalt: proximidad, continuidad y cerramiento. Por tanto, la forma abierta pertenece a la ciudad y expresa su naturaleza como lugar de reunión. Pero también en este caso necesitamos una nueva interpretación; la apertura del pasado se circunscribía en general a las construcciones de una cultura en particular, mientras que ahora tenemos que afrontar una clase global de interacción.»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Reverté, 2005, en traducción de Jorge Sainz, pp. 155-159. ISBN: 84-291-2107-2.]

viernes, 1 de noviembre de 2019

Los cuadernos azul y marrón.- Ludwig Wittgenstein (1889-1951)


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Cuaderno azul

«Por tanto, el hablar del pensamiento como de una "actividad mental" produce confusión. Podemos decir que pensar es esencialmente la actividad de operar con signos. Esta actividad es realizada por la mano, cuando pensamos escribiendo; por la boca y la laringe, cuando pensamos hablando; y si pensamos imaginando signos o imágenes, no puedo indicarles un agente que piense. Si se dice entonces que en estos casos es la mente la que piensa, yo llamaría solamente la atención sobre el hecho de que se está utilizando una metáfora, de que aquí la mente es un agente en un sentido diferente de aquel en que puede decirse que la mano es el agente al escribir.
  Si seguimos hablando sobre el lugar donde se realiza el pensamiento, tenemos derecho a decir que este lugar es el papel sobre el que escribimos o la boca que habla. Y si hablamos de la cabeza o del cerebro como del lugar del pensamiento, lo hacemos usando la expresión “lugar del pensamiento" en un sentido diferente. Examinemos cuáles son las razones para llamar a la cabeza el lugar del pensamiento. No es nuestra intención criticar esta forma de expresión o mostrar que no es apropiada. Lo que debemos hacer es: comprender su funcionamiento, su gramática; por ejemplo, ver qué relación tiene esta gramática con la de la expresión "pensamos con la boca" o "pensamos con un lápiz sobre un trozo de papel".
  Quizá la razón principal por la que tenemos una inclinación tan grande a hablar de la cabeza como del lugar de nuestros pensamientos es ésta: la existencia de las palabras "pensar" y "pensamiento" junto a las palabras que denotan actividades (corporales), tales como escribir, hablar, etc., nos hace buscar una actividad, diferente de éstas, pero análoga a ellas, que corresponda a la palabra "pensar". Cuando las palabras tienen prima facie, en nuestro lenguaje ordinario gramáticas análogas, nos inclinamos a intentar interpretarlas análogamente; es decir, tratamos de hacer valer la analogía en todos los campos. Decimos: "El pensamiento no es lo mismo que la frase, pues una frase inglesa y una frase francesa, que son completamente diferentes, pueden expresar el mismo pensamiento." Y ahora, puesto que las frases están en alguna parte, buscamos un lugar para el pensamiento. (Es como si buscásemos el lugar del rey del que tratan las reglas del ajedrez, como opuesto a los lugares de los diferentes trozos de madera, los reyes de los diferentes juegos de piezas.) Decimos: "sin duda, el pensamiento es algo; o no es nada", y todo lo que se puede contestar a esto es que la palabra "pensamiento" tiene su uso, que es de un tipo totalmente diferente del uso de la palabra "frase".
  Ahora bien, ¿significa esto que carece de sentido hablar de un lugar donde se realice el pensamiento? De ningún modo. Esta expresión tiene sentido, si se lo damos. Ahora bien, si decimos "el pensamiento se realiza en nuestras cabezas", ¿cuál es el sentido de esta expresión entendida sin ofuscaciones? Yo supongo que es que ciertos procesos fisiológicos corresponden a nuestros pensamientos de tal modo que si nosotros conocemos la correspondencia podemos, observando estos procesos, encontrar los pensamientos. Pero ¿en qué sentido puede decirse que los procesos fisiológicos corresponden a los pensamientos, en qué sentido puede decirse que nosotros conseguimos los pensamientos por la observación del cerebro?
  Parto de suponer que imaginamos que la correspondencia ha sido verificada experimentalmente. Imaginemos a grandes rasgos un experimento de este tipo. Consiste en observar el cerebro mientras el sujeto piensa. Y ahora puede pensarse que la razón por la que mi explicación está a punto de extraviarse es la de que, naturalmente, el experimentador obtiene los pensamientos del sujeto sólo indirectamente cuando se le cuentan, al expresarlos el sujeto de una u otra forma. Pero voy a eliminar esta dificultad suponiendo que el sujeto es al mismo tiempo el experimentador, que está observando su propio cerebro, digamos por medio de un espejo. (Lo fuerte de esta descripción no reduce en modo alguno la fuerza del argumento.)
  Entonces les pregunto: el sujeto-experimentador ¿está observando una cosa o dos? (No se diga que está observando una cosa tanto desde dentro como desde fuera, pues esto no elimina la dificultad. Posteriormente hablaremos de dentro y fuera.) El sujeto-experimentador está observando una correlación de dos fenómenos. A uno de ellos le llama, quizá, el pensamiento. Puede consistir en una sucesión de imágenes, sensaciones orgánicas o, en el otro extremo, en una sucesión de las diversas experiencias visuales, táctiles y musculares que tiene al escribir o al pronunciar una frase. La otra experiencia es la de ver funcionar su cerebro. A ambos fenómenos se les podría llamar correctamente "expresiones del pensamiento" y la pregunta "¿dónde está el pensamiento en sí?" sería mejor rechazarla como carente de significado, para prevenirnos de la confusión. Sin embargo, si utilizamos la expresión "el pensamiento se realiza en la cabeza" hemos dado su significado a esta expresión al describir la experiencia que justificaría la hipótesis de que el pensamiento se realiza en nuestras cabezas, al describir la experiencia que vamos a llamar "observar el pensamiento en nuestro cerebro".
  Olvidamos fácilmente que la palabra "lugar" se usa en muchos sentidos diferentes y que hay muchos tipos diferentes de enunciados sobre una cosa que en un caso particular, y de acuerdo con el uso general, podemos llamar especificaciones del lugar de la cosa. Así se ha dicho del espacio visual que su lugar está en nuestra cabeza; y yo pienso que la tentación de decir esto proviene, en parte, de un malentendido gramatical.
  Yo puedo decir: "en mi campo visual yo veo la imagen del árbol a la derecha de la imagen de la torre" o "yo veo la imagen del árbol en el centro del campo visual". Y ahora nos sentimos inclinados a preguntar : "¿y dónde ve usted el campo visual?" Ahora bien, si el "dónde" se piensa que pregunta por un lugar en el sentido en que hemos especificado el lugar de la imagen del árbol, yo llamaría la atención sobre el hecho de que todavía no se ha dado sentido a esta pregunta; es decir, que se ha estado procediendo por una analogía gramatical sin haber elaborado la analogía en detalle.
  Al decir que la idea de que nuestro campo visual esté localizado en nuestro cerebro surgió de un malentendido gramatical, no quiere decir que no podamos dar sentido a tal especificación de lugar. Por ejemplo, podríamos imaginar fácilmente una experiencia que describiríamos mediante tal enunciado. Imaginemos que estábamos mirando un grupo de cosas de esta habitación y que, mientras mirábamos, se introdujo en nuestro cerebro una sonda y se encontró que si la punta de la sonda alcanzaba un determinado punto de nuestro cerebro, una pequeña parte determinada de nuestro campo visual desaparecía. De este modo podríamos coordinar puntos de nuestro cerebro con puntos de la imagen visual y esto podría hacernos decir que el campo visual estaba situado en tal y tal lugar de nuestro cerebro. Y si ahora hiciésemos la pregunta "¿dónde ve usted la imagen de este libro?", la respuesta podría ser (como anteriormente) "a la derecha de este lápiz" o "en la parte izquierda de mi campo visual" o bien además "tres pulgadas detrás de mi ojo izquierdo".
  Pero ¿qué pasaría si alguien dijese "puedo asegurarle que siento que la imagen visual está dos pulgadas detrás del caballete de mi nariz"?; ¿qué le vamos a replicar? ¿Vamos a decir que no está diciendo la verdad o que no puede existir tal sensación? Qué sucedería si él nos pregunta "¿conoce usted acaso todas las sensaciones que existen?, ¿cómo sabe usted que no existe tal sensación?"
  ¿Y si el adivino nos dice que cuando él sostiene la varilla siente que el agua está a cinco pies bajo tierra, o que siente que a cinco pies bajo tierra hay una mezcla de cobre y oro? Supongamos que contestase a nuestras dudas diciendo: "usted puede estimar una longitud cuando la ve. ¿Por qué no he de poder tener yo un modo diferente de estimarla?"
  Si comprendemos la idea de tal estimación, aclararemos la naturaleza de nuestras dudas sobre los enunciados del adivino y del hombre que decía sentir la imagen visual detrás del caballete de su nariz.
  Hay el enunciado: "este lápiz tiene cinco pulgadas de longitud" y el enunciado: "yo siento que este lápiz tiene cinco pulgadas de longitud", y tenemos que aclarar la relación de la gramática del primer enunciado con la gramática del segundo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 1976, en traducción de Francisco Gracia Guillén. ISBN: 84-309-0647-9.]

miércoles, 31 de julio de 2019

El animal público.- Manuel Delgado (1956)


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I.-Heterópolis: la experiencia de la complejidad
2.-Espacios en movimiento, sociedades sin órganos

«Las teorías sobre lo urbano resumidas hasta aquí nos deberían conducir a una reconsideración de lo que es una calle y lo que implica cuanto sucede en ella. Los proyectadores de ciudades han sostenido que la delineación viaria es el aspecto del plan urbano que fija la imagen más duradera y memorable de una ciudad, el esquema que resume su forma, el sistema de jerarquías y pautas espaciales que determinará muchos de sus cambios en el futuro. Pero es muy probable que esa visión no resulte sino de que, como la arquitectura misma, todo proyecto viario constituye un ensayo para someter el espacio urbano, un intento de dominio sobre lo que en realidad es improyectable. Las teorías de lo urbano deberían permitirnos reconocer cómo, más allá de cualquier intención colonizadora, la organización de las vías y cruces urbanos es el entramado por el que oscilan los aspectos más intranquilos del sistema de la ciudad, los más asistemáticos.
 A la hora de desvelar la lógica a que obedecen esos aspectos más inquietos e inquietantes del espacio ciudadano se hace preciso recurrir a topografías móviles o atentas a la movilidad. De éstas se desprendería un estudio de los espacios que podríamos llamar transversales, es decir espacios cuyo destino es básicamente el de traspasar, cruzar, intersectar otros espacios devenidos territorios. En los espacios transversales toda acción se plantearía como un a través de. No es que en ellos se produzca una travesía, sino que son la travesía en sí, cualquier travesía. No son nada que no sea un irrumpir, interrumpir y disolverse luego. Son espacios-tránsito. Entendido cualquier orden territorial como axial, es decir como orden dotado de uno o varios ejes centrales que vertebran en torno a ellos un sistema o que lo cierran conformando un perímetro, los espacios o ejes transversales mantienen con ese conjunto de rectas una relación de perpendicularidad. No pueden fundar, ni constituir, ni siquiera limitar nada. Tampoco son una contradirección, ni se oponen a nada concreto. Se limitan a traspasar de un lado a otro, sin detenerse.
 He aquí algunas de las nociones que se han puesto al servicio de la definición de ese espacio transversal, espacio que sólo existe en tanto que aparece como susceptible de ser cruzado y que sólo existe en tanto que lo es. Un prehistoriador de la escuela durkheimiana, André Leroi-Gourhan, se refería, para un contexto bien distinto pero extrapolable, a la existencia de un espacio itinerante. Desde la Escuela de Chicago, Ernest E Burgess concibió el mapa de la ciudad como divisible en zonas concéntricas, una de las cuales, la zona de transición, no era otra cosa que un pasillo entre el distrito central y las zonas habitacionales y residenciales que ocupaban los círculos más externos. Lo más frecuente era permanecer en esa área transitoriamente, excepto en el caso de sus vecinos habituales, gentes caracterizadas por lo frágil de su asentamiento social: inmigrantes, marginados, artistas, viciosos, etc. Desde la escuela belga de sociología urbana, Jean Remy ha sugerido, a partir de esa misma idea, el concepto de espacio intersticial para aludir a espacios y tiempos "neutros", ubicados con frecuencia en los centros urbanos, no asociados a actividades precisas, poco o nada definidos, disponibles para que en ellos se produzca lo que es a un mismo tiempo lo más esencial y lo más trivial de la vida ciudadana: una sociabilidad que no es más que una masa de altos, aceleraciones, contactos ocasionales altamente diversificados, conflictos, inconsecuencias. Siempre en ese mismo sentido, Isaac Joseph nos habla de lugar-movimiento, lugar cuya característica es que admite la diversidad de usos, es accesible a todos y se autorregula no por disuasión sino por cooperación. Jane Jacobs designaría ese mismo ámbito como tierra general, "tierra sobre la cual la gente se desplaza libremente, por decisión propia, yendo de aquí para allá a donde le parece", y que se opone a la tierra especial, que es aquella que no permite o dificulta transitar a través de ella. Todas estas oposiciones se parecen a la propuesta por Erving Goffman, en relación con el espacio personal, entre territorios fijos -definidos geográficamente, reivindicables por alguien como poseíbles, controlables, transferibles o utilizables en exclusiva-, y territorios situacionales, a disposición del público y reivindicables en tanto que se usan y sólo mientras se usan. Otra concepción aplicable también a los estados transitorios en que se da lo urbano -propuesta desde una embrionaria antropología del movimiento- sería la de territorio circulatorio, superpuesto a los espacios residenciales y ajeno a cualquier designación topológica, administrativa o técnica que se le quiera imponer.
 Esos espacios abiertos y disponibles serían también aquellos a cuyo conocimiento podría aplicársele lo que Henri Lefebvre y, antes, Gabriel Tarde reclamaban como una suerte de hidrostática o dinámica de fluidos destinada al conocimiento de la dimensión más imprevisible del espacio social. Se anticipaban así a las aproximaciones efectuadas a las morfogénesis espaciales desde la cibernética y las teorías sistémicas, que han observado cómo la actividad autónoma y autoorganizada de los actores agentes de las dinámicas espaciales suscita todo tipo de estructuras disipativas, fluctuaciones y ruidos. Así, para Lefebvre, el espacio social es hipercomplejo y aparece dominado por "fijaciones relativas, movimientos, flujos, ondas, compenetrándose unas, las otras enfrentándose".
 Pero el concepto que mejor ha sabido resumir la naturaleza puramente diagramática de lo que sucede en la calle es el de espacio, tal y como lo propusiera Michel de Certeau para aludir a la renuncia a un lugar considerable como propio, o a un lugar que se ha esfumado para dar paso a la pura posibilidad de lugar, para devenir, todo él, umbral o frontera. La noción de espacio remite a la extensión o distancia entre dos puntos, ejercicio de los lugares haciendo sociedad entre ellos, pero que no da como resultado un lugar, sino tan sólo, a lo sumo, un tránsito, una ruta. Lo que se opone al espacio es la marca social del suelo, el dispositivo que expresa la identidad del grupo, lo que una comunidad dada cree que debe defender contra las amenazas externas e internas, en otras palabras un territorio. Si el territorio es un lugar ocupado, el espacio es ante todo un lugar practicado. Al lugar tenido por propio por alguien suele asignársele un nombre mediante el cual un punto en un mapa recibe desde fuera el mandato de significar. El espacio, en cambio, no tiene un nombre que excluya todos los demás nombres posibles: es un texto que alguien escribe, pero que nadie podrá leer jamás, un discurso que sólo puede ser dicho y que sólo resulta audible en el momento mismo de ser emitido.»
 
       [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1999. ISBN: 84-339-0580-5.]