lunes, 15 de enero de 2018

Cuentos de ayer y de hoy.- Ramón Carnicer (1912-2007)


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El ejemplo

«-Mi hijo será ingeniero naval -había anunciado la mamá de Julito, único descendiente del fallecido don Justo Lozano.
 Y por las trazas llevaba camino de serlo. Porque en el colegio todo entraba por igual en su voluminosa cabeza: las Matemáticas y el Latín, la Geografía y la Historia, la Agricultura, la Ética, el Derecho y la Terminología Científica, Industrial y Artística, inventada por un ministro que tenía la cabeza alargada hacia arriba, tal como la reflejan los divertidos espejos deformantes de las atracciones infantiles. ¡Y cómo salía toda aquella ciencia de labios de Julito! Sin la más mínima errata.
 -Veamos, Julito, el párrafo tercero de la rabia o hidrofobia -decía el profesor de Fisiología e Higiene con el libro de don Salustio Alvarado en la mano.
 -El microbio de la rabia vive en las células nerviosas del cerebelo, bulbo raquídeo y otros órganos nerviosos, determinando en ellas la formación de unos corpúsculos especiales, llamados, en honor de su descubridor, corpúsculos de Negri. En el interior de ellos descubrió Noguchi el diminutísimo agente de la enfermedad. La presencia de corpúsculos de Negri es tan constante en los animales atacados de hidrofobia, que para saber si un perro padece o no la enfermedad, basta enviar su cabeza a un instituto antirrábico.
 -¡Muy bien!
 Pero, ¿y si el perro no estaba rabioso?
 Los chicos fuertes y rebeldes miraban con asco a Julio. Los débiles y mansos lo miraban con admiración entristecida porque se sabían incapaces de aprender tan bien las lecciones.
 Julio era alto y gordo, sobre todo de piernas y trasero. Su cara, grande, se dislocaba a menudo en carcajadas bobas y sin motivo. Tenía una piel blanquísima y los chicos lo atribuían a la gran cantidad de leche que tomaba. En los recreos de la mañana y de la tarde aparecía siempre la criada con una botella, que Julito bebía con enorme avidez, y gran repugnancia de sus compañeros de colegio, que en general no lo podían ver.
 Y no por culpa de Julito, pues Julito no era malo. Cierto que era ridículo y tonto en los recreos, porque si bien no le faltaban fuerzas, inventaba unos juegos casi de niña y rehuía aquellos en que había peligro de romperse algo.
 La culpa, pues, era... ¡Dios sabe de quién era la culpa! De él y de ellos, de todos; de ese asunto complicado de estudiar y examinarse. Porque cuando llegaba la época de comparecer en el Instituto, todos volvían descalabrados de suspensos, menos Julito, para quien no había más nota que Matrícula de Honor.
 En realidad, y sin proponérselo, Julito era un mal ejemplo por excesivo, pues ¿cómo llegar a su enorme, a su portentosa capacidad de aprenderlo todo? El primer puesto de la clase resultaba inaccesible para los chicos que asistían a los mismos cursos que Julito. Todos aceptaban su superioridad; pero les era perjudicial porque desanimaba a los estudiosos y justificaba la pereza de los restantes en la manifiesta imposibilidad de ponerse a su nivel.
 Y lo peor era la prolongación de todo ello en la vida familiar. A cada momento y en particular al recibir las notas mensuales y las de los exámenes, se oía a los padres y a las madres de Villavieja:
 -¡Aprende de Julito! Ese sí que es un hijo bueno y trabajador! Será ingeniero naval, un sabio. ¿Y tú, qué serás? ¡Zapatero! Te aseguro que como no apruebes este año lo serás, porque te mandaré con Cosalinda.
 Julito no participaba en la vida de los chicos fuera del colegio. A la salida lo recogía su mamá o su criada, que lo habían llevado al entrar. Nunca "corría", pues, la clase para ir a nadar, robar almendrucos o garbear combustible para la hoguera de San Juan.
 Pero su sombra ejemplar los perseguía en el colegio y en casa entre improperios comparativos.
 -¡Burro! ¡Holgazán! ¡Aprende de Julito! ¡Mira el ejemplo de Julito! ¡Me avergüenzas! ¡Me obligarás a hacer un disparate!
 Los domingos, Julito iba a misa con su mamá despertando admiraciones por las calles. Julito sería algo grande, no había duda.
 Terminó el bachillerato cuando iba a cumplir dieciséis años, antes que ninguno de los compañeros con quienes había empezado. Y entonces ocurrió algo enteramente nuevo en Villavieja: Julito iría a Londres a hacerse ingeniero naval, pues Inglaterra era el país de los barcos. Todo lo pagaría su tío, un millonario que al fin se decidía a sufragar los estudios superiores del huérfano.
 Los chicos de Villavieja creyeron que la ausencia de Julito les daría cierta paz y los aligeraría de insultos. Pero no fue así. La aureola de Julito gravitaba como un recuerdo obsesionante en las aulas del colegio y en los comedores de las casas, y su madre no cesaba de recibir cartas con los incontables éxitos de Julito: su rapidísimo aprendizaje de la lengua inglesa, la admiración de los profesores británicos ante la inaudita disposición para las matemáticas de aquel joven del Continente... Y las grandes noticias culminaron con la de que no sólo había ingresado en la escuela de ingenieros navales con el número uno, sino que ante lo excepcional del examen habían acordado concederle una medalla de oro.
 Los chicos de Villavieja, luchando a brazo partido con su bachillerato, estaban abrumados de vergüenza.
 Y, al fin, transcurridos dos años desde su marcha, regresó Julito a Villavieja. ¿Pero qué súbita modestia había acometido a la viuda de Lozano para que apenas saliera a la calle? Y lo mismo a Julito, que con aire grave y muy transformado -delgado y más alto-, con un traje apretado y un chaleco color canario rehuía la conversación sobre su dorada ingeniería.
 Pasados unos meses, se supo que Julito no volvería a Londres y que se trasladaría a Zaragoza para hacerse abogado.
 Más tarde llegaron noticias de la cólera de don Camilo, el tío de Julito, y tiempo después se conoció la historia completa de las calaveradas de Julito, unas calaveradas tontas a las que se lanzó al verse libre de la mano de su mamá y de las botellas de la mañana y de la tarde. En lugar de tomar leche, se dio a tomar el five o'clock tea con limón en compañía de unos jóvenes ingleses tocados de manías nobiliarias y genealógicas, lo mismo que la viuda de Lozano. Enfrascado en ellas, decidió titularse conde de Trabadelo y hacerse las correspondientes tarjetas en inglés, Count of Trabadelo.
 Con sus tarjetas, sus trajes apretados, sus chalecos fantasía, sus paraguas sutiles y finos como lápices y la admiración beata que los títulos despiertan en los ingleses, Julito había pasado dos años en Inglaterra yendo de una party a otra con los dineros que mandaba don Camilo y sin estudiar una palabra, hasta que éste, en un viaje a la isla, descubrió la farsa ridícula en que vivía su sobrino y lo devolvió a su mamá, a Villavieja.
 Después de esto, ya en el Continente, Julito encontró su juicio, que fue madurando y encajándose en el estudio de cánones y fórmulas jurídicas y llegó a hacerse abogado, y no malo.
 Pero antes hizo muy felices a los chicos perezosos de Villavieja, que a las reconvenciones y voces de los padres tocantes a que había que romperse los codos para ser hombre, replicaban irónicos:
 -¡Sí, como Julito Lozano!»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Plaza&Janés, 1977. ISBN: 84-01-44190-0.] 
 

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