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sábado, 16 de octubre de 2021

Mejillones para cenar.- Birgit Vanderbeke (1956)


Resultado de imagen de birgit vanderbeke  «Cuando mi padre empezaba algo quería tenerlo acabado al instante. De esta manera había llenado el aparador del cuarto de estar, al que odiábamos entre otras cosas porque desde él amenazaba con caer encima de nuestras cabezas toda la historia de Alemania. Sucedía cada vez que queríamos saber algo de historia, mi padre cogía el Ziegler y buscaba la respuesta, primero la leía para sí mismo y buscaba en otros volúmenes, al final conseguía tener tres o cuatro tomos abiertos y estudiaba a fondo en esos tres o cuatro tomos del Ziegler todo lo que queríamos saber. Entretanto nosotros nos poníamos nerviosos, porque no sabíamos qué hacer en el cuarto de estar y porque mientras observábamos a mi padre cómo estudiaba nuestras preguntas en el Ziegler nuestros deberes no se hacían solos. Al cabo nos daba una profunda explicación histórica, porque en la escuela no nos enseñaban suficiente historia, decía mi padre, nos enseñaban una visión de la historia demasiado superficial y frívola, no era un formación profunda, completa y desde el principio como en el Este, sólo que allá por desgracia era una visión falsa, por eso habíamos huido y por eso mi padre nos leía sobre todo el Ziegler, pero no sólo éste. Para cubrir nuestras lagunas históricas nos leía muchas páginas antes de llegar a nuestra pregunta, a veces ni siquiera llegaba a ella porque hubiera tenido que leer demasiadas páginas. Nosotros no lo entendíamos todo, ni podíamos recordarlo todo, porque nuestras escuelas no nos transmitían un saber amplio y profundo sino puntual y superficial y por nuestra expresión, cuando nos leía el Ziegler mi padre se daba cuenta de que no habíamos aprendido otra cosa que a seguir la ley del mínimo esfuerzo. El sistema escolar y nuestra madre habían hecho de nosotros unos partidarios de la ley del mínimo esfuerzo y así, en lugar de escuchar con alegría e interés lo que nos leía en respuesta a nuestra pregunta, lo mirábamos impacientes y con aire de no entender nada, sólo queríamos una fecha o una breve explicación para un trabajo escolar, algo que pudiéramos aprender luego de memoria, no algo completo y desde el principio, tal como él nos lo buscaba en el Ziegler. Pero a nosotros nos traía sin cuidado ese saber enciclopédico del Ziegler, y en general no nos interesaba lo que contaban las enciclopedias porque nos habían educado sistemáticamente en la ley del mínimo esfuerzo y no habíamos aprendido a reflexionar de manera sistemática, que era lo que él quería enseñarnos cuando buscaba las respuestas a nuestras preguntas, porque sentía el deseo de cubrir una laguna que era nuestra, pero que era evidente que nosotros no estábamos interesados en cubrir. Nosotros sólo queríamos respuestas escuetas, cuando no existen ni pueden existir respuestas escuetas, sólo hay respuestas amplias y profundas, y si yo conseguí salir adelante en la escuela con mis conocimientos puntuales y superficiales fue sólo gracias al hecho de que hoy en día se premia el mínimo esfuerzo con sobresalientes, mientras que antes esa actitud sólo obtenía suspensos porque interesaban otras cosas. Mi padre decía, este sobresaliente que has tenido hubiera sido antes un suspenso, eso en el mejor de los casos, quizá ni eso, en el fondo mi padre pensaba que mi sobresaliente era un insuficiente. De lo que nosotros teníamos que hacer para conseguir un aprobado, decía, hoy no tenéis ni una vaga idea. Mi padre había sido un estudiante excelente y cuando nos daban las notas mi hermano ya ni se atrevía a volver a casa. A mí, me decía, aparentemente no está mal, sólo que estas notas de hoy en día no valen nada, entonces sacaba sus notas del escritorio y las comparaba. Si las mías eran mejores, eso era una prueba más de la desvalorización de las notas y evidenciaba todo lo que él ya sabía a mi edad y yo ignoraba casi por completo porque prefería tocar el piano y leer, cosas que están muy por debajo de los logaritmos, y mi padre decía siempre, eso no hace funcionar ningún motor. También decía, todo eso no sirve de nada si no se conoce la diferencia entre lo necesario y lo suficiente, y por desgracia en eso tenía razón, porque yo no comprendía esa diferencia que en nuestra familia era muy importante, tan importante como en la lógica, porque un sobresaliente era condición necesaria para no poner de mal humor a mi padre, pero no era suficiente, y en general sucedía que yo cumplía casi siempre las condiciones necesarias, pero nunca las suficientes, mientras que mi hermano no cumplía ni las necesarias. Si bien era necesario llevar sobresalientes a casa, como ese sobresaliente no era más que un pseudosobresaliente, es decir, no tenía ningún valor porque había sido concedido a unos conocimientos puntuales y superficiales, mi padre se ponía de mal humor. No soportaba la incultura ni la frivolidad en su familia, así que la condición necesaria nunca era la suficiente. Todas las condiciones necesarias se caracterizaban por no ser suficientes. Yo tocaba el piano y leía, con lo cual desperdiciaba mi inteligencia para disgusto de mi padre, porque en aquella época se daba por hecho que yo seguiría sus pasos y estudiaría una carrera científica. No iba a estudiar piano, como fue mi deseo durante un tiempo, porque mi padre no soportaba su sonido, deja de hacer ruido, me decía muchas veces cuando llegaba a casa cansado y me encontraba sentada al piano. Con todo, insistía implacablemente en que nosotros dos, mi hermano y yo tocáramos por lo menos un instrumento y practicáramos durante una hora cada día, y mientras que mi hermano no practicaba durante una hora, yo solía tocar el piano más de una hora y muchas veces me pillaba tocando el piano cuando llegaba a casa, lo que provocaba su cólera y lo ponía de mal humor. Para disculparme le decía que con una hora de práctica diaria no llegaría a ser una pianista, pero mi padre era alérgico al piano, se trastornaba cuando escuchaba mis ejercicios, yo tenía que saltar inmediatamente del taburete, guardar las partituras y cerrar la tapa del piano, mi padre era alérgico al más leve indicio de mis ejercicios de piano, por lo que poco a poco lo fui dejando y me dediqué a leer día y noche. Cuando me sentaba a ver la televisión solía quedarme dormida y tenían que llevarme a la cama. Entonces me despertaba y cuando cerraban mi puerta me ponía a leer. Estaba siempre pálida de pasar noches en blanco. Mi padre decía, esta niña parece enferma. Eso era de tanto leer. Sacaba los libros de la biblioteca sin que él se enterara y los escondía, pero siempre tenía miedo de que mi padre los descubriera. En una verdadera familia los secretos están de más, decía mi padre, y cada uno de nosotros tenía siempre mucho miedo de que le pillara algún secreto y sólo ahora que se estaba haciendo cada vez más tarde y que habíamos vaciado la botella de vino, nos habíamos liberado de nuestros miedos y temores, los tres estábamos algo achispados y sólo un resto de respeto nos impedía mirar el reloj. No miramos el reloj hasta más tarde, después de decir, seguro que ha tenido un accidente con el coche. Pero un accidente de coche puede ser cualquier cosa, hay accidentes y accidentes, eso nos decíamos, aunque en ese momento ya habíamos descartado la posibilidad de que hubiese tenido una avería, en ese caso hubiera llamado por teléfono, porque ya era muy tarde. Si uno tiene un accidente de coche, lo mínimo es que lo lleven al hospital, dijo mi hermano, y yo dije, lo mínimo. Mi madre cambió de tema y dijo, un domingo sin ese pesado de Verdi, ¿qué os parece? Porque cada domingo por la mañana se escuchaba en nuestra casa por lo menos un disco de Verdi, por lo menos uno, y mi padre silbaba la melodía y entretanto teníamos que guardar el más absoluto silencio, tan absoluto como durante la información deportiva, teníamos que quedarnos en el cuarto de estar y escuchar como mi padre silbaba Rigoletto o Aida mientras mi madre preparaba el asado, así hasta la hora de comer. Mi madre no soportaba ese eterno Verdi, como ella lo llamaba, ese sucedáneo de música, decía, ese runrún facilón de los bajos, cerraba la puerta de la cocina y no salía hasta que Verdi se había callado. Entonces abría las ventanas de par en par para dejar salir los últimos restos del Trovatore, pero lo hacía sin llamar la atención.
Resultado de imagen de birgit vanderbeke mjillones para cena Verdi es lo único que merece la pena ser escuchado, decía mi padre al final muy satisfecho, mientras que mi madre hacía lo posible por escapar al horrible coro de esclavos. Mi madre sufrió durante muchos años bajo ese coro de esclavos, bajo Verdi en general, y yo  sufrí de manera muy especial mientras mi padre silbaba la melodía, porque no nos dejaba salir del cuarto de estar mientras tenía el disco puesto. Sólo de vez en cuando teníamos suerte y mi padre ponía Mozart, porque de Mozart sólo La flauta mágica era capaz de silbarla de cabo a rabo sin vacilaciones y eso le abría el apetito para el asado. Mi madre no soportaba ni Verdi ni el asado. Puesto que durante toda la semana tenía que trabajar, cocinar, limpiar la casa, cuidar de los niños y todo lo demás, los domingos por la mañana no tenía ganas de encerrarse en la cocina, decía, pero mi padre no estaba nunca de viaje los domingos. Se marchaba de lunes a viernes, de manera que mi madre no pudo escapar ni un solo domingo a Verdi, esa peste acústica en mi cuarto de estar, como lo denominó unas cuantas veces aquella noche cuando ya estaba bastante achispada. Esa peste acústica, dije yo, tú por lo menos estás fuera, apenas la oyes, pero ella dijo, si la alternativa es o Verdi o el asado de ternera, gracias, y esa fue la primera vez en su vida que protestó. Además, nos hizo notar que Verdi era tal vez una condición necesaria pero no suficiente para un buen domingo. Entonces nos pusimos a pensar y entre las muchas condiciones necesarias no encontramos ninguna que fuera realmente suficiente para un buen domingo, y una vez más, la diferencia entre suficiente y necesario se nos hizo tan borrosa como el problema de la belleza. Ninguno de los tres lograba recordar ni un solo domingo que nos hubiera resultado medianamente suficiente, porque, naturalmente, mi padre aprovechaba los domingos para desarrollar su concepto de verdadera familia. Ya a la hora del desayuno empezaba a exponer sus ideas y decía, hoy iremos a tal o cual sitio, a veces mi hermano protestaba, otra vez, decía, y en ese caso el domingo se le acababa a primera hora de la mañana.»

    [El texto pertenece a la edición en español de La Galera Editorial, 2009, en traducción de Marisa Presas, pp. 48-54. ISBN: 978-84246-3075-1.]

lunes, 15 de enero de 2018

Cuentos de ayer y de hoy.- Ramón Carnicer (1912-2007)


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El ejemplo

«-Mi hijo será ingeniero naval -había anunciado la mamá de Julito, único descendiente del fallecido don Justo Lozano.
 Y por las trazas llevaba camino de serlo. Porque en el colegio todo entraba por igual en su voluminosa cabeza: las Matemáticas y el Latín, la Geografía y la Historia, la Agricultura, la Ética, el Derecho y la Terminología Científica, Industrial y Artística, inventada por un ministro que tenía la cabeza alargada hacia arriba, tal como la reflejan los divertidos espejos deformantes de las atracciones infantiles. ¡Y cómo salía toda aquella ciencia de labios de Julito! Sin la más mínima errata.
 -Veamos, Julito, el párrafo tercero de la rabia o hidrofobia -decía el profesor de Fisiología e Higiene con el libro de don Salustio Alvarado en la mano.
 -El microbio de la rabia vive en las células nerviosas del cerebelo, bulbo raquídeo y otros órganos nerviosos, determinando en ellas la formación de unos corpúsculos especiales, llamados, en honor de su descubridor, corpúsculos de Negri. En el interior de ellos descubrió Noguchi el diminutísimo agente de la enfermedad. La presencia de corpúsculos de Negri es tan constante en los animales atacados de hidrofobia, que para saber si un perro padece o no la enfermedad, basta enviar su cabeza a un instituto antirrábico.
 -¡Muy bien!
 Pero, ¿y si el perro no estaba rabioso?
 Los chicos fuertes y rebeldes miraban con asco a Julio. Los débiles y mansos lo miraban con admiración entristecida porque se sabían incapaces de aprender tan bien las lecciones.
 Julio era alto y gordo, sobre todo de piernas y trasero. Su cara, grande, se dislocaba a menudo en carcajadas bobas y sin motivo. Tenía una piel blanquísima y los chicos lo atribuían a la gran cantidad de leche que tomaba. En los recreos de la mañana y de la tarde aparecía siempre la criada con una botella, que Julito bebía con enorme avidez, y gran repugnancia de sus compañeros de colegio, que en general no lo podían ver.
 Y no por culpa de Julito, pues Julito no era malo. Cierto que era ridículo y tonto en los recreos, porque si bien no le faltaban fuerzas, inventaba unos juegos casi de niña y rehuía aquellos en que había peligro de romperse algo.
 La culpa, pues, era... ¡Dios sabe de quién era la culpa! De él y de ellos, de todos; de ese asunto complicado de estudiar y examinarse. Porque cuando llegaba la época de comparecer en el Instituto, todos volvían descalabrados de suspensos, menos Julito, para quien no había más nota que Matrícula de Honor.
 En realidad, y sin proponérselo, Julito era un mal ejemplo por excesivo, pues ¿cómo llegar a su enorme, a su portentosa capacidad de aprenderlo todo? El primer puesto de la clase resultaba inaccesible para los chicos que asistían a los mismos cursos que Julito. Todos aceptaban su superioridad; pero les era perjudicial porque desanimaba a los estudiosos y justificaba la pereza de los restantes en la manifiesta imposibilidad de ponerse a su nivel.
 Y lo peor era la prolongación de todo ello en la vida familiar. A cada momento y en particular al recibir las notas mensuales y las de los exámenes, se oía a los padres y a las madres de Villavieja:
 -¡Aprende de Julito! Ese sí que es un hijo bueno y trabajador! Será ingeniero naval, un sabio. ¿Y tú, qué serás? ¡Zapatero! Te aseguro que como no apruebes este año lo serás, porque te mandaré con Cosalinda.
 Julito no participaba en la vida de los chicos fuera del colegio. A la salida lo recogía su mamá o su criada, que lo habían llevado al entrar. Nunca "corría", pues, la clase para ir a nadar, robar almendrucos o garbear combustible para la hoguera de San Juan.
 Pero su sombra ejemplar los perseguía en el colegio y en casa entre improperios comparativos.
 -¡Burro! ¡Holgazán! ¡Aprende de Julito! ¡Mira el ejemplo de Julito! ¡Me avergüenzas! ¡Me obligarás a hacer un disparate!
 Los domingos, Julito iba a misa con su mamá despertando admiraciones por las calles. Julito sería algo grande, no había duda.
 Terminó el bachillerato cuando iba a cumplir dieciséis años, antes que ninguno de los compañeros con quienes había empezado. Y entonces ocurrió algo enteramente nuevo en Villavieja: Julito iría a Londres a hacerse ingeniero naval, pues Inglaterra era el país de los barcos. Todo lo pagaría su tío, un millonario que al fin se decidía a sufragar los estudios superiores del huérfano.
 Los chicos de Villavieja creyeron que la ausencia de Julito les daría cierta paz y los aligeraría de insultos. Pero no fue así. La aureola de Julito gravitaba como un recuerdo obsesionante en las aulas del colegio y en los comedores de las casas, y su madre no cesaba de recibir cartas con los incontables éxitos de Julito: su rapidísimo aprendizaje de la lengua inglesa, la admiración de los profesores británicos ante la inaudita disposición para las matemáticas de aquel joven del Continente... Y las grandes noticias culminaron con la de que no sólo había ingresado en la escuela de ingenieros navales con el número uno, sino que ante lo excepcional del examen habían acordado concederle una medalla de oro.
 Los chicos de Villavieja, luchando a brazo partido con su bachillerato, estaban abrumados de vergüenza.
 Y, al fin, transcurridos dos años desde su marcha, regresó Julito a Villavieja. ¿Pero qué súbita modestia había acometido a la viuda de Lozano para que apenas saliera a la calle? Y lo mismo a Julito, que con aire grave y muy transformado -delgado y más alto-, con un traje apretado y un chaleco color canario rehuía la conversación sobre su dorada ingeniería.
 Pasados unos meses, se supo que Julito no volvería a Londres y que se trasladaría a Zaragoza para hacerse abogado.
 Más tarde llegaron noticias de la cólera de don Camilo, el tío de Julito, y tiempo después se conoció la historia completa de las calaveradas de Julito, unas calaveradas tontas a las que se lanzó al verse libre de la mano de su mamá y de las botellas de la mañana y de la tarde. En lugar de tomar leche, se dio a tomar el five o'clock tea con limón en compañía de unos jóvenes ingleses tocados de manías nobiliarias y genealógicas, lo mismo que la viuda de Lozano. Enfrascado en ellas, decidió titularse conde de Trabadelo y hacerse las correspondientes tarjetas en inglés, Count of Trabadelo.
 Con sus tarjetas, sus trajes apretados, sus chalecos fantasía, sus paraguas sutiles y finos como lápices y la admiración beata que los títulos despiertan en los ingleses, Julito había pasado dos años en Inglaterra yendo de una party a otra con los dineros que mandaba don Camilo y sin estudiar una palabra, hasta que éste, en un viaje a la isla, descubrió la farsa ridícula en que vivía su sobrino y lo devolvió a su mamá, a Villavieja.
 Después de esto, ya en el Continente, Julito encontró su juicio, que fue madurando y encajándose en el estudio de cánones y fórmulas jurídicas y llegó a hacerse abogado, y no malo.
 Pero antes hizo muy felices a los chicos perezosos de Villavieja, que a las reconvenciones y voces de los padres tocantes a que había que romperse los codos para ser hombre, replicaban irónicos:
 -¡Sí, como Julito Lozano!»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Plaza&Janés, 1977. ISBN: 84-01-44190-0.] 
 

sábado, 10 de septiembre de 2016

"El marido colegial".- Giovanni Guareschi (1908-1968)


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  Capítulo XIX

 "-Encontraría mucho más amable por su parte si en lugar de obsequiarme con detestables espiritualidades, simplificara mi cometido de esposa viniendo a establecerse en nuestro apartamento.
 -No veo la necesidad de ser amable con usted -repuso sonriendo Camilo.
 Evidentemente, el muchacho (y Carlota ya lo había notado el día anterior) ya no era el corderito de antes: las desventuras le habían llevado a una casi completa madurez y el colegio le había pervertido enormemente (es extraordinario hasta qué punto la compañía de chiquillos sea perniciosa para la ingenuidad de los adultos: ¡señoras, no lleven nunca a su marido al colegio!).
 -Le ruego que no intente ser espiritual -exclamó Carlota-. Usted debe trasladarse allí y vivir con su esposa. ¡No daríamos poca satisfacción a los chismosos de la ciudad si llegaran a saber cómo está el asunto!
 Camilo suspiró.
 -Debo confesarle una cosa terrible -dijo, y sacando una hoja de papel de un cajón se la tendió-. Es la hoja de notas del colegio. Como verá he sacado un cuatro en Historia, un tres en Geografía, uno en análisis lógica y cinco en Filosofía. ¡Con estas horribles notas jamás tendría valor de cruzar el umbral de su casa! ¡Soy un zoquete, señora!
 Carlota comprendió que la situación había dado una vuelta completa: ahora ella imploraba y él bromeaba.
 Entonces habló con voz desfallecida.
 -¡Todos están en contra mía! Tío Casimiro me obliga a casarme en cuarenta y ocho horas, mi madre no me comprende, mi prima me calumnia, mi abuela me obliga a representar papeles indignos de mí y, luego, la emprende conmigo a bofetadas... Y ahora usted se convierte en mi enemigo y se burla de mí. ¿Qué pecado cometí eligiéndole como marido? ¿Acaso cree que si no hubiera sentido enseguida algo hacia usted me habría casado? ¡Es usted un asesino!
 Un sollozo la impidió continuar y Camilo juntó las manos en actitud implorante.
 -¡Cálmese, por Dios! Volveré. Comeré y dormiré en su casa, pero continuaré trabajando aquí. Pero tenga presente que esto no cambiará en lo más mínimo mis decisiones. Además, estoy seguro de que muy pronto será usted misma quien me rogará que me vaya de su lado para siempre.
 -De acuerdo -dijo Carlota-. Nadie le obligará a hacer nada en contra de su voluntad.
 Cuando Carlota hubo salido, Camilo se puso a pasear de un lado a otro, en todas direcciones, por la gran estancia, dando furiosas patadas a todo cuanto hallaba próximo a sus pies.
 -¡Ya estoy otra vez metido en la trampa! -gritó-. Todo iba estupendamente, tenía la sartén por el mango y, por cuatro lagrimitas, ¡todo al diablo! Además, he olvidado mi papel como un comediante de melodrama de décima categoría. Cuando ella ha dicho: "Debe vivir con su esposa", yo debía haberla interrumpido diciendo: "El caso es, mi buena señora, que yo, en cambio, tengo la intención de vivir lo más alejado posible de usted." Y explicarle el proyecto de anulación. Pero en lugar de eso, por el simple gusto de sacar a relucir la papeleta de notas, lo he echado todo a perder.
 Se sentó y, recuperando la confianza en sí mismo, decidió: "A pesar de todo, ¡no hay nada que hacer, señora Carlota! ¡Camilo Debrai podrá ser estúpido incluso cien veces pero jamás ciento una!"
 Luego, reflexionando en lo que acababa de decir, corrigió: "Sí, ¡Camilo Debrai podrá ser estúpido incluso ciento una veces, pero jamás ciento dos!"
 Y, a decir verdad, Camilo logró mantener su decisión hasta entrada la noche".

viernes, 2 de octubre de 2015

"La educación sentimental".- Gustave Flaubert (1821-1880)

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Primera parte.- Capítulo V
 "Llegó el mes de agosto, época de su segundo examen. Según opinión corriente, bastaban quince días para preparar las materias. Fredéric, confiando en sus fuerzas, se empolló de golpe los cuatro primeros libros de la Ley de Enjuiciamiento Civil, los tres primeros del Código Penal, varios trozos de Procedimiento Criminal y una parte del Código Civil, con las notas del señor Poncelet. La víspera Deslauriers le obligó a dar un repaso que se prolongó hasta la mañana; y para aprovechar el último cuarto de hora continuó haciéndole preguntas por la acera mientras caminaban.

 Como se celebraban varios exámenes al mismo tiempo, había mucha gente en el patio, entre otros Hussonnet y Cisy; no faltaban a estas pruebas cuando se trataba de compañeros. Fréderic se puso la toga negra tradicional; después entró seguido del público, con otros tres estudiantes, en una gran sala, iluminada por ventanas sin cortinas y provista de banquetas a lo largo de las paredes. En el centro había unas sillas de cuero en torno a una mesa, adornada con un tapete verde. Servía para separar a los candidatos de los señores examinadores, que vestían toga roja, llevaban bandas de armiño sobre el hombro y se cubrían con birretes de galones dorados.

 Fréderic era el penúltimo de la lista, un puesto malo. A la primera pregunta sobre la diferencia entre un convenio y un contrato, definió el uno por el otro; y el profesor, una buena persona, le dijo:

 -No se ponga nervioso, señor, serénese.

 Después de dos preguntas fáciles, seguidas de respuestas mediocres, pasó al cuarto examinando. Fréderic se desmoralizó por este pobre comienzo. Deslauriers, enfrente, entre el público, le hacía señas de que todo no estaba todavía perdido; y a la segunda pregunta sobre Derecho Penal estuvo bastante bien. Pero, después de la tercera, relativa al testamento místico, como el examinador permaneció impasible todo el tiempo, su angustia se redobló; pues Hussonnet juntaba las manos como para aplaudir, mientras que Deslauriers no cesaba de encogerse de hombros. Por fin, llegó el momento en que hubo que contestar a las preguntas de Procesal. Se trataba de la oposición de tercer grado. El profesor, sorprendido de haber oído teorías contrarias a las suyas, le preguntó en tono brutal:

 -¿Y usted, señor, opina así? ¿Cómo concilia usted el principio del artículo 1351 del Código Civil con esta vía de recurso extraordinaria?

 Fréderic, que había pasado la noche en blanco, sentía un gran dolor de cabeza. Un rayo de sol, que entraba por la reja de una celosía, le daba en la cara. De pie, detrás de la silla, se contoneaba y se estiraba el bigote.

 -Sigo esperando su respuesta -replicó el hombre del birrete dorado.

 Y como el gesto de Fréderic le irritaba sin duda:

 -No es en su barba donde la encontrará.

 Este sarcasmo causó risa en el auditorio; el profesor, halagado, se ablandó. Le hizo dos preguntas más sobre la citación y el procedimiento sumario, después bajó la cabeza en señal de aprobación; el acto público había terminado. Fréderic volvió al vestíbulo.

 Mientras el bedel le quitaba la toga para ponérsela inmediatamente a otro, los amigos rodearon a Fréderic, acabando de atontarlo con sus opiniones contradictorias sobre el resultado del examen.

 Muy pronto, con una voz sonora, lo proclamaron a la entrada de la sala: "El tercero estaba... suspenso."

 Irritado, dijo Hussonnet: "¡Vámonos!"

 Delante de la conserjería encontraron a Martinon, rojo, emocionado, con una sonrisa en los ojos y la aureola del triunfo en la frente. Acababa de pasar sin dificultad su último examen. Sólo le faltaba la tesis. Antes de quince días sería licenciado. Su familia conocía a un ministro, tenía por delante "una buena carrera".

 -Ése te hunde a pesar de todo -dijo Deslauriers.

 Nada hay tan humillante como ver a los tontos triunfar en las empresas en que fracasamos. Fréderic, molesto, respondió que no le importaba. Sus aspiraciones eran más elevadas; y como Hussonnet se disponía a irse, lo tomó aparte para decirle:

 -Por supuesto, a ellos, ni una palabra de todo esto.

 El secreto era fácil, puesto que Arnoux, al día siguiente, salía de viaje para Alemania. Por la tarde, al volver a casa, el pasante encontró a su amigo extrañamente cambiado: hacía piruetas, silbaba, y como el otro se sorprendiese de tal humor, Fréderic dijo que no iría a ver a su madre; pasaría sus vacaciones estudiando.

[...] Algunos obstáculos se oponían. Él los salvó escribiendo a su madre; empezaba primero confesando su suspenso, que achacaba a los cambios efectuados en el programa, ¡un azar, una injusticia! Además, todos los grandes abogados (citaba sus nombres) habían sido suspendidos en los exámenes. Pero contaba presentarse de nuevo en el mes de noviembre. Ahora bien, no teniendo tiempo que perder, no iría a casa este año; y pedía, además del dinero de un trimestre, doscientos cincuenta francos para clases particulares de Derecho, que le serían muy útiles; todo ello adornado con expresiones de pesar, de condolencias, mimos y protestas de amor filial".