[El texto pertenece a la edición en español de La Galera Editorial, 2009, en
traducción de Marisa Presas, pp. 48-54. ISBN: 978-84246-3075-1.]
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sábado, 16 de octubre de 2021
Mejillones para cenar.- Birgit Vanderbeke (1956)
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Vanderbeke
lunes, 15 de enero de 2018
Cuentos de ayer y de hoy.- Ramón Carnicer (1912-2007)
El ejemplo
«-Mi hijo será ingeniero naval -había anunciado la mamá de Julito, único descendiente del fallecido don Justo Lozano.
Y por las trazas llevaba camino de serlo. Porque en el colegio todo entraba por igual en su voluminosa cabeza: las Matemáticas y el Latín, la Geografía y la Historia, la Agricultura, la Ética, el Derecho y la Terminología Científica, Industrial y Artística, inventada por un ministro que tenía la cabeza alargada hacia arriba, tal como la reflejan los divertidos espejos deformantes de las atracciones infantiles. ¡Y cómo salía toda aquella ciencia de labios de Julito! Sin la más mínima errata.
-Veamos, Julito, el párrafo tercero de la rabia o hidrofobia -decía el profesor de Fisiología e Higiene con el libro de don Salustio Alvarado en la mano.
-El microbio de la rabia vive en las células nerviosas del cerebelo, bulbo raquídeo y otros órganos nerviosos, determinando en ellas la formación de unos corpúsculos especiales, llamados, en honor de su descubridor, corpúsculos de Negri. En el interior de ellos descubrió Noguchi el diminutísimo agente de la enfermedad. La presencia de corpúsculos de Negri es tan constante en los animales atacados de hidrofobia, que para saber si un perro padece o no la enfermedad, basta enviar su cabeza a un instituto antirrábico.
-¡Muy bien!
Pero, ¿y si el perro no estaba rabioso?
Los chicos fuertes y rebeldes miraban con asco a Julio. Los débiles y mansos lo miraban con admiración entristecida porque se sabían incapaces de aprender tan bien las lecciones.
Julio era alto y gordo, sobre todo de piernas y trasero. Su cara, grande, se dislocaba a menudo en carcajadas bobas y sin motivo. Tenía una piel blanquísima y los chicos lo atribuían a la gran cantidad de leche que tomaba. En los recreos de la mañana y de la tarde aparecía siempre la criada con una botella, que Julito bebía con enorme avidez, y gran repugnancia de sus compañeros de colegio, que en general no lo podían ver.
Y no por culpa de Julito, pues Julito no era malo. Cierto que era ridículo y tonto en los recreos, porque si bien no le faltaban fuerzas, inventaba unos juegos casi de niña y rehuía aquellos en que había peligro de romperse algo.
La culpa, pues, era... ¡Dios sabe de quién era la culpa! De él y de ellos, de todos; de ese asunto complicado de estudiar y examinarse. Porque cuando llegaba la época de comparecer en el Instituto, todos volvían descalabrados de suspensos, menos Julito, para quien no había más nota que Matrícula de Honor.
En realidad, y sin proponérselo, Julito era un mal ejemplo por excesivo, pues ¿cómo llegar a su enorme, a su portentosa capacidad de aprenderlo todo? El primer puesto de la clase resultaba inaccesible para los chicos que asistían a los mismos cursos que Julito. Todos aceptaban su superioridad; pero les era perjudicial porque desanimaba a los estudiosos y justificaba la pereza de los restantes en la manifiesta imposibilidad de ponerse a su nivel.
Y lo peor era la prolongación de todo ello en la vida familiar. A cada momento y en particular al recibir las notas mensuales y las de los exámenes, se oía a los padres y a las madres de Villavieja:
-¡Aprende de Julito! Ese sí que es un hijo bueno y trabajador! Será ingeniero naval, un sabio. ¿Y tú, qué serás? ¡Zapatero! Te aseguro que como no apruebes este año lo serás, porque te mandaré con Cosalinda.
Julito no participaba en la vida de los chicos fuera del colegio. A la salida lo recogía su mamá o su criada, que lo habían llevado al entrar. Nunca "corría", pues, la clase para ir a nadar, robar almendrucos o garbear combustible para la hoguera de San Juan.
Pero su sombra ejemplar los perseguía en el colegio y en casa entre improperios comparativos.
-¡Burro! ¡Holgazán! ¡Aprende de Julito! ¡Mira el ejemplo de Julito! ¡Me avergüenzas! ¡Me obligarás a hacer un disparate!
Los domingos, Julito iba a misa con su mamá despertando admiraciones por las calles. Julito sería algo grande, no había duda.
Terminó el bachillerato cuando iba a cumplir dieciséis años, antes que ninguno de los compañeros con quienes había empezado. Y entonces ocurrió algo enteramente nuevo en Villavieja: Julito iría a Londres a hacerse ingeniero naval, pues Inglaterra era el país de los barcos. Todo lo pagaría su tío, un millonario que al fin se decidía a sufragar los estudios superiores del huérfano.
Los chicos de Villavieja creyeron que la ausencia de Julito les daría cierta paz y los aligeraría de insultos. Pero no fue así. La aureola de Julito gravitaba como un recuerdo obsesionante en las aulas del colegio y en los comedores de las casas, y su madre no cesaba de recibir cartas con los incontables éxitos de Julito: su rapidísimo aprendizaje de la lengua inglesa, la admiración de los profesores británicos ante la inaudita disposición para las matemáticas de aquel joven del Continente... Y las grandes noticias culminaron con la de que no sólo había ingresado en la escuela de ingenieros navales con el número uno, sino que ante lo excepcional del examen habían acordado concederle una medalla de oro.
Los chicos de Villavieja, luchando a brazo partido con su bachillerato, estaban abrumados de vergüenza.
Y, al fin, transcurridos dos años desde su marcha, regresó Julito a Villavieja. ¿Pero qué súbita modestia había acometido a la viuda de Lozano para que apenas saliera a la calle? Y lo mismo a Julito, que con aire grave y muy transformado -delgado y más alto-, con un traje apretado y un chaleco color canario rehuía la conversación sobre su dorada ingeniería.
Pasados unos meses, se supo que Julito no volvería a Londres y que se trasladaría a Zaragoza para hacerse abogado.
Más tarde llegaron noticias de la cólera de don Camilo, el tío de Julito, y tiempo después se conoció la historia completa de las calaveradas de Julito, unas calaveradas tontas a las que se lanzó al verse libre de la mano de su mamá y de las botellas de la mañana y de la tarde. En lugar de tomar leche, se dio a tomar el five o'clock tea con limón en compañía de unos jóvenes ingleses tocados de manías nobiliarias y genealógicas, lo mismo que la viuda de Lozano. Enfrascado en ellas, decidió titularse conde de Trabadelo y hacerse las correspondientes tarjetas en inglés, Count of Trabadelo.
Con sus tarjetas, sus trajes apretados, sus chalecos fantasía, sus paraguas sutiles y finos como lápices y la admiración beata que los títulos despiertan en los ingleses, Julito había pasado dos años en Inglaterra yendo de una party a otra con los dineros que mandaba don Camilo y sin estudiar una palabra, hasta que éste, en un viaje a la isla, descubrió la farsa ridícula en que vivía su sobrino y lo devolvió a su mamá, a Villavieja.
Después de esto, ya en el Continente, Julito encontró su juicio, que fue madurando y encajándose en el estudio de cánones y fórmulas jurídicas y llegó a hacerse abogado, y no malo.
Pero antes hizo muy felices a los chicos perezosos de Villavieja, que a las reconvenciones y voces de los padres tocantes a que había que romperse los codos para ser hombre, replicaban irónicos:
-¡Sí, como Julito Lozano!»
[El extracto pertenece a la edición en español de Plaza&Janés, 1977. ISBN: 84-01-44190-0.]
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sábado, 10 de septiembre de 2016
"El marido colegial".- Giovanni Guareschi (1908-1968)
Capítulo XIX
"-Encontraría mucho más amable por su parte si en lugar de obsequiarme con detestables espiritualidades, simplificara mi cometido de esposa viniendo a establecerse en nuestro apartamento.
-No veo la necesidad de ser amable con usted -repuso sonriendo Camilo.
Evidentemente, el muchacho (y Carlota ya lo había notado el día anterior) ya no era el corderito de antes: las desventuras le habían llevado a una casi completa madurez y el colegio le había pervertido enormemente (es extraordinario hasta qué punto la compañía de chiquillos sea perniciosa para la ingenuidad de los adultos: ¡señoras, no lleven nunca a su marido al colegio!).
-Le ruego que no intente ser espiritual -exclamó Carlota-. Usted debe trasladarse allí y vivir con su esposa. ¡No daríamos poca satisfacción a los chismosos de la ciudad si llegaran a saber cómo está el asunto!
Camilo suspiró.
-Debo confesarle una cosa terrible -dijo, y sacando una hoja de papel de un cajón se la tendió-. Es la hoja de notas del colegio. Como verá he sacado un cuatro en Historia, un tres en Geografía, uno en análisis lógica y cinco en Filosofía. ¡Con estas horribles notas jamás tendría valor de cruzar el umbral de su casa! ¡Soy un zoquete, señora!
Carlota comprendió que la situación había dado una vuelta completa: ahora ella imploraba y él bromeaba.
Entonces habló con voz desfallecida.
-¡Todos están en contra mía! Tío Casimiro me obliga a casarme en cuarenta y ocho horas, mi madre no me comprende, mi prima me calumnia, mi abuela me obliga a representar papeles indignos de mí y, luego, la emprende conmigo a bofetadas... Y ahora usted se convierte en mi enemigo y se burla de mí. ¿Qué pecado cometí eligiéndole como marido? ¿Acaso cree que si no hubiera sentido enseguida algo hacia usted me habría casado? ¡Es usted un asesino!
Un sollozo la impidió continuar y Camilo juntó las manos en actitud implorante.
-¡Cálmese, por Dios! Volveré. Comeré y dormiré en su casa, pero continuaré trabajando aquí. Pero tenga presente que esto no cambiará en lo más mínimo mis decisiones. Además, estoy seguro de que muy pronto será usted misma quien me rogará que me vaya de su lado para siempre.
-De acuerdo -dijo Carlota-. Nadie le obligará a hacer nada en contra de su voluntad.
Cuando Carlota hubo salido, Camilo se puso a pasear de un lado a otro, en todas direcciones, por la gran estancia, dando furiosas patadas a todo cuanto hallaba próximo a sus pies.
-¡Ya estoy otra vez metido en la trampa! -gritó-. Todo iba estupendamente, tenía la sartén por el mango y, por cuatro lagrimitas, ¡todo al diablo! Además, he olvidado mi papel como un comediante de melodrama de décima categoría. Cuando ella ha dicho: "Debe vivir con su esposa", yo debía haberla interrumpido diciendo: "El caso es, mi buena señora, que yo, en cambio, tengo la intención de vivir lo más alejado posible de usted." Y explicarle el proyecto de anulación. Pero en lugar de eso, por el simple gusto de sacar a relucir la papeleta de notas, lo he echado todo a perder.
Se sentó y, recuperando la confianza en sí mismo, decidió: "A pesar de todo, ¡no hay nada que hacer, señora Carlota! ¡Camilo Debrai podrá ser estúpido incluso cien veces pero jamás ciento una!"
Luego, reflexionando en lo que acababa de decir, corrigió: "Sí, ¡Camilo Debrai podrá ser estúpido incluso ciento una veces, pero jamás ciento dos!"
Y, a decir verdad, Camilo logró mantener su decisión hasta entrada la noche".
viernes, 2 de octubre de 2015
"La educación sentimental".- Gustave Flaubert (1821-1880)
Primera
parte.- Capítulo V
"Llegó el mes de agosto, época de su
segundo examen. Según opinión corriente, bastaban quince días para preparar las
materias. Fredéric, confiando en sus fuerzas, se empolló de golpe los cuatro
primeros libros de la Ley de Enjuiciamiento Civil, los tres primeros del Código
Penal, varios trozos de Procedimiento Criminal y una parte del Código Civil,
con las notas del señor Poncelet. La víspera Deslauriers le obligó a dar un
repaso que se prolongó hasta la mañana; y para aprovechar el último cuarto de
hora continuó haciéndole preguntas por la acera mientras caminaban.
Como se celebraban varios exámenes al mismo
tiempo, había mucha gente en el patio, entre otros Hussonnet y Cisy; no
faltaban a estas pruebas cuando se trataba de compañeros. Fréderic se puso la
toga negra tradicional; después entró seguido del público, con otros tres
estudiantes, en una gran sala, iluminada por ventanas sin cortinas y provista
de banquetas a lo largo de las paredes. En el centro había unas sillas de cuero
en torno a una mesa, adornada con un tapete verde. Servía para separar a los
candidatos de los señores examinadores, que vestían toga roja, llevaban bandas
de armiño sobre el hombro y se cubrían con birretes de galones dorados.
Fréderic era el penúltimo de la lista, un
puesto malo. A la primera pregunta sobre la diferencia entre un convenio y un
contrato, definió el uno por el otro; y el profesor, una buena persona, le
dijo:
-No se ponga nervioso, señor, serénese.
Después de dos preguntas fáciles, seguidas de
respuestas mediocres, pasó al cuarto examinando. Fréderic se desmoralizó por
este pobre comienzo. Deslauriers, enfrente, entre el público, le hacía señas de
que todo no estaba todavía perdido; y a la segunda pregunta sobre Derecho Penal
estuvo bastante bien. Pero, después de la tercera, relativa al testamento
místico, como el examinador permaneció impasible todo el tiempo, su angustia se
redobló; pues Hussonnet juntaba las manos como para aplaudir, mientras que
Deslauriers no cesaba de encogerse de hombros. Por fin, llegó el momento en que
hubo que contestar a las preguntas de Procesal. Se trataba de la oposición de
tercer grado. El profesor, sorprendido de haber oído teorías contrarias a las
suyas, le preguntó en tono brutal:
-¿Y usted, señor, opina así? ¿Cómo concilia
usted el principio del artículo 1351 del Código Civil con esta vía de recurso
extraordinaria?
Fréderic, que había pasado la noche en blanco,
sentía un gran dolor de cabeza. Un rayo de sol, que entraba por la reja de una
celosía, le daba en la cara. De pie, detrás de la silla, se contoneaba y se
estiraba el bigote.
-Sigo esperando su respuesta -replicó el
hombre del birrete dorado.
Y
como el gesto de Fréderic le irritaba sin duda:
-No es en su barba donde la encontrará.
Este sarcasmo causó risa en el auditorio; el
profesor, halagado, se ablandó. Le hizo dos preguntas más sobre la citación y
el procedimiento sumario, después bajó la cabeza en señal de aprobación; el
acto público había terminado. Fréderic volvió al vestíbulo.
Mientras el bedel le quitaba la toga para
ponérsela inmediatamente a otro, los amigos rodearon a Fréderic, acabando de
atontarlo con sus opiniones contradictorias sobre el resultado del examen.
Muy pronto, con una voz sonora, lo proclamaron
a la entrada de la sala: "El tercero estaba... suspenso."
Irritado, dijo Hussonnet:
"¡Vámonos!"
Delante de la conserjería encontraron a
Martinon, rojo, emocionado, con una sonrisa en los ojos y la aureola del triunfo
en la frente. Acababa de pasar sin dificultad su último examen. Sólo le faltaba
la tesis. Antes de quince días sería licenciado. Su familia conocía a un
ministro, tenía por delante "una buena carrera".
-Ése te hunde a pesar de todo -dijo Deslauriers.
Nada hay tan humillante como ver a los tontos
triunfar en las empresas en que fracasamos. Fréderic, molesto, respondió que no
le importaba. Sus aspiraciones eran más elevadas; y como Hussonnet se disponía
a irse, lo tomó aparte para decirle:
-Por supuesto, a ellos, ni una palabra de todo
esto.
El
secreto era fácil, puesto que Arnoux, al día siguiente, salía de viaje para
Alemania. Por la tarde, al volver a casa, el pasante encontró a su amigo
extrañamente cambiado: hacía piruetas, silbaba, y como el otro se sorprendiese
de tal humor, Fréderic dijo que no iría a ver a su madre; pasaría sus
vacaciones estudiando.
[...] Algunos obstáculos se oponían. Él
los salvó escribiendo a su madre; empezaba primero confesando su suspenso, que
achacaba a los cambios efectuados en el programa, ¡un azar, una injusticia!
Además, todos los grandes abogados (citaba sus nombres) habían sido suspendidos
en los exámenes. Pero contaba presentarse de nuevo en el mes de noviembre.
Ahora bien, no teniendo tiempo que perder, no iría a casa este año; y pedía,
además del dinero de un trimestre, doscientos cincuenta francos para clases
particulares de Derecho, que le serían muy útiles; todo ello adornado con
expresiones de pesar, de condolencias, mimos y protestas de amor filial".
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