jueves, 25 de enero de 2018

Uso y abuso de la biología.- Marshall Sahlins (1930)


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1.- Crítica de la sociobiología vulgar

«La idea de una correspondencia fija entre las disposiciones humanas innatas y las formas sociales humanas constituyen un vínculo débil, una ruptura de hecho, en la cadena del razonamiento sociobiológico.
 Déjenme explicar en primer lugar, mediante un ejemplo muy simple, una cuestión de observación tópica. Consideremos la relación que hay entre la guerra y la agresión humana, lo que Wilson en un punto denomina "el auténtico júbilo biológico de la guerra". Es evidente que las personas que intervienen en una guerra -o, en realidad, en cualquier tipo de lucha- no son de modo alguno necesariamente agresivas, bien durante la acción o con anterioridad. Muchas de ellas están completamente aterrorizadas. Las personas que intervienen en una guerra pueden tener una serie de motivaciones para hacerlo y éstas suelen estar en contraste con una simple descripción conductista del acontecimiento como "violencia". Los hombres pueden verse movidos a luchar por amor (por ejemplo, al país) o por humanidad (ante la brutalidad atribuida al enemigo), por honor o algún tipo de amor propio, por sentimientos de culpa o por salvar el mundo para la democracia. Es difícil concebir a priori -y más difícil todavía a fortiori para un antropólogo- una disposición humana que no pueda ser satisfecha por la guerra, o más correctamente, que no pueda concitar una movilización social para su consecución. La compasión, el odio, la generosidad, la vergüenza, el prestigio, la emulación, el temor, el desprecio, la envidia, la codicia, es decir, desde el punto de vista etnográfico, las energías que mueven a los hombres a luchar, son prácticamente coincidentes con el abanico de las motivaciones humanas. Y eso en virtud de otro tópico de la experiencia común y antropológica: que las razones por las que luchan los individuos no son las razones por las que se producen las guerras.
 Si se expusieran una tras otra las razones por las que lucharon millones de americanos en la segunda guerra mundial, no explicarían la existencia o la naturaleza de esa guerra. Tampoco a partir del mero hecho de su lucha se podrían entender sus razones, ya que la guerra no es una relación entre individuos sino entre Estados (u otras formas políticas socialmente constituidas) y las personas participan en ellas no en su condición de individuos o de seres humanos, sino en su condición de seres sociales, y no exactamente esto, sino en sólo en una condición social específicamente contextualizada. "Ellos tratan de matarme", le dijo Yossarian tranquilamente. "Nadie trata de matarte." "Entonces, ¿por qué me disparan?" Yossarian habría obtenido algún consuelo de la respuesta de un Rousseau en vez de un Clevinger. En un estupendo pasaje de El contrato social, Rousseau justifica el título que algunos le darían de auténtico antecesor de la antropología afirmando el carácter de la guerra como fenómeno de naturaleza cultural, precisamente en contra de la visión hobbesiana de una guerra de hombre contra hombre basada en la naturaleza humana. [...]
 La cuestión general es que las disposiciones y las necesidades humanas no sólo se realizan, cumplen o expresan en la guerra; se movilizan. Es cierto que se puede entrenar y desencadenar simbólicamente la capacidad de agresión, y a menudo se hace. Pero la agresión no tiene por qué estar presente en un hombre que bombardea un blanco invisible en la jungla desde una altura de 7000 metros, aun cuando esté siempre tan subordinada al contexto cultural que, como en el caso de los antiguos hawaianos, un ejército de millares de soldados, al ver a uno de sus miembros ofrecido como sacrificio a los dioses del enemigo, abandonen rápidamente sus armas y huyan a las montañas. No es la agresión la que regula el conflicto social, sino el conflicto social el que regula la agresión. Es más, de este modo pueden intervenir diferentes necesidades, precisamente porque la satisfacción no depende del carácter formal de la institución sino del significado que se le atribuye. Para los hombres, las emociones se orquestan y realizan simbólicamente en las acciones sociales. Por lo que se refiere a las propias acciones, en cuanto hechos sociales, su adecuación no reside en su correspondencia con las disposiciones humanas sino en sus relaciones con el contexto cultural: igual que un acto de guerra se relaciona con una estructura de poder internacional, el comunismo ateo, el nacionalismo insolente, los fondos menguantes del capital y la distribución nacional del petróleo.
 ¿Constituye la violencia un acto de agresión y la generosidad un signo de "altruismo"? Los etnógrafos de Melanesia, así como los psicoanalistas de América, testificarán gustosos que a menudo la agresión se satisface efectuando enormes e innecesarios regalos. Porque, como dice el esquimal, "los regalos hacen esclavos, igual que los látigos hacen perros". En cambio, una persona podría herir a otra por un auténtico interés por la salud de ésta. El altruismo de un hombre se convierte en dolor en el trasero de un niño; y "créeme, hago esto por tu propio bien. Me duele a mí más que a ti". En los asuntos humanos existe una arbitrariedad motivacional del signo social que es paralela a la famosa arbitrariedad referencial del signo lingüístico de Saussure (en realidad, se debe a ella). Cualquier disposición psicológica es susceptible de plasmarse en un conjunto indefinido de realizaciones institucionales. Luchamos en los campos de deportes de Ann Arbor, expresamos la sexualidad pintando un cuadro e incluso cometemos agresiones y crímenes escribiendo libros y dando clases. A la inversa, es imposible decir de antemano qué necesidades se pueden satisfacer mediante una determinada actividad social. [...]
 En resumen, el razonamiento sociobiológico que va de la filogenia evolutiva a la morfología social se ve interrumpido por la cultura. Uno podría estar tentado de aceptar las afirmaciones más dudosas o no probadas que se encuentran en la base de esta cadena lógica; por ejemplo, que las disposiciones emocionales humanas están controladas genéticamente y que los controles genéticos se sedimentaron mediante procesos adaptativos en tiempos inmemoriales. Pero, incluso entonces, de ello no se deduciría que las limitaciones de la base biológica "orquestan nuestras respuestas conductuales" y explican, por tanto, las actuales ordenaciones sociales de los hombres, ya que entre los impulsos básicos que se pueden atribuir a la naturaleza humana y las estructuras sociales de la cultura humana existe una indeterminación crítica. Los mismos motivos humanos aparecen en diferentes formas culturales y diferentes motivos aparecen en las mismas formas. Al no haber una correspondencia fija entre el carácter de la sociedad y el carácter humano no puede haber determinismo biológico.
 La cultura es la condición esencial de esta liberación del orden humano, la necesidad emocional o motivacional. Los hombres interactúan en los términos de un sistema de significados, atribuidos a las personas y a los objetos de su existencia, pero precisamente porque esos atributos son simbólicos no se pueden descubrir en las propiedades intrínsecas de las cosas a las que se refieren.»
 
  [El extracto pertenece a la edición en español de Siglo XXI de España Editores, en traducción de Eulalia Pérez Sedeño. ISBN: 84-323-0448-4.]
 

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