lunes, 22 de mayo de 2017

"El libro de la realidad".- Arturo Arango (1955)


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«Tenemos una deuda con la humanidad, dice Gonzalo frente a los veinte muchachos de la misma edad que están escuchándolo, criaturas escogidas de entre los mejores estudiantes de todos los institutos de la ciudad, las miradas detenidas en él, él reconociendo los rostros que antes fueron sólo datos, sonrisas destinadas a otros, ojos que miraban una cámara fotográfica que aún nada tenía que ver con entrenamientos y guerras. Quisiera ver mejor al mulato que está sentado al fondo, con la cabeza baja, comiéndose las uñas. Rolando, recuerda que se llama. Gonzalo habla lentamente, en los últimos dos meses el destino de su trabajo han sido las palabras que va diciendo, la frase que dirá de inmediato y para la que no querría resonancias pomposas, que caiga con la inocencia de una hoja, de un lápiz que ha resbalado de la paleta de una silla, que estalle en las miradas de estos muchachos, en los sudores que bañarán sus frentes, que todo se haga con la sencillez con que Dios respiraría. Ustedes han sido elegidos para saldar esa deuda, dice Gonzalo, y a él mismo lo dicho le traba la lengua, las palabras que pensó y escribió y repitió para no olvidar están esperando, y Gonzalo todavía no hace por escrutar a esos muchachos, una frase no es suficiente aún, ellos mismos deben sobreponerse al asombro ante lo escuchado, establecer la certeza de que éste que hasta ayer era un desconocido está proponiéndoles una vida distinta, tal vez heroica. Tendrán que pasar por pruebas muy duras y no todos lograrán vencerlas, quienes hayan sido operados alguna vez deben irse, el que padezca de asma no soportará los entrenamientos, si a alguien se le ha partido un hueso tampoco podrá estar con nosotros, sólo los mejores de entre los mejores partirán a pelear a otras tierras del mundo. Gonzalo hace otro breve silencio, este sí para observar labios que se contraen, párpados que se paralizan, manos que se unen como en un ruego. ¿Todos aceptan?, pregunta, ¿Todos están de acuerdo?, insiste, y está seguro de que bastará el silencio, de que ninguno de ellos querrá levantar la mano y decir No quiero ser un héroe, salir del aula, olvidarse de sí mismo. Serán entrenados por mí desde hoy y hasta que finalice el curso escolar, los que lleguen al final también tendrán que aprobar los estudios preuniversitarios con las mejores calificaciones posibles. La rubia pequeña cuyo nombre es Miriam parece conmovida  y mira a su novio con ganas de besarlo. Jorge, se llama, dieciocho años, un pie y ochenta pulgadas de estatura, ciento cincuenta libras, zurdo, de procedencia humilde. La trigueña que fue a sentarse junto al mulato mira como si quisiera desafiarme. ¿Ileana o Gisela?, se pregunta Gonzalo, confundido por esas fotos que ha estado buscando en expedientes escolares. El mulato no ha dejado de comerse las uñas. Ser mejor entre los mejores significa ser un hombre nuevo, y un hombre nuevo tiene que conocerse a sí mismo, no tener secretos para su propia conciencia, ser implacable consigo cuando sea necesario. ¿De acuerdo?, dice Gonzalo, y espera, observa, algunas cabezas asienten. Si están todos de acuerdo, si no hay una sola duda, la sospecha de una sola duda en ninguno de ustedes, sólo me queda pedirles que cada uno haga su autobiografía. Escríbanlo todo, absolutamente todo, desde el minuto en que nacieron hasta el día de hoy. Quiero sinceridad, quiero que se desgarren, que me cuenten hasta los malos pensamientos. Que ustedes mismos se asusten cuando lean lo que han hecho en sus vidas. Les doy tres días para entregármelas. Ésta es la primera prueba.
 [...]
 Tienen que convertirse en una fría máquina de matar, dice Gonzalo cuando todos han descendido ya de los camiones, en el campo de tiro. Es una explanada frente a la costa, en las afueras de la ciudad, que Miriam recuerda haber visto alguna vez desde el automóvil de su padre, antes de la guerra, cuando aún tenían tiempo para ir a la playa en el verano, todos los fines de semana. Amor y odio son las dos caras de un elegido, dice Gonzalo mientras entrega los fusiles que pesan mucho más de lo que Miriam había imaginado, y el suyo, al tomarlo por la correa, se desliza y choca contra su rodilla. Amar hasta el sacrificio de nuestras propias vidas, dice Gonzalo, odiar para ser implacables con el enemigo, y reparte los cargadores, uno a cada soldado, diez balas, Siete impactos en el blanco es lo mínimo para pasar la prueba, tres pruebas suspensas significan la baja definitiva de este grupo. Un elegido no conoce la piedad porque esa piedad puede convertirse en su muerte y en la muerte de nuestros compañeros, dice y señala los blancos, no el círculo de colores que Miriam había imaginado sino pequeñas siluetas de cartón verde que se pierden entre la yerba. La piedad sólo puede ejercerse después de la victoria, explica Gonzalo, cuando hayamos despojado al enemigo de todos los recursos materiales y morales, de toda su capacidad combativa, y también de su orgullo, de su dignidad. No hay arma más peligrosa que el rencor de un enemigo derrotado, dice Gonzalo. La piedad, piensa Miriam. ¿Y si el enemigo no es el enemigo? ¿Y si el odio no es el odio, ni el rencor, rencor? ¿Cuál es el límite?, se pregunta Miriam. ¿Dónde está el límite? Me han borrado de la historia, decía Jorge, derrotado, ¿sin orgullo, sin dignidad? Miriam lo vio subir en el jeep de Gonzalo y luego, inesperadamente, oyó el motor del jeep, lo vio avanzar lentamente frente a ella, doblar la esquina del parque, perdérsele de vista y, más tarde, cuando comenzaba a desesperarse, vio a Jorge regresar caminando, solo, despacio, como si temiera llegar al banco donde ella lo esperaba, como si temiera también no llegar nunca a ese banco, desaparecer. ¿Habrá discutido con Gonzalo?, se preguntaba Miriam. Acompáñame si quieres pero no digas nada, necesito caminar, pidió Jorge. Ella intentó tomarle una mano y él se liberó los dedos, uno a uno, la miró. ¿Qué habrá dicho Gonzalo que Jorge fue incapaz de soportar?, se preguntaba.»
 

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