lunes, 30 de enero de 2017

"Regalos".- Nuruddin Farah (1945)


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 Capítulo 15

 «Uno. Me parece a mí que los estados protestantes del sur de los Estados Unidos, temerosos de Dios, son conscientes de que la caridad como forma de propaganda no cuela a los ojos de Dios. Sólo sirve para vanagloriarse en la Tierra. Segundo. El burócrata de la Comunidad Europea sabe muy bien que los donativos de trigo no son más que muestras gratuitas, entregadas con la esperanza de que sus artículos se vendan bien cuando los africanos hambrientos de hoy se conviertan en los compradores potenciales de mañana. Hay suficiente literatura -estudios llevados a cabo por intelectuales- para llenar librerías enteras sobre el tema de las donaciones de ayuda alimentaria por parte de los Estados Unidos a Europa, Japón y sudeste asiático. Sugiero que recorráis este trillado sendero en compañía de Susan George o Teresa Hayter. Pero dejad que me refiera a la mentalidad del receptor, a su sistema de creencias y al significado que las donaciones tienen para él.  
La mayoría de los africanos son miembros tributarios de grandes familias, siendo éstas instituciones comparables a un gremio. A menudo, un patrimonio individual financia toda una red de necesidades dentro de esta unidad. A nivel psicológico, por lo tanto, podríamos decir que sin duda el africano está acostumbrado al intercambio de roles. Unos, los que tienen mucho, dan; otros, los que no tienen nada para dar, esperan que les den. En las zonas urbanas, hay miles de hombres y mujeres sanos y fuertes que reciben un "subsidio de paro" financiado por un miembro de su gran familia, alguien que tiene un empleo. Cuando el que gana el pan no cubre las necesidades de todos; cuando la tierra no produce por falta de medios para trabajarla; cuando se cultivan cosechas que producen sustanciosos beneficios y los ingresos se utilizan para pagar el interés de las deudas; y justo cuando el pueblo al completo se prepara para levantarse contra el corrupto gobernante neocolonial, un barco cargado de arroz, que tal vez nadie ha pedido, atraca en el puerto; arroz de buena calidad, cultivado con el esfuerzo y sudor de otro pueblo. Ya conocéis el resultado. El hambre (mis disculpas a Bertold Brecht) es el as que el poderoso se guarda en la manga; no tiene nada que ver con los ciclos estacionales ni con la escasez de lluvias.
 Si pudiera evitar mostrarme cínico, diría que el africano, como no tiene nada mejor, acepta todo lo que se le da, es un insulto rechazar lo que te ofrecen. Si su primo, o cualquier miembro de la gran familia, no da, Dios dará, u otra persona lo hará. Dios, tal como Le conocemos, nos ha sido "dado" junto con toda la parafernalia mitológica y tópicos genealógicos que nos clasifican como seres inferiores, sin olvidar la máxima filosófica de Oriente Medio de que Dios (en un sentido monoteísta) es el progreso. Sí, la verdad es que Dios y esos antepasados de los que nos han hablado no te dan nada; y puesto que tienen un principio, también tienen un final.
 Los somalíes son de la opinión de que los alimentos, por su propia esencia, deben ser compartidos. Si llegas a un lugar donde hay gente comiendo, te invitan a que comas con ellos. Por supuesto, el motivo es, en parte, la profiláctica tendencia a evitar la mirada envidiosa del hambriento, pero esto no constituye la razón principal por la que se te invita. Ligada a la idea del alimento está la opinión respecto a la corta vida de todos los artículos perecederos. Las calles de Mogadiscio están atestadas de mendigos con cuencos vacíos en las manos que van de puerta en puerta suplicando que les den las sobras del día. ¿Es posible, me pregunté el otro día, equiparar los excedentes de alimento que nos dan los gobiernos a las sobras que ofrecemos a los mendigos hambrientos? ¿O estoy exagerando?
 Cuando la cicatería de alguien exaspera a los somalíes, comentan: "Fulano no te da ni un vaso de agua". Así que cuando oyen hablar de mantequilla almacenada en cámaras frigoríficas subterráneas, comida conservada a temperaturas bajo cero, estantes y estantes repletos de carne, filas y filas de arroz y otros lujos conservados en enormes sótanos más fríos que el Ártico, los somalíes dicen: "Esos tipos son unos tacaños". Presiónales para que te digan por qué deberían darles algo y se refugian en las generalizaciones. Pregúntales por qué Rusia no les proporciona ayuda alimentaria y se pondrán cínicos. La única diferencia entre Rusia y nosotros, aunque comemos el mismo trigo americano, es que nosotros lo pagamos con la mendicidad y ellos con sus divisas.
 La semana pasada el mundo corría y África se moría de hambre. Sin duda, la televisión crea sus propias figuras, los donantes ya han sacado sus fotos sonrientes, alternadas con escenas de esqueletos etíopes. Por primera vez África ha tenido el récord de audiencia pero, por desgracia, África no tiene voz, y está hambrienta. En El corazón de la oscuridad, de Conrad, la única ocasión en que un africano habla en toda la novela, el pobre utiliza una estructura gramatical incorrecta. Y fue de una gran importancia literaria, lo nunca visto. Cien años después, una película llamada Memorias de África, dirigida por un americano, basada en un libro escrito por una danesa que vivió en África y que tal vez se enamorase de aquella parte del continente pero que sin duda no amó a las gentes del lugar, contaba entre sus actores con la más famosa hija de Somalia, Iman. ¿Lo adivináis? Su personaje no decía ni una palabra. Pensad lo que queráis de todo esto; pero preguntaos: ¿y ahora qué? ¿Quién recibe qué, quién da qué a quién?
 Me retiro a un silencio sepulcral: cuando el mundo corre y África, hambrienta, se muere de hambre; cuando las cámaras disparan y los corredores recuperan el aliento tras romper las cintas de una gloria momentánea; y cuando el público de la televisión y los equipos de rodaje se dan la vuelta y me piden que diga algo, me vuelvo tímido, no me salen las palabras.»

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