miércoles, 30 de septiembre de 2015

"Sostiene Pereira".- Antonio Tabucchi (1943-2012)


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 "El Padre António se sentó en un banco de la sacristía y Pereira se puso a su lado. Escúcheme, padre António, dijo Pereira, yo creo en Dios Padre omnipotente, recibo los sacramentos, observo los mandamientos e intento no pecar, aunque algunas veces no vaya a misa los domingos, pero no por falta de fe, es sólo por pereza, creo que soy un buen católico y respeto las enseñanzas de la Iglesia, pero ahora estoy algo confuso y además, por mucho que sea periodista, no estoy muy bien informado de lo que sucede en el mundo, ahora estoy un poco perplejo porque me parece que hay una gran polémica acerca de la postura de los escritores católicos franceses a propósito de la guerra civil española, me gustaría que usted me pusiese al corriente, padre António, porque usted sabe de estas cosas y yo quisiera saber cómo comportarme para no ser herético. ¿En qué mundo vives, Pereira?, exclamó el padre António. Bueno, intentó justificarse Pereira, es que he pasado una semana en Parede y además este verano no he comprado ningún periódico extranjero, y a través de los periódicos portugueses uno no consigue enterarse de mucho, las únicas novedades que conozco son los chismes de café.
 Sostiene Pereira que el padre António se levantó y se puso delante de él con una expresión que le pareció amenazadora. Escúchame, Pereira, el momento es grave y cada uno debe decidir por sí mismo, yo soy hombre de Iglesia y tengo que obedecer a la jerarquía, pero tú eres libre de tomar tus propias decisiones, aunque seas católico. Pues entonces explíquemelo todo, imploró Pereira, porque quisiera tomar mis propias decisiones, pero no estoy al corriente. El padre António se sonó la nariz, cruzó las manos sobre el pecho y preguntó: ¿Conoces el problema del clero vasco? No, no lo conozco, admitió Pereira. Todo empezó con el clero vasco, dijo el padre António, tras el bombardeo de Guernica el clero vasco, que está considerado como la gente más cristiana de España, se puso al lado de la república. El padre António se sonó la nariz como si estuviera conmovido y continuó: En la primavera del año pasado, dos ilustres escritores católicos franceses, François Mauriac y Jacques Maritain, publicaron un manifiesto en favor de los vascos. ¡Mauriac!, exclamó Pereira, ya decía yo que había que preparar una necrológica anticipada para Mauriac, es una persona espléndida, pero Monteiro Rossi no fue capaz de escribirla. ¿Quién es Monteiro Rossi?, preguntó el padre António. Es el ayudante al que contraté, respondió Pereira, pero no logra hacerme una necrológica de aquellos escritores católicos que han tomado una buena postura política. Pero, ¿por qué quieres dedicarle una necrológica?, preguntó el padre António, pobre Mauriac, déjalo en paz, todavía lo necesitamos, ¿por qué quieres que muera? Oh, no es eso lo que yo quiero, dijo Pereira, espero que viva hasta los cien años, pero imaginémonos que desaparece en cualquier momento, por lo menos en Portugal habría un periódico que le dedicaría un homenaje inmediato, y ese periódico sería el Lisboa, pero perdóneme, padre António, continúe. Bien, dijo el padre António, el problema se complicó con el Vaticano, que declaró que miles de religiosos españoles habían sido asesinados por los republicanos, que los católicos vascos eran "cristianos rojos" y que debían ser excolmugados, y así lo hizo, y a todo esto se añadió Claudel, el famoso Paul Claudel, también un escritor católico, que escribió una oda "Aux Martyrs Espagnols" como prólogo en verso a un mefítico opúsculo de propaganda de un agente nacionalista de París. Claudel, dijo Pereira, ¿Paul Claudel? El padre António se sonó nuevamente la nariz. El mismo, dijo, ¿cómo lo definirías, Pereira? Así, de pronto, no sabría, respondió Pereira, él también es católico, ha tomado un postura diferente, ha hecho su elección. Pero ¿cómo que de pronto no sabrías, Pereira? , exclamó el padre António, ese Claudel es un hijo de puta, eso es lo que es, y siento mucho decir estas palabras en un lugar sagrado, preferiría decírtelas en la calle. ¿Y después?, preguntó Pereira. Después, continuó el padre António, después las altas jerarquías del clero español, con el arzobispo de Toledo, el cardenal Gomá, a la cabeza, tomaron la decisión de mandar una carta abierta a todos los obispos del mudo, ¿comprendes, Pereira?, a los obispos de todo el mundo, como si los obispos de todo el mundo fueran unos fascistas como ellos, y dicen que miles de cristianos  en España han tomado las armas bajo su propia responsabilidad para salvar los principios de la religión. Sí, dijo Pereira, pero los mártires españoles, los religiosos asesinados... El padre António permaneció unos instantes en silencio y luego dijo: Quizá sean mártires, pero de todas formas era gente que conspiraba contra la república y, mira, la república además era constitucional, había sido votada por el pueblo, Franco dio un golpe de estado, es un bandido. ¿Y Bernanos?, preguntó Pereira, ¿qué tiene que ver Bernanos con todo esto?, él también es un escritor católico. Él es el único que conoce España de verdad, dijo el padre António, desde el treinta y cuatro hasta el año pasado estuvo en España, ha escrito sobre las masacres franquistas, el Vaticano no puede soportarlo porque es un verdadero testigo. Sabe, padre António, dijo Pereira, he pensado en publicar en la página cultural del Lisboa uno o dos capítulos del Journal d'un curé de campagne, ¿qué le parece la idea? Me parece una idea magnífica, respondió el padre António, pero no sé si te lo dejarán publicar, Bernanos no es muy querido en este país, no ha escrito cosas muy agradables sobre el batallón Viriato, el contingente militar portugués que ha ido a España a combatir junto a Franco, y ahora tendrás que disculparme, Pereira, pero tengo que marcharme al hospital, mis enfermos me esperan".
 

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