martes, 7 de julio de 2015

"Policraticus".- Juan de Salisbury (1120-1180)


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Libro III. Capítulo 2: Cuál sea la primera contemplación del hombre que aspira a la sabiduría, y cuál el fruto de su especulación

 "Lo más primordial para el hombre que aspira a la sabiduría es examinar qué cosa sea él mismo, qué tiene dentro, qué por fuera, qué por debajo, qué por encima, qué por delante, qué por detrás. De aquí probablemente se deduce que quienes se interesaron por transmitir a sus sucesores los primeros elementos de toda la filosofía, estimaron que debía ser analizada la naturaleza de cada cosa, su dimensión, destino, calidad, ubicación, tiempo, capacidad de tener, hacer, padecer y todas sus propiedades en todo ello; si admiten intensidad, si son susceptibles de aceptar las contrariedades, y si en sí mismas se encuentra algo que resulte adverso.
 Vela, pues, y con diligencia, aunque no falten descuidados que no han logrado conocimiento de sí mismos, a pesar de tanta luz, y perdieron el conocimiento de la Luz inaccesible, mientras se envanecían en sus pensamientos; y, llamándose a sí mismos sabios, se hicieron necios y quedó entenebrecido su vacuo corazón. Por esto mismo queda confirmado que, entregados a pasiones ignominiosas, perpetraban lo que no era consentáneo con su sexo, edad ni categoría social y, con el testimonio de sus actuaciones, denigraban la dignidad de todos. Porque fueron entregados a un sentimiento réprobo, cosa evidente para los que conocen mejor la doctrina del Apóstol. Es, sin embargo, principio solidísimo para todo que la fe y sinceridad de cada uno sea estimada según sus propias obras, porque ellas dan testimonio de él.
 Mas el que se desconoce a sí mismo, ¿qué ha aprendido que sea de utilidad? Si ignoras -dice- que eres la más hermosa entre todas las mujeres, camina tras las huellas de tus compañeras y tras los rebaños. Es oráculo de Apolo, de quien se cree que descendió del cielo: "Noti seliton", es decir, "conócete a ti mismo". No ignoraba esto el moralista cuando dijo:
 
 "Aprended y conoced, infelices, las causas de las cosas:
 qué somos y para qué clase de vida somos engendrados,
 qué puesto nos ha sido asignado o bien por dónde llega el blando declive de la meta, y de dónde,
 cuál es el límite del dinero, a qué es lícito aspirar,
 qué utilidad puede tener una moneda de saliente relieve, qué liberalidad se debe tener
 para con la patria y los queridos parientes, qué te mandó Dios que fueses
 y qué puesto ocupas realmente en la Humanidad."
 
 Porque la reflexión sobre todo esto lleva fruto cuadruplicado: utilidad propia, amor al prójimo, desprecio del mundo y amor de Dios. ¿Acaso no es buen árbol el que produce tanta dulzura y reporta tanto provecho? Desde luego, el que es pequeño ante sus propios ojos, no se ensoberbece. Mientras cada uno examina cuánto le falta de los bienes apetecibles, ¿quién no se abochorna de su propia pobreza? Si alguno hace recuento de lo indeseable que hay en sí mismo, obtiene abundante materia de dolor y humildad. A donde quiera que mire dentro de sí mismo, se autodesprecia el que pide al Señor que le conforte, diciendo: "He quedado humillado por todas partes. Vivifícame según tu palabra". Y de nuevo: "Estoy preparado para el azote; tengo siempre ante mí mi dolor".
 

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