jueves, 16 de julio de 2015

"La ciudad y los perros".- Mario Vargas LLosa (1936)


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 "-Bueno, cadete Fernández -dijo el coronel; su voz había cobrado cierta gravedad-. Ahora vamos a hablar de cosas más serias, más actuales. -El coronel, hasta entonces recostado en el sillón, había avanzado hasta el borde del asiento: su vientre aparecía, bajo su cabeza, como un ser aparte-. ¿Es usted un verdadero cadete, una persona sensata, inteligente, culta? Vamos a suponer que sí. Quiero decir que no habrá conmovido a toda la oficialidad del colegio por algo insignificante. Y, en efecto, el parte que ha elevado al teniente Gamboa muestra que el asunto justifica la intervención, no sólo de los oficiales, sino incluso del Ministerio, de la Justicia. Según veo, usted acusa a un compañero de asesinato.
Tosió brevemente, con alguna elegancia, y calló un momento.
 -Yo he pensado de inmediato: un cadete de quinto año no es un niño. En tres años de Colegio Militar ha tenido tiempo de sobra para hacerse un hombre. Y un hombre, un ser racional, para acusar a alguien de asesino, debe tener pruebas terminantes, irrefutables. Salvo que haya perdido el juicio. O que sea un ignorante en materias jurídicas. Un ignorante que no sabe lo que es un falso testimonio, que no sabe que las calumnias son figuras delictivas descritas por los códigos y penadas por la ley. He leído el parte atentamente, como lo exigía este asunto. Y por desdicha, cadete, las pruebas no aparecen por ningún lado. Entonces he pensado: el cadete es una persona prudente, ha tomado sus precauciones, sólo quiere mostrar las pruebas en última instancia, a mí en persona, para que yo las exhiba ante el Consejo. Muy bien, cadete, por eso lo he mandado llamar. Deme usted esas pruebas.
 Bajo los ojos de Alberto, el pie golpeaba el suelo, se levantaba y volvía a caer, implacable.
 -Mi coronel -dijo-. Yo solamente...
 -Sí, sí -dijo el coronel-. Usted es un hombre, un cadete del quinto año del Colegio Militar Leoncio Prado. Sabe lo que hace. Vengan esas pruebas.
 -Yo ya dije todo lo que sabía, mi coronel. El Jaguar quería vengarse de Arana, porque éste acusó...
 -Después hablaremos de eso -lo interrumpió el coronel-. Las anécdotas son muy interesantes. Las hipótesis nos demuestran que usted tiene un espíritu creador, una imaginación cautivante. -Se calló y repitió, complacido: -Cautivante. Ahora vamos a revisar los documentos. Deme todo el material jurídico necesario.
 -No tengo pruebas, mi coronel -reconoció Alberto. Su voz era dócil y temblaba; se mordió el labio para darse ánimos-. Yo sólo dije lo que sabía. Pero estoy seguro...
 -¿Cómo? -dijo el coronel, con un gesto de asombro-. ¿Quiere usted hacerme creer que no tiene pruebas concretas y fehacientes? Un poco más de seriedad, cadete, éste no es un momento oportuno para hacer bromas. ¿De veras no tiene un solo documento válido, tangible? Vamos, vamos.
 -Mi coronel, yo pensé que mi deber...
 -¡Ah! -prosiguió el coronel-. ¿Así que se trata de una broma? Me parece muy bien. Usted tiene derecho a divertirse, por lo demás el humor revela juventud, es muy saludable. Pero todo tiene un límite. Está en el Ejército, cadete. No puede reírse de las Fuerzas Armadas, así no más. Y no sólo en el Ejército. Figúrese que en la vida civil también se pagan caras estas bromas. Si usted quiere acusar a alguien de asesino, tiene que apoyarse en algo, ¿cómo diré?, suficiente. Eso es, pruebas suficientes. Y usted no tiene ninguna clase de pruebas, ni suficientes ni insuficientes, y viene aquí a lanzar una acusación fantástica, gratuita, a echar lodo a un compañero, al colegio que lo ha formado. No nos haga creer que es usted un topo, cadete. ¿Qué cosa cree que somos nosotros, ah? ¿Imbéciles, débiles mentales, o qué? ¿Sabe usted que cuatro médicos y una comisión de peritos en balística comprobaron que el disparo que costó la vida a ese infortunado cadete salió de su propio fusil? ¿No se le ocurrió pensar que sus superiores, que tienen más experiencia y más responsabilidad que usted, habían hecho una minuciosa investigación sobre esa muerte? Alto, no diga nada, déjeme terminar. ¿Se le ocurre que íbamos a quedarnos muy tranquilos después de ese accidente, que no íbamos a indagar, a averiguar, a descubrir los errores, las faltas que lo originaron? ¿Usted cree que los galones le caen a uno del cielo? ¿Cree usted que los tenientes, los capitanes, el mayor, el comandante, yo mismo, somos una recua de idiotas, para cruzarnos de brazos cuando muere un cadete en esas circunstancias? Esto es verdaderamente bochornoso, cadete Fernández. Bochornoso, por no decir otra cosa. Piense un instante y respóndame. ¿No es algo bochornoso?
 -Sí, mi coronel -dijo Alberto, y al instante se sintió aliviado.
 -Lástima que no haya reflexionado antes -dijo el coronel-. Lástima que haya sido precisa mi intervención para que usted comprendiera los alcances de un capricho adolescente. Ahora vamos a hablar de otra cosa, cadete. Porque, sin saberlo, usted ha puesto en movimiento una máquina infernal. Y la primera víctima será usted mismo. Tiene mucha imaginación, ¿no es cierto? Acaba de darnos una prueba magistral. Lo malo es que la historia del asesinato no es la única. Acá yo tengo otros testimonios de su fantasía, de su inspiración. ¿Quiere pasarnos esos papeles, comandante?"     

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