miércoles, 22 de julio de 2015

"La letra escarlata".- Nathaliel Hawthorne (1804-1864)


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2.- La plaza del mercado

 "Una mañana de verano, hace nada menos que doscientos años, muchos habitantes de Boston se habían congregado frente a la cárcel, en el solar que le diera frente, los ojos clavados en la puerta de roble. Si se hubiera tratado de otro pueblo o esto hubiera sucedido en una época más reciente de la historia de Nueva Inglaterra, habríase dicho que estas buenas gentes tenían entre manos algún asunto terrible, a juzgar por la sombría rigidez que petrificaba sus fisonomías barbudas. Bien podría significar la anticipada ejecución de algún delincuente famoso, cuya sentencia a la última pena no había hecho sino confirmar el veredicto del sentimiento público. Pero ninguna de estas hipótesis hubiera sido válida refiriéndose a los austeros puritanos de aquella época. Quizás aquella aglomeración la causaba algún siervo holgazán o un hijo desobediente entregado por los padres a las autoridades civiles para que fuera castigado en el rollo de flagelación. Tal vez un cuáquero, un antinomista o un heterodoxo iba a ser expulsado a zurriagazos de la ciudad, o bien un desocupado o un indio vagabundo, llevado al desorden callejero por el aguardiente de los hombres blancos, iba a arrojársele a la espesura del bosque con la piel hecha tiras. Pudiera ser que una bruja, como la vieja Hibbins, la irascible viuda del magistrado, estuviese a punto de morir en la horca. En cualquiera de estos casos hubiera sido parecido el porte solemne de los espectadores, como correspondía a gentes para quienes la religión y la ley eran casi idénticas y en cuyo pensamiento se encontraban ambas tan fusionadas que las sanciones más leves, como las más severas, eran igualmente venerandas y tremendas. Hubiera sido, pues, bien escasa y desabrida la simpatía que de semejantes espectadores le cupiera esperar al transgresor de la ley, situado junto al cadalso. Por otra parte, un castigo que en nuestros días hubiese parecido ridículo escarnio, estaba entonces revestido de tanta solemnidad como la misma pena de muerte.
 En la mañana de verano que da comienzo nuestra narración, las mujeres, varias de las cuales se contaban entre la multitud, parecían tener un interés especial en la sanción que iba a ser aplicada. Aquellos tiempos no conocían ese delicado proceder que mantiene hoy alejadas a las mujeres de la vía pública y ningún sentido de decoro impedía a la sazón que los portadores de basquiña y guardainfante se abriesen cuña con sus voluminosas figuras en la muchedumbre cercana al patíbulo. Tanto en el aspecto moral como en el físico había fibras más groseras en estas doncellas y esposas de sangre y crianza inglesa que en sus descendientes, distanciadas de ellas por seis o siete generaciones, pues en el curso de éstas cada madre sucesiva había transmitido a su hija un aspecto más suave, una belleza más delicada y efímera, así como una estructura física menos resistente, cuando no un carácter de inferior solidez y fuerza. Las que estaban ahora apostadas ante la prisión se hallaban a menos de medio siglo de aquella época en que la hombruna Isabel había sido una representante bastante adecuada de su sexo. Eran sus compatriotas, y la carne y la cerveza de su tierra natal, junto con un régimen moral no más refinado que el de su alimentación, seguían contribuyendo a formar su constitución. El rutilante sol de la mañana caía sobre sus anchos hombros, sus abultados bustos, sus redondas y coloradas mejillas, sazonadas allá en la lejana isla y que apenas se habían empalidecido y suavizado en la Nueva Inglaterra. Estas matronas se expresaban en un lenguaje rotundo y atrevido como su aspecto, que nos asustaría hoy tanto por el significado de sus palabras como por el volumen de su voz.
 -Señoras mías -dijo una de ellas, de facciones bastas y que podría tener unos cincuenta años-, os voy a dar mi opinión. Sería muy conveniente para el bien público que nosotras, mujeres maduras, feligresas de buena reputación, tomásemos por nuestra cuenta a malhechoras como esta Hester Prynne. ¿Qué pensáis vosotras, comadres? Si la tunanta fuese juzgada por las cinco que estamos aquí reunidas, ¿saldría acaso con una pena como la que los respetables magistrados le han aplicado? ¡Ya lo creo que no!
 -La gente dice -añadió otra- que al reverendo Dimmesdale, su piadoso pastor, le resulta muy doloroso que este escándalo pese sobre su congregación.
 -Los magistrados son hombres temerosos de Dios, pero demasiado compasivos. No cabe duda -exclamó otra mujer ya madura.
 -Por lo menos deberían haber puesto la marca a fuego en la frente de Hester Prynne. Estoy segura de que eso la habría asustado. Pero a esa pícara y desvergonzada poco le puede importar tener que usarla sobre el corpiño de su vestido. Tened en cuenta que puede cubrirlo con un broche o cualquier otro adorno impío y andar por las calles tan fresca como antes.
 -¡Ah! Dejad que disimule el signo como quiera -dijo, interviniendo en la conversación, una mujer que llevaba a un niño de la mano-, vivirá siempre atormentada por lo que ha hecho". 

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