viernes, 14 de julio de 2017

"Del derecho de la guerra y de la paz".- Hugo Grocio (1583-1645)


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 Capítulo II: De aquellas cosas que competen comúnmente a los hombres

«II. 1. Dios confirió en general al género humano el derecho sobre las cosas de esta naturaleza inferior, inmediatamente de creado el mundo y una vez restaurado nuevamente el mundo después del diluvio. Según dice Justino, todo era común e indiviso para todos, como si fuese un solo patrimonio para todos. De ahí sucedió que inmediatamente cada hombre podía tomar para sus usos lo que quisiera, y consumir lo que se podía consumir. Y tal uso universal hacia entonces las veces del derecho de propiedad. Pues lo que cada uno así tomaba, nadie se lo podía quitar sin injuriarle. Por semejanza puede entenderse así aquella sentencia que se halla en Cicerón, en el libro III de los Jueces: A pesar de ser común el teatro, sin embargo puede decirse rectamente que el lugar es de aquel que lo ocupare.
  Pero tal estado no pudo durar sino habiendo perseverado los hombres en una gran simplicidad o habiendo vivido en mutua eximia caridad entre sí. Lo primero, es decir, la comunidad por esclarecida sencillez, puede verse en ciertos pueblos de América, los cuales perseveraron durante muchos siglos sin inconveniente en tal costumbre; lo otro, a saber, la comunidad por caridad, practicaron antiguamente los Esenios y después los primeros cristianos de Jerusalén, y ahora también no pocos que profesan vida ascética.
  De la sencillez, en la que se desarrollaron los primeros hombres, da argumento la desnudez. Había en ellos más bien ignorancia de los vicios que conocimiento de la virtud, como de los Escitas dice Trago.
  Los primitivos hombres, dice Tácito, obraban todavía sin ninguna perversa sensualidad, sin malicia ni delito, y así sin pena ni coacciones. En Macrobio se lee: Fue el primer mal entre los hombres la ignorancia y la simplicidad desconocedora de la astucia. Su única ocupación era el culto de Dios, cuyo símbolo era el árbol de la vida, como explican los antiguos hebreos, apoyándolo el Apocalipsis. Y vivían fácilmente de aquellas cosas que sin industria producía espontáneamente la tierra.
  2. Pero en esta vida sencilla e inocente no perseveraron los hombres, sino que aplicaron el ánimo a varias artes, de las cuales era el símbolo el árbol de la ciencia del bien y del mal; es decir, de aquellas cosas de las que se puede usar ya bien ya mal.
  Y refiriéndose a esto Salomón, dijo: Dios creó al hombre recto; es decir, sencillo, pero ellos se buscaron muchas preocupaciones.
  Dion Pruseense, en su oración VI, dice: Para aquellos hombres que siguieron a los primeros, el valor y las varias cosas descubiertas para la vida no fueron muy provechosas. Pues los hombres usaron del ingenio no tanto para la fortaleza y la justicia, cuanto para el placer.
 Las artes antiquísimas de agricultura y pastoreo aparecieron en los primeros hermanos, no sin algún reparto de las cosas; de la diversidad de las aficiones provino la emulación y el asesinato; y, finalmente, contaminándose los buenos con la compañía de los malos, surgió el género de vida gigánteo o violento.
  Purgado el mundo por el diluvio, en sustitución de aquella vida de fieras surgió la concupiscencia de los placeres, que fomentó el vino, de donde nacieron los amores ilícitos.
  3. Mas lo que principalmente rompió la concordia fue el vicio más noble, la ambición, cuya señal fue la torre de Babilonia; y luego cada uno poseyó tierras, de las que se hizo división. Pero después hubo entre los hombres vecinos comunidad, no de ganados, sino de tierras de pasto, porque era tan grande la extensión de la tierra para tan exiguo número de hombres, que sin inconveniente ninguno bastaba para los usos de muchos: No era lícito poner linderos al campo ni partirlo. (Virg. Georgia I, v. 126). Hasta que acrecentado el número de los hombres y de los ganados, comenzaron poco a poco a dividirse las tierras, no entre pueblos como antes, sino entre familias. Y los pozos, que son cosa necesaria en regiones secas y no suficiente para muchos, cada uno los hacía suyos ocupándolos.
  Todo esto nos lo enseña la Historia Sagrada, bastante de acuerdo con lo que dijeron filósofos y poetas del primer estado de las cosas comunes y después seguida ya la distribución de las cosas; los testimonios de los cuales hemos traído en otra parte.
  4. De ahí entendemos cuál fue la causa por la cual se apartaron los hombres de la primera comunidad de bienes, primero muebles, y después inmuebles; a saber: porque no habiéndose contentado los hombres con alimentarse de los productos naturales, habitar cavernas, andar o desnudos o cubiertos de cortezas o de pieles de animales, y escogido un género de vida más delicado, hubo necesidad de la industria, que aplicaba cada uno a todas las cosas; y de que no se tuviesen los frutos en común fue obstáculo, primero, la distancia de los lugares a que marcharon los hombres y, después la falta de justicia y de amor, por la cual sucedía que no se guardaba la debida equidad ni en el trabajo ni en el consumo de los frutos.
  5. Entendemos a la vez cómo vinieron las cosas a ser de propiedad: no por solo el acto del ánimo, pues no podían unos saber qué querían los demás que fuese suyo, para abstenerse de ello, y muchos podían querer lo mismo, sino por cierto pacto o expreso, como por la división, o tácito, como por la ocupación; pues cuando desagradó la comunidad y no se había establecido la división, se debe creer que se convino entre todos que lo que cada cual ocupase, esto tuviera por propio. Concedido, dijo Cicerón, que cada uno quiera para sí lo que pertenece al uso de la vida, más bien se adquiera para otro, sin que repugne la naturaleza. A lo cual se ha de añadir aquello de Quintiliano: Si esta condición es que lo que cede en uso de un hombre sea propio del que lo tiene, ciertamente cuanto se posee en derecho es quitado con injuria. Y así cuando hablaron los antiguos de la Ceres legisladora y de sus sacrificios sagrados, significaban esto: que por la división de los campos quedaba constituido el origen de un cierto nuevo derecho.
  III. 1. Sentado esto, decimos: el mar, tomado o en su totalidad o en cada una de sus principales partes, no puede pasar a ser propiedad particular; lo cual, porque algunos lo conceden de los particulares, no de los pueblos, lo probamos, primero, por razón moral; a saber porque la causa por la cual se apartaron los hombres de la comunidad, cesa aquí. Pues es tanta la magnitud del mar, que basta a todos los pueblos para cualquier uso, para tomar agua, para pescar, para la navegación.
  Lo mismo se habría de decir del aire si pudiera hacerse de él un uso tal que para él no fuera necesario el uso de la tierra, como lo es para la cetrería y caza de aves; y así ésta recibe ley de aquel que tiene el mando en la tierra.
  2. Ni otra cosa se ha de afirmar de los desiertos, donde no hay nada que tolere cultivo, y no se puede recabar el uso único de las arenas que de allí se pueden extraer.
  Y hay una razón natural que veda apropiarse el mar considerado como dijimos: que no procede la ocupación sino en cosa limitada. Y las partes líquidas, porque de suyo no son limitadas, no pueden ser ocupadas, a no ser que estén contenidas en otra cosa; y así, los lagos y los estanques han sido ocupados, y también los ríos, porque son limitados por las riberas. Pero el mar no es encerrado por la tierra, siendo igual o mayor que la tierra, de donde los antiguos dijeron que la tierra era contenida por el mar. […]
  3. Y así, lo que fue común de todos y no se dividió en la primera división, ello no pasa a dominio particular por división, sino por ocupación, ni se divide sino después que comenzó a ser propio.
  IV. Vengamos a aquellas cosas que pueden hacerse propias, pero que todavía no se han hecho propias. Tales son muchos lugares incultos todavía, las islas en el mar, las fieras, peces y aves. Pero dos cosas se han de notar: la ocupación es de dos especies, una es división por comunales; la otra, por heredades; la primera suele hacerse por el pueblo o por aquel que manda al pueblo, y la otra por los particulares, aunque más por asignación que por libre ocupación. Y si algo ocupado en común no ha sido asignado a dueños particulares, no por eso se ha de considerar vacío; pues queda en el dominio del primer ocupador; a saber: del pueblo o del rey. Tales suelen ser los ríos, lagos, estanques, selvas y montes ásperos.
  V. De las bestias del campo, aves y peces se ha de notar: que quien tiene mando en tierras y aguas, por ley suya se puede impedir que sea lícito cazarlos o adquirirlos si se cazan; y a esta ley están también obligados los forasteros. La razón es porque para el gobierno del pueblo es moralmente necesario que los que se mezclan con él temporalmente, lo cual se hace entrando en el territorio, se muestren conformes con los estatutos de dicho pueblo. Ni obsta, lo que muchas veces leímos en el Derecho romano, que por derecho natural o de gentes es libre cazar tales animales; pues esto es verdad cuando no lo estorba ninguna ley civil; así como la ley romana dejaba muchas cosas en aquel primitivo estado, y otras gentes establecían de ellas otra cosa. Mas cuando la ley civil estableció otra cosa, el mismo derecho natural dicta que se guarde ella. Pues aun cuando la ley civil nada puede mandar que prohíba el derecho natural o prohibir lo que manda, puede, sin embargo, circunscribir la libertad natural y prohibir lo que era naturalmente lícito, y aun prevenir con su fuerza el mismo dominio que naturalmente se había adquirido.
  VI. 1. Veamos, por fin, qué derecho compete comúnmente a los hombres sobre aquellas cosas que ya fueron hechas propias de algunos; preguntar lo cual tal vez parecerá extraño a alguno, como quiera que la propiedad parece que absorbió todo aquel derecho que nacía del estado común de las cosas. Pero no es así. Pues se ha de considerar cuál sería la intención de aquellos que introdujeron los primeros los dominios particulares; la cual se ha de creer que fue tal, que se apartó lo menos posible de la equidad natural. Pues si aun las leyes escritas se han de interpretar, en cuanto pueda ser, en aquel sentido, mucho más las costumbres, que no son restringidas por los legisladores.
  2. De ahí se sigue primeramente, que en la necesidad gravísima revive aquel primitivo derecho de usar de las cosas, como si quedasen comunes; porque en todas las leyes humanas, y, por consiguiente, también en la ley de dominio, parece exceptuada aquella suma necesidad.
  3. De ahí aquello que, si en una travesía por mar se acabasen los víveres que cada uno llevó, deben distribuirse en común. Y así, por causa de defender lo mío, puedo destruir  el edificio del vecino, si surge en él un incendio, y cortar las cuerdas y las redes contra las cuales ha sido arrojada mi nave, si de otra manera no se puede desenredar. Todo lo cual no ha sido introducido, sino expresado por la ley civil.
  4. Pues también es sentencia recibida entre los teólogos, que en tal necesidad, si alguno toma de parte ajena lo que es necesario para su vida, no comete hurto; de la cual sentencia no es causa lo que algunos traen: que el dueño de la cosa está obligado a darla al necesitado por ley de caridad, sino porque todas las cosas parecen distribuidas entre los particulares con cierta benigna admisión del primitivo derecho. Pues si hubiesen sido preguntados los primeros divisores qué sentían de esta cuestión, hubiesen respondido lo que decimos. La necesidad, dice Séneca, el padre, gran patrocinio de la humana debilidad, quebranta toda ley (la humana o la hecha a modo de la humana). Cicerón, en la Filípica XI: Casio partió a Siria, provincia ajena, si los hombres usaban leyes escritas; mas, oprimidos éstos, suya por ley natural. En Curcio se halla: Que en la calamidad común cada uno tiene su fortuna.»
 

jueves, 13 de julio de 2017

"Pablo y Virginia".- Bernardin de Saint-Pierre (1737-1814)


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«Me gustaba acudir a este lugar en el que se goza a la vez de unas vistas inmensas y de una profunda soledad. Un día que estaba sentado al pie de esas cabañas, considerando sus ruinas, acertó a pasar por los alrededores un hombre ya de cierta edad. Se vestía, según la costumbre de los antiguos habitantes, con una chaquetilla y un calzón largo. Andaba descalzo y se apoyaba en un bastón de madera de ébano. Su pelo era completamente blanco y su fisonomía noble y sencilla. Lo saludé respetuosamente. Me devolvió el saludo y, tras examinarme un momento, se me acercó y vino a descansar en el montículo donde me sentaba. Muy animado por este rasgo de confianza, le dirigí la palabra. "Abuelo, le dije, ¿podría decirme a quién pertenecieron estas dos cabañas?" Me respondió: "Hijo mío, estas casuchas y esta tierra agreste estaban habitadas, hace unos veinte años, por dos familias que habían encontrado en ellas la felicidad. Su historia es conmovedora: pero, en esta isla, fuera de la ruta de las Indias Orientales, ¿qué europeo puede interesarse por la suerte de unos particulares sin importancia? ¿Quién querría incluso vivir aquí feliz, pero pobre e ignorado? Los hombres sólo quieren conocer la historia de los grandes y los reyes, que no le sirve a nadie." "Padre, proseguí, resulta fácil juzgar por su aspecto y sus palabras que ha adquirido una gran experiencia. Si tiene tiempo, cuénteme, se lo ruego, lo que sabe de los antiguos habitantes de este desierto, y crea que, incluso al hombre más depravado por los prejuicios del mundo, le gustaría oír hablar de la felicidad que dan la naturaleza y la virtud."
 Entonces, como alguien que busca recordar diversas circunstancias, tras apoyar un momento sus manos en la frente, esto es lo que el anciano me contó.
 En 1726 un joven de Normandía, el señor de La Tour, después de haber solicitado en vano trabajo en Francia y ayuda a su familia se decidió a venir a esta isla y buscar fortuna. Tenía con él una joven a la que amaba mucho y que lo amaba igualmente. Provenía de una antigua y rica casa de su provincia; pero la había desposado en secreto y sin dote, porque los padres de su mujer se habían opuesto al matrimonio, dado que él no era de noble linaje. La dejó en Puerto Luis y se embarcó para Madagascar con la esperanza de comprar algunos negros y volver con prontitud aquí para establecer una propiedad. Desembarcó en Madagascar en la época del mal tiempo que empieza a mitad de octubre; y poco después de llegar murió a causa de las fiebres pestíferas que allí reinan durante seis meses al año, y que siempre impedirán a las naciones europeas establecer asentamientos fijos.
 Los efectos que había traído consigo se dispersaron tras su muerte, como ocurre normalmente a los que mueren fuera de su patria. Su mujer, que se había quedado en la Isla de Francia, se encontró viuda, embarazada y sin otro bien en el mundo que una negra, en un país donde no tenía ni crédito ni recomendación. No queriendo solicitar nada de ningún hombre tras la muerte del que únicamente había amado, su desgracia le dio valor. Resolvió cultivar con su esclava un pequeño trozo de tierra, a fin de procurarse el sustento.
 En una isla casi desierta, en la que había terreno a voluntad, no escogió las tierras más fértiles ni las más favorables para el comercio; sino que, buscando alguna quebrada, algún refugio oculto en el que poder vivir sola e ignorada, se encaminó desde la ciudad hacia estos riscos para retirarse en ellos como en un nido. Es instinto común a todos los seres sensibles y dolientes refugiarse en los lugares más salvajes y desiertos; como si los riscos fueran murallas contra el infortunio y como si la calma de la naturaleza pudiera apaciguar las desdichadas turbaciones del alma. Pero la Providencia, que viene en nuestro auxilio cuando no queremos más que los bienes necesarios, reservaba uno a la señora de La Tour que no dan ni las riquezas ni los honores; era una amiga.
 En ese lugar, desde hacía un año, vivía una joven llena de vida, buena y sensible, se llamaba Margarita. Había nacido en Bretaña en el seno de una modesta familia de campesinos, que la quería y que la hubiera hecho feliz, si no hubiera tenido la debilidad de dar crédito al amor de un hombre noble de su entorno que había prometido desposarla, pero, éste, una vez satisfecha su pasión, se alejó de ella y rehusó asegurarle el mantenimiento del hijo que esperaba de él. Decidió entonces abandonar para siempre el pueblo en el que había nacido e ir a esconder su falta a las colonias, lejos de su país, donde había perdido la única dote de una muchacha pobre y honesta, la honra. Un viejo negro, que había adquirido con algún dinero prestado, cultivaba con ella un trocito de estos terrenos.
 La señora de La Tour, seguida por su negra, encontró en este lugar a Margarita dando de mamar a su hijo. Le encantó dar con una mujer en situación que juzgó semejante a la suya. Le habló en pocas palabras de su antigua condición y de sus necesidades actuales. Margarita se conmovió por el relato de la señora de La Tour; y queriendo hacerse merecedora de su confianza antes que de su estima, le confesó sin alterar nada la imprudencia de la que había sido culpable.
 "Yo, dijo, he merecido mi suerte; pero usted, señora..., usted..., ¡prudente y desdichada!" Y le ofreció llorando su cabaña y su amistad. La señora de La Tour, emocionada por una acogida tan tierna, le dijo estrechándola entre sus brazos: "¡Ah! Dios quiere acabar mis penalidades, ya que le inspira hacia mí, que le soy extraña, mayor bondad que la que nunca encontré en mis padres."
 Yo conocí a Margarita y, aunque vivo a legua y media de aquí, en los bosques, detrás de la Montaña Larga, me consideraba su vecino.
 En las ciudades de Europa una calle, una simple pared, impiden a los miembros de una misma familia reunirse durante años enteros, pero en las nuevas colonias se considera como vecinos a aquellos de los que se está separado por bosques y montañas. En aquel tiempo, sobre todo, cuando esta isla comerciaba poco con la India, el simple hecho de ser vecinos era un título de amistad y la hospitalidad con los extranjeros una obligación y un placer. Cuando me enteré de que mi vecina tenía una compañera, fui a verla para intentar serles útil a una y a otra. Encontré en la señora de La Tour una persona de rostro interesante, lleno de nobleza y melancolía. Estaba entonces a punto de dar a luz. Les dije a las dos señoras que convenía, en interés de sus hijos, y, sobre todo, para impedir que algún otro habitante se estableciera allí, repartir entre ellas el fondo de esta cuenca que contiene en aquel lugar unas seiscientas áreas. Se dirigieron a mí para ese reparto.»
 

miércoles, 12 de julio de 2017

"Proverbios saharauis".- Fernando Pinto Cebrián (s. XX)


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Trab el Bidán (Sáhara Occidental)    

«1.-Las palabras son sólo dos: una guerra y otra paz. (El kalimat a la zantain wahda char whada afia).
La situación de los hombres en la vida, como la de las naciones, son solamente dos: o se está en guerra, reinando el desorden, la destrucción, el mal; o se está en paz, donde triunfa la estabilidad, la calma, el bien... [...]
 8.-Si los gritos vienen de la montaña, ¿adónde huir? (Le-iat ila ya men el-quedia lahrub emnain).
Se dice a los poderosos, ricos... que, teniendo poder y medios, se declaran incapaces de hacer algo. Sería como espetarles: Si vosotros que tenéis todos los medios, sois incapaces de hacer tal cosa, ¿cuál será mi situación, que sólo soy un soldado, un pobre, una persona corriente...? [...]
 11.-Haz lo que hace tu vecino o múdate. (Adal eli adal jarek wala arhal anou).
Cuando intentamos ponernos de acuerdo con un vecino para hacer algo, hay ocasiones en las que no lo logramos por pequeñas diferencias. El proverbio es una guía para la buena vecindad; todos hemos de ser hospitalarios, generosos y honrados (algo que se considera tradicional entre los hombres del desierto) y si no fuéramos capaces de serlo es mejor que nos marchemos para evitar el ridículo y problemas con los demás. [...]
 18.-Una mano no aplaude. (Aid wahda ma etsafag).
Por muchos medios con que cuente una persona siempre necesitará la ayuda de los demás. El proverbio incita a la cooperación, a la solidaridad, ya que en el desierto, dadas sus duras condiciones de vida, es difícil subsistir por sí solo. [...]
 26.-Siempre creemos que el lobo está harto. (Edib el madnuna anu echab-a)
El lobo, en la mayoría de los casos, siempre permanece hambriento, mientras que la gente cree que está harto de comer. Este proverbio lo emplea como respuesta aquél al que le suponen rico, sano, bien alimentado..., aunque en realidad sea todo lo contrario, ya que es pobre, está enfermo, hambriento...
 27.-Al que no ve el cielo, no se lo muestres. (Eli ma irai fesma la tana-atulo).
No hace falta perder el tiempo en explicar algo que está claro, evidente para todo el mundo, a aquel que no razona. Se emplea para aludir lo inútil de intentar corregir a aquella persona que no quiere ver sus errores (en muchos casos por juventud u orgullo).
 28.-Al que te dice que estás gordo, dile amén. (Elgalak esmin golo amin).
Hay que mantenerse optimistas y alegres, aun cuando seamos pobres, padezcamos alguna enfermedad... El proverbio sería como responder a los que creen lo contrario de nuestra precaria situación con "ojalá sea todo tal como piensas y no como estoy en realidad". [...]
 46.-Evita lo poco y lo mucho, sé conforme y acepta. (Ma bain el cazra wa el guela tawalit el bacra).
Hay que conformarse con lo que se tiene para disfrutar de la vida saboreándola. [...]
 74.-Bebe más que una duna. (Achreb men guerd)
Se dice de aquél que bebe agua exageradamente. [...]
 85.-Si atas al camello con el asno, éste le enseña a rebuznar. (Ila edrakt lehwar em-a-lehmar ielmo chihig).
Si enviamos a nuestros hijos a convivir con gentes maleducadas con toda seguridad sólo aprenderán maldades. [...]
 115.-Compra al vecino antes que la casa. (Echri el jar sabeg edar).
Aconseja que si vamos a comprar una casa en un barrio o instalarnos en una zona determinada, debemos primero conocer a nuestros futuros vecinos ganándonos su amistad y simpatía. [...]
 196.-La muerte es obligatoria, pero la esclavitud no. (El maut fard wa rega mahi fard).
Antes que aceptar la esclavitud, de la que debemos siempre escapar, y vivir humillados se aceptará la muerte de la que nunca podremos huir. Entre los saharauis (en "hassaniya" habitantes del Sahara, del desierto) se emplea para incitar a la revolución. [...]
 274.-Los inteligentes no se molestan. (Ahel le-egul efraha).
Se refiere a que los inteligentes no se esfuerzan mucho por llegar a una solución o conclusión conveniente.
 282.-La rapidez es del diablo, y la calma de Dios. (El azla men echaitan wa tahanu men Alah).
La prisa es mala consejera ya que nos puede conducir al fracaso. [...]
 390.- Que te guste nuestra sal. (Yagbad fik malhna).
Se le dice al invitado, deseándole que le guste nuestra comida.»
 

martes, 11 de julio de 2017

"El invierno en Lisboa".-Antonio Muñoz Molina (1956)


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Capítulo XII

«Había imaginado una ciudad tan brumosa como San Sebastián o París. Lo sorprendió la transparencia del aire, la exactitud del rosa y del ocre en las fachadas de las casas, el unánime color rojizo de los tejados, la estática luz dorada que perduraba en las colinas de la ciudad con un esplendor como de lluvia reciente. Desde la ventana de su habitación, en un hotel de pasillos sombríos donde todo el mundo hablaba en voz baja, veía una plaza de balcones iguales y el perfil de la estatua de un rey a caballo que enfáticamente señalaba hacia el sur. Comprobó que si le hablaban rápido el portugués era tan indescifrable como el sueco. También que a los demás les resultaba muy fácil entenderlo a él: le dijeron que el lugar a donde quería ir estaba muy cerca de Lisboa. En una estación vasta y antigua subió a un tren que en seguida se internó en un túnel muy largo: cuando salió de él ya estaba anocheciendo. Vio barrios de altos edificios en los que empezaban a encenderse las luces y estaciones casi desiertas donde hombres de piel oscura miraban el tren como si llevaran mucho tiempo esperándolo y luego no subían a él. A veces pasaba junto a su ventanilla la ráfaga de luz de otros trenes que iban hacia Lisboa. Exaltado por la soledad y el silencio, miraba rostros desconocidos y lugares extraños como si contemplara esos fogonazos amarillos que aparecen en la oscuridad cuando se cierran los ojos. Si cerraba los suyos él no estaba en Lisboa: viajaba en Metro por el subsuelo de París o en uno de esos trenes que cruzan bosques de abedules oscuros por el norte de Europa.
 Después de cada parada el tren iba quedándose un poco más vacío. Cuando estuvo solo en el vagón, Biralbo temió haberse extraviado. Sentía el mismo desaliento y recelo de quien viaja en Metro a última hora de la noche y no escucha ni ve a nadie y teme que ese tren no vaya a donde estaba anunciado o que esté vacía la cabina del conductor. Al fin bajó en una sucia estación con muros de azulejos. Una mujer que caminaba por el andén haciendo oscilar una linterna de señales -Biralbo pensó que se parecía a esas grandes linternas submarinas que llevaban hace un siglo los buzos- le indicó el modo de llegar al sanatorio. Era una noche húmeda y sin luna, y al salir de la estación Biralbo notó el poderoso olor de la tierra mojada y de las cortezas de los pinos. Exactamente así olía en San Sebastián ciertas noches de invierno, en la espesura del monte Urgull.
 Avanzaba por la carretera mal iluminada y tras el miedo a que Billy Swann estuviera ya muerto había una inconfesada sensación de peligro y de memoria estremecida que convertía en símbolos las luces de las casas aisladas, el olor a bosque de la noche, el ruido del agua que goteaba y corría en alguna parte, muy cerca, entre los árboles. Dejó de ver la estación y le pareció que la carretera y la noche se iban cerrando a sus espaldas, no estaba seguro de haber entendido lo que le dijo la mujer de la linterna. Entonces dobló una curva y vio la alta sombra de una montaña punteada de luces y una aldea cuyos edificios se agrupaban en torno a un palacio o castillo de altas columnas y arcos y extrañas torres o chimeneas cónicas alumbradas desde abajo, exageradas por una luz como de antorchas.
 Era igual que perderse en el paisaje de un sueño avanzando hacia esa única luz que tiembla en la oscuridad: a la izquierda de la carretera encontró el camino del que le había hablado la mujer y el indicador del sanatorio. El camino ascendía sinuosamente entre los árboles, mal alumbrado por bajas farolas amarillas ocultas en la maleza. Recordó algo que le había dicho alguna vez Lucrecia: que llegar a Lisboa sería como llegar al fin del mundo. Recordó que la noche anterior había soñado con ella: un sueño corto y cruzado de rencor en el que vio su cara tal como era muchos años atrás, cuando se conocieron, con tanta exactitud que sólo al despertarse la reconoció. Pensó que era el olor del bosque lo que le hacía acordarse de ella: rompiendo el firme hábito del olvido regresaba a San Sebastián, luego a otro lugar más lejano, desconocido todavía, como a una estación cuyo nombre aún no hubiera podido leer desde la ventanilla del tren. Era, me explicó en Madrid, como si desde que llegó a Lisboa se hubieran ido desvaneciendo los límites del tiempo, su voluntaria afiliación al presente y al olvido, fruto exclusivo de la disciplina y de la voluntad, como su sabiduría en la música: era como si en el camino que cruzaba aquel bosque estuviera invisiblemente trazada la frontera entre dos países enemigos y él en alguna parte la hubiera cruzado. Eso entendió y temió al llegar a la entrada del sanatorio, cuando vio las luces del vestíbulo y los automóviles alineados frente a él: no había estado recordando una caminata por San Sebastián junto a las laderas del monte Urgull, no era ése el olor ni la sensación de niebla y humedad que le devolvían la pesadumbre de haber perdido a Lucrecia en otra edad de su vida y del mundo. Era otro lugar y otra noche lo que estaba recordando, las luces de un hotel, el brillo de un automóvil escondido entre los pinos y los altos helechos, un viaje interrumpido a Lisboa, la última vez que estuvo con Lucrecia.
 Una monja con un tocado que se desplegaba como alas blancas en torno a su cabeza le dijo que ya no era hora de visitas. Explicó que había venido de muy lejos únicamente para ver a Billy Swann, que temía encontrarlo muerto si se retrasaba una hora o un día. Con la cabeza baja la monja por primera vez le sonrió. Era joven y tenía los ojos azules y hablaba apaciblemente en inglés. "Míster Swann no morirá. No por ahora." Moviendo ante él su rígido tocado blanco, caminando sobre las baldosas frías de los corredores como si separase muy poco los pies, condujo a Biralbo hacia la habitación de Billy Swann.»
 

lunes, 10 de julio de 2017

"La Divina Comedia".- Dante Alighieri (1265-1321)

 
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Infierno
Canto III (Vestíbulo, Indiferentes)

«Por mí se va a la ciudad doliente,
por mí se va al eternal dolor,
por mí se va con la perdida gente.
Fue la justicia quien movió a mi autor.
El divino poder se unió al crearme
con el sumo saber y el primo amor.
En edad sólo puede aventajarme
lo eterno, mas eternamente duro.
Perded toda esperanza al traspasarme.

Estas palabras de color oscuro
vi escritas en lo alto de una puerta.
Dije: "Maestro, su sentido es duro".
Y él respondió como persona alerta:
"Es bueno que el temor sea aquí dejado
y aquí la cobardía quede muerta.
Al lugar que te dije hemos llegado
donde verás las gentes dolorosas
que sin el bien del alma se han quedado".
Tomó mi mano y con sus animosas
miradas y su voz me conforté
y él me introdujo en las secretas cosas.
Llantos, suspiros y ayes escuché
resonando en el aire sin estrellas
y por eso a llorar allí empecé.
Distintas lenguas, hórridas querellas,
palabras de dolor, de airado acento,
voces altas y roncas, y con ellas
un manotear, formaban un violento
tumulto, en aquel céfiro manchado,
como de arena que levanta el viento.
Yo, que de horror sentíame embargado,
dije: "Maestro, ¿cuál es ese ruido?
¿Qué gente, qué dolor la ha golpeado?"
Y él a mí: "De las almas que han vivido
de modo que ni el bien ni el mal hicieron
brota este triste y mísero alarido.
Con la compaña, aquí, se confundieron
de ángeles ni rebeldes ni leales
a Dios: que de sí mismos solo fueron.
Ciérranseles las puertas celestiales
y el infierno, pues gloria habrían dado,
aunque poca, a las almas criminales".
Y yo: "Maestro, ¿qué les ha causado
tan gran dolor y llanto así de fuerte?"
Respondió: "Lo diré en breve dictado:
no tienen la esperanza de su muerte
y esa vida tan ciega y tan rastrera
envidiosos los torna de otra suerte.
Su fama el mundo ya no considera;
la piedad, la justicia, los desdeña;
no hablemos, mira y sigue tu carrera".
Y yo, al mirar de nuevo, vi una enseña
que daba raudas vueltas; yo diría
que, indigna de reposo, así se empeña.
Tan enorme pandilla la seguía
que yo jamás hubiese presumido
que jamás tanta gente muerto había.
Después que algunos hube conocido,
reconocía a su sombra y paré mientes
en quien la gran renuncia ha cometido.
Al punto comprendí que aquellas gentes
componían la secta de malvados
a Dios y a sus contrarios repelentes.
Estos nunca vivientes desgraciados
iban desnudos, y los azuzaban
avispas y moscones obstinados.
El rostro con su sangre les surcaban
y caía a sus pies, mezclada al llanto,
do molestos gusanos la chupaban.
Yo más allá miraba mientras tanto
y vi gente a la orilla de un gran río,
dije entonces: "¿Por qué se obstina tanto
y en virtud de qué ley, ese gentío
en ir al otro lado, cual se advierte
entre la escasa luz, maestro mío?"
Y él a mí: "Contestado habrás de verte
cuando del Aqueronte en la ribera
hayas, al par que yo, de detenerte".
Temiendo que mi voz molesta fuera,
abatí avergonzado la mirada
y, hasta llegar al río, mudo era.»

domingo, 9 de julio de 2017

"El escudo de los tres leones".- Pamela Kaufman (s. XX)


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«Mi determinación de ver a Giselle, la Gorda, no era fácil de llevar a buen puerto, ya que no resultaba tarea fácil alejarse de Enoch.  No asistíamos solamente a las clases magistrales de Derecho, en las que se suponía que debíamos memorizar cuanto oíamos, sino que el escocés nos apuntó a Lógica con maese Roger, que era alumno de un discípulo de Abelardo, un profesor estimulante aunque herético, y Enoch estudiaba también las nuevas matemáticas árabes. Siempre estábamos hablando, escuchando y escribiendo en nuestras tablillas, examinándonos el uno al otro, la mayoría de las veces sobre la diferencia entre el pecado y el delito.
 Algunos delitos no eran pecados, por ejemplo, descantillar los bordes de las monedas, y algunos pecados no eran delito, siendo el ejemplo más obvio la herejía, pero había otros. Me intrigaba especialmente un extraño pecado que concernía a evacuar el vientre en la cama, por increíble que pudiera parecer. "Quien persiguiera la indecencia en sueños de forma intencionada, deberá levantarse y cantar siete salmos, además de pasar ese día a pan y agua; y si no lo hace, deberá entonar treinta salmos. Si la impureza es deseada pero no se consuma, quince salmos; y si peca sin sueños indecorosos, veinticuatro; si la indecencia no es intencionada, quince". Decidí no volver a cantar salmos en la vida tras enterarme de aquello a fin de que nadie se hiciera una idea equivocada.
 Al final, sin embargo, tuve que acudir a toda prisa con Dagobert a una conferencia que se daba en una escalinata. Aproveché para plantear la cuestión y él aceptó presentarme a Giselle, la Gorda, el día que Enoch había prometido pasar en compañía de Malcolm para hablar de asuntos escoceses.
 Por eso, sentí el delicioso escalofrío del pecado y el delito mientras Dagobert y yo caminábamos callejón abajo los dos solos, tras haber burlado a Enoch. Sin embargo, me perpetuaba la inquietante conducta de Dagobert, que tiraba por un camino y luego por otro, empezaba sentencias que no terminaba y miraba a todas partes menos a mí. Era similar a sus ademanes de costumbre, pero de manera más acentuada, y llegué a temer que le diera un ataque.
 -Podemos posponer el encuentro si no te encuentras bien -observé con ansiedad.
 Se comportó con normalidad un segundo después y el rostro adquirió una expresión poco espontánea.
 -Como doctorado en Física, bueno, casi puedo asegurarte que mis humores vitales están en perfectas condiciones. Presumo que te refieres a mis refinados estiramientos, incomprensibles para un paleto escocés. Esos estiramientos son el culmen del protocolo, te lo aseguro, y tenía pensado enseñaros a los dos un poco de gracia para que llamarais menos la atención, pero, ahora bien, si vuestra sensibilidad es tan primaria que de veras pensáis que estoy enfermo...
 Me apresuré a pedirle perdón y le aseguré que tanto Enoch como yo le agradecíamos poder aprender sus temblores, y le pedí que continuáramos nuestro camino. Nos vimos obligados a efectuar un alto al llegar a la calle de St. Jacques, ya que una fila de gente marchaba hacia el Petit Pont en medio de un júbilo desenfrenado entre gritos, cánticos y carreras. Aquella cuadrilla triplicaba el número habitual y todos sus componentes iban tronchándose de risa. Mi acompañante y yo nos miramos perplejos. La única pista que aportaba luz sobre el significado de todo aquello era una pieza que cantaban una y otra vez:
 Redit aetus aurea / Mundus renovatur. / Dives nunc deprimitur / Pauper exultatur.
 Mientras íbamos caminando por la orilla cubierta de hierba en dirección opuesta a la de los estudiantes, traduje la cancioncilla sin obtener por ello una explicación:
 Vuelve la edad de oro, / el mundo cambiará. / ¡El rico se hundirá / y el pobre se elevará!
 Supuse que se trataba de otra nueva  causa de los universitarios, siempre necesitados de dinero.
 Debimos de avanzar unos cinco kilómetros antes de adentrarnos en las despobladas afueras de París y de que Dagobert doblara por St. Jacques para encaminarse cuesta arriba hasta una vetusta calzada romana flanqueada por arboledas y villas. Al final, nos detuvimos delante de una de ellas, situada en un cruce de caminos marcada con piedras pintadas, en una de las cuales rezaba: "Trousse-Puteyne" y en otra "Gratte-con". Los muros de la villa estaban recién pintados de blanco y, al entrar, tuvimos ocasión de comprobar que la casa misma estaba bien restaurada, si bien era cierto que la habían pintado con un color rosa chillón. El patio adoquinado era un hervidero de risas y gritos, cánticos y trinos, todo lo cual confirmaba la popularidad de Giselle, la Gorda. Me eché hacia atrás cuando llegó la hora de entrar, pues sabía cómo las gastaban los bulliciosos estudiantes y no me apetecía enfrentarme a su compañía sin la presencia disuasoria de Enoch.
[...] Aquella muchedumbre de vestiduras chillonas dominó enseguida a la naturaleza. La mayoría eran estudiantes, por descontado, todos gritando a pleno pulmón, y mujeres de facciones marcadas vestidas con ropas de todos los colores del arco iris. Además, había también soldados y, para mi gran sorpresa, sacerdotes, además de mercaderes y mucha otra gente a la que no logré identificar. El olor a sudor, miel caliente, capón asado, cerveza y vino agrio impregnaban el ambiente. Los enormes frescos de las paredes eran tan lascivos que me puse colorada y fijé los ojos en el suelo, sólo para encontrar a mis pies las mismas lenguas lamiendo genitales. La cacofonía y la confusión me detuvieron y estuve a punto de caer dentro de una tina de agua donde se sentaba una dama desnuda en compañía de un clérigo con tonsura, igualmente desnudo.
 Empecé a dar tirones a la túnica de mi guía cuando al fin me percaté de la naturaleza perversa del lugar.
 -Dagobert, por favor, creo que debería volver a la posada...
 Pero no podía oírme, por lo que me empujo hacia delante, hacia la presencia de una corpulenta mujerona vestida de negro que permanecía de pie en el rincón más apartado. Tuvimos que sortear a los clientes y perdí la cuenta de las veces que me pellizcaron el culo, pero debieron de ser al menos veinte. Giselle, la Gorda, estaba discutiendo con un estudiante que había dejado en prenda su capa. Se negaba a devolvérsela tras haber perdido a los dados.» 
 

sábado, 8 de julio de 2017

"Poesías".- Attila József (1905-1937)


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Corazón puro

«No tengo ni padre ni madre, / no tengo ni patria ni Dios,
no tengo ni cuna ni sudario, / no tengo ni sombra de amor.

Hace tres días que no como / ni siquiera un grano de frijol.
El poder de mis veinte años / se lo vendo al mejor postor.

Y si nadie quiere comprármelo, / al diablo se lo venderé.
Robaré, puro el corazón, / y, si es preciso, mataré.

Seré atrapado y luego ahorcado. La santa tierra me tendrá
y a mi precioso corazón, / hierba fatal le crecerá.

¡Oh, Europa!

¡Oh! Europa tiene muchas fronteras / y en la fronteras muchos asesinos.
No me hagas llorar por la muchacha / que en un par de años más habrá partido.

No me hagas estar triste por el hecho / de que soy europeo. En realidad,
yo, buen compadre de los osos libres, / me atrofio si no tengo libertad.

Hago poesía para divertirte. / A la cumbre del monte llegó el mar
y una mesa bien puesta está nadando / sobre nubes y olas, sin cesar.

Marzo
I
Una tibia llovizna cae serenamente / y la espiga del trigo joven sube hacia el cielo.
En una chimenea la cigüeña se instala / y el invierno, abatido, se muda a los glaciares.
Llegó la primavera con su alegre violencia, / llegó la primavera con verdes estallidos.
Delante del taller de un carpintero / exhala la esperanza olor a pino.

¿Qué dicen las revistas? Una banda saquea / a España y la devasta.
En China, un general estúpido / quita a los campesinos
sus pedazos de tierra. La guerra hace amenazas. / Las camisas más limpias ya se empapan de sangre.
Los pobres están siendo torturados. / Los que atizan la guerra, gesticulan.

Alegre soy: tengo el alma de un niño / y Flora me ama. Contra nuestro amor
-amor bello y desnudo- avanza el populacho / desfilando con hierros y con tanques.
El celo de esta chusma / me asusta, desde luego,
y sólo obtengo fuerza y esperanza / en interés de nuestras vidas.

II
El hombre es mercenario, la mujer prostituta. / Entre sus corazones y el mío no habrá diálogo.
Sus maldades también están infladas / y temo por mi vida
que es todo cuanto tengo. / Mi mente, precavida, piensa en esto.
Y cuando el globo herido ya está helado / el amor de mi pecho, y mi Flora, arderán.
Una hermosa muchacha, sabia, procrearemos / y también un varón inteligente y bravo.
Ellos heredarán un jirón de nosotros / como la vía láctea guarda la luz del sol.
Y cuando el mismo sol ya sólo parpadee / mientras charlan, confiados, volarán nuestros hijos
a bordo de máquinas buenas / en pos de las estrellas laborables.

 De repente, desapareceré

Quizá, de repente, desapareceré / como la huella de un animal en el bosque.
Todas mis posesiones las he perdido, / ¿qué puedo decir para justificarme?

Un humo acre ha disecado mi cuerpo / desde la infancia, y mi razón
profundiza en el tormento / cuando medito sobre mi destino.

Precoces deseos me han pervertido, / mordiéndome hasta el hueso.
Ahora, tembloroso, sólo me quedan los lamentos. / ¿Por qué no habré esperado otros diez años?

Testarudo, no quise escuchar / todo cuanto mi madre me decía
y más tarde, huérfano y sin ayudas, / mandé al diablo a mis maestros.

Mi juventud era una verde floresta / de la que creí gozar para siempre,
y, en cambio, ahora sólo oigo las lágrimas / y el seco crujido de las ramas sin hojas.

No soy yo quien grita
 


No soy yo quien grita: es la tierra que ruge. / ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡El diablo ha enloquecido!
Escóndete en el fondo limpio de los manantiales, / fúndete al cristal de la ventana,
ocúltate tras los fuegos de los diamantes, / escóndete en el pan recién salido del horno.
Oh, tú, pobre, mi pobre. / Con el fresco aguacero fíltrate en la tierra.
En vano hundes tu rostro en ti mismo, / sólo podrás lavarlo en otro rostro.
Sé la delgada arista de una brizna / y serás más grande que el eje de este mundo.

Oh, máquinas, pájaros, frondas, estrellas, / nuestra estéril madre pide a gritos parir.
Querido amigo, cariñoso amigo, / ya sea terrible o maravilloso,
no soy yo quien grita: es la tierra que ruge.»