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domingo, 15 de mayo de 2022

El olvido que seremos.- Héctor Abad Faciolince (1958)


Héctor Abad Faciolince (Author of El olvido que seremos)
Un médico contra el dolor y el fanatismo

7
  
 «El sufrimiento yo no empecé a conocerlo en mí, ni en mi casa, sino en los demás, porque para mi papá era importante que sus hijos supiéramos que no todos eran felices y afortunados como nosotros, y le parecía necesario que viéramos desde niños el padecimiento, casi siempre por desgracias y enfermedades asociadas a la pobreza, de muchos colombianos. Algunos fines de semana, como no había clase en la Universidad, mi papá los dedicaba a trabajar en barrios pobres de Medellín. Recuerdo que en algún momento remoto de mi infancia llegó a la casa un gringo alto, viejo, peliblanco, encantador, el doctor Richard Saunders, y decidió montar con mi papá un programa que él había adelantado en otros países de África y Latinoamérica. Se llamaba Future for the Children, Futuro para la Niñez. Este gringo bueno venía cada seis meses y cuando entraba en la casa (se quedaba a dormir durante algunas semanas) yo le ponía el Himno Nacional de los Estados Unidos para recibirlo. En mi casa había un disco con los himnos más importantes del mundo, todos orquestados, desde las Barras y Estrellas y la Internacional hasta el Himno de Colombia, que era el más feo de todos, aunque en el colegio dijeran que era el segundo más bonito del mundo, después de La Marsellesa.
 El cuarto de huéspedes, en mi casa, se llamaba “el cuarto del doctor Saunders”; y las sábanas mejores de mi casa, todavía me parece verlas, unas sábanas de color azul pastel, eran “las sábanas del doctor Saunders”, porque sólo se las ponían a él cuando venía. Cuando el doctor Saunders estaba se sacaba la vajilla buena, la de porcelana, las servilletas y los manteles de lino bordados por mi abuela, y los cubiertos de plata: “la vajilla del doctor Saunders”, “el mantel del doctor Saunders” y “los cubiertos del doctor Saunders”.
 El doctor Saunders y mi papá hablaban en inglés y yo me quedaba oyéndolos, embelesado en esos sonidos y palabras incomprensibles. La primera expresión que aprendí en inglés fue “it sticks”, pues se la oí decir con nitidez al doctor Saunders, lo recuerdo muy bien, mientras cruzábamos el río Medellín sobre el puente de la calle San Juan. Se la dijo con un murmullo herido de indignación a un bus que arrojaba una bocanada densa y asquerosa de humo negro exactamente a la altura de nuestras narices.
  —¿Qué quiere decir it stinks? —pregunté.
  Ellos se rieron y el doctor Saunders se excusó, porque, dijo, era una mala palabra.
  —Algo así como hediondo —me dijo mi papá.
  Así aprendí dos palabras al mismo tiempo, en inglés y en español. Mi papá nos llevaba con el doctor Saunders a las barriadas más miserables de Medellín (y muchas veces sin él, cuando regresaba a su casa en Albuquerque, en Estados Unidos). Al llegar reunían a los líderes del barrio, y mi papá le servía de traductor para las propuestas de trabajo comunitario que se les hacían para mejorar sus condiciones de vida. Se juntaban en una esquina, o en la casa cural si el párroco estaba de acuerdo (no a todos les gustaba este trabajo social), y les hablaba y les preguntaba muchas cosas, problemas y necesidades básicas que mi papá iba anotando en una libreta. Debían organizarse, ante todo, para conseguir por lo menos agua potable, pues los niños se morían de diarrea y desnutrición. Yo debía de tener cinco o seis años y mi papá me medía con los niños de mi edad, o incluso con los mayores, para demostrarles a los líderes del barrio que algunos de sus hijos estaban flacos, muy bajitos, desnutridos, y así no iban a poder estudiar bien. No los humillaba; los incitaba a reaccionar. Medía el perímetro cefálico de los recién nacidos, lo anotaba en tablas, y tomaba fotos de los niños flacos y barrigones, con parásitos, para enseñarlas después en sus clases de la Universidad. También pedía que le mostraran los perros y los cerdos, pues si los animales estaban tan famélicos que se les veían las costillas eso quería decir que en las casas no sobraba ni un bocado y estaban pasando hambre. “Sin alimentación, ni siquiera es verdad que todos nacemos iguales, pues esos niños ya vienen al mundo con desventajas”, decía.
 A veces íbamos más lejos, a algunos pueblos, y con nosotros iba también, en ocasiones, el decano de Arquitectura de la Universidad Pontificia, el doctor Antonio Mesa Jaramillo, que se encargaba de enseñar a hacer con buena técnica los tanques de agua y a llevar tuberías hasta las casas, porque el agua potable era lo primero. Después venían las letrinas (“para la adecuada disposición de excretas”, decía, muy técnico, mi papá) o si era posible los trabajos de alcantarillado, que se hacían los fines de semana, por acción comunal. Más adelante seguían las campañas de vacunación y las clases de higiene y primeros auxilios en el hogar, según un programa que se inventó mi papá con las mujeres más inteligentes y receptivas de cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colombia con el nombre de “Promotoras rurales de salud”. En ocasiones nos recogía un bus de la Universidad e íbamos con todos los estudiantes de su curso, porque a él le gustaba que ayudaran y aprendieran al mismo tiempo: “La medicina no se aprende solamente en los hospitales y en los laboratorios, viendo pacientes y estudiando células, sino también en la calle, en los barrios, dándonos cuenta de por qué y de qué se enferman las personas” les decía, muy serio, desde la primera fila del bus, empuñando un micrófono.
 Una vez, en Santo Domingo, hicieron una campaña contra los parásitos intestinales en todo el casco urbano, con tan buen resultado que las cañerías del pueblo se taquearon con la cantidad de lombrices que expulsaron en un mismo día los campesinos. En mi casa se conservaba la foto de un tubo del alcantarillado obstruido por un nudo de lombrices que parecían un grumo de espaguetis morados y negros.
 El agua limpia había sido una de las primeras obsesiones en la vida de mi papá, y lo fue hasta el final. Cuando era estudiante de medicina emprendió una campaña de salud pública en un periódico estudiantil que fundó en agosto de 1945 y que dirigió durante poco más de un año, hasta octubre de 1946, cuando desapareció, tal vez porque si lo seguía publicando no se iba a poder graduar. Era un tabloide que salía cada mes y tenía un nombre futurista: U-235. En uno de sus primeros números, en may o del 46 denunció la contaminación del agua y de la leche en la ciudad: El Municipio de Medellín, una vergüenza nacional, decía el titular de la primera página, y añadía el subtítulo: El acueducto reparte bacilos de la fiebre tifoidea. La leche es impotable. El Municipio no tiene hospital. A partir de esas denuncias, sustentadas con cifras y exámenes de laboratorio, mi papá fue citado a un cabildo abierto en el Concejo de Medellín. Era la primera vez que un simple estudiante era admitido para exponer sus denuncias en un debate público, enfrentado a los funcionarios oficiales. Allí, frente al secretario de Salud, y durante dos noches consecutivas, hizo una exposición sobria, científica, que el secretario, incapaz de refutar, trató de capotear con insultos personales y argumentación rutinaria. Pero el triunfo intelectual era innegable y fue así como, sólo con su palabra y con una serie de datos precisos, logró que poco después se emprendieran las obras para construir un acueducto decente para toda la ciudad (la semilla inicial del cual todavía disfrutamos), con adecuados tratamientos del agua y tuberías modernas que no se mezclaran con las aguas negras, porque el alcantarillado era viejo, de barro poroso, y por lo tanto contaminaba el agua potable.
El olvido que seremos - Megustaleer Otro de los debates que surgieron de su periódico, y luego a partir de su tesis de grado como médico, fue por la calidad de la leche y de los refrescos. La hepatitis y el tifo eran comunes todavía en Medellín, cuando mi papá desató esas denuncias. Dos tíos de mi mamá se habían muerto de tifo por las malas aguas, y mi abuela se había enfermado de lo mismo, y también el papá del abuelito Antonio se había muerto de tifo en Jericó. Tal vez vendría de ahí la obsesión de mi papá por la higiene y el agua potable; era una cuestión de vida o muerte, era una manera de esquivar al menos un dolor evitable en este mundo tan lleno de dolores fatales. Pero el detonante de su lucha por el agua fue la muerte, también por una fiebre tifoidea, de uno de sus compañeros de carrera en la Universidad. Mi papá lo vio agonizar y morir, un muchacho que tenía sus mismas ilusiones, y decidió que eso no debería volver a pasar en Medellín. Sus denuncias apasionadas en el periódico estudiantil, y sus palabras encendidas en el Concejo, que algunos calificaron de incendiarias, no eran una jugada política, como también dijeron, sino un profundo acto de compasión por el sufrimiento humano, y de indignación por los males que se podían evitar con apenas un poco de activismo social. Así lo contó mi papá al historiador de la medicina Tiberio Álvarez:
  “Empecé a pensar en la medicina social cuando vi morir a muchos niños en el hospital, de difteria, y al ver que no se hacían campañas de vacunación; pensé en medicina social cuando un compañero nuestro, Enrique Lopera, se murió de tifoidea, y la causa era que no le echaban cloro al acueducto. Mucha gente del barrio Buenos Aires, con sus muchachas tan hermosas, amigas nuestras, también se morían de fiebre tifoidea y yo sabía que esto se podía prevenir con cloro al acueducto… Yo me rebelé en ese periódico U-235 y cuando celebraron el Cabildo Abierto les dije criminales a los concejales porque dejaban morir al pueblo de fiebre tifoidea, por no hacer un buen acueducto. Esto dio frutos, pues siguió una gran campaña por el agua; Campaña H20, se llamó y a raíz de ella se mejoró y completó el acueducto”.
 Leyendo algunos editoriales del U-235 uno se da cuenta del fuerte influjo romántico que tenían los sueños de ese joven estudiante de Medicina. En cada número emprende una campaña por alguna causa importante y más o menos imposible de alcanzar para un muchacho de pueblo recién llegado a la capital de la provincia. Pero además de sus propias ansias de luchar por ideales que iban más allá del egoísmo (o que tenían ese otro egoísmo incluso más profundo que consiste en querer convertirse en héroes románticos de la entrega y el sacrificio), abría sus páginas a escritores que los estimularan a seguir por un camino parecido.
 Quizá el artículo más importante que se publicó en el U-235 fue uno que apareció en el primer número del periódico. Estaba firmado por el mayor, y quizá el único filósofo que ha tenido nuestra región, Fernando González. Mi papá contaba que desde muy joven había leído al pensador de Otraparte, y que escondía sus libros debajo del colchón de la cama pues una vez que mi abuela lo había visto leyéndolos se los había tirado a la basura. Él mismo había estado en Envigado pidiéndole al Maestro que le escribiera un artículo sobre la profesión médica para el primer número de su periódico. González no se negó y creo que las recomendaciones que les hizo a los médicos en esa ocasión se grabaron en la memoria de mi papá como con tinta indeleble. Lo que Fernando González recomienda ahí fue lo que mi papá intentó practicar, y practicó, el resto de su vida:
  “El médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!… Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea… Es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2017. ISBN: 978-84-204264-0-2.]

jueves, 9 de enero de 2020

Parábolas para una pedagogía popular.- Célestin Freinet (1896-1966)

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VIII.-Y la luz se hizo
En el año 1959

«-¡Qué no haríamos nosotros por nuestros alumnos!
  Si por lo menos, padres de familia de buena voluntad, osarais hacer por vuestra descendencia lo que realizan el granjero por sus animales, el campesino por sus árboles, el industrial por sus máquinas, el ganadero por sus animales de raza, ¡cuántas nubes escamparían!
  Cuando el granjero aumenta su ganado, añade naturalmente un ala más a su cuadra, y ¡qué ala!, inundada de aire y de luz, con agua corriente y fuerza motriz, condiciones de higiene garantizadas por el control regular del Estado que subvenciona los trabajos indispensables de modernización.
  ¿Acaso no tenéis una solicitud semejante para con las escuelas de vuestros hijos y no exigís la vigilancia eficaz para que los escolares de 1959 se beneficien finalmente de las instalaciones sanas y cómodas previstas para las vacas y los caballos?

  Cuando el arboricultor quiere plantar su vergel, cava, estercola y, sobre todo, toma terreno a los prados y a los campos. No amontonará cien árboles allí donde no pueden vivir más que cincuenta. Roturará el campo cercano y hará su plantación racional y productiva.
  Vosotros aceptáis que amontonen a cien niños en un local previsto para cincuenta y que se escatimen los trabajos elementales que les permitirían crecer y vivir eficiente y humanamente. Sabéis muy bien que los caballos y los perros de raza exigen, para reafirmar sus cualidades, unas condiciones de habitación, de alimento, de limpieza y de ejercicios sin los que ningún sujeto rendiría al máximo en agilidad y elegancia.
  Vuestros hijos, que serán los inventores y los constructores de mañana, ¿no son dignos acaso de una atención semejante?
  Objetaréis que los locales espaciosos, los espacios generosos alrededor de las ciudades están acaparados por las fábricas y los almacenes en los que se instalan en condiciones de comodidad y de lujo, los perfeccionamientos técnicos que lógicamente causan admiración.
  Para hacer vivir y modelar al hombre que mañana conducirá y dominará esta audaz técnica, sólo quedan patios desnudos, la sombra fría de las fábricas y las escuelas medievales rechazadas como parientes pobres, lejos de los centros favorecidos.
  -¡Qué no haríamos nosotros por nuestros hijos!
  Entonces, que se alcen las voces que reivindican, en la gran obra de educación, las reglas de higiene y de salubridad previstas para la fábrica, los almacenes, los animales de provecho y los vergeles fértiles. Que se organicen las comisiones de investigación de los padres, educadores, parlamentarios que estudiarán objetivamente las necesidades de las escuelas del pueblo para que en el año 1959 el niño tenga los cuidados que se reservan en provecho del animal de lujo y del árbol productor.
  ¿De dónde saldrá el dinero?
  Bastará con disminuir las fuerzas de guerra en provecho de la vida.
  […]
Las técnicas modernas han ganado la partida

  La real superioridad actual de las técnicas de la Escuela moderna, no podría ser valorada si no se comparasen con los viejos métodos que progresivamente ceden el paso ante la experiencia que prueba útiles y métodos de trabajo más eficientes.
  Esto no significa que subestimemos a aquellos compañeros que, por razones diversas, de las que no son responsables, no han podido, o no han sabido, comprometerse por las nuevas vías.
  Se pueden encontrar anticuados el arado o la carretilla y preferir el tractor sin que ningún sentimiento de reproche o desaprobación agrave las comparaciones que se imponen. Sin embargo, haciendo marchar uno al lado del otro a la carretilla y al tractor se pueden medir realmente los progresos técnicos y humanos que es necesario explotar y reforzar.
  La Historia no es nunca un frente unido que avanza como un bloque en cada época. En el dominio de la Escuela, como en el de la técnica agrícola o de la vivienda, todos los estadios están aquí como testigos de un pasado que se acerca a la vida que avanza. Las viejas cocinas, arregladas como lo estaban en la Edad Media, se parecen a las casas de los colonos del siglo XVII y a las casas modernas recién pintadas. En nuestras escuelas, los bancos de 1890 todavía son sólidos junto a las mesas individuales de tubo; los cuadros murales reciamente enmarcados contrastan con los heliograbados de F. Nathan y los manuales escolares más o menos rezagados conservan  un lugar de honor que raramente han merecido.
  Los métodos son hijos de este estado de hecho, igual que lo es la atmósfera escolar –de la que el educador es, conscientemente o no, la primera víctima.
  Para servir a la Escuela y a los educadores, haremos la prueba dejando marchar uno junto al otro, el tractor y el faetón. Pedimos a nuestros compañeros que nos ayuden lealmente, sin tomar partido, en esta indagación que iniciarán en sus casas, en sus clases, para que seguidamente estudiemos en común cómo el presente y el futuro pueden separarse de un pasado del que serán un resultado reconfortante.
  […]
¡Si gobiernan!

  Si gobiernan en el Ayuntamiento o en el Sindicato, dice mascullando sus palabras el pastor flemático, es porque nosotros les dejamos gobernar.
  Sabemos discutir, en el café o en el recodo de los caminos, cuando nada nos apremia, que el día está despejado y que el río murmura a nuestros pies. Allí, entre nosotros, reconstruiremos el mundo. Dios mismo es criticable y, por poco, le haremos la competencia. Pero cuando, en una reunión, se trata de decir su merecido a aquellos a los que criticamos y tomar frente a ellos una posición viril que hemos tomado entre nosotros, entonces ya no quedan hombres. Sólo hay ovejas y lacayos.
  Y nos quejaremos a la salida.
  Sí, ellos están acostumbrados a hablar y a gobernar, y nosotros, nuestra función es callarnos y obedecer. Y, sin embargo, tenemos lo mismo que ellos en la cabeza y, en nuestra lengua, no es precisamente la elocuencia lo que nos falta. Sólo estamos dominados por una cadena de la que no nos podemos liberar.
  Lo más grave es que esta cadena la preparamos y la forjamos para nuestros hijos.
  Cuando resisten obstinadamente a nuestras razones y a nuestra autoridad porque creen tener razón; cuando defienden hasta la cólera y las lágrimas, sin respeto, es verdad, para las jerarquías formales, lo que es su bien y su libertad, llamamos desfachatez a su valentía, irrespetuosa inconveniencia a sus reivindicaciones.
  Puede ser que si les ayudáis, educadores, a afirmar su personalidad de la misma manera que queréis enseñarles ortografía y cálculo; si les acostumbráis a salvaguardar su dignidad con la misma ciencia pedagógica que empleáis, para hacerles obedecer; si aportáis tanto interés en formar a un hombre como en adiestrar al escolar, entonces, quizá tengamos, el día de mañana, generaciones que sabrán defenderse contra los habladores y los políticos que hoy nos guían.
  Pero los que gobiernan dirán para abrumaros que, olvidando las jerarquías justas y formales, reivindicáis con desfachatez y que por su ciencia habéis perdido el respeto que se debe a los ídolos y a los dioses.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Planeta-De Agostini, 1994, en traducción de Elisenda Guarro. ISBN: 84-395-2262-2.]

lunes, 21 de octubre de 2019

Las parroquias de Regalpetra.- Leonardo Sciascia (1921-1989)

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Crónicas escolares

«Se acerca el verano. En la escuela doy vueltas entre los bancos para vencer el sueño. Los chicos, muertos de cansancio, emborronan los ejercicios. […] No me gusta la escuela; y me desagradan quienes, ajenos a ella, alaban los méritos y las alegrías de dicho trabajo. No niego que en otros lugares y condiciones el oficio de maestro puede dar alguna que otra satisfacción. Pero aquí, en un remoto pueblo de Sicilia, entro en un aula con el mismo ánimo con que un minero baja a las oscuras galerías de la azufrera.
 Treinta niños que no consiguen estar quietos, que piden la corrección manual que la ley prohíbe, y me traen alegres las varas de almendro para que las pruebe en sus espaldas; y también vienen sus madres a decirme que los enderece a palos, porque sus hijos: "Son árboles torcidos y hay que darles miedo". Y miedo debería consistir en el uso incondicional del bastón. "¡Benditas las manos!", añaden entonces, refiriéndose a un maestro que repartía el pan de la ciencia con la ayuda de una vara nudosa y tenía, alto y robusto como era, una forma especial de coger a los niños por las orejas y levantarlos. […] Treinta niños que se aburren, rompen las cuchillas de afeitar al través, las clavan medio centímetro en la madera de los pupitres y las pulsan como si fueran guitarras; se intercambian obscenidades que hago como que no oigo: "¡Tu hermana, tu madre!"
 Blasfeman, escupen, hacen conejos con las hojas de cuaderno, […] Y hacen barcos y sombreros […] Se aburren, pobrecitos. Qué van a pensar en las cuentas, la gramática, las ciudades del mundo o en lo que produce Sicilia; en lo único que piensan es en comer. Apenas el bedel toque la campana saldrán corriendo para coger el tazón de aluminio; judías con caldo con unos redondeles de margarina, la metralla del "corned beef", la lonja de membrillo que envuelven con la hoja de los ejercicios para luego ir lamiendo membrillo y tinta por la calle.
 El director viene dos o tres veces al año. Es un buen hombre, constantemente atribulado porque es de izquierdas y, por ello, suscita las malas atenciones de su directo superior, con las normales consecuencias del caso. Tiene debilidad por la aritmética y angustiosas preocupaciones higiénicas. El que había antes, sin embargo, sentía preferencia por la gramática italiana y su plato fuerte era una filosófica cavatina sobre el verbo ser. Éste es más tranquilo. Entra y mira a los niños sentados en los pupitres viejísimos e incómodos; a los más grandecitos, que lo miran con las manos en los bolsillos, les dice que las pongan sobre la mesa:
 -Si no, luego se convierte en un vicio -me dice.
 Yo digo que sí. Apruebo cuanto dice. Estoy de acuerdo: la disciplina, el provecho, explicar de esta manera el 3,14, el número fijo para hallar la apotema, aquel muchacho parece un poco tocado de la cabeza, aquellos otros no se lavan. Sí, blasfeman. En las paredes de los retretes escriben cosas muy escandalosas. En la calle molestan a los viejos y a los bedeles en el atrio. Suben por los tubos de los canalones, saltan las lanzas de las verjas. Sí, todo eso hacen. Y se pelean por la comida, para decidir quién de ellos debe ir; cada día diez chicos. En realidad tienen hambre. De acuerdo: insistiré en la geografía y en que se sepan el trapecio de cabo a rabo. Les diré que se corten el pelo y se laven las piernas, las manos y las orejas: "Tan sucias que en ellas se podrían plantar habas".
 Algunas veces viene también el inspector. Con gran intuición viene siempre en el momento o el día en que el director está ausente. Es evidente que no traga a esos treinta muchachos sucios y desgreñados que ni siquiera se sienten cohibidos por su presencia y siguen murmurando y peleándose entre sí. Ve la vara sobre mi mesa y seguro que se imagina un fresco de escenas de tortura. Nunca les he pegado, el bastón lo utilizo para señalar las ciudades y los ríos en el mapa. Estoy seguro, sin embargo, de que el inspector no se lo creería.
 -Hay que tratarlos con dulzura -dice.
 Me cuenta algo de uno de sus alumnos ("porque yo he salido de la nada", me dice con orgullo):
 -Era mentiroso, violento y hasta ladrón -pero él le condujo con dulce persuasión al orden y al estudio. Luego entró en la policía y fue un cotizado funcionario del Ovra.
 -Sí -le digo-, la dulzura lo puede todo -y no doy a la frase ni la más leve sombra de ironía.
 Cada semana viene el cura para la media hora de religión. Cada vez empieza por el principio, Adán y Eva. Los niños juegan a pulsar las cuchillas de afeitar. Alguna blasfemia zumba en el aula, pero el cura no disimula como yo. Promete el fuego eterno. Ríen y él se pone rojo de ira. Y me veo obligado a intervenir con una inútil reprehensión.
 […] Hacen pequeñas burlas. Reflejan la opinión de sus padres, que ni siquiera opinión puede llamarse, toda vez que no es más que un conjunto de trivialidades y anécdotas obscenas sobre los curas y las hijas de María, y de un miedo supersticioso. Temen asimismo los hechizos, el mal de ojo, los secretos mágicos que llaman mala ventura y a los que la dicen. Un muchacho me confía que lleva siempre en el bolsillo una llave, tres clavos y un diente de ajo, de esta manera nunca será objeto de un mal de ojo y me aconseja que lo pruebe.
 También sé por qué partido votan sus padres. Un día un chico me habló de otro chico con el que había peleado, que era comunista. Creía que debía castigarlo. Le dije que en Italia uno podía ser lo que quisiese. Entonces todos me dijeron por quién votaban sus padres, pese a que yo les dije que no me interesaba. Veinte eran comunistas, el resto demócratas (aquí democracia equivale a democracia cristiana) excepto uno que votaba misino. A este último se le echaron todos encima:
 -Eres misino porque tu padre trabaja en Gíbili.
 Gíbili es una mina de azufre que está en manos de los fascistas y los que en ella trabajan están considerados como privilegiados pues perciben un sueldo que supera las mil liras. Los demás, en las salinas, ganan quinientas liras al día. Los braceros agrícolas, cuando hay trabajo, ganan unas seiscientas, pero no trabajan más de ochenta jornadas al año. Los de Gívili tienen radio y cocina a gas, aunque siguen viviendo en covachas que no tienen otra luz que la de la puerta. Sin embargo, en estas azufreras, hay peligro de muerte; las galerías no son seguras, además está el grisú y el ascensor puede desengancharse al bajar.
 Los hijos de los mineros y de los que trabajan en las salinas son un poco más despiertos que los hijos de los campesinos.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Rossend Arqués. ISBN: 84-02-08656-X.]


martes, 14 de agosto de 2018

Poesías.- Marcabrú (s. XII)


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Os diré en mi latín

«I.-Os diré en mi latín lo que veo y lo que vi. No creo que el mundo dure mucho, según dice la Escritura, pues ahora el hijo traiciona al padre, y el padre al hijo también.
 II.-Desviada de su camino, la Juventud se encamina a su decadencia y la Liberalidad, que era su hermana, va huyendo con cautela, pues doña Constancia, la engañadora, nunca disfrutó de Júbilo ni de Juventud.
 III.-A menudo el rico nutre de pan y de vino a un mal vecino; y si lo tuviera de mal linaje, puede estar seguro de mala mañana, si no miente  labriego que inventó el proverbio.
 IV.-El molinero juzga en el molino: "Quien bien ata, bien desata"; y el labrador dice tras el arado: "Buen fruto sale de buen jardín; y mal hijo, de mala madre, y rocín de mal caballo."
 V.-Ahora nacen dos pollinos, hermosos, juguetones y de rubias crines; de blancos se convierten en rucios y adquieren aspecto asnal. Júbilo y Juventud se hacen traidores: de ahí sale Maldad.
 VI.-Casados de mente cabruna: de tal modo disponéis la almohada que las vaginas se vuelven ladronas; pues hay quien dice: "Mi hijo me hace zalamerías", y no tuvo arte ni parte [al engendrarlo]. Seguís un criterio muy bobo.
 VII.-De nada sirve que los amoneste, pues siempre vuelven a las andadas; y luego yo, Marcabrú, no veo que ni uno solo abandone aquella conducta. Los casados se afeitan a contrapelo en el juego vaginal.

 Pax in nomine Domini!

 I.-Pax in nomine Domini! Marcabrú hizo el verso y la tonada. Oíd lo que dice: el Señor celestial, por su dulzura, nos ha hecho, cerquita de nosotros, un baño como nunca hubo otro parecido, salvo en ultramar, allí, cerca de Josafat; y yo os exhorto a este de acá.
 II.-Deberíamos lavarnos, como es de razón, por la noche y por la mañana: os lo aseguro. Todos tienen oportunidad de lavarse y, mientras estén sanos y salvos, deberían ir al baño, que es verdadera medicina para nosotros; pues, si antes llegamos a la muerte, en vez de tener nuestra morada arriba [en el cielo], la tendremos abajo [en el infierno].
 III.-Pero mezquindad y falta-de-fe separan a juventud de su compañero. ¡Ay! ¡Qué doloroso es que la mayoría vuelen hacia allí donde la ganancia es infernal! Si no corremos hacia el baño antes de que se nos cierren la boca y los ojos, nadie se escapará, por henchido que esté de orgullo, de hallar al morir al adversario.
 IV.-El Señor, que conoce todo cuanto existe, que sabe todo cuanto será y cuanto fue, nos ha prometido honor y nombre de emperador. ¿Y sabéis cuál será la belleza de aquellos que vayan al baño? Mayor que la de la estrella matutina, con tal que venguemos a Dios de la ofensa que le hacen aquí y allí, hacia Damasco.
 V.-Aquí hay muchos allegados al linaje de Caín, el primer hombre traidor, ninguno de los cuales rinde honor a Dios. Veremos quién le será amigo cordial, pues por la virtud del baño, Jesús estará entre nosotros; y rechacemos a los villanos que creen en agüeros y en la suerte.
 VI.-Los lujuriosos cuernos-de-vino, come-corriendo, sopla-tizones, agachados-en-el-camino, se quedarán en la inmundicia; Dios quiere poner a prueba en su baño a los valientes y humildes; y aquellos se quedarán guardando sus casas y encontrarán un fuerte adversario; por lo cual, y para su vergüenza, los aparto.
 VII.-Aquí, en España, el Marqués y los del templo de Salomón sufren el peso y la carga del orgullo de los paganos, por lo cual juventud es vituperada y la infamia, a causa de este baño, cae sobre los más poderosos caudillos, quebrantados, decaídos, hastiados de valentía, que no aman la alegría ni el regocijo.
VIII.-Degenerados son los franceses si se niegan a la causa de Dios, a la que yo os he incitado. Antioquía, y aquí la Guyena y el Peitieu lloran a mérito y a valor. Señor Dios: da reposo al alma del conde en tu baño; y que el Señor que resucitó del sepulcro guarde aquí a Peitieu y a Niort.

Escuchad, cómo el canto progresa y mejora

 I.-Escuchad, cómo el canto progresa y mejora, y cómo Marcabrú, según su recto entendimiento, sabe enlazar y hacer el asunto y el verso de tal modo que nadie le puede quitar ni una palabra.
 II.-Suspiro porque es mucha la gente que hace augurios sobre la maldad, que siempre crece y empeora: lo que me mueve a ser combativo es que a ella agrada oírme gritar y vociferar.
 III.-No hay consuelo en juventud sino mucha sordidez, ni contra la muerte recurso ni amparo, desde que estos barones han empezado a quitar y a introducir la liberalidad por el agujero de un taladro.
 IV.-Los más viles tienen la suerte de recibir dádivas y los mejores bobaliquean ante lo simulado: el recordarlo hace entristecer y suspirar ya que los poderosos llevan a cabo sus empresas al revés.
 V.-Gallardía se resquebraja y vileza se amuralla y no quiere acoger en su recinto a alegría; no veo que justicia ni razón se mantengan mucho tiempo desde el momento que el dinero hace de un sinvergüenza un emperador.
 VI.-Quien por dinero pierde vergüenza y mesura y menosprecia honor y valor demuestra ser en el aspecto cofrade del erizo, del perro y del ladrón.
 VII.-Conde de Peitieu, vuestro mérito se consolida, y el de don Alfonso de acá, si nos dura mucho, pues mantiene suyos a Aviñón, Provenza y Belcaire mejor que su padre mantuvo al Tolosanés.
 VIII.-Si este Alfonso adopta actitud dura y da la impresión de fallarme, sé, allá hacia León, de otro buen linaje, libre en su juicio, cortés y generosamente liberal.
 IX.-Guárdelos la Santa Escritura de maldad para que ésta no los [...]; el que es y fue rex regum y salvador me ilumine la esperanza que tengo en el rey don Alfonso.»

[Los fragmentos corresponden a la edición de Editorial Ariel, 1983, en traducción de Martín de Riquer. ISBN: 84-344-8363-7.]

sábado, 10 de marzo de 2018

Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas.- Line Amselem (1966)


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 El plano
«El día que la maestra nos dijo que para el día siguiente teníamos que llevar dibujado el plano de nuestra casa, yo me vi en un apuro muy grande porque no tengo mucha imaginación. Entonces, al volver de la escuela, medí todas las paredes con la cinta métrica que Mamá utiliza para la costura. Con lo que encontré, tuve que apañármelas para hacer una casa normal. Lo único que tenía que hacer era añadir lo que faltaba y quitar un pedazo de la cocina para fabricar otro cuarto. La cosa no me salió del todo mal. Y, para el comentario, no me metí en muchos detalles. Como me faltaba bastante para rellenar la hoja, apunté que nada más abrir la puerta de abajo del edificio ya se sentía uno contento de volver a casa: "En invierno se siente calorcito y en verano un fresquito muy agradable". La frase me ocupó dos renglones más, por lo menos, eso sí que era verdad. Después, se me ocurrieron muchas cosas más, pero de las que no se pueden contar en la escuela y que más vale no decírselas a nadie y callarse la boca.
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El cubo
 Si nadie lo menea, el cubo no huele. En casa no tenemos retrete y ninguno de los vecinos lo tiene. Los que viven en el tercero o en el quinto tienen el váter fuera, pero por lo menos está en el mismo piso. Sin embargo, nosotros vivimos en el segundo y nos las tenemos que apañar como podemos. En el cuarto de baño tenemos una cucha y un bidé. Se puede hacer pis fácilmente. Para el resto, ponemos un orinal dentro del bidé y así parece que estamos sentados en la taza. Mamá pone un cubo debajo del lavabo para echar todo en él. Después, se cierra la tapa del cubo, se lava el orinal y ya está. Poquito a poco, va subiendo el nivel, es divertido descubrir la cantidad que hay cada vez que se echa algo. A menudo, Mamá añade un chorreón de lejía por encima, entonces sale una espuma blanca que quita el color del plástico. Cuando el cubo está bastante lleno, pero no demasiado, mamá lo vacía en el inodoro a la turca del tercer piso. Alguna vez me toca hacerlo a mí. Pesa mucho y hay que ir con cuidado para que nadie se entere y, sobre todo, eso sí, hay que procurar no tropezar en un peldaño.
 A madame Tchividjian le gusta hablar mal de madame Cohen, que sube cubos del primer piso, y de madame Benameur, que los baja del cuarto. Se lo comenta a Mamá e insiste mucho para que Mamá le diga lo que le parece eso, como si no supiera que en nuestra casa también tenemos un cubo.
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El gallo al vino
Cuando murió mamá Esther, estuvimos de luto durante un año. Primero Papá desapareció de casa algunos días. Cuando volvió, le había crecido la barba y llevaba un sombrero. Se le veía rarísimo, y si le preguntábamos algo, sólo contestaba pasándonos la mano por la cabeza. Después, durante todo el año, ya no podíamos reír ni cantar. Mamá dejó de pintarse, cosió una tira de tela negra a la solapa de su abrigo y se recogió el pelo con una cinta ancha (se la hicieron quitar para sacarse la foto del carné de identidad francés). Y claro, tampoco se podía ver la tele.
 Pero lo malo es que, precisamente el mismo año en que faltó mamá Esther, empezó el programa L'île aux enfants, con el dinosaurio Casimir y Barrio Sésamo. En el colegio, los demás lo comentaban. Yo era la única que no podía decir nada. Una tarde mi amiga Magali Legal me invitó a verlo en su casa. Antes de pedir permiso me lo pensé muy bien, por lo de mamá Esther. Pero cuando por fin me atreví a hablar de ello, resultó que no tuve que insistir demasiado: me dijeron que podía ir con tal de volver enseguida, sin entretenerme.
 En casa de Magali hay dos cuartos: una habitación y la cocina. Magali tiene dos hermanos más mayores que nosotras, hasta tiene sobrinitos. El hermano que está casado vive en Normandía y el soltero también vive parte del tiempo en el pueblo. En la habitación, no acabé de entender dónde estaban las camas para cuatro personas. En la cocina, la tele estaba encima de la nevera. También había una mesa, un aparador de madera con platos bonitos y una bañera. Le pregunté a Magali si no le importaba lavarse delante de los demás y me dijo que se ponía el bañador.
Su mamá empezó a cortar un pollo que estaba sobre la mesa (en casa siempre lo asamos entero en el horno). Abrió la nevera, sacó verdura y después abrió una botella de vino tinto (en casa es siempre Papá el que abre el vino del quiddush, el viernes por la noche). Entonces, la mamá de Magali vació la botella entera en la olla. Veía cómo flotaban los trozos de zanahoria y la carne clara del pollo en el vino que parecía completamente negro.
 No me gustó mucho L'île aux enfants. El dinosaurio Casimir tiene cara de tonto y los monstruos de Barrio Sésamo tienen ojos saltones y son feos. Pero Magali no se lo pierde ni un solo día. Claro que, aunque ya tiene siete años, sigue creyendo en Papa Noel y, además, se chupa el dedo. Tanto, que le ha salido un bulto de piel dura y rasposa detrás del pulgar.
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El cine
 "Tanger era internacional". Mamá lo dice a menudo. No entendemos muy bien lo que significa eso, pero debe de ser algo fantástico, porque ella lo dice con mucho orgullo. Nos explica: "Por ejemplo, podías mandar una carta con un sello español o inglés o francés. Teníamos muchas oficinas de correos, teníamos de todo. León, ¿te acuerdas de esos bombones ingleses? ¡Qué buenos!" Los caramelos que le gustaban tanto a Mamá se llamaban Blue Bird, tenían un envoltorio de papel azul oscuro plateado. A nosotros nos gustaría probarlos también, los buscamos en el Monoprix de al lado de casa, pero no tienen.
 Mamá podía comer los que quería porque su hermana los vendía. Tenía cajas enteras. Tita sarita era taquillera en un cine. Allí los cines eran grandes y hermosos, con sillones de terciopelo rojo y las acomodadoras colocaban a los espectadores. Para conseguir asientos como Dios manda, la gente les daba buenas propinas. Estaba el cine Goya, el teatro Cervantes... En el puerto, Mamá vio a un actor americano, Tyron Power o Clarke Gable, cerca de un yate. La playa era de arena blanca finísima. No hacía frío y los extranjeros se bañaban incluso en pleno invierno.
 Una tarde, en casa, Mamá estaba viendo la tele con Papá, cuando de repente se puso a gritar: "¡Ven, mira, mira, Tánger era así!" Lo que vimos en la tele fue un callejón retorcido y oscuro en el que un hombre de espaldas y vestido con chilaba bajaba la pendiente montado en un burro dando saltitos. Mamá nos miraba sonriendo, como si eso fuera normal. Pero a nosotros nos pareció muy raro porque cuando nos cuenta historias de cuando era niña nunca aparecen moros. O a lo mejor es que nosotros no nos acordamos.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de la Editorial Xordica, en traducción de la propia Line Amselem. ISBN: 978-84-96457-70-6.]