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domingo, 4 de mayo de 2025

Si esto es una mujer.- Noemí Trujillo (1976) y Lorenzo Silva (1966)

 

6.- Mamen

 «-Por otra parte, creo que debo contártelo, ayer vino a verme Guadalupe. Me contó la investigación que tenemos ahora mismo entre manos en el grupo. Una investigación en punto muerto y en la que se siente abandonada por los jefes y hasta por el juez.
 -Un homicidio, deduzco.
 -Es a lo que nos dedicamos. Las bodas, comuniones y bautizos las llevan en otro negociado.
 -Cuéntame algo del caso. -Ignoró mi ironía-. Si quieres.
 -Una mujer negra, descuartizada y arrojada al contenedor de la basura. Recuperaron los trozos de su cuerpo de dos vertederos distintos. Ni siquiera se sabe quién es, nadie la ha reclamado ni se ha denunciado su desaparición, que nos conste. Creen que podía ser una prostituta sin papeles, un cadáver que a nadie importa.
 -Salvo a Guadalupe. Y a ti.
 -Más a Guadalupe que a mí, para serte sincera. A fin de cuentas, yo desciendo de esos homo sapiens renegados que cruzaron a Europa hace milenios y se olvidaron de su origen africano. 
 -¿Por qué te empeñas en ser una cínica?
 -¿Me empeño?
 -Parece costarte reconocer que la historia te ha dejado tocada.
 -Claro que me ha tocado, no tengo una piedra bajo las tetas.
 Mamen torció el gesto. No aprobaba mi lenguaje descarnado.
 -¿Por qué quieres disimularlo entonces?
 -No lo disimulo, te lo estoy reconociendo. Lo que no quiero es engañarte ni generar una falsa impresión sobre las razones por las que vengo a decirte que quiero reincorporarme. No siento una necesidad especial de hacerle justicia a esa desgraciada, en particular, ni siquiera de ser algo así como la campeona, en abstracto, de todos los desgraciados del mundo. Hace tiempo que sé que hay muchos más de los que puedo proteger o confortar, y que siempre los va a seguir habiendo, aunque yo viva mil vidas y en todas ellas no deje de hacer lo que me han enseñado a hacer en ésta. Se trata de otra cosa.
 -De qué.
 -De que ayer, cuando la buena de Guadalupe me empezó a contar las dificultades del caso, se activaron inmediatamente todas las antenas que llevaban meses dormidas. Que cuando vi las fotos de esa pobre chica de piel oscura, de sus trozos tirados en la basura y en una mesa de autopsias, aparte del escalofrío que pueda sentir una persona normal, me sacudió algo diferente, algo que es sólo mío y de los que son como yo: la necesidad de ponerle nombre a esos pedazos de persona, de ponerle nombre al hijo de puta o los hijos de puta que la trataron como si sólo fuera un trozo de carne, de ponerle nombre también a lo que le hicieron, para que unos tipos o tipas con toga a los que no conozco y a lo peor tampoco entiendo, ni me caen bien, les hagan comerse con patatas todas las cosas feas que la ley le adjudica a quien se permite hacerle a un semejante algo así.
 Mamen me miró con una especie de fascinación.
 -Me dejas sin habla, sinceramente -murmuró.
 -¿Has leído a Procopio de Cesarea?
 -¿A quién?
 -Procopio. De Cesarea. Siglo VI.
  -Ni idea. ¿Quién era?
 -Palestino por nacimiento, en una ciudad que hoy es una ruina en Israel, funcionario del Imperio bizantino, escribía en griego y vio de primera mano buena parte de las atrocidades de su tiempo. Ha sido una de mis lecturas de estos meses. Una de las más instructivas de mi vida. He subrayado cientos de frases. Hay una que viene muy a propósito. Como tenía tiempo, aparte de subrayarlas me he aprendido unas cuantas. Creo que ésta la recuerdo literal.
 -Estoy deseando escucharla.
 -"Es la infamia de los nombres, y no la de los hechos en sí, de la que suelen avergonzarse los seres humanos casi siempre".
 La sopesó en silencio. E hizo algo más que eso: se la repitió, mentalmente, mientras la anotaba a toda prisa en su libreta.
 -Muy interesante. Me la guardo. ¿Siglo VI, dices?
 -Procopio había leído a todos los clásicos griegos. Por eso escribía como ellos. En los griegos está ya todo. Luego vinieron Freud y todos esos amigos tuyos a hacer como que inventaban algo.
 -Yo no soy muy seguidora de Freud. Lo mío es el rollo cognitivo-conductual, en realidad vengo a hacer lo contrario que él.
 -Bueno, en todo caso. Lo que quiero decirte es que yo he aprendido a hacer que la vergüenza de la que huyen los hombres, la vergüenza que viene de los nombres de la infamia, caiga sobre ellos. Que ese es mi lugar en el mundo y que siento que ha llegado el momento de volver a ocuparlo. Medio año lamiéndome las heridas ya es penitencia y humillación suficiente por lo que hice.
 El teléfono de Mamen brilló en el bolsillo de su bata.
 -Vete, anda -dijo-. Voy a darte el alta, pero si necesitas algo vienes a verme, ¿estamos? Intenta no meterte en líos, cuenta hasta diez antes de sacar la pistola y mantén la calma. Ya te ha pasado varias veces, Manuela, no puedes ir por ahí sacando la artillería como Harry el Sucio, hay que seguir las reglas del juego. En veinte años aquí he visto de todo, querida, pero eran otros tiempos. Ahora no puedes darles collejas a lo novatos ni encañonar a quien te hace la puñeta. Tienes que guardar las formas, por tu propio bien.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2019, pp. 71-74. ISBN: 978-84-233-5572-3.]

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Mogens.- Jens Peter Jacobsen (1847-1885)


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La peste en Bérgamo


 «Estaba la Bérgamo Vieja, sobre la cima de un monte y al abrigo de sus puertas y murallas, y estaba la Bérgamo Nueva, a los pies del mismo monte y expuesta a todos los vientos.
 Un día se desató al peste en la ciudad nueva. Comenzó a propagarse a un ritmo endiablado; muchos murieron y el resto huyó por la llanura hasta desperdigarse en todas direcciones. Y aunque los vecinos de la Bérgamo Vieja incendiaron la ciudad abandonada para purificar el aire, poco remedio supuso. También ellos empezaron a morir en las alturas: al principio uno al día, luego cinco, luego diez y luego un par de docenas, y al alcanzar el mal su apogeo, aún muchos más.
 Y ellos no podían huir como los de la ciudad nueva. Hubo quienes lo intentaron, pero acabaron llevando una vida de bestias acosadas, ocultos en las zanjas y en las cloacas, al abrigo de las cercas y en medio del verdor de los sembrados; y es que los campesinos, que con la llegada de los primeros fugitivos habían visto irrumpir la peste en sus granjas, ahuyentaban de sus tierras a pedradas a cuanto desconocido les salía al paso, o lo molían a palos como a un perro rabioso, sin piedad ni misericordia. En legítima defensa, pensaban ellos.
 Tuvieron que quedarse donde estaban, las gentes de la Bérgamo Vieja. Día tras día, el calor se hacía más tórrido y el terrible contagio se volvía más voraz. El horror arreció hasta tornarse demencia, y la tierra pareció engullir todo rastro de orden y buen gobierno para reemplazarlo por cuanto existe de malo.
 En los primeros tiempos, con el brotar de la peste, todos se mantenían unidos en armonía y concordia, velaban por que los cadáveres recibiesen la debida sepultura, se cuidaban de encender diariamente en las plazas grandes hogueras, para que el humo purificador circulase por las calles, y repartían enebro y vinagre entre los pobres. Pero, por encima de todo, acudían a las iglesias, ya fuese a horas o a deshoras, solos o en procesión. De día se postraban ante Dios con sus plegarias, y de noche, cuando el sol se ocultaba tras las cumbres, las campanas de todas las iglesias lanzaban al cielo el lamento de sus cientos de gargantas. Se ordenaban ayunos, y a diario se exponían reliquias en los altares.
 Por fin, no sabiendo ya qué hacer, desde el balcón del consistorio y al son de tubas y trombones proclamaron a la Virgen Santísima alcaldesa de la ciudad, ahora y por siempre.
 Mas de poco sirvieron todos sus desvelos; nada surtía efecto. Poco a poco, las gentes se fueron convenciendo de que el Cielo o bien no quería o no podía auxiliarlas, y no sólo se cruzaron de brazos, resignándose a que ocurriera lo que hubiese de ocurrir, sino que el pecado, antes un morbo latente e insidioso, pareció trocarse en una peste maligna, manifiesta y furiosa que, a la par que la epidemia corporal, ansiara matar el alma como ésta ansiaba aniquilar el cuerpo. Tan increíbles eran sus actos, tan monstruoso su empedernimiento. El aire estaba plagado de blasfemia e impiedad, de resuellos de glotones y alaridos de borrachos, y la más salvaje de sus noches no era más negra de obscenidades que cualquiera de sus días.
 “¡A día de hoy comeremos, ya mañana moriremos!” Parecían haberle puesto música a este estribillo e interpretarlo, con un sinfín de instrumentos, en un eterno concierto infernal. De no haber estado inventados ya todos los pecados, se habrían ideado allí, pues no había camino que, en su perversidad, dejasen de explorar. Florecían entre ellos los vicios más antinaturales y les eran familiares pecados tan insólitos como la nigromancia, la brujería y el culto al diablo, pues fueron muchos los que acudieron a las potencias infernales en busca del auxilio que el Cielo les negaba.
 Todo rastro de caridad y compasión se borró de su espíritu, cada quien pensaba sólo en sí mismo. Al enfermo lo veían como a un enemigo público y si un pobre desdichado se desplomaba en la calle, presa de los primeros vértigos de la fiebre, no sólo no había puerta que se le abriera sino que, a punta de lanza y a pedradas, lo obligaban a arrastrarse hasta apartarlo del camino de los sanos.
 Día tras día, la peste arreciaba. El sol estival se abatía sobre la ciudad, no caía una gota de lluvia ni  corría un soplo de brisa. Los cadáveres que se pudrían en el interior de las casas y los que yacían a medio enterrar despedían un hedor asfixiante, que venía a mezclarse con el aire estancado de las calles y atraía nubes de cuervos y cornejas, que ennegrecían  muros y tejados. Y sobre las murallas que ceñían las calles se posaron, llegadas de muy lejos, unas aves grandes y extrañas, de picos voraces y curvas garras, que lo observaban todo con ojos calmos y ávidos, como si sólo aguardasen a que la desdichada ciudad se viera reducida a una enorme fosa de carroña.
 Se cumplían once semanas del estallido de la peste cuando los torreros y otras personas apostadas en lugares elevados vieron acercarse un singular cortejo que serpenteaba por la llanura. Poco a poco se adentraron en las calles de la ciudad nueva, entre los muros tiznados y los negros montones de ceniza que antaño fueran tinglados de madera. ¡Qué gentío! Serían seiscientos o más, hombres y mujeres, viejos y jóvenes. Portaban entre unos y otros grandes cruces negras y, sobre sus cabezas, amplios estandartes rojos como la sangre y el fuego. Cantaban a la par que andaban, llenando el aire inerte y bochornoso de melodías extrañas y desesperados lamentos.
Resultado de imagen de mogens jans perter jakobsen Marrones, grises, negras eran sus ropas, pero llevaban todos una marca roja en el pecho, que resultó ser una cruz cuando la vieron de cerca. Seguían aproximándose. Se apiñaban por el empinado camino amurallado que subía hacia la ciudad vieja. […]
 Los bergamascos se agolparon a contemplarlos, con asombro e inquietud. Sus rostros enrojecidos y embriagados contrastaban con la palidez de los recién llegados; sus miradas embotadas y veladas de lujuria se agachaban ante las de estos ojos hirientes, llameantes; los blasfemos que reían olvidaban cerrar la boca al oír los himnos. ¡Y había sangre en todos los flagelos!
 Las gentes se incomodaron al ver a aquellos extraños. Mas poco tardó en quedar atrás esa sensación. Apenas reconocieron entre los crucíferos a un zapatero de Brescia que no andaba muy bien de la cabeza, pasó a ser cosa de risa la procesión entera. Como, por otra parte, era algo novedoso que venía a distraerlos de la rutina, al ver que los forasteros se encaminaban a la catedral salieron todos en pos de ellos como habrían corrido detrás de un grupo de saltimbanquis o de un oso amaestrado.
 Sin embargo, a medida que avanzaban a empellones se iban exasperando, pues se sentían prosaicos frente a tal solemnidad y entendían sobradamente por qué aquellos zapateros y sastres habían ido hasta allí para convertirlos, para rezar por ellos y pronunciar palabras que nadie quería oír.
 Dos filósofos flacos y canosos, que habían hecho de la impiedad un sistema, incitaban a la turba y la azuzaban con toda la maldad de sus corazones, de forma que, a cada paso que daban en dirección a la iglesia, la actitud de las gentes se volvía más amenazadora y sus accesos de cólera más violentos. Poco faltó para que llegaran a ponerles la mano encima a aquellos sastres flagelantes venidos de otros lugares.
 De repente, a menos de cien pasos de la entrada del templo, una taberna abrió sus puertas y una partida de jaraneros, unos a lomos de otros, salió en tropel, se situó a la cabeza de la procesión y la condujo entre cánticos, alaridos y cómicos gestos de devoción; todos, salvo uno de ellos, que fue dando volteretas hasta los escalones recubiertos de hierba de la iglesia. Y así, entre risas, entraron todos en paz en el santuario.
 […]
 Entre tanto, los de la taberna llevaron sus tropelías hasta el mismísimo altar mayor. Uno de ellos, un joven carnicero fuerte y corpulento, se quitó el mandil blanco y se lo anudó al cuello de modo que le colgaba a la espalda como un manto. De tal guisa empezó a oficiar con palabras absurdas y terribles, cuajadas de obscenidades y blasfemias. Un gordinflón bajito y entrado en años, sorprendentemente ágil y vivaracho, con cara de calabaza pelada, le hacía las veces de sacristán, respondiéndole con las tonadas más lascivas en boga por aquellos lares; se arrodillaba, hacía reverencias, volvía el trasero hacia el altar, agitaba la campana como si de un cascabel de bufón se tratara y hacía molinetes con el incensario. Los demás borrachos, tumbados cuan largos eran en los reclinatorios, hipaban de embriaguez entre aullidos y carcajadas.
 La iglesia entera reía, vociferaba y se regodeaba a costa de los forasteros. Si se fijaban bien, les gritaban, podrían apreciar en cuánta estima tenía la Bérgamo Vieja al Señor. Su regocijo, sin embargo, no obedecía tanto al placer de ofender a Dios como al disfrute que les procuraba imaginar cuán dolorosamente debían de clavarse sus blasfemias, como aguijones, en los corazones de aquellos hombres piadosos.
 Hirviendo de odio y sed de venganza, estos permanecían en el centro de la nave, entre gemidos de aflicción. Con la mirada y las manos levantadas hacia Dios, le rogaban que se vengase del desprecio del que era víctima en su propia casa. […]
 De pronto, uno de los forasteros, un fraile joven, se puso en pie y tomó la palabra.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Ardicia Editorial, 2016, en traducción de Blanca Ortiz Ostalé, pp. 65-71 y 73. ISBN: 978-84-944476-1-7.]

lunes, 16 de noviembre de 2020

El Príncipe.- Nicolás Maquiavelo (1469-1527)

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XV.-De las cosas por las que los hombres, y especialmente los príncipes, son alabados o censurados 

  «1.-Queda ahora por ver cuáles deben ser las formas de comportarse un príncipe con los súbditos y con los amigos. Y, como sé que muchos han escrito sobre este tema, no temo, al escribir también yo sobre ello, ser tenido por presuntuoso, ya que partiré, especialmente al tratar esta materia, de lo dicho por ellos. Pero, siendo mi intención escribir una cosa útil para quien la comprende, me ha parecido más conveniente seguir la verdad real de la materia, que los desvaríos de la imaginación en lo concerniente a ella. Muchos han imaginado Repúblicas y principados que nunca vieron ni existieron en realidad. Hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que el que deja el estudio de lo que se hace para estudiar lo que se debería hacer aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella: porque un hombre que en todas las cosas quiera hacer profesión de bueno, entre tantos que no lo son, no puede llegar más que al desastre. Por ello es necesario que un príncipe que quiere mantenerse aprenda a poder no ser bueno y a servirse de ello o no servirse según las circunstancias.
 2.-Dejando, pues, a un lado las cosas imaginarias acerca de un príncipe, y hablando de las que son verdaderas, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos, y en particular los príncipes por estar colocados a mayor altura, se distinguen con algunas de aquellas cualidades que les acarrean censuras o alabanzas. Y así, el uno es tenido por liberal, el otro por miserable (usando un término toscano, porque en nuestra lengua avaro es también el que desea enriquecerse mediante rapiñas, y llamamos miserable al que se abstiene demasiado de usar lo que posee); uno es considerado dadivoso, y otro rapaz; uno cruel y otro compasivo; uno desleal y otro fiel; uno afeminado
 y pusilánime, y otro feroz y valeroso; uno humano, otro soberbio; uno lascivo, otro casto; uno sincero, otro astuto; uno duro, otro flexible; uno grave, otro ligero; uno religioso, otro incrédulo, etc.
 3.-Y yo sé que todos confesarán que sería cosa muy loable que en un príncipe se encontraran todas las cualidades mencionadas, las que son tenidas por buenas: pero, como no se puede tenerlas todas, ni observarlas a la perfección, porque la condición humana no lo consiente, es necesario que el príncipe sea tan prudente, que sepa evitar la infamia de los vicios que le harían perder el Estado y preservarse, si le es posible, de los que no se lo harían perder; pero, si no puede, estará obligado a menos reserva abandonándose a ellos. Sin embargo, no tema incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente pueda salvar el Estado; porque, si se pesa bien todo, se encontrará que algunas cosas que parecen virtudes, si las observa, serán su ruina, y que otras que parecen vicios, siguiéndolas, le proporcionarán su seguridad y su bienestar.

XVI.-De la liberalidad y de la avaricia

 1.-Empezando, pues, por la primera de dichas cualidades, diré cuán útil resultaría el ser liberal. Sin embargo, la liberalidad, usada de modo que seas temido, te perjudica; porque, si ésta se usa prudentemente y como se la debe usar, de manera que no lo sepan, no te acarreará la infamia de su contrario; pero, para poder mantener entre los hombres el nombre de liberal es necesario no abstenerse de parecer suntuoso, hasta el extremo de que siempre, un príncipe así hecho, consumirá en semejantes obras todas sus riquezas; y al fin, si quiere conservar su fama de liberal, estará obligado a gravar extraordinariamente a sus súbditos, y a ser fiscal para hacer todas aquellas cosas que se pueden hacer para conseguir dinero. Esto empezará a hacerle odioso a sus súbditos, y al empobrecerles perderá la estimación de todos; de manera que con esta liberalidad, habiendo perjudicado a muchos y favorecido a pocos, sentirá vivamente la primera necesidad, y peligrará al menor riesgo; y si quiere retroceder, porque reconoce su error, incurrirá súbitamente en la infamia del miserable.
 2-Un príncipe, pues, no pudiendo sin daño propio ejercer la virtud de la liberalidad de un modo notorio, debe, si es prudente, no preocuparse del calificativo de avaro, porque con el tiempo será considerado cada vez más liberal, cuando vean que con su moderación le bastan sus rentas, puede defenderse de cualquiera que le declare la guerra, y puede acometer empresas sin gravar a sus pueblos; por este medio ejerce la liberalidad con todos aquéllos a quienes no quita nada, cuyo número es infinito, y la avaricia con todos aquellos a quienes no da, que son pocos. En nuestros tiempos sólo hemos visto realizar grandes cosas a los que han sido considerado avaros: los demás quedaron vencidos. El papa Julio II, que se sirvió de la reputación  de liberal para alcanzar el Papado, no pensó después en mantenerla, para poder hacer la guerra; el actual rey de Francia ha sostenido muchas guerras sin imponer un tributo extraordinario a los suyos, sólo porque su amplia moderación le suministró lo necesario para los gastos superfluos. El actual rey de España, si hubiera sido liberal, no habría realizado tantas empresas ni habría vencido en ellas.
Resultado de imagen de el principe orbis  3.-Por tanto, un príncipe, para no tener que despojar a sus súbditos, para poder defenderse, para no convertirse en pobre y miserable, para no verse obligado a ser rapaz, debe temer poco el incurrir en la reputación de avaro; porque la avaricia es uno de los vicios que aseguran su reinado. Y, si alguno dijera que César consiguió el Imperio con su liberalidad, y que muchos otros, por ser liberales en realidad y considerados como tales, llegaron a puestos elevadísimos, le respondería: o posees ya un principado, o estás en camino de adquirirlo. En el primer caso, esta liberalidad es perjudicial; en el segundo, es muy necesario que pases por liberal. César era uno de los que querían llegar al principado de Roma; pero si, después que hubo llegado a él, hubiera vivido algún tiempo y no hubiera moderado sus dispendios, habría destruido el Imperio. Y si alguno replicara que ha habido muchos príncipes que con sus ejércitos hicieron grandes cosas y que tenían fama de ser muy liberales, le respondería: o el príncipe expende lo suyo y de sus súbditos, o expende lo de los demás. En el primer caso debe ser parco, en el segundo, no debe omitir ninguna especie de liberalidad.
 4.-El príncipe que con sus ejércitos va a llenarse de botín, de saqueos y carnicerías, y dispone de los bienes de los vencidos, necesita esta liberalidad; de lo contrario, no sería seguido por sus soldados. Puedes mostrarte mucho más dadivoso, ya que das lo que no es tuyo ni de tus súbditos, como hicieron Ciro, César y Alejandro; porque gastar lo de otros no perjudica a tu reputación, sino que le añade una más sobresaliente; gastar lo tuyo es lo único que te perjudica. No hay nada que se consuma tanto a sí mismo como la liberalidad; mientras la ejerces, pierdes la facultad de ejercerla; te vuelves pobre y despreciable, o, para escapar de la pobreza, rapaz y odioso. Entre todas las cosas de que un príncipe debe preservarse está la de ser menospreciado y aborrecido; y la liberalidad te conduce a ambas. Por tanto, hay más sabiduría en soportar la reputación de avaro, que produce una infamia sin odio, que en verse, por el deseo de tener fama de liberal, en la necesidad de incurrir en la nota de rapaz, que produce una infamia con odio.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Ángeles Cardona, pp. 76-80. ISBN: 84-7530-191-6.]
 

domingo, 11 de noviembre de 2018

En el asilo.- Rosa Luxemburgo (1871-1919)


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«El ambiente festivo de nuestra capital imperial se ha visto turbado de forma cruenta. Apenas habían empezado las almas piadosas a entonar el viejo y bello villancico "Navidad, Navidad, dulce Navidad...", cuando se extendió la noticia de la intoxicación masiva en el asilo municipal de indigentes. Las víctimas eran tanto jóvenes como personas mayores: [...] Antes de que tañeran las campanas de año nuevo había más de ciento cincuenta indigentes agonizando, setenta ya habían pasado a mejor vida.
 El sobrio edificio de la Fröbelstrasse, esquivado por los peatones en circunstancias menores, acaparó durante días el interés general. ¿Cuál fue la causa de la intoxicación masiva? ¿Una epidemia? ¿Un envenenamiento por ingestión de alimentos en mal estado? Las autoridades policiales se apresuraron a tranquilizar a la gente de bien: no era una enfermedad contagiosa y, por tanto, no existía peligro para los ciudadanos decentes, para las clases acomodadas de la ciudad. La mortandad masiva se restringía al "círculo del asilo", a aquellas personas que habían consumido durante la Navidad arenques podridos, "muy baratos", o aguardiente adulterado. Pero, ¿de dónde habían sacado los arenques podridos? ¿Se los habían comprado a un "pescadero ambulante" o habían estado rebuscando entre los desperdicios de algún mercado? Esta última hipótesis fue descartada por una razón de peso: la basura de los mercados municipales no es, como tal vez piensen personas frívolas y con escasos conocimientos de economía política, un bien común del que pueda servirse el primer vagabundo que pasa por ahí. Esta basura se recoge y se vende a granjas de cría masificada de cerdos, donde, después de haber sido debidamente desinfectada y molida, se convierte en pienso para el consumo animal. Los atentos agentes de la policía del mercado cuidan de que la chusma humana no hurte la comida a los puercos para engullirla sin previa desinfección ni molienda. Es, por tanto, imposible, como quizá deduzca alguien con ligereza, que los vagabundos hayan preparado su ágape navideño hurgando entre los residuos del mercado. De ahí que la policía ande detrás del "pescadero ambulante" o del tabernero presunto vendedor del matarratas.
 De humilde existencia, Joseph Geihe, Karl Melchior y Lucian Szcyptierowski nunca habían sido objeto de excesiva atención. Y ahora, ¡qué honor! Genuinas autoridades forenses escarban personalmente en sus intestinos. El contenido de sus estómagos, tan indiferente al mundo, es ahora analizado escrupulosamente y comentado en detalle por toda la prensa. No menos de diez personas -así figura en los periódicos- se encargan de aislar en cultivos en estado puro los bacilos responsables de la muerte de los indigentes. Todos quieren ahora saber el lugar exacto en el que murió cada uno de los vagabundos: si en la chabola, donde fue encontrado por la policía, o bien en el asilo, donde había pernoctado antes. Lucian Szcyptierowski se ha convertido en un auténtico personaje y estaría henchido de orgullo si no yaciera cual hediondo cadáver en la mesa de disección.
 Sí, incluso el káiser -quien, gracias a Dios y al reciente aumento de tres millones de marcos de la asignación a la Casa Real a cargo de los presupuestos del Estado, ha podido por lo menos evitar males mayores- solicita encarecidamente que se le informe sobre el estado de salud de los intoxicados en el asilo municipal. Y su excelsa esposa, en un acto auténticamente femenil, ha hecho llegar sus condolencias al alcalde mayor Kirschner a través de su ayuda de cámara Von Winterfeld. [...] Así que el alcalde mayor Kirschner ha aceptado en su nombre las condolencias de la emperatriz y cobrado con ello fuerzas y ánimo para soportar el dolor de la familia Szcyptierowski. También los empleados del Ayuntamiento reaccionaron con gallarda compostura ante la catástrofe. Identificaron, controlaron, levantaron acta, rellenaron pliegos y pliegos de papel, siempre con la cabeza bien alta y soportaron los estertores de los demás con ese temple y valor con que los héroes antiguos solían aceptar su propia muerte.
 Pero hay que conceder que el incidente ha provocado también una agria polémica entre la opinión pública. Por lo general, la sociedad en la que vivimos parece, en conjunto, bastante civilizada; se apoya en la honradez, en el orden y en las buenas costumbres. Por supuesto que hay carencias e imperfecciones en la estructura estatal y en el ejercicio del poder. Pero ¿acaso no tiene también el sol sus manchas? Y, por otro lado, ¿hay algo absolutamente perfecto en esta tierra? A los mismos trabajadores, en especial a los que disfrutan de una mejor posición y están bien organizados, les gusta creer que la existencia y la lucha del proletariado se desarrollan dentro de los límites de la honestidad y el decoro. ¿No fue ya rebatida hace tiempo la "teoría de la pauperización creciente"? Todo el mundo sabe que hay mendigos, prostitutas, policías secretos, criminales y "elementos de dudosa ralea". Pero todo esto se percibe por lo común como algo lejano y extraño, algo que existe en algún lugar fuera de la verdadera sociedad. Entre la clase trabajadora íntegra y los marginados se levanta un muro y muy rara vez se presta atención a los lamentos de los que se arrastran entre los excrementos al otro lado de ese muro. Pero, de repente, sucede algo que produce el mismo efecto que si, en medio de una reunión de personas educadas y finas, una de ellas descubriera de pronto entre los lujosos  muebles rastros de un crimen horrendo o de una depravación innombrable. De repente, el horrible fantasma de la infamia arranca a la sociedad su máscara decorosa, desvelando que su honorabilidad no es más que el maquillaje de una ramera. De repente, se constata que bajo el frenesí y el fulgor de la civilización se abre un abismo de barbarie y bestialidad; surgen imágenes infernales en las que criaturas humanas hozan en las inmundicias, se retuercen entre estertores y expelen en su agonía un vaho pestilente. Y el muro que nos separa de ese tenebroso reino de las sombras se revela como un mero bastidor de cartón piedra.
 ¿Quiénes son los habitantes del asilo víctimas de los arenques fétidos o del aguardiente envenenado? Un dependiente, un técnico de la construcción, un tornero, un cerrajero: trabajadores, trabajadores, todos trabajadores. ¿Y quiénes son los muertos sin nombre que no han podido ser identificados por la policía? Trabajadores, todos simples trabajadores o que lo fueron hasta ayer mismo.
 Y ningún trabajador tiene la garantía de no acabar en un asilo, de no acabar consumiendo aguardiente o arenques tóxicos. Hoy todavía robusto, honorable, laborioso, ¿qué será de él si mañana lo despiden porque ha superado la fatal frontera de los cuarenta años que permite al empresario declararlo "inútil"? ¿Qué será de él si mañana sufre un accidente que lo convierte en un lisiado, en un jubilado indigente?»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de la obra "La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934)", de Editorial Acantilado, 2016, en traducción de Francisco Uzcanga Meinecke. ISBN: 978-84-16748-01-3.]

jueves, 2 de noviembre de 2017

"Las bellas extranjeras".- Mircea Cartarescu (1956)


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«En el mundillo literario no importa quién seas o qué hagas sino la forma en que apareces a los ojos de los demás. Pero esta imagen, la mayoría de las veces grotesca, siempre falsa y ciertamente simplista, te la fabrican, minuciosamente, tus amigos y tus adversarios, a lo largo de una vida de convivencia. Los mediocres son los grandes vencedores en el capítulo de la imagen. Si oyes sólo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales. Por ese motivo, puesto que tienes también que alabar y no sólo criticar si no quieres perder tu credibilidad, los alabados son elegidos con gran cuidado entre los inofensivos, entre los tiernos fabricantes de "sofisticados destellos lingüísticos", como decía Salinger, mientras que los verdaderamente buenos están rodeados por el famoso cordón sanitario: o bien no se habla sobre ellos en absoluto, o bien se habla mucho, pero a sus espaldas (que, como decía aquél: yo soy un hombre de una pieza, lo que tengo que decir lo digo a la espalda...), o bien se les somete -para que se les bajen los humos- a un encarnizado tiroteo de insultos tan pronto como uno los ve en el objetivo.
 Una vez, by the way, no sé quién demonios me hizo aceptar la invitación de una televisión completamente opaca de la que nadie había oído hablar antes. Soy de ese tipo de personas que no saben decir no. Al día siguiente, de madrugada, me recogió un Dacia pick-up, con las siglas retorcidas de una televisión pintadas en la portezuela, y me transportó durante tres cuartos de hora a través de algunas de las zonas más siniestras del sur de la ciudad. En mi vida había puesto el pie en aquellos barrios. Lo único que había era hospitales, cementerios, una morgue, un almacén en el que decía literalmente "ASS MARKET" y unas calles en las que únicamente se admitían, al parecer, Dacias con al menos cuatro décadas de antigüedad. Cuando ya creía que el chofer -un tipo de aspecto sospechoso- conduciría el vehículo hasta quién sabe qué almacén para luego abalanzarse sobre mi pescuezo y robarme todo lo que llevaba, nos detuvimos por fin ante un mercado cubierto revestido con mármol sobre el que decía "Universidad X". No digo su nombre por respeto a Spiru Haret. Allí me esperaba una joven de aspecto frágil y modesto. Dijo llamarse Viorica. Esta Viorica me metió en un laberinto de cemento, pues el edificio estaba recubierto de mármol sólo por fuera, mientras que en su interior las paredes eran de hormigón armado como las había dejado su madre. Atravesamos infinitos pasillos, descendimos a sótanos llenos de tubos y subimos a asfixiantes desvanes propios de El proceso. De no ser porque la chica se tiró todo el rato parloteando como una cotorra, me habría muerto de aburrimiento antes de que comenzara la entrevista. Así me enteré de que todos los de aquella televisión eran unos auténticos cretinos, de que los individuos que me iban a entrevistar eran virtualmente analfabetos, de que en cualquier caso no sabían nada de mí ni de mi libro, de que habían reunido una parte de los equipos a base de robar acá y allá. "A mí me han despedido hace un cuarto de hora, mire usted", me confesó Viorica. Llegué al estudio sabiendo con quién se había acostado en los tres últimos años la redactora que me iba a entrevistar y qué se metía en las venas el redactor, pues me iban a colocar entre dos individuos, los anfitriones del programa. Interesantes premisas para un show en directo, en el que tenía que concentrarme para decir algo inteligente. "Suerte", añadió Viorica antes de desaparecer de mi vida como si nunca hubiera existido.
 Para relajarme antes de entrar en directo, la chica que se había tirado a un rebaño de tíos en los últimos tres años se esforzó por conversar un poco: "Señor Cartarescu, ¿por qué lo odia tanto todo el mundo? Siempre que hablo con un escritor, es usted el primero al que ponen a caer de un burro...". Esas afirmaciones abruptas, antes incluso de desearme los buenos días, no me relajaron demasiado, lo reconozco. Menos mal que el chico a mi derecha (el de la jeringuilla en vena) me informó de que no había conseguido hacerse con mi recién aparecido libro, del que teníamos que hablar en el programa: "No sé qué cojones... no estaba siquiera en Diverta... Tal vez lo tenga usted para que podamos mostrárselo a los espectadores. A propósito, ¿es la enciclopedia de los dioses o de los dragones?" Pero el chaval que parecía completamente inocente, no tuvo tiempo siquiera de que yo se lo aclarase porque, de repente, ya estábamos en directo y la chica que en los últimos años etcétera, etcétera, arrancó con una sonrisa deslumbrante: "Señor Cartarescu, de todos es sabido que es usted uno de los escritores rumanos más apreciados..."
 Más o menos esto es lo que sucede con el amor y el odio entre escritores. No sabes quién los promueve, como tampoco sabes quién hace los chistes. La imagen de cada uno se negocia permanentemente entre grupos e individuos, como si todos tuvieran, para realizar tu retrato, un gran lienzo común donde cada uno contribuye con el contorno de las orejas, la forma de los ojos, el gesto de la boca, borrando lo que han hecho los demás, añadiendo líneas, manchas de color, hasta que la caricatura muestra toda su espléndida fealdad, una obra colectiva más expresiva de lo que tú hayas sido nunca. [...] Esa imagen tan bellamente delineada se transmite a las generaciones venideras, no vaya a ser que los chavales vivan en la ignorancia  y empiecen a leerte con inocencia como se lee a los autores extranjeros.
 "Sí, pero al fin y al cabo quedan los libros", te dices humillado y auto-consolador después de haber sido atacado con más dureza que de costumbre. Flaco consuelo. Es cierto, una vez muerto no serás un competidor de los vivos, pero tampoco les interesarás. Te has ido y te has ido, con todos los libros detrás de ti. La ilusión más estúpida es pensar que la posteridad te hará justicia. El número de analfabetos e imbéciles no desciende en el mundo con el paso del tiempo, sino que cada vez es mayor. ¿Por qué iba a ser la crítica literaria una excepción? Me temo que vendrán unas generaciones que no comprenderán siquiera lo que creen comprender las de hoy en día. Ayer escupían en el tranvía, mañana escupirán en el suelo de la nave espacial. Ayer maldecían a Caragiale, mañana maldecirán a todo el mundo, antes de desaparecer todos en quién sabe qué Second Life.
 Vale, ¿qué más nos da? Que sigan así. Nosotros, por el momento, estábamos encantados criticando a los que faltaban en aquella habitación de paredes tapizadas en rojo, en un hotel parisino en el que acababan de alojarse doce autores rumanos, destinados a revolotear por toda Francia a partir del día siguiente. El más insignificante chismorreo contado entonces por Agop, por Florin o por mí -¿acaso he dicho que yo sea un querubín?- os habría puesto los pelos en punta y, una de dos: o no  volveríais a leer jamás a los implicados o no nos leeríais a nosotros. Historias fantásticas que ni siquiera nosotros creíamos pero que devanábamos una y otra vez porque... porque somos humanos, porque la gente tiene que chismorrear, hipócrita lector, ¿no es verdad?»