Mostrando entradas con la etiqueta Marginalidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marginalidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de mayo de 2022

El olvido que seremos.- Héctor Abad Faciolince (1958)


Héctor Abad Faciolince (Author of El olvido que seremos)
Un médico contra el dolor y el fanatismo

7
  
 «El sufrimiento yo no empecé a conocerlo en mí, ni en mi casa, sino en los demás, porque para mi papá era importante que sus hijos supiéramos que no todos eran felices y afortunados como nosotros, y le parecía necesario que viéramos desde niños el padecimiento, casi siempre por desgracias y enfermedades asociadas a la pobreza, de muchos colombianos. Algunos fines de semana, como no había clase en la Universidad, mi papá los dedicaba a trabajar en barrios pobres de Medellín. Recuerdo que en algún momento remoto de mi infancia llegó a la casa un gringo alto, viejo, peliblanco, encantador, el doctor Richard Saunders, y decidió montar con mi papá un programa que él había adelantado en otros países de África y Latinoamérica. Se llamaba Future for the Children, Futuro para la Niñez. Este gringo bueno venía cada seis meses y cuando entraba en la casa (se quedaba a dormir durante algunas semanas) yo le ponía el Himno Nacional de los Estados Unidos para recibirlo. En mi casa había un disco con los himnos más importantes del mundo, todos orquestados, desde las Barras y Estrellas y la Internacional hasta el Himno de Colombia, que era el más feo de todos, aunque en el colegio dijeran que era el segundo más bonito del mundo, después de La Marsellesa.
 El cuarto de huéspedes, en mi casa, se llamaba “el cuarto del doctor Saunders”; y las sábanas mejores de mi casa, todavía me parece verlas, unas sábanas de color azul pastel, eran “las sábanas del doctor Saunders”, porque sólo se las ponían a él cuando venía. Cuando el doctor Saunders estaba se sacaba la vajilla buena, la de porcelana, las servilletas y los manteles de lino bordados por mi abuela, y los cubiertos de plata: “la vajilla del doctor Saunders”, “el mantel del doctor Saunders” y “los cubiertos del doctor Saunders”.
 El doctor Saunders y mi papá hablaban en inglés y yo me quedaba oyéndolos, embelesado en esos sonidos y palabras incomprensibles. La primera expresión que aprendí en inglés fue “it sticks”, pues se la oí decir con nitidez al doctor Saunders, lo recuerdo muy bien, mientras cruzábamos el río Medellín sobre el puente de la calle San Juan. Se la dijo con un murmullo herido de indignación a un bus que arrojaba una bocanada densa y asquerosa de humo negro exactamente a la altura de nuestras narices.
  —¿Qué quiere decir it stinks? —pregunté.
  Ellos se rieron y el doctor Saunders se excusó, porque, dijo, era una mala palabra.
  —Algo así como hediondo —me dijo mi papá.
  Así aprendí dos palabras al mismo tiempo, en inglés y en español. Mi papá nos llevaba con el doctor Saunders a las barriadas más miserables de Medellín (y muchas veces sin él, cuando regresaba a su casa en Albuquerque, en Estados Unidos). Al llegar reunían a los líderes del barrio, y mi papá le servía de traductor para las propuestas de trabajo comunitario que se les hacían para mejorar sus condiciones de vida. Se juntaban en una esquina, o en la casa cural si el párroco estaba de acuerdo (no a todos les gustaba este trabajo social), y les hablaba y les preguntaba muchas cosas, problemas y necesidades básicas que mi papá iba anotando en una libreta. Debían organizarse, ante todo, para conseguir por lo menos agua potable, pues los niños se morían de diarrea y desnutrición. Yo debía de tener cinco o seis años y mi papá me medía con los niños de mi edad, o incluso con los mayores, para demostrarles a los líderes del barrio que algunos de sus hijos estaban flacos, muy bajitos, desnutridos, y así no iban a poder estudiar bien. No los humillaba; los incitaba a reaccionar. Medía el perímetro cefálico de los recién nacidos, lo anotaba en tablas, y tomaba fotos de los niños flacos y barrigones, con parásitos, para enseñarlas después en sus clases de la Universidad. También pedía que le mostraran los perros y los cerdos, pues si los animales estaban tan famélicos que se les veían las costillas eso quería decir que en las casas no sobraba ni un bocado y estaban pasando hambre. “Sin alimentación, ni siquiera es verdad que todos nacemos iguales, pues esos niños ya vienen al mundo con desventajas”, decía.
 A veces íbamos más lejos, a algunos pueblos, y con nosotros iba también, en ocasiones, el decano de Arquitectura de la Universidad Pontificia, el doctor Antonio Mesa Jaramillo, que se encargaba de enseñar a hacer con buena técnica los tanques de agua y a llevar tuberías hasta las casas, porque el agua potable era lo primero. Después venían las letrinas (“para la adecuada disposición de excretas”, decía, muy técnico, mi papá) o si era posible los trabajos de alcantarillado, que se hacían los fines de semana, por acción comunal. Más adelante seguían las campañas de vacunación y las clases de higiene y primeros auxilios en el hogar, según un programa que se inventó mi papá con las mujeres más inteligentes y receptivas de cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colombia con el nombre de “Promotoras rurales de salud”. En ocasiones nos recogía un bus de la Universidad e íbamos con todos los estudiantes de su curso, porque a él le gustaba que ayudaran y aprendieran al mismo tiempo: “La medicina no se aprende solamente en los hospitales y en los laboratorios, viendo pacientes y estudiando células, sino también en la calle, en los barrios, dándonos cuenta de por qué y de qué se enferman las personas” les decía, muy serio, desde la primera fila del bus, empuñando un micrófono.
 Una vez, en Santo Domingo, hicieron una campaña contra los parásitos intestinales en todo el casco urbano, con tan buen resultado que las cañerías del pueblo se taquearon con la cantidad de lombrices que expulsaron en un mismo día los campesinos. En mi casa se conservaba la foto de un tubo del alcantarillado obstruido por un nudo de lombrices que parecían un grumo de espaguetis morados y negros.
 El agua limpia había sido una de las primeras obsesiones en la vida de mi papá, y lo fue hasta el final. Cuando era estudiante de medicina emprendió una campaña de salud pública en un periódico estudiantil que fundó en agosto de 1945 y que dirigió durante poco más de un año, hasta octubre de 1946, cuando desapareció, tal vez porque si lo seguía publicando no se iba a poder graduar. Era un tabloide que salía cada mes y tenía un nombre futurista: U-235. En uno de sus primeros números, en may o del 46 denunció la contaminación del agua y de la leche en la ciudad: El Municipio de Medellín, una vergüenza nacional, decía el titular de la primera página, y añadía el subtítulo: El acueducto reparte bacilos de la fiebre tifoidea. La leche es impotable. El Municipio no tiene hospital. A partir de esas denuncias, sustentadas con cifras y exámenes de laboratorio, mi papá fue citado a un cabildo abierto en el Concejo de Medellín. Era la primera vez que un simple estudiante era admitido para exponer sus denuncias en un debate público, enfrentado a los funcionarios oficiales. Allí, frente al secretario de Salud, y durante dos noches consecutivas, hizo una exposición sobria, científica, que el secretario, incapaz de refutar, trató de capotear con insultos personales y argumentación rutinaria. Pero el triunfo intelectual era innegable y fue así como, sólo con su palabra y con una serie de datos precisos, logró que poco después se emprendieran las obras para construir un acueducto decente para toda la ciudad (la semilla inicial del cual todavía disfrutamos), con adecuados tratamientos del agua y tuberías modernas que no se mezclaran con las aguas negras, porque el alcantarillado era viejo, de barro poroso, y por lo tanto contaminaba el agua potable.
El olvido que seremos - Megustaleer Otro de los debates que surgieron de su periódico, y luego a partir de su tesis de grado como médico, fue por la calidad de la leche y de los refrescos. La hepatitis y el tifo eran comunes todavía en Medellín, cuando mi papá desató esas denuncias. Dos tíos de mi mamá se habían muerto de tifo por las malas aguas, y mi abuela se había enfermado de lo mismo, y también el papá del abuelito Antonio se había muerto de tifo en Jericó. Tal vez vendría de ahí la obsesión de mi papá por la higiene y el agua potable; era una cuestión de vida o muerte, era una manera de esquivar al menos un dolor evitable en este mundo tan lleno de dolores fatales. Pero el detonante de su lucha por el agua fue la muerte, también por una fiebre tifoidea, de uno de sus compañeros de carrera en la Universidad. Mi papá lo vio agonizar y morir, un muchacho que tenía sus mismas ilusiones, y decidió que eso no debería volver a pasar en Medellín. Sus denuncias apasionadas en el periódico estudiantil, y sus palabras encendidas en el Concejo, que algunos calificaron de incendiarias, no eran una jugada política, como también dijeron, sino un profundo acto de compasión por el sufrimiento humano, y de indignación por los males que se podían evitar con apenas un poco de activismo social. Así lo contó mi papá al historiador de la medicina Tiberio Álvarez:
  “Empecé a pensar en la medicina social cuando vi morir a muchos niños en el hospital, de difteria, y al ver que no se hacían campañas de vacunación; pensé en medicina social cuando un compañero nuestro, Enrique Lopera, se murió de tifoidea, y la causa era que no le echaban cloro al acueducto. Mucha gente del barrio Buenos Aires, con sus muchachas tan hermosas, amigas nuestras, también se morían de fiebre tifoidea y yo sabía que esto se podía prevenir con cloro al acueducto… Yo me rebelé en ese periódico U-235 y cuando celebraron el Cabildo Abierto les dije criminales a los concejales porque dejaban morir al pueblo de fiebre tifoidea, por no hacer un buen acueducto. Esto dio frutos, pues siguió una gran campaña por el agua; Campaña H20, se llamó y a raíz de ella se mejoró y completó el acueducto”.
 Leyendo algunos editoriales del U-235 uno se da cuenta del fuerte influjo romántico que tenían los sueños de ese joven estudiante de Medicina. En cada número emprende una campaña por alguna causa importante y más o menos imposible de alcanzar para un muchacho de pueblo recién llegado a la capital de la provincia. Pero además de sus propias ansias de luchar por ideales que iban más allá del egoísmo (o que tenían ese otro egoísmo incluso más profundo que consiste en querer convertirse en héroes románticos de la entrega y el sacrificio), abría sus páginas a escritores que los estimularan a seguir por un camino parecido.
 Quizá el artículo más importante que se publicó en el U-235 fue uno que apareció en el primer número del periódico. Estaba firmado por el mayor, y quizá el único filósofo que ha tenido nuestra región, Fernando González. Mi papá contaba que desde muy joven había leído al pensador de Otraparte, y que escondía sus libros debajo del colchón de la cama pues una vez que mi abuela lo había visto leyéndolos se los había tirado a la basura. Él mismo había estado en Envigado pidiéndole al Maestro que le escribiera un artículo sobre la profesión médica para el primer número de su periódico. González no se negó y creo que las recomendaciones que les hizo a los médicos en esa ocasión se grabaron en la memoria de mi papá como con tinta indeleble. Lo que Fernando González recomienda ahí fue lo que mi papá intentó practicar, y practicó, el resto de su vida:
  “El médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!… Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea… Es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2017. ISBN: 978-84-204264-0-2.]

lunes, 1 de junio de 2020

Una vida violenta.- Pier Paolo Pasolini (1922-1975)

Resultado de imagen de pier paolo pasolini 

Primera parte
3.-Irene

   «Muy ufano por su primer domingo transcurrido con su novia, Tommaso volvió a Pietralata; y, en cuanto llegó, el Zimmio, el Cagone y otros dos o tres de la pandilla lo pararon y le preguntaron si estaba dispuesto a ir con ellos a la Anguillara, para un trabajito de gallinas. Tommasino dijo:
 -Claro. ¿Cómo no?
 Ya era tarde y partieron en un "Mil cien" que los otros habían robado por la tarde.
 El robo de gallinas en Anguilara resultó bien y, al día siguiente, realizaron otro por el lado de Tívoli y después otros más en Villalba y en Settecamini, cada vez más cerca de la ciudad. El Sábado Santo, para evitar la fatiga de ir lejos, dieron un golpe en Ponte Mammolo, a dos pasos, a orillas del Aniene.
 Dejando de lado las bromas, he aquí cómo se desarrollaron las cosas. El Cagone, el Zellerone, Cazzitini, el Budda, el Gricio, el Sciacallo y Nazzareno, en unión con los más jovencitos, Tommasino, el Zimmio y el Zucabbo, habían ido a Tiburtino para alquilar un furgón, pues se les presentaba la ocasión de hacer un trabajito por otro lado, hacia Ciampino: se trataba de tres o cuatro quintales de bronce. Llovía. Calados hasta la médula, los compinches llegaron a Tiburtino y se pusieron a silbar frente a la ventana de una casa que daba al campo. Carlo el Sordo salió al zaguán y, cuando los otros le pidieron el furgón, se los rehusó:
 -¡No, no y no! Yo no les doy mi furgón. Ya van tres veces que lo doy, después las cosas quedan en la nada y yo me quedo con las ganas.
 -Pero nosotros no somos así -protestaron.
 -Bueno -contestó Carlo el Sordo-. Ustedes me dan enseguida cinco mil liras y yo les doy el furgón.
 -Es que nosotros no tenemos ahora cinco mil liras -replicaron los compinches.
 -Siendo así -dijo el Sordo-, lo siento, pero el furgón no sale.
 -Nos arruinas -le explicaron-. Mañana es Pascua. ¿Qué vamos a hacer sin una lira en el bolsillo?
 -Ven con nosotros -propuso el Sciacallo-, si no nos crees.
 -No, no -dijo Carlo-, a mí la policía me conoce demasiado. Tendría calabozo para años si nos agarrasen.
 -Te dejamos los abrigos -propuso el Cagone.
 -¿Y qué hago con los abrigos? -contestó Carlo-. Mañana es Pascua, quiero pasármela tranquilo, no quiero estar toda la noche en vela pensando en el furgón.
 Así que, quieras o no quieras, tuvieron que marcharse sin furgón. El Cagone, el Zellerone, el Sciacallo, el Budda, el Gricio, Cazzitini y Nazzareno se metieron en el "Bar Duemila", que estaba por allí, frente al Monte del Pecoraro. Los tres más jóvenes se quedaron en la calle, ante el lote de casas en que vivía Carlo el Sordo, sin resolverse a marcharse.
 -Nada que hacer -dijo deprimido el Zimmio.
 -Estaríamos locos si nos fuéramos a dormir -profirió el Zucabbo-. Hagamos algo. De algún modo tendremos que encontrar dinero.
 -¿No sabes -dijo Tommaso, que era el más ávido desde que se había metido con la Irene- que cuando los trabajos se improvisan uno cae fácilmente en la trampa?
 -Mañana es Pascua. Prefiero pasármela en la cárcel antes que estar sin un lira en el bolsillo -replicó el Zucabbo.
 -Ni siquiera podemos ir por ropa tendida -observó amargamente el Zimmio-, porque llueve. ¿A quién se le va a ocurrir tender ropa con este tiempo?
 Callaron, cariacontecidos. En el silencio circundante sólo se oía caer la lluvia. Y he aquí que, de pronto, oyeron cantar un gallo: era el gallo de Carlo el Sordo.
 -¿Y si le limpiáramos el gallinero al Sordo? -dijo el Zucabbo, brillantes los ojos-. ¿Por qué ese hijo de p... no quiso alquilarnos su furgón?
CUENTOS de MARIETA: Brújulas y Espirales: Pier Paolo Pasolini "Una ... -¡Aoh! -exclamó entonces el Zimmio-. A propósito de gallinas... ¿Quieren venir conmigo? Ahora que lo pienso, junto a la iglesia de Ponte Mammolo los curas tienen un gallinero. Yo sé dónde están las gallinas, porque hace unos años fui allí a robar huevos. ¡Ammazza, son muchas!
 -¿Cuántas, más o menos? -preguntó Tommaso. 
 -Doscientas, trescientas -repuso el Zimmio.
 -Entonces, vamos, vale la pena -dijo Tommaso-. A quinientas liras cada una, son ciento cincuenta mil.
 -¿Y dónde las ponemos? -preguntó el Zucabbo.
 -Yo llevo el forro del colchón -contestó sin titubeos el Zimmio-. Mi madre lavó la lana. Figúrense las gallinas que caben... Podemos meter al mismo sacristán...
 Así, llenos de esperanza, se pusieron en marcha.
 […]
 Tommaso y el Zucabbo llegaron a casa del Zimmio y lo llamaron. Estaba durmiendo. Como tenía a su novia en Ponte Mammolo, y ella y su madre eran muy católicas, él, aunque cayéndose de sueño, había tenido que madrugar para ir allá a oír misa con ellas. Había vuelto hacía poco más de media hora y se había echado otra vez en la cama, quedándose dormido inmediatamente. Tommaso y el Zucabbo lo despertaron:
 -¿Y las gallinas? -preguntaron-. ¿Qué? ¿No nos vas a dar las nuestras?
 -Dos se las di a mi madre -dijo el Zimmio, hinchado de sueño y sombrío, pero con una cara tan rara que no convencía a nadie-, y las otras dos las dejé allá, en la Via Casal dei Pazzi.
 Los miró unos instantes, con las bolas de los ojos que se le llenaban de risa.
 -A propósito... -prosiguió, y largó la risa-. A propósito, ¿saben lo que dijo el cura en la misa?
 Y seguía riéndose con tantas ganas que no podía pronunciar una sola palabra; los otros sabían que había ido a oír misa precisamente allá donde tres horas antes habían estado robando, y lo miraban también regocijados.
 -Dijo -empezó a contar el Zimmio cuando se hubo calmado un poco- que anoche le robaron treinta gallinas... Que unos ladrones sacrílegos se introdujeron anoche en su gallinero y que los condenados le robaron treinta gallinas, aprovechándose de él, que hace la caridad... ¡Treinta gallinas, dijo aquel hijo de perra!
 A Tommaso y el Zucabbo les brillaban los ojos por la alegría de saber que habían hablado de ellos durante la misa, ante tanta gente.
 -¡Ahh! -exclamó el Zucabbo-. ¿Lo oyes, Tommaso? Somos peores que el Tinea. ¿Qué te parece?
 -¡Aoh! -dijo Tommaso-. ¿Vamos a misa a oír lo que dice?
 -¡Vamos! -contestó con entusiasmo el Zucabbo.
 -Lárgate con nosotros, ¡dale! -dijo Tommasino al Zimmio.
 Así, hicieron la caminata hasta Ponte Mammolo y no se dieron por satisfechos con escuchar el sermón de la segunda misa, sino que también quisieron oír el de la última, de mediodía. El cura hablaba de ellos, de estos ladrones, de estas almas perdidas, de estos sacrílegos, etcétera, etcétera... Se hicieron una panzada de misas; por lo demás, hacía más de diez años que no pisaban una iglesia y ya ni siquiera recordaban quién había creado el mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1969, en traducción de Attilio Dabini. ]

lunes, 7 de enero de 2019

Palabras armadas. Entender y combatir la propaganda terrorista.- Philippe-Joseph Salazar (1955)


Resultado de imagen de philippe joseph salazar 
10.-¿Terrorista inexplicable?
Explicaciones pensadas para tranquilizar a la población

«En efecto, la retórica pública ha pasado por tres fases para explicar el terrorismo:
 -Una retórica medicalizante: La medicalización de la vida pública es un fenómeno social: se medicaliza la criminalidad, se medicaliza el fracaso escolar, se medicaliza "el fin de la vida", se medicaliza la cotidianeidad. La creencia general en la farmacopea para resolverlo todo es uno de los grandes avances de la democracia posmoderna. Reduce al ciudadano a enfermo potencial, al que por consiguiente hay que vigilar y someter a tratamiento. Antes de la medicalización, se recluía: la prisión por crímenes incluso veniales (robo de pan en Los miserables), el correccional como complemento de la escuela (la famosa colonia penitenciaria de Mettray), el internamiento de los débiles mentales y de las mujeres volubles (asilos y camisas de fuerza). [...]
 -Una retórica psicosociológica: La matanza de Charlie Hebdo tuvo el efecto de recordar que el terrorismo islámico es "incurable": si el primer objetivo del contrato social es que vivamos (en vez de matarnos los unos a los otros), su objetivo ulterior es que vivamos mejor, o que la ley de la jungla, la ley de la naturaleza, sea reemplazada por una vida pacífica y, como bonus, una vida mejor.
 El terrorismo, incurable, nos devuelve a la casilla de salida: la de que el hombre es un lobo para el hombre. El terror destruye la socialización. La medicina, salvo que lobotomice, no dispone de cura ni de tratamiento.
 En consecuencia, en una segunda fase ha aparecido una explicación psicosociológica. Se hace terrorista el que padece una marginalización social, económica y educativa. [...]
 -La "narrativa" entra en juego: Como toda retórica pública necesita proporcionar explicaciones sobre lo que se sale de la norma social, se superpone a lo médico-psicosociológico un tercer discurso explicativo, la narrativa, a saber, que para toda acción social existe una "historia" que uno se cuenta y que cuenta, y que esa "historia" es por sí misma poderosa. 
 Existiría entonces la presencia activa y tóxica de una narrativa sobre la subyugación del Islam por Occidente, que los terroristas amplifican mediante una narrativa más fuerte, la de la yihad, y que a su vez debe ser combatida mediante una contranarrativa generada por nuestros servicios de lucha antiterrorista. [...]
 El yihadismo es religioso. No es un comercio.
 Entonces, a la explicación médica, a la explicación psicosociológica, al intento de contraataque mediante la narrativa, se le ha sumado una (no) explicación religiosa.
 -Lo no-dicho religioso: Hemos reflexionado poco en lo que se llama la conversión, en ese fenómeno de regreso a la divinidad y a la comunidad que la toma como centro y sitúa ese centro en el centro del mundo.
 En Gran Bretaña hay una reflexión profunda sobre un tema cercano, el de la "espiritualidad" como atributo del liderazgo -en un contexto de defensa nacional y de obtención de información-. Su mérito está en señalar lo que es evidente: que los combatientes del Califato, los miles que han abandonado Europa para ir a su tierra prometida, al hacerlo se han convertido, en la literatura califal, en "líderes", "conductores", los que muestran el camino de la hégira y del arrepentimiento, para retomar la arenga marcial del califa de mayo de 2015.
 Frente a esa realidad religiosa, que para un Estado laico es turbadora y que a una nación descristianizada le parece absurda, recurrimos a una manipulación del discurso público.
 Hemos hecho un esfuerzo de explicación para exonerar a la religión de su poder decisivo. En un primer momento admitimos el componente religioso, pero no como detonante. Esta estrategia sólo tenía el objetivo miope, parcial y efímero, de evitar "estigmatizar" a la población de confesión o de sensibilidad musulmanas. [...]
 
 La cadena de razones terrorista
 
Esas explicaciones a partir de la pobreza, la marginalización y la solidaridad de los desfavorecidos, la narrativa, la desvinculación de lo religioso, no se sostienen frente a los hechos: de repente se descubre, o por fin se revela, que los yihadistas no han de ser necesariamente imbéciles, subnormales, marginales, fracasados e inútiles, sino que en muchos casos son diplomados, hijos de buena familia, chicas tranquilas y estudiosas, que a menudo explican elocuentemente su decisión y que saben escribir; y si uno de ellos dice haber tenido un sueño que le indicaba el camino al Califato, en vez de ver ahí una señal de alienación mental o de profundo malestar social, habría que empezar por leer un poco de filosofía teológica árabe para comprender hasta qué punto soñar es un acto racional de interpretación.
 Desde hace mucho tiempo los terroristas son reclutados en una categoría que con frecuencia ha alimentado la revuelta: la clase media, los pequeños burgueses ilustrados, sean musulmanes o no, que son capaces de una rebelión argumentada. Hay que decir "conversión" y no "radicalización". [...]
 Porque, en el lado contrario, la explicación del terrorismo (cómo un soldado califal se explica a sí mismo su elección, cómo un joven diserta sobre su conversión) sigue una lógica agregadora de equivalencias: convertirse en yihadista no es el resultado de una serie de diferencias que pueden sustituirse unas a otras (hago esto y no aquello, elijo ir a la universidad en vez de la yihad, etc.): la decisión es el resultado de una serie de equivalencias que el que recluta construye entre él y sus compañeros reales y soñados, lo que Sartre había analizado como una "Fraternidad-Terror".
 Salvo que se aplique una censura total y se bloquee toda comunicación, salvo que se instaure un espacio totalmente cerrado, salvo que se meta en prisión a todos los jóvenes de instituto, esa cadena de equivalencias se formará. Y se forma con docenas de miles de eslabones.
 Hacia esas dos lógicas es hacia donde deberíamos dirigir toda nuestra atención, pero esa atención depende de una retórica social propia de la comunidad de discurso que formamos y de los controles que la estructuran. Ése es el tema del capítulo siguiente.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2016, en traducción de Ignacio Vidal-Folch. ISBN: 978-84-339-6402-1.]