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viernes, 22 de mayo de 2020

El caballero de la carreta.- Chrétien de Troyes (1130-1191)

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   «Dos días se mantuvo la reina en este duelo, sin comer ni beber, tanto que se creyó que había muerto. Muchos hay que transmiten noticias: antes la triste que la agradable. A Lanzarote llega la nueva de que ha muerto su dama y amiga. Mucho le ha pesado, no lo dudéis. Bien puede imaginar cualquiera el grado de su dolor. A la verdad, si queréis oírme y saberlo, estaba tan afligido que llegó a sentir desprecio por su vida: quiere matarse sin demora, pero antes se lamentará. En uno de los cabos del cinturón que le ciñe anuda un lazo corredizo y se dice a sí mismo, arrasados los ojos de agua:
 -¡Ah, Muerte! ¡Qué emboscada me has tendido! Sano estaba y tú me has hecho caer enfermo. Enfermo estoy, ningún mal siento fuera del duelo que me oprime el corazón. Este duelo es mi enfermedad y mortal es. Mi afán es que lo sea y, si a Dios place, moriré. ¿Cómo? ¿No podré morir de otra manera, si ésa no es del agrado de Dios? Sí podré, con tal que me permita apretar este lazo en torno a mi garganta: así espero vencer a la muerte. Me mataré a despecho suyo. Mi cinturón la conducirá prisionera ante mí, por más que ella no quiera llegarse nunca a los que no la temen y, tan pronto se encuentre en mi jurisdicción, hará cuanto desee. Lentos serán, a la verdad, los pasos con que venga: tan deseoso estoy de poseerla.
 No se demora entonces, ni se tarda: antes bien, pasa su cabeza por el lazo y fija éste alrededor de su cuello. Para que el mal se cumpla, ata fuertemente el otro cabo del cinturón al arzón de su silla, sin que nadie se aperciba de ello. Y se deja enseguida caer a tierra. Quiere hacerse arrastrar por su caballo hasta morir: no juzga digno vivir una hora más. Cuando los que con él cabalgaban le ven caído en tierra, cuidan que se ha desvanecido: ninguno de ellos ha reparado en el nudo que oprimía su cuello. Le han levantado al punto entre sus brazos. Fue entonces cuando encontraron el lazo que le había convertido en su propio enemigo, el lazo que en torno a su cuello había dispuesto. Se lo cortan rápidamente. Pero el lazo había mortificado con tanto rigor la garganta que no pudo hablar en algún tiempo: por poco se le rompen todas las venas del cuello. En lo sucesivo, es incapaz de hacerse mal, por más que lo desee. Mucho le pesaba la vigilancia. A punto estuvo su duelo de consumirle: muy  a su gusto se habría matado si nadie estuviera vigilándole. Viendo que no puede hacerse daño, dice:
 -¡Ah, Muerte, vil y despreciable! Muerte, por Dios, ¿no tenías poder y fuerza suficientes para matarme a mí en lugar de a mi dama? Tal vez no te dignaste ni quisiste hacerlo por miedo a hacer un bien a alguien. Tu felonía no lo permitió: ninguna otra razón. ¡Qué servicio el tuyo! ¡Qué bondad! ¡En qué lugar te has situado! ¡Maldito sea quien te guarde gratitud! No sé quién me odia más, si la Vida que me desea, o la Muerte que no quiere matarme: una y otra me matan. Pero es con razón, así Dios me valga, si vivo yo a pesar mío, pues debería haberme matado cuando mi señora la reina me mostró semblante de odio. Y no lo hizo sin motivo; tenía una buena razón, aunque a mí se me escape cuál fuera. Si hubiese conocido esta razón antes de que su alma fuese al encuentro de Dios, habría reparado mi falta con tanta vehemencia como a ella le pluguiera, con tal que se apiadase de mí. Dios, ¿cuál ha podido ser mi crimen? Quizá ha sabido que subí en la carreta. No veo qué baldón puede imputarse si no es ése, que me ha traicionado. Si fue la causa de su odio, Dios, ¿por qué ese crimen me ha dañado tanto? Quien me lo reproche no sabe lo que es Amor. La boca no debe censurar nada de lo que Amor inspira: todo lo que se hace por la amiga se llama amor y cortesía. Pero yo nada he hecho por mi amiga. No sé qué decir, ¡ay! No sé si decir amiga o no. No me atrevo a darle ese nombre. Cuido saber de amor lo bastante como para afirmar que ella no debió considerarme el más vil de los hombres, si me hubiese amado. Antes bien, debería haberme llamado su amigo fiel, por cuanto honor me parecía todo lo que Amor deseaba: subir a la carreta, en ese caso. En ello sólo amor hubiera debido ver ella, y su probanza: así pone a prueba Amor, y de este modo reconoce a los suyos. Pero no tuvo a bien mi dama estas servidumbres: bien pude advertirlo en la acogida que me dispensó.
EL CABALLERO DE LA CARRETA de Chretien de Troyes (Presentacion y ... Y sin embargo, por ella hizo su amigo lo que más de una vez le supuso vergüenza, reproches y censuras. He jugado ese juego que todos vituperan y mi felicidad, tan dulce, se me ha tornado amarga melancolía. A fe que tal es la costumbre de aquellos que de amor nada saben y lavan su honor en la vergüenza: quien sumerge su honra en el oprobio no hace otra cosa que ensuciarla más. Son los mismos ignorantes que publican su desdén hacia Amor, los que, muy lejos de él, no cumplen sus mandatos. No saben que mucho se ayuda quien hace lo que Amor ordena -no hay nada más digno de perdón-, y que mucho pierde quien rehúsa hacerlo.
 Así se lamenta Lanzarote. A su lado se duelen sus compañeros, los que le guardan y vigilan. Entretanto, llegan noticias de que la reina no está muerta. Al punto, Lanzarote se conhorta: si antes por su muerte había hecho enorme duelo, ahora la alegría por su vida es cien mil veces mayor. Como no se encontraban sino a seis o siete leguas de donde estaba el rey Baudemagus, llegó a éste la noticia de que Lanzarote vivía y que llegaba sano y salvo; de grado escuchó el monarca la buena nueva y, galantemente, fue enseguida a decírselo a la reina.
 -Mi buen señor -responde ella-, lo creo pues que vos lo decís. Si hubiese muerto, os lo prometo, no habría yo recobrado jamás la alegría. Para siempre se habría desvanecido mi gozo, si un caballero hubiese recibido la muerte en mi servicio.
 Dicho esto, el rey de allí se parte. Muy impaciente está la reina de que regrese su alegría junto con su amigo. No tiene el más mínimo deseo de mostrarle rigor en nada. Y he aquí que, de nuevo, el rumor que no descansa y corre siempre sin interrupción, llega a la reina: ¡Lanzarote se habría matado por ella si se lo hubieran permitido! Muy alegre está, y no duda en dar crédito a lo que oye: por nada del mundo querría que le hubiese sobrevenido una desgracia irreparable.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1983, en traducción de Luis Alberto de Cuenca y Carlos García Gual. ISBN: 84-206-9996-9.]

jueves, 22 de agosto de 2019

El amor es la desgracia.- Joan Rois de Corella (1435-1497)

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Tragedia de Caldesa
Dando razón de un caso desafortunado que con una dama le sucedió

«A tan alto grado el extremo de mi dolor alcanza, que en este momento me quejo de que en un momento sea verdad que mi tristeza pueda terminar; en esto paso mis tormentos infernales, que estar triste me da goce y me place mi dolor eternamente cultivar. Y si a mi dolorida mente se le presenta en alguna hora la muerte, rehúso aceptar, por el placer que la pérdida de mi vida me comporta. ¿Cómo será, pues, que pueda ponerse por escrito causa de tanto dolor? ¿Qué papel sufrirá estar tinto de la fealdad de tanto crimen? ¿Convendrá el aire en que se dé voz con el fin de que tanta culpa claramente sea leída? Que se abra el infierno y de espíritus inmundos rebose; vuelvan los elementos a la confusión primera; muéstrense claramente de los condenados las penas, para que el mundo, en terror convertido, alegría no celebre. Manténganse los ríos en suspenso y los montes apresurados corran; el mar hirviente lance los peces a la orilla; descanse el sol bajo la habitable tierra, y nunca jamás a nuestra vista sus dorados cabellos extienda; no se cuenten más del año los doce meses y una sola noche el tiempo por venir contenga.
 Pero ¿por qué quiero con exceso de palabras encarecer crimen de tan excesiva fealdad, la que, razonada llanamente, pavor de tan espantosa maravilla trae consigo, que es imposible que los oyentes, sin gran alteración, los oídos abandonen a tan profanas palabras?
 En la parte del mundo en la que todavía hoy de la gentil hija de Agenor conserva el nombre propio, en esa feroz y belicosa provincia de España, en el deleitoso y amenísimo reino de Valencia, dentro de los muros de su mayor ciudad, reinando aquel rey don Juan que al animoso troyano ha sucedido con el mismo ánimo una ínclita doncella, de belleza sin par, en viveza superando a todas las demás, con gracia y singularidad tan extremas que sería loco quien en su presencia a otra loara en estima de tanto valor, deliberó, después que a su servicio por mucho tiempo de mi dolorido vivir usado había, que mis cansados pensamientos, al tiempo que mi persona, en el deseado estrado de su falda descansaran.
 Larga historia sería teñir el papel con las enamoradas razones que entre nosotros, con muestra de extremada querencia, pasaban: fingía la bella señora tanta felicidad por mis pasados servicios y presentes palabras que su ser en mí trasponía: todo lo que a su voluntad, persona y vivir se veía, con abandono dejó en la discreción de mi conocimiento. Mas, para que de mí solo no fuera verdadero paraíso en este mundo haber alcanzado, después de poco tiempo de tan calmado estado, al tocar a la puerta de su casa, dice la prudente señora que, en aquella hora, esperaba a una persona, con la que al despachar si tardanza tareas de brevedad muy necesarias, conmigo volvería, para que con mayor descanso en todo aquel día no hubiera nadie que pudiera separar a dos personas, a las que en extrema bienquerencia en tan alta y deleitosa concordia acordaba.
 Con la esperanza de tan discretas noticias, permanecí solo en la recámara, cuya puerta no olvidó ella cerrar con amarga cerradura. No sé si el deseo de ventanas hacía a la casa tenebrosa, que a mí me pareció, pasados dos horas del mediodía, que la noche con sus oscuras alas ocupaba la tierra, o si Apolo escondía su luminosa cara, estimando cosa no razonable que esta casa fuera por él iluminada en la hora en que tan deshonesto crimen se cometía.
 Así pase la mayor parte de este egipciaco día, solo y acompañado de muchos y dudosos pensamientos. El cuerpo, cargado por pesada carga de mortales enojos, yaciendo sobre el lecho, esperaba el fin de tan enojos tarde; pero, no consintiendo mi cabeza atribulada que mi persona estuviera segura, me vi forzado, dando vueltas, a seguir la variedad de mis tristes y solícitos pensamientos. Volviendo los ojos a una mínima ventana que al patio de la casa se abría, vi a un hombre que, con aire de esperar a alguien, suaves pasos paseaba, dando respuesta a quienes por la bella señora preguntaban, de que en tareas secretas y de gran importancia ocupada estaba.
 ¡Oh piadosos oyentes! Transportando vuestros piadosos misericordes pensamientos hacia mí, diga cada quien si semejante dolor como el mío jamás ha sufrido, y con dolorido pensamiento mirad la tristeza que en tal hora mi triste conciencia combatía, esperando cuál sería el fin que de tan doloroso principio sobrevendría. Pero ¿por qué detengo el tiempo, buscando palabras a tanta pena conformes, pues es imposible que tan gran tristeza pueda expresarse? Finalmente, cuando del día restaba tan poco que los caballos de Febo más allá de las columnas de Hércules hollaban, mis llorosos ojos merecieron ver a la tan querida doncella, la cual, saliendo de una cámara, con gestos, palabras, abrazos, con otras muestras de amor extremado, enemigos de honestidad, a un enamorado mostró la figura: plática, manera, gracia y gentiles aires que no quiero describir, porque el fin de ésta mira hacer evidente cuánta grandeza de mi desventura las demás cosas alcanza. Y, para mayor desventura mía, el último adiós a mis oídos llegó, en sentido de tales palabras: "¡Con Dios vayas, querido!", cerrando la última palabra con un beso deshonesto, cuyo sonido mis oídos ofendió, no con menor ofensa de la que sentirán en el triste valle los de la parte izquierda, cuando les diga nuestro Redentor: "¡Id, maldecidos al fuego eterno!", cuando con justa sentencia, en este mundo formará las últimas palabras.
 Saliendo de su casa el tan querido enamorado, le hizo obsequio la señora de una tan lozana y humilde reverencia, que sólo la saya impidió que su rodilla izquierda tocara el duro suelo, mostrando en su bella cara no poca tristeza por su ausencia. Siguió sus hombros con piadosa y enamorada vista, acercándose después a un pozo que cerca de ella estaba. Con la fría agua intentó apartar de su afable cara el color y el calor que, en la nada sangrienta batalla, pero placentera y deleitosa, de Venus había adquirido; y, acercándose a la cárcel de mi triste prisión o cámara, abriendo la puerta, fingió alegría de mi vista, tanta como había mostrado dolor verdadero ante el que en extremo amaba, por su partida.
 Pero su delicada persona estaba maculada, pareciendo de rosas con blancos lirios mezcladas, si con sucias manos se manejaran; que la persona del galán que con ella reposado había de ningún modo era conforme con la delicadeza de tan tierna doncella.»
[El texto pertenece a la edición en español de Trama Editorial, 2004, en traducción de Martí Soler Vinyes. ISBN: 84-89239-44-4.]

miércoles, 24 de enero de 2018

Selección de trovas.- Gaucelm Faidit (1170-1202)


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Dura cosa es que todo el mayor daño

«I.- Dura cosa es que todo el mayor daño y el mayor duelo que yo jamás tuviera, ¡ay de mí!, y aquello que siempre debo lamentar llorando, tenga que decirlo y divulgarlo cantando, porque aquél que era cabeza y padre de valor, el poderoso valiente Ricardo, rey de los ingleses, ha muerto. ¡Ay, Dios, qué pérdida y qué daño! ¡Qué palabra tan extraña y cuán áspera de oír! Bien duro tiene el corazón todo aquel que puede soportarlo.
 II.- Ha muerto el rey, y han transcurrido mil años sin que existiera ni nadie viera hombre tan noble, ni jamás habrá ninguno que se le parezca: tan generoso, tan noble, tan aguerrido, tan dadivoso. Porque Alejandro, el rey que venció a Darío, no creo que diese ni que gastase tanto, ni que tanto valiesen Carlos ni Artús, pues, a decir verdad, en todo el mundo se hizo temer de los unos y alabar de los otros.
 III.- Me admira cómo en este falso mundo engañador puede existir hombre sabio y cortés, pues ya de nada valen hermosas palabras ni acciones meritorias. Así pues, ¿por qué uno se afana poco ni mucho? Muerte nos ha mostrado ahora qué puede hacer, pues de un solo golpe ha arrebatado al mejor del mundo, todo el honor, todos los gozos, todos los bienes; y pues vemos que nada puede escaparse de ella, deberíamos temer menos el morir.
 IV.-¡Ay, valiente señor rey! ¿Y qué será, de hoy en adelante, de las armas, de los rudos torneos tumultuosos de las ricas cortes y de las bellas dádivas magníficas y grandes, si no estáis vos, que erais capitán de todo ello? ¿Y qué harán los entregados a la desgracia, aquellos que se habían dado a vuestro servicio, que esperaban que llegase la recompensa? ¿Y qué harán aquellos -que deberían matarse- a los que habíais hecho llegar gran riqueza?
 V.-Tendrán gran congoja y vida vil, porque así les ha llegado dolor para siempre; y los sarracenos, turcos, paganos y persas, que os temían más que a otro hombre nacido de madre, crecerán tanto en orgullo y en su empresa, que el sepulcro será conquistado más tarde. Pero Dios lo quiere, que si no lo hubiese querido y vos, señor, vivierais, ciertamente tendrían que huir de Siria.
 VI.-Desde hoy no tengo esperanza de que vaya allí rey ni príncipe que sepa recuperarlo; pero todos aquellos que estén en vuestro lugar deben considerar cómo fuisteis amador de mérito y cuáles fueron vuestros dos valientes hermanos. el Joven Rey y el cortés conde Jaufré. Y al que quede en el lugar de vosotros tres le conviene tener corazón magnánimo y firme propósito de hacer buenas acciones y de buscar socorro.
 VII.- ¡Ay, Señor Dios, vos que sois verdadero perdonador, verdadero Dios, verdadero hombre, verdadera vida: piedad! Perdonadlo, que lo necesita y le apremia y no reparéis, Señor, en sus pecados y acordaos de cómo fue a serviros.

Del gran abismo del mar

 I.-Gracias a Dios estoy salvado del gran abismo del mar, de las molestias de los puertos y del peligroso faro, por lo que puedo decir y contar que he sufrido muchas penalidades y muchos tormentos. Y pues a Dios place que yo vuelva con corazón gozoso al Lemosín, de donde partí con pesadumbre, le doy gracias por el regreso y la honra, pues Él me los concede.
 II.-Mucho debo agradecer a Dios que quiera que sano y fuerte pueda volver al país, en el cual vale más un pequeño huerto que estar en otra tierra rico con gran bienandanza; pues sólo la amable acogida, las honradas acciones y las palabras agradables de nuestra dama y las dádivas de amorosa afabilidad y el dulce rostro valen por todo cuanto rinde otra tierra.
 III.-Ahora es justo que cante, pues veo alegría y placer, solaz y galantería, porque ello es vuestra concesión; y las fuentes, el claro río, prados y vergeles me dan alegría al corazón, pues todo me parece gentil ahora que no temo mar ni viento lebeche, maestral ni poniente, ni mi nave se balancea y ya no me dan más miedo galera ni saetía rápida.
 IV.-Si alguien para ganar a Dios y para salvar su alma se entrega a tales aflicciones, obra con justicia y no yerra; pero a aquel que para robar y con mal propósito va por mar, donde se padece tanto mal, le ocurre a menudo que, en un breve momento, cuando parece que va a subir, desciende, de modo que con desesperanza lo deja y arroja todo: el alma y el cuerpo y el oro y la plata.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ariel, 1983, en traducción de Martín de Riquer. ISBN: 84-344-8364-5.]
 

jueves, 11 de mayo de 2017

"Fabuleario".- Edward Lear (1812-1888)


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V.-Miscelearánea
 Égloga

«Edwardus: ¿Por qué estás tan  mohíno, tan triste y descontento?
¿Te duele la cabeza? ¿Tienes remordimiento?
 Johannes: Y tú, ¿por qué estás mustio, dolido y cabizbajo?
¿Por qué pareces, más que un hombre, un espantajo?
 Edwardus: Si mi vida es odiosa, ¿debo disimularlo?
Si tú eres un salvaje, ¿por qué he de soportarlo?
 Johannes: Y si yo también sufro, ¿lo tengo que encubrir?
¿No puedo rechinar los dientes y gruñir?
 Edwardus: Sí puedes, pero, ¿existen acaso inconvenientes
en que yo también gruña y rechine los dientes?
 Johannes: ¡Ah, Catherine, mi esposa, se acerca! Relatemos
ante ella las desgracias que tú y yo padecemos;
y que decida ella cuáles son la peores / y quién es el primero de los dos sufridores.
 Catherine: Empezad a gruñir; silencio guardaré / y vuestras locas quejas hasta el fin oiré.
Y cuando terminéis, juzgaré en equidad / cuáles de vuestras cuitas son falsas o verdad.
Comenzad. Que cada uno prepare sus lamentos. / (Y cuando estéis irritados, no soltéis juramentos.)
 Johannes: Vinimos a esta tierra en busca de calor; / y en Cannes, ya lo veis, hace un frío helador.
 Edwardus: ¿Por qué dejé mi patria en busca de emociones?
Sólo encontré nevadas, granizo y ventarrones.
 Johannes: ¿Qué más da que veamos del naranjo las flores
si hemos de soportar del clima los rigores?
 Edwardus: ¿Por qué alquilé la casa que acabo de alquilar
si no hay en ella nada que yo no eche a faltar?
 Johannes: La pasada semana lloré, desconsolado: / ¡el suelo se encontraba totalmente nevado!
¿Os parece que ver el mundo convertido / en un pastel de azúcar resulta divertido?
 Edwardus: ¿Por qué, lleve sombrero o vaya destocado/tengo siempre que estar tosiendo y resfriado?
¿Por qué he de malgastar mis versos y mi prosa / en hablar de mi pobre nariz, fría y mocosa?
 Johannes: Cuando voy de paseo me hundo en un cenagal
y además me persiguen los perros sin bozal.
 Edwardus: Cerca de la ciudad, un bulldog monstruoso / me dio hace pocos días un susto pavoroso;
y así como los patos, al ver al cazador / tiemblan, a mis dos patas les entró un gran temblor.
 Johannes: La casa en que vivimos hemos de abandonar / porque su chimenea no para de humear.
¿Tiene gracia la cosa? ¿Produce diversión / que seamos ahumados lo mismo que un jamón?
 Edwardus: Y a mí, ¿de qué me sirve el tener un criado
que habla griego, albanés con acento esmerado
y un poco de italiano? Si hablar francés no sabe, / ¿cómo pedirle gambas o una pechuga de ave?
 Johannes: Cuando quiero encender la leña en el hogar / en vez de arder se pone a crujir y silbar.
Y si la chimenea se empeña en no cumplir / lo que de ella se exige, ¿cómo puedo escribir?
 Edwardus: Cuando ofrezco mis obras a algún rico señor
bien puede responderme: "Pinte la Osa Mayor."
Ayer fui a visitar a uno, que estaba ausente. / Me miró el mayordomo con gesto impertinente.
"Este tipo es -pensaba- un ladrón disfrazado." / ¡Si vuelvo a ir otra vez, de allí seré expulsado!
 Johannes: Por la humedad y el frío que reinan en mi ático
¿no habré de terminar gotoso y reumático?
 Edwardus:  Los ricos en sus coches van con fiera alegría / como iba el rey Jehú con su tropa judía.
Hace poco, al venir el lujoso landó / de Lady Emma Talbot casi me atropelló,
y eso que la conozco desde que era una niña / con ojos azul-cielo y celeste basquiña.
 Johannes: En el piso de arriba, abajo en el rellano / suenan a todas horas las teclas de un piano;
ese ruido constante me llega a enfurecer / y, estando descompuesto, ¿quién puede componer?
 Edwardus: Ayer siete alemanes mi jardín invadieron / y todos sus horrísonos instrumentos tañeron;
soplaron y cantaron con gran algarabía. / Sin un poco de calma, ¿cómo pintar podría?
 Johannes: ¿Cómo puedo estudiar si en todos los rincones
hay revoloteando cientos de moscardones?
 Edwardus: ¿Y cómo dibujar con pulso y con destreza / si las moscas hostigan mi pelada cabeza?
 Johannes: ¿Y cómo traducir las obras de Nepote / si los mosquitos zumban en torno a mi cogote?
 Edwardus: Compré, aunque no es muy sano, un poco de tocino;
pero ronda mi casa un odioso felino,
y un día, al asomarme a la ventana un rato, / descubrí mi tocino en la boca del gato.
 Johannes: De una de las ventanas se me ha roto el cristal/y entra por el boquete un bullicio infernal
aunque he intentado en vano tapar el orificio / sigue entrando en mi casa el horrible bullicio.
 Edwardus: Si llueve y sopla el viento y no puedo pintar,
las deudas que ahora tengo, ¿cómo podré pagar?
¿Quién, con este mal tiempo, correrá la aventura / de venir a mi casa y comprar mi pintura?
Y si no viene nadie (¡el pensarlo me espanta!) / ¿cómo hallaré dinero para ir a Tierra Santa?
 Johannes: Si salgo de paseo y voy al olivar, / me ciega el sol que brilla y me hace estornudar.
 Edwardus: Cuando brilla la luna encima de aquel cerro/no me dejan dormir los ladridos de un perro.
 Catherine: ¡Silencio! ¡Basta ya! Habláis en demasía. / ¡No escucharé más tiempo tanta palabrería!
Todos los hombres sufren molestias y aflicciones./¡Oíd, pues, mi sentencia y cumplid mis sanciones!
En tu caso, Johannes, existe una atenuante / (cualquier interrupción sería una agravante),
y es la de ser más joven que el otro procesado, / más pobre y algo menos absurdo y alocado.
Te condeno, por tanto, a que hagas de niñera / siete horas con tu hija: eso es lo que te espera.
En cuanto a ti, Edwardus, te diré claramente / que tus quejas son vanas y tú un pelma imponente.
Vuelve al cordero frío y al pastel de riñones, / a las camisas sucias sin puños ni botones,
a los vientos furiosos y al mar (¿no has deseado / nunca tener la suerte de pescar un lenguado?),
a hacer bellos dibujos que nadie admirará, / a pintar grandes cuadros que nadie comprará,
a escribir nuevos libros que nadie ha de leer / y a tomar un té aguado y que da asco beber...,
hasta que mayo traiga las hojas y las flores / y los tiempos se tornen felices y mejores.»