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domingo, 5 de marzo de 2023

Después del fin del arte.- Arthur C. Danto (1924-2013)


Qué es el arte?, Arthur C. Danto responde - hoyesarte.com
10.-Los museos y las multitudes sedientas


  «A causa de las cuestiones que suscita, me parece que la exposición Culture in Action fue un hito. Cristalizó muchos de los asuntos que nos dividen hasta hoy en distintos bandos, por lo que espero que se discutan hasta que se resuelvan. Algunos de ellos involucran inevitablemente al museo, y es sobre eso que quisiera hacer algunos comentarios. Hay temas en los que yo me he visto involucrado de varias maneras, y hablo en parte desde mi propia experiencia.

  1.-Arte público. Siempre hubo cierto tipo de arte público en Estados Unidos, en particular, la erección de monumentos conmemorativos. Pero en tiempos bastante recientes el espíritu de Verver se enfrenta al hecho de que el público no iría a los museos, pretendiendo que los museos vayan al público, poniendo “no monumentos” en espacios públicos para que el público respondiera de la misma manera —estéticamente— en que respondería a las obras en el museo. Esta estrategia fue sutilmente arquitectónica, en tanto que creaba un museo sin paredes para colonizar espacios en nombre del museo, a beneficio evidente del público. El mismo público no tuvo participación en la elección del arte, que fue determinado por lo que denominé el comisariado —expertos en arte que sabían, que podían evaluar lo que el público en general no conocía, lo que era bueno y lo que no—. No hay duda de que esto se puede leer como un juego de poder de los comisarios, y apareció como tal en uno de los mayores dramas artísticos de nuestro tiempo, el conflicto en torno al Tilted Arc de Richard Serra en la Plaza federal de Nueva York.
  Francamente, me enorgullece haber argumentado en mi columna de The Nation a favor del cambio de lugar de esa escultura —una posición que pienso que no fue tenida en cuenta por ninguna otra publicación en Estados Unidos—. Recuerdo que el editor de ArtForum, Tony Korner, decía que muchos estarían de acuerdo conmigo, aunque la revista no pudiera decir más que eso. Mientras se discutía sobre el tema, el mundo del arte hizo oídos sordos, pero no tuvo efecto: la pieza fue removida, y la vacía fealdad de la Plaza federal fue restituida al público para sus propios usos cotidianos. Según mi opinión esta controversia influyó más que cualquier otro evento concreto en la revelación del poder que tiene la realidad del museo sobre el público en general. Si bien los templos fueron siempre emblemas de poder, lo eran en una forma enmascarada por la espiritualidad de sus prácticas y revindicaciones. En tanto que los museos fueron presentados como templos de la verdad a través de la belleza, las realidades del poder fueron, a su vez, invisibles.

  2.-El arte del público. Habría dos modos de encarar esta problemática. Uno de ellos consiste en dar al público mayor posibilidad de expresión acerca del arte con el que va a vivir en espacios que no pertenecen al museo. Esto no debería presentar dificultades extraordinarias: verdaderamente, podría ser uno de los lugares donde la democracia participativa debería poder tener una oportunidad. El público al que involucra esa obra de arte debería poder participar en las decisiones que afectarán estéticamente su vida. Christo compromete todo el tiempo a un público específico, el proceso de decidir y hacer forma parte de la obra, y ella es en gran medida efímera —las generaciones posteriores no están conectadas con ella—. Sin embargo, esta decisión está basada aún en la idea del museo como lugar del arte en cuestión: los espacios extramuseísticos son, por el tiempo que dura esa obra, recintos cerrados separados del museo, las respuestas son respuestas de museo, y el público debe tener una información primaria como si se tratara de un cuerpo consultivo —en efecto, como un cuerpo de expertos en sus propios deseos, preferencias y anhelos—. La respuesta de algunos de los dueños de tierras de California ante el Running Fence de Christo —que fue hecho con el permiso que autorizó su consecución— se puede comparar en poesía e intensidad, por aquellos que lo vieron en la película de los hermanos Meisel, a la respuesta de Ruskin ante Veronese. Más adelante volveré a la idea de la estética participativa.
  Antes de pasar a considerar la otra alternativa —crear arte no museístico transformando al público mismo en artista—, uno debe reconocer que, una vez que se permita al público tomar decisiones del museo, ambos —el museo y el público— podrán determinar dónde, si es que se encuentra en alguna parte, dibujar una línea entre lo que se puede y lo que no se puede exhibir. En Estados Unidos nuestro público está muy habituado a las consecuencias de la censura de un arte con contenido sexual. Pero, recientemente, en Canadá se dio un tremendo alboroto por la adquisición de obras que fueron muy criticadas —Voice of Fire de Barnett Newman y Number 16 de Mark Rothko—. Una ventaja evidente de tribalizar el museo —de decir que el museo es para su propio arte para “ellos”— es que ahora pertenece a “ellos” determinar cuál debería ser “su” arte, y no es asunto del público que continúa fuera del museo. Excepto que la carga impositiva caiga por igual sobre todos “ellos”, esto puede llevar a un callejón sin salida la cuestión de la censura y otras similares. Nada de esto habría sido un problema para el museo de museos, al cual los Verver de la comunidad pueden mantener con sus enormes bolsillos. Tendrían que luchar con sus conciencias para colocar sus dólares en el arte más que en otras cosas buenas. Por otro lado, no se podrían hacer exposiciones como Culture in Action sin considerar los impuestos, que involucran a otros grupos —además de los autorizados por los fondos— para producir un arte para ellos mismos. Hubo un gran apoyo del National Endowment for the Arts, sin mencionar una larga lista de organizaciones exoneradas de impuestos. El programa no nos dice qué presupuesto exigió la operación completa, por eso no tengo idea de cuánto costó a los contribuyentes producir las golosinas We Got It! Con todo el esfuerzo que se hizo para venderlas a la población de Chicago, no deben haber dado mucho dinero; la gente no tenía más apetito por tratarse de un objeto artístico. Por otra parte, la golosina no pudo ser considerada como arte si la fábrica que la produjo no estuviera en un lugar en que sus fabricantes pudiesen obtener otros beneficios mientras producían We Got It! Aunque es evidente que Richard Serra no se vio obligado a erigir una planta laminadora de acero para obtener las enormes planchas de acero envejecido que requirió Tilted Arc. Esto es sólo un modo de decirlo.
DESPUES DEL FIN DEL ARTE: EL ARTE CONTEMPORANEO Y EL LINDE DE LA ...  Ahora, el arte contemporáneo tiene un rasgo que lo distingue de todo el arte hecho desde 1400, y es que sus principales ambiciones no son estéticas. Se trata de un modo primario de relación que no es el del clásico observador, sino de otros aspectos de las personas a las cuales se dirige ese arte; de ahí que el dominio primario de todo ese arte no sea el museo mismo, y tampoco ciertamente los espacios públicos constituidos en museo en virtud de haber sido ocupados por obras de arte que son estéticas en principio y las que, en su esencia, se dirigen a las personas como si fueran meros observadores. Escribí lo siguiente en un ensayo de 1992 en ArtForum: “Lo que vemos hoy día es un arte que busca un contacto más inmediato con la gente de lo que permite el museo… y el museo a su vez se esfuerza por acomodarse a las inmensas presiones que se le imponen desde dentro y fuera del arte. Entonces, tal como lo veo, nosotros somos testigos de una triple transformación —en el hacer arte, en las instituciones del arte y en el público del arte—“.No me sorprendió ver este pasaje citado a modo de justificación en Culture in Action. En parte, no me sorprendió, porque mi pensamiento estaba en cierta medida inspirado por el esfuerzo previo de Mary Jane Jacob, la principal promotora de la exhibición, una comisaria independiente de inmensa energía y visión social, cuya exhibición de arte concebido para un entorno específico, en Spoleto-USA, consideré notable.
 El arte extramuseístico abarca ciertos géneros no fácilmente considerados pertenecientes a los museos: el arte performativo, o el arte directo —We Got It! es un ejemplo significativo—, dirigido a una comunidad particular definida según pautas raciales, económicas, religiosas, sexuales, étnicas o nacionales —o según cualquier otra pauta que identifique comunidades—. La bienal Whitney de 1993 fue una antología de arte extramuseístico al que de repente se le dio un espacio de exhibición, en un museo que reconoció así la tendencia a la que me refiero. Me temo que detesté ver ese arte en un museo, aunque estaba muy predispuesto a defenderlo. Pero esto sólo muestra mi naturaleza políticamente retrógrada. La consecuencia natural de un arte propio es un museo propio: un museo de interés especial, tipificado por el Museo Judío de Nueva York en su retorno al tribalismo, o en el Museo Nacional de Mujeres en las Artes en Washington, donde la experiencia de las artes está conectada con la forma en que los individuos se relacionan con el arte de su comunidad, y que divide al público entre los involucrados en ese arte y el resto.[168] (La afirmación de que «el» museo ya está tribalizado descansa en la afirmación de que son justamente museos propios para diferentes «ellos» —dividiendo a la audiencia entre los hombres blancos o clase autorizada en un lado y los desautorizados o marginales en el otro).

  3.- ¿Pero eso es arte? En parte, lo que hace posible un arte basado en la comunidad, al menos del tipo ejemplificado por We Got It!, son ciertas teorías que realmente no fueron articuladas antes de principios de los setenta, o a finales de los sesenta como muy temprano, aunque se argumente que la base en que se apoyan dichas teorías fue puesta hacia 1915, cuando Marcel Duchamp presentó sus primeros ready-mades. La manifestación más radical de las teorías legitimadoras podría ser la de Joseph Beuys, quien creía que no sólo cualquier cosa podía ser una obra de arte, sino que, más radicalmente, cualquiera era un artista (lo que, por supuesto, es diferente de la idea de que cualquiera pueda ser un artista). Ambas están conectadas. Si el arte es estrechamente entendido en términos de pintura y escultura, se podría decir, entonces, que la última tesis significa que cualquiera es un pintor o un escultor, lo cual es visiblemente tan falso como que cualquiera es un músico o un matemático. No hay duda de que cualquiera puede hasta cierto punto aprender a dibujar o modelar, aunque habitualmente hasta muy cerca del punto en el cual la escultura o la pintura comienzan a ser arte. En mi opinión esto significa que en la legitimación de Beuys no hay espacio para esas gradaciones individuales. Es arte si es arte, de otra manera no es arte. Debe haber criterios especiales por medio de los cuales podamos distinguir We Got It! De otras golosinas, pero no se trata de los criterios con los cuales las golosinas se clasifican en mejores o peores —por sabor, tamaño, valor nutritivo u otros—. We Got It! puede tener alguna de las cualidades de las golosinas y seguir siendo arte aunque ellas sean sólo golosinas. Una golosina que sea una obra de arte no necesita ser una golosina especialmente buena. Sólo debe ser producida con la intención de ser arte. Uno puede incluso comérsela pues su propiedad de ser comestible es coherente con sus atributos como obra de arte. Y es digno observar que la primera de una serie de Beuys de lo que se llamaron «múltiples» consiste en una tableta de chocolate montada en un trozo de papel. Valdría la pena señalar las diferencias entre esta obra y We Got It! —y entre ambas y el inmenso bloque de chocolate que la joven artista conceptual Janine Antoni incorporó a su obra Gnaw, de 1993—. Se puede establecer la diferencia entre la subsistencia, el picoteo y la glotonería, y de aquí entre las condiciones nutricionales de un soldado, un goloso y un bulímico. Mientras tanto, con cierto uso irónico del sentido de la “calidad”, alguien nos podría advertir que los chocolates de Beuys tienen una “calidad especialmente alta” resultado de la pericia y del dinamismo del mercado secundario. Esto podría significar, entre otras cosas, que sus esquinas son agudas y sus bordes nítidos. Se podría pensar que esto no tiene nada que ver con el espíritu de lo múltiple como arte. Y sería semejante a pagar un alto precio por la pala de nieve de Duchamp basándose en que “ya no se hacen palas como ésa” —por ejemplo, por su manufactura y la dureza de su metal—. No hay mucho que hacer con el orden de significado del arte cuando las propias obras están hechas de chocolate.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Paidós Ibérica, 2010, en traducción de Elena Neerman Rodríguez  pp. 196-201. ISBN: 9788449323492.]

lunes, 28 de junio de 2021

Rimas.- Michelangelo Buonarroti (1475-1564)


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LX


  «Sabes que sé que sabes, señor mío,
que vengo por gozarte más cercano,
que soy yo quien te busca; si es mi mano,
¿por qué no saludarnos sin desvío?

Si es cierta la esperanza que te fío
y a mi anhelo respondes soberano,
rómpase el muro entre los dos tirano,
que al ocultarse un mal, dobla su brío.

Si sólo amo de ti, señor querido,
lo que más amas tú, ya condesciende,
pues mi alma es de la tuya compañera.

Lo que en tu bella faz aprendo ardido,
el ingenio del hombre mal comprende:
ha de morir el que saberlo quiera.
[…]

LXXXVII

 Querer quisiera, oh Dios, lo que no quiero
entre el fuego y mi hielo, allí se esconde
un velo por el cual no corresponde
la pluma a mi papel, lo hace embustero.

Te amo con la lengua y desespero,
pues tu amor no me mueve y no sé dónde
abrir paso a la gracia que me inunde
y derrote por fin mi orgullo fiero.

¡Rasga el velo, Señor, rompe ese muro
que con dureza cruel aún retrasa
el gran sol de tu luz, que nos calienta!

La prometida luz, a tu conjuro,
llegue a tu bella esposa, y que su brasa
mi pecho alumbre y sólo a ti te sienta.
[…]

XC

 Me amo más que nunca me había amado
y valgo más desde que tu figura
vive en mi corazón, cual la escultura
más vale aún que el bloque no tallado.

Como algún folio escrito o dibujado
que un trozo vale más sin escritura,
valgo, desde que gozo la ventura
de que tus ojos me hayan señalado.

Con ese signo, firme, donde llego,
Resultado de imagen de michelangelo buonarroti rimascomo quien lleva talismán o espada,
cuidados y peligros tengo a menos.

Con tu señal doy luz a todo ciego,
al fuego venzo yo, y al agua helada
y con mi esputo sano los venenos.
[…]

CIX

 No es siempre a todos apreciable y caro / lo que al sentido tienta
mientras alguien lo sienta / aun si es muy dulce, pésimo y amargo.
El buen gusto es tan raro / que a la opinión del vulgo errante cede
quien a solas lo goza sin embargo. / Así yo pierdo, avaro,
a quien saber no puede / de un alma triste ayes y dolores.
El mundo es ciego y da lauros y honores / a aquel que menos digno se revele,
cual látigo que al par enseña y duele.
[…]

CCXLVII

 Me place el sueño, y más ser piedra inerte / mientras el daño y la ignominia duran.
No ver, nada sentir, me es gran ventura. / ¡Baja la voz! Que nadie me despierte.
[…]


CCLXIX


 Bien puede, al par de mi ardiente deseo
la esperanza brotar, y no engañosa;
si nuestra ansia al cielo es enojosa,
¿por qué Dios creó el mundo cual lo veo?

 Y ¿qué ocasión mejor, a lo que creo,
de amarte hay que gloriar la paz dichosa
que torna en ti divina toda cosa
y del alma piadosa es el recreo?

Falsa esperanza es la de amor que acaba
con la beldad que mengua a cada instante,
y adora faz que cambia de improviso.

Y es dulce aquella que en pudor se graba,
que ante arrugas y muerte es más constante
siempre, y aquí promete el paraíso.»

  [Los textos pertenecen a la edición en español de Editorial Pre-Textos, 2012, en selección y versión de Manuel J. Santayana, pp. 53, 77, 81, 105, 155 y 163. ISBN: 978-84-15297-68-0.]

martes, 15 de junio de 2021

El trabajo del actor sobre sí mismo.- Konstantín Stanislavski (1863-1938)


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10.-Comunicación


  «En el auditorio habían colocado un cartel con la siguiente palabra: COMUNICACIÓN.
 Arkadi Nikoláievich entró, nos congratuló por la nueva etapa que iniciábamos y dijo, dirigiéndose a :
 -¿Con quién o con qué está usted en comunicación en este momento?
Vieselovski se hallaba tan absorto en sus propios pensamientos, que no entendió en seguida la pregunta.
 -¿Yo? Con nada ni con nadie –contestó casi mecánicamente.
 -Entonces usted es un “milagro de la naturaleza”. ¡Hay que enviarlo al museo de curiosidades si puede vivir en ese estado! –fue la burlona respuesta de Tortsov.
 Vieselovski se disculpó, asegurando que, como nadie lo miraba ni se dirigía a él, no podía estar en contacto con nadie.
 -¿Acaso para eso hace falta que alguien lo mire o le hable? –Esta vez fue Tortsov el sorprendido-. Cierre los ojos, tápese los oídos y fíjese con qué y con quién está en relación mental. ¡Intente descubrir un solo momento en que no esté en comunicación con algún objeto!
 Yo también hice la prueba y procuré notar qué sucedía dentro de mí.
 Recordé la tarde anterior en el teatro, en que se presentó un famoso cuarteto de cuerdas, y empecé a evocar mentalmente, paso a paso, todo lo que había ocurrido conmigo. Al entrar en el foyer saludé; busqué asiento y me puse a observar a los músicos que afinaban sus instrumentos. Empezaron a tocar y escuché, pero su interpretación no me llegaba al espíritu.
 -¡He aquí un momento vacío, sin comunicación! –concluí, y me apresuré a decírselo a Tortsov.
 -¡Cómo! –exclamó sorprendido-. ¿Cree que la percepción de una obra de arte es un momento vacío?
 -Sí. Porque, aunque oía, no escuchaba, y aunque trataba de penetrar en el sentido de la música, no lo lograba. Por eso considero que se trataba de un momento en blanco.
 -La comunicación y la percepción de la música aún no habían comenzado, porque el proceso anterior no había concluido y distraía su atención. Pero en cuanto éste se interrumpió, usted empezó a escuchar la música o interesarse en alguna otra cosa. No hubo, pues, pausa alguna en la comunicación.
 -Tal vez haya sido así –admití, y seguí tratando de recordar.
 Traté de ver al tío de Shustóv, pero ni él ni los demás artistas habían aparecido. Recorrí con la mirada a casi todos los asistentes pero mi atención se distrajo de tal manera, que no pude controlarla. ¡Cuántas imágenes y reflexiones asomaron entre tanto a mi espíritu! La música ayudaba a esos vuelos del pensamiento y la imaginación. Pensé en  mi casa, en mis parientes que viven lejos, en otras ciudades y en un amigo muerto.
 Arkadi Nikoláievich dijo que esas imágenes no surgieron en vano dentro de mí, sino porque yo necesitaba proyectar mis ideas y sentimientos sobre los objetos, o, por el contrario, tomarlos como fuente de inspiración. A fin de cuentas, mi atención se vio atraída por las luces de la araña, y pasé largo rato contemplando sus caprichosas formas.
 “Éste es un momento vacío –decidí-. No puedo considerar comunicación el hecho de contemplar simplemente unos focos de luz”.
 Informé a Tortsov sobre mi nuevo descubrimiento, y me dijo:
 -Usted trató de comprender cómo, de qué modo está hecha la araña. Ésta le entregó su forma, el aspecto general, todos los detalles posibles. Usted absorbió esas impresiones, y anotándolas en su memoria pensó en lo que había percibido. Significa que algo extrajo del objeto; nosotros, los actores, lo consideramos un proceso necesario de comunicación. Le inquieta la cualidad inanimada del objeto. También un cuadro, una estatua, el retrato de un amigo, una reliquia de un museo son objetos inanimados, pero contienen la vida de sus creadores. Incluso una lámpara puede hasta cierto punto cobrar vida de acuerdo con el interés que despierta en nosotros.
 -En tal caso –argüí-, ¿podemos estar en comunicación con cada objeto que aparece ante nuestros ojos?
 -Es difícil que tenga tiempo de absorber o dar algo de usted mismo a cualquier cosa que pasa velozmente ante su vista. No obstante, sin esos momentos de percepción o entrega no hay comunión en el escenario.
 Con los objetos a los que usted alcanza a transmitir algo, a recibir algo de ellos, se establece un breve instante de relación.
 Ya he dicho muchas veces que en la escena es posible mirar y ver, así como ver y no mirar. Se puede poner la vista en la escena mientras los sentimientos y el interés se concentran en lo que sucede en la platea o más allá de los muros del teatro.
 No necesito señalar que esto es innecesario y pernicioso. Los ojos son el espejo del alma. La mirada vacía es el reflejo de un alma vacía. ¡No lo olviden! Es importante que los ojos, que la mirada del artista en la escena, reflejen el rico y profundo contenido de su espíritu creador.
El Trabajo Del Actor Sobre Si Mismo En El Proceso Creador De La V Iven - Stanislavski Konstantin (Libro) Ahora bien, el artista es un hombre, con todas las debilidades propias del ser humano. Cuando llega al escenario es natural que traiga consigo sus pensamientos diarios, sus sentimientos personales, sus reflexiones nacidas de la realidad. En el teatro no se interrumpe, pues, la línea de su vida personal, limitada, y en la primera oportunidad que se presenta irrumpe en los sentimientos del personaje. El artista se entrega por entero a su papel sólo en los momentos en que éste lo transporta. Cuando ello sucede, se identifica con él de una manera creadora. Pero en cuanto se distrae, cae nuevamente bajo el dominio de su propia vida personal, que lo lleva más allá de las candilejas, hacia la platea, o fuera de los límites del teatro, en busca de los objetos para su comunicación espiritual. Mientras tanto, el papel se transmite de manera externa, puramente mecánica. La comunicación se interrumpe de forma intermitente, y los lugares vacíos se completan con interpolaciones de la vida personal del actor, sin la menor relación con el personaje.
 Imaginen un collar valioso, en el que cada tres eslabones de oro haya uno ordinario de estaño, y luego otros dos sujetos con una soga. ¿Quién querrá semejante collar? ¿Y a quién le sirve la línea quebrada de la comunicación? La ruptura constante de la línea del papel determina su deformación o su anulación. Si en la vida real es menester el proceso correcto y continuado  de la comunicación, en la escena lo es diez veces más. Esto deriva de que la naturaleza del teatro se basa en la comunicación de los personajes entre sí y de cada uno consigo mismo. En efecto, supongan que el autor presenta dormidos a sus héroes o en estado de inconsciencia, es decir, en los momentos en que su vida espiritual no tiene manifestación ninguna. O bien, imaginen que el dramaturgo trae al escenario dos personas que no se conocen y que rehúsan trabar conocimiento, permaneciendo en extremos opuestos del escenario. En tales circunstancias no hay motivo para que el espectador acuda al teatro, puesto que no se le ofrece lo que ha venido a buscar, es decir, sentir las emociones y descubrir las ideas de los personajes que intervienen en la obra.
 Muy distinto es cuando los actores llegan al escenario con el común afán de hacer partícipe a los otros de sus ideas y sus sentimientos y dispuestos a recibir los de sus interlocutores. El espectador, que presencia esos procesos de entrega y recepción de ideas y sentimientos entre dos o varios personajes, acaso en calidad de testigo accidental, va involuntariamente captando las palabras y acciones de los intérpretes. Al mismo tiempo interviene silenciosamente en su comunicación, ve, descubre y se conmueve con las emociones ajenas.
 -De todo esto se deduce que los espectadores sólo comprenden lo que ocurre en la escena, o intervienen indirectamente, cuando en ella se produce el proceso de comunicación entre los personajes de la obra.

 -Empezaré por la comunicación con uno mismo o autocomunicación –dijo Arkadi Nikoláievich al entrar en clase-. ¿Cuándo, en la vida real, nos hablamos en voz alta a nosotros mismos? Cuando estamos tan perturbados o inquietos que no podemos contenernos, o cuando tratamos de captar alguna idea difícil que la conciencia no logra captar enseguida, cuando estudiamos de memoria, y con la voz nos ayudamos a recordar lo asimilado; o bien, cuando manifestamos a solas alguna idea que nos tortura o nos alegra, aunque sólo sea para aliviar el espíritu. Estos casos de comunicación con uno mismo se encuentran muy raramente en la vida real; pero sí muy a menudo en el escenario.
 ¿Cómo justificar en la escena aquello para lo cual en la vida real casi no encuentro justificación? ¿Dónde me buscaré en esa comunicación conmigo mismo? ¿Desde dónde y hacia dónde irán las corrientes de la comunicación?
 Es un proceso para el que se necesitan un sujeto y un objeto determinados. ¿En qué lugar de nosotros se encuentran? Al no contar con estos dos centros interrelacionados, no puedo concentrar mi atención, que se distrae. Y no hay que sorprenderse, porque ésta vuela hacia la platea, en la que siempre nos atrapa un objeto irresistible: el público, la multitud.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2007, en traducción de Jorge Saura, pp. 249-253. ISBN: 978-848428-182-5.]

sábado, 22 de agosto de 2020

Teoría literaria.- René Wellek (1903-1995) y Austin Warren (1899-1986)

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Capítulo XVII.- Géneros literarios

  «¿Es la literatura un conjunto de distintos poemas, obras dramáticas y novelas que comparten un nombre común? Así se ha afirmado con respuesta nominalista, en nuestra época, sobre todo por Croce. Pero la respuesta de Croce, aunque comprensible como reacción contra extremosidades de autoritarismo clásico, no se ha acreditado por hacer justicia a los hechos de la vida y la historia literarias.
 El género literario no es un simple nombre, ya que la convención estética de que una obra participa da forma a su carácter. Los géneros literarios "pueden considerarse como imperativos institucionales que se imponen al escritor y, a su vez, son impuestos por éste". Milton, tan libertario en política y en religión, era tradicionalista en poesía, obseso -como admirablemente dice W.P. Ker- por la "idea abstracta de la épica". Milton sabía "cuáles son las leyes de un verdadero poema épico, de una obra dramática, de un poema lírico"; pero también sabía ajustar, distender, modificar las formas clásicas; sabía cristianizar y miltonizar la Eneida, así como en Samson supo referir su historia personal a través de una leyenda popular hebrea tratada a modo de tragedia griega.
 El género literario es una "institución", como lo es la Iglesia, la Universidad o el Estado. Existe no como existe un animal, o incluso como un edificio o una capilla, una biblioteca o un Capitolio, sino como existe una institución. Cabe trabajar, expresarse a través de instituciones existentes, crear otras nuevas o seguir adelante en la medida de lo posible sin compartir políticas o rituales; cabe también adherirse a instituciones para luego reformarlas.
 La teoría de los géneros literarios es un principio de orden: no clasifica la literatura y la historia literaria por el tiempo o el lugar (época o lengua nacional), sino por tipos de organización o estructura específicamente literarias. Todo estudio crítico y valorativo -a distinción de histórico-, implica de algún modo la referencia a tales estructuras. Por ejemplo, el juicio sobre un determinado poema obliga a apelar a la propia experiencia y concepción total, descriptiva y normativa, de la poesía, aunque, por supuesto, la propia concepción de la poesía, a su vez, va modificándose siempre con la experiencia y el enjuiciamiento de nuevos poemas.
 ¿Va implícito en una teoría de los géneros literarios el supuesto de que toda obra pertenece a un género? Esta cuestión no se plantea en ninguno de los estudios que conocemos. Si tuviéramos que contestarla por analogía con el mundo natural, tendríamos que responder, sin duda, en sentido afirmativo: hasta la ballena y el murciélago pueden clasificarse; y admitimos la existencia de seres que constituyen una transición de un reino natural a otro. Se podría ensayar toda una serie de nuevas formulaciones que hicieran resaltar nuestra cuestión con mayor nitidez. ¿Guarda toda obra relaciones literarias suficientemente directas con otras obras, de modo que facilite su estudio el estudio de las demás obras? A su vez, ¿hasta qué punto va implícita la "intención" en la idea de género? ¿Intención por parte de un precursor o intención por parte de otros?
 ¿Quedan fijos los géneros? Es de suponer que no. Cuando aparecen nuevas obras, nuevas categorías se desplazan; analícese como prueba de lo dicho el efecto que Tristram Shandy o el Ulysses ejercieron sobre la teoría de la novela. Cuando Milton escribió El Paraíso perdido, lo consideró parejo a la Ilíada y a la Eneida; sin duda distinguiríamos netamente entre épica oral y épica literaria, adscribamos o no la Ilíada a la primera forma. Probablemente Milton no hubiera admitido nunca que la Faerie Queene es una composición épica, aunque escrita en tiempos en que la épica y la narrativa aún no se habían separado y en que se consideraba predominante el carácter alegórico de la épica; sin embargo, Spenser creía, sin duda, componer un poema del género de los de Homero.
TEORIA LITERARIA (Biblioteca Románica Hispánica) 4ªEDICION de RENE ... En rigor, hay una clase característica de labor crítica que parece consistir en el descubrimiento y difusión de una nueva agrupación, de una nueva estructura de género: así, Empson pone como ejemplos de pastoral a Como gustéis, The Beggar's Opera y Alicia en el País de las maravillas. Los hermanos Karamásov quedan clasificados entre otras novelas de crimen y misterio.
 Los textos clásicos de teoría de los géneros son Aristóteles y Horacio. A partir de ellos, consideramos la tragedia y la épica los géneros característicos (y los dos géneros mayores). Pero al menos a Aristóteles no se le ocultan tampoco otras distinciones y de carácter más fundamental, cuales son las que existen entre el drama, la épica y la lírica. En su mayor parte, la teoría literaria moderna se inclina a borrar la distinción entre prosa y poesía, y por tanto a dividir la literatura imaginativa (Dichtung) en ficción (novela, cuento, épica), drama (sea en prosa, sea en verso) y poesía (centrada en lo que corresponde a la antigua "poesía lírica").
 Viëtor indica muy justamente que el término "género" no debiera utilizarse para estas tres categorías más o menos definitivas y a la vez para formas históricas como la tragedia y la comedia; y estamos de acuerdo en que debe aplicarse a estas últimas, esto es, a formas históricas. No es fácil forjar un término para las primeras, que en la práctica quizá no se necesite. Ya en Platón y en Aristóteles se distinguen los tres géneros mayores con arreglo al "modo de imitación" (o "representación"): la poesía lírica es la persona del propio poeta; en la poesía épica (o en la novela), el poeta habla en parte en primera persona, como narrador, y en parte hace hablar a sus personajes en estilo directo (narrativa mixta); en el drama, el poeta desaparece detrás de sus personajes.
 Se han hecho ensayos de poner de manifiesto la naturaleza fundamental de estos tres géneros distribuyendo entre ellos las dimensiones del tiempo e incluso la morfología lingüística. En su carta a Davenant, Hobbes intentó algo parecido cuando habiendo dividido el mundo en corte, ciudad y campo, estableció tres clases fundamentales correlativas de poesía: la heroica (épica y tragedia), la escomática (sátira y comedia) y la pastoral. E.S. Dallas, crítico inglés de talento que conocía el pensamiento crítico de los Schlegel como el de Coleridge, encuentra tres clases fundamentales de poesía: "drama, cuento y canción", que luego desarrolla en una serie de esquemas de carácter más alemán que inglés. Establece las siguientes equivalencias: dramática=segunda persona del presente; épica=tercera persona del pasado; y lírica=primera persona del singular del futuro.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1981, en versión de José Mª. Gimeno. ISBN: 84-249-0003-0.]
  

lunes, 17 de agosto de 2020

El naturalismo.- Émile Zola (1840-1902)

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El dinero en la literatura

  «Así pues, el gran movimiento social, iniciado en el siglo XVIII, ha tenido en el nuestro su réplica literaria. Se han dado al escritor nuevos medios de existencia; y después de la desaparición de la idea de jerarquía, la inteligencia se convierte en una nobleza, el trabajo en una dignidad. Al mismo tiempo, desaparecen la influencia de los salones y de la Academia y la democracia tiene lugar en las letras: quiero decir que los corros son sumergidos por el gran público, que la obra nace en la masa y para la masa. En fin, la ciencia penetra en la literatura, la investigación científica se extiende incluso en las obras de los poetas y ello es lo que caracteriza en especial la evolución actual, esta evolución naturalista que nos arrastra.
 ¡Y bien! Creo que hay que ponerse frente a esta situación y aceptarla con coraje. Hay quien se lamenta a gritos, diciendo que el espíritu literario se pierde; no es cierto, el espíritu literario se transforma. Espero haberlo demostrado. ¿Queréis saber qué es lo que nos hace hoy dignos y respetados? El dinero. Es estúpido hablar en contra del dinero, que es una fuerza social considerable. Sólo los jóvenes deberían repetir estos lugares comunes sobre el servilismo de las letras sacrificadas al becerro de oro; los jóvenes lo ignoran todo, no pueden comprender la justicia y la honestidad del dinero. Que se compare por un momento la situación de un escritor bajo Luis XIV a la de un escritor de nuestro tiempo. ¿Dónde está la afirmación plena y completa de la personalidad? ¿Dónde está la verdadera dignidad? ¿Dónde está el trabajo, la existencia más larga y más respetada? Evidentemente, en el escritor actual. Y esta dignidad, este respeto, esta afirmación de la persona y de sus ideas, ¿a qué se debe? Al dinero, sin duda alguna. Es el dinero, el beneficio legítimo obtenido con las obras lo que ha librado al escritor de toda protección humillante, lo que ha hecho del antiguo saltimbanqui de corte, del antiguo bufón de antecámara, un ciudadano libre, un hombre que sólo depende de sí mismo. Con el dinero, se ha atrevido a decirlo todo, ha llevado su examen hasta el rey, hasta Dios, sin temer por su pan. El dinero ha emancipado al escritor, ha creado las letras modernas.
 Por último, me molesta leer, en los periódicos de jóvenes poetas, que el escritor debe aspirar simplemente a la gloria. Sí, de acuerdo, es pueril decirlo. Pero hay que vivir. Si no nacéis con una fortuna, ¿qué haréis? ¿Os lamentaréis del tiempo en que se apaleaba a Voltaire, en que Racine moría de una rabieta de Luis XIV, en que toda la literatura estaba a merced de una nobleza brutal e imbécil? ¡Cómo! ¡Llegará vuestra ingratitud a despreciar nuestra gran época, acusándola de mercantilismo, cuando no es más que el derecho al trabajo y a la vida! Si no podéis vivir con vuestros primeros versos, con vuestros ensayos, haced otra cosa, entrad en una administración, esperad a que el público venga a vosotros. El Estado no os debe nada. Es poco honorable soñar en una literatura mantenida. Trabajad, comed patatas o trufas, romped piedras durante el día y escribid una obra maestra por la noche. Sólo no os equivocáis cuando decís esto: si sois un talento, una fuerza, llegaréis, a pesar de todo, a la gloria y a la fortuna. La vida es así, así es nuestra época. ¿Por qué rebelarse puerilmente contra ella, cuando es seguro que permanecerá como una época grande entre las más grandes?
 Bien sé lo que se puede decir, si se enfoca la cuestión bajo ciertos aspectos enfadosos. El mercantilismo tenía que nacer del nuevo apetito de lectura, de la multiplicación creciente de los periódicos. Pero, ¿en qué aspecto molesta esto a los verdaderos escritores? Ganan menos, pero ¡qué importa! si todavía pueden comer. Notad, por otra parte que, si un Ponson du Terrail amasa una fortuna, es porque trabaja enormemente, mucho más que los autores de sonetos que le injurian. Sin duda, desde el punto de vista literario, el mérito es nulo; pero la tarea considerable del folletinista explica sus ganancias, tanto más en cuanto que estas ganancias enriquecen a los periódicos. Nosotros no tratamos directamente con el público; entre él y nosotros hay especuladores, editores o directores, toda una gente que vive de nuestras obras, que gana millones con nuestro trabajo; ¡y todavía no lo repartiríamos, todavía escupiríamos sobre el dinero, bajo pretexto de que no es noble! Esto no son más que ideas malsanas, declaraciones vacías y culpables, contra las que ha llegado el momento de actuar. Quienes hablan así son los principiantes muy pobres que sufren por no poder vivir todavía de su pluma, o los escritores que nunca han conocido las necesidades y que tratan a la literatura como a una amante, a la que siempre han pagado cenas galantes.
 Lo que yo puedo decir al respecto es que el dinero ha hecho crecer bellas obras. […]
EL NATURALISMO de Emile Zola: Bien Rústica (1972) | Libreria Querubin
 El problema, pues, ha sido siempre mal planteado. Hay que partir de la idea de que todo trabajo merece un salario. Cuando se hace un libro, es natural que el escritor no se ponga cada mañana al trabajo pensando en ganar la mayor cantidad de dinero posible; pero, una vez hecho el libro, es el editor quien gana dinero con esta mercancía que se le cede y nada hay más natural que el escritor cobre los derechos fijados en su contrato. A partir de ahí, no se comprenden las grandes indignaciones contra el dinero. El negocio está a un lado, la literatura en el otro.
 En toda gran evolución, siempre existe una parte mala. Fatalmente debían producirse especuladores. He hablado de los folletinistas que llenan las aceras. Según mi parecer, ganan legítimamente su dinero puesto que trabajan, y alguno con mucha inspiración; pero cierto es que aquí la literatura no importa para nada. Ahí debería zanjarse la cuestión. Los principiantes se equivocan protestando contra los folletinistas, ya que éstos no obstaculizan en realidad ningún camino literario; se han creado un público especial que sólo lee folletines, se dirigen a este público nuevo, iletrado, incapaz de sentir una buena obra. Según esto, habría que agradecerles su trabajo, puesto que roturan tierras incultas como los periódicos de cuatro cuartos que penetran hasta las más alejadas regiones campesinas. Observad, por otra parte, el orden político, allí no existe movimiento sin exceso; cada paso, en una sociedad, está señalado por luchas y hundimientos. Asimismo ha sido necesario que la emancipación del escritor, el triunfo de la inteligencia llamada a la fortuna y convertida en aristocracia, arrastrara consigo hechos lamentables. Es el lado malo de las cosas. Hay hombres que trafican vergonzosamente con su pluma, una ola de estupidez se filtra en el sótano de los periódicos, estamos inundados de libros ineptos. ¡Pero, qué importa! Es la parte de basura humana que se encuentra en las horas de las crisis sociales. Hay que ver solamente el progreso que se realiza en lo alto, el esfuerzo de los grandes talentos que obtienen de nuestras batallas contemporáneas una belleza nueva, la vida en su verdad y en su intensidad.
 Hay una consecuencia más grave que siempre me ha preocupado: el esfuerzo continuo al que está condenado el escritor de nuestros días. No estamos ya en el tiempo en que un soneto leído en un salón hacía la reputación de un escritor y lo llevaba a la Academia. Las obras de Boileau, de La Bruyère, de La Fontaine, caben en uno o dos volúmenes. En la actualidad, nos es necesario producir: producir sin parar. Se trata de la labor de un obrero que debe ganar su pan y que no puede retirarse hasta haber hecho una fortuna. Además, si el escritor se para, el público le olvida; está obligado a producir volumen tras volumen, al igual que un ebanista hace mueble tras mueble.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 1972, en traducción de Jaume Fuster. Depósito legal: B-50.017-1972]