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viernes, 28 de agosto de 2020

Gargantúa y Pantagruel.- François Rabelais (1494-1553))

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Pantagruel
Capítulo VII: De cómo Pantagruel fue a París y de los hermosos libros de la biblioteca de San Víctor

   «Encontró magnífica la biblioteca de San Víctor, sobre todo algunos de los libros que se guardaban en ella, cuyo catálogo se da a continuación:
 -Bigua salutis. ["La vara de la salud"]
 -Braguet juris. ["La bragueta del Derecho"] […]
 -Malogranatum vitiorum. ["La granada de los vicios"]
 -El pelotón de teología.
 -El Andrajo de los predicadores, compuesto por Turelupin.
 -La bolsa testicular de los valientes. […]
 -El beleño de los obispos.
 -Decretum universitatis Parisiensis super gorgiasitate muliercularum al placitum. ["Decreto de la Universidad de París sobre la coquetería de las mujeres de placer"] […]
 -Ars honeste petandi in societate, por M. Ortuinum. ["El arte correcto de peder en sociedad"] […]
 -De brodiorum usu et honestate chopinandi, por Silvestrem Prieratem Jacospinum. ["Del uso de los caldos y del arte de beber a menudo"]
 -El engañado en la Corte.
 -El capacho de los notarios.
 -El fardo del matrimonio.
 -El crisol de la contemplación.
 -Las frivolidades del Derecho.
 -El aguijón del vino.
 -El espolón del queso.
 -Decretatorium scholarium. [El albañal escolar]
 -Tartaretus, De modo cacandi. ["Del modo de cagar"] […]
 -Bricot, De differentis soupparum. ["De las diferencias de las sopas"]
 -El culito de disciplina.
 -El zapato de humildad.
 -El trípode del buen pensamiento.
 -El Calderón de la magnanimidad. […]
 -La cobertura de los curas. […]
 -La invención de la Santa Cruz por seis personajes, interpretada por los clérigos de delicadeza. […]
 -Los guisantes con tocino, cum commento. […]
 -La suspicacia de los oyentes. […]
 -El hambre canina de los abogados. […]
 -La cagada de las muchachas.
 -El culo pelado de las viudas.
 -El capuchón de los frailes.
 -Los cascabeles de los padres celestinos.
 -La barrera de la mendicidad.
 -La dentera de los palurdos.
 -La ratonera de los teólogos.
GARGANTUA Y PANTAGRUEL de Francois Rabelais | Libreria 7 Soles -Los ahorros de los maestros en artes.
 -Los marmitones de Occam, en primera tonsura. […]
 -El capuchón de los legos.
 -El bozal de los glotones.
 -El mal olor de los españoles superferolíticamente cantado por Fray Íñigo. […]
 -Callibistratorium caffardie, auctore M. Jacobo Hocstratlem hereticometra. ["Órganos genitales de la hipocresía] […]
 -Las pedorreras de los bulistas, copistas, amanuenses, abreviadores, datarios y refrendarios, compiladas por Regis. […]
 -El cordel de los mercaderes.
 -Las comodidades de la vida monacal.
 -El picadillo de los gazmoños. […]
 -El caracol de los poetastros. […]
 -El reclinatorio de la vejez. […]
 -El paternóster del mono.
 -Las cadenas de devoción. […]
 -El mortero de la vida política.
 -El gorrión de los eremitas. […]
 -Las Cantimploras de los viajeros. […]
 -Los címbalos de las damas. […]
 -Las marrullerías de los prestamistas.[…]
 -El gorjeo de los examinados y graduados. […]
 -El guiso de los fieles.
 -La morisca de los herejes. […]
 -El barredor de los casos de conciencia.
 -La barriga de los presidentes.
 -La bufonería de los abades. […]
 -Cacatorium medicorum. ["El cagatorio de los médicos"] […]
 -El besa-culos de cirugía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Teresa Suero y José Mª Claramunda. ISBN: 84-7530-263-7.]
  

sábado, 2 de marzo de 2019

"Sensus communis". Ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor.- Anthony Ashley Cooper , 3er. conde de Shaftesbury (1671-1713)


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Primera parte
IV

«Semper ego auditor tantum*? Es una queja tan natural en teología, moral y filosofía como lo fue en la época del satírico Juvenal en poesía. La ley fundamental de la conversación, cuyo establecimiento anhela fervientemente todo el mundo, es que cada cual pueda hablar a su debido tiempo. Cualquier razonamiento avanza más en un minuto o dos mediante preguntas y respuestas, que con la sucesión de soliloquios interminables. Las arengas sólo valen para agitar pasiones y la retórica tiene la facultad de aterrorizar, exaltar, arrebatar o deleitar, antes que la de convencer o enseñar. Un debate libre es un cuerpo a cuerpo. El soliloquio, en comparación, no es más que luchar contra molinos de viento. Es lógico que cuando se nos reduce a meros oyentes de las arengas de otros sobre cualquier asunto, sin poder intervenir, terminemos deplorando tanto el asunto de tales discursos como a los que los pronuncian. Los hombres prefieren razonar sobre naderías, siempre que puedan hacerlo libremente y sin la imposición de la autoridad, que sobre las cosas más útiles e importantes del mundo si están obligados a mantener ciertas formas y temen decir lo que se les ocurre.
 No es raro que la gente razone tan poco y no se preocupe demasiado de argumentar con rigor en sociedad sobre cualquier asunto trivial, puesto que están tan poco acostumbrados al ejercicio de la razón para pensar en grandes materias y suelen verse obligados a argumentar lo mínimo a propósito de cuestiones que requerirían la mayor actividad y esfuerzo. Lo mismo sucede cuando los cuerpos fuertes y vigorosos se encuentran encerrados en un espacio reducido y, puesto que no pueden hacer ejercicio, se ven forzados a adoptar posturas incómodas y hacer contorsiones extrañas: siguen moviéndose, pero de la forma más torpe imaginable. Y es que los espíritus animales no pueden yacer muertos o inactivos en esos miembros sanos y vigorosos. Del mismo modo, por más que se intente sojuzgar a los espíritus libres por naturaleza de los hombres ingeniosos ellos encontrarán otras maneras de moverse para hacer más llevadera su situación y ya sea mediante el recurso a la burla, la imitación o la payasada, les hará inmediatamente felices desahogarse y vengarse de quienes los oprimen.
 Si se prohíbe a los hombres expresarse seriamente sobre determinados temas, lo harán irónicamente. Si se les prohíbe hablar de tales asuntos, o les parece efectivamente peligroso hacerlo, adoptarán un disfraz, se envolverán en misterio y hablarán de manera ininteligible o al menos difícil de interpretar para aquellos que están dispuestos a causarles problemas. Eso es lo que hace que se ponga de moda la burla y que llegue hasta el paroxismo. El espíritu de persecución ha promovido el espíritu burlón: la ausencia de libertad puede explicar la ausencia de auténtica cortesía así como las bromas de mal gusto y el mal uso del humor.
 Respecto a ese mal uso, el hecho de que a veces traspasemos el límite de lo que llamamos urbanidad y caigamos en la rusticidad del bufón, podemos agradecérselo a la ridícula solemnidad y el humor amargo de nuestros pedagogos o, mejor dicho, ellos deberían agradecerse a sí mismos el ser objeto de la mordacidad más descarnada. Es natural que se aplique una intensidad proporcional a la severidad de quien reprime: cuanto mayor la opresión, más ácida la sátira. Cuanto más dura la esclavitud, más refinada la bufonería.
 Para darse cuenta de ello, basta fijarse en los países donde existe una férrea tiranía espiritual. Pues los más destacados bufones son italianos y las bufonadas y el género burlesco dominan en su literatura, sus conversaciones familiares, sus teatros y sus calles. Es el único medio de que dispone el infeliz oprimido para dar rienda suelta a un pensamiento libre. Hemos de concederles la superioridad en esa clase de ingenio. No es extraño, pues, que quienes gozamos de mayor libertad mostremos menor destreza en ese género ilustre de la broma y la parodia.»
 
*Juvenal, Sátiras, I, 1: "¿Siempre yo oyente solo? ¿Nunca voy a replicar [...]?", trad. de Bartolomé Segura Ramos, Madrid, CSIC, 1996.
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2017, en traducción de Eduardo Gil Bera. ISBN: 978-84-16748-44-0.]

miércoles, 20 de julio de 2016

"Tristram Shandy".- Laurence Sterne (1713-1768)


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 Volumen IV.- Capítulo 15

 "Me gustaría poder escribir un capítulo sobre el sueño.
 No creo que se me presente mejor oportunidad de hacerlo que ésta en que están corridas todas las cortinas de la casa, las velas apagadas y todos los ojos están cerrados, menos uno, el de la nodriza de mi madre que lleva veinte años tuerta.
 ¡Qué tema tan bonito!
 Y, sin embargo, con todo lo bonito que es, antes escribiría una docena de capítulos sobre ojales (y lo haría más aprisa y con más éxito) que uno solo sobre el sueño.
 ¡Los ojales! Hay algo muy agradable en ellos y, creedme, cuando me pongo a pensar en ellos, sí, nobles gentes de luenga barba y de rostro serio y grave, me divierto mucho con los ojales y los tengo todos para mí porque es un tema virgen y no haré quedar a nadie en mal lugar ni copiaré las ideas de nadie.
 Pero el sueño, aún antes de empezar sé que no sacaré nada de él. En primer lugar no pretendo igualar vuestras hermosas palabras y expresiones y, en segundo lugar, no puedo, aunque lo pretenda, ponerme serio ante un tema malo y decirle al mundo que es el refugio de los desdichados, la libertad del prisionero, el remanso de los desesperados, de los abatidos y de los que tienen el corazón destrozado; y tampoco sería capaz de empezar con una mentira afirmando que de todas las funciones de nuestra naturaleza con que nuestro gran Autor ha tenido a bien, en su bondad, compensar los sufrimientos que su justicia y su voluntad permiten nos entristezcan, que de todas esas funciones ésta es la más importante (porque conozco placeres que valen diez veces más) o que qué feliz se siente el hombre cuando han terminado las ansiedades y las pasiones del día y yace boca arriba y que su alma se encuentra tan a gusto dentro de él que allá adonde mire verá que el cielo está sosegado y dulce, sin deseos, ni miedo ni dudas que enturbien el aire y sin que ninguna dificultad pasada, presente o futura venga a molestar su imaginación en ese suave sopor.
  "Que Dios bendiga", dijo Sancho Panza, "a quien inventó el mismísimo sueño, que le cubre al hombre como un manto". Nada tengo que añadir a esto y más le dice a mi corazón y a mis afectos que todas las disertaciones salidas de las sesudas cabezas de todos los entendidos en la materia.
 Y no es que me parezca mal lo que dice Montaigne al respecto, al revés, resulta admirable a su modo. (Cito de memoria).
 El mundo disfruta con una serie de placeres como lo hace con el sueño, sin saborearlo ni sentirlo pasar, cuando debería meditar sobre ello y estudiarlo para darle debidamente las gracias a quien nos lo otorga; por eso hago yo que me despierten, para así sentir y saborear mejor mi sueño. Y, sin embargo, pocos hay que prescindan del sueño cuando es necesario; mi cuerpo puede soportar una agitación continuada pero no violenta y brusca. No me canso de andar, pero desde muy joven nunca me gustó cabalgar sobre el empedrado. Me gusta dormir en un sitio duro y yo solo, aunque sea sin mi  mujer. Esto último puede restar credibilidad al asunto pero recordad que (como dice Baylet en el asunto de Liceti): "La Vraisemblance n'est pas toujours du Côté de la Verité". Y nada más sobre el sueño".