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lunes, 1 de junio de 2020

Una vida violenta.- Pier Paolo Pasolini (1922-1975)

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Primera parte
3.-Irene

   «Muy ufano por su primer domingo transcurrido con su novia, Tommaso volvió a Pietralata; y, en cuanto llegó, el Zimmio, el Cagone y otros dos o tres de la pandilla lo pararon y le preguntaron si estaba dispuesto a ir con ellos a la Anguillara, para un trabajito de gallinas. Tommasino dijo:
 -Claro. ¿Cómo no?
 Ya era tarde y partieron en un "Mil cien" que los otros habían robado por la tarde.
 El robo de gallinas en Anguilara resultó bien y, al día siguiente, realizaron otro por el lado de Tívoli y después otros más en Villalba y en Settecamini, cada vez más cerca de la ciudad. El Sábado Santo, para evitar la fatiga de ir lejos, dieron un golpe en Ponte Mammolo, a dos pasos, a orillas del Aniene.
 Dejando de lado las bromas, he aquí cómo se desarrollaron las cosas. El Cagone, el Zellerone, Cazzitini, el Budda, el Gricio, el Sciacallo y Nazzareno, en unión con los más jovencitos, Tommasino, el Zimmio y el Zucabbo, habían ido a Tiburtino para alquilar un furgón, pues se les presentaba la ocasión de hacer un trabajito por otro lado, hacia Ciampino: se trataba de tres o cuatro quintales de bronce. Llovía. Calados hasta la médula, los compinches llegaron a Tiburtino y se pusieron a silbar frente a la ventana de una casa que daba al campo. Carlo el Sordo salió al zaguán y, cuando los otros le pidieron el furgón, se los rehusó:
 -¡No, no y no! Yo no les doy mi furgón. Ya van tres veces que lo doy, después las cosas quedan en la nada y yo me quedo con las ganas.
 -Pero nosotros no somos así -protestaron.
 -Bueno -contestó Carlo el Sordo-. Ustedes me dan enseguida cinco mil liras y yo les doy el furgón.
 -Es que nosotros no tenemos ahora cinco mil liras -replicaron los compinches.
 -Siendo así -dijo el Sordo-, lo siento, pero el furgón no sale.
 -Nos arruinas -le explicaron-. Mañana es Pascua. ¿Qué vamos a hacer sin una lira en el bolsillo?
 -Ven con nosotros -propuso el Sciacallo-, si no nos crees.
 -No, no -dijo Carlo-, a mí la policía me conoce demasiado. Tendría calabozo para años si nos agarrasen.
 -Te dejamos los abrigos -propuso el Cagone.
 -¿Y qué hago con los abrigos? -contestó Carlo-. Mañana es Pascua, quiero pasármela tranquilo, no quiero estar toda la noche en vela pensando en el furgón.
 Así que, quieras o no quieras, tuvieron que marcharse sin furgón. El Cagone, el Zellerone, el Sciacallo, el Budda, el Gricio, Cazzitini y Nazzareno se metieron en el "Bar Duemila", que estaba por allí, frente al Monte del Pecoraro. Los tres más jóvenes se quedaron en la calle, ante el lote de casas en que vivía Carlo el Sordo, sin resolverse a marcharse.
 -Nada que hacer -dijo deprimido el Zimmio.
 -Estaríamos locos si nos fuéramos a dormir -profirió el Zucabbo-. Hagamos algo. De algún modo tendremos que encontrar dinero.
 -¿No sabes -dijo Tommaso, que era el más ávido desde que se había metido con la Irene- que cuando los trabajos se improvisan uno cae fácilmente en la trampa?
 -Mañana es Pascua. Prefiero pasármela en la cárcel antes que estar sin un lira en el bolsillo -replicó el Zucabbo.
 -Ni siquiera podemos ir por ropa tendida -observó amargamente el Zimmio-, porque llueve. ¿A quién se le va a ocurrir tender ropa con este tiempo?
 Callaron, cariacontecidos. En el silencio circundante sólo se oía caer la lluvia. Y he aquí que, de pronto, oyeron cantar un gallo: era el gallo de Carlo el Sordo.
 -¿Y si le limpiáramos el gallinero al Sordo? -dijo el Zucabbo, brillantes los ojos-. ¿Por qué ese hijo de p... no quiso alquilarnos su furgón?
CUENTOS de MARIETA: Brújulas y Espirales: Pier Paolo Pasolini "Una ... -¡Aoh! -exclamó entonces el Zimmio-. A propósito de gallinas... ¿Quieren venir conmigo? Ahora que lo pienso, junto a la iglesia de Ponte Mammolo los curas tienen un gallinero. Yo sé dónde están las gallinas, porque hace unos años fui allí a robar huevos. ¡Ammazza, son muchas!
 -¿Cuántas, más o menos? -preguntó Tommaso. 
 -Doscientas, trescientas -repuso el Zimmio.
 -Entonces, vamos, vale la pena -dijo Tommaso-. A quinientas liras cada una, son ciento cincuenta mil.
 -¿Y dónde las ponemos? -preguntó el Zucabbo.
 -Yo llevo el forro del colchón -contestó sin titubeos el Zimmio-. Mi madre lavó la lana. Figúrense las gallinas que caben... Podemos meter al mismo sacristán...
 Así, llenos de esperanza, se pusieron en marcha.
 […]
 Tommaso y el Zucabbo llegaron a casa del Zimmio y lo llamaron. Estaba durmiendo. Como tenía a su novia en Ponte Mammolo, y ella y su madre eran muy católicas, él, aunque cayéndose de sueño, había tenido que madrugar para ir allá a oír misa con ellas. Había vuelto hacía poco más de media hora y se había echado otra vez en la cama, quedándose dormido inmediatamente. Tommaso y el Zucabbo lo despertaron:
 -¿Y las gallinas? -preguntaron-. ¿Qué? ¿No nos vas a dar las nuestras?
 -Dos se las di a mi madre -dijo el Zimmio, hinchado de sueño y sombrío, pero con una cara tan rara que no convencía a nadie-, y las otras dos las dejé allá, en la Via Casal dei Pazzi.
 Los miró unos instantes, con las bolas de los ojos que se le llenaban de risa.
 -A propósito... -prosiguió, y largó la risa-. A propósito, ¿saben lo que dijo el cura en la misa?
 Y seguía riéndose con tantas ganas que no podía pronunciar una sola palabra; los otros sabían que había ido a oír misa precisamente allá donde tres horas antes habían estado robando, y lo miraban también regocijados.
 -Dijo -empezó a contar el Zimmio cuando se hubo calmado un poco- que anoche le robaron treinta gallinas... Que unos ladrones sacrílegos se introdujeron anoche en su gallinero y que los condenados le robaron treinta gallinas, aprovechándose de él, que hace la caridad... ¡Treinta gallinas, dijo aquel hijo de perra!
 A Tommaso y el Zucabbo les brillaban los ojos por la alegría de saber que habían hablado de ellos durante la misa, ante tanta gente.
 -¡Ahh! -exclamó el Zucabbo-. ¿Lo oyes, Tommaso? Somos peores que el Tinea. ¿Qué te parece?
 -¡Aoh! -dijo Tommaso-. ¿Vamos a misa a oír lo que dice?
 -¡Vamos! -contestó con entusiasmo el Zucabbo.
 -Lárgate con nosotros, ¡dale! -dijo Tommasino al Zimmio.
 Así, hicieron la caminata hasta Ponte Mammolo y no se dieron por satisfechos con escuchar el sermón de la segunda misa, sino que también quisieron oír el de la última, de mediodía. El cura hablaba de ellos, de estos ladrones, de estas almas perdidas, de estos sacrílegos, etcétera, etcétera... Se hicieron una panzada de misas; por lo demás, hacía más de diez años que no pisaban una iglesia y ya ni siquiera recordaban quién había creado el mundo.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1969, en traducción de Attilio Dabini. ]

martes, 7 de abril de 2020

Quisicosas, traducidas y aumentadas.- Nicolás Estévanez Murphy (1838-1914)

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«Timón, el misántropo, al ver dos mujeres ahorcadas de la rama de una higuera, exclamó convencido : ¡Ojalá llevaran todos los árboles esa misma fruta! […]
 La señorita de Montpensier, hija de Gastón de Orleáns y sobrina de Luis XIII, paseaba un día por la calle de Saint-Honoré, en París, cuando un pobre ciego que pedía limosna le dijo humildemente: Socorred, princesa, a este desgraciado que no puede gozar de las dichas de este mundo.
-¿Sois eunuco? le preguntó la princesa. […]
 Le advertían a una recién casada que la mujer ha de obedecer a su marido, pues lo ordena San Pablo.
 -No soy del parecer de San Pablo, replicaba ella.
 -Es que quien habla por los labios del apóstol es el Espíritu Santo.
 -Pues no soy de la opinión del Espíritu Santo, que ni es mujer ni se ha casado nunca. [...]
 -Me aburro solo, decía bostezando un holandés.
 -No estás solo, contestaba su mujer, puesto que yo estoy aquí.
 -El marido y su mujer no son más que uno, replicaba aquél. […]
 Comparaba Plutarco las orejas de un curioso a ventosas que atraen todo lo malo.
 Un magistrado francés, al ver una escultura que representaba a la Paz y a la Justicia besándose, exclamó : “¡Se despiden para siempre !” […]
 Calpurnia, que ejercía la abogacía en Roma, tuvo la culpa de que se les prohibiera a las mujeres romanas, y después a todas, el ejercicio de esa profesión. Y fue porque una vez, a pesar de su elocuente alegato, perdió un pleito, lo que le produjo tal irritación contra los jueces, que en señal de menosprecio les volvió la espalda, se levantó la ropa y les enseñó con desvergüenza el culo. Ha sido necesario que pasen veinte siglos para que las mujeres vuelvan a ejercer funciones de abogado. Ya no hay peligro de que se repita el acto de Calpurnia: las mujeres modernas son más pudorosas. […]
  Disputando una vez dos mujeres ordinarias, una de ellas cómica, le dijo a la otra en son de menosprecio:
- ¡Actriz!.. .
- ¡Actroz!,  replicó la actriz.
- ¡Animal!
-¡Vegetal! […]
 Al terminarse la construcción del Puente Nuevo, que hoy es el más viejo de los puentes de París, celebraron un banquete los ingenieros y las autoridades, apenas concluida la ceremonia oficial de la inauguración. Pero antes de comenzar el banquete, los ingenieros se hicieron notar unos a otros la presencia de un individuo que, provisto de varios instrumentos, recorría toda la extensión del puente, observaba su altura, tomaba algunas medidas y apuntaba algo en un papel. Creyendo que sería una persona inteligente, y excitada su curiosidad, lo convidaron a comer. A los postres lo invitaron a exponer su juicio, a decir lo que se le ocurriera de la flamante obra, a señalar sus defectos, y él respondió con gravedad:
- Felicito a ustedes por la hermosa idea que han  tenido de hacer el puente a lo ancho, porque si lo hubieran hecho a lo largo no lo acaban tan pronto.
Afortunadamente para el intruso, ya había comido. […]
 -He recibido todos los sacramentos, decía un católico vanagloriándose, menos el del matrimonio.
-Sí, le replicó una duquesa famosa por su ingenio en la corte de Versalles, de ése no habéis recibido el original, ¡pero habéis sacado tantas copias!
 Hablábase, en una reunión alegre, de la metempsicosis. Un banquero, creyendo decir un chiste, declaró que se acordaba de haber sido antes el becerro de oro.
Y un chusco le respondió:
-Pues no habéis perdido más que el dorado. […]
En su lecho de muerte y rodeado de sus amados discípulos, dijo el filósofo Teofrasto:
-He cumplido ciento siete años; ¡y voy a morirme ahora, que apenas empezaba a tener juicio! […]
 Una frase de Voiture: “La belleza es una carta de recomendación que la naturaleza otorga a sus favoritos.” […]
 Ducis le decía a Chamfort: “Si Dios no manda otro diluvio, es porque ha visto la inutilidad del primero.”
 Hay tres clases de amigos: los que nos quieren bien, los que no se cuidan de nosotros y los que nos detestan.
 "De tal manera se distribuyen la censura y el aplauso, decía. Turgot, que el hombre de bien prefiere ser difamado.”
 Preguntáronle a Pope de qué manera lograba tener tantos amigos: “Por medio de dos axiomas, respondió: Todo es posible; todo el mundo tiene razón.” […]
 Sartines, lugarteniente de policía, quiso una vez averiguar los nombres de los personajes que habían cenado la víspera con la célebre Sofía Arnould. Se presentó en su casa. y le preguntó:
 -¿Dónde cenásteis anoche?
quisicosas. estevanez. - Comprar en todocoleccion - 46729498 -No me acuerdo.
 -¿Os acompañaban muchos?
 -Es verosímil.
 -Habría personas de calidad …
 -Probablemente.
 -¿Cómo se llaman?
 -He olvidado sus nombres.
 -Pues a mí me parece que una mujer como vos no debe de olvidar esas cosas.
 -Es que yo no soy una mujer como yo, en presencia de un hombre como vos. […]
 El gran Condé, cansado un día de que le repitieran sin cesar vuestro señor padre, vuestra señora madre, llamó a un sirviente y le dijo: “Señor lacayo, decidle a mi señor cochero que enganche mis señores caballos a mi señora carroza.” […]
 Como ejemplo de testamento lacónico se cita el de un inglés acreedor del Estado, que murió en el siglo XVIII: “No tengo nada, debo mucho, y el resto para los pobres.” […]
 Arengaba Amable Escalante al pueblo de Madrid, desde un balcón muy alto, el 29 de septiembre de 1868. El pueblo no entendía lo que decía el orador, así por su escasa voz como por la distancia; pero lo aplaudía como si lo oyera. Y todo su discurso, si hemos de creer a los que en el balcón se pusieron a su lado, se redujo a repetir cuarenta y cinco veces las palabras que siguen: “¡Mi padre fue liberal, mi abuelo fue liberal, yo soy más liberal que mi padre y que mi abuelo!” Cansado al fin de repetir la frase, tan aplaudida por la multitud, acabó con este apóstrofe, no menos aplaudido: “Amado pueblo, el que no te conozca que te compre!”
 Una señora francesa, leyendo una novela romántica, no pudo acabar la lectura de un capítulo en que dos enamorados se decían ternezas. Y arrojó el libro diciendo: “¡Tanto hablar estando solos!... ¿Qué diablo esperan?” […]
 En uno de sus sermones dijo un predicador: “Admiremos a la Providencia, que ha puesto los ríos próximos a las ciudades.”
 No era menos sabio un negociante español, que al desembarcar en el muelle de Montevideo, exclamó con grotesca seriedad: “¡Qué admirado se quedaría Colón cuando al llegar aquí se encontró con una ciudad tan grande y tan hermosa!”
 El abate Prevot fue nombrado capellán del príncipe de Conli. El príncipe le dijo:
 -Señor abate, habéis querido ser mi capellán y os he nombrado; pero os advierto que yo no tengo costumbre de oír misa.
 -Ni yo tengo costumbre de decirla, respondió el abate. […]
Departían amigablemente el cura y el sacristán. Hablaron de muchas cosas, y al tocar el capítulo de faldas, el primero le preguntó al segundo :
 -¿Con cuántas mujeres del lugar, sin contar la tuya, has tenido relaciones?
 -Señor cura, se lo diré con franqueza; las he tenido con todas, con las treinta y seis. ¿Y usted, señor cura?
 -Yo... con treinta y siete. […]
  A un mismo tiempo se prohibieron en Suiza La Doncella de Voltaire y El Ingenio de Helvecio. El magistrado de Basilea que debía embargar las obras, ofició al Senado: “En todo el cantón no se ha podido encontrar ingenio ni doncella.” […]
 Hablaba un día Luis XIV del poder absoluto de los reyes sobre sus vasallos, afirmando que no tiene límites. El conde de Guiche se atrevió a decirle que todo poder es limitado. Insistió el rey, diciéndole al conde: “Si yo os mando arrojaros de cabeza al mar, debéis hacerlo en seguida.” El conde, sin replicar, se dirigió a la puerta.
-¿A dónde váis?, le preguntó el rey admirado.
-Señor, contestó Guiche, voy a aprender a nadar.»

       [El texto pertenece a la edición en español de Garnier Hermanos, Libreros editores, 1910.]

lunes, 27 de enero de 2020

Los Milagros de Nuestra Señora.- Gonzalo de Berceo (1190-1264)


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9.-El clérigo ignorante

«Era un simple clérigo, probre de clerecía, / dicié cutiano missa de la sancta María;
non sabía decir otra, diciéla cada día, / más la sabía por uso que por sabiduría.
 Fo est misacantano al bispo acusado, / que era idiota, mal clérigo provado;
"Salve Sancta Parens" sólo tenié usado, / non sabié otra missa el torpe embargado.
 Fo durament movido el obispo a sanna, / dicié: "Nunqua de preste oí atal hazanna."
Disso: "Diçit al fijo de la mala putanna / que venga ante mí, no lo pare por manna."
 Vino ante el obispo el prete pecador, / avié con el grand miedo perdida la color,
non podié de vergüenza catar contral señor, / nunca fo el mesquino en tan mala sudor.
 Dissoli el obispo: "Preste, dime la verdat, / si es tal como dizen la tu neciedat."
Díssoli el buen omne, "Sennor, por caridat, / si disiesse que non, dizría falsedat."
 Díssoli el obispo: "Quando non as ciencia / de cantar otra missa nin as sen ni potencia,
viédote que non cantes, métote en sentencia: / vivi como merezes por otra agudencia."
 Fo el preste su vía triste e dessarrado, / avié muy grand vergüenza, el danno muy granado;
tornó en la Gloriosa, ploroso e quesado, / que li diesse consejo ca era aterrado.
 La madre preciosa que nunca falleció / a qui de corazón a piedes li cadió,
el ruego del su clérigo luego gelo udió, / no lo metió por plazo, luego li acorrió.
 La Virgo gloriosa madre sin dición, / apareciól al obispo luego en visión;
díxoli fuertes dichos, un brabiello sermón, / descubrióli en ello todo su corazón.
 Díxoli brabamientre: "Don obispo lozano, / ¿contra mí por qué fuste tan fuert e tan villano?
Yo nunca te tollí valía de un grano, / e tu asme tollido a mí un capellano.
 El que a mí cantava la missa cada día, / tú tovist que facía yerro de eresía;
judguéstilo por bestia e por cosa radía, / tollísteli la orden de la capellanía.
 Si tú no li mandares decir la missa mía / como solié decirla, grand querella avría,
e tú serás finado hasta el trenteno día, / ¡desend verás qué vale la sanna de María!"
 Fo con estas menazas el bispo espantado, / mandó enviar luego por el preste vedado;
rogól quel perdonasse lo que avié errado, / ca fo en el su pleito durament engannado.
 Mandólo que cantasse como solié cantar, / fuesse de la Gloriossa siervo del su altar;
si algo li menguasse en vestir o en calzar, / él gelo mandarié del suyo mismo dar.
Tornó el omne bueno en su capellanía, / sirvió a la Gloriosa, madre sancta María;
finó en su oficio de fin qual yo querría, / fue la alma a la gloria a la dulz cofradría.
 Non podriemos nos tanto escribir nin rezar, / aun porque podiéssemos muchos annos durar,
que los diezmos miraclos podiéssemos contar, / los que por la Gloriosa denna Dios demostrar.
[...]

 11.-El labrador avaro

 Era en una tierra un omne labrador / que usava la reja más que otra lavor;
más amava la tierra que non al Criador, / era de muchas guisas omne revolvedor.
 Fazié una nemiga, suziela por verdat, / cambiava los mojones por ganar eredat,
facié a todas guisas tuerto e falsedat, / avié mal testimonio entre su vecindat.
 Querié, pero que malo, bien a sancta María, / udié sus miráculos, dávalis acogía;
saludávala siempre, diciéla cada día: / "Ave gratia plena que parist a Messía."
 Finó el rastrapaja de tierra bien cargado, / en soga de diablos fue luego cativado,
rastrávanlo por tienllas, de cozes bien sovado, / pechávanli a duplo el pan que dio mudado.
 Doliéronse los ángeles d'esta alma mesquina, / por quanto la levavan diablos en rapiña;
quisieron acorreli, ganarla por vecina, / mas pora fer tal pasta menguavalis farina.
 Si lis dizién los ángeles de bien una razón, / ciento dicién los otros, malas que buenas non;
los malos a los bonos teniénlos en rencón, / la alma por peccados non issié de presón.
 Levantóse un ángel, disso: "Yo so testigo, / verdat es, non mentira esto que yo vos digo:
el cuerpo, el que trasco esta alma consigo, / fue de Sancta María vassallo e amigo.
 Siempre la ementava a yantar e a cena, / diziéli tres palabras: "Ave gracia plena";
la boca por qui essié tan sancta cantilena / non merecié yazer en tan mala cadena."
 Luego que esti nomne de la sancta Reina / udieron los diablos cogieron se de y ayna
derramáronse todos como una neblina, / desampararon todos a la alma mesquina.
 Vidiéronla los ángeles seer desemparada, / de piedes e de manos con sogas bien atada;
sedié como oveja que yaze ensarzada, / fueron e adussiéronla pora la su majada.
 Nomne tan adonado e de vertur atanta, / que a los enemigos seguda e espanta,
non nos deve doler  nin lengua nin garganta / que non digamos todos "Salve Regina Sancta."»

    [El texto pertenece a la edición en español antiguo de Editorial Alce, 1980, en edición de Antonio Narbona. ISBN: 84-85262-34-4.]

sábado, 5 de octubre de 2019

El acoso.- Alejo Carpentier (1904-1980)

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II

«La portentosa novedad era Dios. Dios, que se le había revelado en el tabaco encendido por la vieja, la víspera de su enfermedad. De súbito, aquel gesto de tomar la brasa del fogón y elevarla hacia el rostro -gesto que tantas veces hubiera visto perfilarse en las cocinas de su infancia- se le había magnificado en implicaciones abrumadoras. La mano traía, al sacar la lumbre, un fuego venido de lo muy remoto, fuego anterior a la materia que por el fuego se consumía y modificaba -materia que sólo sería una posibilidad de fuego, sin una mano que la encendiera. Pero si ese fuego presente era una finalidad en sí, necesitaba de una acción anterior para alcanzarla. Y esa acción, de otra, y de otras anteriores, que no podían derivar sino de una Voluntad Inicial. Era menester que hubiera un origen, un punto de partida, una Capitular del fuego que, a través de las eras sin cuento, había iluminado las caras de los hombres. Y ese Primer Fuego no podía haberse encendido a sí mismo... Creyó vislumbrar, en todo, una parecida sucesión, un ineludible proceso de recibir energías de otra cosa: el mismo remontarse de los actos que, sin embargo, no podía ser infinito. Los hilos tenían que ir a parar, por fuerza, a la mano de un Propulsor primero, causa inicial de todo, detenido en la eternidad y dotado de la Suprema Eficiencia. El ateísmo de su padre le parecía absurdo, ahora, ante una imagen que tantas cosas explicaba, extrañándose de que otros no hubiesen pensado, antes que él, en demostrar la existencia de Dios por aquella iluminadora ocurrencia que había tenido ante una brasa. Y, como los niños de la casa moderna habían cantado ayer: "Tilingo, tilingo / Mañana es Domingo / Se casa la gata / con el loro pelón", y las iglesias llamaban a misa, abrió el libro negro y oro de la Cruz de Calatrava, que ahora dispensaba inacabables deslumbramientos a quien creciera, lejos del catecismo, en una sastrería francmasona y darwiniana. Cada página le revelaba una insospechada belleza de la Liturgia, dándole la exaltante impresión de penetrar un arcano, de ser iniciado, de compartir los secretos de una hermandad. Nunca hubiera pensado que lo visto por él, tantas veces, como meros manteles del altar, representaba el Mantel que envolvió Su Cuerpo, ni que el alba, el cíngulo y la estola, narraran tres episodios del más trascendental Proceso presenciado por los hombres. De la vestidura de púrpura, que erguía en su mente las columnas de la casa de Pilato, pasaba al Calvario, donde se detenía, absorto, a la orilla del Cáliz; y al contemplar -al entender- el Cáliz, se maravillaba ante el descubrimiento de ese sepulcro siempre abierto en la materia más preciosa, mística transposición del mayor de los dramas: tinieblas que labraban el metal hasta honduras impensadas, sombra envuelta en el relumbre de las gemas y de los oros; alquimia revertida que de lo fulgurante hacía vasta noche de espera para la humanidad emplazada. Hasta el agua, cuyo sentido litúrgico había ignorado, hablaba ahora por el flanco del Redentor. Alguna vez había estado en la iglesia, llevado por la tía devota, cuando su padre estaba en la capital, comprando géneros para los que todavía pedían driles y alpacas. Se había arrodillado, sentado, puesto de pie, como los demás, frente al altar de molduras barrocas, sin sospechar que cuando el oficiante revestía los hábitos de su menester, representaba nada menos que el Hijo de Dios en su Pasión. Había seguido la misa mirando al maderamen de la cúpula, donde siempre dormía algún murciélago -entretenido con todo lo que no era la misa- sin saber que allí se representaba, en una acción reducida a su simbólica esencia, el Misterio que más directamente le concernía. Y ahora que se daba por enterado, hallaba en los simples movimientos que acompañaban el Gloria, el Evangelio, el Ofertorio, esa prodigiosa sublimación de lo elemental que, en la Arquitectura, había transformado el trofeo de caza en bucráneo; la anilla de cuerdas que ciñe el haz de ramas del fuste primitivo, en astrágalo de puras proporciones pitagóricas. ¡Haber llevado en sí tales poderes de entendimiento, ser capaz de percibir tales verdades, y haberlo ignorado, en despilfarros abominables, para hacer caso de discursos que tanto habían servido para justificar lo heroico como lo abyecto! ¡Ah! ¡Creo! Creo que padeció bajo el poder de Pilato, que fue crucificado y sepultado; que descendió a los infiernos y que al tercer día resucitó de entre los muertos. Creo que subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Creo que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos... Y hay algo de trompeta llamando al Juicio Final en eso que vuelve a sonar en lo alto del edificio moderno, donde alguno, admirado aún por la compra reciente de un gramófono barato, de ingrato sonido, no hace sino tocar y tocar la misma música, echando a veces la aguja atrás. Son como varias piezas grabadas en sucesión ,puesto que se siguen -siendo distintas- en un mismo orden. Primero es algo muy confuso, donde se oyen como toques de corneta -un tema de marcha militar que no acaba de serlo. Luego viene lo triste, lo lento, lo monótono. Después hay una danza muy alegre. Pero la interrumpe un nuevo toque militar que no acaba, sin embargo, de ser militar del todo: algo como las llamadas que se escuchaban en ese documental, tan ridículo, de los nobles franceses que, antes de cazar, oían misa con sus jaurías bendecidas, mientras los monteros enlevitados tocaban unos instrumentos que parecían grandes volutas de cobre.»

      [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 1985. ISBN: 84-322-2014-0.]

jueves, 12 de septiembre de 2019

Pizzicato irrisorio y gran pavana de lechuzos.- Miguel Romero Esteo (1930-2018)


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Introducción al curriculum vitae y al agua de rosas
El teatro de la muerte
Los años de la postguerra

«A todo esto, a mi padre se lo quieren fusilar, así, por las buenas. Porque había terminado de comandante en la intendencia del ejército republicano en no sé qué frente del Norte. Hecha un mar de lágrimas, mi madre va y se lo escribe a la tía Isabel, que ahora ya se llamaba Madre Pilar del Santo Niño Jesús y era la maestra de novicias en Córdoba, en el Monasterio de la Encarnación, y era además la que sabía el canto gregoriano y la que tocaba el armónium en el coro de las monjas. Y tía Isabel se puso a mover no sé qué ínclitos padres de la patria y el resultado fue que a mi padre no lo fusilaron, así que volvió a viajante de la manzanilla de Sanlúcar  por la parte de Asturias y el País Vasco. Allí, en Málaga, mi tía Ana nos había alquilado una modesta casa en mitad de una barriada de jardines y gentes elegantes. Y era prácticamente vivir aislados y solos en mitad de un esplendor ajeno, lo cual resultó una desgracia capital. De la que fueron viniendo luego precisamente otras muchas como cerezas de un mismo ramo. Íbamos a Málaga a ganarnos la vida y allí a poco sí nos ganamos la muerte. Porque se nos echan encima unos años negros en retahíla y son la negra historia de nunca acabar. Y vamos dando bandazos entre prestamistas y penalidades y amenazas de embargarnos a cada momento. Y vuelve mi madre a conocer la calamitosa vía que pasando por el Monte de Piedad lleva rápidamente al Monte Calvario. Allá por el norte, y siempre lejos de casa, mi padre vuelve a sus amoríos del flamenqueo y no quiere saber nada de la familia. Nos pasa una ínfima mensualidad con lo cual no hay para nada porque somos seis bocas diariamente a comer. Mi madre siempre a bofetada limpia contra la peseta tratando de estirarla y la peseta no hay forma de estirarla en forma decente. Y tampoco hay forma de encontrarles una colocación de trabajo a mis hermanos y hermanas, que ya todos son mozos y mozas en la flor de la juventud.
 Paradójicamente, a mí que sólo tengo diez años es al primero que mi madre consigue colocar en un trabajo seguro. De monaguillo en las monjas carmelitas. Todos los días me tengo que levantar a las seis de la mañana porque la misa es a las seis y media. En el otoño y el invierno todavía es noche cerrada cuando yo voy de camino hacia las carmelitas por mitad de aquellas calles de jardines y ricachos como bocas de lobo y me paso unos miedos de órdago porque son los años del hambre y hay muchos hombres a la desesperada con ganas de comer y muchos navajazos. Pero no hay más remedio que tragarse los miedos y apencar porque los cinco duros de sueldo que me dan las benditas monjas los necesitamos en casa. Para mi madre los cinco duros eran toda una bendición. Después de la misa, en el portal del convento las monjas me daban una taza de achicoria con sabor a café, con lo cual ya estaba yo bien desayunado. A mi madre yo le fingía un desayuno a base de bollo suizo y pan con mantequilla. Con lo cual ella se quedaba tranquila y se ahorraba un desayuno y algo es algo. Entre la achicoria de las monjas y los jardines del esplendor burgués yo me agarro una conciencia social de órdago. Así que le meto mano a la fruta en los jardines y le meto mano a las hostias en la sacristía porque me las engullo a puñaos. Otras veces me lleno de hostias los bolsillos y me las voy comiendo tranquilamente camino de la escuela. Lo que más me gustaba era robar almezinas y luego por mitad de un canuto disparar los huesos y arrearles a mitad del cogote a los otros chiquillos que había delante del todo en la escuela. De los cañaverales del bambú -los había en tales o cuales jardines, y había que meterse a robar las cañas en mitad del mediodía porque entonces el jardinero andaba almorzando en su casa- salían unos canutos estupendos. Entre canutos y hostias voy yo iniciando todo el camino de la sabiduría piadosamente.
 Y visto que las cosas nos van mal, mi hermano Antonio -que por entonces tiene sólo diecinueve años- va y pone una industria de lejías, modestísima industria casera que resulta de mantener a remojo las cenizas del fogón dentro de unos barreños de agua, echarle luego al agua no sé qué producto de la droguería y luego ir llenando las botellas con un embudo. Con lo cual, a base de lejías y más lejías, a mi madre las manos se le ponen hechas una calamidad. Y así vamos tirando. Como con tales penurias mi madre no está como para imponer una disciplina familiar, la verdad es que los días yo me los paso valduendo, y voy creciendo más bien selvático y libre. Libérrimo, en muchas ocasiones. Voy a una escuela del Estado en la que los demás chiquillos son hijos de pescadores, hijos de jardineros, hijos de chóferes, hijos de carabineros, hijos de peones de albañil. Con gran desesperación de mi madre, mis amigos suelen ser los chiquillos más golfos. En los montes de El Morlaco, en los montes del arroyo de La Caleta, por allí a pedrada limpia jugamos a policías y ladrones. Por allí robamos en otoño las nueces y las almendras. Y en mayo nos atiborramos de moras en las grandes moreras, con las primeras calores. Por el invierno, asaltamos las mandarinas y las naranjas en los jardines de los ricachos, y les damos sus buenas batidas a los albaricoques. En verano asolamos los ciruelos que hay en torno a la iglesia. Y las enormes higueras allá por arriba del arroyo, en mitad de los montes. Y los higos chumbos en las pencas de El Morlaco. Y los dátiles gordos en las altísimas palmeras que -pedrada y operación relámpago- hay en la entrada del cuartelillo de la guardia civil. Y cuando no hay fruta mejor, les damos una batida a los algarrobos, y nos pasamos la tarde mascurriando algarrobas.
 Entre un asalto a los nísperos y luego al día siguiente otro asalto a las moras, hice yo tranquilamente la primera comunión. De unas cortinas de seda blanca y con mucha pátina de años me hicieron un traje más o menos seráfico y decente. De cuando tuvo casa puesta, tenía mi tía Ana las cortinas bien guardadas en una cómoda y ya le amarilleaban. A base de mucha lejía las dejaron más o menos inmaculadas, aunque con algo de viso. A la primera comunión se nos vino el Paquillo -mi gran amigo de robos y pedreas- con los morros llenos de chocolate como si tal cosa. Y es que, con vistas a la solemnidad, su madre ya se la había festejado a base de un órdago chocolatero con bollos suizos. Como la primera comunión no obraba en mí ningún efecto taumatúrgico, de vez en cuando mi madre me agarraba de firme y me breaba el cuerpo con la zapatilla.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1978. ISBN: 84-376-0141-X.]