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sábado, 6 de febrero de 2021

Conversación. Cómo el diálogo puede transformar tu vida.- Theodore Zeldin (1933)

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2.-Por qué la conversación amorosa se está moviendo en una nueva dirección
 
  «Esta mañana en las noticias se olvidaron de explicarnos cuántas relaciones, noviazgos y compromisos se rompieron ayer. Y cuántos de ellos llegaron a su fin porque la mujer se quejó de que el hombre no hablaba con ella lo suficiente. La Universidad de Stanford ha informado de que en la actualidad el 50 por ciento de los hombres americanos se sienten nerviosos en compañía de una mujer y que flirtear es un arte en vías de extinción porque los hombres temen que los acusen de acoso. En Inglaterra, diversas investigaciones ofrecen los mismos resultados. ¿Qué sentido tiene ansiar conversaciones más largas cuando cada vez más estudios demuestran que “en los primeros cuatro minutos puede decidirse si una persona va a ser amiga, amante o simplemente conocida”?
 A lo largo de la historia, los humanos hemos inventado numerosos tipos de conversación amorosa, cada una de las cuales ha moldeado de manera diferente nuestras relaciones. Pero son como lenguajes con un vocabulario inadecuado. Debemos inventar un nuevo tipo de charla amorosa para que cumpla con las aspiraciones actuales.
 La manera original para entablar conversación con una mujer era pretenderla. El acercamiento original consistía en mostrar tu fuerza y riqueza para impresionar y conquistar. Se necesitaba hablar muy poco. Como lo expresa un proverbio chino: “Comunicamos comiendo juntos”. Las mujeres, por su parte, solían confiar en la magia, no en la conversación, para atraer a los hombres y después para evitar que se fueran con otras mujeres.
 En el siglo XV se puso de moda una palabra nueva: “cortejar”. Los cortesanos, de ambos sexos, obligados a pasar largas horas en compañía, desarrollaron una especie de juego. El intento de enamorar era lo que los hombres pretendían de las mujeres. El cortejo era una actividad compartida. El tema central de la conversación cortesana era la lealtad y, si no, se rompería la promesa de fidelidad. Pero los cortesanos decían: “La profesión del cortesano es cortejar a todas las damas, pero no ser constante con ninguna”. Cuando este juego se desarrollaba con brillantez daba lugar a conversaciones excitantes sobre el significado del amor y la lealtad, sobre lo que debían ser los ideales de la vida, y se jugaba con una cortesía exquisita. Cuando en el juego participaban lobos que pretendían medrar en la sociedad, se convertía en mentira y engaño.
 Un tercer lenguaje, la conversación civilizada, fue popularizado por un italiano llamado Guazzo, cuyo libro, publicado por primera vez en 1574, fue traducido casi de manera inmediata al inglés y a otras lenguas. Guazzo se centró en la urbanidad, el arte de vivir juntos con decencia, sin peleas ni violencia. Proponía la honestidad y la amabilidad, atender los sentimientos de una mujer, ganar su amor mediante el descubrimiento de sus buenas cualidades, utilizando las palabras y no la fuerza. Guazzo insistía: “Un hombre no puede ser un hombre correcto sin conversación”. Pero sólo fue leído por una pequeña élite (que incluía a George Washington). El mundo siguió admirando la violencia, de manera que no pudo convertirse en el Dr. Spock del matrimonio con compañerismo.
 Un cuarto lenguaje es el romántico, propagado por poetas y novelistas. Al principio fue el lenguaje de la revolución, de los amantes contra sus padres, de las mujeres contra el control de sus afectos. Exaltaba el sexo como la encarnación del amor. Su tema principal era la pasión. Pero se basaba en dos premisas que, en última instancia, eran inaceptables: en hombres que idealizaban a sus compañeras de manera que no era necesario que las conocieran de verdad. Y en la consideración del amor como un rayo caído del cielo, incontrolable, del que uno debía convertirse en víctima voluntaria. Asumía que el sufrimiento era un ingrediente esencial del amor, y la neurosis, una consecuencia frecuente. En palabras de Boswell, hacía incluso que los hombres “pretendieran sentir todos los matices de la angustia experimentada por prototipos ilustres”. La vida imitaba a las novelas y a la poesía, que ya te habían escrito el guión.
  Pero, por supuesto, no todo el mundo tenía éxito al hablar como un cortesano o un poeta. Aunque muchas personas memorizaban las bromas y los cumplidos recogidos en los libros de buenas maneras, muchas conversaciones, como observaba Swift, seguían tendiendo a morir con rapidez, “como fuego sin combustible”. Parecía que muchos hombres no tenían ningún deseo de escuchar lo que las mujeres tenían que decir y consideraban que no había nada malo en el triste comentario de Jane Austen: “En las mujeres la idiotez resalta en gran medida sus encantos personales”. La señora Trollope, al visitar América en la década de 1830, se quejaba de que “los dos sexos casi no se mezclan excepto con grandes limitaciones y hastío”. Un siglo más tarde, Olive Heseltine escribía: “Para casi todas las mujeres […] hablar con los varones jóvenes de Inglaterra no resulta interesante ni inteligible”.
Resultado de imagen de conversación cómo el dialogo puede cambiar tu vida La tragedia del siglo XX ha sido que no ha desarrollado modelos para otro tipo de conversación amorosa. El cine redujo el diálogo al mínimo: “Hacer películas –dijo Truffaut-, consiste en apuntar la cámara hacia mujeres bellas”. El vaquero de John Wayne era esencialmente callado. En una de sus películas la heroína le dice: “No necesitas a nadie más que a ti mismo”. Y él contesta: “Quiero una mujer que me necesite”. Eso es todo lo que le interesa que diga una mujer. Pero cuando ella adopta la táctica de lucir un vestido sexy, él le dice: “Si te pones eso, te arrestaré”. Ella replica: “Creía que no ibas a decirlo nunca”. “¿Decir qué?” “Que me amas”. “He dicho que te voy a arrestar”. “Es lo mismo, aunque no te des cuenta*”.
 Durante un tiempo, el método de Rhett Butler en Lo que el viento se llevó, que consistía en provocar el afecto mediante la agresión y demostrar su superioridad humillando a las mujeres, fue un sustituto de la conversación. Después se desarrolló el hombre tímido, ingenuo y sencillo que necesita la ayuda de las mujeres para llegar al amor. La tarea de curar al hombre con problemas y complejos se convirtió en el papel de la mujer. Resultaba poco frecuente que gente como Bogart añadieran un poco de ingenio y socarronería. Woody Allen es la excepción, porque no sólo le gusta hablar, sino incluso decir lo que está pensando mientras habla, como hace en los subtítulos de Annie Hall. Pero sus películas tratan de la incompetencia. Como muchas personas se sienten incompetentes, resulta fácil identificarse con él, pero no las ayuda en nada. El cine sólo ha proporcionado modelos de unas pocas formas de éxito y nunca ha sabido muy bien cómo enfrentarse con la satisfacción silenciosa, con la felicidad de la satisfacción. ¿Cuántas películas recuerda que analicen un matrimonio feliz? En el cine, al amor queda atrapado en el encuentro de los ojos más que en la conversación y básicamente es una caza. El cine no ha sido capaz de superar la afirmación de Dostoyevski de que la gente feliz no tiene historia. Por eso, ¿cómo se supone que las personas van a saber cómo hablar en una buena relación?
 En el teatro, el diálogo suele ser refinado y se eleva hasta su expresión más poderosa. Shakespeare demostró que podía crear pasión y acción. Ibsen reveló cómo se puede transformar a las personas a través de sus diálogos. Uno de sus personajes dice: “He sufrido un cambio y ese cambio se ha producido a través de ti, sólo a través de ti”. Esta es una justificación muy poderosa de la conversación. Pero desde entonces la dramaturgia ha estado más obsesionada con las dificultades de comunicación. Beckett mostraba a personajes que querían hablar, pero que eran incapaces de decir nada.
 Hemos llegado al final de una etapa de la cultura. Ya no disponemos de una literatura o un arte que pueda ayudarnos a inventar el tipo de conversación que necesitamos si queremos superar la reiteración de nuestra impotencia y confusión. Las descripciones de la desesperación, la incoherencia y la violencia nos vuelven aún más impotentes. Durante casi un siglo, se nos ha educado para creer en las virtudes de la introspección. Pero seguir planteando la vieja pregunta de “¿quién soy?” no puede ayudarnos a avanzar. Por muy fascinante que se considere uno mismo, existe un límite para lo que uno puede saber de sí mismo. Las otras personas son infinitamente más interesantes y tienen infinitas más cosas que decir.
 Especialmente ahora en que la gran aspiración de la generación actual es otorgar a los dos sexos los mismos derechos y el mismo respeto. La conversación es el mejor medio para crear las condiciones para esto: mejor que las leyes, porque las leyes no pueden cambiar las mentalidades y la conversación sí puede. No puede existir una conversación satisfactoria sin respeto mutuo. El respeto revela la dignidad de los demás. Empecemos por la vida privada y otras formas de igualdad se acabarán extendiendo por la vida pública.
 Por eso necesitamos modelos de cómo la conversación desarrolla la igualdad, modelos creados por un esfuerzo conjunto de hombres y mujeres. Sabemos muchísimo sobre cómo pueden ir mal las relaciones. Resulta mucho más duro demostrar cómo pueden ir bien, sin arrogancia o ingenuidad ni el temor a que una vez analizado el amor, éste pierda su magia. Necesitamos un tipo nuevo de novelas y películas que creen la visión de cómo las personas pueden vivir juntas como iguales, con humor. Todas las civilizaciones anteriores han tenido modelos de vida virtuosa. Pero para nosotros no tienen sentido porque parecen sorprendentemente aburridas. No obstante, existe un número creciente de personas que, en privado, están haciendo algo verdaderamente interesante y excitante al intentar darse valor entre ellas. Están haciendo algo nuevo, porque esta es la primera vez en la historia en que hombres y mujeres han recibido una educación similar y realizan los mismos trabajos. No hay nada más difícil que conseguir la confianza sin arrogancia. Esta es la base de todos los logros que valen la pena. Necesitamos un arte que muestre cómo crece el coraje.» 
       
 *La película es Río Bravo, de Howard  Hughes (1959). [N. del T.] 
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Plataforma Editorial, 2014, en traducción de Francisco García Lorenzana, pp. 35-48. ISBN: 978-84-15880-83-7.] 
 
 

viernes, 1 de mayo de 2020

Antonio Azorín.- José Martínez Ruíz [Azorín] (1873-1967)

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Segunda parte
XV.- Petrel

«Hoy se han celebrado las elecciones. Han andado por el pueblo excitados unos y otros hombres. Azorín no comprende estas ansias; Sarrió permanece inerte. Los dos son algo sabios; uno por indiferencia reflexiva; otro por impasibilidad congénita. Los hombres, querido Sarrió -ha dicho Azorín-, se afanan vanamente en sus pensamientos y en sus luchas. Yo creo que lo más cuerdo es remontarse sobre todas estas miserables cosas que exasperan a la humanidad. Sonriamos a todo; el error y la verdad son indiferentes. ¿Qué importa el error? ¿Qué importa la verdad? Lo que importa es la vida. El bien y el mal son creaciones nuestras; no existen en sí mismos. El pesimismo y el optimismo son igualmente verdaderos o igualmente falsos. En el fondo lo innegable es que la Naturaleza es ciega e indiferente al dolor y al placer...
 Azorín calla; todo reposa en el limpio zaguán. El sol entra por uno de los cuarterones de la puerta en ancha cinta refulgente. Pepita mira a Azorín con bellos ojos azules.
 Y Azorín prosigue:
 -Hace un momento, yo hojeaba este libro que Pepita tiene aquí sobre una silla. Es un libro de urbanidad para uso de las jóvenes. Y bien; yo he encontrado en la primera página precisamente, una profunda lección de vida.
 Dice así el pasaje a que aludo:
 "Todo cambia, todo se renueva, y hay mil pequeñeces, una expresión, una prenda de vestir, una moda de tocado que denotan al punto la edad de la persona que las usa; y por más que el abate Delille la recomiende, me parece, por ejemplo, de mal gusto la costumbre de aplastar en el plato la cáscara de un huevo pasado por agua, costumbre calificada ya por el vizconde de Marenne, en su libro sobre la Elegancia, publicado hace años, de absurda y ridícula."
 He aquí los hombres divididos sobre una cuestión tan nimia como esta de aplastar una cáscara de huevo. Unos la recomiendan; otros la creen absurda. Hagamos un esfuerzo, querido Sarrió, y sobrepongámonos a estas luchas; no tomemos partido ni por el abate Delille ni por el vizconde de Marenne. Y pensemos que cuando a estas cosas llega la pasión de los hombres, ¿qué no será en aquellas otras que atañen muy de cerca a lo grandes intereses y a los ideales perdurables?
XVII

 Hace dos días ha llegado a Petrel un señor que representa a unos miles de hombres, que viven aquí, ante otros pocos hombres que se reúnen en Madrid. Estos hombres se juntan en un ameno sitio llamado Congreso. En este sitio hablan, pero de pie, inmóviles. No son peripatéticos. A pesar de esto, a Azorín le son simpáticos estos hombres que hablan siempre.
 -Sarrió -ha dicho Azorín-, este hombre a quien llamamos diputado es un excelente señor. Él estrecha todas las manos, acoge todas las demandas, contesta con una sonrisa todos los enfados. Es un hombre simple y bueno. Y como a mí me encanta la simpleza, anoche, en un rato de ocio, compuse en su honor una liviana fabulilla.
 Hela aquí:

EL ORIGEN DE LOS POLÍTICOS

 Cuando la especie humana hubo acabado de salir de las manos de Dios, vivió durante unos cuantos años contenta y satisfecha. Dios también estaba contento. Decididamente -pensaba-, he hecho una gran obra. Mis criaturas son felices; les he dado la belleza, el amor, y la audacia, y por encima de todo, como don supremo, he puesto en sus cerebros la inteligencia.
Antonio Azorín - Ediciones Cátedra Estas criaturas, sin embargo, gozaron breve tiempo de la dicha. Poco a poco se fueron tornando tristes. La tierra se convirtió en un lugar de amargura. Unos se desesperaban, otros se volvían locos, otros llegaban hasta a quitarse la vida. Y todos convenían en que el origen de sus males era la inteligencia, que por medio de la observación y el autoanálisis les mostraba su insignificancia en el universo y les hacía sentir la inutilidad de la existencia en esta ciega y perdurable corriente de las cosas.
 Entonces, estas desdichadas criaturas se presentaron a Dios para pedirle que les quitase la inteligencia.
 Dios, como es natural, se quedó estupefacto ante tal embajada y estuvo a punto de hacer un escarmiento severísimo; pero como es tan misericordioso, acabó por rendirse a las súplicas de los hombres.
 -Yo, hijos míos -les dijo-, no quiero que padezcáis sinsabores por mi causa; pero, por otra parte, no quiero quitaros tampoco la inteligencia, porque sé que no tardaríais en pedírmela otra vez. Además, entre vosotros, no todos opinan de la misma manera; hay algunos a quienes les parece bien la inteligencia; hay otros a quienes no les ha alcanzado ni una chispita en el reparto y quisieran tenerla. En fin, es tal la confusión que, para evitar injusticias, vamos a hacer las cosas de modo que todos quedéis contentos. Hasta ahora la inteligencia la llevabais forzosamente en la cabeza, sin poder separaros de ella. Pues bien, de aquí en adelante, el que quiera podrá dejarla guardada en casa para volverla a sacar cuando le plazca.
 Dicho esto, el buen Dios sonrió en su bella barba blanca y despidió a sus hijos, que partieron contentos.
 Cuando volvieron a sus casas, se apresuraron a guardar cuidadosamente la inteligencia en los armarios y en los cajones. Sin embargo, había algunos hombres que la llevaban siempre en la cabeza; estos eran unos hombres soberbios y ridículos que querían saberlo todo.
 Había otros que la sacaban de cuando en cuando, por capricho o para que no se enmoheciese.
 Y había, finalmente, otros que no la sacaban nunca. Estos pobres hombres no la sacaban porque jamás la tuvieron; pero ellos se aprovecharon de la ordenanza divina para fingir que la tenían. Así, cuando les preguntaban en la calle por ella, respondían ingenuos y sonrientes: "¡Ah! La tengo muy bien guardada en casa."
 Esta sencillez y esta modestia encantaron a las gentes. Y las gentes llamaron a estos hombres los políticos, que es lo mismo que hombres urbanos y corteses. Y poco a poco estos hombres fueron ganando la simpatía y la confianza de todos, y en sus manos se confiaron los más arduos negocios humanos, es decir, la dirección y gobierno de las naciones.
Así transcurrieron muchos siglos. Y como al fin todo se descubre, las gentes cayeron en la cuenta de que estos buenos hombres no llevaban la inteligencia en la cabeza ni la tenían guardada en casa.
 Y entonces pidieron que se restableciese el uso antiguo.
 Pero era ya tarde; la tradición estaba creada; el prejuicio se había consolidado.
 Y los políticos llenaban los parlamentos y los ministerios.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1991. ISBN: 84-376-0969-0.]

sábado, 2 de marzo de 2019

"Sensus communis". Ensayo sobre la libertad de ingenio y el humor.- Anthony Ashley Cooper , 3er. conde de Shaftesbury (1671-1713)


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Primera parte
IV

«Semper ego auditor tantum*? Es una queja tan natural en teología, moral y filosofía como lo fue en la época del satírico Juvenal en poesía. La ley fundamental de la conversación, cuyo establecimiento anhela fervientemente todo el mundo, es que cada cual pueda hablar a su debido tiempo. Cualquier razonamiento avanza más en un minuto o dos mediante preguntas y respuestas, que con la sucesión de soliloquios interminables. Las arengas sólo valen para agitar pasiones y la retórica tiene la facultad de aterrorizar, exaltar, arrebatar o deleitar, antes que la de convencer o enseñar. Un debate libre es un cuerpo a cuerpo. El soliloquio, en comparación, no es más que luchar contra molinos de viento. Es lógico que cuando se nos reduce a meros oyentes de las arengas de otros sobre cualquier asunto, sin poder intervenir, terminemos deplorando tanto el asunto de tales discursos como a los que los pronuncian. Los hombres prefieren razonar sobre naderías, siempre que puedan hacerlo libremente y sin la imposición de la autoridad, que sobre las cosas más útiles e importantes del mundo si están obligados a mantener ciertas formas y temen decir lo que se les ocurre.
 No es raro que la gente razone tan poco y no se preocupe demasiado de argumentar con rigor en sociedad sobre cualquier asunto trivial, puesto que están tan poco acostumbrados al ejercicio de la razón para pensar en grandes materias y suelen verse obligados a argumentar lo mínimo a propósito de cuestiones que requerirían la mayor actividad y esfuerzo. Lo mismo sucede cuando los cuerpos fuertes y vigorosos se encuentran encerrados en un espacio reducido y, puesto que no pueden hacer ejercicio, se ven forzados a adoptar posturas incómodas y hacer contorsiones extrañas: siguen moviéndose, pero de la forma más torpe imaginable. Y es que los espíritus animales no pueden yacer muertos o inactivos en esos miembros sanos y vigorosos. Del mismo modo, por más que se intente sojuzgar a los espíritus libres por naturaleza de los hombres ingeniosos ellos encontrarán otras maneras de moverse para hacer más llevadera su situación y ya sea mediante el recurso a la burla, la imitación o la payasada, les hará inmediatamente felices desahogarse y vengarse de quienes los oprimen.
 Si se prohíbe a los hombres expresarse seriamente sobre determinados temas, lo harán irónicamente. Si se les prohíbe hablar de tales asuntos, o les parece efectivamente peligroso hacerlo, adoptarán un disfraz, se envolverán en misterio y hablarán de manera ininteligible o al menos difícil de interpretar para aquellos que están dispuestos a causarles problemas. Eso es lo que hace que se ponga de moda la burla y que llegue hasta el paroxismo. El espíritu de persecución ha promovido el espíritu burlón: la ausencia de libertad puede explicar la ausencia de auténtica cortesía así como las bromas de mal gusto y el mal uso del humor.
 Respecto a ese mal uso, el hecho de que a veces traspasemos el límite de lo que llamamos urbanidad y caigamos en la rusticidad del bufón, podemos agradecérselo a la ridícula solemnidad y el humor amargo de nuestros pedagogos o, mejor dicho, ellos deberían agradecerse a sí mismos el ser objeto de la mordacidad más descarnada. Es natural que se aplique una intensidad proporcional a la severidad de quien reprime: cuanto mayor la opresión, más ácida la sátira. Cuanto más dura la esclavitud, más refinada la bufonería.
 Para darse cuenta de ello, basta fijarse en los países donde existe una férrea tiranía espiritual. Pues los más destacados bufones son italianos y las bufonadas y el género burlesco dominan en su literatura, sus conversaciones familiares, sus teatros y sus calles. Es el único medio de que dispone el infeliz oprimido para dar rienda suelta a un pensamiento libre. Hemos de concederles la superioridad en esa clase de ingenio. No es extraño, pues, que quienes gozamos de mayor libertad mostremos menor destreza en ese género ilustre de la broma y la parodia.»
 
*Juvenal, Sátiras, I, 1: "¿Siempre yo oyente solo? ¿Nunca voy a replicar [...]?", trad. de Bartolomé Segura Ramos, Madrid, CSIC, 1996.
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2017, en traducción de Eduardo Gil Bera. ISBN: 978-84-16748-44-0.]